Sonata de primavera: memorias del marqués de Bradomín

Part 3

Chapter 33,935 wordsPublic domain

María Rosario también tenía una hermosa leyenda, y los lirios blancos de la caridad también la aromaban. Vivía en el Palacio como en un convento. Cuando bajaba al jardín traía la falda llena de espliego que esparcía entre sus vestidos, y cuando sus manos se aplicaban á una labor monjil, su mente soñaba sueños de santidad. Eran sueños albos como las parábolas de Jesús, y el pensamiento acariciaba los sueños, como la mano acaricia el suave y tibio plumaje de las palomas familiares. María Rosario hubiera querido convertir el Palacio en albergue donde se recogiese la procesión de viejos y lisiados, de huérfanos y locos que llenaban la capilla pidiendo limosna y salmodiando padrenuestros. Suspiraba recordando la historia de aquellas santas princesas que acogían en sus castillos á los peregrinos que volvían de Jerusalén.

En la vieja ciudad hablábase de ella como de una santa lejana, una santa triste y bella que de nadie se dejase ver. Sus días se deslizaban como esos arroyos silenciosos que parecen llevar dormido en su fondo el cielo que reflejan: Reza y borda en el silencio de las grandes salas desiertas y melancólicas: Tiemblan las oraciones en sus labios, tiembla en sus dedos la aguja, que enhebra el hilo de oro, y en el paño de tisú florecen las rosas y los lirios que pueblan los mantos sagrados. Y después del día, lleno de quehaceres humildes, silenciosos, cristianos, por las noches se arrodilla en su alcoba, y reza con fe ingenua al Niño Jesús, que resplandece bajo un fanal, vestido con alba de seda recamada de lentejuelas y abalorios. La paz familiar se levanta como una alondra del nido de su pecho, y revolotea por todo el Palacio, y canta sobre las puertas, á la entrada de las grandes salas. María Rosario fué el único amor de mi vida. Han pasado muchos años, y al recordarla ahora todavía se llenan de lágrimas mis ojos áridos, ya casi ciegos.

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QUEDABA todavía el olor de la cera en el Palacio. La Princesa tendida en el canapé de su tocador, se dolía de la jaqueca. Sus hijas, vestidas de luto, hablaban en voz baja, y de tiempo en tiempo, entraba ó salía sin ruido, alguna de ellas. En medio de un gran silencio, la Princesa incorporóse lánguidamente, volviendo hacia mí el rostro todavía hermoso, que parecía más blanco bajo una toca de negro encaje:

--¿Xavier, tú cuándo tienes que volver á Roma?

Yo me estremecí:

--Mañana, señora.

Y miré á María Rosario, que bajó la cabeza y se puso encendida como una rosa. La Princesa, sin reparar en ello, apoyó la frente en la mano, una mano evocación de aquellas que en los retratos antiguos sostienen á veces una flor, y á veces un pañolito de encaje: En tan bella actitud suspiró largamente, y volvió á interrogarme:

--¿Por qué mañana?

--Porque ha terminado mi misión, señora.

--¿Y no puedes quedarte algunos días más con nosotras?

--Necesitaría un permiso.

--Pues yo escribiré hoy mismo á Roma.

Miré disimuladamente á María Rosario: Sus hermosos ojos negros me contemplaban asustados, y su boca intensamente pálida, que parecía entreabierta por el anhelo de un suspiro, temblaba. En aquel momento, su madre volvió la cabeza hacia donde ella estaba:

--María Rosario.

--Señora.

--Acuérdate de escribir en mi nombre á Monseñor Sassoferrato. Yo firmaré la carta.

María Rosario, siempre ruborosa, repuso con aquella serena dulzura que era como un aroma:

--¿Queréis que escriba ahora?

--Como te parezca, hija.

María Rosario se puso en pie.

--¿Y qué debo decirle á Monseñor?

--Le notificas nuestra desgracia, y añades que vivimos muy solas, y que esperamos de su bondad un permiso para retener á nuestro lado por algún tiempo al Marqués de Bradomín.

María Rosario se dirigió hacia la puerta: Tuvo que pasar por mi lado y aprovechando audazmente la ocasión, le dije en voz baja:

--¡Me quedo, porque os adoro!

