Sotileza

Part 16

Chapter 164,073 wordsPublic domain

Después pasaron á la Isla de la Torre, y luégo á la playa de enfrente, porque los barbos prefieren los fondos arenosos; y más tarde á la Peña Horadada; y así, de peñasco en peñasco, de playa en playa, pescando lo que se trababa, más porredanas, panchos y julias de manto negro, que los barbos que apetecían los pescadores, llegaron éstos, en virtud de que la mar estaba como un espejo, á la Isla de Mouro, no sin que Mechelín, siguiendo la diaria costumbre de los patrones de lancha, dijera, descubriéndose la cabeza en el momento de salir del puerto: «alabado sea Dios,» y rezara y mandara rezar un Credo. Sotileza, que jamás había salido mar afuera, comenzó á sentir los efectos de la casi invisible, pero constante, ondulacion de las aguas.

Á causa de este percance inesperado, volvió la barquía al puerto, ante cuya boca exclamó Mechelín, observando también en ello otra costumbre jamás quebrantada por los patrones en casos tales:

--¡Jesús, y adentro!

Después de rebasar el Promontorio, se prepararon las _guadañetas_; y dejándose llevar de la corriente la barquía, se dió principio á la pesca, ó más bien, al _robo_ de los maganos.

Sotileza, aunque tenía un arte admirable para agitar con la blandura y tacto necesario dentro del agua aquel manojo de alfileres con las puntas vueltas hacia arriba, carecía de práctica en la manera de embarcar el magano trabado sin que el chorro de tinta negra que éste larga en cuanto se siente fuera de su natural elemento, se estrelle contra el mismo pescador ó los que se hallen cerca de él. Así fué que con el primer magano que trabó en su guadañeta, puso á Andrés lo mismo que si le hubieran zambullido en un tintero. Mordíase Sotileza los labios, por no reirse con el lance, que, por de pronto, arrancó á Andrés una interjección algo fuerte; y acabó por reir como una loca, cuando Andrés, pasada la primera impresión, tomó también el caso á risa. Entonces Muergo, que los miraba sin pestañear, descansando de codos sobre el ocioso remo, exclamó de pronto, al calar otra vez la muchacha su guadañeta:

--¡Puño! ¡Ahora pa mí, Sotileza!... ¡Échame toa la tinta de ese que pesques, en metá de la cara!... ¡ju, ju, ju!

Sotileza le respondió con una ojeada en que iba escrita la intención de echarle encima lo más que pudiera; y Muergo, dejando el remo, se plantó á su lado dispuesto á recibirlo. Pero salió el magano, soltó la tinta, y fué ésta á parar á la pechera de Cole, que no lo deseaba ni en nada se metía.

--¡Güena suerte tenéis!--rugió Muergo contrariado.

Mas no había acabado de decirlo, cuando ya tenía en su caraza toda la pringue del magano que acababa de sacar Andrés.

--¡No es lo mesmo uno que otro, puño!--exclamaba Muergo escupiendo tinta y echando el busto fuera del carel para lavarse la cara, en la cual apenas se distinguían las manchas negras.

En éstas y otras corrió el tiempo hasta más del mediodía: la marea estaba bajando, el calor sofocaba, y venían del Sur unas bocanadas de aire tibio que rizaban apenas la superficie de la bahía, á la vez que iban sus aguas tomando un tinte azul muy intenso.

--Á comer,--dijo de pronto Andrés.

--¿En ónde?--preguntó tío Mechelín.

--Donde siempre: en la arboleda de Ambojo.

--Algo lejos está--replicó el marinero.--¿Se ha hecho usté cargo de que ya apunta el sur, con trazas de apretar recio?

--Y eso ¿qué?--observó Andrés.--¿Ya no hay agallas para tan poco?

--Por usté lo digo, don Andrés, y por esa muchacha, que se pueden calar algo los vestidos; que lo que toca á mí, sin cuidao me tienen estas chanfainas de badía... ¡Isa, Cole!

Y Cole, ayudado de Muergo, izó otra vez la vela, que se agitó en el aire hasta que, atesada su escota por Andrés, que también cogió la caña, quedó tersa é inmóvil, mientras la barquía comenzaba á deslizarse lentamente, porque el viento era escaso, con la proa puesta á los picos del Alisas.

