Part 20
--Es que reventó la ola, Sotileza--respondió Cleto más enardecido,--y yo mesmo creo que no soy lo que antes era. ¡Hasta por tonto me tuve! y ¡paño! ahora juro que no lo soy con esto que siento acá y me hace hablar á la fuerza... Y si este milagro es tuyo sin empeñarte en ello, ¿qué milagros no harías conmigo cuando te empeñaras? Mira, Sotileza, yo no tengo vicios; soy arrimao al trabajo; no sé querer mal á naide; estoy hecho á poco; no conocí, en lo mejor de la vida, más que tristezas y pesaúmbres... viendo aquí cosa muy diferente, ya sabes cómo la estimo y quién tiene la culpa de ello; en esta casa hace falta un hombre... ¿te vas enterando, Sotileza?
Sotileza se enteraba demasiado; y por eso respondió á Cleto, con cierta sequedad:
--Sí; pero ¿qué adelantas con que me entere?
--¿Otra vez, paño!--dijo Cleto exasperado.--¿Ó es eso darme el _no_ con cortesía?
--Mira, Cleto--respondió friamente Sotileza,--yo no tengo obligación de responder á todas las preguntas que se me hagan sobre esos particulares: por eso vivo metida en casa sin tirar de la lengua á naide. Yo no te quiero mal, y sé muy bien lo que vales; pero tengo acá mi modo de sentir, y quiero guardarle por ahora.
--Lo dicho, Sotileza--exclamó Cleto desalentado:--eso es un barreno pa que me vaiga á pique.
--No es tanto como eso--replicó Sotileza.--Pero ponte en un caso, Cleto: si en lugar del _no_ que temes, te diera el _sí_ que vas buscando, ¿qué adelantarías con ello? Si pa entrar en esta casa, no más que por pasar el rato, tienes que esconderte de las gentes de la tuya, ¿qué sería sucediendo lo que tú quieres?
--¡Justo!... ¡lo mesmo que me dijeron los otros!... ¡Paño! ¡Eso no está en ley!... ¡Yo no escogí la familia que tengo!...
--Pero ¿quién te dijo lo mesmo que yo, Cleto?--preguntó Sotileza, sin reparar en las exclamaciones del pobre mozo.
--Pae Polinar, en primeramente.
--¡Pae Polinar!... ¿Y quién más?
--Don Andrés.
--¿Á esa persona le fuiste con el cuento, animal!... ¿Y qué te dijo?
--Las mil indinidaes, Sotileza... ¡Muerto me dejó!
--¿Lo ves!... Y ¿cuándo fué ello?
--Ayer por la tarde...
--¡Bien merecido lo tienes! ¿Á qué vas tú á naide con esas coplas?
--¡Paño, ya te lo dije! Me ajuegaba el hipo... Faltábame arrojo pa hablarte de ello, y buscaba gentes que lo hacieran por mí... ¡No las buscara hoy, paño, ya que he roto á hablar!... Pero no es éste el caso, Sotileza.
--¿Cuál es si no?
--Que porque _arriba_ sean malos, lleve yo las triscas.
--Yo no te las doy, Cleto.
--Harto me las das, ¡paño! si me cierras la puerta por los de mi casa.
--No fuí tan allá siquiera, Cleto. ¡No querías correr poco! Te puse en un caso. ¿Lo entiendes ahora?
--Témome que sí, ¡por vida de mi suerte!... ¡Pero dímelo claro, que á eso vine aquí!... No te encoja el miedo, Sotileza...
--¡No me hagas hablar!...
--¡Pior es que lo calles, mira... pa según yo estoy! Vamos, Sotileza... ¿te paezco poco?... Pos dí cómo me quieres: yo allegaré á serlo, por caro que cueste. ¿Vale más otro, por si acaso? Yo seré más que él si tú te empeñas...
--¡Vaya que es porfía, hombre!
--¡Si me va la vida en ello, Sotileza!... ¿Pus me arriesgara si no, paño!... Mira, too es tener un poco de terneza en la entraña, y dimpués el caso va de por sí solo... Tú me dirás: «por aquí se ha de ir;» y por allí me iré tan contento... Poco te estorbaré: con un rinconuco me basta, en lo más apartao... ¡Pior que el que tengo yo ahora!... Comeré lo que tú dejes de lo que yo te gane pa que vivas á la sombra... ¡Si yo vivo de ná, Sotileza! Mira, lo mesmo que Dios está en los cielos, lo que á mí me engorda es un poco de ley, una miajuca de caridá y algo de alegría al reguedor... ¡Paño, qué gusto dará eso!... Con que, ya ves tú lo que pido... No es pa ofendese naide, ¿verdá?... Porque no se piden los imposibles.
