Sonata de otoño; Sonata de invierno: memorias del Marqués de Bradomín
Part 7
Seguimos andando en silencio. Yo, sin querer, recordaba tiempos mejores, aquellos tiempos cuando fuí galán y poeta. Los días lejanos florecían en mi memoria con el encanto de un cuento casi olvidado que trae aroma de rosas marchitas y una vieja armonía de versos: ¡Ay, eran las rosas y los versos de aquel buen tiempo, cuando mi bella aún era bailarina! Jaculatorias orientales donde la celebraba, y le decía que era su cuerpo airoso como las palmeras del desierto, y que todas las gracias se agrupaban en torno de su falda cantando y riendo al son de cascabeles de oro. La verdad es que no había ponderación para su belleza: Carmen se llamaba y era gentil como ese nombre lleno de gracia andaluza, que en latín dice poesía y en arábigo vergel. Al recordarla, recordé también los años que llevaba sin verla, y pensé que en otro tiempo mi hábito monástico hubiera despertado sus risas de cristal. Casi inconscientemente, le dije a Fray Ambrosio:
--¿La Duquesa vive siempre en Estella?
--Es dama de la Reina Doña Margarita... Pero jamás sale de su palacio si no es para oir misa.
--Tentaciones me vienen de volverme y entrar a verla.
--Tiempo hay para ello.
Habíamos llegado a Santa María y tuvimos que guarecernos en el cancel de la iglesia para dejar la calle a unos soldados de a caballo que subían en tropel: Eran lanceros castellanos que volvían de una guardia fuera de la ciudad: Entre el cálido coro de los clarines se levantaban encrespados los relinchos, y en el viejo empedrado de la calle las herraduras resonaban valientes y marciales, con ese noble son que tienen en el romancero las armas de los paladines. Desfilaron aquellos jinetes y continuamos nuestro camino. Fray Ambrosio me dijo:
--Estamos llegando.
Y señaló hacia el fondo de la calle una casa pequeña con carcomido balcón de madera sustentado por columnas. Un galgo viejo que dormitaba en el umbral gruñó al vernos llegar y permaneció echado. El zaguán era oscuro, lleno de ese olor que esparce la yerba en el pesebre y el vaho del ganado. Subimos a tientas la escalera que temblaba bajo nuestros pasos: Ya en lo alto, el exclaustrado llamó tirando de la cadena que colgaba a un lado de la puerta, y allá dentro bailoteó una esquila clueca. Se oyeron pasos y la voz del ama que refunfuña:
--¡Vaya una manera de llamar!... ¿Qué se ofrece?
El fraile responde con breve imperio:
--¡Abre!
--¡Ave María!... ¡Cuánta priesa!
Y siguió oyéndose la voz refunfuñona del ama, mientras descorría el cerrojo. El fraile a su vez murmuraba impaciente:
--¡Es inaguantable esta mujer!
Franqueada la puerta, el ama encrespóse más:
--¡Cómo había de venir sin compañía! ¡Tiene tanto de sobra, que necesita traer todos los días quien le ayude a comérselo!
Fray Ambrosio, pálido de cólera, levantó los brazos escuetos, gigantescos, amenazadores: Sobre su cabeza siempre temblona, bailoteaban las manos de rancio pergamino:
--¡Calla, lengua de escorpión!... Calla y aprende a tener respeto. ¿Sabes a quién has ofendido con tus infames palabras? ¿Lo sabes? ¿Sabes quién está delante de ti?... Pide perdón al Señor Marqués de Bradomín.
¡Oh insolencia de las barraganas! Al oir mi nombre aquella mujeruca, no mostró ni arrepentimiento ni zozobra: Me clavó los ojos negros y brujos, como los tienen algunas viejas pintadas por Goya, y un poco incrédula se limitó a balbucir con el borde de los labios:
--Si es el caballero que dice, por muchos años lo sea. ¡Amén!
Se apartó para dejarnos paso. Todavía la oímos murmurar:
--¡Vaya un barro que traen en los pies! ¡Divino Jesús, cómo me han puesto los suelos!
Aquellos suelos limpios, encerados, lucientes, puros espejos donde ella se miraba, sus amores de vieja casera, acababan de ser bárbaramente profanados por nosotros. Me volví consternado para alcanzar todo el horror de mi sacrilegio, y la mirada de odio que hallé en los ojos de la mujeruca fué tal, que sentí miedo. Todavía siguió rezongando:
--Si estuviesen matando petrolistas... Da dolor cómo me han puesto los suelos. ¡Qué entrañas!
