Sotileza

Part 19

Chapter 194,124 wordsPublic domain

Cuando Muergo bramaba así, clavados los desnudos y anchos pies en el suelo; los brazos caídos, con los codos hacia afuera; el gorro sobre el cogote y las greñas encima de los ojos, comenzaba á anochecer en la bodega. Con este motivo, si es que no le tomó por pretexto, Sotileza dejó á Muergo en aquella actitud, con la palabra atascada en la caverna de su boca, y fué á encender el candil á la cocina.

Al salir de ella miró hacia el portal y vió á tío Mechelín arrimado á la puerta de la calle. Le llamó para decirle que le buscaba su sobrino.

En la caraza de Muergo y en cierta sacudida de sus hombros abovedados, pudo notarse que le contrariaba mucho la vuelta de Sotileza acompañada de su tío.

En otros tiempos hubiera alborotado al alegre marinero la noticia que le dió Muergo en cuanto le tuvo delante; pero ya, sin bríos para luchar personalmente en aquellas nobles batallas entre los dos Cabildos rivales, y cargado de dolencias que le robaban el entusiasmo y hasta la curiosidad, dió escasa importancia al suceso anunciado por su sobrino, aunque no dejó por eso de aconsejarle que no fuera él al regateo si estimaba en algo su vanidad de remador, porque era cosa corriente que habían de ganar los callealteros. Muergo se las tuvo tiesas á favor de los de Abajo, sin importarle un bledo el daño que con sus brutales dichos causaba á aquel veterano de los de Arriba; pero intervino Sotileza, y con dos sacudidas de apóstrofes y de reconvenciones, puso al salvaje compañero de la lancha del Mordaguero más blando que una badana. Convino sin dificultad con su tío (muy vigorizado con el valiente apoyo de aquella gentil criatura, que era el calor de su espíritu) en que eran unos tumbones los mareantes de Abajo; y comenzando á roer el zoquete de pan que le había dado Sotileza, salió de la bodega con rumbo á la Zanguina, para ver cómo se iba armando _aquello_.

Después entró tía Sidora, que ya estaba en autos por lo que se había corrido en la plaza; y más entusiasta que su marido, ó aparentándolo al menos, quizá con el noble propósito de entretenerle y de animarle, pudo conseguir que se fuera un rato á la taberna del tío Sevilla, donde ella sabía que iba á ventilarse el punto á Cabildo pleno.

Poco después de salir de la bodega tío Mechelín, entró en ella Cleto, que no se encontró con Muergo en el camino porque, después de subir por la calle de Somorrostro, tomó por las escaleras de la Catedral, mientras el otro bajaba por Rua-Menor. Pero si no con Cleto, Muergo se encontró con Andrés; y no sé yo si en la necesidad de encontrarse con uno de los dos, salió perdiendo ó ganando en el encuentro que tuvo.

Andrés, tan pronto como se apartó de él Cleto, necesitó mayor espacio que éste para entretener y dominar la tempestad desencadenada en su pecho y en su cabeza. Porque la tempestad de Cleto era sorda, de fondo, relativamente mansa, y podía aguantarse á la vela, dejándose llevar de aquí para allí sin otro cuidado que el de huir de los escollos de la costa; pero la de Andrés era de huracanes furiosos que le batían en redondo y le llevaban en vilo, flagelándole con sus azotes de espumas, amargas como las hieles. Huyendo á la desesperada, anduvo durante una hora sin saber por dónde ni conocer á nadie...

Y todo ello ¿por qué? Porque dió en antojársele que Cleto era, en rigor de justicia, un buen acomodo para Sotileza; que Sotileza, ó las personas que la amparaban, podrían muy bien caer en la cuenta de ello cuando Cleto, ó quien les fuera con la amorosa embajada, manifestara en la bodega sus intenciones y deseos; y que por conclusión de todo, Cleto y Sotileza... ¡Sotileza, tan pulcra, tan linda, tan gallarda; la que le había hecho faltar á él á sus deberes de amigo... y hasta de hombre honrado, y, con dureza de empedernido desdén, machacado los pensamientos en el hervidero mismo donde brotaban á escondidas de la voluntad! Cierto que oponerse á los planes de Cleto, por los motivos que le zumbaban á él en la mollera; trabajar para que Sotileza llegara á verse en el mundo sola y desamparada de todos, era una completa villanía; pero ¿estaba él seguro de que, escarbándole un poco en sus adentros, no se hallaran, por causa de aquellas desazones que le consumían, más que torpes deseos contrariados? Apretándole un poco más las ansias que le atormentaban, ¿no sería él capaz de llegar con sus intentos hasta donde la licitud de ellos le pusiera para siempre al abrigo de ese linaje de contingencias? ¡Y pensar que, sobrándole generosidad en el corazón, con haberle recibido ella mansa y cariñosa; con haber dejado á su noble arbitrio el resultado de sus inexplicables arrebatos, él mismo hubiera sido capaz de entregar á Sotileza, limpia de toda mancha, al primer hombre de bien que la mereciera!

