Part 18
--Y la cumplo--dijo Andrés, más con los labios que con el corazón,--y ni siquiera he de porfiar sobre el engaño de tus ojos cuando leían en los míos. Pero dime, Sotileza: ¿por qué cuando creíste descubrir en mí esos malos pensamientos no me lo dijiste, siquiera por lo que te ofendían?
--Porque, si no me engañaba el mirar, á tí te tocaba dejarlos fuera de esta casa, no á mí el echarlos de ella.
Otra estocada al pecho. Andrés no sabía ya de qué lado ponerse en aquella lucha sin una sola ventaja para él. Acudió á los consejos del amor propio, que era lo que con mayor fuerza se le iba quejando allá dentro, y dijo á la tenaz agresora:
--Luego, ¿no te amedrentaban esos pensamientos míos?
--Yo temía que los descubrieran las personas que los hubieran llorado como una desgracia para todos.
--Pero tú, por tí misma, ¿no los temías?
--Y ¿por qué había de temerlos? Sentí mucho verlos donde los ví; pero no más.
--Y ¿por qué lo sentiste?
--Porque podía llegar la hora... que ha llegado ya...
--¿La de darme una lección como la que me estás dando?
--Yo no sé tanto como para eso, Andrés; y harto haré con responder al caso para defenderme, como es ley de Dios.
--Pero tú misma me has dicho que, una vez descubiertos mis malos pensamientos, no te tocaba á tí echarlos de esta casa.
--Sí que lo dije.
--Luego debo echarlos yo; es decir, largarme de aquí para siempre, puesto que los llevo conmigo.
--Ó venir sin ellos, que no es igual.
--¿Y qué he de hacer yo para que creas que no los traigo?
--No traerlos. Con eso basta.
Andrés, por respeto á sí propio, no quería mentir insistiendo en que Sotileza se equivocaba en cuanto decía de sus malas intenciones. Como éstas, por lo que iba oyendo, se le transparentaban demasiado, insistir en negarlas era desmerecer más y más á los ojos de aquella ruda virtud, que más le quería arrepentido pecador que falso virtuoso. Pero consideraba, al mismo tiempo, que aquellas malas ideas, tan aborrecidas en él por Sotileza, quizás en otro cerebro no le espantarían tanto, y hasta se acordaba del regocijo con que la escrupulosa callealtera se dejaba estrujar, en la playa de Ambojo, por los brazos del estúpido Muergo; de Muergo, en cuyos ojos, al mirar á Silda, había leído él torpezas de tal calibre, que no podían haber pasado inadvertidas para ella. Luego lo que en Muergo, sucio y feo, no era ni siquiera una falta, en él, mozo gentil y culto, era un delito que podía llegar á cerrarle las puertas de aquella casa. ¿Valía él menos á los ojos de Sotileza que aquel animal monstruoso? Esto era increíble, y sería una verdadera insensatez manifestar allí dudas siquiera de ello. Pero el hecho de la preferencia existía; lo cual demostraba que Sotileza escrupulizaba, más que en los pensamientos de esa clase, en las personas que eran movidas de ellos. No amenguaba este fenómeno la honradez de Silda á los ojos de Andrés, puesto que no ignoraba lo que influye en la significación de ciertos actos la condición de la persona que los ejecuta ó que los consiente; pero en la falsa posición en que se hallaba él en aquellos instantes, el hecho le ofrecía una salida, y tal vez podía aprovecharla para huir siquiera de la que Silda le presentaba con sus tremendas razones. Salir por esta puerta, es decir, ajustarse á las condiciones de Silda, era obligarse á no volver más á la bodega, pues hombre que había jurado lo que él, todo debía sacrificarlo á la buena fama de la mujer que se quejaba de sus malas intenciones; y no volver á la bodega, era empresa superior á las fuerzas del ánimo de Andrés, particularmente desde que había dado motivos para ello y acababa de convencerse de que aquel trastorno moral, que tanto le había chocado en Silda al empezar á hablar con ella, no era la realidad de sus tan acariciadas esperanzas de que llegaran á trocarse entre ambos los papeles del _paso que pasó_ en la arboleda de Ambojo... ¡Y fuéranle á preguntar, sin embargo, qué tal andaba en aquel instante de alteza y fidalguía de pensamientos! Ni los de Amadís en su peñasco, que pudieran igualárseles. ¡Poder del amor propio resentido!