Fray Ambrosio gritó desde la sala:
--¡Silencio!... A servirnos pronto el chocolate.
Y su voz resonó como un bélico estampido en el silencio de la casa. Era la voz con que en otro tiempo mandaba a los hombres de su partida y la única que les hacía temblar, pero aquella vieja tenía sin duda el ánimo isabelino, porque volviendo apenas el apergaminado gesto, murmuró más avinagrada que nunca:
--¡Pronto!... Pronto, será cuando se haga. ¡Ay, Jesús, dame paciencia!
Fray Ambrosio tosía con un eco cavernoso, y allá en el fondo de la casa continuaba oyéndose el marullar confuso de la barragana, y en los momentos de silencio el latido de un reloj, como si fuese la pulsación de aquella casa de fraile donde reinaba una vieja rodeada de gatos: ¡Tac-tac! ¡Tac-tac! Era un reloj de pared con el péndulo y las pesas al aire. La tos del fraile, el rosmar de la vieja, el soliloquio del reloj, me parecía que guardaban un ritmo quimérico y grotesco, aprendido en el clavicordio de alguna bruja melómana.
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[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: D]espojéme del hábito monacal y quedé en hábito de zuavo pontificio. Fray Ambrosio me contempló con infantil deleite, haciendo grandes aspavientos con sus brazos largos y descoyuntados:
--¡Cuidado que es bizarro arreo!
--¿Usted no lo conocía?
--Solamente en pintura, por un retrato del Infante Don Alfonso.
Y curioso de averiguar mis aventuras, con la tonsurada cabeza temblando sobre los hombros, murmuró:
--¿En fin, puede saberse la historia del hábito?
Yo repuse con indiferencia:
--Un disfraz para no caer en manos del maldito cura.
--¿De Santa Cruz?
--Sí.
--Ahora tiene sus reales en Oyarzun.
--Y yo vengo de Arimendi, donde estuve enfermo de calenturas, oculto en una casería.
--¡Válete Dios! ¿Y por qué le quiere mal el cura?
--Sabe que obtuve del Rey la orden para que le fusile Lizárraga.
Fray Ambrosio enderezó su encorvado talle de gigante:
--¡Mal hecho! ¡Mal hecho! ¡Mal hecho!
Yo repuse con imperio:
--El cura es un bandido.
--En la guerra son necesarios esos bandidos. ¡Pero claro, como esta no es guerra sino una farsa de masones!
No pude menos de sonreir.
--¿De masones?
--Sí, de masones: Dorregaray es masón.
--Pero quien quiere cazar a la fiera, quien ha jurado exterminarla, es Lizárraga.
El fraile vino hacia mí, cogiéndose con las dos manos la cabeza temblona, como si temiese verla rodar de los hombros:
--Don Antonio se cree que la guerra se hace derramando agua bendita, en vez de sangre. Todo lo arregla con comuniones, y en la guerra, si se comulga, ha de ser con balas de plomo. Don Antonio es un frailuco como yo, qué digo, mucho más frailuco que yo, aun cuando no haya hecho los votos. ¡Los viejos que anduvimos en la otra guerra, y vemos esta, sentimos vergüenza, verdadera vergüenza!... Ya me ha dado la alferecía.
Y se afirmó con más fuerza las manos sobre la cabeza, sentándose en el sillón a esperar el chocolate, porque ya sonaban en el corredor los pasos del ama y el timbre de las jícaras en el metal de las bandejas. El ama entró ya mudado el gesto, mostrando la cara plácida y sonriente de esas viejas felices con los cuidados caseros, el rosario y la calceta:
--¡Santos y buenos días nos dé Dios! El Señor Marqués no se acordaba de mí. Pues le he tenido en mi regazo. Yo soy hermana de Micaela la Galana. ¿Se acuerda de Micaela la Galana? Una doncella que tuvo muchos años su abuelita, mi dueña la Condesa.
Mirando a la vieja, murmuré casi conmovido:
--¡Ay, señora, si tampoco recuerdo a mi abuela!
--Una santa. ¡Quién estuviera como ella sentadita en el Cielo, al lado de Nuestro Señor Jesucristo!
