Sotileza

Part 17

Chapter 174,156 wordsPublic domain

--Si tú fueras otro, no habría necesidad de que tu madre te diera, cada vez que te vistes de señor, un mal rato como éste que estás llevando ahora; pero como eres así, tan... Hijo, ¡qué rabia me das algunas veces!... ¡Deseando estoy que tu padre acabe de llegar de su viaje y comience á cumplirnos la palabra de no volver á embarcarse jamás!... ¡Á ver si, con mil diablos, teniéndote más á la vista, consigue lo que yo no he podido conseguir de tí! Bueno que una vez que otra... pero ¡tanto, tanto y como si fuera ese tu oficio!... ¿Qué te parece? Mira qué manos... ¡hasta con callos en las palmas! ¡Póngase usted guantes ahí!... Hasta por corresponder á las atenciones que te guardan esos señores, debieras ser un poco más mirado en ciertas cosas... ¿Á quién se le ocurre, sino á tí, irse todo el día de pesca, sabiendo que esta noche estás convidado al teatro con una familia tan distinguida? Pues ya veremos cómo te portas... Y cuidado con largarse á media función: espérate hasta que concluya, y acompáñalos á casa. Da el brazo á la señora, ó á su hija, cuando salgáis de casa para ir al teatro, y lo mismo cuando bajéis la escalera de los palcos... Porque desde aquí te irás en derechura á buscar á Tolín, que te espera en su cuarto. Así me lo dijo esta mañana saliendo de misa de once de la Compañía... ¡Ea! ya estás en regla... ¡y bien guapetón, caramba! ¿por qué no ha de decirse, si es cierto?

Á Andrés le molestaban mucho estas incesantes chinchorrerías de su madre; las cuales, si estaban muy en su punto por lo referente á las aficiones del mozo, eran harto inmerecidas por lo tocante á lo demás. La capitana le quería elegante y distinguido á fuerza de perfiles, miramientos, discreciones y finezas; es decir, haciéndole esclavo de su vestido, de su palabra y de cuatro leyes estúpidas impuestas en salones y paseos por unos cuantos majaderos que no sirven para cosa mejor; y Andrés, con su gallardía natural, con su varonil soltura y su ingenuidad noblota, era precisamente de las pocas figuras que encajan bien en todas partes, aunque en ninguna brillen mucho.

Fuése, pues, de punta en blanco á casa de Tolín; y al atravesar el vestíbulo dirigiéndose al cuarto de su amigo, hallóse tope á tope con Luisa, emperejilada ya con todos los perifollos de teatro. Parecióle al fogoso muchacho que le caían muy bien, y así se lo espetó por todo saludo, pues le sobraba confianza para ello.

--¡Vaya, que estás guapa de veras, Luisilla!--le dijo.

--Y á tí, ¿qué te importa?--respondió Luisa, pasando de largo.

Andrés tomaba todos los dichos al pie de la letra, y por eso le dejó muy desconcertado la sequedad de Luisa.

Tanto, y tan sentido, que se quejó de ello á Tolín así que llegó á su cuarto.

--Te digo, hombre, que el mejor día la suelto una fresca. ¡Mira que es mucha tirria la que me va tomando!

--¡Qué ha de ser tirria eso!--le replicó Tolín, mientras se enceraba las desmayadas guías de su bigotejo ralo.

--Pues si no es tirria, ¿qué es?

--Gana de divertirse contigo. ¡Como hay tanta confianza entre vosotros!...

--¡Pues me gusta la diversión!

--Sí, hombre, sí; no es más que eso... ó algún resentimiento que podrá tener...

--¿De qué?

--¡Qué sé yo? De todas maneras, no vale un pito la cosa.

--Para tí, no; pero para mí...

--Y para tí, ¿por qué?...

--Me parece, Tolín, que entrar todos los días en una casa donde se le recibe á uno así... Porque, desde algún tiempo acá, todos los días me pasa algo de esto.

--Hombre, eso, si bien se mira, hasta revela cariño y estimación... Pues si quisiera echarte á la calle de una vez... ¡apenas tiene despabiladeras la niña!

--¡Ya lo voy viendo, ya!

--¡Qué has de ver tú, hombre, qué has de ver tú?... Lo que hay que ver es lo que hace con los que le estorban de verdad. Mira que ya me da hasta compasión de ese pobre Calandrias.

