Part 11
Por razón de este empleo, dejó de frecuentar la calle Alta; pero subía allá siempre que le era posible, porque nunca volvía de la bodega sin haber sacado de ella, cuando menos, un buen zoquete de pan, que muy de buena gana le daba tía Sidora desde que le veía sujeto al yugo de una obligación. Silda había conseguido que se esquilara la greña una vez al mes, y se lavara un poco la cara cada ocho días; con lo cual antes ganaba que perdía la natural monstruosidad de Muergo, pues cuanto más se la desmochaba de accesorios y adherentes, más de relieve se ponía; lo cual no le extrañaba á la chica, ni la desencantaba lo más mínimo, puesto que no trataba ella de hermosear al hijo de la Chumacera, sino de someterle un poco á la disciplina y al aseo: un empeño como otro cualquiera.
En cambio, ella, ¡cómo esponjaba y se desconocía de hora en hora! ¡Oh! el pan sin lágrimas y el sueño sin sobresaltos, ¡qué prodigios obran en los niños desvalidos... y en los hombres desdichados! Ya cosía sin que tía Sidora le preparara la labor; _menguaba_ una media sin contar en voz alta los puntos, y tejía malla de red con mucha soltura; era limpia como una plata; y poseyendo el instinto del aseo, los polvos y la mugre de aquella angosta y pobrísima morada huían delante de ella. El Muelle-Anaos, la Maruca, el Paredón... No había que mentárselos. Colo, Guarín y tantos otros camaradas de bribia y mosconeo, sólo quedaban en su memoria para recrearse en el bienestar presente con el recuerdo de las amarguras pasadas. No los aborrecía, porque ellos no tenían la culpa de los azares que la habían arrojado á aquella vida desastrosa; pero huía de encontrárselos en su camino cuando iba á la Pescadería ó á Baja-mar con tía Sidora, para ayudarla en sus faenas. Fuera de estas ocasiones, rara vez ponía los pies en la calle; no porque se lo prohibieran, sino porque no mostraba el menor afán por salir de su covacha. Por estos solos testimonios había que juzgar de su bienestar, porque jamás le revelaba de otro modo más elocuente. Era obediente y dócil sin esfuerzo aparente; pero no afable ni expansiva. Ya se la ha comparado con el gato, por su instintivo y natural aseo: pues también, como el gato, parecía sentir más apego á la casa que á sus habitantes; aunque, en honor de la verdad, debe declararse que, por esta vez, las apariencias engañaban: yo sé que había en su corazoncillo una buena dosis de gratitud á los favores que recibía del honrado matrimonio de la bodega; sólo que no se tomaba el trabajo de manifestarle en una frase, ni en una palabra, ni siquiera en un gesto; tal vez porque no se daba cuenta de lo que sentía, ni se cansaba en averiguarlo. Ni, después de todo, había para qué, pues tal como era y se conducía, dejándose llevar de la fuerza de sus propias conveniencias, estaban contentísimos de ella sus cariñosos protectores. Lo que yo no me atrevo á asegurar es que se hubiera doblegado, sin quebrarse, la natural esquivez de su carácter, en el supuesto de no andar tan á la medida como andaba, lo que se le pedía y lo que ella podía dar de buena gana y sin el menor esfuerzo.
Cleto, el hermano de Carpia, volviendo un día de la mar con toda la ropa de agua encima, dos remos al hombro y el cesto de los aparejos en el brazo desocupado, la halló acurrucada junto al primer peldaño de la escalera, limpiando la basura del portal. Como estaba vuelta de espaldas, no vió entrar al pescador; el cual, sobrio y económico de palabras hasta la avaricia, en lugar de mandar apartarse á la chiquilla, que le obstruía el camino, la dió una patada que la hizo perder el equilibrio.
--¡Burro!--exclamó Silda, en cuanto alzó la mirada y conoció á Cleto.
Detrás de éste iba Mocejón, renqueando, también cargado de ropa embreada, porque había llovido y seguía lloviendo, con el balde del macizo en una mano, y la otra sujetando la _lasca_ y una _orza_ que llevaba al hombro, hechas un haz con los cabos de la primera. Pues entre las patazas del padre se vió la muchachuela cuando la dejó medio tendida en el suelo la agresión brutal del hijo. De modo que apenas había intentado incorporarse, cuando ya estaba dando con las narices en el peldaño, en gracia de otro puntapié más fuerte que el primero, acompañado de estas palabras, que más parecían gruñidos:
--¡Fila, reñules!...