Pero ¿merecería Sotileza este sacrificio? ¿Merecería siquiera el que se había impuesto él al jurarla lo que le juró en su casa viéndose á solas con ella?

Cleto le afirmó que no se había cruzado todavía entre ambos una sola palabra ni una mala señal de inteligencia en sus intentos amorosos; pero Muergo... ¡aquel estúpido y horroroso Muergo, en cuyos brazos se dejaba ella conducir, muerta de risa, en la playa de Ambojo!...

¡Y vuelta otra vez al tema que tan á menudo examinaba y exprimía, desde que había prometido á Sotileza no volver á su lado con un mal pensamiento entre los cascos! No habría malicia, quizá, en aquellos abandonos de la callealtera; pero no le estaban bien á una muchacha honrada que, por faltas mucho menores, le había plantado á él á la puerta de la calle. De esto habría que hablarla, siquiera una vez, á solas y pronto; y á Muergo también.

Y en tal ocasión fué cuando Muergo se le puso delante, al salir de una de las bocacalles inmediatas á la Zanguina.

--¿De dónde vienes?--le preguntó Andrés.

--De allá arriba,--respondió Muergo.

--¿De la calle Alta?

--Sí.

--¿De la bodega de tu tío?

--Sí. Fuí á ponerle en los casos del regateo, por si no lo sabía.

--Y ¿quién estaba allí?

--¡Puño!--exclamó Muergo rascándose la cabezona á dos manos.--Cuando entré, hágase la cuenta que la mesma gloria... ¡Ella soluca, hombre!

--¿Quién?--volvió á preguntar Andrés muy anhelante.

--Sotileza, ¡puño!...

--Con que... Sotileza sola--dijo Andrés, disimulando de mala manera el escozor que le atormentaba.--Vamos, y ¿qué la dijiste? ¿qué te dijo ella?

--Pos aticuenta que ná--respondió Muergo estremeciéndose;--porque á lo mejor se jué á encender el candil, y dempués allegó mi tío.

--Con que «á lo mejor»--recalcó Andrés, con un acento que sacaba lumbres.--Eso es decir que algo bueno te había pasado ya. ¿No es cierto, Muergo? Vamos, hombre, dilo con franqueza.

Muergo se rascó otra vez la greña; y después de reirse á su modo, dijo al impaciente Andrés:

--Güeno, por decir güeno, no jué tanto como pudo ser; pero güeno jué con too, ¡puño! aquel ratuco entre los dos... Yo dijéndola cosas, y cosas... y cosas... ¡ni la metá siquiera de lo que yo diría, puño, si sabiera decirlo!...

--¿Y ella?--apuntó Andrés casi con un rugido.

--Pos ella--respondió Muergo, restregándose las manazas y haciéndose todo él casi un ovillo,--pos ella, don Andrés, ¡ju, ju!... la gloria mesma... ¡las puras mieles pa mí!

--¡Mentira, estúpido!--rugió la voz de Andrés al dicho del marinero.--Las mieles de una mujer como esa no están para bestias como tú. Yo te prohibo que digas eso á nadie, y que tú mismo lo creas...

--¡Puño!--exclamó rudamente el apostrofado así.--¿Y por qué no he de creer yo lo que es verdá? ¿Y quién es naide pa mandar que no me relamba con ello, si me gusta?

--Yo te lo mando--repuso Andrés, temiendo haberse descubierto demasiado,--porque tengo obligación de velar por la buena fama de Sotileza; y su buena fama se mancha con alabanzas de supuestos como los tuyos. ¿Me entiendes, bárbaro? Por eso te prohibo que te alabes delante de nadie de lo que te has alabado delante de mí, y que es una pura mentira.

--Es la pura verdá, ¡puño!