--¡Calandrias!... ¿Quién es Calandrias?

--¿No te acuerdas que llamábamos así á Pachín Regatucos, el hijo de don Juan de los Regatucos? Pues ese elegantón se bebe los vientos por ella, y pasea el Muelle arriba y abajo todo el santo día de Dios; ¡y ella le da cada sofión, y cada portazo!... ¡y le pone unas caras!... En el baile campestre del día de San Juan, se negó á bailar con él ¡con unos modos!... Te digo que no sé cómo ese hombre tiene humor... ni vergüenza para seguir todavía paseando la calle á mi hermana. Pues como ese hay varios; porque, como ella es hija de don Venancio Liencres... ¡ya se ve! Y á todos los trata por igual... ¡Más seca y más!... Y lo peor es que todas sus familias son visitas de casa... ¡como que son de lo mejor!... Mamá está que trina con esas geniadas... Y con muchísima razón... ¡Mira tú, hombre, qué cosa mejor puede apetecer ella, á la edad que tiene, que tantos y tan buenos partidos, para escoger el que más le agrade! Pues, nada... como una peña... Te digo que como una peña... Con que ahora quéjate tú... Y por supuesto, que todas estas cosas te las cuento yo no más que para gobierno tuyo y en la confianza de la amistad que tenemos. ¿Estás?

En esto se oyeron dos golpes recios á la puerta de la habitación, y la voz de Luisa que decía:

--¡Que nos vamos!...

Andrés abrió en seguida; y como ya su amigo había terminado sus faenas de tocador, salieron ambos al pasillo, donde tuvo Andrés que saludar á la señora de don Venancio, que, aunque vieja ya y bastante acartonada, iba tan elegante como su hija, pero mucho más fastidiosa. Don Venancio andaba perorando en el Círculo de Recreo, y se daría una vuelta por el teatro á última hora, si otros particulares más interesantes no se lo estorbaban. Tolín se anticipó á dar el brazo á su madre para bajar la escalera, y Andrés ofreció el suyo á Luisa con grandes recelos de recibir un desaire.

Pero no le recibió, afortunadamente. Eso sí, al precio de una mirada de aire colado, y de estas palabras, que dejaron al pobre chico atarugado y sudando:

--Pero no me rompas el vestido, como la otra vez...

De camino, llamaron á la puerta de don Silverio Trigueras, comerciante bien metido en harina; y bajó, calzándose los guantes y con la cabeza hecha un borlón de colgajos relucientes, la señorita de la casa, la elegante Angustias, afamada beldad por quien el hijo de don Venancio Liencres suspiraba en sus soledades y se engomaba las puntas del bigote. Despepitóse con ella á fuerza de saludos; recibió la joven los de costumbre de las otras dos señoras, y de Andrés los mejores que supo hacer el pobre mocetón, y continuaron todos juntos hacia el teatro.

Ya en el palco, Tolín se sentó detrás de la joven por quien suspiraba. Andrés, muy cerquita de Luisa, para dejar mayor espacio á su madre; y como por haber madrugado más que el sol y bregado tanto durante el día, se pasó durmiendo la mayor parte de cada acto, y en los intermedios se salía á fumar en los pasillos, de todo lo ocurrido allí sólo recordaba después que á mitad de la función había llegado don Venancio Liencres, preguntando si aquello estaba en prosa ó en verso.

--Creo que en verso--había respondido Andrés;--digo, no, puede que sea prosa.

--Es igual--había replicado el elocuente don Venancio.--¡Para lo bien que lo hacen y el jugo que se saca de ello!...

Después, la salida. Vuelta á ofrecer el brazo á Luisa, porque don Venancio había cargado con lo que en justicia le correspondía, y á Tolín no le apartaba nadie, ni con agua hirviendo, de la mujer por quien suspiraba hondo y se enceraba las guías del bigote.

Ya en la calle, la consabida ringlera de farolones de mano en las de las _doncellas_ que aguardaban á sus respectivas señoras. Porque todavía en aquel tiempo, y no obstante haberse estrenado el gas el año anterior, quedaban bastantes restos de aquella antiquísima vanidad de clase, expresada en un gran farol de cuatro cristales, dos de ellos amplísimos y todos muy altos, y tres medias velas, cuando no cuatro, entre arandelas y bajo lambrequines, arcos ó laberintos de papel rizado, de veinticinco colores, para andar los pudientes por las calles á las altas horas de la noche. Esta observación acerca de los faroles, no fué de Andrés, que ni siquiera reparó en ellos, por estar bien acostumbrado á verlos allí en casos tales: es mía, y la apunto aquí porque no estorba, como nota expresiva del cuadro de aquellos tiempos.

