Sonata de primavera: memorias del marqués de Bradomín

Part 2

Chapter 23,941 wordsPublic domain

LA BIBLIOTECA tenía tres puertas que daban sobre una terraza de mármol. En el jardín las fuentes repetían el comentario voluptuoso que parecen hacer á todos los pensamientos de amor, sus voces eternas y juveniles. Al inclinarme sobre la balaustrada, yo sentí que el hálito de la Primavera me subía al rostro. Aquel viejo jardín de mirtos y de laureles mostrábase bajo el sol poniente lleno de gracia gentílica. En el fondo, caminando por los tortuosos senderos de un laberinto, las cinco hermanas se aparecían con las faldas llenas de rosas, como en una fábula antigua. A lo lejos, surcado por numerosas velas latinas que parecían de ámbar, extendíase el Mar Tirreno. Sobre la playa de dorada arena morían mansas las olas, y el son de los caracoles, con que anunciaban los pescadores su arribada á la playa, y el ronco canto del mar, parecían acordarse con la fragancia de aquel jardín antiguo donde las cinco hermanas se contaban sus sueños juveniles á la sombra de los rosáceos laureles.

Se habían sentado en un gran banco de piedra á componer sus ramos. Sobre el hombro de María Rosario estaba posada una paloma, y en aquel cándido suceso yo hallé la gracia y el misterio de una alegoría. Tocaban á fiesta unas campanas de aldea, y la iglesia se perfilaba á lo lejos, en lo alto de una colina verde, rodeada de cipreses. Salía la procesión, que anduvo alrededor de la iglesia, y distinguíanse las imágenes en sus andas, con los mantos bordados que brillaban al sol, y los rojos pendones parroquiales que iban delante, flameando victoriosos como triunfos litúrgicos. Las cinco hermanas se arrodillaron sobre la yerba, y juntaron las manos llenas de rosas.

Los mirlos cantaban en las ramas, y sus cantos se respondían encadenándose en un ritmo remoto, como las olas del mar. Las cinco hermanas habían vuelto á sentarse: Tejían sus ramos en silencio, y entre la púrpura de las rosas revoloteaban como albas palomas sus manos, y los rayos del sol que pasaban á través del follaje, temblaban en ellas como místicos haces encendidos. Los tritones y las sirenas de las fuentes borboteaban su risa quimérica, y las aguas de plata corrían con juvenil murmullo por las barbas limosas de los viejos monstruos marinos, que se inclinaban para besar á las sirenas, presas en sus brazos. Las cinco hermanas se levantaron para volver al Palacio. Caminaban lentamente por los senderos del laberinto como princesas encantadas que acarician un mismo ensueño. Cuando hablaban, el rumor de sus voces se perdía en los rumores de la tarde, y sólo la onda primaveral de sus risas se levantaba armónica bajo la sombra de los clásicos laureles.

Cuando penetré en el salón de la Princesa ya estaban las luces encendidas. En medio del silencio resonaba llena de gravedad la voz de un Colegial Mayor, que conversaba con las señoras que componían la tertulia de la Princesa Gaetani. El salón era dorado y de un gusto francés, femenino y lujoso. Amorcillos con guirnaldas, ninfas vestidas de encajes, galantes cazadores y venados de enramada cornamenta, poblaban la tapicería del muro, y sobre las consolas, en graciosos grupos de porcelana, duques pastores ceñían el florido talle de marquesas aldeanas. Yo me detuve un momento en la puerta. Al verme, las damas que ocupaban el estrado sonrieron y el Colegial Mayor se puso en pie:

--Permítame el Señor Capitán que le salude en nombre de todo el Colegio Clementino.

Y me alargó su mano carnosa y blanca, que parecía reclamar la pastoral amatista. Por privilegio pontificio vestía beca de terciopelo que realzaba su figura prócer y llena de majestad. Era un hombre joven, pero con los cabellos blancos. Tenía los ojos llenos de fuego, la nariz aguileña y la boca de estatua, firme y bien dibujada. La Princesa me lo presentó con un gesto lleno de languidez sentimental:

--Monseñor Antonelli. ¡Un sabio y un santo!

Yo me incliné:

--Sé, Princesa, que los cardenales romanos le consultan las más arduas cuestiones teológicas, y la fama de sus virtudes á todas partes llega...