Media hora después, llegaba á la costa en cuya demanda iba. El viento había arreciado un poco; y como la playa es llana, la resaca la invadía un buen trecho entre el arenal descubierto y el punto en que, de intento, embarrancó la barquía. Cuestión de descalzarse para saltar á tierra quien no tuviera en sus piernas el brío necesario para salvar el obstáculo de un solo brinco, ó de dejarse sacar los más escrupulosos en brazos del más forzudo y menos aprensivo.

Por de pronto, se convino en que Cole se quedara al cuidado de la barquía para que no llegara á vararse por completo, lo cual acontecería si se tardaba mucho en resolver el punto referente al modo de desembarcar sus tripulantes y pasajeros; y sacó Andrés para él, del cesto de las provisiones, abundante ración de cuanto había. Mechelín, en gracia de sus achaques, consintió en que Muergo cargara con él hasta dejarle en seco; y mientras andaba Andrés empeñado en hacer otro tanto con Sotileza, que prefería descalzarse y ya se disponía á hacerlo, volvió Muergo del arenal, la agarró por la cintura y cargó con ella, que se dejó llevar, muerta de risa, en tanto Andrés saltaba, de un brinco prodigioso, desde el carel de la barquía á la parte enjuta de la playa, en cuyas arenas hundió los pies hasta el tobillo.

Y Muergo, que le precedía más de dos brazas, seguía corriendo sin soltar la carga, que antes parecía darle fuerzas que consumírselas; y casi tocaba ya los primeros cantos de las veredas que arrancaban de aquellos límites del arenal, y aún no daba señales de posar á la gentil moza, que, entre risas y denuestos, le machacaba la cara y le tiraba de la greña.

--¡Déjala ya, animal!--le gritó Andrés.

--¡Suéltala, piazo de bestia!--repitió tío Mechelín.

Como si callaran. Muergo corría y corría, y parecía dispuesto á no dejarla hasta la arboleda misma, á cuya sombra deseaba Andrés que se comiera.

Viendo trepar á aquel monstruo greñudo y cobrizo por los ásperos callejos y entre matas de escajo, oprimiendo entre sus brazos nervudos las ricas formas de la garrida callealtera, había que pensar en Polifemo robando á Galatea, ó siquiera en Cuasimodo corriendo á esconder á la Esmeralda en los laberintos de su campanario.

Al fin, volvió solo, echando chispas por los ojos bizcos, y agitándose en derredor de su cabezota, al impulso del viento, los mechones retorcidos de su greña montuna.

Tío Mechelín le maltrató de palabra por aquella acción que tan mal parecería á los que no conocieran el juicio de la honradísima muchacha, y Andrés también le echó un trepe gordo. Muergo no hizo caso maldito de las durezas de su tío; pero á Andrés le soltó al oído estas palabras, mientras se restregaba las manos y escondía en lo más hondo de los respectivos lagrimales todo lo negro de sus ojos:

--¡Puño... qué gusto dan estas cosas!

Á lo que respondió el mozo largándole un puntapié por la popa; de tal modo, que le apartó de sí más de dos varas.

Muergo recibió el agasajo con un estremecimiento bestial, dos zancadas al aire y un relincho.

Después cogió la cesta de las provisiones y una gran jarra vacía que llevaba tío Mechelín, y siguieron todos hacia la arboleda á cuya entrada aguardaba Sotileza, mientras Cole, después de haber desatracado la barquía, no sin mucho esfuerzo, y de haberse fondeado con el _rizón_ donde no corría peligro de vararse otra vez, daba comienzo á su particular banquete, al suave arrullo de la resaca y al dulce balanceo de la barquía sobre los blandos lomos del oleaje que el viento agitaba lentamente.

