Sotileza

Part 10

Chapter 104,046 wordsPublic domain

Ya amainó el temporal y apuntó el nordeste, y el barómetro sube. Leva el patache; y la propia lancha, con el esfuerzo de los propios marineros, le remolca hasta la canal. Iza allí toda su trapajería, comienza á desentumecerse y á inflarse, y luégo á virar por avante; y bordada va, bordada viene, en cosa de medio día está fuera del puerto. Si es muy afortunado, en treinta horas llega al punto de su destino; si es de mediana suerte, le coge una calma enfrente de Cabo Mayor, y allí se pasa las horas muertas hecho una boya; ó una serie de vientos redondos que le tienen seis ú ocho días atolondrado en la mar, sin saber á dónde tirar ni por dónde meterse; y entre tanto, la gente de á bordo, que no contaba con aquello, mano á la harina, ó á las conservas, ó á los fideos del flete; porque no es cosa de morirse de hambre llevando la casa llena de provisiones. Si es algo desgraciado, arriba dos ó tres veces durante el viaje, lo cual supone otro mes de retraso; si es desgraciado más que algo, cada una de estas arribadas le cuesta un quebranto serio en el casco ó en el aparejo, y pone á los tripulantes en gravísimo riesgo de perder la vida. Pero, de todos modos, venturoso ó infeliz, más tarde ó más temprano, le coge un vendaval entre Tinamayor y Suances, que le trae en vilo hasta el Sardinero, si no le da la gana de estrellarle antes contra una peña. Desde allí me lo planta de otro voleo en la boca del puerto, con rumbo á las Quebrantas. Unas veces le arroja en ellas de un tirón; otras le permite detenerse un poco, echando el ancla á medio camino de las fieras rompientes. En esta situación horrible, raro es el ejemplar que se aguanta hasta que cesa el temporal... Y, entre tanto, es la única ocasión que tienen los infelices tripulantes para abandonar el barco, que cabecea y tumba y danza, con las velas desgarradas y tremolando en su arboladura la jarcia hecha pedazos, juguete de las olas que le envuelven y meten el gigantesco lomo por debajo de su quilla.

Lo ordinario es que el ancla roñosa garree, ó se rompa la cadena, y que el mísero barco vaya á las rompientes, donde en breves instantes le convierte en astillas la fuerza incalculable de aquellas embravecidas mares.

Todos los inviernos devora este monstruo su ración de patache. En una sola tarde, no hace muchos años, he visto yo perecer cinco. Los cinco, después de entrar acosados por el temporal y de faltarles la virada suprema, la de la salvación, la que les aleja del abismo, habían tenido que fondear delante de las rugientes fauces del monstruo. Cuatro tripulaciones se habían salvado ya á duras penas, y la lancha de un práctico recogía la quinta, con heróicos esfuerzos, cuando yo llegué al castillo de la Cerda. Momentos después, rotas las débiles amarras, desfilaban uno á uno hacia las Quebrantas, y, para llegar más pronto, á brincos, como cabra entre malezas, y desaparecían todos ellos en aquel infierno de espuma, de golpes y de bramidos.

También ha probado barcos grandes el paladar del monstruo aquél; pero muy de tarde en tarde, porque el barco grande huye de la costa cuando cerca de ella le coge un temporal; y si la necesidad le obliga á tomar el puerto y á fondearse en sitio peligroso, tiene buenas cadenas y mejores cables; y, por último, desde que los hay disponibles, pide un remolcador que le saque del apuro. El pobre patache navega á la costa, en la costa le cogen los malos tiempos, y en la costa los aguanta, porque no sabe ni puede andar por otra parte; sus cables y sus cadenas son, relativamente, débiles, y un remolque de vapor le cuesta lo que él no puede pagar.

Tal es su triste condición; la cual no ahorra, sino más bien duplica, con relación á otro barco más grande, las faenas de los tripulantes á bordo, donde todo es escaso y flaquea, y exige, por ende, mayores desvelos y más grandes sacrificios á cada uno.