Todo esto, que tan largo es de contar aquí (¡y ojalá no haya resultado ocioso!), se lo barajó Andrés en la mollera en los pocos instantes de silencio que siguieron á las últimas palabras de Sotileza.
Tomando, pues, el punto de soslayo en virtud de sus mentales razonamientos, Andrés comenzó á evocar, en tono quejumbroso, los mejores años de su infancia y de su mocedad, corridos para él en la dulce intimidad de la inocente huérfana y de sus honrados protectores. Cariño, abnegación, sosiego, paz y noble confianza: todo se cantó en aquel idilio que hubiera hecho palidecer, salvo el estilo, al que inspiró á don Quijote un puñado de bellotas en la choza de los cabreros. De pronto asoma una mancha leve en el fondo risueño de aquel cuadro; sopla el aire de la sospecha; la mancha se hace nube; la nube se va extendiendo... ¡y adiós luz y confianzas y regocijos! El amigo de siempre, el paño de lágrimas de todos, es ya el hombre malo, de quien hay que apartar las muchachas honradas, la amiga de su infancia y de su mocedad...
--Y yo no puedo resignarme á esto, Sotileza--exclamó Andrés, por remate de sus lamentaciones.--Yo no puedo salir de esta casa por ese recelo, después de haber entrado en ella como yo entré.
--Pero ¿quién te echa, Andrés!--dijo Sotileza con asombro, después de haber oído impasible sus declamaciones.
--Tú--respondió Andrés,--puesto que me dices...
--Yo no he dicho eso--replicó Silda con entereza:--yo te he dicho que no vuelvas con esos pensamientos, que han salido á relucir aquí porque tú lo has querido. ¿Es esto echarte de casa? Ni ¿quién soy yo para tanto?
--¡Siempre esos dichosos pensamientos!--exclamó el fogoso muchacho, irritado al considerar el afán con que se los ponían por delante para que se estrellara en ellos. Y luégo, dejándose llevar de los impulsos de la vanidad resentida, añadió con gran vehemencia:--Y si por casualidad acertaras, Silda; si esos malos pensamientos se hubieran apoderado de mí, ¿qué habría en ello de particular? ¿No te has mirado al espejo?... ¿No sabes que eres hermosa?... ¿Y soy yo de piedra, por si acaso?
Sotileza, mientras Andrés hablaba así, volvió á inmutarse; y apartando su silla media vara de la otra, dijo, en un acento y con una expresión imposibles de pintar:
--¡Andrés!... ¡mira que, por enmendarlo, vas á ponerlo peor!
--No sé cómo lo pongo, Silda--exclamó Andrés fuera de sí:--lo que sé es que tengo que decirte esto que te digo, porque me abrasa allá adentro si lo callo.
--¡Virgen! ¡Y con todo esto te atreverás á negar!...
--¡Yo no niego ni afirmo, Silda! Me pongo en todos los casos. ¡Ponte tú también!
--¡Pues porque me pongo en el que debo... me matas de pesadumbre, Andrés!
Y Andrés vió entonces en los ojos de Sotileza una expresión, y como un velo de rocío, que jamás había notado en ellos.
--¿Que te mato de pesadumbre!--exclamó deslumbrado.--¿Por qué?
--Porque no es así como yo quiero que seas para que yo te estime, sino como eras antes.
--Y ¿por qué no has de estimarme siendo como soy ahora?--preguntó Andrés, ciego por el despecho y la vehemencia.
--Porque, porque...--Y Silda, que no apartaba sus ojos de los de Andrés, se alzó rápidamente de la silla. Retrocedió dos pasos sin soltarla de la mano, y continuó así en una actitud que se imponía por la extraña mezcla de altivez y de súplica que había en ella.--¡Por la Virgen de los Dolores, Andrés, no me preguntes más de eso... y escúchame lo que me obligas á decirte! Tú sabes, tan bien como yo, que desde que me recogistes en la calle, me dan en esta casa, por caridá, mucho más de lo que yo merezco. Desvalida y sola me ví, y aquí tengo padres y amparo... Morirme puedo, como la más moza; pero ellos son ya viejos, y en ley está que yo vuelva á verme sola otra vez en el mundo. Para valerme en él, no tengo otro caudal que la honra... ¡Por el amor de Dios, Andrés! tú que sabes lo que vale, tú que me amparaste de inocente, ¡mira por ella más que ninguno!