Fingió no haberme oído, y salió. Volvíme entonces hacia la Princesa, que me miraba con una sombra de afán, y le pregunté aparentando indiferencia:

--¿Cuándo toma el velo María Rosario?

--No está designado el día.

--La muerte de Monseñor Gaetani, acaso lo retardará.

--¿Por qué?

--Porque ha de ser un nuevo disgusto para vos.

--No soy egoísta. Comprendo que mi hija será feliz en el convento, mucho más feliz que á mi lado, y me resigno.

--¿Es muy antigua la vocación de María Rosario?

--Desde niña.

--¿Y no ha tenido veleidades?

--¡Jamás!

Yo me atusé el bigote con la mano un poco trémula.

--Es una vocación de Santa.

--Sí, de Santa... Te advierto que no sería la primera en nuestra familia. Santa Margarita de Ligura, Abadesa de Fiesoli, era hija de un Príncipe Gaetani. Su cuerpo se conserva en la capilla del Palacio, y después de cuatrocientos años está como si acabase de expirar: Parece dormida. ¿Tú no bajaste á la cripta?

--No, señora.

--Pues es preciso que bajes un día.

Quedamos en silencio. La Princesa volvió á suspirar llevándose las manos á la frente: Sus hijas, allá en el fondo de la estancia, se hablaban en voz baja. Yo las miraba sonriendo y ellas me respondían en idéntica forma, con cierta alegría infantil y burlona, que contrastaba con sus negros vestidos de duelo. Empezaba á decaer la tarde, y la Princesa mandó abrir una ventana que daba sobre el jardín.

--¡Me marea el olor de esas rosas, hijas mías!

Y señalaba los floreros que estaban sobre el tocador. Abierta la ventana, una ligera brisa entró en la estancia: Era alegre, perfumada y gentil como un mensaje de la Primavera: Sus alas invisibles alborotaron los rizos de aquellas cabezas juveniles, que allá en el fondo de la estancia me miraban y me sonreían. ¡Rizos rubios, dorados, luminosos, cabezas adorables, cuántas veces os he visto en mis sueños pecadores más bellas que esas aladas cabezas angélicas que solían ver en sus sueños celestiales los santos ermitaños!

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LA PRINCESA se acostó al comienzo de la noche, poco después del rosario. En el salón, medio apagado, hablaban en voz baja las viejas damas que desde hacía veinte años acudían regularmente á la tertulia del Palacio Gaetani: Comenzaba á sentirse el calor, y estaban abiertas las puertas de cristales que daban al jardín. Dos hijas de la Princesa, María Socorro y María Pilar, hacían los honores: La conversación era lánguida, de una languidez apocada y beata. Afortunadamente, al sonar las nueve en el reloj de la Catedral, las señoras se levantaron, y María Socorro y María Pilar salieron acompañándolas. Yo quedé solo en el vasto salón, y no sabiendo qué hacer, bajé al jardín.

Era una noche de Primavera, silenciosa y fragante. El aire agitaba las ramas de los árboles con blando movimiento, y la luna iluminaba por un instante la sombra y el misterio de los follajes. Sentíase pasar por el jardín un largo estremecimiento, y luego todo quedaba en esa amorosa paz de las noches serenas. En el azul profundo temblaban las estrellas, y la quietud del jardín parecía mayor que la quietud del cielo. A lo lejos, el mar, misterioso y ondulante, exhalaba su eterna queja. Las dormidas olas fosforecían al pasar tumbando los delfines, y una vela latina cruzaba el horizonte bajo la luna pálida.

Yo recorría un sendero orillado por floridos rosales: Las luciérnagas brillaban al pie de los arbustos, el aire era fragante, y el más leve soplo bastaba para deshojar en los tallos las rosas marchitas. Yo sentía esa vaga y romántica tristeza que encanta los enamoramientos juveniles, con la leyenda de los grandes y trágicos dolores que se visten á la usanza antigua. Consideraba la herida de mi corazón como aquellas que no tienen cura, y pensaba que de un modo fatal decidiría de mi suerte. Con extremos verterianos soñaba superar á todos los amantes que en el mundo han sido, y por infortunados y leales pasaron á la historia, y aún asomaron más de una vez la faz lacrimosa en las cantigas del vulgo. Desgraciadamente, quedéme sin superarlos, porque tales romanticismos nunca fueron otra cosa que un perfume derramado sobre todos mis amores de juventud. ¡Locuras gentiles y fugaces que duraban algunas horas, y que, sin duda por eso, me han hecho suspirar y sonreir toda la vida!

