Part 12
Y es de advertir que el matrimonio de la bodega no miraba con malos ojos la bien notoria afición que iba tomando Cleto á Sotileza. Cleto era trabajador, honradote, sano y robusto como una encina, y hasta sería guapo y buen mozo el día en que cayera en manos que cuidaran de él y le asearan con cariño. Demás de esto, estaba abocado á una herencia de media barquía, si Mocejón no malvendía la suya antes de morirse. ¿Qué mejor acomodo para Sotileza, si Sotileza llegara á aceptarle un día sin repugnancia?... ¡Repugnancia! ¿Y por qué había de sentirla la desvalida huérfana? Cierto que, en opinión de los cariñosos viejos, puesta Sotileza á valer, no había oro con qué pagarla, ni marqués que la mereciera; pero la pasión no les cegaba hasta el punto de desconocer que los marqueses cargados de oro no habían de llamar jamás, con buen fin, á la puerta de la bodega. Y no contando ni debiendo contar con una ganga semejante, ¿las había mucho mejores que Cleto para Sotileza en el Cabildo de Arriba? Por supuesto que ellos no pellizcarían la lengua de Cleto para que rompiera á cantar lo que el mozo sentía; ni hurgarían el oído de la muchacha con alabanzas de su pretendiente, para conquistarla la voluntad; pero se guardarían muy bien de ponerle estorbos en la puerta, y mucho más de írsela cerrando poco á poco.
De modo que si aquella súplica reverente que tantas veces tuvo Cleto entre los labios, llega á salir de su boca, tal vez no hubiera sido desairada por tío Mechelín, ni quizá por su mujer, dejándose arrastrar éstos solamente del impulso de sus propios corazones. Pero había otros miramientos á qué atender; y uno de ellos, no el de menor importancia, era el haberse negado tenazmente á la misma pretensión insinuada por Sotileza más de dos veces á favor de Muergo, desde que éste, apenas matriculado en el gremio y ya rayando en los diez y seis años, perdió á su madre, de resultas de una caída en la Rampa Larga, subiendo cargada de sardinas... y de aguardiente. Sotileza, pues, perseveraba en los mismos propósitos de Silda, de amparar al hijo de la Chumacera, tan necesitado, en opinión de la caritativa muchacha, de una voluntad que le rigiera y le apartara del mal camino á donde podían llevarle los resabios que heredaba de su madre, y la soledad y el abandono en que últimamente vivía.
Y el bruto de Muergo explotaba bien estas inexplicables blanduras de la antigua víctima de sus barbaridades en el Muelle de las Naos y en la Maruca. Particularmente desde que era huérfano de padre y madre, no se pasaba día sin hacer una visita, bien larga y aprovechada, á la bodega de su tío. Como pudiera remediarlo, la visita era á las horas de comer ó de cenar, porque en estas ocasiones siempre sacaba mendrugo para su estómago insaciable. Vivía en la calle del Medio, arrimado á una familia que le daba un jergón y la comida por poco menos de lo que él ganaba de _compañero_ en una lancha del Cabildo de Abajo: la tercera que había conocido desde que fué colocado de _muchacho_, como ya se dijo, en la de tío Reñales.
En sus visitas á la bodega de la calle Alta, se encontraba muy á menudo con Cleto. Se aborrecían de muerte; y estaban ambos allí como dos mastines delante de una sola tajada. Para Muergo, la tajada era todo cuanto encerraba la casa, por el temor de que el otro sacara de ella, aunque fuera en buenas palabras, lo que no alcanzaba para satisfacerle á él. Para Cleto, la tajada parecía ser la grosera monstruosidad del hijo de la Chumacera, que le hacía aborrecible, y mucho más en aquel sitio. Cierto que le consolaba poco la no disimulada complacencia con que el viejo matrimonio le ayudaba á contradecir el menor conato de dictamen que apuntara, entre gruñidos, el estúpido marinero; mas este consuelo se le amargaba el decidido tesón de Sotileza en amparar á Muergo siempre, con razón ó sin ella; y ésta era la verdadera causa de la aversión que sentía hacia el hijo de la Chumacera el mozo del quinto piso.