Sotileza acabó por sonreir oyendo al pobre muchacho. Éste insistió en vano para arrancarla una respuesta terminante. La porfía volvió á incomodarla; y Cleto, desasosegado y fosco, llegó á hablar así:
--Pos dime siquiera que esto que te cuento no te da más oirlo en boca de otro.
--Y á tí ¿qué te importa, animal?--saltó aquí Sotileza con un dejillo rasgado é iracundo, que heló la sangre en las venas de Cleto.--¿Quién eres tú pa pedirme esas cuentas?
--¡Naide, Sotileza, naide! la basura mesma... ¡y ni siquiera tanto!--clamó el pobre mozo, conociendo la torpeza que había cometido.--Me cegó la pena, y hablé sin pensalo. Mira, no jué más... por éstas lo juro.
--Déjame ya en paz.
--¡Pero no me cojas tirria!
--Quítate delante, que harto te aguanté.
--¡Paño, qué mala suerte! ¿No me lo perdonas?
--Si no te largas, no.
--Pos ya estoy andando.
Y así salió aquella vez Cleto de la bodega, mustio y pesaroso, cuando creyó haber estado á medio jeme de salir triunfante y coronado.
[Ilustración]
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XXI
VARIOS ASUNTOS Y MUERGO DE GALA
Injuriar fuera la perspicacia del lector, por roma que la supongamos (y no supondré yo tal cosa), declararle aquí, en son de noticia importante, que pae Polinar llamó á su casa al matrimonio de la bodega de la calle Alta para hablarle del asunto que le había encomendado Cleto. El pobre fraile, con el trabajo que le daba el sermón que traía entre cejas, y el miedo que le infundían las hembras de casa de Mocejón, tomó aquel partido para perder menos tiempo y no verse en un trance que tan de lumbre temía.
Cumplió su cometido con poco entusiasmo, y hasta con la advertencia de que él ni entraba ni salía, y la condición de que, si el asunto cuajaba, no supieran ni las moscas del aire que su lengua se había movido ni para aquello poco que decía por servir al obcecado muchacho.
--Cleto es buena persona--dijo al último.--Tendría bien por un lado para ayudar á la casa. No daría guerra en ella; pero la darían otros, sólo por verle allí tan en paz... Ya sabéis de quién hablo. ¿Te acuerdas, Miguel? ¿Te acuerdas, Sidora?... ¡Qué gente, cuerno! ¡qué gente!... Por otra parte, aunque la muchacha es guapa y honrada de veras, y por ello sólo merece un marqués, como los marqueses no buscan marineras para casarse con ellas, Silda, más tarde ó más temprano, tendrá que apechugar con un callealtero del oficio; y este callealtero, greña y palote más ó menos, allá se irá en pelaje y en literaturas con el hijo de Mocejón después de limpio y trasquilado. ¿Entendéis lo que digo?... Pues en conociendo la voluntad de la interesada, pésense allá en familia las verdes con las maduras de este particular... y al cuerno, hijos; que yo ni entro ni salgo... ¡y Dios me librara de ello, jinojo!
Las mismas verdes y las propias maduras que el padre Apolinar veían en el asunto tía Sidora y su marido, con la única diferencia de que la primera para todo lo malo hallaba un remedio; y al segundo, hasta lo mejor llegaba á parecerle muy malo en cuanto se metía á comparar el oro bruñido de Sotileza con el cobre roñoso del hombre que la pretendía. Verdad que para tío Mechelín no había nacido galán en el mundo, ni nacería tan pronto, que en buena justicia la mereciera.
Sotileza había comprendido, por todo lo que le dijo Cleto, después del recado que le dió la criada del padre Apolinar, que en casa de éste se había tratado el mismo punto que acababa de ventilarse en la bodega. De modo que, á media palabra que la dijo tía Sidora después de convenir con su marido en que era hasta deber de conciencia consultar, sin perder un instante, la voluntad de la interesada, le salió ésta al encuentro para referir lo que le había sucedido con Cleto.
--Mejor pa nusotros--dijo tía Sidora,--que un trabajo nos quitas con saberlo ya.
--¡Uva!--confirmó tío Mechelín, golpeando el suelo maquinalmente con uno de sus pies.