De pronto huyeron mis pensamientos. Daba las doce el viejo reloj de la Catedral, y cada campanada, en el silencio del jardín, retumbó con majestad sonora. Volví al salón, donde ya estaban apagadas las luces. En los cristales de una ventana temblaba el reflejo de la luna, y allá, en el fondo, brillaba la esfera de un reloj, que con delicado y argentino son daba también las doce. Me detuve en la puerta, para acostumbrarme á la oscuridad, y poco á poco mis ojos columbraron la forma incierta de las cosas. Una mujer hallábase sentada en el sofá del estrado. Yo sólo distinguía sus manos blancas: El cuerpo era una sombra negra. Quise acercarme, y vi cómo sin ruido se ponía en pie y cómo sin ruido se alejaba y desaparecía. Hubiérala creído un fantasma engaño de mis ojos, si al dejar de verla no llegase hasta mí un sollozo. Al pie del sofá estaba caído un pañuelo perfumado de rosas y húmedo de llanto. Lo besé con afán. No dudaba que aquel fantasma había sido María Rosario.

Pasé la noche en vela, sin conseguir conciliar el sueño. Vi rayar el alba en las ventanas de mi alcoba, y sólo entonces, en medio del alegre voltear de un esquilón que tocaba á misa, me dormí. Al despertarme, ya muy entrado el día, supe con profundo reconocimiento cuánto por la salud de mi alma se interesaba la Princesa Gaetani. La noble señora estaba muy afligida porque yo había perdido el Oficio Divino.

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AL CAER de la tarde llegaron aquellas dos señoras de los cabellos blancos y los negros y crujientes vestidos de seda. La Princesa se incorporó saludándolas con amable y desfallecida voz:

--¿Dónde habéis estado?

--¡Hemos corrido toda Ligura!

--¡Vosotras!

Ante el asombro de la Princesa, las dos señoras se miraron sonriendo:

--Cuéntale tú, Antonina.

--Cuéntale tú, Lorencina.

Y luego las dos comienzan el relato al mismo tiempo: Habían oído un sermón en la Catedral: Habían pasado por el Convento de las Carmelitas para preguntar por la Madre Superiora que estaba enferma: Habían velado al Santísimo. Aquí la Princesa interrumpió:

--¿Y cómo sigue la Madre Superiora?

--Todavía no baja al locutorio.

--¿A quién habéis visto?

--A la Madre Escolástica. ¡La pobre siempre tan buena y tan cariñosa! No sabes cuánto nos preguntó por ti y por tus hijas: Nos enseñó el hábito de María Rosario: Iba á mandárselo para que lo probase: Lo ha cosido ella misma: Dice que será el último, porque está casi ciega.

La Princesa suspiró:

--¡Yo no sabía que estuviese ciega!

--Ciega no, pero ve muy poco.

--Pues no tiene años para eso...

La Princesa acabó con un gesto de fatiga, llevándose las manos á la frente. Después se distrajo mirando hacia la puerta, donde asomaba la escuálida figura del Señor Polonio. Detenido en el umbral, el mayordomo saludaba con una profunda reverencia:

--¿Da su permiso mi Señora la Princesa?

--Adelante, Polonio. ¿Qué ocurre?

--Ha venido el sacristán de las Madres Carmelitas con el hábito de la Señorina.

--¿Y ella lo sabe?

--Probándoselo queda.

Al oír esto, las otras hijas de la Princesa, que sentadas en rueda, bordaban el manto de Santa Margarita de Ligura, habláronse en voz baja, juntando las cabezas, y salieron de la estancia con alegre murmullo, en un grupo casto y primaveral como aquel que pintó Sandro Boticelli. La Princesa las miró con maternal orgullo, y luego hizo un ademán despidiendo al mayordomo, que, en lugar de irse, adelantó algunos pasos balbuciendo:

--Ya he dado el último perfil al Paso de las Caídas... Hoy empiezan las procesiones de Semana Santa.

La Princesa replicó con desdeñosa altivez:

--Y sin duda has creído que yo lo ignoraba.

El mayordomo pareció consternado:

--¡Líbreme el Cielo, Señora!

--¿Pues entonces?...