En suma: trabajo incesante, comida misérrima, un pesebre por lecho, un mechinal por dormitorio, todos los riesgos de la mar, todas las desventajas para correrlos, y la conciencia de no mejorar nunca de fortuna por aquel camino. Todo esto acepta, á sabiendas y de buena gana, un hombre que se decide á formar parte de esa legión de héroes de la miseria, de las angosturas y de las fatigas, que ni siquiera tienen por estímulo la triste esperanza de que al acabar su carrera estrellados contra un peñasco, ó arrastrados por torbellinos de arena y ondas amargas, se grabe su martirio en la memoria de las gentes, ó merezca siquiera su conmiseración; pues hasta la que se siente por los náufragos de _alto bordo_, se regatea á los de un mísero patache. ¡Tan necesario é inevitable se conceptúa su desastroso fin!

Y ahora pregunto: ¿es comparable este valor pasivo y desinteresado, con la fiebre ambiciosa de los hombres que acompañaron á Colón en su primer viaje, y del que pasó el Niágara sobre una cuerda, encaramado en las espaldas de Blondín?

Y también caigo en la cuenta de que ni esta pregunta, ni mucho de lo que la precede, eran de necesidad para el fin que me propuse sacando á relucir el patache en este cuento; pero no siempre se corta por donde se señala, ni es fácil hablar con interés de un desdichado sin hacer una excursión por todo el campo de sus desdichas. Achaque es éste del corazón humano, y ¡ojalá no adoleciera de otros más graves!

Perdone, pues, el lector las sobras, si le molestan, y aténgase á lo pertinente al caso, para comprender la importancia de los favores que hacía el señor don Venancio Liencres al patrón del _Joven Antoñito de Rivadeo_, sacándole del apuro de sus largas estancias junto al Muelle, una vez con fletes de preferencia, y otras con generosos anticipos de dinero.

Tolín sabía algo de esto, porque estaba cansado de hallarse con el patrón en la escalera, y de oir hablar de él á su padre; y como no hay patache que, por malo que sea, no tenga una lancha bastante buena, la del _Joven Antoñito de Rivadeo_ era, casualmente, de las mejores en su clase: ligerita y esbelta, no mal pintada ni muy sucia. Tolín vió esto; y por verlo, se acordó de los vínculos que unían con su padre al patrón del patache; y acordándose de ello, un día se coló en el _Joven Antoñito de Rivadeo_, en el cual no le recibieron con palio, porque no le había; pero, en su defecto, el patrón se le presentó á sus marineros para que se le tratara allí como quien era, concluyendo por advertirles, pues barruntaba lo que iba buscando el chicuelo, que siempre que pidiera la lancha se la dieran, y hasta la ayuda del motil cuando tratara de salir de la Dársena.

Desde aquel día mandaba Tolín á bordo del patache más que el mismo patrón. Pero no abusaba. Su único entretenimiento era bajarse á la lancha, siempre ociosa, puesto que el barco estaba atracado al Muelle, y desde que el motil le había enseñado á cinglar, andar voltejeando por la Dársena, ó corretear de aquí para allí agarrado á las estachas de los quechemarines y lanchones. Tolín habló de estas cosas con Andrés en cuanto fué su amigo; y Andrés, asombrado de la fortuna de Tolín, quiso que le presentara en el patache aquel mismo día; y Tolín le presentó, no solamente como un amigo, sino como su futuro _consocio_ en la casa de comercio, y además como hijo del capitán de la _Montañesa_. Un solo título de éstos hubiera bastado para merecer toda la consideración de los tripulantes del _Joven Antoñito de Rivadeo_; con los tres juntos, casi le admiraron. Después trepó por la jarcia hasta los tamboretes, y bajó hasta el fondo de la bodega con la agilidad y firmeza de un grumete; y, por último, saltó á la lancha, armó uno de sus remos á popa, y cinglando con una mano sola y con la otra en la cadera, llegó, sorteando lanchas y cabos tendidos, hasta la Rampa Larga en un periquete, y en otro volvió. Aquello acabó de ganarle las simpatías de la tripulación del patache, y desde entonces ya tuvo barco donde holgar á su antojo, y lancha buena y de balde con que salir á bahía, solo ó acompañado, á correr las aventuras de remero y de pescador. ¡Nunca pudo imaginarse Tolín, poco dado á las emociones marítimas, el valor de la ganga que proporcionó á su amigo al partir con él su privanza á bordo del _Joven Antoñito de Rivadeo_!