Silda callaba y cosía. Tía Sidora añadió, después de un ratito de silencio:
--Con que tú dirás, hijuca.
--¿Qué quiere usté que diga?
--Lo que te paezca sobre el caso.
--Por sabido se calla.
--Poco decir es.
--Y la metá sobra.
--Quisiera yo, hijuca, que te pusieras en los casos... Hoy ná te falta, gracias á Dios; pero mañana ó el otro... ya ves tú... semos mortales, y viejos además, y con poca salú... has de verte sola... ¡y puede que muy luégo!... La casta es mala... ¡mala!... no puede ser peor; pero él es un venturao, noble como el pan... Con una miaja de aseo y bien vestido, campará mucho, porque es buen mozo de por sí... No te le empondero tanto pa metértele por los ojos, sino porque éste es caso de que se pongan las cosas en su punto, pa que al resolver no te engañes.
--¡Uva!--dijo Mechelín cambiando de pie para golpear el suelo.
Como Sotileza no daba lumbres, tía Sidora, algo picada por ello, añadió en seguida:
--¡Pero, hijuca, respóndenos algo, por el amor de Dios, pa que uno sepa los tus sentimientos!... Si temes engañarte por tí mesma, ¿quieres que pidamos consejo, pinto el caso, á don Andrés?
--¡Ni se lo mienten siquiera!--saltó la moza inmediatamente.--No hace falta ese consejo, ni el de naide tampoco; que bien sé yo lo que me conviene.
--Pos eso queremos saber, hijuca: lo que te conviene á tí á la hora presente.
--¡Uva!
--Me conviene que me dejen en paz sobre esos particulares; que no me hablen más de ellos, porque no me hace falta, porque ca uno se entiende, y lengua me sobra pa decir «esto quiero» cuando sea de menester. Así estoy á gusto... y Dios dirá mañana. ¿Me entienden ahora?
Y así quedó, por entonces, aquel asunto.
Con bastante más calor se ventilaba otro bien distinto en todas las tertulias y cocinas de la calle, desde la noche anterior. Este asunto era el del regateo propuesto por el Cabildo de Abajo, y aceptado por aclamación _á claustro pleno_ en la taberna del tío Sevilla. En aquellos tiempos, todavía los mareantes santanderinos no habían pensado siquiera en meterse en otras aventuras que las del oficio; y un empeño de tal naturaleza removía en ambos Cabildos el entusiasmo de la gente moza, y calentaba la sangre en los entumecidos cuerpos de los veteranos. Porque no se trataba de un lance particular entre dos lanchas rivales, sino de un suceso que revestía toda la solemnidad de los grandes conflictos entre dos pueblos limítrofes. No eran unos cuantos remeros del Cabildo de Abajo que desafiaban á otros tantos del Cabildo de Arriba, ni se trataba tampoco de ganar, en concurso libre, un premio ofrecido por un particular ó por el Ayuntamiento; lances en que caben amaños para repartir la ganga entre los competidores, y apenas se resiente el amor propio; esto era muy distinto: era un Cabildo en masa desafiando al otro Cabildo, nada menos que para el día de los santos patronos del retador, patronos, á la vez, del Obispado, fiesta solemnísima en Santander; á la pleamar de la tarde, cosa de las tres y media; con el Muelle atestado de curiosos; y se regateaba una onza, sacada de la entraña misma del tesoro de los contendientes; y los mareantes de Abajo eran vanidosos porque eran muchos, comparados con los de Arriba... En fin, que particularmente para éstos, el suceso venía á ser una verdadera cuestión internacional; y por tanto, no es de extrañar que anduvieran interesados en ella hasta los gatos y los perros de la calle Alta.
Con este motivo, la bodega de tío Mechelín se vió por las noches más concurrida que de ordinario; pues como no le gustaba ni le sentaba bien salir á la taberna, donde se hablaba mucho del caso, los camaradas que le querían de veras, y no eran pocos, iban de vez en cuando á remozarle los ánimos con los dichos de la taberna, ó á pedirle su autorizado parecer, siempre que se necesitaba.
