Part 14
Llegó á consultar el caso con su marido, y luégo con Sotileza; mas como el primero la echó enhoramala, jurando y perjurando que él no había visto señales de semejante cambio, y la segunda, encogiéndose de hombros, opinó lo propio que tío Mechelín, la buena mujer, comenzando á dudar si había visto visiones, fué, ya que no olvidándolas, acostumbrándose á ellas; que era todo cuanto podía hacer, con el clavo que tenía allá dentro.
Y el caso es que tía Sidora estaba en lo firme: lo que ignoraba, por fortuna suya, era la causa del retraimiento de Andrés; y esta causa va á conocerla el lector.
El mismo día en que tío Mechelín se halló en posesión de la barquía, subió á su casa Mocejón, que ya estaba hecho un carcamal, vomitando por aquella bocaza las mayores tempestades entre vahos de veneno.
--¡Ñules... reñules!--exclamaba mientras, dando bandazos y cabezadas, iba desde la puerta de la escalera con rumbo á la sala donde destorcían chicotes viejos la Sargüeta y Carpia, y fumaba Cleto, silencioso, mustio y arrimado á la pared.--¡Lo que se corría, salió! Pero, ñules, ¿ónde está la vergüenza de las gentes? ¿Con qué cara toman eso? ¿Hay ley de Dios, ú no hay ley de Dios? Esta casa, ¿es casa... ú qué es? Si de la mía se la sacó porque la maltrataban... ¿cómo se consiente, ñules, que se la tenga en esa... pa esos timinejes?... Porque, reñules, la cosa es clara; y en cuanti me la apuntó al oído endenantes quien las pesca al vuelo... la pesqué yo tamién. ¡Reñules, qué sinvergüenzas!
Se le pidieron explicaciones, y comenzó á enlazar, á su brutal manera, el donativo de la barquía con el apego de Andrés á la bodega y con la fresca juventud de su inquilina. Y digo que _comenzó_ tío Mocejón á hacer este enlace, porque á medio camino de su tarea le salieron al encuentro las mujeres de su casa y llevaron los supuestos apuntados á los extremos más escandalosos. Cleto tardó en enterarse, por lo perezoso que era de comprensión; pero en cuanto vió de qué se trataba, saltó como un tigre y exclamó indignado:
--¡Paño! ¡To eso es una pura mentira! ¡Tos ustés mienten aquí! ¡Y tú más que denguno! ¡Bribona! ¡Yo conozco á ese c...tintas! ¡Yo sé bien quién es ca uno de los de abajo... y sé tamién quién es ca uno de los de aquí!... Y digo que eso es mentira, ¡paño! y güelvo á decir que miente usté, porque chochea... y usté, porque nunca ajuntó boca con verdá... y tú, por envidiosa y cancaneá... ¡repaño!...
Según iba Cleto vociferando así, su madre le tiraba á la cara el escabel; Carpia los chicotes embreados; y Mocejón, sin fuerzas para arrojarle cosa alguna, ni para darle dos bofetones, lanzaba la interjección y el improperio, que retinglaban. Entre golpe y golpe, la Sargüeta y su hija tampoco cerraban boca ni se cedían el turno.
--¡Anda, bragazas!... ¡mal hijo!...
--¡Toma, indecente... pa que la lleves el regalo!
--¡La han vendío, sí!
--¡Y se ha dejao vender!
--¡Y no por la barquía, que por menos se vendió primero!
--¡Así se echan ropajes de lo mejor!
--¡Y se vive á la sombra, sin trabajar!
--¡Vete á buscarla ahora!... ¡carga con ella, lichón!
--¡Pero mira bien ónde la metes, porque si aquí la asomas, arde la casa! ¡Puáa!