--Digo que mientes, ¡cerdo! Y ahora te añado que, si para curarte de ese vicio de calumniar á una muchacha honrada no basta lo que te digo, yo haré que te cierre la puerta de aquella casa quien tenga más autoridad que yo para hacerlo.

Según iba desahogando Andrés sus iras de este modo, en voz baja, pero fiera y desconcertada, á Muergo le subía un cosquilleo pecho arriba; se le encrespaba la greña, y los bizcos ojos se le revolvían en sus cuencas.

--¡Ah, puño!--saltó de repente, apretándose los suyos y rugiendo también.--¡Lo que á usté le pica no es que mienta yo, sino que diga la verdá!...

Andrés se quedó helado de vergüenza, al considerar que una bestia como aquélla le hubiera descubierto el misterio de su berrinche imprudente.

Muergo añadió todavía:

--Sí, ¡puño! esto que aquí me pasa, y lo otro que se corría y pensé que eran malos quereres, y algo que he visto yo... ¡Puño, la cuenta sale!...

--¡Otra impostura, animal!

--¡No, no... puño! que, enestonces, no me jurgara á mí por acá entro esta cosa que nunca me jurgó. ¡Puño! ¡cómo resquema!... Don Andrés, por usté me echo yo de cabeza á la mar en otros particulares... pero en éste, ¡puño! en éste, no se me cruce por la proba... porque le doy la troncá pa echarle á pique...

La única respuesta que se le ocurrió á Andrés, de pronto, á esta inesperada y hasta elocuente exaltación de Muergo, fué un bofetón de los tremendos que él sabía dar en lances muy apurados; pero no estaba la calle solitaria; y no estándolo, el golpe iba á tener más resonancia de la que á él le convenía.

Advirtióle algo de ello al monstruoso mareante para que se diera por respondido, es decir, por abofeteado; y temeroso de que la réplica del insubordinado animal le obligara á cumplirle la amenaza, apartóse de él precipitadamente.

Cada paso que daba en aquella desdichada aventura era una torpeza que le costaba un nuevo descalabro.

Así es que el pobre chico iba ahumando hacia la calle de la Blanca, mientras su monstruoso rival entraba en la Zanguina.

[Ilustración]

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XX

EL IDILIO DE CLETO

Al día siguiente entró en el puerto la _Montañesa_, de retorno de su viaje á la Habana, y se desembarcó el capitán, resuelto á dejar el oficio por todos los días de su vida.

--¡Ya es hora, Pedro, ya es hora!--le decía la capitana, estrechándole en sus brazos después de oirle jurar que no quebrantaría aquellos buenos propósitos.--¡Qué lástima que no lo hubieras hecho unos años antes! ¡Nos quedan ya tan pocos para pasar la vida juntos, sin las penas que me han llenado de canas!...

--Vamos, no te quejes, ingratona--respondía su marido examinándola con los ojos, de pies á cabeza, después de desprenderse de sus brazos,--que más tengo yo, y menos lucido me veo de pellejo, y con más averías en el casco. Ahora, que trabaje otro mientras yo descanso. Veremos cómo engorda Sama con el oficio que le dejo por herencia. El camino bien le sabe. Lo peor es el barco, que no está ya para muchas borrascas: lo mismo que su capitán. Fortuna que, al cabo de tanta brega, se ha sacado para la vasallona y darse uno la última carena en puerto seguro.

Á la sazón era don Pedro Colindres un señor grueso, atezado, de patillas y pelo casi blancos; y su mujer, una hermosa matrona, de cabeza gris y majestuoso porte.

La cual, continuando la conversación con su marido, que la miraba embelesado, llegó á decirle:

--¡Mucha, muchísima falta estabas haciendo ya para eso, Pedro!

--Pues ¿qué le pasa, Andrea?

--No lo sé; pero, desde hace quince días, no es el que era; y en los ocho últimos le desconozco tanto, que me da pesadumbre. Ni come de traza, ni duerme con sosiego, ni creo que sabe por dónde va. Anoche se metió en casa muy temprano, hecho un palomino atontado, y, por más que le tiré de la lengua, no le pude arrancar una palabra. ¡Con lo alegre que él era y lo...!

--Aprensiones tuyas, Andrea, aprensiones tuyas; porque las mujeres ¡tenéis un modo de querer!...

--¡Te digo que no son aprensiones, Pedro!

--Pues yo bien sereno le he visto esta mañana, y maldito si he notado en él cambio ninguno.

--Porque delante de tí disimula... Mira, Pedro, apostaría la cabeza á que le han trastornado la suya en esa maldita casa, de donde no sale muerto ni vivo.

