Sotileza

Part 2

Chapter 23,943 wordsPublic domain

--¡Ta, ta, ta, ta!...--exclamó el padre Apolinar al oirlo.--Luego esta muchacha es hija del difunto Mules, viudo hacía dos años cuando pereció este invierno, con aquellos otros infelices... ¡Pues pocos pasos dí yo, en gracia de la Virgen, para que te recogieran en esa casa!... Hija, no te conocía ya. Verdad que no recuerdo haberte visto más de dos veces, y esas mal, como lo veo yo todo con estos pícaros ojos que no quieren ser buenos... Corriente; pero ¿de qué se trata ahora, caballero Andrés?

--Pues yo--respondió éste, dando vueltas á la gorra entre sus manos,--la dije, al oir lo que me contó: «vuélvete á casa.» Y ella me dijo: «si vuelvo me desloman; y no quiero volver por eso.» Y dije yo: «¿qué vas á hacer aquí sola?» Y dijo ella: «lo que hagan otros.» Y yo dije: «puede que no te peguen.» Y dijo ella: «me han pegado muchas veces... todos son malos allí, y por eso me he escapado para no volver.» Y yo, entonces, me acordé de usté, y la dije: «yo te llevaré á un señor que lo arreglará todo, si quieres venir conmigo.» Y ella dijo: «pues vamos.» Y por eso la traje aquí.

Á todo esto, la niña, cuando no hacía gestos á Muergo, recorría con los ojos suelo, muebles y paredes, tan serena y tranquila como si nada tuviera que ver con lo que se trataba allí entre el padre Apolinar y el hijo del capitán de la _Montañesa_.

--Es decir--exclamó el bendito fraile, cruzándose de brazos delante del protector y de la protegida,--que éramos pocos, y parió mi abuela. ¡Cuerno con las gangas que le caen al padre Apolinar! Desavénganse las familias; descuérnense los matrimonios; escápense los hijos de sus casas; aráñense los dos Cabildos; enamórese Juan sin bragas de Petra con mucha guinda... húndase el pico de Cabarga y ciérrese la boca del puerto... aquí está el padre Apolinar que lo arregla todo, como si el padre Apolinar no tuviera otra cosa que hacer que enderezar lo que otros tuercen, y desasnar bestias como las que me escuchan. Y ¿quién te ha dicho á tí, Andresillo, que basta con querer yo que se recoja á esta muchacha en una casa honrada, para darla por recogida ya? Y ¿qué sabes tú si, aunque eso fuera posible, querría yo hacerlo? ¿No lo hice ya una vez? ¿Ha servido de algo? ¿Me lo han agradecido siquiera? Pues sábete que negocios ajenos matan al alma; y de negocios ajenos estoy yo hasta la corona, ¡hasta la corona, hijo... y más arriba también!... ¡Cuerno con el hinojo de mis pecados!...

Aquí se dió dos vueltas el fraile por el cuarto, mientras las ocho criaturas se miraban unas á otras, ó se desperezaban algunas de ellas, ó se aburrían las más; y después de retorcerse dos veces seguidas dentro del vestido, detúvose delante de Silda y de Andresillo, y les dijo:

--De modo que lo que vosotros queréis es que ahora mismo os acompañe á casa de Mocejón, y le hable al alma y le diga: aquí está el hijo pródigo que vuelve arrepentido al hogar paterno...

--Á mí no--interrumpió Andrés con viveza;--á ésta es á quien ha de acompañar usté. Yo me voy ahora mismo á San Martín á ver entrar á mi padre, que debe estar ya si toca ó llega.

--Y yo me voy contigo--dijo Silda con la mayor frescura.--Me gusta mucho ver entrar esos barcos grandes...

--Entonces, cabra de los demonios--replicóla fray Apolinar, cuadrándose delante de ella,--¿para quién voy á trabajar yo? ¿Qué voy á meterme en el bolsillo con ese mal rato? Si á tí no te importa lo que resulte del paso que me obligáis á dar, ¿qué cuerno me ha de importar á mí?... ¡Pues no voy, ea!

--Á que sí, pae Polinar,--le dijo Andrés, mirándole muy risueño.

--¡Á que no!--respondió el fraile, queriendo ser inexorable.

--Á que sí,--insistió Andrés.