--¡Robarte yo ese tesoro!--exclamó Andrés, sinceramente asombrado de la sospecha.
--Robármele, no--respondió al punto la callealtera, con gallardo brío:--eso, ni tú ni naide. Pero la aparencia basta, porque bien sabes lo que son lenguas.
Andrés estaba ya aturdido. Su vehemente irreflexión le llevaba de descalabro en descalabro; pero su veta era noble, y siempre respondía su corazón á las llamadas de lo más honrado. Además, era de todo punto inútil el empeño de imponerse con las fuerzas del despecho á una entereza tan indomable como la de aquella mujer, nunca bien conocida de él hasta entonces.
--En todo me vences hoy, Sotileza--la dijo en una actitud que se acomodaba bien al tono dulce y sentido de sus palabras,--y tales cosas me dices y tales razones das, que voy cayendo en la cuenta de que, con el mejor de los deseos, he echado en esta porfía algunas veces por caminos que no usan los hombres de bien. Acuérdate de lo que te juré al entrar aquí un rato hace: eso es lo cierto, á eso venía; lo demás ha ido saliendo porque... porque el diablo enreda las ideas y tira luégo de las palabras á su gusto, para perdición de las gentes. Olvídate de ello, Silda... ¡Olvídalo y perdóname!
¡Entonces sí que hablaba Andrés con el corazón en los labios! ¡Muchacho más impresionable!...
Conociéndolo bien Sotileza, le dijo, acercándose más á él:
--¡Eso es hablar en verdá!... ¡Eso es ponerse en justicia, Andrés! Y, mira, ahora que eres amo y señor de tí mesmo; ahora que Dios te corre la venda de los ojos, no esperes á que el demonio te la vuelva á poner... Vete, y déjame sola como estaba... que con ello y no más te perdonaré esas cosas con todo mi corazón...
Andrés se levantó de la silla, resuelto á marcharse. Los escozores del amor propio, nuevamente irritado con las últimas palabras de la callealtera, no le impidieron conocer el peso de la razón con que ésta deseaba alejarle de allí.
--Voy á darte gusto--la dijo.--Pero ¿llega tu intención hasta cerrarme la puerta para siempre en cuanto yo salga por ella?... Porque á eso no me allano, Silda; y, ahora que te he conocido, menos que nunca.
--¡No te amontones de nuevo, Andrés, por la Virgen del Carmen!... Yo no quiero cerrarte estas puertas para siempre, ni, aunque quisiera, podría, porque no mando en ellas... Lo que quiero, por demás lo sabes. No está todo el mal en entrar, sino en la ocasión que se busca para ello, porque hay ojos y lenguas que no viven más que de hacer daño. Y si yo, por quien soy, no te paezco bastante para que te mires un poco en ese particular, hazlo por esos probes viejos, que el día en que yo pierda la buena fama se morirán ellos de vergüenza.
--Silda--exclamó entonces Andrés en medio de uno de aquellos entusiasmos que le acometían tan á menudo,--¡no valgo yo lo que tú mereces!
Y sin atreverse á mirarla, porque verdaderamente estaba tentadora en aquel instante la huérfana de Mules, salió, como disparado, de la bodega.
¡Él, que había entrado allí creyendo que iban á trocarse los papeles del _paso_ aquél de la arboleda de Ambojo! Pero ¿de dónde mil demonios había sacado la arisca y taciturna moza aquella sensibilidad y aquellos bríos, con los cuales acababa de darle tan soberana lección? ¿Cómo era posible que una mujer tan equilibrada de juicio y de tan altos pensamientos, fuera una zarza montuna con él y con las gentes que mejor la querían, y copo dulce de algodón cardado con una bestia estúpida como el horrible Muergo! ¿Á qué fenomenales inclinaciones obedecían aquellas notorias preferencias? ¿De qué barro estaba formada aquella mujer, que no tenía una amiga de intimidad en toda la calle; que no echaba de menos la compañía de ninguno; que parecía no conmoverse por nada, y que, sin embargo, era sensible é inteligente, y honrada, y agradecida, y animosa, y, al propio tiempo, solamente en un sér hediondo y abominable había depositado las únicas dulzuras destiladas voluntariamente de su corazón?