Porque por sí solas la grosería y la monstruosidad de Muergo... ¡Oh, la monstruosidad de Muergo! ¡Había que considerarle bien á la edad de diez y nueve años, época en que vuelve á aparecer Sotileza tal y como se ha presentado al comienzo de este capítulo! Desde que le perdimos de vista, todo había crecido en él á un mismo tiempo: la gordura de sus labios; el estrabismo de su mirada; la anchura y remangamiento de su nariz; la espesura de sus crines; el vuelo de sus orejas; la blancura de sus dientes ralos; la bóveda de sus espaldas; la intensidad del color cobrizo de su piel; su natural obesidad adiposa, que había llegado á relucir como cuero de etiope; la aspereza salvaje de su voz; su estupidez... todo, en suma, tanto físico como moral, se había agrandado y robustecido en su persona; y para que nada faltase á la armonía de este conjunto de monstruosidades, todo él iba envuelto, de ordinario, en una flotante camisa de bayeta verde, muy peluda; unos calzones pardos y un gorro catalán, verde también, con la vuelta encarnada. Con este atavío lanudo y tieso, y su andar lento y oscilante, parecía un oso polar, suponiendo que en el polo hubiera osos verdes de medio arriba, y pardos de medio abajo. No había cosa más decente á qué compararle.
Sotileza le había predicado mucho que ahorrara para _echarse_ un vestido bueno de día de fiesta, y ya tenía parte de él; pero no quería estrenarlo sin la chaqueta y la boina que le faltaban y contaba tener dentro de mes y medio, allá por la fiesta de los Mártires, patronos de su Cabildo. Antes pudo haberle estrenado; pero le tiraba mucho _la Zanguina_, famosa taberna de los Arcos de Hacha; y en la Zanguina quedaban casi todos los ahorros de Muergo; y no todos, porque no se le cobraba su deuda entera de repente. Muergo era bebedor; pero con el miedo de perder el amparo de las gentes de la bodega, dominaba bastante el vicio. Aguantaba sereno medio barril de aguardiente; pero cuando se emborrachaba era una fiera. Por eso, los mismos camaradas, que cuando estaba en sus cabales le acribillaban á burlas impunemente, en cuanto le veían borracho huían de él. Entonces era capaz de las mayores barbaridades, por sangrientas que fueran.
Por lo demás, era alegrote, fuerte en el trabajo, bastante placentero, y duro de salud.
¡Y qué lejos estaba de maltratar á Sotileza como había maltratado de muchacho á la niña Silda! La poca razón que cabía en su mollera, algo de vil interés, y mucho del influjo necesario de la naturaleza misma, que iba hablando á sus carnazas á medida que la huérfana de Mules crecía y se hermoseaba y le ofrecía con incansable perseverancia los únicos testimonios de cariño que había gustado en su vida, le habían ido amansando y abatiendo poco á poco, hasta sentirse esclavo de la voluntad de la garrida muchacha, como se rinde fascinada una bestia bravía á las caricias de la gentil domadora.
Con este símil, y no de otro modo, hay que explicar el mutuo afecto de estos dos seres tan distintos entre sí. En él obraban, como causa, el interés egoísta y el poder incontrarrestable de una ley misteriosa; en ella, la fuerza de un propósito temerario, primero; y después, la satisfacción ó la vanidad del triunfo conseguido.
--¡Mira, hijuca--la dijo un día tía Sidora,--que ese mimo con que tratas á esa bestia te ha de costar caro... porque la cabra siempre tira al monte, y de jugar con lobos no se saca más que arañazos y mordiscos!... No lo digo por el pan que me come, porque tú lo deseas y eso me basta... Pero ¿por qué no me mandas que se le dé á otra boca que más le merezca?