Lo que Andrés observó entonces fué que el viento, encalmado desde que él había salido de casa para ir á la de don Venancio Liencres, había vuelto á arreciar, y mucho; y como sabía que en las bocacalles del Muelle soplaba con mayor fuerza que en ninguna otra parte de la población, se atrevió á aconsejar á Luisa que continuara apoyada en su brazo hasta llegar á casa. Tampoco esta vez fué desairado; y teniendo los demás por muy cuerdo el parecer, observáronle al pie de la letra. Quiero decir que don Venancio no soltó á su señora, ni Tolín á la señorita de sus amorosos pensamientos. Luisa y Andrés iban delante de todos, menos del farol empapelado, que les precedía algunas varas, zarandeándose en la diestra de la doncella de la casa.

Al enfilar la calle de los Mártires, comenzaron á oirse los silbidos del viento enredado entre la jarcia de la patachería de la Dársena, y su rebramar furibundo en las encrucijadas próximas; llegaron algunas ráfagas pasajeras que hicieron crujir la seda del vestido de Luisa, zarandeando los pliegues de su falda, y Luisa entonces, muerta de miedo, se agarró al brazo de Andrés, fuerte é inmoble como la rama de una encina.

--Agárrate de firme y sin miedo--la decía Andrés,--que á mí no me lleva por mucho que sople.

Y Luisa se agarraba á dos manos; y con tal ansia se arrimaba á la encina, que Andrés, á no serlo tanto en ciertos casos, hubiera podido sentir en su brazo derecho los latidos del corazón de su amiga; especialmente en el no muy breve rato que permanecieron en el Muelle, mientras abrían en casa de don Silverio Trigueras y se quedaba Tolín sin el arrimo dulce de su linda acompañada.

Andrés, en cuanto volvió á verse en el relativo sosiego de la calle trasera, dijo á Luisa, como para tranquilizarla, y, sobre todo, por hablar algo:

--Si me apuras un poco, más soplaba esta tarde.

Á lo que respondió Luisa inmediatamente y sin el menor dejo de broma:

--Pues si yo llego á ser aire esta tarde, buena zambullida te llevas... Yo te lo aseguro.

Andrés sintió una marejada de fuego que le abrasaba la cara. Se acordó de que una cosa muy parecida había dicho él á Sotileza cuando los dos se amparaban contra las olas de la bahía bajo un mismo capote. No temió que Luisa le hubiera oído... pero pudo muy bien haberle visto.

--¡Vaya una entraña, mujer!--respondió, atarugado, á la estocada de su amiga.

--No hay que tener mala entraña para hacer esas cosas, que son escarmientos necesarios... y hasta obras de caridad, si me apuras.

--¡Escarmientos!... ¡obras de caridad!--exclamó Andrés, más dueño ya de sí mismo, porque le iba llevando Luisa al terreno de las impertinencias que tanto le molestaban.--Pues ¿qué he hecho yo de malo esta tarde?

--Hombre--respondió Luisa muy resuelta,--á punto fijo, no lo sé, porque la vela tapaba la mitad, hacia allá, de la lancha; y no ví en la de acá más que tres bultos remojados, que daban asco.

--Yo iba gobernando al timón,--saltó Andrés, resignado á pasar por uno de los bultos «que daban asco,» siempre que Luisa se convenciera de que él no ocupaba la parte invisible de la barquía, donde iba el contrabando.

La desengañada hija de don Venancio Liencres, sin dar muestras visibles de atención á estas palabras, añadió:

--Pero si no lo has hecho esta tarde, bastante hiciste por la mañana.

--¡Por la mañana!...

--¡Sí, señor, por la mañana! Pues qué, ¿piensas que no te _han_ visto ahí enfrente, arriba y abajo, las horas de Dios, con esos marinerazos... y una mujerona?

--¡Una mujerona!...

--Eso mismo: una mujerona... ¿Te parece que eso está bien? ¿Qué dirán las gentes que lo hayan notado?