--¡Cuerno!--replicó el otro casi enfurecido,--¡pongo las dos orejas á que no, y á reteque no!

Entonces, como si se hubieran puesto instantáneamente de acuerdo los ocho personajes que le rodeaban, gritaron unísonos y con cuanta voz les cabía en la garganta:

--¡Á que sí!

Y como vieron al fraile rascarse nervioso la cabeza y alumbrar un testarazo á Muergo, lanzáronse todos en tropel á la escalera, que, angosta y carcomida, retemblaba y crujía, y no pararon hasta el portal, donde se examinó el regalo del padre Apolinar.

Después de convenir todos en que no era cosa superior, dijo Andrés á Silda:

--Para cuando volvamos de San Martín, ya habrá estado pae Polinar en casa de tío Mocejón, ó en otra casa... De un brinco subo yo á preguntarle lo que haya pasado. Tú me esperas aquí, y bajo y te lo cuento. No te dé pena, que ya lo arreglaremos entre todos. Ahora, vámonos.

La niña se encogió de hombros, y Muergo, apretándose el nudo de la driza del chaquetón, dijo enseñando los dientes y revirando mucho los ojos:

--Yo voy tamién, en cuanto deje estos calzones á mi madre.

--Y yo tamién,--añadió Sula.

Silda llamó burro á Muergo; Guarín, Cole y los demás dijeron que se iban, quién al Muelle-Anaos, quién á las lanchas, quién á otros quehaceres, y Muergo á dejar los calzones en su casa, y se separaron á buen andar.

* * * * *

Todo esto acontecía en una hermosa mañana del mes de junio, bastantes años... muchos años hace, en una casa de la calle de la Mar, de Santander; de aquel Santander sin escolleras ni ensanches; sin ferrocarriles ni tranvías urbanos; sin la plaza de Velarde y sin vidrieras en los claustros de la catedral; sin _hoteles_ en el Sardinero y sin ferias ni barracones en la Alameda segunda; en el Santander con dársena y con pataches hasta la Pescadería; el Santander del _Muelle-Anaos_ y de la _Maruca_; el de la Fuente Santa y de la Cueva del tío Cirilo; el de la Huerta de los Frailes en abertal, y del provincial de Burgos envejeciéndose en el cuartel de San Francisco; el de la casa de Botín, inaccesible, sola y deshabitada; el de los Mártires en la Puntida, y de la calle de Tumbatres; el de las gigantillas el día 3 de noviembre, aniversario de la _batalla de Vargas_, con luminarias y fuegos artificiales por la noche, y de las corridas en que mataba _Chabiri_, picaba el _Zapaterillo_, banderilleaba _Rechina_ y capeaba el _Pitorro_, en la plaza de Botín, con música de los Nacionales; el Santander de los Mesones de Santa Clara, del Peso público y de _Mingo_, la _Zulema_ y _Tumbanavíos_; del _Chacolí_ de la Atalaya, y del cuartel del Reganche en la calle de Burgos; del parador de Hormaeche, y de la _casa del Navío_; el Santander de aquellos muchachos _decentes_, pero muy mal vestidos, que, con bozo en la cara todavía, jugaban al bote en la plaza Vieja, y hoy comienzan á humillar la cabeza al peso de las canas, obra, tanto como de los años, de la nostalgia de las cosas venerandas que se fueron para nunca más volver; del Santander que yo tengo acá dentro, muy adentro, en lo más hondo de mi corazón, y esculpido en la memoria de tal suerte, que á ojos cerrados me atrevería á trazarle con todo su perímetro, y sus calles, y el color de sus piedras, y el número, y los nombres, y hasta las caras de sus habitantes; de aquel Santander, en fin, que á la vez que motivo de espanto y mofa para la desperdigada y versátil juventud de hogaño, que le conoce de oídas, es el único refugio que le queda al arte cuando con sus recursos se pretende ofrecer á la consideración de otras generaciones algo de lo que hay de pintoresco, sin dejar de ser castizo, en esta raza _pejina_ que va desvaneciéndose entre la abigarrada é insulsa confusión de las modernas costumbres.