--¿De qué casa, mujer?

--La de la calle Alta.

--¡Bah!

--¡Cuando yo te lo digo!...

El capitán no quiso que se hablara más del asunto; y, creyéndolo ó no, afirmó á su mujer que por ese lado no había nada que recelar.

Al mismo tiempo que esto acontecía en casa de Andrés, Pachuca, la novia de Colo, apremiaba á Sotileza para que le acabara aquel mismo día, que era sábado, la saya nueva que le estaban cosiendo allí. Pero Sotileza, por más que se afanaba en la costura, dudaba mucho que se saliera Pachuca con el empeño.

Ésta, sentada junto á su amiga y ayudándola con los ojos y hasta con ciertos movimientos involuntarios de sus manos, obra de la impaciencia que la consumía, hablaba y hablaba sin cerrar boca.

Y hablando, hablando, habló de Colo para ponerle, como era de esperar, en los cuernos de la luna.

--Y ¿cuándo vos casáis?--la preguntó Sotileza.

--No sé qué decirte á eso, hija--respondió Pachuca suspirando.--Lo que es por casar, ya nos habiéramos casao rato hace, que él buenas ganas tiene, y yo tamién; pero córrese que va á sacarse una leva muy luégo. Y ya ves tú: casarse hoy pa enviudar mañana...

--Razón tienes, Pachuca. Es mejor esperar á que vuelvan.

--¡Si güelven, los enfelices!

--¿Qué han de hacer sino volver!

--Quedarse allá, los probes. ¡Ay, venturaos!... ¡Por esos mares!... Si Dios quisiera que no le allegara el número... ¡Pero le tiene ya tan bajo!... Milagro será que no le llegue, por chica que la leva sea. Una misa de á peseta tengo ofrecía á San Pedro, si no le toca.

--Pus mira, Pachuca--dijo Sotileza con aquel tono dominante que era natural en ella,--sobre que más tarde ó más temprano le han de llevar al servicio, yo ofrecería esa misa por que te le llevaran ahora.

--¿Por qué?

--Porque vuelven de allá muy otros. Siquiera aprenden á andar derechos y á lavarse la cara todos los días. Esa ventaja saldrías ganando al casarte con él de vuelta del servicio.

--Y tú, mujer--preguntó Pachuca en crudo,--¿cuándo te casas?

--¡Yo!--respondió Sotileza mirando con asombro á su amiga,--¿con quién?

--Pus con el que tú quieras--dijo Pachuca sin titubear.--¿No es tuya la calle de arriba abajo? ¿Hay moza en ella más cubiciá que tú?

--Pa poca salú, morirse es mejor, Pachuca.

--¡Cubiciosona! Pus ¿qué quieres? ¿Comerciantes de allá abajo?

--¿Quién ha dicho eso?--exclamó Sotileza al punto, en voz dura y con más duro entrecejo.

--Dígolo yo por decir, mujer,--respondió Pachuca, temerosa de que su amiga hubiera echado la broma á mala parte.

--Es que hay dichos, Pachuca--replicó Sotileza con ira mal disimulada,--que son más de temer que los bofetones... porque hay lenguas que los esparcen como la peste; y bien sabes tú que las hay en esta calle peores que la sarna, y contra qué honras buscan el arrimo.

La pobre Pachuca, que no había pensado en semejantes rumores para decir lo que había dicho á Sotileza, no se hartaba de jurárselo para que no se ofendiera.

--Si no me ofendo de tí, Pachuca--la dijo la hermosa huérfana, esforzándose por dar á su cara y á su voz toda la blandura que podía.--Bien sé que tú no me quieres mal; pero otros no me pueden ver y tiran á matarme; y de esos golpes, que me duelen, salen estos quejidos que no puedo remediar. Otra, en mi caso, te lo callara: yo te lo canto así, porque en ese particular no debo al demonio ni una mala idea.

Hablando Sotileza de este modo, entró en la bodega la vieja tía Ramona, el ama de gobierno del padre Apolinar, preguntando por tío Mechelín.

--Está á porredanas, y no vendrá hasta más tarde,--respondió Sotileza.

--¿Y tía Sidora?--tornó á preguntar la vieja.

--En la plaza.

--Pues yo los buscaba para decirles que pae Polinar quiere que vayan los dos á verse con él en su casa, sin falta ninguna, al anochecer. Ya ellos saben por qué no puede venir acá él mismo. Con que ¿se lo dirás así en cuanto los veas, guapa moza?

