Part 15
--Hay que hacerse á todo, Cleto; á todo, á todo, hijo, á todo--decíale el padre Apolinar, reparando cómo se embobaba el mozo con lo que iba contemplando, y cómo tropezaba con los transeuntes.--Pero sois bonitos de la mar; y en cuanto salís á tierra y os veis entre gentes racionales y de mundo, ya os falta la respiración. Y lo peor es que eso se pega; porque has de saberte que si vivo un año más en aquella escalera de la calle de la Mar, con ser quien soy y con tratar á tantos terrestres como yo he tratado siempre, salgo, cuerno, tan tonina como vosotros. ¡Mira que solamente con aquellas crías que me mandaban á casa para escamarlas siquiera lo mayor, había para perder el modo de hablar! No es decir esto que yo las haya abandonado, que á mi casa van algunas todavía; y no van más, porque les parece largo el camino, si es que no les espanta como á tí. Pero siquiera se ventilan un poco en él, y cuando llegan á mí, ya no huelen tan mal. También los tengo terrestres; que hijos de Dios son como cualquiera y tan necesitados están, como los más perdidos, del pan de la inteligencia y de la palabra divina. ¡Cuerno, qué peces hay entre ellos! Pero con todo, hombre: yo no he tenido discípulo ni espero tenerle, por mucho que viva, tan sucio ni tan feo ni tan torpe, como ese Muergo...
Esta palabra sacó instantáneamente al hijo de Mocejón del atolondramiento en que iba sumido. Estremecióse todo, echó un terno de los más redondos; y sintiéndose poseído, repleto, de todos los resquemores que de ordinario le consumían, dijo con nerviosa vehemencia:
--Vamos á _rema ligera_, pae Polinar, pa que alleguemos cuanti más antes.
--¿Qué te ha dado tan pronto, recuerno?
--Esas pampurrias, ¡paño! que me anadan en la bodega.
Poco después, alumbrados malamente por la luz de una cerilla que _echó_ pae Polinar, subían ambos la escalera de la casa de éste; les abría la puerta la vieja ama de gobierno del exclaustrado, y, por último, se encerraban en un mezquino gabinete, sobre cuya mesa, bien conocida del lector, comenzaba á lucir, ensanchándose y alzándose poco á poco, la llama perezosa de un cabo de vela, embutido en una palmatoria, también inventariada más atrás.
Al hallarnos nuevamente con el padre Apolinar, y después de examinarle un instante de pies á cabeza, bien pudiéramos decir que no pasaba día por él. La misma cara y los propios hábitos; ni una arruga ni una costra más, ni un lamparón ni un recosido menos. El mismo pae Polinar de siempre; con sus párpados en carne viva, su cabeza gacha y sus talares transparentes y resobados.
--Mira, hijo, mira; ¡mira si tienes ojos para ver!--exclamó de pronto el fraile, apuntándole con el gesto unos libracos y unos papelotes que había sobre una mesa, por tener ocupadas las manos en quitarse la teja y el manteo.--Míralo, y dime si pae Polinar, con esa tarea entre manos, tendrá tiempo de sobra para andarse de pingo por las calles.
Y como Cleto le mirara en demanda de una explicación más comprensible, añadió el exclaustrado:
--Eso es canela, hijo... digo, canela no; mejor es rescoldo que me consume el discurso y la salud y la poca vista que me queda. Porque has de saberte ahora, que esto es un sermón que se me ha encargado para el día de los santos Mártires, en la capilla de Miranda... ¡El día de la fiesta del Cabildo de Abajo!... ¡como quien no dice nada!... ¡Échame allí señores de Ayuntamiento; todos los mareantes y medio Santander, con la boca abierta, escuchando al padre Apolinar! ¿Te parece que es esto para que uno se duerma y se vaya á aquella cátedra con lo que salga á la buena de Dios?
Ocurriósele á Cleto contar por los dedos el tiempo que faltaba hasta el 30 de agosto; vió que era mes y medio bien cumplido, y así se lo dijo al fraile.