Así iba discurriendo Andrés desde que puso la planta fuera de la bodega; y tan abstraído le llevaba su discurso, que sus ojos no vieron á la sardinera Carpia que se cruzó con él diez pasos más abajo de la puerta; ni la mirada que le enderezó, de medio lado, parándose un momento; ni á sus oídos llegaron estas palabras que aquella furia soltó de su boca, con el santo propósito de que en la calle se oyeran las que debían oirse:
--¡Caraspia!... ¡Si va que ajuma!... ¡Yo lo creo!... El uno en la mar... La otra en la plaza... La señorona en su palacio... ¡Y vengan barquías!... ¡Y allá va la vergüenza por esas barreduras!... ¡Puáa! Pa ella, la grandísima puerca... ¡Ah, caraspia! ¡Si allego á estar en casa yo! Pero otra vez será, que al cebo que te engorda has de golver... En una así quería yo cogervos, á la mesma luz del sol, pa que vos alumbre en la cara la vergüenza, por poca que tengáis... ¡Puáa!... indecenteeees!
[Ilustración]
[Ilustración]
XIX
EL PEREJIL EN LA FRENTE
Á todo esto, el pobre Cleto no salía de sus ahogos. Pae Polinar había intentado en tres ocasiones cumplir la palabra que le dió de ir á sondear las voluntades del matrimonio de la bodega; pero nunca vió el camino libre de los estorbos que tanto miedo le infundían. ¡Siempre aquellos demonios de mujeres al balcón, ó atravesadas en la acera, ó vociferando en mitad de la calle! Y gracias que no le adivinaron las intenciones cuando, para mayor disimulo, bajaba ó subía á todo andar, como si sus quehaceres estuvieran muy lejos de allí. Cleto llamaba casi todos los días, al anochecer, á la puerta del exclaustrado, que bregaba allá dentro hasta sudar el quilo en la tarea en que andaba empeñado, para preguntarle:
--¿Hay algo de eso?
Y padre Apolinar le contaba lo ocurrido alentándole con buenas esperanzas para otro día. Después, Cleto, cabizbajo y tristón, se iba á pasar un rato á la bodega, donde hallaba á Sotileza algo pasmada, y á los viejos tan cariñosos como siempre. Nada se había oído allí, por las trazas, de aquellas _morrás_ que se dieron él y Muergo en la obscuridad del portal. Desde entonces no habían vuelto á encontrarse más que en una ocasión, y esa dentro de la bodega y delante de la gente. Gruñeron por lo bajo y se espeluznaron al verse; pero esto no llamó la atención de nadie, porque no era nuevo en ellos.
La última vez que vió á pae Polinar, le dijo éste:
--Quisiera, Cleto del jinojo, que tomaras esas cosas con menos entusiasmo; porque no van tus ahogos á la conveniencia de los quehaceres míos... ¡que te digo que son de órdago!... ¡de órdago, cuerno!... Con que, ó templa la fragua, ó vete aguantando por la buena... Lo mejor sería que te aguantaras por la buena, porque es lo que más falta va á hacerte... Mira, Cleto, que, ó mucho me engaña á mí el ojo, ó ese bocado tan fino no está para tí. ¡Jinojo, si picastes alto! Y con esto, y con el réspez de toda tu casta... Te digo, Cleto, te digo que ni de propio intento hubiera amontonado el mismo demonio tantos inconvenientes delante del hipo que te consume... Y déjame que me vuelva á mis libros y á mis papeles, que el tiempo corre que vuela, y el sermón es de lo que hay que ver... ¡Si te digo que es de los de tres gavias, cuerno!
Todas estas reflexiones eran leña para el fuego en que se abrasaban las impaciencias de Cleto; y salió decidido á hacer, por sí solo, cuanto cupiera en sus fuerzas y en su discurso.
Andando hacia la bodega, encontróse, al abocar á la calle Alta, con el bueno de Colo. Á Colo le consideraba él, por ser mozo de buena entraña y mejor conducta, y también por aquel poco de latín que había estudiado años atrás. Eran muy buenos amigos; y por serlo, Colo le había entretenido muchas veces con el relato de sus amores con Pachuca, la hija menor de las tres que tenía su vecino _Chumbao_, patrón de la lancha en que andaba él. Si la primera leva no le alcanzaba, se casarían en seguida que se _sacara_. Todo estaba arreglado ya para eso. Cleto oía estas aleluyas muy á menudo, y con ellas se le hacía un agua la boca. ¿Quién mejor que aquel amigo, tan formal y tan experto en esas cosas, para oirle con cariño y ayudarle con un consejo?