Esto, sin contar lo de Mocejón, que no puede contarse, es una compendiadísima muestra de lo que se gritó en el quinto piso en menos de medio minuto, entre feroces manoteos y gestos espantables. Cleto echaba espumarajos por la boca; y no pudiendo tomar el desquite de su padre ni de su madre, arremetió con Carpia y le dió la tunda más soberana que había llevado en todos los días de su vida. Después salió de casa como un cohete; pero las hembras de ella no le injuriaron desde el balcón, como solían, porque, como reñidoras de oficio, sabían muy bien que el asunto era peligroso para echado á la calle desde tan alto. Sabían igualmente que Sotileza no tenía el aguante de la atemorizada Silda, y tampoco ignoraban que el amparo del Cabildo y la estimación de las gentes de la calle, más se arrimaban á la huérfana de Mules que á ellas, hasta en cuestiones de escasa monta. ¿Qué no sucedería en un punto tan escandaloso? Pues si no fuera así, ¿cuánto haría ya que sus lenguas habrían estampado el sello afrentoso en la puerta de la bodega? ¿Para qué se necesitaba el testimonio de lo de la barquía? Desde que Andrés y Sotileza habían dejado de ser muchachuelos impúberes, ¿no era cada visita del uno á la casa de la otra fundamento bastante para alzar sobre él una cordillera de infamias dos bocas tan venenosas como las suyas? El sello se estamparía, ¡pues no faltaría otra cosa!... y á fuego, no solamente en la puerta de la casa, sino en el rostro de todos y cada uno de sus moradores; pero cuando las circunstancias les ofrecieran una ocasión que las eximiera á ellas de toda responsabilidad; cuando la apariencia de los hechos confirmara la justicia de la denuncia. Á eso iban caminando con heróica perseverancia, con ojo avizor y trabajando á la sordina.
Cleto, por de pronto, salió henchido del horror de aquel cuadro de abominaciones satánicas; mas en cuanto el aire de la calle oreó su rostro enardecido, y su pobre razón fué entrando en caja, y latiendo al ordinario compás su corazón honradote, observó que en lo más hondo de él había una espina que le punzaba, al mismo tiempo que en su cabeza andaba aporreándole las paredes, como moscardón encerrado entre cristales, una terrible sospecha. ¡Ah! si la calumnia deja siempre alguna señal de su paso, aun en las inteligencias más sutiles y en los corazones más aguerridos, ¿cómo habían de librarse la rudimentaria razón y el pecho desapercibido de Cleto, del veneno que destilaron allí las palabras de toda su familia?... ¿Por qué no había de ser verdad lo que él rechazó como calumnioso, por oirlo de tales bocas? Andrés, pudiente y guapo mozo; Sotileza, huérfana y menesterosa, robaba los ojos de la cara; tío Mechelín y su mujer, dos «venturaos de Dios» y muy agradecidos al otro. Y si el otro se empeñaba, ¿qué había de resultar de todo esto? Y si no era para empeñarse, ¿á qué iba allí tan á menudo el otro?
¡Qué días y qué noches pasó el infeliz entre este batallar de sus cavilaciones! Todo se le volvía observar á Andrés cuando le encontraba en la bodega, y vigilar la calle para sorprenderle en ella á horas desusadas, y reparar en Sotileza cuando estaba al lado de Andrés... Y peor lo ponía así; porque las miradas más inocentes y las palabras más sencillas, le parecían testimonios irrecusables de la causa de sus recelos; y el menor ruido por la noche, en la escalera ó en el portal, le hacía saltar del empedernido lecho, y salir á escuchar por una rendijilla de la puerta. Por fortuna para todos, no se atrevió á decir una palabra, aunque muchas veces las tuvo entre los labios, al matrimonio de abajo, siquiera por vía de desahogo, ya que no sirvieran á nadie de escarmiento. Pero, en cambio, detuvo una noche á Andrés en mitad de la acera, y llevándole, previa su venia, hacia el Paredón, cuya explanada estaba solitaria en aquel momento, le expresó, muy bajito y á su modo, cuanto le escocía y atormentaba adentro, robándole el apetito y el descanso.
Andrés se quedó espantado, porque ignoraba los verdaderos motivos de las alarmas de Cleto. Cleto le había asegurado que sólo la buena fama de aquella honrada familia le movía á contarle lo que le contaba; y para que un mozo tan rudo como Cleto se parara en pequeñeces tales, mucho debían haber transcendido los supuestos. Indagó sobre este punto; y aunque Cleto le aseguró que solamente se lo había oído á las gentes de su casa, como éstas se sobraban para propagarlo por todo el pueblo, no le tranquilizó cosa mayor. Pero negó con solemne entereza; y estrechando la diestra de Cleto con la suya, le juró, delante de la cara de Dios, que en su vida le había cruzado por las mientes un pensamiento tan infame como el que la calumnia le atribuía. El hijo de Mocejón, ante una sinceridad como aquélla, vió rasgarse la bóveda celeste y asomar por allí el sol y la luna y legiones de ángeles con alas de oro. Ni rastros le quedaron en el alma de aquella sospecha que tan bárbaramente le había atormentado.
Andrés comprendió que le era preciso hacer algo para atajar en su camino los calumniosos supuestos; y, por de pronto, aquella noche ya no fué de tertulia á la bodega.
Pero ¡qué frágil y mísera y concupiscente, como diría el padre Apolinar, es la condición humana! Aquel Andrés tan escrupuloso, tan hidalgote, tan precavido, tan prudente y abnegado al oir las negras confidencias de Cleto en la explanada del Paredón, en las angosturas de su cuarto, en el silencio y obscuridad de la noche, escrupulizando en el laboratorio de su razón las que él había tenido para proceder como procedía en su trato con la familia de tío Mechelín, ya comenzó á ser muy otra cosa, aunque, en honor de la verdad, sin darse la menor cuenta de ello. La conciencia más recta adolece de cierta elasticidad, que si no se la pone coto con la fuerza de una voluntad de hierro y de una razón bien maciza, llega á los extremos más peligrosos. Esto, en general. Pues si á favor de la ingénita flaqueza conspiran la inexperiencia de los pocos años, el ímpetu de las veleidades de una naturaleza virginal y poderosa, la ignorancia, la pasión, el entusiasmo, como acontecía en el caso de Andrés, ayúdenme ustedes á sentir. Andrés había visto crecer á Sotileza y transformarse poco á poco, de niña vagabunda y medio encanijada, en apuesta y garrida moza; pero jamás le había pasado por las mientes una idea que tuviera la conexión más lejana con los propósitos que le atribuían las maldicientes sardineras de la calle Alta. De aquí su sincera indignación al enterarse de la confidencia de Cleto, y su propósito instantáneo de irse retirando paso á paso de la humilde casa donde su presencia comprometía el honor de una doncella. Pero disipada la luz de este relámpago, y examinando luégo las cosas á la débil claridad de su razón, lo primero que ésta le presentó delante de los ojos fué el cuerpo mismo de la supuesta delincuencia; no en los atavíos insubstanciales de la inocente compañera de juegos infantiles, ó de la buena amiga de su incipiente mocedad, sino con todos los incentivos que puede ir acumulando una fantasía soñadora sobre un lujo de formas juveniles, como el de la hermosa callealtera. En seguida, recordando otra vez los supuestos calumniosos de las hembras de tío Mocejón, se dijo en sus adentros: «Luego esto era posible.» Y por un contrasentido bien usual y corriente en todos los aprietos del humano discurso, volvió á indignarse de que se le hiciera capaz de cometer un delito, cuya hipótesis estaba saboreando rato hacía.
Después volvió sobre su propósito de ir alejándose poco á poco de la bodega; y sin echar un punto de la memoria á la huérfana amparada allí, pensó en lo que juzgarían de su conducta tío Mechelín y su mujer, tan bondadosos, tan campechanos. Declararles el motivo, era darles una puñalada en el corazón; ocultársele, era hacerse reo de una falta, cuando menos de consecuencia, en su cariño y buena amistad. Y todo ello, ¿por qué? Porque á dos sinvergüenzas del quinto piso se les había ocurrido dar á un acto noble y generoso, una interpretación inicua. ¡Y había de estar la tranquilidad de una conciencia limpia á merced de los juicios de dos mujeres desenfrenadas? ¡Y había de subordinar él sus gustos lícitos, sus placeres honrados, á los dictámenes de dos calumniadoras? ¡Jamás! Por consiguiente, tomaría el aviso en cuenta, eso sí; pero no daría á la hedionda familia de Mocejón el placer imperdonable de someterse á sus deseos. Tomaría ciertas precauciones decorosas para alejar de los suspicaces todo pretexto á la murmuración; frecuentaría menos que antes la bodega; pero volvería á ella, ¡vaya si volvería! ¡Y que se atreviera nadie á preguntarle «para qué!» ¡Que intentara algún deslenguado poner en duda su honradez, su lealtad, la nobleza de sus propósitos!... ¡Sería capaz de hacer y de acontecer!... ¡Consumar él un atentado semejante contra el honor y el sosiego de una familia honrada!...