--¿Y qué han de decir?

--Pestes, y no será mucho.

--¿Y por qué lo miran si tan malo es?

--Y ¿por qué te pones tú con _esas cosas_ en el mismo sitio á que está _una_ mirando? Porque una mira allí, porque lo tiene delante de casa, y tiene también buenos gemelos para mirar.

--Sí, y ganas de meterse en lo que no importa.

--¡En lo que no _me_ importa!--exclamó Luisa, con un sacudimiento que Andrés no estaba en disposición de apreciar, así por el enojo que ya le cosquilleaba en los nervios, como por los embates y refregones que recibía del viento á cada instante.

--En lo que no te importa, sí--respondió Andrés con entereza,--puesto que en ello no ofendo á nadie, y en lo demás cumplo con mi deber.

--Pues me importa--remachó Luisa con voz algo alterada y nerviosa,--y me importa mucho, porque eres un amigo de la casa y un compañero de mi hermano; y no me gusta que digan las gentes que Tolín tiene amigos que andan á todas las horas de Dios con hombrones de la Zanguina y con marinerotas puercas y desvergonzadas. Por eso, y no más que por eso. Y si me apuras un poco, se lo contaré á papá, para que se lo cuente al tuyo cuando venga, y te saque de esa mala vida... Y ahora, ya no quiero tu brazo... ni que me saludes siquiera.

Y en el acto desprendió el suyo del de Andrés. Verdad que esto sucedía después de haber pasado á remolque de éste la última bocacalle, y en el momento de arrimarse muy pegadita al vano de la puerta de su casa, mientras la doncella, que se había anticipado algunas varas más, daba, por segunda vez, dos tremendos aldabonazos, que retumbaban en el hueco de la escalera y hacían estremecer el barrote de hierro ajustado por dentro á la puerta, la primera de las tres que guardaba la repleta caja del comerciante don Venancio.

El recuerdo fresquísimo de estos sucesos era el segundo tema de las cavilaciones que le quitaban el sueño á Andrés á las altas horas de la mencionada noche.

Jamás la hermana de Tolín se le había manifestado tan entremetida, tan impertinente y tan dura. Por primera vez había oído de sus labios la amenaza de irle á su mismo padre con el cuento, para que se le refiriera después al capitán. Y la mimada y consentida joven era muy capaz de cumplir lo que ofrecía. El caso denunciable no era, ciertamente, cosa del otro jueves; pero ¡vaya usted á saber cómo le contaría ella, y de qué colores le revestiría en su afán de salirse con su empeño! Don Venancio era un señor muy pagado de la formalidad y del buen viso de las personas de su trato; los humos de su señora, bien á la vista estaban, tanto como el modo de pensar de la capitana; y el capitán no era ya aquel Bitadura impresionable y alegrote, con cuya indulgencia podía contarse siempre, sabiendo buscarle las cosquillas de sus flaquezas de muchacho impenitente; últimamente tenía humores, algo más de medio siglo encima de su alma, estaba gordo y era rico. Por todo lo cual se le había agriado bastante el genio. El mismo Andrés no contaba ya con fuerzas suficientes para someterse en silencio á ciertas imposiciones caprichosas, y no sabía hasta qué extremos podría arrastrarle una conspiración así, tramada por una chiquilla fisgona, contra sus honrados procederes.

Con elementos tales, ¿qué salsa no podría hacer el diablo, metido por unos cuantos días en el cuerpo de la tesonuda hija de don Venancio Liencres!

Pero, al fin, todo esto era una suposición: estaba por ver, daba tiempo; se vería venir, podía combatirse desde lejos... ¡Lo otro, lo otro era lo grave, lo apremiante, lo apurado para él!...

Y así batallaba, hasta que, al cabo de las horas, volvióse del otro lado y se quedó dormido.

[Ilustración]

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XVIII

IR POR LANA...

Por primera vez en su vida anduvo Andrés, con una perseverancia que á él mismo le repugnaba algo, en acecho de una ocasión para verse á solas con Sotileza; y también por primera vez en su vida, tan pronto como logró sus intentos, engañó á Tolín con un pretexto inventado para faltar dos horas del escritorio.