Todo esto contrariaba grandemente á Andrés, porque le alejaba de aquellos sitios en la ocasión en que más sentía la necesidad de frecuentarlos hasta conseguir siquiera un cuarto de hora de libertad para advertir á Silda, tan celosa de su honra cuando se trataba de él, lo expuesta que la tenía en boca del salvaje Muergo. En esto no faltaba á la palabra empeñada, porque cuando la empeñó, no contaba con lo que oyó después á aquel animal. Y aunque en opinión de Silda faltara, ¿qué? Si le estaba engañando, tonto fuera él en guardarla tan inmerecidas consideraciones: si Muergo mentía, hasta deber de conciencia era advertírselo á ella. Pero aquel ir y venir de gentes extrañas, con lo que ya se había dicho de él por sus visitas á la bodega... y la actitud de su padre, tan distinta de la de otras veces; lo que le advertía, lo que le vigilaba... las amenazas de Luisa, que podían cumplirse á la hora menos pensada... y entre tantas contrariedades, espoleado á la vez por los ímpetus de su carácter impaciente y fogoso, discurría las cosas más absurdas, y llegaba á veces con sus proyectos á las lejanías más peligrosas. Y era lo peor que ni siquiera se asombraba de ello. Todo le parecía bien, á trueque de salirse con la suya. Ya se sabía: pensamientos apretados en la mollera de Andrés, resolución descabellada.
En cambio, Cleto se congratulaba, á su modo, de aquel inusitado crecimiento de tertulianos en la bodega, porque así pasaba él más inadvertido en ella. Entraba como uno de tantos, y Sotileza no tenía pretexto siquiera para tacharle de porfiado. Observar sin que le observaran; ver sin ser visto, como quien dice. Esto se lograba allí á la sazón, y esto le convenía desde que pae Polinar le había dicho que tenía de su parte la voluntad de los dos viejos. ¡Qué bien le supo la noticia! Con lo que él le había dicho á Sotileza y lo que ellos la añadirían, su negocio podía llegar á arreglarse á la hora menos pensada. Entre tanto, mucho ojo y mucha prudencia. Y así se conducía, con el pechazo repleto de esperanzas.
Muergo volvió á la bodega dos noches después de aquél su altercado con Andrés. Con el clavo que este lance le dejó adentro, la cuestión pendiente entre ambos Cabildos y media _juma_ de aguardiente que llevaba, armó en la tertulia un alboroto, y su tío le prohibió volver á poner allí los pies mientras duraran aquellas excepcionales circunstancias, por obra de las cuales andaban los ánimos muy vidriosos en uno y otro Cabildo.
El de Arriba preguntó al de Abajo, que era el retador, hasta dónde quería el regateo, y desde dónde: él á todo se allanaba.
Respondió el de Abajo que hasta la Peña de los Ratones, desde la escalerilla de _los Bolados_, según costumbre.
En aquel mismo día comenzaron los preparativos Arriba y Abajo. Por de pronto, rasca que rasca los pantoques y branques de las lanchas, hasta dejarlos más lisos que la misma seda; y después, afirma bancos, bozas y toletes; y luégo carena por lo fino, hasta que no pase una gota de agua; y venga alquitrán que cubra y no pese; y pinta los costados, y dale, por último, sebo á los pantoques, ó jabón, si se teme que el sebo se agarre demasiado.
La lancha de Arriba se pintó de blanco con cinta roja; la de Abajo, de azul con cinta blanca. Cleto y Colo formaban parte de la tripulación escogida para la primera; Cole y Guarín de la de la segunda. Muergo se quedó sin plaza, porque no era de fiar en lance tan delicado; no por falta de empuje, sino por su brutal informalidad. Sintió á su modo el desaire; pero se consoló pensando en que ese día estrenaba vestido, con zapatos y todo, y con el propósito de dar un tiento al palo ensebado, después del regateo.
Y así fué llegando el 30 de agosto, con regocijo de tantas gentes, y trasudores del padre Apolinar, que apenas pegó los ojos en toda la última semana, empeñado en meter en la memoria todo lo que había borrajeado durante tres meses bien cumplidos.
Al amanecer, ya estaba Muergo en la rampa Larga refregándose la cabezona y las patazas con el agua del mar. Después, dejando que éstas se fueran secando por sí solas, mientras iba de vuelta á su casa para ponerse el vestido nuevo, pasábase el gorro por la cara y se peinaba la greña con los dedos.
Una hora más tarde, cumpliendo regocijadísimo los deseos y el encargo de Sotileza, subía hacia la calle Alta, reventando en su atavío flamante y resbalándose á cada paso en las aceras, porque no se amañaba con aquellos zapatos de suela algo convexa y muy bruñida, que acababa de estrenar.