Le abordó muy ufano; pero tal empeño puso, para encarecer su mal, en tomarle de muy largo, que el otro, pensando que le hablaba de cosas harto viejas y sabidas, atajóle en el relato para preguntarle, con acento del más vivo interés:
--¿Tú sabes lo que pasa, Cleto?
--¿Qué pasa?--preguntó éste, á su vez, con viva curiosidad, temeroso de que lo que pasaba tuviese alguna relación con lo que él iba refiriendo á su amigo.
--Pus pasa--dijo Colo,--que los de Abajo nus van á prevocar con una regata pa el día de los Mártiles.
--¡Pus que prevoquen, paño!--exclamó Cleto, dando con ira una patada en el suelo.--¡Pensé que era otra cosa!... Dimpués hablaremos de eso, hombre. Déjame antes finiquitar el relate.
Colo no se prestó á ello, porque iba muy de prisa, según afirmó á su amigo.
--Vengo--le dijo,--de la Zanguina, onde se estaba tratando del caso. Pa ellos, es ya hecho, si nusotros no _ciamos_. Una onza se ha de regatear por cuenta de los Cabildos. Paece ser que el Auntamiento da un quiñón güeno pa una cucaña ensebá... y too junto va á ser á modo de fiesta pa animar al señorío forastero que anda por ahí, y á las gentes de acá. Pa mi ver, quieren sacar el desquite de la que perdieron dos años hace, el día de San Pedro. ¡Como no saquen! Ahora voy corriendo á coger al Sobano en casa, pa decirle lo que hay... Mira que en su día se contará contigo, como la otra vez... Con que ojo, Cleto... y no hay más que hablar.
Y no habló más el animoso Colo, que picó calle arriba, dejando á su amigo con las hieles de sus penas entre los labios.
En seguida pensó en Andrés, resuelto á confiarle el secreto de su corazón; porque bien examinado el escrúpulo que le había impedido hacerlo antes, no era cosa de reparar en él. Pero Andrés no fué aquella noche á la bodega.
Al día siguiente se plantó en el portal de su escritorio, y allí se estuvo á pie firme hasta que le vió bajar.
Andrés parecía otro desde aquella conversación que tuvo con Sotileza, mano á mano y á solas en la bodega; quiero decir, que era menos estrepitoso en sus movimientos, no tan cascabel de palabra y mucho más distraído en el mirar. Á veces lanzaba el aire de sus pulmones con la fuerza de una _racha_ de Sur, haciendo _trémolos_ feroces y escalas atrevidísimas con los labios al darle salida, como si intentara quitar con esta música inverniza el dejillo amargo que para él tenían los pensamientos, de los cuales eran obra las infladuras de su pecho.
Cleto, que bastante tenía que hacer con los «jirvores» del suyo, sin reparar cosa alguna en el nuevo cariz de su pudiente amigo, no bien le tuvo á su lado, acordándose de lo mal que le había salido la cuenta relatando por largo á Colo sus pensamientos, espetóselos en cuatro palabras y en brevísimos instantes.
Un estacazo en la espinilla no le hubiera producido á Andrés tan viva, tan honda y tan repentina impresión como las declaraciones de Cleto. Le acometieron ganas de llenarle de improperios y hasta de darle dos bofetadas. ¡Atreverse un animal semejante á poner sus ambiciones en prenda de tan alto valor! ¡Y pretender, además, que le ayudara él á salirse con su descomedido empeño!... ¡Él, con lo que le había pasado!... ¡con lo que le estaba pasando!... ¿No parecía una burla de la pícara suerte que le andaba persiguiendo?
Pero se dominó, porque muchas razones le obligaban á ello, hasta el punto de que de su interna tempestad sólo notara Cleto algún que otro relámpago que chisporroteó en sus ojos. El atribulado mareante pensó que este chisporroteo era la señal de lo grande que parecía su empresa á la consideración desinteresada de un amigo tan bueno y tan rico como aquél. El cual amigo le confirmó sus sospechas bien pronto, pintándole tales dificultades, presentándole tan enormes obstáculos, diciéndole tales cosas y con palabras tan secas y tan duras, cerrándole, en fin, todos los caminos tan á cal y canto, y confundiéndose de tal modo con la amenaza muchos de sus razonamientos, que, comparado con el de Andrés, de rosas y mejorana le pareció al desdichado el dictamen de pae Polinar sobre el mismo pleito.