--Muergo le merece,--contestó la muchacha.
--¡Merecerle ese móstrico de Satanás!... ¿Por qué?--exclamó la marinera.
--Porque sí,--respondió secamente la otra.
--Mejor razón que esa deseara yo; pero aunque valga lo que tú quieras, mejores las hay en contrario, y ciego será quien no las vea... Sólo que hay que nacer con suerte, y ese animal la tuvo contigo dende que debistes aborrecerle... ¡Mal año pa las enjusticias contra la ley de Dios! Y mira que no me llegara la tuya tan al alma, si no te viera negar hasta los «buenos días» al venturao de arriba, que es un peazo de pan, de pies á cabeza, cuando ná te paece bastante para el cerdo de mi sobrino.
--Cleto es de mala casta.
--¡Pues mira que el hijo de la Chumacera!...
--Cada uno tiene sus gustos.
--Y los viejos mucha experencia, hijuca, y hasta la obligación de aconsejar á los mozos, cuando los mozos no van por el camino derecho.
--¿Y qué mal hago yo en mirar con caridá por quien es aborrecible á todos?
--El mal de dar alas á quien no debe volar con ellas.
--¡Porque es feo!
--Porque no es bueno.
--No roba ni mata.
--No le ha dao por ahí; que si le da, no será el entendimiento quien se lo estorbe. Y ten entendido que á Muergo, más que por feo, se le aborrece por burro con zunas.
--Otros las tienen y son bien vistos.
--Porque tamién tienen prendas de estima... Y mira, hijuca, no te ofendas ni te me enfades; pero más te dijera sin el temor de que pienses que lo que ese animal nos come, por tus blanduras, es lo que á mí me duele para hablar como hablo.
Y tras estas palabras, como Sotileza callara, sentáronse ambas, por mandato de tía Sidora, á concluir de _pegar_ un paño á una saya vieja de ésta, porque al día siguiente era domingo, á la luz del candil, colgado de un clavo en la pared, junto á la alcoba matrimonial.
En esto bajaba Cleto de su casa, y tropezó con Muergo que entraba en el portal; y como si el primero hubiera estado oyendo las amonestaciones de tía Sidora á Sotileza y ellas le inspiraran tan súbita resolución, dijo á Muergo muy callandito, pero con suma vehemencia, mientras le agarraba con ambas manos por la pechera del elástico peludo:
--¡Quiero que no güelvas por aquí más!
--¡Puño!--respondió Muergo, también por lo bajo.--¿Y quién eres tú pa mandar esas cosas?
--¿Te güelves ó no te güelves por onde has venío?--insistió Cleto sin soltar al otro.
--¡No, puño!--respondió el del Cabildo de Abajo.
--Pus te voy á dar dos morrás... Pero no grites anque te salte las muelas... Tampoco yo gritaré.
Y como lo dijo lo hizo. Sonaron dos golpes secos, y después otros dos por el estilo, entre un rumor confuso de interjecciones groseras y de jadeos de la respiración; luégo otro golpe más recio y sonoro, como el de una cabeza contra el portón de la calle; casi al mismo tiempo, una blasfemia de Muergo, medio en falsete... y todo volvió á quedar silencioso en las tinieblas del portal, entre las cuales escupía Muergo más sangre que saliva, y se palpaba los dientes uno á uno, por ver si los conservaba enteros; mientras Cleto, después de haber desahogado un poco su veneno, se largaba calle abajo, temeroso de lo que pudiera ocurrirle en la bodega, si entraba en ella á la vez que el otro, y el otro contaba lo sucedido, ó lo adivinaban las de adentro sin que lo contara nadie.
Pero Muergo no estaba de humor de referir cosa alguna de esa especie; y como en una cara como la suya significaban muy poco unos cuantos flemones de más ó de menos, nada le preguntaron las mujeres por los tres que se alzaban bien altos alrededor de la bocaza. Dió las buenas noches en un gruñido, y preguntó por su tío.