--Hablando de las procesiones, el sacristán de las Madres me dijo que tal vez este año no saliesen las que costea y patrocina mi Señora la Princesa.

--¿Y por qué causa?

--Por la muerte de Monseñor, y el luto de la casa.

--Nada tiene que ver con la religión, Polonio.

Aquí la Princesa creyó del caso suspirar. El mayordomo se inclinó:

--Cierto, Señora, ciertísimo. El sacristán lo decía contemplando mi obra. Ya sabe la Señora Princesa... El Paso de las Caídas... Espero que mi Señora se digne verlo...

El mayordomo se detuvo sonriendo ceremoniosamente. La Princesa asintió con un gesto, y luego volviéndose á mí pronunció con ligera ironía:

--¿Tú acaso ignoras que mi mayordomo es un gran artista?

El viejo se inclinó:

--¡Un artista!... Hoy día ya no hay artistas. Los hubo en la antigüedad.

Yo intervine con mi juvenil insolencia:

--¿Pero de qué epoca sois, Señor Polonio?

El mayordomo repuso sonriendo:

--Vos tenéis razón, Excelencia... Hablando con verdad, no puedo decir que éste sea mi siglo...

--Vos pertenecéis á la antigüedad más clásica y más remota. ¿Y cuál arte cultiváis, Señor Polonio?

El Señor Polonio repuso con suma modestia:

--Todas, Excelencia.

--¡Sois un nieto de Miguel Angel!

--El cultivarlas todas no quiere decir que sea maestro en ellas, Excelencia.

La Princesa sonrió con aquella amable ironía que al mismo tiempo mostraba señoril y compasivo afecto por el viejo mayordomo:

--Xavier, tienes que ver su última obra: ¡El Paso de las Caídas! ¡Una maravilla!

Las dos ancianas juntaron las secas manos con infantil admiración:

--¡Si cuando joven hubiera querido ir á Roma!... ¡Oh!

El mayordomo lloraba enternecido:

--¡Señoras!... ¡Mis nobles Mecenas!

De pronto se oyó murmullo de juveniles voces que se aproximaban, y un momento después el coro de las cinco hermanas invadía la estancia. María Rosario traía puesto el blanco hábito que debía llevar durante toda la vida, y las otras se agrupaban en torno como si fuese una Santa. Al verlas entrar, la Princesa se incorporó muy pálida: Las lágrimas acudían á sus ojos, y luchaba en vano por retenerlas. Cuando María Rosario se acercó á besarle la mano, le echó los brazos al cuello y la estrechó amorosamente. Quedó después contemplándola, y no pudo contener un grito de angustia.

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YO ESTABA tan conmovido que, como en sueños, oí la voz del viejo mayordomo: Hablaba después de un profundo silencio:

--Si merezco el honor... Perdonad, pero ahora van á llevarse esa pobre obra de mis manos pecadoras. Si queréis verla, apenas queda tiempo...

Las dos señoras se levantaron sacudiéndose las crujientes y arrugadas faldas:

--¡Oh!... Vamos allá.

Antes de salir ya comenzaron las explicaciones del Señor Polonio:

--Conviene saber que el Nazareno y el Cirineo son los mismos que había antiguamente. De mi mano son únicamente los judíos. Los hice de cartón. Ya conocen mi antigua manía de hacer caretas. Una manía y de las peores. Con ella di gran impulso á los Carnavales, que es la fiesta de Satanás. ¡Aquí, antes nadie se vestía de máscara, pero como yo regalaba á todo el mundo mis caretas de cartón! ¡Dios me perdone! Los Carnavales de Ligura llegaron á ser famosos en Italia... Vengan por aquí sus Excelencias.

Pasamos á una gran sala que tenía las ventanas cerradas. El Señor Polonio adelantóse para abrirlas. Después se volvió pidiendo mil perdones, y nosotros entramos. Mis ojos quedaron extasiados al ver en medio de la sala unas andas con Jesús Nazareno, entre cuatro judíos torvos y barbudos. Las dos señoras lloraban de emoción:

--¡Si considerásemos lo que Nuestro Señor padeció por nosotros!

--¡Ay!... Si lo considerásemos!