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II

DE LA MARUCA Á SAN MARTÍN

Estaba tentadora la Maruca cuando pasaron junto á ella los cuatro muchachos que se encaminaban á San Martín. Salía el agua á borbotones por el boquerón de la trasera del Muelle, y regueros de espuma iban marcando el creciente nivel de la marea en el muro de la calzada de Cañadío y en la playa de la parte opuesta, cerrada por la fachada de un almacén que aún existe, y un alto y espeso bardal que empalmaba con ella en dirección al Este, espacio ocupado hoy por la casa de los Jardines y la plaza del Cuadro, con cuantos edificios y calles les siguen por el Norte, hasta la pared de la huerta de Rábago. Esto era la Maruca de entonces, que comunicaba con la bahía por el alcantarillón que desembocaba en la punta del Muelle, antro temeroso que muy pocos valientes se habían atrevido á explorar, cabalgando en un madero flotante. Cuco aseguraba haber acometido esta empresa; es decir, entrar por el boquerón de la Maruca y salir por el del Muelle, á media marea; pero tales cosas contaba de tinieblas espesas, de ruidos espantosos, de ratas como cabritos y de ayes lastimeros, como de ánimas en pena, que me han hecho dudar después acá que fuera verdad la hazaña. Meter la cabeza en el negro misterio, pero sin abrir los ojos por no ver horrores, eso lo hicieron muchos, y yo entre ellos; pero lo de Cuco... ¡bah! ¿Por qué no citaba testigos cuando lo afirmaba? Y bien valía la pena de acreditarse así tal empresa, por ser la única que podía, ya que no compararse, ponerse cerca siquiera de otra, tan espantable de suyo, que ni en broma se atrevió entonces ningún muchacho á decir que la hubiera acometido: dar cuatro pasos no más en el antro misterioso que conducía al abismo en cuyo fondo _flotaba_ el barco de piedra en que vinieron á Santander las cabezas de sus patronos, los mártires de Calahorra, San Emeterio y San Celedonio; antro cuya puerta de entrada, baja y angosta, manchada de todo género de inmundicias y cerrada siempre, contemplaban chicos y grandes, con serios recelos, en el muro del Cristo, cerca ya de San Felipe, al pasar por la embovedada calle de los Azogues. Según la versión popular, lo mismo era penetrar allí una persona, que caer destrozada á golpes y desaparecer del mundo para siempre. Se habían dado casos, y nadie los ponía en duda, aunque sobre los _quiénes_ y los _cuándos_ no hubiera toda la claridad que fuera de apetecer.

Repito que estaba tentadora la Maruca para los cuatro chicos que caminaban hacia San Martín.

La marea, á más de dos tercios (y eran _vivas_ á la sazón), y todos los maderos flotando; y además de las perchas de costumbre (porque siempre había allí alguna), dos vigas que no estaban el día antes: dos vigas juntas, amarradas una á otra y fondeadas con un arpón, cerca de la orilla del bardal.

--¡Cosa de nada!--como dijo Andrés respingando de gusto en cuanto las vió;--descalzarme, remangar las perneras hasta los muslos, y en un decir «Jesús,» atracar un poco las vigas, halando del cabo del arpón; saltar encima de ellas, y con el palo que tengo escondido donde yo sé, bien cerca de aquí... ¡Recontra, qué _barco_ más hermoso!... ¡y qué marea!

Lo mismo opinaban Sula y Muergo, y bien le tentaron para que no pasara de allí; pero la fuerza que le movía hacia San Martín era más poderosa que la que trataba de detenerle en la Maruca; y por eso, y porque Silda, acaso recordando el remojón consabido al ver la percha, que ya le había señalado Muergo con sus ojos bizcos y su risa estúpida, le apoyó con vehemencia, fué sordo á las seducciones de sus astrosos compañeros, y ciego á los atractivos que tenía delante.

Así es que duró poco la detención allí, y muy pronto se les vió trepar á los prados en busca del camino de la Fuente Santa. Aunque Andrés había visto, al asomarse al Muelle en sitio conveniente, que aún no se había puesto el gallardete amarillo sobre la bandera azul en el palo de señales de la Capitanía, prueba de que la corbeta avistada no abocaba todavía al puerto, llevaba mucha prisa; porque resuelto á ver la entrada de su padre desde San Martín, creía que andaba el barco más que su pensamiento, y temía llegar tarde.