--Se lo diré,--respondió la aludida, sin dejar de coser.

--¡Bendito sea Dios--dijo tía Ramona por despedida,--qué repolluda y qué maja te hizo su Devina Majestá, y qué agradecía debes estarle!

Y salió arrastrando sus chancletas, mientras Pachuca, mirando á Sotileza, se reía de las exclamaciones del ama del fraile, bien conocida en aquel barrio.

Sotileza, tan pronto como Pachuca la dejó sola y sin la obligación de hablar, aunque fuera poco, empleó todas las fuerzas de su discurso en adivinar la razón del recado traído por el ama del fraile. Nunca había pretendido éste cosa semejante; y, desde algún tiempo atrás, le estaban pasando á ella cosas bien desusadas.

Corrieron las horas, y el matrimonio de la bodega, vestido de media gala, porque, al cabo, tenía que atravesar una parte de las más concurridas de la población, y carcomido por la curiosidad más devoradora, acudió á la cita del padre Apolinar.

Cleto, á la escasa luz del crepúsculo, los vió salir á la calle, desde la taberna de tío Sevilla donde estaba sentado, con las manos en los bolsillos, las espaldas mal embutidas entre el mostrador y la pared, y la cara á medio zambullir en la pechera de su elástico. No había pegado los ojos en toda la noche última, y había vuelto de la mar sin acordarse de lo que le había ocurrido en ella. Pae Polinar no hacía nada por él, y Andrés le cerraba todas las puertas. No tenía más remedio, para abrirlas, que valerse de su propio esfuerzo. Estaba dispuesto á hacerle como Dios y sus ahogos le dieran á entender, y en esto pensaba cuando vió á los viejos de la bodega salir á la calle juntos.

Alzóse súbitamente de su banco; esperó á que aquéllos doblaran la esquina de la cuesta del Hospital; miró después al balcón de su casa y á lo ancho y á lo largo de la calle; y, viéndolo todo libre del enemigo que le espantaba en la empresa que iba á acometer, llegó en dos zancadas al portal, y se coló resuelto en la bodega.

Sotileza continuaba cosiendo la saya de Pachuca á la luz del candil que acababa de colgar en la pared. Por verse Cleto delante de ella, palpó la dificultad con que ya contaba él, no obstante la firmeza de su resolución. ¡La palabra, la condenada palabra, que se le negaba siempre que más falta le hacía!

--Pasaba--balbució, temblando de cortedad,--pasaba... por ahí delante... y pasando así, dije: «voy á entrar un rato en la bodega;» y por eso entré... ¡Paño! ¡güena saya coses!... ¿Es pa tí, Sotileza?

Sotileza le dijo que no; y, por cortesía, mandóle que se sentara.

Sentóse Cleto muy separado de ella; y mirándola, mirándola en silencio largo rato, como si tratara de emborracharse por los ojos para romper así las trabas de su lengua, acertó á decir:

--Sotileza: una vez me pegastes un botón... allí ajuera... ¿te alcuerdas?

Sotileza se sonrió un poco sin levantar la vista de su labor, y respondió á Cleto:

--¡Pues mira que ya ha llovido de entonces acá!

--Pos pa mí--dijo Cleto más animado,--aticuenta que jué ayer.

--Bueno--repuso Sotileza,--¿y qué hay con eso?

--Pos con eso hay--continuó Cleto,--que dimpués de aquel botón, que era de asa, y entodía le tengo en estos otros calzones... ¡míale aquí!... Dimpués de aquel botón, juí entrando, entrando en esta casa... porque no se pué parar en la mía, Sotileza. Bien lo sabes tú, ¡paño! ¡Aquello no es casa, ni aquéllas son mujeres, ni aquel hombre es hombre! Pos güeno: yo no sabía de cosa mejor que ello... y por no saberlo, una vez te pegué una patá... ¿te alcuerdas? ¡Paño! ¡Si vieras lo que ese golpe me ha dolío á mí dimpués acá!...

Sotileza, comenzando á asombrarse de aquello que oía, porque nunca cosa igual ni parecida había oído de tales labios, clavó los ojos en los de Cleto; con lo cual cortó, no solamente la palabra, sino hasta la respiración del pobre mozo. En seguida le dijo:

--Pero ¿por qué me cuentas ahora esas cosas?