Increíble parecía á los que le miraban, el relieve que adquiría su fealdad envuelta en paño fino y en camisa limpia. ¡Qué relucir de pellejo! ¡qué caer de melena por debajo de la ancha gorra con borla de cordoncillo! ¡qué arqueo de brazos! ¡qué sonreir de gusto!... ¡y qué _andares_ aquéllos!
Sotileza se santiguó tres veces en cuanto le tuvo delante, y juntó después las manos y abrió mucho los ojos, como si se asombrara de que pudieran llegar á tal extremo las humoradas de la naturaleza.
--Aguántate así, Muergo--le dijo entusiasmada.--Deja que te arrepare un poco desde lejos. ¡Bendito sea el Señor!
--¿Te gusto, puño?--exclamó el otro, parándose esparrancado en mitad de la salita.--¿Te paizco bien con esta empavesá? ¡Ju, ju!... ¿Ónde está mi tío?
--Están á misa los dos... No te marches hasta que vuelvan... Quiero que te vean así.
--Ni falta que hacen, ¡puño!... Pa que me güelvan á echar... Por tí vene yo, Sotileza... porque te lo ofrecí; y á más á más, tengo que decirte una cosa que me jurga mucho acá entro, ¡puño!
--Pues mira--respondió la moza en ademán resuelto,--si llegas á hablarme de cosa que yo no te pregunte, te planto en metá de la calle y no vuelves á entrar aquí. ¿Lo oyes bien?
--¡Puño! ¿Tamién tú?... Pero si tengo un pensar, ¿qué mal hay en echarle juera?
--Cuando venga al caso.
--Es que agora viene, ¡puño!
--¡Te digo que no... y no seas burro!... ¡Madre de Dios! ¡qué arte de vestirse!... ¡Ven acá, animal!
Muergo avanzó dos pasos hacia Sotileza. Ésta, después de mirarle de arriba abajo, le deshizo el nudo mal hecho de la corbata de seda negra; volvió á hacerle como era debido; estiró los fuelles de la pechera de la camisa y arregló sobre ella las largas puntas colgantes del pañuelo de _marga_ de seda. Muergo la dejaba hacer, sin atreverse á respirar siquiera. Sentía en el pecho la impresión de aquellos dulces manoseos, y temblaba de pies á cabeza.
--¡Qué bardal de pelos!--exclamó la moza después que acabó con la corbata.--¿Por qué no te han esquilado un poco, arlotón? ¿No hay siquiera un peine en todo el Cabildo de Abajo?
Y en esto le arrancó la gorra de la cabeza, y comenzó á encresparle la melena con los dedos.
--¡Virgen María, si esto es un monte cerrao! Espera que le arregle un poco antes de meter el peine.
Y al mismo tiempo que esto decía Sotileza, hundía las manos en la espesura.
Muergo lanzaba de su pecho rugidos sordos, y Sotileza, lejos de amedrentarse con ellos, tira de aquí y desbroza de allá, cuanto más roncaba él, con mayor ansia hundía ella sus dedos en la escabrosidad. De pronto lanzó Muergo un verdadero bramido.
--¿Te duele?--preguntó Sotileza sin cejar en su empeño.
--¡No, puño!--contestó el bárbaro bajando más la cabeza.--¡Jálame más... más!... ¡que me gusta mucho!... ¡Más juerte, Sotileza! ¡puño!... Así, así... ¡Jala más!... ¡más entodía!... ¡Ayyy!...
Sotileza dió entonces un salto hacia atrás, porque sintió las manazas de Muergo alrededor de su talle.
--¡Eso no!--le gritó al mismo tiempo.
--¡Eso sí, puño!--bramó el monstruo.--¡Pos qué te pensabas?...
Y avanzó hacia ella, trémulo y erizado, indómito, espantoso.
En el rincón de la salita había una vara con que tía Sidora había sacudido la lana de su colchón unos días antes. Sotileza se abalanzó á ella; y antes que Muergo llegara á tocarle en el pelo de la ropa, ya tenía encima de su alma dos varazos que le arrancaron sendas blasfemias. Muergo se detuvo allí, pero rugiente y anheloso. Sotileza le sacudió otro par de verdascazos.
--¡Atrás!... ¡más atrás!...--le gritó al mismo tiempo fiera y resuelta.
Muergo retrocedió tres pasos.
--¡Más atrás!--insistió Sotileza esgrimiendo la vara.--¡Allí... contra la paré!...