Mientras caminaba, siempre delante de los demás, éstos le acribillaban á preguntas, ó le detenía alguno de ellos para ver cómo se revolcaba Muergo sobre los prados, ó se bañaba algún chico entre las peñas cercanas á la Cueva del tío Cirilo, ó rendía la bordada un patache buscando la salida con viento de proa, ó remedaba Silda el mirar torcido y el reír estúpido de Muergo.

--¡Buenas cosas traerá tu padre!--dijo la muchachuela á Andrés.

--Á veces las trae tal cual,--respondió Andrés sin volver la cara.

--¿Para tí también?

--Y para todos. Una vez me trajo un loro.

--Mejor eran cajetillas,--expuso Sula.

--U jalea,--añadió Muergo.

--Para él las trae á cientos, de _Las tres coronas_,--dijo Andrés respondiendo á Sula.

--¡Bien sé yo lo que es jalea, puño!--insistió Muergo relamiéndose.--Una vez la caté... ¡ju, ju, ju! Se lo dió á mi madre una señora del Muelle... Yo creo que lo trincó, ¡ju, ju, ju! Tamién yo se lo trinqué á ella una noche, y me zampé media caja... ¡Puño, qué taringa endimpués que lo supo!

--Puede que tamién traiga mantones de seda--dijo Silda, apretando la jareta de la saya sobre su cintura.--Si trae muchos, guárdame uno, ¿eh, Andrés?

Volvióse éste hacia Silda, asombrado del encargo que acababa de hacerle, y vió á Sula cabeza abajo, agarrado con las manos á la yerba y echando al aire, ora una pierna, ora la otra, pero nunca las dos á la vez. Cabalmente el hacer pinos pronto y bien era una de las grandes habilidades de Andrés. Sintióse picado del amor propio al ver la torpeza de Sula, y alumbrándole un puntapié en el trasero, díjole, para que se enteraran todos los presentes:

--Eso se hace así.

Y en un periquete hizo el pino perfecto, con zapateta y perneo, y la Y, y casi la T, y cuanto podía hacerse, sin ser descoyuntado volatinero, en aquella incómoda postura. Y tanto se zarandeó, animado por el aplauso de Silda y de Muergo, que se le cayó en el prado cuanto llevaba en los bolsillos, lo cual no era mucho: tres cuartos en dos piezas, un pitillo, un cortaplumas con falta de media cacha, y unos papelejos.

En cuanto Muergo vió el pitillo, le echó la zarpa y se apartó un buen trecho; y antes que Andrés hubiera deshecho el pino y recogido del suelo los cuartos, papeles y navaja, ya él había sacado un fósforo de cartón que conservaba en el fondo insondable de un bolsillo de su chaquetón, y resobado el misto contra un morrillo, y encendido el cigarro, y dádole tres chupadas tan enormes, sin soltarle de la boca, y tan bien _tapadas_, que cuando se le fué encima el hijo del capitán de la _Montañesa_ reclamando á _piña seca_ lo que era suyo, Muergo, envuelta en humo la monstruosa cabeza, porque le arrojaba por todos los agujeros de ella y hasta parecía que por las mismas crines de su melena, sólo pudo entregar medio pitillo, y ese puerco y apestando. Así y todo, le consumió Andrés en pocas chupadas, pues si á Sula le vencía en hacer pinos, á _taparlas_ no le ganaba Muergo. ¡Como que le había enseñado á fumar Cuco, que era el fumador más tremendo del Muelle-Anaos, lo cual es tanto como decir el fumador más valiente del mundo! Pues todavía alumbró Sula un par de _bofetadas_ buenas á la colilla impalpable que tiró Andrés.

En la Fuente Santa se encaramaron en el pilón y bebieron agua, sin sed los más de ellos, y Silda se lavó las manos y se atusó el pelo. Después echaron por el empinado callejón de la «fábrica de sardinas,» y salieron á los prados de Molnedo. Allí intentó Muergo hacer su poco de pino, quedándose rezagado para que no le vieran la prueba si le salía mal. En la brega para enderezar no más que el tronco sobre la cabeza, pues en cuanto á los pies, no había que pensar en despegarlos del prado, se le volvieron las faldas del chaquetón hasta taparle los ojos. En tan pintoresco trance le hallaron los de sus camaradas, advertidos por Silda, que fué la primera en notar la falta del salvaje rapaz. Llegáronse todos á él muy queditos; y uno con ortigas y otro con una vara, y Silda con la suela entachuelada de un zapato viejo que halló en el prado, le pusieron aquellas nalgas cobrizas, que echaban lumbres.