¡Sabrosísima, y bien glosada además, fué la comida de los cuatro comensales de la arboleda! Y por lo que toca á Muergo, hubo que ponerle á raya, según costumbre, porque no tenía calo, particularmente en el beber. Andrés y Sotileza apenas bebían otra cosa que el agua fresca que se había traído del manantial cercano; y, por acuerdo de ambos, se guardó de todo lo mejor que se comía, una buena ración para tía Sidora, con harta pesadumbre de Muergo que hubiera devorado también las rebañaduras. Tío Mechelín agradeció en el alma esta cariñosa atención consagrada á su mujer, como en otros lances idénticos; y con este motivo, amén de sentirse él bien confortado y bajo el saludable influjo de la amenidad del sitio y de las caricias del aire, despertósele aquella locuacidad tan suya, que sólo la tiranía de los años y de los achaques había sido capaz de ir adormeciendo poco á poco, y empezó á entonar panegíricos de su vieja compañera. Cantó, una á una, sus virtudes y sus habilidades; después retrocedió con la memoria á los tiempos de su propia mocedad, y pintó sus castos amores y sus alegres bodas; y en seguida su felicidad de casado y sus desventuras de pescador; y luégo sus lances de hombre maduro; y, por último, los achaques de su vejez, sin reparar que desde la mitad de su relato, que fué larguísimo, Muergo roncaba, tendido boca arriba, y Sotileza y Andrés no le escuchaban, por estar más atentos que á su palabra, á las que á media voz y con mucho disimulo se decían mutuamente los dos mozos. El mismo Mechelín se fué rindiendo á los asaltos del sueño, y acabó por tenderse en el suelo y por roncar tan de firme como su sobrino.

Andrés y Sotileza se miraron entonces, sin saber por qué; y quizá sin conocer tampoco la razón de ello, pasearon después la vista en derredor del sitio que ocupaban, y todo lo vieron desierto y sin otros rumores que los que el viento producía entre las ramas de los árboles.

Sotileza, con el bochorno de la tarde y los vapores de la comida, estaba muy encendida de color; y como ya se ha dicho que á merced de tales jolgorios era más animada y habladora que de costumbre, este exceso de animación se revelaba en la luz de sus ojos valientes y en la sonrisa de su boca fresca. Con esto y el fuego de sus mejillas, Andrés la vió, sobre el fondo solitario y arrullador de aquel cuadro, como nunca la había visto. Se acordó, con _indignación_, de la _calumnia_ de marras; y para enmendarlo, comenzó á convertir en frases terminantes las medias palabras que usó mientras tío Mechelín relataba sus aventuras. Y aquellas frases eran requiebros netos. Y Sotileza, que no los había oído jamás en tales labios, entre la sorpresa que la producían y el efecto de otra especie que le causaban, no acertaba á responder lo que quería. Esta lucha interior le saltaba á la cara en una expresión difícil de interpretar para unos ojos serenos; mas no para los de Andrés, que, ofuscado en aquel instante por los relámpagos de su interna tempestad, todo lo convertía en substancia. Alucinado así, tomó con su diestra una mano que Sotileza tenía abandonada sobre su falda, y con el brazo izquierdo le ciñó la cintura, mientras su boca murmuraba frases ponderativas y fogosas. La moza entonces, como si se viera enredada en los anillos de una serpiente, deshizo los blandos con que la sujetaba Andrés, con una brusca sacudida, lanzando al mismo tiempo sus ojos tales destellos y transformándose la expresión de su cara de tal modo, que Andrés se apartó un buen trecho de ella, y sintió que se le disipaba el entusiasmo, como si acabaran de echarle un jarro de agua por la cabeza abajo.

--Desde ahí--le dijo fieramente la indignada moza,--todo lo que quieras... no siendo hablarme como me has hablado... No digo de tí, que estás tan alto; pero ni de los de mi parigual debo de oir yo cosa que no pueda decirse delante de ese venturao (y señalaba á tío Mechelín).

Andrés sintió en mitad del pecho la fuerza de esta brusca lección, y respondió á Sotileza:

--Tienes razón que te sobra. He hecho una barbaridad, porque... ¡no sé por qué! Perdónamela.

Pero, aunque así se expresaba, otra le quedaba adentro. En descalabros tales es donde más padece la vanidad de los buenos mozos; y la de Andrés había quedado muy herida, tanto por el descalabro en sí, cuanto por venir éste de mujer que, aun resuelta á rechazarle á él, estaba _obligada_ á hacerlo de otro modo menos brutal; y porque no se compaginaban fácilmente su cruda esquivez con un mozo tan gallardo, y el regocijo con que la esquiva se dejaba llevar poco antes entre los brazos del monstruoso Muergo.