Silda no dió un grito ni lanzó un solo quejido, aunque, después de llevarse las manos á la cara, se las vió teñidas en sangre. Alzóse del suelo muy serenamente y se volvió á la bodega donde estaba tía Sidora, que nada había visto ni oído.
--Me desborregué--dijo al entrar,--y me caí contra el escalerón.
Así explicó el suceso, quizá por horror á otros más graves de la misma procedencia. Tía Sidora dejó apresuradamente la obra que traía entre manos; colocó á Silda con la cabeza inclinada sobre el primer cacharro que halló á sus alcances, y le puso sobre la nuca la llave de la puerta: remedio acreditadísimo para contener la sangre de las narices. No tuvo el lance más consecuencias, ni extrañó á la muchacha lo más mínimo por lo que respecta á Mocejón. Por lo tocante á Cleto, ya era otra cosa. Cleto no era malo, ni jamás la dió un golpe mientras con él vivió. Cierto que no le había puesto en ocasión de ello, y que harto tenía que hacer el muchacho con la guerra en que vivía con su hermana, y que ni por casualidad la amparó con sus fuerzas para librarla, una vez siquiera, de las infinitas agresiones de aquellas mujeres tan infernales. Pero, así y todo, Cleto no era malo, de la maldad de toda su casta. Cleto era muy bruto, muy seco, nada más que muy bruto y muy seco; y ella no le ofendía en nada, ni se metía con él cuando él la tumbó de un puntapié. Y he aquí por qué sintió ella el puntapié de Cleto más que todos los martirios que la habían hecho sufrir las mujeres de su casa y el animal de Mocejón.
Otro día, muy pocos después de este percance, estaba Silda recostada contra el marco de la puerta de la bodega, acabando de echar un remiendo al chaleco de tío Mechelín. Á menudo trabajaba en aquel sitio, porque desde él veía lo que pasaba por la calle, sin exponerse á que _las_ del quinto piso la sorprendieran en el portal. Como la tarde caía y la luz iba escaseando en aquel crucero, atrevióse á salir hasta la puerta de la calle para dar desde allí las últimas puntadas á su gusto. Á tal tiempo bajaba Colo por la acera, con las manos debajo de los sobacos y los ojos hinchados de llorar. Encaróse con ella en cuanto la vió á la puerta, y la preguntó, muy angustiado, por Andrés.
--Tres días hace que no viene por aquí--le respondió Silda.--¿Para qué le querías?
--Pa contale lo que me pasa, ¡Dios! y ver si en un apuro puede hacer algo por mí, él que es rico... ¡Paño, qué somantas!... Mira, Silda...
Y le mostró las palmas de las manos y las canillas de las piernas cruzadas de rayas cárdenas y sarpullidas de ronchones morados.
--¿De qué es eso, tú?--le preguntó la niña.
--De los varazos que me alumbran en el latín.
--¿Quién?
--El maestro, ¡toña! porque no embarco bien aquellas marejás de palabronas en judío... ¡Mal rayo! Mira: estas rayas más oscuras, son de hace cuatro días; estas otras, de ayer y de antier; estas gordas, de esta mañana; y de estos dos bultos encarnaos, saltó esta tarde la sangre al alumbrarme el varazo... ¡Dios!... Entonces ya no pude más, Silda... porque toos los días hay leña para mí; y según tenía el libro en esta mano mientres me rajaba á varazos esta otra, se le tiré á los morros, con toa mi fuerza, á aquel piazo de bárbaro. Escapéme; y primero me llevarán á presidio que al latín, ¡Dios!... y al que se empeñara en esto, sería capaz de abrirle en canal; y me abriría á mí mesmo tamién, ¡toña!... Pus güeno: ¿ves las manos y las patas cómo las tengo? Pus pior debo tener las espaldas...
--¿También te pegaba en las espaldas?