--¡Págame el tronchazo, animal!--le gritaba Silda mientras le estampaba las tachuelas en el pellejo, cuando le dejaban sitio y ocasión la vara de Andrés y las ortigas de Sula.

Bramidos de ira, y hasta blasfemias, lanzaba Muergo al sentirse flagelado tan bárbaramente; pero sólo cuando imploró misericordia, logró que sus verdugos le dejaran en paz y rascarse á sus anchas las ampollas, que le abrasaban.

Sula, ya que estaba allí, quiso acercarse al _Muelluco_. Andrés le dijo que hartas detenciones iban ya para la prisa que él llevaba; pero Sula no tomó en cuenta el reparo, y se bajó al Muelluco. En seguida empezó á gritar:

--¡Congrio, qué hermosura!... ¡Cristo, qué marea! ¡Madre de Dios, qué cámbaros!... ¡Atracarvos, congrio!

Y no hubo más remedio que atracarse todos al Muelluco. Buena era, en efecto, la marea, mas no para tan ponderada; y en cuanto á los cámbaros, los pocos que se veían no pasaban de lo regular. Pero Sula estaba en _lo suyo_, y no podía remediarlo. El sol calentaba bastante; el agua, verdosa y transparente, _cubría_ en aquel sitio más de dos veces, y se podían contar uno á uno los guijarros del fondo.

--Échame dos cuartos, Andrés--le dijo el raquero, piafando impaciente sobre el Muelluco.--¡Te los saco de un cole!

--No los tengo,--contestó Andrés, que deseaba continuar su camino sin perder un minuto.

--¡Que no los tienes?--exclamó admirado Sula.--¡Y te los cogí yo mesmo del prao cuando te se caeron de la faldriquera endenantes!

Andrés se resistía. Sula apretaba.

--¡Congrio!... ¡Échame tan siquiera el cuarto! ¡Vamos, el cuarto solo, que tamién tienes!... ¡Anda, hombre!... Mira, le engüelves en uno de esos papelucos arrugaos que te metí yo mesmo en la faldriquera...

Y Andrés, que nones. Pero terció Silda á favor del suplicante, y al fin la roñosa moneda, envuelta en un papel blanco, fué echada al agua. Los cuatro personajes de la escena observaron, con suma atención, cómo descendía en rápidos ziszás hasta el suelo, y cómo se metió debajo de un canto gordo, movedizo, pero sin quedar enteramente oculta á la vista.

--¡Cóntrales!--dijo Sula rascándose la cabeza y suspendiendo la tarea, que había comenzado, de quitarse su media camisa sin despedazarla por completo.--¡Puede que haiga _pulpe_ allí!

Cosa que á Muergo le tenía sin cuidado, puesto que, en un abrir y cerrar de ojos, desató el bramante de su cintura; largó el chaquetón que le envolvía hasta cerca de los tobillos, y se lanzó al agua, de cabeza, con las manos juntas por delante. Tan limpio fué el cole, que apenas produjo ruido el cuerpo al caer; y sólo unas burbujitas y una ligera ondulación en la superficie indicaban que por allí se había colado aquel animalote bronceado y reluciente, que buceaba, como una tonina, meciéndose, yendo y viniendo alrededor del canto gordo, con la greña flotante, cual si fuera manojo de porreto; se le vió en seguida remover la piedra, mientras sus piernas continuaban agitándose blandamente hacia arriba, coger el blanco envoltorio, llevársele á la boca; invertir su postura con la agilidad de un _bonito_, y, de dos pernadas y un braceo, aparecer en la superficie con la moneda entre los dientes, resoplando como un hipopótamo de cría.

--¿Echas la mota?--dijo á Andrés después de quitarse el cuarto de la boca, y sosteniéndose derecho en el agua, solamente con la ayuda de las piernas.

--Ni la mota ni un rayo que te parta--respondió Andrés, consumido por la impaciencia.--¡Ni os espero tampoco más!