La alusión al pobre y honrado marinero dormido á su lado, también le había llegado al alma, no por inmerecida, sino porque la ocurrencia de Sotileza debió haberla tenido él antes; y así se hubiera evitado que le recordaran los labios de una marinera ruda, lo que más le estaba mordiendo la conciencia. En fin, que al verse corrido en aquel trance, obra de las circunstancias, pensaba y sentía lo que sintiera y pensara cualquier nieto de Adán, tan honradote, tan mozo, tan sano y tan irreflexivo como él en idéntica situación.

En tanto, Sotileza, sin señales ya de su enojo, se puso á _levantar los manteles_ y á acomodar en la cesta los avíos y las sobras de la comida. De paso despertó á los dormidos: al «venturao,» sacudiéndole blandamente; y á Muergo, arrojándole á la cabeza el agua que había quedado en la jarra. Enderezóse éste lanzando un bramido, mientras se incorporaba el otro bostezando y restregándose los ojos; y como los celajes se obscurecían y el sur iba apretando, diéronse prisa todos y volvieron á la playa, bien corrida ya la media tarde.

Nadie se había acordado de Cole, el cual, como si contara con ello, se había tendido á dormir, tan guapamente, sobre la vela plegada en el panel de la barquía, en cuyo fondo se zarandeaba, á medio flotar en el agua, de intento vertida allí, la pesca de la mañana. Costó muchas y recias voces desde la playa el trabajo de despertar á Cole; pero al fin despertó: haló el arpón para adentro, y atracó la barquía, que no fué mucho, pues la resaca era mayor que por la mañana, porque el viento era más fuerte y la marea subía ya. Como no era tan fácil saltar desde el arenal al barco como desde el barco al arenal, Andrés no tuvo otro remedio que dejarse embarcar en brazos de Muergo, y resignarse á ver otra vez entre ellos, sin pizca de protesta, á la que tan duras se las había hecho á él por menos estrujones.

Ya todos en la barquía, tío Mechelín reclamó el gobierno de ella para sí, como más viejo en el oficio, y en virtud de «lo que pudiera tronar,» porque el viento arreciaba por instantes. Sometióse Andrés, sin réplica, á los mandatos del experto marinero; sentóse éste á popa; agarró la caña, é izada ya la vela, templó la escota á su gusto. Crujió la lona, tersa y sonora como el parche de un pandero, y el barco se puso en rumbo, encabritándose sobre las olas que lo batían de proa, como caballo fogoso que encuentra una barrera en su camino. Como era de esperar, la barquía, ciñendo el viento, tumbó sobre el costado y comenzó á navegar de bolina; pero derivaba mucho por ceñir demasiado, y Mechelín remedió la deriva mandando echar la _orza_ á sotavento (una sencilla tabla colgada del carel). Andrés y Sotileza se sentaron en el costado opuesto, para repartir mejor la carga de la barquía, que volaba sobre la hirviente superficie. Embestía las olas con ímpetu loco; y al estrellarse con ellas, embarcaba los chorros de espuma en que las dejaba partidas.

Andrés se había echado su capote impermeable sobre la espalda; pero Sotileza llevaba la suya sin un amparo, porque no había consentido que tío Mechelín, viejo y achacoso, le diera el _sueste_ y el chaquetón embreados con que se cubría para no mojarse, y que á prevención había llevado á la pesca. Los dos marineros mozos no tenían más ropa que la puesta al salir de casa. Así es que, para no calarse ni perderse el _vestido bueno_, bastante mojado ya, Sotileza no tuvo otro remedio que aceptar el medio capote que con insistencia le ofrecía Andrés.

Vióse, pues, la hermosa pareja guarecida bajo una misma envoltura de pocas varas de paño, y muy arropadita por la cabeza y por los costados; porque contra el agua que sin cesar saltaba por aquella banda, toda prevención era poca. Andrés, recordando lo pasado, procuraba molestar á su compañera lo menos que podía; pero dejar de arrimarse á ella por alguna parte, le era imposible, porque el capote no daba para tanto lujo.