El Colegial interrumpió con su grave voz, reposada y amable:

--No soy más que un filósofo, entendiendo la filosofía como la entendían los antiguos: Amor á la sabiduría.

Después, volviendo á sentarse, continuó:

--¿Habéis visto á Monseñor Gaetani? ¡Qué desgracia! ¡Tan grande como impensada!...

Todos guardamos un silencio triste. Dos señoras ancianas, las dos vestidas de seda con noble severidad, interrogaron á un mismo tiempo y con la misma voz:

--¿No hay esperanzas?

La Princesa suspiró:

--No las hay... Solamente un milagro:

De nuevo volvió el silencio. En el otro extremo del salón las hijas de la Princesa bordaban un paño de tisú, las cinco sentadas en rueda. Hablaban en voz baja las unas con las otras, y sonreían con las cabezas inclinadas: Sólo María Rosario permanecía silenciosa, y bordaba lentamente como si soñase. Temblaba en las agujas el hilo de oro, y bajo los dedos de las cinco doncellas nacían las rosas y los lirios de la flora celeste que puebla los paños sagrados. De improviso, en medio de aquella paz, resonaron tres aldabadas. La Princesa palideció mortalmente: Los demás no hicieron sino mirarse. El Colegial Mayor se puso en pie:

--Permitirán que me retire: No creí que fuese tan tarde... ¿Cómo han cerrado ya las puertas?

La Princesa repuso temblando:

--No las han cerrado.

Y las dos ancianas vestidas de seda negra, susurraron:

--¡Algún insolente!

Cambiaron entre ellas una mirada tímida, como para infundirse ánimo, y quedaron atentas, con un ligero temblor. Las aldabadas volvían á sonar, pero esta vez era dentro del Palacio Gaetani. Una ráfaga pasó por el salón y apagó algunas luces. La Princesa lanzó un grito. Todos la rodeamos: Ella nos miraba con los labios trémulos y los ojos asustados: Insinuó una voz:

--Cuando murió el Príncipe Filipo, ocurrió esto... ¡Y él lo contaba de su padre!

En aquel momento el Señor Polonio apareció en la puerta del salón, y en ella se detuvo. La Princesa incorporóse en el sofá, y se enjugó los ojos: Después, con noble entereza, le interrogó:

--¿Ha muerto?

El mayordomo inclinó la frente:

--¡Ya goza de Dios!

Una onda de gemidos se levantó en el estrado. Las damas rodearon á la Princesa, y el Colegial Mayor se santiguó.

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MARÍA ROSARIO, con los ojos arrasados de lágrimas guardaba lentamente sus agujas y su hilo de oro. Yo la veía en el otro extremo del salón, inclinada sobre un menudo y cincelado cofre que sostenía abierto en el regazo: Sin duda rezaba en voz baja, porque sus labios se movían débilmente. En su mejilla temblaba la sombra de las pestañas, y yo sentía que en el fondo de mi alma aquel rostro pálido temblaba con el encanto misterioso y poético que tiembla en el fondo de un lago, el rostro de la luna. María Rosario cerró el cofre, y dejando en él la llave de oro, lo puso sobre la alfombra para tomar en brazos á la más niña de sus hermanas que lloraba asustada. Después se inclinó, besándola. Yo veía cómo la infantil y rubia guedeja de María Nieves desbordaba sobre el brazo de María Rosario, y hallaba en aquel grupo la gracia cándida de esos cuadros antiguos que pintaron los monjes devotos de la Virgen. La niña murmuró:

--¡Tengo sueño!...

--¿Quieres que llame á tu doncella para que te acueste?

--Malvina me deja sola. Se figura que estoy durmiendo y se va muy despacio, y cuando estoy sola tengo miedo.

María Rosario alzóse con la niña en brazos, y como una sombra silenciosa y pálida atravesó el salón. Yo acudí presuroso á levantar el cortinaje de la puerta. María Rosario pasó con los ojos bajos, sin mirarme: La niña, en cambio, volvió hacia mí sus claras pupilas llenas de lágrimas, y me dijo con una voz muy tenue:

--Buenas noches, Marqués, hasta mañana.

--Adiós, preciosa.