Dejó sobre el velador las dos bandejas del chocolate, y después de hablar al oído del fraile, se retiró. El chocolate humeaba con grato y exquisito aroma: Era el tradicional soconusco de los conventos, aquel que en otro tiempo enviaban como regalo a los abades, los señores visorreyes de las Indias. Mi antiguo maestro de gramática aún hacía memoria de tanta bienandanza. ¡Oh, regalada holgura, eclesiástica opulencia, jocunda glotonería, siempre añorada, del Real e Imperial Monasterio de Sobrado! Fray Ambrosio, guardando el rito, masculló primero algunos latines, y luego embocó la jícara: Cuando le dió fin, murmuró a guisa de sentencia, con la elegante concisión de un clásico, en el siglo de Augusto:
--¡Sabroso! No hay chocolate como el de esas benditas monjas de Santa Clara!
Suspiró satisfecho, y volvió al cuento pasado:
--¡Váleme Dios! Ha estado bien no decir la historia del disfraz allá en la sacristía. Los clérigos son acérrimos partidarios de Santa Cruz.
Quedó un momento meditando. Después bostezó largamente, y sobre la boca negra como la de un lobo, se hizo la señal de la cruz:
--¡Váleme Dios! ¿Y qué desea de este pobre exclaustrado el Señor Marqués de Bradomín?
Yo murmuré con simulada indiferencia:
--Luego hablaremos de ello.
El fraile barboteó ladino:
--Tal vez no sea preciso... Pues sí señor, continúo ejerciendo oficios de capellán en casa de la Señora Condesa de Volfani. La Señora Condesa está buena, aun cuando un poco triste... Precisamente ésta es la hora de verla.
Yo hice un vago gesto, y saqué de la limosnera una onza de oro:
--Dejemos los negocios mundanos, Fray Ambrosio. Esa onza para una misa por haber salido con bien...
El fraile la guardó en silencio, y fuése después de ofrecerme su cama para que descabezase un sueño, y me repusiese del camino. Era una cama con siete colchones, y un Cristo a la cabecera. Enfrente una gran cómoda panzuda, un tintero de cuerno encima de la cómoda, y en la punta del tintero un solideo.
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[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: T]odo el día estuvo lloviendo. En las breves escampadas, una luz triste y cenicienta amanecía sobre los montes que rodean la ciudad santa del carlismo, donde el rumor de la lluvia en los cristales, es un rumor familiar. De tiempo en tiempo, en medio de la tarde llena de tedio invernal, se alzaba el ardiente son de las cornetas, o el campaneo de unas monjas llamando a la novena. Tenía que presentarme al Rey, y salí cuando aún no había vuelto Fray Ambrosio. Un velo de niebla ondulaba en las ráfagas del aire: Dos soldados cruzaban por el centro de la plaza, con el andar abatido y los ponchos chorreando agua: Se oía la canturia monótona de los niños de una escuela. La tarde lívida daba mayor tristeza al vano de la plaza encharcada, desierta, sepulcral. Me perdí varias veces en las calles, donde sólo hallé una beata a quien preguntar el camino: Anochecido ya, llegué a la Casa del Rey.
--Pronto ahorcaste los hábitos, Bradomín.
Tales fueron las palabras con que me recibió Don Carlos. Yo respondí, procurando que sólo el Rey me oyese:
--Señor, se me enredaban al andar.
El Rey murmuró en el mismo tono:
--También a mí se me enredan... Pero yo, desgraciadamente, no puedo ahorcarlos.
Me atreví a responder:
--Vos debíais fusilarlos, Señor.
El Rey sonrióse, y me llevó al hueco de una ventana:
--Conozco que has hablado con Cabrera. Esas ideas son suyas. Cabrera, ya habrás visto, se declara enemigo del partido ultramontano y de los curas facciosos. Hace mal, porque ahora son un poderoso auxiliar. Créeme, sin ellos no sería posible la guerra.
--Señor, ya sabéis que el general tampoco es partidario de la guerra.
El Rey guardó un momento silencio:
--Ya lo sé. Cabrera imagina que hubieran dado mejor fruto los trabajos silenciosos de las Juntas. Creo que se equivoca... Por lo demás, yo tampoco soy amigo de los curas facciosos. A ti ya te dije eso mismo en otra ocasión, cuando me hablaste de que era preciso fusilar a Santa Cruz. Si durante algún tiempo me opuse a que se le formase consejo de guerra, fué para evitar que se reuniesen las tropas republicanas ocupadas en perseguirle, y se nos viniesen encima. Ya has visto como sucedió así. El Cura ahora nos cuesta la pérdida de Tolosa.