--No: me pegaba tamién gofetás en la cara y con el puño del bastón en el cocote, y hasta patás en la barriga. Lo de las espaldas es de mi tío el loco, y de ahora mesmo; porque al venir escapao, le dije que ésta y no más; y aquello, Silda, aquello fué una granizá de leña sobre mí, con el bastón de nudos; que Cristo, con serlo, no la hubiera aguantao sin rendir el aparejo... Con que... ¡Mírale!...
Y exclamando así, Colo apretó á correr hacia la cuesta del Hospital, porque vió venir hacia él, por lo alto de la calle, al temible cura loco, con los largos faldones de su levita ondeando al aire que movía su veloz andar; el bastón de nudos enarbolado en su diestra; el sombrero derribado hacia la coronilla, y los ojos relucientes; porque ésta era la particularidad más llamativa del famoso don Lorenzo.
Silda, al verle acercarse á ella, se retiró atemorizada al portal, precisamente en el instante en que bajaba Cleto de su casa. Sujetábase los calzones con ambas manos por la cintura, y murmuraba entre dientes algo como maldiciones y reniegos. Pero esta vez, aunque halló á Silda atravesada en su camino, no la apartó á un lado con los pies. Observando que cosía, detúvose y díjola:
--¿Me empriestas la uja un poquitín? Á mercar una salía ahora mesmo.
Á Silda no le pesó ver tan manso delante de ella á un sujeto del quinto piso, y particularmente á Cleto por lo que ya se ha dicho.
--¿Para qué la quieres?--le preguntó á su vez.
--Pa pegar este botón... No tengo más que él en los calzones... La bribona de Carpia me robó la escota pa amarrarse el rufajo; de modo que si arrío las manos, se me va á fondo la bragá.
--¿Por qué no te pegan los botones en casa?
--Porque allí no sabe naide tanto como eso.
--Pues ¿quién te los pegaba otras veces?
--Yo, cuando tenía uja... hasta que se me perdió.
--Y ¿quién te arremienda?
--En mi casa no se arremienda ná, bien lo sabes tú. Cuando allí se rompe algo, se deja así hasta que se cae, si no se pué contener con una carena de puntás. Ca uno se da las pirtinicientes... y al sol endimpués. ¿Me empriestas la uja? ¿Sí ú no?
--¿Quieres que te pegue el botón yo mesma?
--Mejor que mejor... Tómale: es de esa. De hormilla le tengo tamién arriba. Si te paece mejor, pico á traerle.
--Bueno es el de asa.
Silda le tomó en sus manos; rompió con los dientes, menudos, apretados y blanquísimos, la hebra de hilo negro que empleaba en remendar el chaleco de tío Mechelín; dióla al extremo resultante un nudo, solamente con el pulgar y el índice de su mano izquierda, operación en que la había ejercitado con gran empeño tía Sidora, porque decía que mujer torpe en anudar la hebra, nunca parecía buena cosedora; taladró, á duras penas, con la aguja el empedernido paño de la cintura del pantalón de Cleto, mientras éste le sujetaba apretando las manos contra la barriga; metió la aguja por el asa del botón, dejándole deslizarse hebra abajo dando volteretas, y comenzó á coser y á estirar la puntada, poniendo los cinco sentidos en aquella obra, la primera que hacía para _fuera de casa_.
Cleto no era feo. Había cierta dulzura y mucha luz en sus ojos negros; eran muy regulares sus facciones, y bien aplomadas y varoniles todas las líneas de su cuerpo. Pero andaba muy sucio, y las greñas indómitas de la cabeza le cubrían media cara, curtida por las intemperies y jaspeada por manchones de espeso y negro bozo que comenzaba á ser barba nutrida. Hasta la respiración contenía mientras Silda empleaba las escasas fuerzas de su manecilla, rechoncha y blanca, para hacer pasar la aguja por las durezas de aquel paño, que más parecía cartón embreado. En esta faena y aquella actitud les sorprendió tío Mechelín, que volvía de la calle con la pipa en la boca.
Detúvose unos instantes á la puerta, contemplando fijamente y con cara de pascua el inesperado cuadro, y exclamó luégo, sin poder contenerse más:
--¡Arrepara bien, Cleto!... ¡arrepara bien!... ¡Mira ese saque de mano!... ¡mira ese cobrar de veta... y ese atesar de puntá!... ¿Qué hay que pedir á ello en josticia de ley?