Y con el alma herida por el desdén que María Rosario me mostrara, volví al estrado, donde la Princesa seguía con el pañuelo sobre los ojos. Las ancianas de su tertulia la rodeaban, y de tiempo en tiempo se volvían aconsejadoras y prudentes para hablar en voz baja con las niñas, que también suspiraban, pero con menos dolor que su madre:

--Hijas mías, debéis hacer que se acueste.

--Hay que disponer los lutos.

--¿Dónde ha ido María Rosario?

El Colegial Mayor también dejaba oir alguna vez su voz grave y amable: Cada palabra suya producía un murmullo de admiración entre las señoras. La verdad es que cuanto manaba de sus labios parecía lleno de ciencia teológica y de unción cristiana. De rato en rato fijaba en mí una mirada rápida y sagaz, y yo comprendía, con un estremecimiento, que aquellos ojos negros querían leer en mi alma. Yo era el único que allí permanecía silencioso, y acaso el único que estaba triste. Adivinaba, por primera vez en mi vida, todo el influjo galante de los prelados romanos, y acudía á mi memoria la leyenda de sus fortunas amorosas. Confieso que hubo instantes donde olvidé la ocasión, el sitio y hasta los cabellos blancos que peinaban aquellas nobles damas, y que tuve celos, celos rabiosos del Colegial Mayor. De pronto me estremecí: Hacía un momento que callaban todos, y en medio del silencio, el Colegial se acercaba á mí: Posó familiar su diestra sobre mi hombro, y me dijo:

--Caro Marqués, es preciso enviar un correo á Su Santidad.

Yo me incliné:

--Tenéis razón, Monseñor.

Y él repuso con extremada cortesía:

--Me congratula que seáis del mismo consejo... ¡Qué gran desgracia, Marqués!

--¡Muy grande, Monseñor!

Nos miramos de hito en hito, con un profundo convencimiento de que fingíamos por igual, y nos separamos. El Colegial Mayor volvió al lado de la Princesa, y yo salí del salón para escribir al Cardenal Camarlengo, que lo era entonces Monseñor Sassoferrato.

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MARÍA ROSARIO, en aquella hora, tal vez estaba velando el cadáver de Monseñor Gaetani! Tuve este pensamiento al entrar en la biblioteca, llena de silencio y de sombras. Vino del mundo lejano, y pasó sobre mi alma como soplo de aire sobre un lago de misterio. Sentí en las sienes el frío de unas manos mortales, y, estremecido, me puse de pie. Quedó abandonado sobre la mesa el pliego de papel, donde solamente había trazado la cruz, y dirigí mis pasos hacia la cámara mortuoria. El olor de la cera llenaba el Palacio. Criados silenciosos velaban en los largos corredores, y en la antecámara paseaban dos familiares, que me saludaron con una inclinación de cabeza. Sólo se oía el rumor de sus pisadas y el chisporroteo de los cirios que ardían en la alcoba.

Yo llegué hasta la puerta y me detuve: Monseñor Gaetani yacía rígido en su lecho, amortajado con hábito franciscano: En las manos yertas sostenía una cruz de plata, y sobre su rostro marfileño la llama de los cirios, tan pronto ponía un resplandor como una sombra. Allá en el fondo de la estancia rezaba María Rosario: Yo permanecí un momento mirándola: Ella levantó los ojos, se santiguó tres veces, besó la cruz de sus dedos, y poniéndose en pie vino hacia la puerta:

--¿Marqués, queda mi madre en el salón?

--Allí la dejé...

--Es preciso que descanse, porque ya lleva así dos noches... ¡Adiós, Marqués!

--¿No queréis que os acompañe?

Ella se volvió:

--Acompañadme, sí... La verdad es que María Nieves me ha contagiado su miedo...

Atravesamos la antecámara. Los familiares detuvieron un momento el silencioso pasear, y sus ojos inquisidores nos siguieron hasta la puerta. Salimos al corredor, que estaba sólo, y sin poder dominarme estreché una mano de María Rosario, y quise besarla, pero ella la retiró con vivo enojo:

--¿Qué hacéis?

--¡Que os adoro! ¡Que os adoro!

Asustada, huyó por el largo corredor. Yo la seguí.

--¡Os adoro! ¡Os adoro!

Mi aliento casi rozaba su nuca, que era blanca como la de una estatua, y exhalaba no sé qué aroma de flor y de doncella.

--¡Os adoro! ¡Os adoro!