--Salió á por tanzas pa la sereña,--respondió su mujer.
--¿Hay ujana?
--Se sacó por si acaso.
--Pus que apareje trempano la barquía, porque mañana iremos á barbos dempués de la primera misa, antes que apunte la marea. Si él no puede, que se quede en la cama, porque tamién vamos yo y Cole. Ese recao traigo... ¡ju, ju, ju!
--¿Cómo no vino el mesmo don Andrés?--preguntó la marinera.
--Dijo que estaba muy ocupao... ¡Puño, qué pilás de duros encima de aquella mesa!... ¡Me valga!... ¡Se podía anadar entre ellos... y ajuegarse tamién!... ¡ju, ju, ju!
Llegó en esto tío Mechelín. Andaba más perezoso y abatido que años atrás. Faltábale también en el rostro aquella expresión de regocijo con que le conocimos. Repitiéronle el recado que había traído Muergo, y añadió su mujer:
--Si no estás pa ello, quédate en la cama. Muergo y Cole han de ir de toas maneras.
--Estoy pa ello--respondió el pescador mirando á Sotileza, que parecía animarle con los ojos.--Lo que siento es, dicho sea sin agravio de naide, que pa estas cosas se alcuerde más don Andrés de los de Abajo, que de las mesmas gentes de acá que andan con uno en la barquía... Los hombres lo sienten: la verdá sea dicha. Pero son fantesías de aprecio á otros, que hay que respetar.
--Pues si á respetos no fuéramos, Miguel--repuso la marinera,--y á respetos de otra clase, ¿quién mejor, pa ayudarvos en tales días, que ese venturao de Cleto?
--¡Uva!--respondió tío Mechelín.
Al oir el nombre de Cleto se revolvió Muergo sobre el escabel, como un oso hurgado por el espinazo.
--¿Qué tienes, burro?--le preguntó su tío.
--Ná que le importe,--respondió Muergo.
Cole era un pescador valiente y entendido, que años antes fué un pillete que el lector conoció, con el mismo nombre, en casa del padre Apolinar. No son raros tales casos entre los mareantes santanderinos. Díganlo, sin salirnos del término de nuestro relato, Guarín, Toletes y Surbia, otros tres raqueros transformados con los años en pescadores de empuje y de vergüenza. También salió cosa buena para el oficio Colo, el de la calle Alta, después que dejó el latín y fué recogido en la casa de Caridad el energúmeno de su tío.
Entre tanto, Cafetera, Pipa y Michero estaban en la Carraca, purgando la _equivocación_ de tomar por objeto de lícito raqueo un cronómetro de bolsillo, perteneciente á un barco atracado al Paredón de la Dársena, é imperaba en el Muelle-Anaos otra generación de raqueros, capitaneada por cierto _Runflas_ y un tal _Cambrios_, fatalmente destinados á recoger las llaves de aquel memorable holgadero; porque ya algún trozo de la escollera de Maliaño comenzaba á asomar el lomo por encima de las más altas mareas, con espanto de las _bogas_ que huían de aquellas playas, sabe Dios á dónde, para no volver más á colmar con sus rebaños las barquías de los pescadores santanderinos; los terraplenes del ferrocarril llegaban á mucho andar y amenazaban ya al mismo Muelle de las Naos por la casa de baños de Calderón, desde cuyos balcones, los que esperaban turno para zambullirse en las marmóreas pilas, entretenían sus impaciencias escupiendo por última vez sobre el agua del mar que lamía las paredes del edificio por aquella fachada y la del Nordeste, y golpeaba á menudo las repisas; porque se barruntaba la locomotora asomando por la peña del Cuervo, tendidas al aire sus largas, serpeantes y blanquecinas guedejas, conduciendo en sus entrañas de fuego los gérmenes de una nueva vida, y barriendo al pasar los usos y costumbres que habían imperado aquí durante tantos, tantísimos años de un no interrumpido y patriarcal sosiego, y al Cabildo de Arriba sólo le quedaba una charca para fondear sus embarcaciones, y un boquete en el terraplén para sacarlas á bahía.