El cual se volvió rápidamente hacia el sencillote mozo (pues andaba pasando la manga de su chaqueta al pelo del sombrero, para atusarle un poco antes de ponerle sobre la cama), y le habló así:
--Echa tres... que más de otro tanto de lo que falta llevo sobre esta mesa, dale que le das á libros y tintero... Echa cuatro, que bien pueden echarse. ¿Y qué? ¿Te parece á tí que escribir un sermón para los Mártires es añadir un pernal á un aparejo? ¡Aquí se ven los hombres, Cleto! ¡Aquí sudan el quilo los más guapos... los más guapos, rejinojo! Y si algún predicador te dice otra cosa distinta, no te dice la verdad, ¡cuerno! ¡Buen chanfaina de predicador estaría él! ¡Bueno, bueno, bueno de veras! En fin, ya lo verás tú ese día si vas por la ermita.
--¡Yo!--exclamó Cleto con el más sincero de los asombros.--¡Como no vaiga yo á _eso_!...
--Es verdad, que tú eres del Cabildo de Arriba... Pero otros del de Abajo me oirán, y ya llegarás á saber si aquello que yo les diga se aprende en un par de meses... ¡Vaya con estos muchachos que nacen enseñados y con la palabra de Dios, _verbum Dei_, entre los labios!... Y ahora dime: ¿qué tripa se te ha roto? ¿Qué me quieres? ¿Por qué me buscas, _et quare conturbas me_?
Cleto, que estaba de prisa, no hizo esperar mucho la respuesta, si respuesta puede llamarse aquella marejada de sonidos guturales, de frases obscuras y descosidas, de interjecciones fulminantes, restregones de pies, bamboleos de espaldas y cabeza, y crujidos de la silla.
--Bueno está todo eso--dijo el padre Apolinar, hombre muy ducho en descifrar tan rara especie de enigmas.--Pero ¿por qué me lo cuentas á mí?
--Pus pa que me dé un consejo, y, si es caso, arrime el hombro tamién,--respondió Cleto.
--¡Claro!--repuso el fraile retorciéndose dentro de sus ropas:--esa ya me la tenía yo aquí... en cuanto rompiste á hablar... en cuanto te sentaste en esa silla... en cuanto me paraste en la Ribera, ¡cuerno!... Además, eso que te pasa tenía que suceder, porque la mano de Dios alcanza á todas partes, y la que se hace se paga; y en teniendo vosotros algo que pagar, ya estoy yo, como el otro que dice, aflojando la peseta. ¡Recuerno con la lotería! Y dime, zoquete del jinojo, ¿por qué asomaste tú la jeta á aquella casa? ¿Qué falta hacías allí?
--Ella me pegó un botón una vez...
--Ya, ya; ya me has enterado de ello, con todo lo que se siguió á esa pegadura; pero después, cuando viste lo que te pasaba por adentro, ¿por qué no hiciste _bota arriba á la banda_? Porque yo, al hallarte en la bodega algunas de las veces que he ido por allá, siempre entendí que no se trataba más, por tu parte, que de echar un párrafo y una punta, para pasar aquel rato de menos en tu casa.
--Así fué al escomienzo; pero endimpués... ¡Paño!... ¿no lo he dicho ya cómo me iba entrando, entrando ello solo?
--¡Pues entonces, Cleto, entonces debió ser la retirada, sabiendo, como sabes, que entre el quinto piso y la bodega no puede haber amaños ni conciertos!... Pero vamos á ver, ¿sabe ella algo de lo que te pasa por los adentros?
--Yo no se lo he dicho.
--¿Lo sabe Mechelín?
--Ni jota.
--¿Lo sabe su mujer?
--Lo mesmo que el marido.
--¿Qué tal cara te ponen?
--Los viejos, tal cual; ella... me paice que no tan güena... ¡Paño! mejor se la pone á Muergo; y esto es lo que me desguarne.
--Y en vista de lo que me dices, ¿qué quieres que haga yo?
--Darme un consejo.
--¿Para qué?
--Pa dir endimpués á decirla, como usté sabe decirlo, que me quiero casar con ella.
--¡Baldragazas! Pues si das por sentado que hemos de acabar por ahí, ¿para qué quieres el consejo?
--Creo que pa ná. Lo otro es lo que va usté á hacer, y en el aire.
--¡Un galernazo que te barra! ¿Sabes tú lo que me pides? ¿Sabes quién es tu padre?
--Por demás.
--¿Sabes quién es tu madre?
--Mejor entodía.
--¿Sabes quién es tu hermana?
--¡Mal rayo la parta!
--¿Sabes lo que hicieron una vez conmigo?
--Sí que lo sé.