Ella suspiró con angustia:

--¡Dejadme! ¡Por favor, dejadme!

Y sin volver la cabeza, azorada, trémula, huía por el corredor. Sin aliento y sin fuerzas se detuvo en la puerta del salón. Yo todavía murmuré á su oído:

--¡Os adoro! ¡Os adoro!

María Rosario se pasó la mano por los ojos y entró. Yo entré detrás atusándome el mostacho. María Rosario se detuvo bajo la lámpara y me miró con ojos asustados, enrojeciendo de pronto: Luego quedó pálida, pálida como la muerte. Vacilando se acercó á sus hermanas, y tomó asiento entre ellas, que se inclinaron en sus sillas para interrogarla: Apenas respondía. Se hablaban en voz baja con tímida mesura, y en los momentos de silencio oíase el péndulo de un reloj. Poco á poco había ido menguando la tertulia: Solamente quedaban aquellas dos señoras de los cabellos blancos y los vestidos de gro negro. Ya cerca de media noche la Princesa consintió en retirarse á descansar, pero sus hijas continuaron en el salón, velando hasta el día, acompañadas por las dos señoras, que contaban historias de su juventud: Recuerdos de antiguas modas femeninas y de las guerras de Bonaparte. Yo escuchaba distraído, y desde el fondo de un sillón, oculto en la sombra, contemplaba á María Rosario: Parecía sumida en un ensueño: Su boca, pálida de ideales nostalgias, permanecía anhelante como si hablase con las almas invisibles, y sus ojos inmóviles, abiertos sobre el infinito, miraban sin ver. Al contemplarla, yo sentía que en mi corazón se levantaba el amor, ardiente y trémulo como una llama mística. Todas mis pasiones se purificaban en aquel fuego sagrado y aromaban como gomas de Arabia. ¡Han pasado muchos años, y todavía el recuerdo me hace suspirar!

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YA CERCA del amanecer me retiré á la biblioteca. Era forzoso escribir al Cardenal Camarlengo, y decidí hacerlo en aquellas horas de monótona tristeza, cuando todas las campanas de Ligura se despertaban tocando á muerto, y prestes y arciprestes encomendaban á Dios el alma del difunto Obispo de Betulia.

En mi carta, dile á Monseñor Sassoferrato cuenta de todo muy extensamente, y luego de haber lacrado y puesto los cinco sellos con las armas pontificias, llamé al mayordomo y le entregué el pliego, para que sin pérdida de momento, un correo lo llevase á Roma. Hecho esto, me dirigí al oratorio de la Princesa, donde sin intervalo se sucedían las misas desde antes de rayar el sol. Primero habían celebrado los familiares que velaran el cadáver de Monseñor Gaetani, después los capellanes de la casa, y luego algún obeso colegial mayor que llegaba apresurado y jadeante. La Princesa había mandado franquear las puertas del Palacio, y á lo largo de los corredores sentíase el sordo murmullo del pueblo que entraba á visitar el cadáver. Los criados vigilaban en las antesalas, y los acólitos pasaban y repasaban con su ropón rojo y su roquete blanco, metiéndose á empujones por entre los devotos.

Al entrar en el oratorio mi corazón palpitó. Allí estaba María Rosario, y cercano á ella tuve la suerte de oir misa. Recibida la bendición me adelanté á saludarla. Ella me respondió temblando: También mi corazón temblaba, pero los ojos de María Rosario no podían verlo. Yo hubiérale rogado que pusiese su mano sobre mi pecho, pero temí que desoyese mi ruego. Aquella niña era cruel como todas las santas que tremolan en la tersa diestra la palma virginal. Confieso que yo tengo predilección por aquellas otras que primero han sido grandes pecadoras. Desgraciadamente María Rosario nunca quiso comprender que era su destino mucho menos bello que el de María de Magdala. La pobre no sabía que lo mejor de la santidad son las tentaciones. Quise ofrecerle agua bendita, y con galante apresuramiento me adelanté á tomarla: María Rosario tocó apenas mis dedos, y haciendo la señal de la cruz, salió del oratorio. Salí detrás, y pude verla un momento en el fondo tenebroso del corredor, hablando con el mayordomo. Al parecer le daba órdenes en voz baja: Volvió la cabeza, y viendo que me acercaba, enrojeció vivamente. El mayordomo exclamó:

--¡Aquí está el Señor Marqués!