Muergo y Cole achicaban á cada momento el agua que iba embarcándose. Tío Mechelín no apartaba la vista del rumbo y del aparejo. Y la barquía, volando, atropellaba las olas, y caía en sus senos, y se alzaba en sus crestas; y á veces, sólo un punto de su quilla tocaba el agua espumosa. Chorros de ella corrían por las caras de Cole y de Muergo, y los mechones de la greña de éste goteaban como bardal después de la cellisca.

De pronto dijo Andrés á Sotileza, y por lo bajo:

--En este mismo sitio zozobró mi bote una tarde, con un viento como el de hoy.

--¡Vaya un consuelo para mí!--respondió la otra, en la misma _tessitura_.

--Es que me empeñé yo en tomar todo el viento de costado sin mover la escota... Una barbaridad.

--¿Y cómo salistes?

--Me cogió una lancha que venía detrás, y remolcó también el bote.

Volvieron á callar el uno y la otra; hasta que al hallarse la barquía enfrente de la Monja y próxima á los primeros barcos, volvió á decir Andrés, bajito también:

--Aquí me puso al _Céfiro_ quilla arriba una racha de vendaval.

--¿Y tú?--preguntó Sotileza.

--Yo me aguanté agarrado al bote, hasta que me cogió uno de un barco. Aquel día me ví mal, porque caí debajo; y, además, hacía mucho frío.

--Dos zambullidas... Bastante es para lo mozo que eres.

--Dos, ¿eh? ¡Y también siete llevo ya!... ¡Y ojalá contara hoy la de ocho!

--¡Vaya una intención, Andrés!

--No es tan mala como tú piensas, Sotileza; porque quisiera hallarme en un lance en que dieras á los brazos míos tanto valor... siquiera, siquiera, como á los de Muergo.

--¡Mira con qué coplas sale!

--¿Te ofendes de ellas también?

--Porque no vienen al caso.

--Pues nunca vendrán mejor.

--Señal de que no están en ley.

En esto les inundó una cascada que saltó á bordo al entrar la barquía en un verdadero callejón de naves fondeadas, donde el viento era más impetuoso y los maretazos más fuertes. Tío Mechelín, en vista de lo que esto prometía para más adelante, propuso á Andrés enmendar el rumbo para desembarcar al socaire del Paredón del Muelle-Anaos, en lugar de seguir hasta el de la calle Alta, como aquél deseaba.

Y así se hizo, con magistral destreza de Mechelín y beneplácito de todos.

Dijo Andrés qué pescado de lo cogido por la mañana quería para su casa y la de don Venancio Liencres, dejando el resto en beneficio del barco; despidióse de todos muy campechano, y de Sotileza entre cariñoso y resentido; y tomó el rumbo de su casa, mientras la gente de la barquía la desvalijaba de todo lo movible y manducable, y después de dejarla bien amarrada, cargaba con ello y se encaminaba á la calle Alta por la de Somorrostro arriba... seguida, á lo lejos, del taciturno Cleto que había presenciado, sin ser visto, la atracada y el desembarco, diciendo para las honduras de su _bodega_:

--Mientres Andrés la ampare, no me importa.

[Ilustración]