En la misma calle Alta se habían sustituído más de tres de sus edificios vetustos con otros tantos flamantes de balcones de hierro y paredes blancas; y allí se estaban, opresos y reventando, y haciendo tan triste papel como los dientes de porcelana en una dentadura podrida. Para el castizo gremio de pescadores, todas estas cosas eran motivo de serias cavilaciones y barruntos de un temporal deshecho que se les iba encima; pero se anticipaban á capearle, dando la cara á otro viento y haciendo como que no veían el peligro; no hablando una palabra de él, y extremando su añeja costumbre de vivir encerrados en sus conchas, sin tratos con lo terrestre y sin ver ni saber más de positivo del centro de la población, que de la cueva del _Ojáncano_ ó de las «Serenitas del mar.»
Y de todo ello y mucho más tenían la culpa aquellas «aventuras de loco,» de que nos hablaba don Venancio Liencres, incrédulo y asombrado, y en las cuales se había ido metiendo hasta el cogote el comercio santanderino... ¡Mayor pobre hombre!...
[Ilustración]
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XIII
LA ÓRBITA DE ANDRÉS
Bastó con que le buscaran con arte las cosquillas de sus debilidades, para ser el primero en acudir á las juntas preparatorias, y el primero en hablar en ellas para ponderar las ventajas incalculables de la atrevida empresa, y no de los últimos entre los principales accionistas, y de los más apasionados en la memorable batalla que se libró más tarde sobre si el camino había de ir por la derecha ó por la izquierda; y hasta se presume que metió una vez la pluma en _El Despertador Montañés_, para contestar á ciertas agresiones embozadas que creyó ver en _El Espíritu del Siglo_, cuando estos dos periódicos, órganos respectivos de los dos bandos beligerantes, andaban tirándose los trastos á la cabeza. Aplaudió el establecimiento de las líneas de vapores entre este puerto y otros franceses del Atlántico... y, en fin, hasta mordió después el cebo de las primeras sociedades de crédito que se colaron en la Montaña detrás del ferrocarril. Perdió bastante el apego al viejo sillón de su escritorio, y se dió con entusiasmo al negocio, _ilustrado_ con peroraciones elocuentes y escolios luminosos en las aceras del Muelle y en el _Senado_ del _Círculo de Recreo_.
Su hijo y Andrés le reemplazaban en el banco de la paciencia (así llamaba él al escritorio á la antigua). Tolín había salido muy dispuesto para lo que pudiera llamarse gerencia del departamento: los corredores, la correspondencia, el buen orden y la disciplina de arriba y de abajo, es decir, del escritorio y del almacén; tenía una excelente nariz, delicado paladar y admirable sutileza de tacto en las yemas de sus dedos para examinar muestras de harina, azúcar y cacao; y sobre todo, afición, que es el misterio de todos estos tiquismiquis. Andrés le ayudaba muy poco, y tenía á su cuidado la caja. Carecía de verdadera vocación de comerciante. El pundonor, una gran fuerza de voluntad, primero, y ya, últimamente, la costumbre, hicieron que se acomodara sin disgusto á aquellas tareas tan ingratas para quien no las penetre con verdadero amor á los fines á que se enderezan. Bastaba ver á los dos amigos, para comprender sin esfuerzo esta diversidad de gustos y de aptitudes entre ambos. Tolín era un jovenzuelo de pobre naturaleza, de serena fisonomía, reparón y hasta minucioso en la mirada; escogido, ó más bien preciso en la frase, metódico en su labor, y muy ordenado en los accesorios de ella; su letra era clara, de la mejor ralea española; aprovechaba las tiras sobrantes de papel, por diminutas que fueran, para hacer sus cálculos numéricos, en guarismos que parecían de molde; sabía repartir la atención convenientemente y sin embarullarse, entre varios asuntos á la vez; y aunque era ágil en sus movimientos y poco dengoso, no había en su vestido correcto ni una mancha ni una arruga. En fin, que _caía_ en el escritorio como santo en su peana.