Aconteció esto á media mañana, en un día en que tío Mechelín estaba á maganos con su barquía, y tía Sidora á la plaza. Sotileza trajinaba en la bodega, en su habitual arreo doméstico: limpio, corto y ligerísimo, según se ha descrito en otra parte, y con el cual se admiraba mejor que con el de los domingos el lujo escultural de la hermosa callealtera. Bien observado lo tenía Andrés. Por eso se alegró mucho de hallarla así, aunque ya contaba con ello.

--Tengo que hablarte,--la dijo por entrar, y no muy seguro de voz.

La joven notó el desconcierto de Andrés, y le preguntó sobresaltada:

--¿Y por qué vienes á estas horas y en esta ocasión?

--Porque... porque lo que tengo que decirte no debe oirlo nadie más que tú. Siéntate y escucha.

Andrés se sentó en una silla, y arrimó otra muy cerca de ella. Pero Sotileza no quiso ocuparla. Permaneció de pie, apoyando el desnudo brazo derecho, redondo y blanco, sobre la cómoda, mientras su seno marcaba la interna agitación que le movía, y respondió en voz firme y con mirada valiente:

--Acuérdate de lo que te dije el domingo en la arboleda.

--Pues de eso mismo vengo á tratar.

--Pensé que ese punto se había rematado allí.

--No del todo; y por lo que falta, vengo ahora.

--Pues desde entonces acá, más de una vez nos hemos visto. ¿Por qué te has callado hasta hoy?

--Ya te lo he dicho: porque es asunto para tratado á solas entre los dos.

--También yo te he dicho que no quiero oirte cosa alguna que no pueda decirse delante de los hombres de bien.

--Pues precisamente porque me has dicho eso, tengo yo que hablarte. Siéntate aquí, Silda; siéntate, por el amor de Dios, que yo te prometo no propasarme en hechos ni en palabras. No quiero más, con las que te diga, que quitarte el amargor que te dejaron otras, y quitarme yo mismo de encima un peso que me fatiga mucho.

Sotileza, algo anhelante y descolorida, plegó maquinalmente su hermoso cuerpo sobre la silla preparada por Andrés.

El cual, en cuanto la tuvo á su lado, y tan cerca que oía el sonido de su respiración, exclamó así:

--¡Y mira que se necesita toda la fuerza de los propósitos que yo traigo, para no faltar á ellos viéndote tan hermosa... y en la soledad en que estamos!

Silda se alzó bruscamente de la silla, y volvió á apoyarse contra la cómoda.

--No creas que me espanto--dijo al mismo tiempo,--de verme sola contigo; que alma me sobra para meter en la ley al que falte á lo que me debe.

--Entonces--preguntó el atolondrado mozo,--¿por qué te apartas tan allá?

--Porque no quiero oirte de cerca cosas que te pintan como yo no quisiera verte.

--Pues para que me veas á tu gusto, no más que para eso, he aguardado esta ocasión. Créemelo, Silda: te lo juro por éstas que son cruces.

--¡Buen camino tomabas para empezar!

--Todo ello no era más que un decir... Empeño de no callarte ni siquiera un pensamiento, para que llegaras á verme el corazón como en la palma de la mano. Pero si esas franquezas te ofenden, no volverás á oirlas de mi boca... Te lo juro, Silda... Y vuelve á sentarte aquí... y amárrame las manos, si piensas que puedo llegar á ofenderte con ellas... Y si después de oirme te parece que mis palabras te agraviaron, arráncame la lengua con que las diga... pero siéntate aquí, y escúchame.

Sotileza volvió á sentarse, pero maquinalmente, muy pálida, y entre fiera y conmovida; porque en todo aquello que le estaba pasando había tanta novedad y tan extraño interés para ella, que se imponía á la braveza de su carácter.

Andrés, que siempre la había visto fría é impasible, dueña y señora de sus impenetrables sentimientos, asombróse de aquel trastorno súbito é inesperado de tanta fortaleza, tradújole á su gusto, y vió que la de sus propósitos se conmovía también. ¡Pícara fragilidad humana!... Pero acababa de jurar que su proceder sería honrado; y armándose de voluntad para cumplirlo, comenzó por hablar de esta manera:

--Silda, aquella tarde te dije palabras y me propasé á cosas que me valieron una reprensión tuya, dura, ¡muy dura!... Así, de pronto, la falta que cometí confieso que merecía esa pena. Yo no te había acostumbrado, en tantos años como llevamos de conocernos, á que sospecharas de mis intenciones por una mala palabra ni por las señales de un mal pensamiento. En esta casa todos, y la primera tú, me hubiérais entregado la honra dormida para que yo la velara. ¿Harías otro tanto desde esa tarde acá? Dilo francamente, Silda.