Y sólo cuando Muergo arrimó á ella las espaldas, dejó Sotileza su actitud amenazante. Muergo jadeaba, y Sotileza poco menos. Ésta le habló entonces así, como si quisiera clavarle al muro con sus palabras:
--Ese es tu lugar, y éste el mío. ¿Lo entiendes bien? Pues el día en que vuelvas á equivocarte, será la última vez que yo te mire á la cara. ¿Te conformas?
--¡Sí, puño!--respondió el otro, como bramaría una fiera acurrucada en el rincón de la jaula.
--Toma ahora la gorra,--díjole entonces Sotileza con gran serenidad, después de haberla alzado del suelo.
Muergo alargó la mano.
--Amáñate primero un poco los pelos,--le advirtió la resuelta moza, sacudiendo entre tanto, muy cariñosamente, el polvo de la gorra.
Muergo obedeció sin chistar.
--Baja ahora la cabeza.
Muergo obedeció también. Entonces Sotileza, con sus propias manos, le puso la gorra como debía ponerse.
--No la toques--le dijo después de enderezarse el otro, en cuyo pecho se oían zumbidos, como de lejanas rompientes.--¿Estás contento?
--Pues mírame tú como otras veces--respondió Muergo.--¡Así... así!... ¡Ay, puño, que salú da eso!
Sotileza se echó á reir, y en seguida dijo:
--Cuéntame ahora lo que tenías que contarme.
Muergo, despertando con estas palabras del estupor en que le había hundido la reciente escena, se disponía á referir á Sotileza el encuentro que tuvo con Andrés en las inmediaciones de la Zanguina; pero entraron en la bodega tía Sidora y su marido, que volvían de misa, y el relato quedó sin hacerse.
--¡Alabao sea el Santísimo Nombre de Dios!--exclamó la marinera contemplando á su sobrino.--¡En los días de su vida discurrió el mesmo Satanás estampa como la que tienes hoy!
--¡Vaya, que paeces un gabarrón empavesao!--añadió tío Mechelín haciéndose cruces.
Con esto y lo que le había pasado poco antes, acabósele la paciencia á Muergo; el cual, con dos reniegos y una interjección brutal por toda despedida, largóse de allí resuelto á no parar hasta Miranda, en cuya ermita ondeaba, desde el amanecer, la bandera del Cabildo de San Martín de Abajo, y clamoreaba el sonoro esquilón, recreándose en todo ello los ojos y los oídos de los devotos mareantes que, paso á paso, iban acercándose allá por los atajos del breve y hondo valle intermedio.
[Ilustración]
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XXII
LOS DE ARRIBA Y LOS DE ABAJO
El Sardinero, en cuyas soledades se alzó en breves días un edificio, uno solo, destinado á fonda y hospedería, había vuelto á quedarse desierto y abandonado de todos, por obra de un lamentable suceso[3] ocurrido en sus playas. Pasaban veranos, y solamente algún entoldado carro del país, que servía de vehículo y de tienda de campaña á tal cual necesitado de los tónicos vapuleos de las olas, se veía por allí de tarde en cuando; los bailes campestres, tan afamados después acá, andaban á la sazón á salto de romería, y ni siquiera cuajaban en todas ellas; comenzaba á no ser de _mal tono_ entre las familias pudientes lo que en las mismas ha llegado á vicio de veranear en la aldea; un viaje á Madrid era empresa de tres días, y se contaban por los dedos los santanderinos que conocían de vista la capital de Francia; nos visitaban durante media semana los distinguidos herpéticos de Ontaneda, ó lo menos vulgar entre los reumáticos de las Caldas ó de Viesgo, al fin de sus temporadas, amén de unas cuantas familias «del interior» que por inexcusable necesidad venían á remojar sus lamparones en las playas de San Martín; y por lo tocante á la gente menuda, que no tenía vapores al Astillero, ni trenes á Bóo, ni tranvías urbanos, ni sociedades de baile por lo fino, ni otras recreaciones que tanto abundan ahora; ni estaban absorbidos los pensamientos de los unos por los arduos problemas sociales, ni se desvelaban las otras con los cuidados de remedar en usos y atavío á las señoras de copete, merendaba en el _Verdoso_ ó en Pronillo, ó triscaba tan guapamente en el Reganche ó en los prados de San Roque, con variantes de paseo en los mercados del Muelle, cuando el tiempo no permitía lucir al aire libre los trapillos domingueros.
[3] La muerte del brigadier Buenaga, en un día de mucha resaca.