El Rey hizo otra pausa, y con la mirada recorrió la estancia, un salón oscuro, entarimado de nogal, con las paredes cubiertas de armas y de banderas, las banderas ganadas en la guerra de los siete años por aquellos viejos generales de memoria ya legendaria. Allá en un extremo conversaban en voz baja el Obispo de Urgel, Carlos Calderón y Diego Villadarias. El Rey sonrió levemente, con una sonrisa de triste indulgencia, que yo nunca había visto en sus labios:
--Ya están celosos de que hable contigo, Bradomín. Sin duda no eres persona grata al Obispo de Urgel.
--¿Por qué lo decís, Señor?
--Por las miradas que te dirige: Ve a besarle el anillo.
Ya me retiraba para obedecer aquella orden, cuando el Rey, en alta voz de suerte que todos le oyesen, me advirtió:
--Bradomín, no olvides que comes conmigo.
Yo me incliné profundamente:
--Gracias, Señor.
Y llegué al grupo donde estaba el Obispo. Al acercarme habíase hecho el silencio. Su Ilustrísima me recibió con fría amabilidad:
--Bien venido, Señor Marqués.
Yo repuse con señoril condescendencia, como si fuese un capellán de mi casa el Obispo de la Seo de Urgel:
--¡Bien hallado, Ilustrísimo Señor!
Y con una reverencia más cortesana que piadosa, besé la pastoral amatista. Su Ilustrísima, que tenía el ánimo altivo de aquellos obispos feudales que llevaban ceñidas las armas bajo el capisayo, frunció el ceño, y quiso castigarme con una homilía:
--Señor Marqués de Bradomín, acabo de saber una burda fábula urdida esta mañana, para mofarse de dos pobres clérigos llenos de inocente credulidad, escarneciendo al mismo tiempo el sayal penitente, no respetando la santidad del lugar, pues fué en San Juan.
Yo interrumpí:
--En la sacristía, Señor Obispo.
Su Ilustrísima, que estaba ya escaso de aliento, hizo una pausa, y respiró:
--Me habían dicho que en la iglesia... Pero aun cuando haya sido en la sacristía, esa historia es como una burla de la vida de ciertos santos, Señor Marqués. Si, como supongo, el hábito no era un disfraz carnavalesco, en llevarlo no había profanación. ¡Pero la historia contada a los clérigos, es una burla digna del impío Voltaire!
El prelado iba, sin duda, a discurrir sobre los hombres de la Enciclopedia. Yo, viéndole en aquel paso, temblé arrepentido:
--Reconozco mi culpa, y estoy dispuesto a cumplir la penitencia que se digne imponerme su Ilustrísima.
Viendo el triunfo de su elocuencia, el santo varón ya sonrió benévolo:
--La penitencia la haremos juntos.
Yo le miré sin comprender. El prelado, apoyando en mi hombro una mano blanca, llena de hoyos, se dignó esclarecer su ironía:
--Los dos comemos en la mesa del Rey, y en ella el ayuno es forzoso. Don Carlos tiene la sobriedad de un soldado.
Yo respondí:
--El Bearnés, su abuelo, soñaba con que cada uno de sus súbditos pudiese sacrificar una gallina. Don Carlos, comprendiendo que es una quimera de poeta, prefiere ayunar con todos sus vasallos.
El Obispo me interrumpió:
--Marqués, no comencemos las burlas. ¡El Rey también es sagrado!
Yo me llevé la diestra al corazón, indicando que aun cuando quisiera olvidarlo no podría, pues estaba allí su altar. Y me despedí, porque tenía que presentar mis respetos a Doña Margarita.
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[imagen: _Sonata de Invierno_]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: A]l entrar en la saleta, donde la Señora y sus damas bordaban escapularios para los soldados, sentí en el alma una emoción a la vez religiosa y galante. Comprendí entonces todo el ingenuo sentimiento que hay en los libros de caballerías, y aquel culto por la belleza y las lágrimas femeniles que hacía palpitar bajo la cota, el corazón de Tirante el Blanco. Me sentí más que nunca, caballero de la Causa: Como una gracia deseé morir por aquella dama que tenía las manos como lirios, y el aroma de una leyenda en su nombre de princesa pálida, santa, lejana. Era una lealtad de otros siglos la que inspiraba Doña Margarita. Me recibió con una sonrisa de noble y melancólico encanto:
--No te ofendas si continúo bordando este escapulario, Bradomín. A ti te recibo como a un amigo.