Y luego, dirigiéndose á mí con una profunda reverencia, continuó:

--Excelencia, perdonad que os moleste, pero decid si estáis quejoso de mí. ¿He cometido con vos, alguna falta, acaso algún olvido?...

María Rosario le interrumpió con enojo:

--Callad, Polonio.

El melifluo mayordomo pareció consternado:

--¿Qué hice yo para merecer?...

--Os digo que calléis.

--Y os obedezco, pero como me reprocháis haber descuidado el servicio del Señor Marqués...

María Rosario, con las mejillas llameantes y la voz timbrada de cólera y de lágrimas, volvió á interrumpir:

--Os mando que calléis. Son insoportables vuestras explicaciones.

--¡Qué hice yo, cándida paloma, qué hice yo?

María Rosario, con un poco más de indulgencia, murmuró:

--¡Basta!... ¡Basta!... Perdonad, Marqués.

Y haciéndome una leve cortesía, se alejó. El mayordomo quedóse en medio del corredor con las manos en la cabeza y los ojos llorosos:

--Hubiérame tratado así una de sus hermanas, y me hubiera reído... La más pequeña no ignora que es princesina. No, no me hubiera reído, porque son mis señoras... Pero ella, ella que jamás ha reñido con nadie, venir á reñir hoy con este pobre viejo... ¡Y qué injustamente, Señor, qué injustamente!

Yo le pregunté con una emoción para mí desconocida hasta entonces:

--¿Es la mejor de sus hermanas?

--Y la mejor de las criaturas. Esa niña ha sido engendrada por los ángeles...

Y el Señor Polonio, enternecido, comenzó un largo relato de las virtudes que adornaban el alma de aquella doncella hija de príncipes, y era el relato del viejo mayordomo ingenuo y sencillo, como los que pueblan la Leyenda Dorada.

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LLEGABAN por el cadáver de Monseñor!... Y el mayordomo partióse de mi lado muy afligido y presuroso. Todas las campanas de la histórica ciudad doblaban á un tiempo. Oíase el canto latino de los clérigos resonando bajo el pórtico del Palacio, y el murmullo de la gente que llenaba la plaza. Cuatro colegiales mayores bajaron en hombros el féretro y el duelo se puso en marcha. Monseñor Antonelli me hizo sitio á su derecha, y con humildad, que me pareció estudiada, comenzó á dolerse de lo mucho que con la muerte de aquel santo y de aquel sabio perdía el Colegio Clementino: Yo á todo asentía con un vago gesto, y disimuladamente miraba á las ventanas, llenas de mujeres: Monseñor tardó poco en advertirlo, y me dijo con una sonrisa tan amable como sagaz:

--Sin duda no conocéis nuestra ciudad.

--No, Monseñor.

--Si permanecéis algún tiempo entre nosotros y queréis conocerla, yo me ofrezco á ser vuestro guía. ¡Está llena de riquezas artísticas!

--Gracias, Monseñor.

Seguimos en silencio. El son de las campanas llenaba el aire, y el grave cántico de los clérigos parecía reposar en la tierra, donde todo es polvo y podredumbre. Jaculatorias, misereres, responsos caían sobre el féretro como el agua bendita del hisopo. Encima de nuestras cabezas las campanas seguían siempre sonando, y el sol, un sol abrileño, joven y rubio como un mancebo, brillaba en las vestiduras sagradas, en la seda de los pendones y en las cruces parroquiales con un alarde de poder pagano.

Atravesamos casi toda la ciudad. Monseñor había dispuesto que se diese tierra á su cuerpo en el Convento de los Franciscanos, donde hacía más de cuatro siglos tenían enterramiento los Príncipes Gaetani. Una tradición piadosa, dice que el Santo de Asís fundó el Convento de Ligura, y que vivió allí algún tiempo. Todavía florece en el huerto, el viejo rosal que se cubría de rosas en todas las ocasiones que visitaba aquella fundación, el Divino Francisco. Llegamos entre dobles de campanas. En la puerta de la iglesia, alumbrándose con cirios, esperaba la Comunidad dividida en dos largas hileras. Primero los novicios, pálidos, ingenuos, demacrados: Después los profesos, sombríos, torturados, penitentes: Todos rezaban con la vista baja y sobre las sandalias los cirios lloraban gota á gota su cera amarilla.