En presencia de aquellos cuatro judíos vestidos á la chamberga, era indudable que las devotas señoras procuraban hacerse cargo del drama de la Pasión. El Señor Polonio daba vueltas en torno de las andas, y con los nudillos golpeaba suavemente las fieras cabezas de los cuatro deicidas:

--¡De cartón!... Sí, señoras, igual que las caretas. Fué una idea que me vino sin saber cómo.

Las damas repetían juntando las manos:

--¡Inspiración divina!...

--¡Inspiración de lo alto!...

El Señor Polonio sonreía:

--Nadie, absolutamente nadie, esperaba que pudiese realizar la idea... Se burlaban de mí... Ahora, en cambio, todo se vuelven parabienes. ¡Y yo perdono aquellos sarcasmos! ¡He llevado mi idea en la frente un año entero!

Oyéndole, las señoras, repetían enternecidas:

--¡Inspiración!...

--¡Inspiración!...

Jesús Nazareno, desmelenado, lívido, sangriento, agobiado bajo el peso de la cruz, parecía clavar en nosotros su mirada dulce y moribunda. Los cuatro judíos, vestidos de rojo, le rodeaban fieros. El que iba delante tocaba la trompeta. Los que le daban escolta á uno y otro lado, llevaban sendas disciplinas, y aquel que caminaba detrás, mostraba al pueblo la sentencia de Pilatos. Era un papel de música, y el mayordomo tuvo cuidado de advertirnos cómo en aquel tiempo de gentiles, los escribanos hacían unos garabatos muy semejantes á los que hacen los músicos. Volviéndose á mí con gravedad doctoral, continuó:

--Los moros y los judíos todavía escriben de una manera semejante. ¿Verdad, Excelencia?

Cuando el Señor Polonio se hallaba en esta erudita explicación, llegó un sacristán capitaneando á cuatro devotos que venían para llevarse á la iglesia de los Capuchinos aquel famoso Paso de las Caídas. El Señor Polonio cubrió las andas con una colcha, y les ayudó á levantarlas. Después los acompañó hasta la puerta de la estancia:

--¡Cuidado!... No tropezar con las paredes... ¡Cuidado!...

Enjugóse las lágrimas, y abrió una ventana para verlos salir. La primera preocupación del sacristán, cuando asomó en la calle, fué mirar al cielo, que estaba completamente encapotado. Luego se puso al frente de su tropa, y echó por medio. Los cuatro devotos iban casi corriendo. Las andas envueltas en la colcha roja bamboleaban sobre sus hombros. El Señor Polonio se dirigió á nosotros:

--Sin cumplimiento: ¿Qué les ha parecido?

Las dos señoras estuvieron, como siempre, de acuerdo.

--¡Edificante!

--¡Edificante!

El Señor Polonio sonrió beatíficamente, y se volvió á la ventana con la mano extendida hacia la calle para enterarse si llovía.

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AQUELLA noche las hijas de la Princesa habíanse refugiado en la terraza, bajo la luna, como las hadas de los cuentos: Rodeaban á una amiga joven y muy bella, que de tiempo en tiempo me miraba llena de curiosidad. En el salón, las señoras ancianas conversaban discretamente, y sonreían al oir las voces juveniles que llegaban en ráfagas, perfumadas con el perfume de las lilas que se abrían al pie de la terraza. Desde el salón distinguíase el jardín, inmóvil bajo la luna, que envolvía en pálida claridad la cima mustia de los cipreses y el balconaje de la terraza, donde un pavo real abría su abanico de quimera y de cuento.

Yo quise varias veces acercarme á María Rosario. Todo fué inútil: Ella adivinaba mis intenciones, y alejábase cautelosa, sin ruido, con la vista baja y las manos cruzadas sobre el escapulario del hábito monjil que conservaba puesto. Viéndola á tal extremo temerosa, yo sentía halagado mi orgullo donjuanesco, y algunas veces, sólo por turbarla, cruzaba de un lado al otro. La pobre niña al instante se prevenía para huir: Yo pasaba aparentando no advertirlo.

Algunas veces entraba en el salón, y deteníame al lado de las viejas damas, que recibían mis homenajes con timidez de doncellas. Recuerdo que me hallaba hablando con aquella devota Marquesa de Tescara, cuando, movido por un oscuro presentimiento, volví la cabeza y busqué con los ojos la blanca figura de María Rosario: la Santa ya no estaba.