Apartóse de Andrés sin despedirse, y tan cargado de brumas el ánimo, que viéndolo todo negro y sin salida, se dió á barloventear por aquellos aborrecidos mares de Abajo, para distraer un poco la carga de su pesadumbre, discurriendo, de paso, el modo de echar cuanto antes un ancla siquiera en el codiciado puerto.
Y acertadísimo estuvo el pobre mozo al tomar aquella resolución, porque mientras él andaba voltejeando por el Muelle, y por detrás del Muelle, y junto á la Zanguina, y por la calle de la Mar, y los Arcos de Dóriga, y calle de los Santos Mártires, y la Ribera, y la Pescadería, de la cual acababa de marcharse tía Sidora, Muergo y Sotileza estaban solos en la bodega, mientras tío Mechelín, de vuelta del estanco, echaba una pipada á la puerta de la calle.
Muergo había parecido allí más temprano que lo de costumbre, porque la noticia dada por Colo á Cleto era cierta en todas sus partes, y quiso, tan pronto como llegó á sus oídos con señales de formalidad, ponerla en conocimiento de su tío.
Preguntó por él á Sotileza en cuanto entró en la bodega.
--Salió á comprar tabaco,--dijo la moza.
--Pus me alegro, ¡puño!--repuso Muergo.--¿Y mi tía?
--En la plaza. En seguida vendrá.
--Pus me alegro tamién. ¡Ju, ju!
--¿Por qué, animal?
--Puño, porque así estás tú sola, que es lo que me gusta á mí... ¡Ju, ju! ¿Sabes que va á haber regateo?
--¿Cuándo?
--El día de los Mártiles, si no aflojan los de acá... ¡Puño! ya verás lo que es jalar del remo y zamparse la onza... ¡Una onza, Sotileza! ¡Puño, si juera mía! ¡Bien sabría yo qué comprarte con ella! ¡Ju, ju! ¡Puño, qué día ese! Á más de ello y la junción de Miranda, con pedrique de pae Polinar, estrenaré yo too el vestío, de pies á cabeza; hasta con zapatos y too, ¡puño!
--¿Ya tienes la gorra y la chaqueta que te faltaban, Muergo?--preguntóle la moza con el interés de una madre que se desvelara por ataviar á su hijo.
--¿No te lo digo? Tanto te empeñastes, que en juerza de agorrar, y agorra que agorra...
--¿Y por eso sólo, Muergo? ¿Por eso sólo agorrastes?
--¿Por cuál, tú?
--¿Porque yo te lo mandé?
--Pus ¿por qué hago yo las cosas, puño?--exclamó el monstruo, estremeciéndose de pies á cabeza.--¿Por qué no pesco yo una cafetera ca día? ¿Por qué le aguanto al _Mordaguero_ lo que le aguanto?... ¡Puño!... pus por date gusto, Sotileza... Y porque tú lo quisistes, tengo vestío de paño fino... No más que por eso, ¡ju, ju!... Esta noche no cenaré con vusotros. Pero me darás el pan, ¿eh? ¡Tengo una gazuza, puño!
¡Cosa más rara que aquella muchacha! En el mismo sitio en que había domado los ímpetus apasionados de Andrés con su palabra desengañada y su continente esquivo, escuchaba las brutalidades de Muergo con la sonrisa en los labios y el regocijo en la mirada.
--Pues oye--dijo al animalote aquél, sobre cuyas greñas y ropa brillaban todavía las escamas de la sardina que acababa de desenmallar en la lancha, de vuelta de la mar,--en cuanto te pongas el vestido el día que le estrenes, vente acá de una carreruca pa que yo te le amañe encima, antes de que la gente arrepare en él. Porque tú no sabes de esos primores. ¡Vaya, que tendrás que ver, Muergo!
--¡Puño!--exclamó éste al contemplar la expresión regocijada de Sotileza.--¡Más que la portisión de los Santos Mártiles, con Cabildo y too!... Pero no tanto como tú, Sotileza... ¡Puño!... Porque tú tienes que ver más que toa la cristiandá con empavesaúra... Si tuvieras á mano algo de torrendo tamién...