--¿Sabes que hoy es el día en que no me atrevo á poner los pies en la calle Alta si las columbro en el balcón, y que en dos ocasiones, por no haberlas distinguido bien, me dieron una corrida en pelo á todo lo largo de la acera?
--Así lo oí endimpués.
--¿Sabes que antes que verte casado con esa muchacha, serían capaces de prender fuego á la bodega, y á la casa, y á todos los de la vecindad?
--Por falta de mala entraña no quedaría.
--¡Y sabiendo todas esas cosas, Cleto de los demonios, me quieres meter á mí en la danza? ¿No me ves ya en el martirio? ¿No me ves atenaceado, con la saliva en la cara, las hieles en la boca y en tiras las carnes y el pellejo? ¡Cuerno, ó tú me quieres mal, ó no estás en tus cabales!
--¡Paño! pero si usté se cierra á la banda, ¿qué voy á hacer yo?
--Y á mí ¿qué me cuentas de eso? ¿Te ha parido el padre Apolinar, por si acaso? ¿Te debe el pan que come? ¿los hábitos que viste?... ¡Nada, hijo... lo de siempre! Los jolgorios y los tragos dulces, para vosotros solitos; y en cuanto hay una desazón ó una descalabradura, á buscarme á mí para que os quite el hipo ú os ponga la venda. Esas canongías me regalaréis. ¡Suerte de las personas, cuerno; suerte, y no más que suerte! Verdad que ese es mi deber, si bien se mira... Pero también es cierto que los deberes se han de cumplir con su cuenta y razón; y esto que ahora se me pide, es mucho más de lo regular... y no lo haré; y no, y no. ¿Lo quieres más claro todavía, Cleto?
Cleto bamboleó la cabeza, se levantó perezosamente de la silla, dió algunas vueltas al gorro entre sus manos, y murmuró sordamente palabras incomprensibles. De pronto enderezóse iracundo, y dijo al padre Apolinar, que se paseaba por la estancia:
--No sé yo lo que haré por mí solo en lo tocante al caso de ella; pero lo que es él, lo que es Muergo, pae Polinar, si á pura morrá no acaba, ha de fenecer de otro modo, ú se me aparta de allí.
--Hombre--respondió el fraile cuadrándose delante de Cleto,--si no fuera pecado mortal, te diría que puede que hicieras una obra de caridad... ¡Ave María Purísima! ¡qué barbaridades se le escapan á uno con estas marimorenas! No hagas caso, Cleto; no hagas caso de estos dichos al tunturuntún... ¡Pero vosotros tenéis la culpa, cuerno!... Con que vete; vete poco á poco; no tomes esas cosas tan á pechos; cálmate; duerme... si tienes en dónde; observa por la buena; déjate de ese animal, que ningún daño puede hacerte en lo que temes; perdónale... Y ¿quién sabe, hombre, quién sabe! Por lo más obscuro amanece; y... en fin, ya me daré yo unas vueltas por allá; iré palpando el terreno; y según yo le vea... con prudencia, se entiende, ¡con mucha prudencia!... te avisaré cuando deba avisarte. Y tú, entre tanto, la lengua y las manos quietas; mucho ojo á mí, ¡mucho ojo! y por el cariz que yo presente y el que vayas viendo en la bodega, y algo que yo te apunte cuando deba apuntártelo... ¡Ea! ya te he dicho bastante. Ahora vete, y déjame trabajar un poco, que bastante tiempo he perdido para lo que vamos ganando, ¡cuerno!
Salió Cleto algo más animado, pero no satisfecho, y se arrimó el fraile á la mesa. Sentóse; y mientras desdoblaba su manuscrito, después de haberle sacado de las entrañas de uno de los libracos, murmuraba:
--¡Con estos entretenimientos y estas preparaciones, haga usted cosa de substancia; busque latines al caso, y emperejile discursos que aturdan á los oyentes!
Después limpió la pluma de ave en la pechera de la sotana; probó el temple de sus puntos sobre la uña del pulgar de la mano izquierda; hizo una pantalla con los libros puestos de canto, para defender sus ojos de los rayos directos de la luz...
Y se le presentó delante el ama de gobierno para decirle:
--Ahí está la mujer de Capuchín, el de Prado de Viñas.
--Y ¿qué se le pudre á la mujer de Capuchín?--contestó el fraile.
--Que tiene el marido mucho peor.
--Pues que se lo cuente al médico, ¡jinojo!
--Ya se lo ha contado, señor, y por eso viene aquí.