Y como lo dijo, lo hizo, camino de las Higueras, sin volver atrás la cara.

Cuando la volvió, cerca ya de los prados de San Martín, observó que no le seguía ninguno de sus tres camaradas. En el acto sospechó, no infundadamente, que el cuarto adquirido por Muergo era la causa de la deserción. Sula y la muchacha querrían que se _puliera_ en beneficio de todos.

No le pesó verse solo, pues no le hacía mucha gracia andar en sitios públicos con amigos de aquel pelaje.

Menos le pesó cuando al atravesar, por el podrido tablero, el foso del castillo, vió su _batería_ llena de gente que le había precedido á él con el mismo propósito de asistir desde allí á la entrada de la _Montañesa_; gente que le era bien conocida en su mayor parte, pues había entre ella marinos amigos de su padre, prácticos libres de servicio aquel día, á quienes había visto mil veces, no sólo en el Muelle, sino en su propia casa; el mismo dueño y armador de la corbeta, comerciante rico, que le infundía un respeto de todos los diablos; las mujeres de algunos marineros de ella; el mismísimo don Fernando Montalvo, profesor de náutica, maestro de su padre y de todos los capitanes y pilotos jóvenes de entonces, personaje de proverbial rigidez en cátedra, al cual temía mucho más que al amo de la _Montañesa_, porque sabía que estaba destinado á caer bajo su férula en día no remoto; Caral, el conserje del Instituto Cántabro, que no perdía espectáculo gratis y al aire libre; su amigo el _Conde del Nabo_, con su casacón bordado de plata, resto glorioso de no sé qué empleo del tiempo de sus mocedades, y la sempiterna queja de que no le alcanzaba la jubilación para nutrir el achacoso cuerpo, que ya se le quebrantaba por las _choquezuelas_; don Lorenzo, el cura loco de la calle Alta, tío de un muchacho, amigo de Andrés, que se llamaba _Colo_ y estaba abocado á matricularse en latín, por exigencia y con la protección de aquel energúmeno; _Ligo_, mozo que iba á hacer ya su segundo viaje de piloto, y á cuya munificencia debía él algunos puñados de picadura... y no pocos coscorrones; Aniceto, el sastre inolvidable; Santoja, el famoso zapatero del portal del marqués de Villatorre... y muchos curiosos más de diversas cataduras; algunos con sus catalejos enfundados, y no pocos con sus sabuesos de caza ó su borreguito domesticado... Porque, en aquel entonces, la entrada de un barco como la _Montañesa_, de la matrícula de Santander, de un comerciante de Santander, mandado y tripulado por capitán, piloto y marineros de Santander, era un acontecimiento de gran resonancia en la capital de la Montaña, donde no abundaban los de mayor bulto. Además, la _Montañesa_ venía de la Habana, y se esperaban muchas cosas por ella: la carta del hijo ausente; los _vegueros_ de regalo; la caja de _dulces surtidos_; el sombrero de jipijapa; la letra de 50 pesos; la revista de aquel mercado; las noticias de tal cual persona de dudoso paradero ó de rebelde fortuna, y, cuando menos, las memorias para media población, y algunos indianos de ella, de retorno. La misma curiosidad, y por las mismas razones, excitaban la _Perla_, la _Santander_ y muy pocas fragatas más de aquellos tiempos. Nadie ignoraba en la ciudad cuándo salían, qué llevaban, á dónde iban ni por dónde andaban, como fuera posible saberlo. Sus capitanes y pilotos eran popularísimos, y sus dichos y sus hechos se grababan en la memoria de todos, como glorias de familia. ¿Quién de los que entonces tuvieran ya uso de razón y vivan hoy, habrá olvidado aquella tarde inverniza y borrascosa, en que, apenas avistada al _puerto_ una fragata, se oyó de pronto el tañido retumbante, acompasado, lento y fúnebre del campanón de los Mártires!

--¡Á barco!--exclamaron cientos y cientos de personas que conocían el toque.

--¡La _Unión_!--añadían consternadas, echándose á la calle, las que aún no habían salido de casa.

Porque no ignoraba nadie, desde por la mañana, que la _Unión_ era la fragata avistada, y que venía corriendo un temporal furioso.