Volvió Cleto los ojos hacia tío Mechelín, y apartólos de él en seguida sin responder una palabra. Silda no se dió por entendida de aquellos piropos, ni siquiera con una sonrisa.
El regocijado pescador continuó soltando apóstrofes á Cleto y alabanzas á la costurera.
Acabóse la tarea; metióse en la bodega Silda, mientras Cleto, sin desplegar sus labios, se daba el botón recién _pegado_, y tío Mechelín no cerraba boca dirigiéndose á Cleto; y Cleto se largó sin despedirse, y el locuaz marido de tía Sidora todavía hablaba hacia él; y tras él salió hasta la puerta de la calle, y desde allí le siguió con los ojos... y con la palabra; y se arrimó al podrido marco cuando perdió de vista al mozo del quinto piso; y entonces, tentado de la pasión de locuacidad que solía acometerle, como ya se ha dicho, comenzó á pasear la mirada por la acera y los balcones y las ventanas de enfrente y sobre los transeuntes, diciendo al propio tiempo y en la más rica y pintoresca variedad de tonos y registros:
--¡Hay que verlo!... ¡vos digo que hay que verlo pa saber lo que son las sus manucas, y aquel dir y venir como la pluma mesma por los aires!... Ni pisa ni mancha... Le dice usté una vez la cosa: ya está entendía... Ella, la media azul; ella, la calceta blanca; ella, el remiendo fino; ella, el botón de nácara lo mesmo que el botón de suela; ella, la escoba; ella, la lumbre; ella, la puchera... Vamos, que pa too lo que Dios crió hay remo allí, con una gracia y una finura que lleva los ojos de la cara... Si me da el dolor en esta banda, ella calienta el ladrillo, y en un verbo me le lleva, engüelto en la baeta, á la cabecera de la cama. Si la mi Sidora cae de sus males, el angeluco de Dios la adevina los pensamientos pa que ná la falte, dende la onza de chacolate, bien hervía, hasta el reparo pa la boca del estógamo... ¿De alimento, dices tú?... Tocante al alimento, es poca cosa; pero es de buen engordar de suyo, como la den trabajo llevadero y un dormir sin pesaúmbres... Oir, no se la oye palabra, si no es pa responder á lo que se la pregunta, ú preguntar lo que ella buenamente no puede saber... ¿De vestir?... ¡Pus no da gloria de Dios ver cómo le cae hasta un trapuco viejo que usté le ponga encima? Si vos digo que, á no saber quién fué su madre, por hija se la tomara de anguna enfanta de Ingalaterra... cuando no de una señora de comerciante del Muelle... Pos ¿y el arte pa el deletreo de salabario, en primeramente, y pa la letura en libro dimpués?... Y ¿qué me dices tú de los rezos que ha aprendío en un periquete, que hasta el pae Polinar se asombra de ello?... Ná, hijos, que si la enseñan solfa, solfa aprende... ¡Uva!... Y á too y á esto, finuca ella; finuco el su andar; finuco el su vestir, aunque el vestío sea probe; la mesma seda cuanto hacen sus manos, y limpio como las platas el suelo por onde ella va y el rincón en que se meta... Que es asina de natural, vamos. Y lo que yo le digo á Sidora cuando me empondera la finura de cuerpo y la finura de obra del angeluco de Dios: «esto, Sidora, no es mujer, es una pura _sotileza_...» ¡Toma! y que así la llamamos ya en casa: Sotileza arriba y Sotileza abajo, y por Sotileza responde ella tan guapamente. Como que no hay agravio en ello, y sí mucha verdá... ¡Uva!
Y por eso y desde aquellos días, se llamó Sotileza la huérfana del náufrago Mules, no solamente en casa de tío Mechelín, sino en todas las demás casas de la calle, y en la calle misma, y en el Cabildo entero, y en el Cabildo de Abajo también, y en todas partes donde fué conocida su afamada belleza, con lo que de ésta se siguió fácilmente y verá el curioso lector, entre otras cosas igualmente vulgares y de todos los días, si se arma de paciencia para acompañarme en el relato otra jornadita más.