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XVII

LA NOCHE DE AQUEL DÍA

Andrés durmió mal aquella noche, ¡muy mal! En el paso imprudente que había dado en la arboleda de Ambojo, faltó á muchos deberes y cometió muchas inconveniencias á un tiempo. ¡Tantos años corridos en la intimidad de la pobre familia de la bodega! ¡La honrada vanidad que él fundaba en ser el paño de lágrimas de los dos viejos, que le tenían en las mismas entretelas del corazón! ¡Aquella noble confianza con que la hermosa muchacha, desde que fué niña descuidada, venía amparándose de su sombra benéfica, sin recelar del juicio de las gentes, que podía manchar su buena fama, como la habían manchado ya, como seguirían manchándola, las mujeres del quinto piso! ¡Y el matrimonio de abajo, y la misma Sotileza, y hasta el huraño Cleto, le querían, le amaban, precisamente por honrado y _parcialote_; por humilde, por generoso... y porque le creían capaz de partir con ellos el mejor pedazo de pan, y de andar á cachetes en medio de la calle por defender la vida ó el buen nombre de todos y cada uno de ellos! ¿Qué diría tía Sidora; qué su marido, si en aquel instante de vértigo le hubieran visto, ó si en otros muchos le hubieran leído en la frente ciertos pensamientos que cruzaban rápidos por detrás de ella!... ¿Qué juzgaría el candoroso Cleto si lo sospechara! ¡Cleto, que le había visto tan indignado y tan noble cuando le descubrió las _calumnias_ con que le perseguían las mujeres de su casa!... Y sobre todo, ¿en qué opinión le tendría Sotileza desde que se vió en la dura necesidad de arrojarle de su lado, altiva, dura, indignada, como se arroja lo que ofende, lo que mancha, lo que deshonra! Porque aquellos gestos, aquellos ademanes, aquellas palabras, significaban todo eso, y en manera alguna fueron artimañas femeniles, resistencias de artificio, ó disfraces de muy distintos propósitos. Aquello había sido una peña de mármol puesta delante de sus ímpetus, para que se estrellaran en ella; una lección terrible. ¡Y se la daba una marinera zafia, á pesar de deberle tantos favores y tantas preferencias! ¡Cuál no sería la magnitud de su imprudencia, y hasta qué extremo no estaría desprestigiado en la consideración de Sotileza!... Y además, corrido; porque corridos quedan los hombres en esas empresas, cuando les salen tan mal como á él le había salido la suya. ¡Si ya que el diablo le tentó, le hubiera ayudado á salir avante, triunfador y airoso!... ¡Pero quedarse sin el botín y con todos los coscorrones de tan inicua batalla!...

En fin, que no se podía vivir con sosiego en la situación en que él tenía las cosas desde la tarde anterior, examinadas serenamente al calorcillo de la almohada. Por tanto, procuraría verse con Sotileza, mano á mano, tan pronto como la ocasión se le presentara; hablaría con ella de lo acontecido, despacio, fría y severamente; echaría la culpa de su desliz á las tentaciones del sitio, á los arrullos del ábrego, al tufillo de la mar... á cualquier cosa; quizás diera por motivo de su exabrupto un oculto propósito de poner á prueba las virtudes de la moza... Esto ya lo decidiría él en su hora. Lo importante era quedar como debía y donde debía quedar... Si hablando, hablando, resultaba que su prestigio iba creciendo y agigantándose á los ojos de la buena moza, y que ésta llevaba su admiración hasta el extremo de... ¡Entonces, entonces sería ocasión de que se trocaran los papeles y recibiera Sotileza la lección que le debía!... Á menos que la fuerza misma del empeño y lo palmario de la voluntad, no le obligaran á ceder. Pero de este modo, ya la cosa era distinta, porque no siendo la culpa suya, él estaba libre de toda responsabilidad.

Y todo esto, con ser tanto, no era lo único que le robaba el sueño. ¡Si cuando las cavilaciones dan en eslabonarse unas con otras!...

En cuanto llegó á su casa de vuelta de la mar, sin responder una palabra á las muchas que le enderezó su madre, entre amorosa y sulfurada, por los riesgos que había corrido, el estado en que le veía, las gentes que le enamoraban, y por otro tanto más, se encerró en su gabinete, se afeitó, se lavoteó á su gusto y se mudó de pies á cabeza con el equipo fresco y dominguero que se halló preparadito al alcance de su mano. Previsiones de la capitana que adoraba en aquel hijo tan noblote, tan gallardo, tan hermoso... ¡pero tan Adán!... Si aquella noche no le pasa la revista acostumbrada, se le va á la calle con junquillo y sombrero de copa; pero sin corbata.

--¡Que con la estampa que tienes no te haya dado el Señor, para ser una persona decente, el arte que te ha dado el demonio para aventajar al marinerazo más arlote!

Así le dijo la capitana mientras le hacía el nudo de la corbata, que ella misma le había pasado bajo el cuello de la camisa con la necesaria destreza para no arrugarle. Después, y mientras le estiraba los faldones del levi-sac, le sentaba los fuelles de la pechera, le pasaba el cepillo sobre los hombros y arreglaba las caídas de las perneras sobre las botas de charol con caña de tafilete encarnado, continuó expresándose de esta manera: