Sotileza

Part 13

Chapter 134,153 wordsPublic domain

El cual se aficionó tanto al arte, que después de volver á sus tareas de escritorio, continuó pintando por su cuenta en los ratos desocupados; y como su padre le comprara una caja de pinturas de las mejores (cinco reales y medio, ó seis á lo más, valían), de las mejores, repito, que se vendían en los Alemanes de la calle de San Francisco (negras, con tapa carmesí, barnizada), se dió á pintar cuanto Dios crió y se le metía por los ojos. Entonces pintó á don Venancio Liencres, de perfil, con _saco_ negro, sombrero de copa y bastón; á su madre (á la del pintor), con manteleta flecuda, gorra con plumajes y vestido rayado, de perfil también; á Luisilla, en adecuado atalaje, igualmente de perfil, y á la cocinera y á la doncella y al tenedor de libros... á todos de perfil y encarados á la izquierda, por no saber arreglárselas por el otro lado, y mucho menos con las figuras de frente. Después pintó sillas y bancos y mesas y el gato, y copió las flores del papel del comedor y las figuras de la baraja; hasta que, viéndole su padre con vocación tan decidida, trató de ponerle á aprender el dibujo, por principios, con Cardona, que daba lecciones en su taller del teatro; pero Tolín no estaba por _retroceder_ á los enojosos y lentos preliminares de escuela, después de llegar hasta donde él había llegado en el arte, y quiso continuar cultivándole sin más guía que su pertinaz inspiración. Proveyóse de papel de marquilla, que nunca había tenido, y se lanzó al paisaje. Entonces copió, á trozos y en detalles, cuanto se alcanzaba á ver desde su casa por delante y por detrás. Esta obra duró años; porque al mismo tiempo trabajaba con afición y aprovechamiento en el escritorio de su padre, y el panorama es enorme, y sus detalles eran infinitos. Solamente la casa de Botín con los sillares de sus arcos, uno á uno, y con las tabletas de sus persianas verdes, una á una, le llevó cerca de tres meses: háganme ustedes el Muelle, losa á losa; y la Catedral, canto á canto y teja á teja, y así la bahía con sus barcos y sus montañas del fondo; y el Alta, con su Atalaya y sus árboles; y la Maruca, y San Martín; y á ver quién es el guapo que se compromete á pintarlo en menos tiempo.

Cuando volvemos á hallarle sustituyendo á su padre en el escritorio, ya la manía iba cesando: solamente pintaba algunas cosillas de tarde en tarde; pero el fuego de su amor al arte adentro le ardía aún, puesto que para recreo de su espíritu, quebrantado por el peso de las tareas del entresuelo, se encerraba en su cuarto tan pronto como entraba en casa, y se pasaba media hora en la contemplación extática de dos docenas largas de obras de su pincel, que, «puestas en cuadro» como lo mejorcito de la colección, adornaban las paredes. Allí estaban, años hacía, siendo la admiración de todos los que en la casa moraban y á la casa concurrían, con el respectivo rótulo al pie, en letras como cerojas, que decía así:

LO HIZO ANTOLÍN LIENCRES (DE AFICIÓN) EL AÑO DE MIL OCHOCIENTOS Y TANTOS

Y por si no era bastante el paréntesis del rótulo para ponderar el mérito de la obra, don Venancio, su señora, su hija, la doncella... cualquiera persona que, con cualquier pretexto (y entonces abundaban), introdujera á un visitante en aquel cuarto, tenía muy buen cuidado de decir, señalando cuadro por cuadro:

--Ésta es la Capitanía del puerto; ésta es la casa de Botín; éste es el castillo de San Felipe, con su catedral detrás; ésta es la lancha del Astillero, cargada de pasaje, á remo y á vela á un mismo tiempo... ¿Qué propio está todo, eh?... ¡Parece que está hablando cada cosa de por sí!

Y de añadir en seguida:

--Pues mire usted, todo lo pinta de afición. Jamás ha tenido maestro ni le ha querido... ¿Para qué, haciendo lo que él hace y sabiendo lo que sabe?

Andrés se dió muy pronto por vencido. Verdad que no le hurgaba mucho las entrañas el pundonor artístico. Cuando Luisilla vió á su hermano pintar barcos por debajo de la pata, y hasta despilfarrarlos como detalles decorativos de sus paisajes, dijo una noche á Andrés:

--Aprende, aprende, hijo. ¡Esto se llama pintar barcos... y botes!

--Mejor es manejar bien los de verdad, como yo los manejo,--respondió Andrés.

--Y andar con marinerotes... ¡y con marinerazas!--replicó Luisa con mucho retintín.

Andrés se puso muy colorado, porque era la verdad que se alampaba por la compañía de esas gentes y por aquellas diversiones.

Las que le absorbían el seso á Tolín, juntamente con el cambio operado en sus costumbres públicas, por obra del tiempo que iba corriendo y de las condiciones enclenques de su naturaleza, fueron apegándole de tal modo al rincón de la casa, que aquellas tertulias nocturnas del tiempo de su convalecencia llegaron á ser para él una verdadera necesidad. Ni con agua hervida se le podía echar á la calle en cuanto se encendían los faroles públicos.

El núcleo de su tertulia le componían Luisa y Andrés. Algunas veces se arrimaban allá tres ó cuatro amiguitos y amiguitas de la vecindad; pero esto ocurría pocas veces, sin pena alguna de los otros, que se encontraban muy á su gusto estando solos. Por lo común, mientras Tolín pintaba, Andrés refería lo referible de sus aventuras marítimas, y Luisa atendía á la pintura y á los relatos, sin perder una pincelada ni una frase.

Algunas veces metía su cucharada en las dos cazuelas, y decía, por ejemplo, á su hermano:

--Me parece que ese verde es más de lechuga que de mar.

Ó interrumpía á Andrés con estas palabras:

--Pues eso no le cae bien á un muchacho decente como tú. Á lo mejor, hueles á esas pringues de lancha... y puede que también digas cosas feas cuando nosotros no te oímos.

Andrés, porque quería de veras á Tolín, concurría con asiduidad á aquella tertulia, en lo cual se complacían mucho su madre (la capitana) y don Venancio Liencres, á quien el hijo de Bitadura estaba más obligado cada día. Porque si le hubiera dicho quien tenía autoridad para ello: «pásate esas dos ó tres horas que se te conceden de libertad por la noche, donde más te agrade,» ¡oh, entonces!... entonces, sin abandonar por completo á Tolín, no frecuentara tanto su casa, con la pejiguera de mudarse la camisa un día sí y otro no, y el riesgo, entre otros, siempre gravísimo para él, de tropezarse á lo mejor con la señora de don Venancio, tan seria y estirada, y tener que saludarla muy atento y cortés, en la seguridad de no ser respondido más que con una palabra, y esa corta y seca. Bastante más le consideraban y se divertía en la bodega de la calle Alta, y junto á la Capitanía del puerto, ó en la punta del Muelle, ó en los Arcos de Hacha; donde quiera que hubiera marineros desocupados y en corrillo. ¡Conocía y trataba á tantos de ellos!...

Según fué creciendo, las llamadas conveniencias sociales le obligaron á guardar un poco más la distancia; pero no por eso perdieron una pizca de fuerza sus inclinaciones: antes bien, se afirmaban y crecían con él, lo cual era crecer mucho, porque Andrés crecía y ensanchaba que era una bendición de Dios. Á los diez y siete años rebasaba de la talla más de dos dedos, y alzaba en el almacén una quintalera en cada mano hasta más arriba de las caderas. Remando, daba torno al marinero más forzudo, y gobernaba el aparejo de un bote ó de una lancha con singular destreza. Ni sures ni vendavales le imponían; y contra vientos y mareas bregaba triunfante, y no sólo impávido, sino gozoso. Yo no sé qué demonio tenía la mar para aquel muchacho; parecía de la naturaleza de los perros de lana: en cuanto la veía, ya estaba buscando un pretexto para arrojarse á ella. Conocía las corrientes, las puntas de arena y todos los misterios de la bahía, como el mejor práctico, y había corrido en ella cuantos riesgos y temporales pueden correrse por nieblas, varaduras y vientos desencadenados... En fin, que se la sabía de memoria. Entróle comezón de ir aprendiendo algo de mar afuera, y para lograrlo no desperdiciaba ocasión. La primera se la ofreció la casualidad.

Las lanchas de práctico no tienen tripulantes fijos, y se echa mano de los primeros que se presentan. La remuneración es tal cual. Por un _limonaje_ á un barco que pase de ciento cincuenta toneladas, se le cobran doscientos veinte reales, de los cuales ciento son para el práctico, soldada y media para la lancha, y el resto para repartir entre los marineros. Cada día entran dos prácticos de servicio, los cuales deben estar, una hora antes de amanecer, en la boca del puerto; y no pueden retirarse hasta otra hora después de anochecido. Si el servicio de estas dos lanchas no alcanza, avisa el práctico mayor, para los casos extraordinarios, al patrón ó á los patrones que se necesiten, por riguroso turno.

Al ocurrir un caso de éstos, una tarde de día festivo, se hallaba Andrés echando un párrafo con algunos mareantes á la puerta de la Zanguina. Faltaban dos hombres para completar la tripulación de la lancha, que debía salir á tomar el barco en el Sardinero; el caso era de urgencia, y el práctico se impacientaba. «Esta es la mía para ver algo de _eso_,»--pensó Andrés. Y se brindó generosamente á tener por un lado. Considerábanle allí mucho por ser hijo de quien era y por la veta que sacaba; y con todos los miramientos y salvedades de rigor y de cortesía, se aceptó la proposición con entusiasmo. Como si al mozo le hubiera tocado la lotería, corrió al Muelle delante de los que corrían más; saltó á la lancha el primero; armó su remo en la banda más floja; largó la tuina debajo del banco; afirmó los pies en el delantero... y ya estaba en sus glorias. La lancha, boga que boga, salió del puerto; tomó el barco al oeste de la Peña de Mouro, y después de quedar amarrada al costado, Andrés subió á bordo con el práctico. ¡Otro cachito de gloria, enteramente nueva, para el animoso muchacho! ¡Abocar al puerto sobre el puente de un bergantín con toda su lona al viento, y presenciar las maniobras de á bordo, y las ansiedades del capitán, con el ánimo esclavo de los mandatos y las señales del práctico; y oir el áspero rechinar de la garrucha, y el cántico triste y cadencioso de los hombres que _cobran_ la escota; y el ruido de los que corren, y la voz que los manda, y el rumor de la estela; y sentir en la cara el aire que mueve una vela al ser braceada, y en los pies el efecto engañoso del lento cabeceo del bergantín, al deslizar su quilla entre las ondas que él mismo agita siguiendo el rumbo que le traza el diestro timonel; y saborear, en la misma colmena, las dulzuras de la inexplicable, misteriosa armonía que llega á producir este conjunto de ruidos, colores y movimientos!

El lance le engolosinó de tal modo, que le repitió en adelante muchas veces: siempre que tuvo ocasión de ello; ya que no remando en la lancha del práctico, como curioso agregado á su tripulación.

He vuelto á citar la Zanguina, la famosa taberna marinera del Cabildo de Abajo, cuya procedencia ignoran hasta los mismos viejos que la frecuentan todavía, y no llegaron á conocerla en los Arcos de Dóriga, donde se dice que la estableció por vez primera, y con el mismo nombre, un capitán negrero que con los relatos de sus aventuras crispaba las greñas de los rudos mareantes que le escuchaban. Pues para asistir á la Zanguina, siquiera dos veces por semana, á las horas de _sesión_, cercenaba Andrés el tiempo necesario á la tertulia de Tolín, al fin ó al comienzo de ella, según las estaciones y las _costeras_. Tolín lo sabía; su hermana, no. Pero á ésta la engañaban entre los dos con una mentirilla cualquiera, á fin de que don Venancio ignorase el suceso. Porque el demonio de la muchacha, que ya iba pasando de niña, había dado en la flor de meterse en las cosas de Andrés, como si le importaran mucho; y con unos reparos y unos aspavientos y unas advertencias, tan escrupulosos y tan encarecidas, que solamente podía explicárselo el hijo del capitán Bitadura por la razón de ser Luisa hija de su madre, tan celosa del lustre de su casa y del bien parecer de los que andaban en ella.

Á la Zanguina iba Andrés, porque en la Zanguina vivían, más que en sus propios domicilios, los mareantes del Cabildo de Abajo. Por allí pasaban para ir á todas partes, y por allí volvían; y allí descansaban y allí departían; allí tomaban la mañana, y las nueve, y las diez, y las once, y la sosiega; y torcían sus aparejos, y compraban la parrocha, y levantaban empréstitos, y dejaban sus ahorros; y allí, al volver de la mar, cargados con las artes y la ropa de agua, aguardaban las mujeres á sus maridos: las de los malos, para llenarlos de improperios á cambio de algunos bofetones; las de los buenos, con la comida en la cesta y el hijo más chiquitín en el otro brazo; porque estos marinerotes, aunque no tan finos de piel ni tan pulidos de palabra como los pescadores de poema, también gustan de tener sobre las rodillas al retoño más menudo, y darle el bocadillo más sabroso, á la vez que ellos se zampan, aunque en lugar extraño, la puchera doméstica, sobre todo cuando cuentan con no cruzar las puertas de su casa en dos ó tres días, lo cual acontece durante las campañas de mucha brega, como las del besugo. Allí preparaban entonces sus artes para la madrugada siguiente; y allí, por tanto, encarnaban los innúmeros anzuelos de sus cordeles besugueros; y allí se embobalicaba Andrés viendo con qué primor iban los pescadores colocando en el fondo de la _copa_ los anzuelos _encarnados_, contra las paredes los reñales, y sobre los bordes el cordel. Ya había estudiado esta materia en la calle Alta; pero no es lo mismo vérselo hacer á un hombre solo, en el silencio de su hogar, que á muchos hombres á la vez, entre el ruido de las conversaciones, el interés de los relatos, el tufillo de la taberna y á la luz de los reverberos.

¡Cuánta gente conoció allí; cuántos caracteres estudió; cómo fué aprendiendo el nombre y la aplicación y el manejo de cada cosa; las zunas y las virtudes de cada mareante; la constitución del gremio, su tesoro, sus deudas; los intríngulis de cada familia; sus alegrías, sus pesadumbres!... Porque ¡aquéllas sí que eran casas de cristal, y no las que habitan y tanto nos encarecen esos señorones públicos, cuyas vidas son un misterio indescifrable, á pesar de la imaginada transparencia de sus conchas! Aquello era propia y materialmente vivir y pensar á gritos, en mitad del arroyo.

Allí conoció también al Falagán _reinante_ á la sazón, de la tradicional dinastía de los Falaganes de Cueto, en la cual venía vinculado, y aún viene en estos tiempos, el servicio de vigías de Cabo Mayor; servicio que se reduce á encender en él hogueras cuando hay sur en bahía ó rompe la mar en la costa, para advertírselo con el humo, si es de día, y con la luz, si es de noche, á las lanchas que están pescando afuera.

Aunque no con todos estos pormenores que se van narrando, Bitadura y su mujer conocían las geniales aficiones de Andrés, y estaba muy distante el capitán de condenarlas. Pero la capitana las tenía entre ceja y ceja á todas las horas de Dios.

--Ya lo ves--la decía su marido.--La veta de ese muchacho es de la casta: pez de la mar, desde los pies á la cabeza. ¡Mira si tenía yo razón cuando quería enseñarle á navegar!

--Cierto--respondía la capitana.--Pero, por de pronto, le tengo á salvo de borrascas y tiburones; y eso vamos ganando.

--Ni siquiera eso... ¡ni tanto como ello!--replicaba Bitadura;--que puede el mejor día ponérsele el bote por montera... ¡Y mira que es gloria el acabar ahogado en una palangana, cuando se pudo morir entre los huracanes de la mar! Pero, en fin, lo quisiste; y ya que te saliste con la tuya, no me pesa verle como le veo. Es fuerte, es guapo, tiene corazón... y para eso son los hombres, mejor que para zarandear las arrastraderas, con las manos enguantadas y el pescuezo entre dos foques almidonados, en salones y paseos... No falte él á sus deberes, como no falta, y, te lo repito, me gusta la hebra que va sacando. Lo que siento es que, por andar á escondidas para muchas cosas, las haga de prisa y mal; y hacerlo mal y de prisa donde él lo hace, es muy peligroso, porque puede irle en ello la vida... ¡Sobre esto hay que hablar, Andrea!

--Y sobre lo otro también,--replicó la capitana con ahinco.

--¿Y cuál es lo otro?

--Lo otro es que no hay quien le despegue de esa condenada bodega de la calle Alta.

--¿La de Mechelín?... ¡La casa más honrada y pacífica de todo el Cabildo de Arriba! Allí bien está... mejor que en la Zanguina, donde le he visto yo una noche al pasar por delante de la taberna.

--¡También á la Zanguina!... ¡y por la noche! Pues ¿no va á casa de don Venancio?

--Por lo visto, hace á todo el ángel de Dios. ¡Si te digo que saca una filástica!... Pero no te apures por lo de la Zanguina, porque eso corre de mi cuenta.

--Pero ¿qué dirán en casa de ese señor?

--No saben nada del caso... Y si lo supieran, ¡qué demonio!... ¿les he entregado yo el hijo para que les haga la corte á todas horas? Pues mírate: entre los dos extremos, más le quiero con resabios de Zanguina, que plagando la casa y la ciudad de mascarones pintados con añil y yema de huevo, como hace el otro.

--Yo me entiendo, Pedro.

--También me entiendo yo, Andrea... y también te entiendo á tí; sólo que tampoco en eso vamos conformes. Lo que esté de Dios, á la mano ha de venirse; y lo que no venga de ese modo, ni debe buscarlo él, ni debes forzarle tú para que lo busque; porque ni lo necesita, ni, si me apuras un poco, le conviene... Y basta de conversación.

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XIV

EL DIABLO EN ESCENA

Precisamente muy pocas horas después de ella, fué cuando Andrés se decidió á manifestar á su padre uno de los deseos, de los pocos deseos más voraces que sentía: tener un bote suyo, ó la mitad siquiera, como muchos jovenzuelos de su edad. Porque entonces había una escuadrilla de elegantísimos esquifes particulares (que se fondeaban enfrente del café Suizo), como ahora hay caballos de regalo y coches de fantasía. Procuró suavizar las asperezas que pudiera llevar consigo la pretensión, declarando á su padre que arrimaría á la compra todos los ahorros que había hecho de los sueldos y gratificaciones ganados en el escritorio. Sonrióse el capitán y le ofreció el regalo de un esquife nuevo, á condición de que no volviera á la Zanguina más que de tránsito y en los casos de necesidad; porque necesidad de darse una vuelta por la Zanguina, la tenían cuantas personas de _abajo_ eran dueñas de bote, ó aficionadas siquiera á los placeres de bahía. Andrés aceptó de buena gana la condición; y con las instrucciones del mismo Bitadura, le construyó _Lencho_ un esquife, aparejado de balandro, tan esbelto y sutil, que navegaba solo.

Por entonces empezó tío Mechelín á adolecer de muchos achaques que á menudo le impedían salir á la mar, y aun le postraban en la cama. Los míseros ahorros se agotaron, y en la bodega comenzaron á sentirse varias necesidades, porque la labor de las mujeres no daba para cubrirlas todas. Andrés lo observó con mucha pena, sobre todo cuando se convenció de que los achaques del honrado pescador eran lacras del oficio enconadas por el peso de los años; es decir, de las que no tienen cura y piden grandísimos cuidados para ir pasando el enfermo, poco á poco, el último y breve tramo de la vida.