--Mejor hiciera entonces en ir á la botica.
--¡Así tuviera con qué, la probe!
--¡Y será capaz de venir á que se lo dé yo!
--Una limosna pide.
--¡Pues á buena puerta llama! Pidiérala yo, Ramona, si no fuera por la vergüenza, ¡cuerno!
--Lo peor de todo es que en aquella casa no hay con qué dar una taza de caldo al enfermo... ¡ni una miga de pan, señor!...
--¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima!... ¡Y tiene tres hijos y la mujer, y se cae de hombre de bien!...
Y mientras exclamaba así el bueno de pae Polinar, palpábase los bolsillos y hundía las manos después en el cajón de la mesa.
--Pero ¿qué jinojos ha de haber aquí!--murmuraba, sin dejar de palpar á tientas.--¡Si, por no tener, ni siquiera tiene cerradura muchos años hace!... Nada, Ramona, nada... ¡nada! Dile á esa infeliz que perdone por Dios, que yo no puedo socorrerla.
--Pues ¿y el duro de esta mañana?--se atrevió á preguntarle la sirvienta.
--¿Qué duro, mujer de Dios?
--El de la misa de don Andrés.
--Sí... échale un galgo.
--¡Desde esta mañana acá?
--«¡Desde esta mañana acá!...» ¡Qué cosas tienes! ¿Cuánto tiempo había de durarme?... Pues hasta que me le pidieran. Me le pidieron esta tarde en cuanto salí de casa, y me quedé sin él. ¡Cuerno! me parece que la cosa no puede ser más natural ni más corriente.
Íbase ya la criada con el triste recado para la mujer de Capuchín, y de pronto la llamó el fraile.
--Oye, Ramona--le dijo,--antes que te vayas, y por lo que sea: ¿qué tenemos para cenar?
--Para usté, carne con patatas.
--¡Cómo «para usted?...» ¿Y para tí?
--Para mí, hay cuatro sardinas.
--¿Y desde cuándo acá hay manjares distintos para nosotros?
--Es tan poca la carne, que no alcanza para los dos.
--Con que poca... Y ¿qué tal está? ¿qué tal está, con esas patatitas?
--Á medio hacer todavía, señor.
--Á medio hacer, á medio hacer... ¡Vea usted, qué jinojo!... Pues mira, tráete ahora mismo esa carne, según esté, con puchero y todo...
--Pero, señor, si...
--Que te lo traigas, ¡cuerno!
Salió la vieja Ramona, y volvió en el aire con un pucherete humeante entre las manos envuelto en una rodilla sucia.
Pae Polinar le acercó á sus narices; sorbió con ansia aquellos vapores suculentos y olorosos; y apartando en seguida el puchero lejos de sí, como quien huye de una mala tentación, dijo á su criada:
--¡Bueno, bueno, bueno de veras va el guisado éste!... Pero como yo no tengo esta noche grandes ganas que digamos, dásele á la mujer de Capuchín para que le despachen en su casa como Dios les dé á entender...
Tras algunos reparos infructuosos, fuése la criada dispuesta á cumplir el mandato de su amo; el cual, sacando la cabeza fuera del gabinete, la gritó:
--Pero dile que me devuelva la _servilleta_... si no les hace mucha falta.
Luégo se volvió á su sillón y á sus papeles, murmurando mientras los manoseaba:
--Cabalmente, he leído yo, no sé dónde, que para conservar la salud mientras se hacen trabajos de tanto empeño como éstos que yo traigo entre manos, no hay nada mejor que meterse en la cama con hambre. Pues lo que toca á la mía de esta noche, es de órdago... ¡de órdago! ¡Cuerno si lo es!
[Ilustración]
[Ilustración]
XVI
UN DÍA DE PESCA
Andrés madrugó al día siguiente más que el sol, y fué á la misa primera que decía en San Francisco el padre Apolinar para los pescadores de la calle Alta. Muergo, que había ido á llamarle, llevaba los aparejos y la cesta con las provisiones de boca para todo el día; provisiones que la capitana había preparado por la noche, según lo tenía por costumbre cada vez que su hijo iba de pesca. ¡Era de oir á la mujer de don Pedro Colindres cuando, delante de su hijo, acomodaba en la cesta cada cosa!