Y si le hubieran puesto un Cristo delante para jurar que en todo esto que afirmaba de sí propio no había un atisbo de mentira, lo hubiera jurado hasta con entusiasmo. Y habría jurado verdad.
Y, sin embargo, escarbando bien en su corazón, ¡qué pronto se hubiera hallado escondido en el fondo de él algo que acreditara la inconsciente falsedad del juramento! Porque lo cierto es que desde la primera vez que volvió á la bodega después de haberse entregado á aquellas meditaciones, aunque resuelto á combatir heróicamente contra todo mal pensamiento que el demonio pudiera sugerirle, y contra las facilidades tentadoras de inesperada ocasión, si sus ojos se apartaban muy á menudo de Sotileza, en cambio, cuando la miraban, ¡de qué distinto modo que antes la veían!
Lo cual demuestra, por de pronto, tres cosas:
Que Andrés, pensando y obrando así, _sentía_ menos honrada é hidalgamente que en la explanada del Paredón al escuchar las confidencias de Cleto (tesis de estos últimos párrafos).
Que en el conflicto en que estas confidencias le habían colocado, lo más discreto y menos peligroso para él y para las gentes de la bodega, hubiera sido retirarse de ella poco á poco y para siempre.
Y, por último, que tía Sidora tenía mucha razón al afirmar que en Andrés había habido _un cambio_ repentino.
¡Si la mujer de tío Mechelín hubiera sabido qué esfuerzos de voluntad costaba este cambio al resuelto muchacho, precisamente cuando á Sotileza le daba por atenderle y agasajarle como nunca lo había hecho!
Y así fué pasando más tiempo, y con él llegando Sotileza á la plenitud de su desarrollo, y Andrés haciéndose un mozo cabal, fornido y gallardo; diestro, valiente y forzudo en la mar, donde consumía todas las horas de huelga, ya voltejeando con su _Céfiro_ (nombre del esquife de su propiedad), ayudado de Cole y de Muergo, que ordinariamente se le cuidaban; ya pescando por todo lo alto en la barquía de Mechelín, cuyo _flete_ pagaba escrupulosamente, con notorio disgusto del achacoso mareante, que tenía á cargo de conciencia recibir aquellos dineros de tales manos. Gozaba de gran prestigio en los dos Cabildos; en ambos eran muy escuchados sus pareceres, y el mejor patrón de lancha le hubiera cedido gustoso el gobierno de ella en momentos apurados.
De cuanto pescaba, iba lo mejor á casa de don Venancio Liencres; y de propio intento lo mandaba á menudo por Sotileza, que también llevaba á la capitana lo que le regalaba Mechelín á cada instante, y aun al mismo don Venancio, por insinuación de Andrés. Porque es de advertirse que, cabalmente desde que se propuso tomar en la bodega de la calle Alta aquellas «precauciones decorosas,» le entró la comezón, que jamás había sentido, de que en su casa y en la de don Venancio Liencres se conocieran y se admiraran las prendas excepcionales de la rozagante muchacha.
Y sucedió que la capitana llegó á decir á Andrés un día, que si aquella tal y cual volvía á poner los pies en su casa, haría con ella esto y lo de más allá; y que la distinguida hermana de Tolín le dijo una noche más de otro tanto, con igual motivo. Y Andrés se quedó como quien ve visiones, porque no atinaba con la razón de tales aspavientos.