--Yo no sé--decía una tarde tía Sidora á Andrés, con los ojos empañados, mientras su marido se quejaba, tendido sobre la cama,--cómo, mirándose en este espejo, hay hombre tan dejao de la mano de Dios que se mete en este oficio. ¡Enfeliz! ¡Cincuenta años largos de bregar en esos mares, con fríos que aterecen, con soles que abrasan, con vientos, con lluvias, con nieves; poco descanso, una pizca de sueño; y vuelta á la lancha antes de romper el día; y cierre usté los ojos por no ver la estampa de la muerte que se embarca primero que naide, y va siempre allí, allí, con los enfelices, pa acabar con toos ellos cuando menos lo esperan y onde no hay otro amparo que la misericordia de Dios! Mire usté, don Andrés: yo no sé qué me pasa cuando me regatean cuarto á cuarto una libra de merluza en la plaza, gentes que tiran un duro por un pingajo que no necesitan. ¡Si supieran lo que cuesta sacar aquel pescao de la mar! ¡Qué peligros! ¡Qué trabajos!... ¿Y pa qué, señor? Pa que el primer día que el enfeliz mareante se quede en la cama, no tenga su familia que comer... por honrao y trabajador que sea, como este venturao, que no tiene un mal vicio... ¡Si hubiera habido ahorros pa una barquía tan siquiera!... Ya ve usté, dos mil reales en cincuenta y más años de brega, no es mucho pedir... Si hoy tuviéramos esa barquía, en días de salú saldría Miguel con ella á la badía, si no le era posible salir más ajuera; y cuando no, el barco mesmo lo ganara pescando otros en él, y de ese quiñón comeríamos en casa. ¡Pero ni eso, don Andrés, ni eso! Y yo no tengo jornal todos los días: me faltan ojos ya pa la costura, y la poca que dan en la calle á esta desgraciá, que es mi consuelo y mi ayuda, la pagan mal y cuando los paece...

Sotileza, que se hallaba presente, no apartaba los ojos de tía Sidora, sino para ponerlos en los humedecidos de Andrés.

El cual, tan pronto como salió de allí, habló larga y elocuentemente con su padre, que conocía mucho á tío Mechelín y estimaba de veras sus honrosas cualidades.

Por conclusión de lo que trataron padre é hijo, dijo al segundo el primero:

--Que no lo sepa tu madre, porque no mira esas cosas por el lado que nosotros; pero hay que proporcionarle á Mechelín la barquía que necesita.

Y tío Mechelín la tuvo muy pronto; y desde aquel día reverdecieron las mustias alegrías de la bodega de la calle Alta, y fueron en ella Andrés y el nombre de su padre hasta venerados. Por entonces dijo á Sotileza tía Sidora:

--Mira, hijuca: haz por ser desde hoy un poco placentera de semblante y de palabra con esa persona, que es una onza de oro de por sí, siquiera porque no piense que somos ingratos. No es que tú le quieras mal, que bien sé yo que no hay ná de ello; pero la cara no debe tapar nunca lo que pasa por adentro, ni aunque lo de adentro sea malo, cuanto más siendo bueno.

Porque es de saberse que, aunque entre Andrés y Sotileza había grande intimidad, era ésta casi toda á expensas del carácter franco y comunicativo del primero. Sotileza no era mucho más expresiva con él que con las demás personas que la trataban, con la monstruosa excepción de Muergo; pero como, con respecto á Andrés, ningún malquerer tenía que disimular la arisca rapaza, que ya iba tocando en los límites de la belleza á que llegó poco después, se prestó de buena gana á hacer el esfuerzo que le reclamaba la más agradecida que experta marinera. Cuyo asombro no tuvo medida cuando reparó que, según iba subiendo la afabilidad de Sotileza con Andrés, bajaba la de Andrés con Sotileza, y hasta iba cercenando poco á poco sus visitas á la bodega. ¿Qué demonios pasaba allí? ¿De qué se había resentido un mozo tan caballero y tan campechano en quien todos adoraban? ¿No los juzgaría ya merecedores del bien que les había hecho? ¿Pues no veía cómo le saboreaban y se nutrían de él, y á su amparo conllevaba alegre todo el peso de sus plagas el achacoso marinero, sin que le robara el sueño la visión del hospital para remate de sus días, y cómo aprovechaba la menor tregua en sus dolores para ganar un quiñón más con el trabajo de su persona, porque ese era su deber? ¿No iba á menudo desde la humilde bodega á la casa del capitán, poco, pero lo mejor de lo escogido entre lo mejor de la pesca del día, no en pago del beneficio recibido, pues éste no tenía precio, ni el bienhechor le hubiera cobrado jamás, sino en testimonio de que el pedazo de pan no había caído en estómagos ingratos? Y si no era esto ó algo que pudiera parecérsele, ¿qué era? Y en vano se consumía y se devanaba los sesos tía Sidora; y entre tanto, cuanto más reparaba en Andrés, más cambiado le encontraba.