Y dejando un momento la aguja clavada en el bordado, me alargó su mano que besé con profundo respeto. La Reina continuó:
--Me han dicho que estuviste enfermo. Te hallo un poco más pálido. Tú me parece que eres de los que no se cuidan, y eso no está bien. Ya que no por ti, hazlo por el Rey que tanto necesita servidores leales como tú. Estamos rodeados de traidores, Bradomín.
Doña Margarita calló un momento. Al pronunciar las últimas palabras, habíase empañado su voz de plata, y creí que iba a romperse en un sollozo. Acaso haya sido ilusión mía, pero me pareció que sus ojos de madona, bellos y castos, estaban arrasados de lágrimas: La Señora, en aquel momento inclinaba su cabeza sobre el escapulario que bordaba, y no puedo asegurarlo. Pasó algún tiempo. La Reina suspiró alzando la frente que parecía de una blancura lunar bajo las dos crenchas en que partía sus cabellos:
--Bradomín, es preciso que vosotros los leales salvéis al Rey.
Yo repuse conmovido:
--Señora, dispuesto estoy a dar toda mi sangre, porque pueda ceñirse la corona.
La Reina me miró con una noble emoción:
--¡Mal has entendido mis palabras! No es su corona lo que yo te pido que defiendas, sino su vida... ¡Que no se diga de los caballeros españoles, que habéis ido a lejanas tierras en busca de una princesa para vestirla de luto! Bradomín, vuelvo a decírtelo, estamos rodeados de traidores.
La Reina calló. Se oía el rumor de la lluvia en los cristales, y el toque lejano de las cornetas. Las damas que hacían corte a la Señora, eran tres: Doña Juana Pacheco, Doña Manuela Ozores y María Antonieta Volfani: Yo sentía sobre mí, como amoroso imán, los ojos de la Volfani, desde que había entrado en la saleta: Aprovechando el silencio se levantó, y vino con una interrogación al lado de Doña Margarita:
--¿La Señora quiere que vaya en busca de los Príncipes?
La Reina a su vez interrogó:
--¿Ya habrán terminado sus lecciones?
--Es la hora.
--Pues entonces ve por ellos. Así los conocerá Bradomín.
Me incliné ante la Señora, y aprovechando la ocasión hice también mis saludos a María Antonieta: Ella muy dueña de sí, respondióme con palabras insignificantes que ya no recuerdo, pero la mirada de sus ojos negros y ardientes fué tal, que hizo latir mi corazón como a los veinte años. Salió y dijo la Señora:
--Me tiene preocupada María Antonieta. Desde hace algún tiempo la encuentro triste y temo que tenga la enfermedad de sus hermanas: Las dos murieron tísicas... ¡Luego la pobre es tan poco feliz con su marido!
La Reina clavó la aguja en el acerico de damasco rojo que había en su costurero de plata, y sonriendo me mostró el escapulario:
--¡Ya está! Es un regalo que te hago, Bradomín.
Yo me acerqué para recibirlo de sus manos reales. La Señora, me lo entregó diciendo:
--¡Que aleje siempre de ti las balas enemigas!
Doña Juana Pacheco y Doña Manuela Ozores, rancias damas que acordaban la guerra de los siete años, murmuraron:
--¡Amén!
Hubo otro silencio. De pronto los ojos de la Reina se iluminaron con amorosa alegría: Era que entraban sus dos hijos mayores, conducidos por María Antonieta. Desde la puerta corrieron hacia ella, colgándosele del cuello y besándola. Doña Margarita les dijo con una graciosa severidad:
--¿Quién ha sabido mejor sus lecciones?
La Infanta calló poniéndose encendida, mientras Don Jaime, más denodado, respondía:
--Las hemos sabido todos lo mismo.
--Es decir, que ninguno las ha sabido.
Y Doña Margarita los besó, para ocultar que se reía: Después les dijo, tendida hacia mí su mano delicada y alba:
--Este caballero es el Marqués de Bradomín.
La Infanta murmuró en voz baja, inclinada la cabeza sobre el hombro de su madre:
--¿El que hizo la guerra en México?
La Reina acarició los cabellos de su hija:
--¿Quién te lo ha dicho?
--¿No lo contó una vez María Antonieta?
--¡Cómo te acuerdas!
La niña, llenos de timidez y de curiosidad los ojos, se acercó a mí:
--¿Marqués, llevabas ese uniforme en México?