Andrés, en cambio de este favor, quiso hacer partícipe á Tolín de todas sus amistades y entretenimientos, que pudieran llamarse de contrabando. Pero las diversiones del Muelle-Anaos no eran para el hijo de don Venancio Liencres. Las bromas de Cuco le asustaban; los Cafeteras, Pipas y Micheros, grandullones ya, le inspiraban poca confianza, y los Surbias, Coles, Muergos y Guarines, tropa menuda, con sus hembras y todo, le olían muy mal y le daban asco. De la Maruca ya había probado bastante para convencerse de que no debía volver allá. En la calle Alta, á donde también le llevó su amigo, le pareció bien la gente de la bodega; pero la bodega y el resto de la casa, no tanto; el resto de la casa sobre todo. La curiosidad le arrastró á explorarla un poco por la escalera. No pasó del tercer piso. Tramos inseguros; escalones desclavados ó carcomidos; ramales inesperados, á derecha é izquierda; y donde quiera que fijaba la vista, una puerta negra, mal cerrada y llena de rendijas... ¡muchas puertas!... ¡y unas caras asomando, á veces!... ¡con unas greñas!... ¡y unos rumores _adentro_, y unos gritos!... Luégo, mugre en las paredes, mugre en la barandilla, mugre en los peldaños... ¡y una peste á _parrocha_, y como á espinas de bonito, chamuscadas!... Llegó á creerse perdido y enfermo en un laberinto de horrores inmundos; dudó un instante si aquello era realidad ó una pesadilla, y retrocedió espantado, llamando á Andrés que ya subía en busca suya.

--Pues todas las casas de la calle son por el estilo... ó peores,--le dijo, para tranquilizarle.

Y Tolín, al saberlo, cogió miedo á toda la calle, por la cual no había pasado dos veces en su vida.

No le faltaban agallas, ni era dengoso; pero su parte física era débil, y el espíritu mejor templado flaquea dentro de un cuerpo enfermizo. Además, su educación había sido exclusivamente terrestre, y la tierra era su elemento para las pocas valentías que podía permitirle su naturaleza. Jamás se le hubiera ocurrido andar en bote por la Dársena, sin ser el bote de un amigo de su padre y capitán de un barco atracado al Muelle; conjunto de circunstancias que, cuando voltejeaba cerca del patache, le permitían considerarse en el portal de su casa, entre amigos de la familia. Lo menos marítimo de lo marítimo, en punto á recreaciones, era la Maruca, por abundar en ella la pillería terrestre; y por eso, y por estar cerca de su casa y conocerla mucho de vista, intentó, con mal éxito, acercarse allá.

De modo que le dijo á Andrés, después de la prueba de la calle Alta, que contara con él para todo menos para _esas cosas_; y como habiéndole acompañado un día á pasear en el bote del patache, y yendo los dos solos remando, les arrastrara la marea y los aconchara contra la cadena de una fragata, poniéndoles el bote casi quilla arriba, trance en el cual hubieran perecido sin el socorro de una barquía que pasaba, también le advirtió que no volvería á remar con él otra vez, si salían fuera de la Dársena.

Andrés se admiró de que hubiera un muchacho á quien no le gustaran _esas cosas_, y procuró complacer á su amigo acomodándose á sus gustos siempre que podía: apartóse algo de la Maruca y del Muelle-Anaos; pero no de la calle Alta, á donde iba con bastante frecuencia á echar largos párrafos con la gente de la bodega; porque además de que tío Mechelín, á quien había caído muy en gracia, le encantaba con sus relatos de la mar, con sus cuentos y, sobre todo, con su buen humor, y tía Sidora se gozaba mucho en verle por allí, al despedirse de todos nunca dejaba Silda de decirle, con su acento imperioso y su ceño duro:--Vuelve.

Y ¿cómo no había de volver Andrés, si le daba gloria ver á aquella chiquilla, poco antes medio salvaje, sentadita al lado de tía Sidora, tan limpia, tan peinada, tan aliñadita de ropa, tan juiciosita, pasando un hilo por dos remiendos para soltarse á coser, ó manejando el juego de agujas para aprender los _crecidos_ en una media de algodón azul! Además, le había afirmado tía Sidora que sacaba mucho arte para la cocina y para el arreglo de la casa, y que cuando la llevaba consigo á las faenas de la Pescadería, de todo se enteraba y de todo le daba cuenta después; y eso que parecía que en nada paraba la atención. No quería ni que la hablaran de la vida que había hecho hasta allí desde la muerte de su padre. Por lo que toca á tío Mechelín, todo se le volvía contar á Andrés las habilidades de Silda, en cuanto ésta daba media vuelta, y enseñarle los botones que le había pegado, _ella sola_, en el chaleco, ó el remiendo que le había cosido en el elástico. En fin, que la chiquilla era otra ya, y el honrado matrimonio estaba chocho con ella. Á mayor abundamiento, _las_ del quinto piso andaban calladitas como unas santas, cansadas de provocaciones y chichorreos inútiles desde el balcón y siempre que, entrando ó saliendo, pasaban por delante de la bodega, porque cuando uno no quiere dos no riñen, sin contar con lo que las refrenaba y contenía la declaración del Cabildo, que, desatendida, podía dar en qué entender hasta á la autoridad de Marina, cuyos fallos no admitían réplica. ¿Qué más! Hasta Muergo parecía influído benéficamente por la transformación de la chicuela. No solamente no había vendido la camisa, sino que andaba á la conquista de otra, ó de cosa mejor, presentándose á menudo en la bodega, con el poquísimo aseo que cabía en un puerco como él y triscándose, en tanto, los zoquetes de pan que, no de muy buena gana, le regalaba su tía.

¿No era harto justificable el placer que experimentaba Andresillo viendo tales cosas en aquella pobrísima morada? ¿No era el bienestar que reinaba en ella, alrededor de Silda, obra suya, hasta cierto punto?

¿Quién, sino él, había cogido á la desamparada criatura en medio del arroyo, y la había puesto en camino de llegar hasta donde había llegado? Que no pensara Tolín en apartarle de la bodega de la calle Alta, porque eso ni podía ni debía hacerlo él, aun sin lo mucho que le tiraban hacia allá sus aficiones marineras, los relatos del campechano tío Mechelín y las cariñosas deferencias de la tía Sidora.

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XI

LA FAMILIA DE DON VENANCIO, DOS PUNTAPIÉS, UN BOTÓN DE ASA Y UN MOTE

No tomaba con tanto calor el asunto de la letra inglesa y del repaso de cuentas; pero no le desatendía. Su madre pedía á menudo informes al maestro, y éste se los daba bastante buenos; su padre, descansando en el interés que su mujer tenía en que Andrés navegara en popa por sus nuevos derroteros, sólo se ocupaba en los últimos menesteres para la habilitación de su barco, próximo á dar la vela para la Isla de Cuba; don Venancio parecía complacerse mucho en ver tan unidos á su hijo y al del capitán; y hasta la encopetada señora del comerciante había dado algún testimonio (no se sabe si espontáneo ó aconsejado por su marido) de que no le desagradaba el nuevo camarada de Tolín.

Al llegarse éste una tarde á merendar, muy de prisa, porque le aguardaba Andrés en el portal, le dijo su madre:

--Dile que suba á merendar contigo.

Y subió el hijo de Bitadura, después de hacerse rogar mucho, no de ceremonia, sino porque verdaderamente le imponían y amedrentaban más una señora y una casa como las de don Venancio Liencres, que la lucha, solo y á remo, contra el tiro de la corriente en mitad de la canal. Por eso entró algo acobardado, y también porque, no contando con aquel compromiso, llevaba los borceguíes sin correas, la camisa de cuatro días, un siete en una rodillera y el pellejo muy poroso, por haber bajado de una sola _cataplera_ desde la calle Alta al portal de Tolín.

La señora de don Venancio Liencres era uno de los ejemplares más netos de las Muzibarrenas santanderinas de entonces. Hocico de asco, mirada altiva, cuatro monosílabos entre dientes, mucho lujo en la calle, percal de á tres reales en casa, mala letra y ni pizca de ortografía. De estirpe, no se hable: la más vanidosa, en cuanto se empinaba un poco sobre los pies, columbraba el azadón, ó el escoplo... ó el tirapié de las mocedades de su padre... ¡Ah... los pobres hombres! ¡Y cómo las atormentaban, sin querer, cuando, ya encanecidos, se gloriaban, _coram pópulo_ y de ellas, de haber sido lo que fueron antes de ser lo que eran! ¡Groserotes! ¡Tener á título de honra el haber hecho un caudal á fuerza de puño, y el atrevimiento de contarlo delante de las hijas, que no habrían nacido, ó gastarían abarcas y saya de estameña, sin aquellas obscuras y crueles batallas con la esquiva suerte! En fin, miseriucas de pueblo chico, de las que apenas queda ya rastro, en buena hora se diga. Don Venancio Liencres era muy tentado de esas sinceridades delante de su mujer, que se ponía cárdena de ira al oirlas, después de haberse puesto azul, tiempos atrás, con otras idénticas de su padre. Pues ni por esos sempiternos testimonios de su vulgar alcurnia, que parecían providencial castigo de su vanidad, se curaba de ella. Por lo demás, era una pobre mujer que lo ignoraba todo: desde la tabla de multiplicar, hasta la manera de hacer daño á nadie, si no con el gesto.

Recibió á Andrés con la boca llena de frunces y una mirada que parecía pedirle cuenta de su desaliño. Cierto que Tolín no estaba mucho mejor aliñado; pero Tolín era Tolín, y Andrés era el hijo del capitán de un barco «de la casa.» Mientras se dirigía á abrir las vidrieras de un aparador que ocupaba media pared del fondo del comedor, alzó la voz indigesta lo indispensable para que fueran oídas estas palabras desde un cuarto del carrejo:

--¡Niña!... ¡Á merendar!

Y apareció en seguida la hermanita de Tolín, muy emperejilada con rica falda de seda, grandes puntillas en los pantalones, y todo lo mejor y más caro que podía llevar encima, á la moda rigurosa de entonces, la hija de un don Venancio Liencres en un pueblo en que siempre ha sido muy de notar el lujo de las niñas pudientes. Su madre la miró de arriba abajo, desarrugando los párpados y el hocico; y en seguida, volviendo á arrugarlos, le dijo á Andrés en una ojeada rápida y vanidosa:

--¡Mira esto... y asómbrate, pobrete!

La niña, que se llamaba Luisa, era un endeble barrunto de una señorita _fina_: manos largas, brazos descarnados, talle corrido, hombros huesudos, canillas enjutas, finísimo y blanco cutis, pelo lacio, ojos regulares y regulares facciones. Con esto y con el espejo de su madre, resultaba una niña _finamente_ insípida, pero no tanto como la señora de Liencres; al cabo, era una niña, y podía más en ella la sinceridad propia de sus pocos años, que la confusa noción de su jerarquía, inculcada en su meollo por los humos y ciertos dichos de su madre.

Mientras ésta colocaba sobre la mesa tres platos, uno con higos pasos para Luisa, y los otros dos con aceitunas, la niña se fijó en Andrés, que cada vez se ponía más encendido de color y más revuelto de pelo.

--Y es guapo,--le dijo á su madre, mordiendo un higo.

--Vamos, come y calla,--le respondió ésta á media voz, colocando un zoquetito de pan junto á cada plato. Y luégo, dirigiéndose á los chicos, añadió, señalando á las aceitunas:--Vosotros, aquí; y en seguida, á la calle. ¡Pero cuidado con lo que se hace, y cómo se juega y á qué! No parezcamos pillos de plazuela. ¿Me entiendes, Antolín?

Tolín no hizo maldito el caso de la advertencia; pero Andrés se puso todavía más encendido de lo que estaba, porque pescó al aire cierta miradilla que le echó la señora al hablar á su hijo. El cual agarró con los dedos una aceituna. Andrés, al verlo, agarró otra del mismo modo; y armándose de un valor heróico, le hincó los dientes. Pero no pudo pasar de allí. Había comido, sin fruncir el gesto, _pan de cuco_, ráspanos verdes y uvas de bardal; pero jamás pudo vencer el asco y la dentera que le daba el amargor de la aceituna.

--Mamá, no le gustan,--dijo Tolín en cuanto vió la cara que ponía Andrés.

--No haga usted caso--se apresuró á rectificar Andrés, sin saber qué hacer con la aceituna que tenía en la boca.--Es que no tengo ganas.

--Es que no te gustan,--insistió Tolín, mondando con los dientes el hueso de la tercera.

--También yo creo que no le gustan--añadió la niña, estudiando con gran atención los gestos de Andrés.--Puede que quiera higos como yo.

--¡Quiá!... muchísimas gracias--volvió á decir Andrés, echando lumbre hasta por las orejas.--Si es que no tengo ganas... porque he comido cámbaros... digo, _cambrelos_ de esos de á cuarto.

La señora le puso higos en lugar de las aceitunas, y dejó solos en el comedor á los tres comensales después de recomendar á Luisilla que despachara pronto su ración, porque la esperaba «la muchacha» para llevarla á paseo.

Desde aquel día merendó Andrés muy á menudo en casa de Tolín, y fué muchas tardes con éste, y á expensas de éste, á los volatines de la plaza de toros, donde Barraceta hacía la rana á las mil maravillas, y la famosa Mad. Saqui la _Ascensión al Monte de San Bernardo_, por una cuerda inclinada desde la sobrepuerta de los chiqueros, al tejado de enfrente. Andrés llegó á remedar tal cual á Barraceta, y Luisilla le mandaba hacer la rana casi todas las tardes que merendaban juntos, en cuanto se quedaban solos en el comedor. Tolín se descoyuntaba mejor que él; pero carecía de fuerza muscular para sostener todo el peso de su cuerpo sobre las manos, y no lograba dar un solo brinco con ellas; mientras que Andrés llegó á dar hasta ocho saltos seguidos, con gran admiración y aplauso de la niña. Se divertían mucho los tres. Después se separaban. Luisilla se iba con sus amigas á los Jardines de la Alameda segunda, y Andrés y Tolín á _correrla_ donde mejor les parecía; como valiera el voto del primero, al Muelle de las Naos, ó á la calle Alta, ó al _Joven Antoñito de Rivadeo_, mientras estuvo atracado á la Pescadería.

Así pasó el verano y llegó el otoño; y Andrés y Tolín fueron arrimados, frente á frente, á un doble atril del escritorio de don Venancio Liencres, donde hacían poco más que voltear las piernas, colgantes de las altísimas banquetas; roerse las uñas de las manos, ó dibujar barcos y volatines con la pluma; ingresó Colo en el Instituto, más que á aprender latín, á llevar leña sobre sus desdichadas carnes, por mañana y tarde; Bitadura andaba por los mares de las Antillas; Ligo, Madruga, Nudos y otros tales, emprendieron largos viajes también; pae Polinar continuaba en sus ímprobas tareas de desasnar raqueros bravíos y de avenir voluntades incongruentes, sin curarse una miaja de su vicio arraigado de dar la camisa, cuando la tenía, al primero que se la pidiera.

Muergo no iba ya á su casa, porque á medio verano y por gestiones del fraile, á instancias de tía Sidora, fué colocado de _muchacho de lancha_ en la de tío Reñales, patrón del Cabildo de Abajo. Costó mucho trabajo sujetarle á las diarias tareas de desenmallar la sardina, achicar el agua y otras semejantes de su obligación; pero algunos chicotazos y bofetones, aplicados de firme y á tiempo, le hicieron entrar por vereda, hasta que notó que cuando no iba á la mar con la lancha, se pasaba bien el rato entre los camaradas del oficio, esperándola en el Muelle, ó durmiendo sobre el panel para custodiarlas hasta la madrugada, ocasiones en que la necesidad les inspiraba recursos de gran entretenimiento, brutales casi siempre y hasta feroces, en relación con los gustos y naturaleza mortal de cualquier hijo de familia; mas no para aquella casta de seres excepcionales, amamantados por las intemperies, que, descalzos y medio desnudos, se duermen tan guapamente, hechos un ovillo, sin tiritar y cantando, en el hueco de una puerta cerrada del Muelle, durante las más frías y lluviosas horas de una noche de invierno.