--Dos, cuatro, siete... diez... Una docena justa de huevos duros te he puesto. ¿Tendréis bastante? En este envoltorio de papel van rajas de merluza frita: dos libras y media. Por supuesto, que si dejas meter las manazas á esa gente, no te queda á tí para probarla... ¡No comieran rejones atravesados! ¡Hijo, yo no sé cuándo has de perder esa condenada afición tan peligrosa! Y todo, para venir abrasado del sol y del viento, y apestando la casa á esas inmundicias... Y lo peor es que el mejor día, si no te quedas allá, coges un tabardillo que te lleva... Vamos, no te amosques, que por tu bien te lo digo... Aquí va una empanada de jamón con pollos... Éstas son salchichas... tres docenas. Procura que se harten con ellas esos hambrones, para que te quede á tí más de lo otro. Para cinco he puesto. Si son más, porque á tí se te pega siempre medio Cabildo, que coman clavos ó que se arreglen con lo que haya. ¡Dará gusto ver á tu amigo Muergo chuparse los dedazos y relamerse los hocicos de cerdo!... ¡Buena educación y buenos modales aprenderás á su lado! ¡Hijo, qué gustos más arrastrados tienes, y qué rabia me da no poder arrancártelos de cuajo!... Pero la culpa tiene tu padre que te los consiente, si es que no te los aplaude. ¡Sí, sí, Andrés! Te lo digo como lo siento; y tienes que oírmelo, porque eso es lo menos á que estás obligado... Una ración buena de pasta de guayaba, para tí solo; medio queso de Flandes y dos libras de galletas dulces, para todos... Seis libras de pan... ¿Cuántas botellas de vino pongo? ¿Tendréis bastante con cuatro? Vamos, te pondré seis; porque esa gente, ¡tiene un saque!... La servilleta fina. ¡Cuidado con que les consientas limpiarse las manazas con ella! Para eso van estas dos rodillas grandes. El vaso para tí... y otro para ellos... Tenedores, cuchillos... Fortuna que la cesta no es chica, que si no... Ya estás aviado de lo principal... Sobre la cama te pondré el vestido de mar y el abrigo, por si el nordeste refresca... ¡Y, por el amor de Dios, hijo mío! no salgas muy afuera ni vuelvas tarde; ¡porque tú no sabes lo que yo me consumo pensando en lo que podrá sucederte! ¡Qué misa de tres se va á cantar en San Francisco el día en que esa condenada afición se te acabe... y vayan las cosas por donde deban ir!
Andrés, al salir de misa, vió que también la habían oído tío Mechelín y Sotileza; lo cual le demostró que los dos iban á ser de la partida. Había acontecido esto en varias ocasiones, porque Sotileza se perecía por ello; y como no gustaba de otras diversiones y en su casa la mimaban en extremo, y Andrés, cuando fué consultado sobre el particular, despachó la pretensión encareciendo mucho lo que le complacía, no puso tía Sidora otro estorbo á los deseos de la hermosa muchacha que la condición de que, por el bien parecer, no fuera nunca á esos holgorios sin la compañía de tío Mechelín. Desde entonces, siempre que la salud de éste le permitía ir en su barco á pescar con Andrés, les acompañó Sotileza.
¡Qué ganas se le pasaban á Cleto de echar un memorial al campechano mozo para que se le diera una plaza en la barquía, en la que iban tantas cosas que le arrastraban á él hacia allá! Por de pronto, Sotileza, que era, como quien dice, su propia entraña; después, Muergo, que no merecía ni debía ir _solo_ tan cerca de quien iba; y, por último, aquella pitanza, tan abundante y sabrosa, que llevaba Andrés para regodearse todos al mediodía. Y su memorial hubiera sido bien despachado, seguramente; y lo fío yo con los propósitos que tuvo Andrés, en una ocasión, de anticiparse á los deseos de Cleto. Pero á Cleto le detenían las mismas razones que expuso á Andrés tía Sidora para que no intentara llevarle consigo en la barquía, lo más odiado en casa de Mocejón de todo lo perteneciente á la bodega, donde había tantas cosas aborrecibles para las mujeres del quinto piso. Cleto no tenía agallas bastantes para arrostrar las tempestades domésticas que le aguardaban, sentándose á remar en la barquía de su vecino, ni éste ni la gente de su casa querían tener con _las de arriba_ más pleitos que los pendientes... ¡que no eran pocos!
Por eso Cleto no acompañaba á Andrés en la barquía de tío Mechelín, y se conformaba con ver, desde lejos, embarcarse á los expedicionarios cuando Sotileza iba entre ellos.