Porque Andrés, á pesar de éstas y otras cosas, por las cuales se perecía, levantaba muy holgadamente todo el peso de sus obligaciones en el escritorio, y el de sus deberes de amistad y cortesía al lado de su compañero Tolín. Para entonces era Luisa lo que prometió ser de pequeña: una señorita _fina_ muy compuesta y muy escrupulosa en el ceremonial de su _mundo_. Era bastante sosa de palabra; pero no tanto en el mirar de sus ojos, negros y grandes, ni en el caer de sus labios húmedos sobre la dentadura blanca y apretada. Se pagaba mucho de guardar las distancias de clase, como su augusta madre; pero hacía una excepción con Andrés, con cuyo trato se había ido familiarizando desde niña. Continuaba siendo incansable fisgona de la vida y milagros de este mozo; y como aquélla era tan contraria á sus gustos é inclinaciones, rara vez estaban juntos sin que ella le calentara las orejas. Andrés solía amoscarse de tarde en tarde con estas _libertades_; Luisa se ponía nerviosa de ira al ver que se le negaba _derecho_ para decir lo que decía; pero Tolín terciaba en la contienda, y los ponía en paz; es decir, conseguía que se hablara de otro asunto, porque lo que es paz, verdaderamente, no se lograba, puesto que, al deshacerse la tertulia, Luisa se encerraba en su cuarto con un humor de todos los diablos, y Andrés salía renegando de la impertinente y entremetida «que al fin había de ser causa de que él no volviera más por allí.»
Y éstos eran los únicos malos ratos que pasaba el hermoso mocetón, que en todo lo demás era un cascabel de oro, que tintinaba alegrías en cuanto se le agitaba un poco... y aunque no se le agitara.
Particularmente á Cleto, le tenía sorbido el seso desde aquel apretón de manos. Todo lo creía posible en el mundo, menos que pudiera llegar á ser verdad el supuesto injurioso de su familia. Al padre Apolinar se le caía la baba viéndole y escuchándole; y como Andrés era dueño de algunos dineros, porque ganaba en el escritorio más de lo preciso para cubrir sus necesidades, y sabía el destino que daba el caritativo fraile á las limosnas que recibía, y era además creyente á puño cerrado, no se hartaba de encargarle misas á San Pedro, y á los Mártires, y á la Virgen: hoy para que saliera tío Mechelín de la cama; mañana para que su padre llegara felizmente del viaje en que estaba empeñado; otro día para librarse él de un contratiempo en la expedición de pesca que proyectaba mar afuera... y así; pero misas hasta de á duro. ¡Misas de á duro! ¡Y á pae Polinar que estaba cansado de decirlas á peseta... y á dos reales; y tan agradecido y contento!
¡Pensar que él gastara sus ahorros en atavíos de sociedad y de paseo!... Si le fueron insufribles estos lugares cuando había clases y categorías, ¿qué habían de parecerle cuando, desde la introducción de los vapores y de la legión de ingleses traída por Mould á Santander para acometer las obras del ferrocarril, ya podía un mozuelo imberbe salir á la plaza con sombrero de copa alta, sin temor de que se le derribaran de la cabeza á tronchazos; andaban por la calle, vestidos de señores, los marinos de la _Berrona_, sin la menor señal externa de lo que habían sido todos ellos cinco años antes; y Ligo y Sama y Madruga y otros tales, si bien marinos todavía por dentro, y violentándose mucho para no descubrir la hilaza al hablar, mientras andaban por acá iban al Suizo á tomar sorbete, después de haber paseado en la Alameda con levita ceñida y sombrero de copa; y chapurreaban el inglés los chicos de la calle para jugar á las canicas con los rubicundos rapaces de la «soberbia Albión;» y habían caído los paradores de Becedo, y estaba denunciada la casa de Isidro Cortes, entre las dos Alamedas, y en capilla, para ser terraplenada, la dársena chica, y á medio rellenar la Maruca... y, en fin, que toda carne había corrompido ya su camino, y estaba la población, de punta á cabo, hecha una indignidad de mezcolanzas descoloridas y de confusiones intraducibles!
Quedárase todo ello para su amigo Tolín, que no perdía paseo en las Alamedas, muy soplado de sombrero alto, guantes de cabritilla y bastón de retorcida ballena, y miraba tierno á todas las hijas de los comerciantes ricos; y aun para su mismo padre, don Venancio Liencres, y otros tales, que desde aquellas juntas de pudientes padecían tales pujos de publicidad y de elocuencia mercantil, que ni paraban en casa ni cerraban boca en todo el santo día de Dios.
¡Si, bien apurado el asunto, Andrés y otra media docena escasa de valientes, tan apegados como él al tufillo alquitranado y á los placeres marítimos, eran los únicos ejemplares que sobrevivían de aquella raza de anfibios, que pocos años antes lo llenaban todo en el pueblo é imprimía carácter á su juventud!