--No,--respondió ésta sin titubear.

--Pues ese es el clavo que tengo aquí desde entonces, Sotileza. ¡Ese me punza allá adentro, y me roba el sueño de noche, y me quita el sosiego de día! Yo no quiero que nadie se recele de mí en esta casa, donde estoy acostumbrado á que se me abran todas las puertas como al sol cuando llega. Á eso quiero volver, Silda: á la estimación tuya y á la confianza de todos.

--Ni la estimación mía ni la confianza de naide has perdido, Andrés. Todos saben lo que te deben, y yo lo que también te debo; y aquí no hay ingratos.

--Yo no quiero que se me estime por los favores que haga, sino por mi propio valer; y yo sé que no valgo á tus ojos hoy lo que valía poco hace.

--Y si en esa cuenta estabas, Andrés--exclamó Silda con un calor de acento desacostumbrado en ella,--¿por qué no te la echaste en su día, para no hacer lo que hiciste?

--En la respuesta á esa pregunta está cabalmente la disculpa de aquel acto y de aquellos dichos; la única razón que puedo ofrecerte para volver por entero á tu estimación y á tu confianza. Y ya ves cómo esta razón no podía dártela con testigos, sin descubrir la causa de ella; lo que sería un remedio peor que la misma enfermedad.

--Yo no sé--dijo Sotileza con el acento y la expresión de la más cruda sinceridad,--que pueda haber disculpa para esas cosas, en hombres de tan arriba como tú, con mujeres de tan abajo como yo.

Andrés sintió en mitad del cráneo el golpe de este argumento.

--Pues qué--respondió buscando en los falsos efectos de la voz y de las actitudes el brío que no hallaba en su razón,--¿eres tú de las que creen que tratándose de «esas cosas» hay distancias ni jerarquías que valgan? Tu hermosura envuelta en esos cuatro trapillos, limpios como la plata, ¿no es tan hermosura como la que se adorna con sedas y diamantes? Lo que por tí experimente un mozo rudo y grosero, ¿no puede experimentarlo, y hasta con mayor fuerza, un hombre de mis condiciones?... Lo que la amenidad del campo y el influjo de la naturaleza, en todo su esplendor, puedan hacerle sentir á él, enfrente de una mujer como tú, ¿no pueden hacérmelo sentir á mí también?... Y ya que de este trance hablamos, ¿qué tendría de extraño que siendo tan propicia la ocasión y tan placentero el sitio, tratara yo de aprovechar ambas ventajas para poner á prueba tu virtud con un asalto de comedia?

Silda respondió á esta parrafada con una sonrisa fría y burlona.

--¿Es decir, que no me crees?--le dijo Andrés muy contrariado.

--No,--respondió Silda con entereza.

--¿Por qué?

--Porque lo que es mentira se conoce desde lejos, hasta en el modo de venir; y aquello, no te canses, Andrés, aquello era la pura verdá... Por eso hubiera creído hoy mejor en la pena que me pintas viéndote llorarla de todo corazón, que amparándola con un embuste.

Andrés se quedó, por un momento, sin saber qué replicar á estas palabras tan crudas y terminantes. Después dijo, por decir algo:

--No basta, Silda, afirmar una cosa: hay que dar razones...

--Yo te daría, de buena gana--respondió la moza, conteniendo los ímpetus de su carácter,--una sola que valiera por muchas.

--Y ¿por qué no la das?--preguntóle Andrés, no tan valiente como parecía.

--Porque temo que te resientas.

--Te prometo no resentirme... ¿Por qué era verdad aquello?

--Porque conocía yo los malos pensamientos que te lo mandaron.

--¡Que los conocías!... ¿De qué?

--De habértelos leído muchas veces en los ojos.

--¿Cuándo!

--Desde tiempo atrás.

--¡Silda!

--Lo dicho, Andrés. ¿No querías razones? Pues ya las tienes.

Andrés se quedó desarmado, y herido en lo más hondo de su conciencia. Sotileza lo conoció y se apresuró á decirle:

--Me prometiste no ofenderte con la razón que te diera. Cúmpleme la palabra.