Andrés era un mocetón sanguíneo, frescote, de mirada voraz, pero rápida y versátil; esbelto, varonilmente hermoso en cualquiera de sus actitudes. Sentado, á media nalga, delante del atril, crujía la banqueta á cada rasgo de su pluma; y mientras los rizos brillantes de su pelo negro se le bamboleaban delante de los ojos, su boca no cesaba de murmurar alguna palabra, ó de silbar muy bajito los aires más corrientes. Una equivocación de pluma le hacía prorrumpir en las más lamentosas exclamaciones, y por un borrón insignificante se decía á sí propio las mayores atrocidades, olvidado de que había gentes que le escuchaban; y, sin embargo, el volar de una mosca le distraía, y al menor ruido de la calle se plantaba de un salto á la ventana del entresuelo. En los cobros y pagos que tenía á su cargo, como cajero de la casa, armaba un estruendo de dos mil demonios al contar las monedas que le entregaban, ó al derramar encima del mostrador los talegos de napoleones, ó al probar la ley de los sospechosos, haciéndolos rebotar sobre el tablero. Por lo demás, era puntual asistente á las horas de trabajo, y placentero y servicial para todo y para todos; pero no le cabía la vida en el pellejo, y necesitaba todas aquellas inquietudes y los otros estruendos para no ahogarse dentro de la envoltura. Como se ve, no podían darse dos naturalezas más distintas entre sí que las de Andrés y Tolín. Lo único en que se parecían los dos mozos era en el cordialísimo cariño que mutuamente se profesaban.
Á los pocos meses de ingresar en el escritorio, enfermó Tolín. La fiebre duró muchos días, y la convalecencia fué larga. Andrés, como ya se ha dicho, sabía pintar barcos con tinta, añil y _botabomba_. Tolín salió algo mañoso de la enfermedad, y quiso que su amigo le entretuviera de día y de noche, pintando barcos y muñecos á su lado; y Andrés tuvo la santa paciencia de estar cerca de quince días pinta que pinta, sobre un velador que se arrimaba á la cama de su amigo, mientras éste no pudo levantarse, y luégo en la mesa del comedor. Á todas estas sesiones de arte casero asistía Luisa cuando no estaba en el colegio, siguiendo sin pestañear los rumbos del pincel y de la pluma de Andresillo, que ya sabían trazar, respectivamente, sin que la mano los moviera, una mar borrascosa con cuatro descargas de añil, un velamen de polacra con una inundación de _botabomba_, y un casco y su aparejo con dos docenas de rayas hechas «en un decir Jesús.»
--Pinta ahora al capitán,--le decía Tolín alguna vez.
Y Andresillo pintaba un muñeco, que daba en las vergas con la gorra.
--Ahora al piloto,--añadía Luisa.
Y el piloto se pintaba junto al capitán; y luégo todos los tripulantes, y el perro de á bordo, y el gallinero, y la rueda del timón, y un lechoncillo, y media docena de gallinas... hasta que decía Andrés:
--Ya no caben más cosas.
Tolín quiso, al cabo de los días, echar también su cuarto á espadas; y como en sus buenos tiempos de granuja había cultivado algo el dibujo franco en las paredes de los portales, y era, por naturaleza, bastante dispuesto para las obras de imitación que no exigieran otras virtudes que la paciencia, en fuerza de disolver terrones de añil y de _botabomba_, y de pringarse los dedos y los labios, llegó á pintar tan á la perfección como su maestro, aunque éste no lo creía así, y se lo decía por lo bajo y á la disimulada á la niña cada vez que ésta, dando con el codo á Andrés, le señalaba, con el asombro en los ojos, lo que iba pintando su hermano.