* * * * *
Así estaban las personas, las cosas y los lugares de esta puntual historia, cuando Muergo y el hijo de Mocejón se dieron aquella mano de _morrás_ en el portal de Sotileza.
[Ilustración]
[Ilustración]
XV
EL PAÑO DE LÁGRIMAS
El pobre Cleto andaba, andaba, calle arriba y calle abajo; del Paredón al portal, del portal al Paredón, diciéndose al comienzo de cada subida «de esta vez entro;» y llegaba junto á la puerta, y no entraba... y vuelta hacia el Paredón; y siempre con aquel clavo roñoso adentro, que se le hundía en lo más dolorido del pecho á cada paso que daba. Y aquel clavo era Muergo y el considerar que si había de echarle de la bodega para siempre á fuerza de bofetadas, con lo necio y lo forzudo que el monstruo era, ya tenía campaña para rato; y si al fin de ella, suponiendo que la campaña tuviera fin, resultaba que le cerraban la puerta á él por lo mismo que había tratado de barrerla de aquel modo, ¡lucida era la recompensa que obtenía por su empeño! ¡Si él tuviera amigos á quienes pedir un consejo! ¡personas de formalidad y de palabra, que le creyeran todo lo que él les contara de aquellas cosas que sentía despierto y soñando, á modo de «jirvor» que le salía de la entraña, y _rompía_ como una mar del noroeste, tan pronto contra la tapa de los sesos como contra las paredes del _arca_, en cuanto ponía los pensamientos en Sotileza... (y no la apartaba un punto de su memoria); y aquel cosquilleo que le entraba con sólo pensar en lo que él sería, arrimado para siempre á la bodega, y lo que temía llegar á ser si, después de haber conocido cosa mejor, no le sacaban pronto del quinto piso, ó no se resolvía á tirarse una noche por el balcón abajo! Bien apurada la materia, él no podía vivir sin lo uno ni con lo otro. Se acordó de Andrés, en cuya influencia entre las gentes de la bodega había pensado también otras veces para salir de sus ahogos; pero Andrés era protector de Muergo, y no se prestaría á ayudarle en un empeño que perjudicaba á aquel animalote. Ir derechamente con sus cuitas á los interesados en ellas, era aventurarse demasiado, porque, tras de no conocer bien las intenciones de aquellas gentes, él fiaba poco en la torpeza de su palabra y en la cortedad de su genio para pintar á lo vivo las «rompientes» consabidas de sus «jirvores,» y la fuerza y significación de los otros cosquilleos que le atormentaban.
Y así discurriendo, andaba ya, sin darse de ello la menor cuenta, calle de Rua-Mayor abajo; y llegó á la Pescadería, desierta á aquella hora; y continuó hacia la Ribera... y allí se encontró, tope á tope, con el padre Apolinar. ¡Nadie como aquel buen señor para oirle con caridad y apuntarle un buen consejo!
Le detuvo saludándole, gorro en mano, y le suplicó que le escuchara dos palabras que tenía que decirle.
--Si no son más que dos--díjole el fraile, al cabo de un rato que invirtió en recoger con las manos, puestas de canto sobre las cejas, la luz del farol más próximo, para conocer con sus ojos enfermos al suplicante,--ya me las estás diciendo. Si son muchas, ve soltándolas según andemos, ó dímelas en llegando á casa, porque estoy muy de prisa y no puedo perder el tiempo en la calle...
--Pus le diré en casa lo que tengo que decirle,--contestó Cleto virando de bordo y poniéndose al costado del fraile.
Éste vivía á la sazón en una de las casitas bajas de la Alameda de Becedo; de modo que, siguiéndole los pasos, tuvo Cleto que atravesar la ciudad por la cuesta de la Ribera y calle de San Francisco; precisamente la arteria más llena de los jugos vitales del Santander de entonces. Marejadas de _señorío_, y tiendas y más tiendas llenas de cosas y de luz, á babor y á estribor. Cleto no recordaba haber pasado por allí en todos los días de su vida; y tanto le sorprendieron el ruido y las maravillas del cuadro, que á pique estuvo de olvidar con ellas sus jirvores y hormigueos.