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XII
MARIPOSAS
Entre las gentes marineras (y no se ofendan las de acá, porque el oficio que traen no es para otra cosa), una persona limpia es punto más rara que las peras de á tres libras. En Sotileza fué creciendo con los años el instinto del aseo; y, á mi modo de ver, de la fuerza del contraste que formaba aquélla su inverosímil pulcritud de carnes y de vestido con la basura de lugares y personas en medio de la cual vivía (y he aquí cómo el diablo me arrastra por tercera vez á la comparación del gato con la huérfana de Mules); á mi modo de ver, repito, de la fuerza de este contraste, tan singular y llamativo, debió nacer en el Cabildo de Arriba la fama de la hermosura de Sotileza, confundiendo la torpe percepción de los sucios marineros el atributo con la esencia, ó mejor dicho, los colores con la forma. Porque yo recuerdo muy bien que lo primero que se echaba de ver en aquella garrida muchacha cuando estaba, á los veinte años, en la flor de su galanura, era la limpieza extremada de su atavío, en el que dominaban siempre las notas claras, como si esto fuera un alarde más de su pulcritud á prueba de peligros; y no emperejilada para las fiestas de la calle, ó las bodas de la vecindad, ó la misa ó el paseo de los domingos, que esto probaría bien poco; sino todos los días, á la puerta de la bodega, en lo alto del Paredón, atravesada en la acera, tejiendo la red en el portal, sacando la barredura á la mitad del arroyo, ó remendando los calzones de tío Mechelín; en refajo corto, descubriendo por debajo tres dedos de lienzo más blanco que la nieve; con justillo de mahón, rayado de azul; pañuelo de mil colores sobre el alto, curvo y macizo seno; á medio brazo las mangas de la camisa, y otro pañolito de seda, claro también, graciosamente atado, _á la cofia_, sobre el nutrido moño de su pelo castaño con ondas tornasoladas de oro bruñido. La curiosidad que excitaban estos llamativos pormenores, movía los ojos del observador á hacer otras exploraciones; y entonces se reparaba en los aplomos admirables y en los lineamentos finos y gallardos de la pierna y del pie, desnudos y blanquísimos, que asomaban por debajo de la tira de lienzo; en el torneado brazo, desnudo también; en el cuello redondo y escultural, que se alzaba sobre los anchos hombros, y, por fin, en la cara saludable, fresca, verdaderamente primaveral, la porción más envidiable de la valiente cabeza que el cuello sostenía, y sobre el cual centelleaban, al bambolearse, los anchos anillos de oro colgando de las menudas orejas.
Tal era lo que, en el orden señalado, iba saltando á los ojos de un observador algo adiestrado en los intríngulis del arte, al contemplar á Sotileza por primera vez en su propio y natural terreno; con los cuales elementos, si hay para construir lo que se llama toda una buena moza, se puede estar muy lejos de llegar á la hermosura que atribuyó la fama indocta á la memorable callealtera. Examinándola todavía más al pormenor, las líneas de su cara distaban mucho de estar ajustadas á los buenos modelos de la belleza clásica: la frente pecaba de angosta; la boca, aunque pequeña y fresca, era durísima de expresión; la mirada de sus rasgados ojos, demasiado cruda; el entrecejo muy acentuado, y el contorno general no daba la corrección de los trazos atenienses. Aunque separadamente fuera intachable cada porción de su cuerpo, éste, en conjunto, si bien flexible y gracioso, no era un modelo escultórico. En una palabra, Sotileza no era una hermosura en el sentido artístico de la expresión; pero reunía todos los atractivos necesarios para ser la admiración de los mozos de su calle, y excitar la curiosidad y luégo hasta el frenesí de los antojos en los hombres cultos, más esclavos de las malas pasiones que del sentimiento estético. Su voz era de hermoso timbre, con unas notas graves que acentuaban poderosamente el vigor de su frase lacónica, y _entonaba_ muy bien con la expresión de su semblante. Lejos de corregirse ésta su nativa esquivez, había ido afirmándose con los años; y aunque esta cualidad no la arrastraba jamás á ser chocarrera ni provocativa, cuando se le buscaba la lengua por las envidiosas ó por los atrevidos, sus aceradas sequedades la hacían verdaderamente temible.