Dijéronse muchas misas, cantóse un largo entierro, y el ataúd bajó al sepulcro que esperaba abierto desde el amanecer. Cayó la losa encima, y un colegial me buscó con deferencia cortesana, para llevarme á la sacristía. Los frailes seguían murmurando sus responsos, y la iglesia iba quedando en soledad y en silencio. En la sacristía saludé á muchos sabios y venerables teólogos que me edificaron con sus pláticas. Luego vino el Prior, un anciano de blanca barba, que había vivido largos años en los Santos Lugares. Me saludó con dulzura evangélica, y haciéndome sentar á su lado comenzó á preguntarme por la salud de Su Santidad. Los graves teólogos hicieron corro para escuchar mis nuevas, y como era muy poco lo que podía decirles, tuve que inventar en honor suyo toda una leyenda piadosa y milagrera: ¡Su Santidad recobrando la lozanía juvenil por medio de una reliquia! El Prior con el rostro resplandeciente de fe, me preguntó:

--¿De qué Santo era, hijo mío?

--De un Santo de mi familia.

Todos se inclinaron como si yo fuese el Santo: El temblor de un rezo, pasó por las luengas barbas, que salían del misterio de las capuchas, y en aquel momento yo sentí el deseo de arrodillarme y besar la mano del Prior. Aquella mano que sobre todos mis pecados podía hacer la cruz: Ego Te Absolvo.

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CUANDO volví al Palacio hallé á María Rosario en la puerta de la capilla repartiendo limosnas entre una corte de mendigos que alargaban las manos escuálidas bajo los rotos mantos. María Rosario era una figura ideal que me hizo recordar aquellas santas hijas de príncipes y de reyes: Doncellas de soberana hermosura, que con sus manos delicadas curaban á los leprosos. El alma de aquella niña encendíase con el mismo anhelo de santidad. A una vieja encorvada le decía:

--¿Cómo está tu marido, Liberata?

--¡Siempre lo mismo, señorina!... ¡Siempre lo mismo!

Y después de recoger su limosna y de besarla, retirábase la vieja salmodiando bendiciones, temblona sobre su báculo. María Rosario la miraba un momento, y luego sus ojos compasivos se tornaban hacia otra mendiga que daba el pecho á un niño escuálido, envuelto en el jirón de un manto:

--¿Es tuyo ese niño, Paula?

--No, Princesina: Era de una curmana que se ha muerto: Tres ha dejado la pobre, éste es el más pequeño.

--¿Y tú lo has recogido?

--¡La madre me lo recomendó al morir!

--¿Y qué es de los otros dos?

--Por esas calles andan. El uno tiene cinco años, el otro siete: Pena da mirarlos, desnudos como ángeles del Cielo.

María Rosario tomó en brazos al niño, y lo besó con dos lágrimas en los ojos. Al entregárselo á la mendiga, le dijo:

--Vuelve esta tarde y pregunta por el Señor Polonio.

--¡Gracias, mi señorina!

Un murmullo ardiente como una oración, entreabrió las bocas renegridas y tristes de aquellos mendigos:

--¡La pobre madre se lo agradecerá en el Cielo!

María Rosario continuó:

--Y si encuentras á los otros dos pequeños, tráelos también contigo.

--Los otros, hoy no sé dónde poder hallarlos, mi Princesina.

Un viejo de calva sien y luenga barba nevada, sereno y evangélico en su pobreza, se adelantó gravemente:

--Los otros, aunque cativo, tienen también amparo. Los ha recogido Barberina la Prisca. Una viuda lavandera que también á mí me tiene recogido.

Y el viejo, que insensiblemente había ido algunos pasos hacia delante, retrocedió tentando en el suelo con el báculo, y en el aire con una mano, porque era ciego. María Rosario lloraba en silencio, y resplandecía, hermosa y cándida como una Madona, en medio de la sórdida corte de mendigos, que se acercaban de rodillas para besarle las manos. Aquellas cabezas humildes, demacradas, miserables, tenían una expresión de amor. Yo recordé entonces los antiguos cuadros, vistos tantas veces en un antiguo monasterio de la Umbría: Tablas prerrafaélicas que pintó en el retiro de su celda un monje desconocido, enamorado de los ingenuos milagros que florecen la leyenda de la Reina de Turingia.