--Por suerte, va Andrés con ella,--exclamaba para sí en tales casos, si Muergo se embarcaba también.
Y eso mismo hizo y dijo en aquel día de fiesta, encaramado en lo alto del Paredón, mientras se embarcaban el viejo Mechelín, Muergo, Cole y Sotileza, cuando empezaba el sol á dorar los contornos del hermoso panorama de la bahía, y á saltar la luz en manojos de centellas al quebrarse en el terso cristal de las aguas. Reinaba en la naturaleza una calma absoluta y algo bochornosa, y había nubes purpúreas sobre el horizonte, alrededor del astro.
Aunque se izó la vela, fué por entonces inútil por falta de aire. Muergo y Cole armaron los remos; tío Mechelín, á proa, armó también el suyo, porque no dijeran que ya no servía el pobre hombre para nada; y buscando la contracorriente, porque la marea comenzaba á apuntar en aquel instante, bogaron hacia la boca del puerto.
Andrés y Sotileza, sentados á popa, disponían y encarnaban los aparejos entre dichos harto inocentes y alegres carcajadas. Porque es de advertirse que Sotileza, tan sobria de frases y de sonrisas en tierra, era animadísima en estos lances de la mar; y como hacía mucho tiempo ya que Andrés no seguía aquel sistema de disimulos á que espontáneamente se condenó, porque fué persuadiéndose poco á poco de que era innecesario, puesto que nadie se acordaría de los motivos que se le aconsejaron, no desperdiciaba éstas y otras prodigalidades que de vez en cuando brindaba á su genio retozón y alegre el más retraído y seco de su amiga.
Ésta, con todos sus andariveles domingueros, no valía tanto, aunque ella creía lo contrario, como con sus cortos y escasos trapillos domésticos; pero, no obstante, iba muy guapa en la barquía, con su pañuelo de seda encarnado encima del negro y ceñido jubón; su saya azul obscura; bien calzada, y con el profuso moño y la mitad de su cabeza ocultos por el gracioso pañuelo _á la cofia_.
Muergo se sentaba dos bancos más á proa que ella, y estribaba en el inmediato con sus piesazos negros y callosos. Cubría su torso hercúleo una ceñida y vieja camiseta blanca con rayas azules; y estos colores daban extraordinario realce al bronceado matiz de su pellejo reluciente. La sonrisa estúpida de siempre se dibujaba entre las dos cordilleras de sus labios, y á través de los mechones de greña que colgaban frente abajo, fulguraban los cruzados rayos de sus ojos bizcos.
Andrés se complacía en cotejar las frescas, finas y juveniles facciones de la linda muchacha, con los detalles de la cabezona del remero. Admirando estaba mentalmente el contraste que formaban las dos caras, cuando le dijo Sotileza al oído:
--¡Nunca le he visto más feo que hoy!
--¡Muy feo está!--respondió Andrés, coincidiendo con Sotileza en un mismo pensamiento.
--¡Da gusto mirarle!--añadió la muchacha, con expresión codiciosa, hundiendo al mismo tiempo toda la fuerza de su mirada en las tenebrosas escabrosidades de la cara de Muergo.
Éste sintió la puñalada de luz en lo más hondo de sí mismo; conmovióse todo; relinchó como un potro cerril, y cargándose sobre el remo con todos sus bríos bestiales, dió tal _estropada_, cogiendo á Cole descuidado, que torció el rumbo de la barquía.
En la cara de Sotileza brilló entonces algo como relámpago de vanidad satisfecha, y al mismo tiempo se oyó la voz de Mechelín, que gritaba desde proa, detrás de la vela desmayada y lacia:
--¿Qué haces, animal?
--Ná que le importe,--respondió Muergo, relinchando otra vez.
En esto Andrés y Sotileza largaron los respectivos aparejos, cada cual por su banda; y cuando la barquía llegaba al promontorio de San Martín, ya había embarcado en ella más de dos libras de pescado, entre _panchos_, _mules_ y _llubinas_, trabados _á la cacea_.
Allí comenzaba verdaderamente la diversión proyectada.
Se bajó la inútil vela, y Andrés y Sotileza, á barco parado, echaron la primera _calada_ debajo del Castillo; porque junto á las rocas y en lo más hondo es donde se pescan los durdos, las jarguetas y otros peces de estimación.