Con el poder de su rica naturaleza, y acaso, acaso, con la conciencia de su hermosura, había adquirido el valor que no tuvo de niña para arrostrar de frente ciertos peligros, y logrado imponerse, hasta con la mirada, á las hembras de la familia de tío Mocejón; triunfo de que se ufanaba Sotileza, por ser de los poquísimos en que había puesto todo su propósito desde que comenzó á comprender que para conseguir ciertas cosas una mujer de su carácter, no necesitaba más que empeñarse en ello. Por supuesto, que no ignoraba que las del quinto piso, más que corregidas, estaban domadas á la fuerza, ni que, por consiguiente, no dejarían de aprovechar la primera coyuntura que se les presentara para herirla impunemente; pero, por de pronto, la fiera, aunque gruñendo, estaba enjaulada, y ella tenía, en el prestigio de que gozaba en la calle, el arma con que atormentar su espíritu envidioso; y en el temple de su carácter, la fuerza necesaria para imponerse.
Cleto la había dicho varias veces, desde aquello del botón:
--Cuenta conmigo hasta pa darlas una paliza, si te conviene... ¡porque son muy malas!
Y Sotileza se había sonreído, por conocer la calidad del motivo que arrastraba á Cleto á proponerle aquella ociosa barbaridad.
Porque Cleto frecuentaba mucho la bodega. El pobre muchacho, que era de un natural candoroso y bonachón, desde que nació no había cultivado otro trato que el de las gentes de su casa, gentes puercas y feroces, sin arte ni gobierno, reñidoras, borrachas y desalmadas; y no sabía que un mozo como él, que no sentía la necesidad de ser malo ni hallaba placer en vivir como se vivía en el quinto piso, podía encontrar en otra parte algo que echaba de menos cierto _aquel_, á modo de entraña, que le escarbaba allá adentro, muy adentro de sí mismo, como lloroso y desconsolado. Y este algo pareció en la bodega, en la jovialidad de tío Mechelín, en la bondadosa sencillez de tía Sidora, y hasta en la limpieza y el buen orden de toda la habitación. Allí se hablaba mucho sin maldecir de nadie; se comían cosas sazonadas á horas regulares; se rezaban oportunamente oraciones que él jamás había oído; y si se quejaba de algún dolor, se le recomendaba con cariño algún remedio, y hasta se le preparaba la misma tía Sidora... En fin, daba gusto estar allí, donde se hallaban tantas cosas de que él no tenía la menor idea; muchas cosas que le alegraban aquella entraña «de allá adentro,» que antes siempre estaba engurruñada y triste; y le hacían coger apego á la vida, y distinguir los días nublados de los días de sol, y los ruidos ásperos de los sonidos dulces; y hablar, hablar mucho sobre todo lo que le hablaran, y recordar lo que había sido antes para recrearse un poco en lo que iba siendo.
Porque, al mismo tiempo, crecía Sotileza; y según iba creciendo, reparaba él cómo se transformaban las líneas de su cuerpo y se acentuaban la redondez y tersura de sus carnes, el poder y la luz de su mirada y las armonías de su voz; y cómo iba llenando ella sola la bodega con todas estas cosas y su remango de mujer hacendosa, y hasta con su luz; porque hubiera jurado el pobretón de Cleto que de ella, y no del sol de los cielos, eran aquellos resplandores que se esparcían por la casa... Después se volvía á la suya, donde no hallaba qué cenar ni cama en qué acostarse, y oía maldiciones y blasfemias, y le querían devorar aquellas mujeres infernales, porque tomaba tanta ley «á los pícaros de abajo.» Y estas cotidianas escenas le hacían acordarse con nuevas ansias de la bodega, y en cuanto hallaba un rato desocupado, tornábase á ella; y más de una vez, considerando lo que arriba le esperaba, tuvo los labios entreabiertos para decir á tío Mechelín, puesto de rodillas delante de él:
--¡Déjeme vivir aquí para siempre!... No quiero cama ni comida. ¡Yo dormiré sobre los ladrillos de la cocina y comeré un mendrugo en la taberna, de lo que gane trabajando para usté!