Una nube de tristeza cubrió mi alma. Dejé á la vieja linajuda y salí á la terraza. Mucho tiempo permanecí reclinado sobre el florido balconaje de piedra, contemplando el jardín. En el silencio perfumado cantaba un ruiseñor, y parecía acordar su voz con la voz de las fuentes. El reflejo de la luna iluminaba aquel sendero de los rosales que yo había recorrido otra noche. El aire suave y gentil, un aire á propósito para llevar suspiros, pasaba murmurando, y á lo lejos, entre mirtos inmóviles, ondulaba el agua de un estanque. Yo evocaba en la memoria el rostro de María Rosario, y no cesaba de pensar:

--¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?...

Bajé lentamente hacia el estanque. Las ranas que estaban en la orilla saltaron al agua produciendo un ligero estremecimiento en el dormido cristal. Había allí un banco de piedra y me senté. La noche y la luna eran propicias al ensueño, y pude sumergirme en una contemplación semejante al éxtasis. Confusos recuerdos de otros tiempos y otros amores se levantaron en mi memoria. Todo el pasado resurgía como una gran tristeza y un gran remordimiento. Mi juventud me parecía mar de soledad y de tormentas, siempre en noche. El alma languidecía en el recogimiento del jardín, y el mismo pensamiento volvía como el motivo de un canto lejano:

--¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?

Ligeras nubes blancas erraban en torno de la luna y la seguían en su curso fantástico y vagabundo: Empujadas por un soplo invisible, la cubrieron y quedó sumido en sombras el jardín. El estanque dejó de brillar entre los mirtos inmóviles: Sólo la cima de los cipreses permaneció iluminada. Como para armonizar con la sombra, se levantó una brisa que pasó despertando largo susurro en todo el recinto y trajo hasta mí el aroma de las rosas deshojadas. Lentamente volví hacia el Palacio: Mis ojos se detuvieron en una ventana iluminada, y no sé qué oscuro presentimiento hizo palpitar mi corazón. Aquella ventana alzábase apenas sobre la terraza, permanecía abierta, y el aire ondulaba la cortina. Me pareció que por el fondo de la estancia cruzaba una sombra blanca. Quise acercarme, pero el rumor de unas pisadas bajo la avenida de los cipreses me detuvo: El viejo mayordomo paseaba á la luz de la luna sus ensueños de artista. Yo quedé inmóvil en el fondo del jardín. Y contemplando aquella luz, el corazón latía:

--¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?

¡Pobre María Rosario! Yo la creía enamorada, y, sin embargo, mi corazón presentía no sé qué quimérica y confusa desventura. Quise volver á sumergirme en mi amoroso ensueño, pero el canto de un sapo repetido monótonamente bajo la arcada de los cipreses, distraía y turbaba mi pensamiento. Recuerdo que de niño he leído muchas veces en un libro de devociones donde rezaba mi abuela, que el diablo solía tomar ese aspecto para turbar la oración de un santo monje. Era natural que á mí me ocurriese lo mismo. Yo calumniado y mal comprendido, nunca fui otra cosa que un místico galante, como San Juan de la Cruz. En lo más florido de mis años, hubiera dado gustoso todas las glorias mundanas para poder escribir en mis tarjetas: El Marqués de Bradomín, Confesor de Princesas.

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EN ACHAQUES de amor, quién no ha pecado. Yo estoy convencido de que el diablo tienta siempre á los mejores. Aquella noche el cornudo monarca del abismo encendió mi sangre con su aliento de llamas y despertó mi carne flaca, fustigándola con su rabo negro. Yo cruzaba la terraza, cuando una ráfaga violenta alzó la flameante cortina, y mis ojos mortales vieron arrodillada en el fondo de la estancia la sombra pálida de María Rosario. No puedo decir lo que entonces pasó por mí. Creo que primero fué un impulso ardiente, y después una audacia fría y cruel: La audacia que se admira en los labios y en los ojos de aquel retrato que del divino César Borgia, pintó el divino Rafael de Sanzio. Me volví mirando en torno: Escuché un instante: En el jardín y en el Palacio todo era silencio. Llegué cauteloso á la ventana, y salté dentro. La Santa dió un grito: Se dobló blandamente como una flor cuando pasa el viento, y quedó tendida, desmayada, con el rostro pegado á la tierra. En mi memoria vive siempre el recuerdo de sus manos blancas y frías: ¡Manos diáfanas como la hostia!...