--Porque hay que contalas, Sotileza--atrevióse Cleto á responder;--por eso mesmo, y porque naide ha querío venir á contátelas por mí... ¡paño! Me paece que en ello no ofendo á naide... Porque verás tú, Sotileza; verás tú lo que me pasa. De plonto no caía yo en la cuenta de ello, y me dejaba hinchar, hinchar de aquellas marejás que iba embarcando según entraba yo aquí; y tú, crece que te crece... ¡Paño, qué arbolaúra ibas echando de día en día, Sotileza! Yo no ofendía á nenguno con mirar eso... me paece á mí; ni tampoco por alegrar la entraña con el recreo de esta bodega, una vez que otra. Arriba, ná de ello: mucha negrura... la honra de las gentes por el balcón abajo; sin ley unos á otros... ¡Paño, esto hace mala sangre... aunque uno la tenga de azúcara!... Y por eso te dí aquella patá, Sotileza; que si no, no te la diera; y lo sé, porque si aquí se me dice: «Cleto, échate de cabeza por el Paredón,» por el Paredón me echo, Sotileza, si con ello te das por bien servía, aunque otra cosa no me valga que el despeñarme... Pos güeno: de estos sentires, ná sabía endenantes, Sotileza; aprendílos aquí, sin preguntar por ellos y sin agravio de naide... Ya ves tú, no jué culpa mía... Me gustaban, ¡paño! me gustaban mucho, me sabían á las puras mieles; ¡como que nunca me había visto en otra, Sotileza!... Y me hartaba, me hartaba de ellos... hasta que no me cogieron en el arca... Y dimpués, tumba de acá, tumba de allá, á modo de maretazos por aentro; poco dormir y un ñudo en el pasapán... Mira, Sotileza: pensaba yo que no había mal como las pesaúmbres de mi casa... Pus mejor dormía con ellas que con estos sentires de acá abajo... ¡Pa que lo veas, paño! Me paece que tampoco en esto ofendía yo á naide, ¿verdá, Sotileza?... Porque al mesmo tiempo que esto me pasaba, mejor y mejor vos iba quisiendo ca día, y con más respeto te miraba á tí, y más deseos me entraban de verte la voluntá en los ojos, pa servírtela sin que me lo mandaras con la lengua.

¡Y anda, anda así, meses y meses, y un año y otro, con el ajogo en el arca y sin saber cómo salir á flote! Porque, ya ves tú, Sotileza: una cosa es el sentir del hombre, y otra el relatarle, sin palabra, como yo. Dimpués, lo que tú eres... lo que yo soy: ¡la mesma barreúra, acomparao contigo!... Pero no podía más, Sotileza, y acudí á hombres que lo entienden, pa que hablaran por mí; pero como á ellos no les dolía, ¡paño! me dieron con la puerta en los bocicos. ¡Mira tú qué falta de caridá! Porque en esto tampoco había mal pa naide, ni se injuriaba á denguno... ¿Te haces tú bien el cargo, Sotileza, de esto que te digo?... Pus porque naide ha querío decírtelo de mi parte, vengo á decírtelo yo, ¡paño!

Sotileza, para quien no era una noticia el amoroso sentir de Cleto, que bien claro se le tenía leído ella, no se asombró de este descosido relato, por lo que descubría; pero sí del inesperado atrevimiento del relatante. Miró á éste muy serena, y le dijo:

--Verdá es que no hay agravio en todo lo que me cuentas, Cleto; pero ¿á santo de qué me lo cuentas ahora?

--¡Paño!--respondió Cleto muy admirado,--pus ¿á santo de qué se cuentan siempre esas cosas? Pa que se sepan.

--Pues ya las sé, Cleto, ya las sé.

--¡Que las sabes!... ¡Podías no! Pero no es bastante eso, Sotileza.

--¿Y qué más quieres?

--¡Que qué más quiero! ¡Paño!... quiero ser un hombre como tantos que conozco yo; quiero buscame otra vida que la que traigo, con esta luz que tú mesma me has encendío acá adrento; quiero vivir como se vive en esta bodega; quiero trabajar pa tí, y ser limpio, y curioso, y bien hablao, como tú; quiero barrete el suelo por onde vaigas, y, cuando me las pidas, traerte hasta las serenitas del mar, que naide ha visto. ¿Te paece poco, Sotileza?

Cleto estaba en este momento verdaderamente transfigurado, y Sotileza admirada de ello.

--Nunca te ví tan animoso como ahora, Cleto--le dijo,--ni de tanta palabra.