Y Don Jaime, desde el lado de su madre, alzó su voz autoritaria de niño primogénito:
--¡Qué tonta eres! Nunca conoces los uniformes. Ese uniforme es de zuavo pontificio, como el del tío Alfonso.
Con familiar gentileza, el Príncipe vino también hacia mí:
--¿Marqués, es verdad que en México los caballos resisten todo el día al galope?
--Es verdad, Alteza.
La Infanta interrogó a su vez.
--¿Y es verdad que hay unas serpientes que se llaman de cristal?
--También es verdad, Alteza.
Los niños quedaron un momento reflexionando: Su madre les habló:
--Decidle a Bradomín lo que estudiáis.
Oyendo esto, el Príncipe se irguió ante mí, con infantil alarde:
--Marqués, pregúntame por donde quieras la Historia de España.
Yo sonreí:
--¿Qué reyes hubo de vuestro nombre, Alteza?
--Uno solo: Don Jaime el Conquistador.
--¿Y de dónde era Rey?
--De España.
La Infanta murmuró poniéndose encendida:
--De la Corona de Aragón: ¿Verdad, Marqués?
--Verdad, Alteza.
El Príncipe la miró despreciador:
--¿Y eso no es España?
La Infanta buscó ánimo en mis ojos, y repuso con tímida gravedad:
--Pero eso no es toda España.
Y volvió a ponerse roja. Era una niña encantadora, con ojos llenos de vida y cabellera de luengos rizos que besaban el terciopelo de las mejillas. Animándose volvió a preguntarme sobre mis viajes:
--¡Marqués, es verdad que también has estado en Tierra Santa?
--También estuve allí, Alteza.
--¿Y habrás visto el sepulcro de Nuestro Señor? Cuéntame cómo es.
Y se dispuso a oir, sentada en un taburete, con los codos en las rodillas y el rostro entre las manos que casi desaparecían bajo la suelta cabellera. Doña Manuela Ozores y Doña Juana Pacheco, que traían una conversación en voz baja, callaron, también dispuestas a escuchar el relato... Y en estas andanzas llega la hora de hacer penitencia, que fué ante los regios manteles según profecía de Su Ilustrísima.
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[imagen: _Sonata de Invierno_]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: T]uve el honor de asistir a la tertulia de la Señora. Durante ella, en vano fué buscar una ocasión propicia para hablar a solas con María Antonieta. Salí con el vago temor de haberla visto huir toda la noche. Al darme en rostro el frío de la calle advertí que una sombra alta, casi gigantesca, venía hacia mí. Era Fray Ambrosio:
--Bien le han tratado los soberanos. ¡Vaya, que no puede quejarse el Señor Marqués de Bradomín!
Yo murmuré con desabrido talante:
--El Rey sabe que no tiene otro servidor tan leal.
Y el fraile murmuró también desabrido, pero en tono menor:
--Algún otro tendrá...
Sentí crecer mi altivez:
--¡Ninguno!
Caminamos en silencio hasta doblar una esquina donde había un farol. Allí el exclaustrado se detuvo:
--¿Pero adónde vamos?... La dama consabida, dice que la vea esta misma noche, si puede ser.
Yo sentí latir mi corazón:
--¿Dónde?
--En su casa... Pero será preciso entrar con gran sigilo. Yo le guiaré.
Volvimos sobre nuestros pasos, recorriendo otra vez la calle encharcada y desierta. El fraile me habla en voz baja:
--La Señora Condesa también acaba de salir... Esta mañana me había mandado que la esperase. Sin duda quería darme ese aviso para el Señor Marqués... Temería no poder hablarle en la Casa del Rey.
El fraile calló suspirando: Después se rió, con un reir extraño, ruidoso, grotesco:
--¡Válete Dios!
--¿Qué le sucede, Fray Ambrosio?
--Nada, Señor Marqués. Es la alegría de verme desempeñando estos oficios, tan dignos de un viejo guerrillero. ¡Ay!... Cómo se ríen mis diez y siete cicatrices...
--¡Las tiene usted bien contadas!
--¡Mejor recibidas las tengo!
Calló, esperando sin duda una respuesta mía, y como no la obtuviese, continuó en el mismo tono de amarga burla:
--Eso sí, no hay prebenda que iguale a ser capellán de la Señora Condesa de Volfani. ¡Lástima que no pueda cumplir mejor sus promesas!... Ella dice que no es suya la culpa, sino de la Casa Real... Allí son enemigos de los curas facciosos, y no se les debe disgustar. ¡Oh, si dependiese de mi protectora!...