Sonata de otoño; Sonata de invierno: memorias del Marqués de Bradomín
Part 5
--No dices lo que sientes, Concha.
--Sí lo digo... Ya ves cuánto ofendo todos los días a mi marido... Pues te juro que en la hora de mi muerte, mejor quisiera tener el perdón de tu madre que el suyo...
--Tendrás todos los perdones, Concha... Y la bendición papal.
--¡Ah, si Dios te oyese! ¡Pero Dios no puede oirnos a ninguno de nosotros!
--Se lo diremos a Don Juan Manuel, que tiene más potente voz.
Concha estaba en la puerta y se recogía la cola de su ropón monacal. Movió la cabeza con disgusto:
--¡Xavier! ¡Xavier!
Yo le dije acercándome:
--¿Te vas?
--Sí, mañana vendré.
--Mañana harás como hoy.
--No... Te prometo venir...
Llegó al fondo del corredor y me llamó en voz baja:
--Acompáñame... ¡Tengo mucho miedo a las arañas! No hables alto... Allí duerme Isabel.
Y su mano, que en la sombra era una mano de fantasma, mostrábame una puerta cerrada que se marcaba en la negrura del suelo por un débil resplandor:
--Duerme con luz.
--Sí.
Yo entonces le dije, deteniéndome y reclinando su cabeza en mi hombro:
--¡Ves!... Isabel no puede dormir sola... ¡Imitémosla!
La cogí en brazos como si fuese una niña. Ella reía en silencio. La llevé hasta la puerta de su alcoba, que estaba abierta sobre la oscuridad, y la posé en el umbral.
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[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: M]e Acosté rendido, y toda la mañana estuve oyendo entre sueños las carreras, las risas y los gritos de las dos pequeñas, que jugaban en la Terraza de los Miradores. Tres puertas del salón que me servía de alcoba daban sobre ella. Dormí poco, y en aquel estado de vaga y angustiosa conciencia, donde advertía cuándo se paraban las niñas ante una de las puertas, y cuando gritaban en los miradores, el moscardón verdoso de la pesadilla daba vueltas sin cesar, como el huso de las brujas hilanderas. De pronto me pareció que las niñas se alejaban: Pasaron corriendo ante las tres puertas: Una voz las llamaba desde el jardín. La terraza quedó desierta. En medio del sopor que me impedía de una manera dolorosa toda voluntad, yo columbraba que mi pensamiento iba extraviándose por laberintos oscuros, y sentía el sordo avispero de que nacen los malos ensueños, las ideas torturantes, caprichosas y deformes, prendidas en un ritmo funambulesco. En medio del silencio resonó en la terraza festivo ladrar de perros y música de cascabeles. Una voz grave y eclesiástica, que parecía venir de más lejos, llamaba:
--¡Aquí, Carabel!... ¡Aquí, Capitán!...
Era el Abad de Brandeso, que había venido al Palacio después de misa, para presentar sus respetos a mis nobles primas:
--¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán!
Concha e Isabel despedían al tonsurado desde la terraza:
--¡Adios, Don Benicio!
Y el Abad contestaba bajando la escalinata:
--¡Adios, señoras! Retírense que corre fresco. ¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán!
Percibí distintamente la carrera retozona de los perros. Luego, en medio de un gran silencio, se alzó la voz lánguida de Concha:
--¡Don Benicio, que mañana celebra usted misa en nuestra capilla! ¡No lo eche usted en olvido!...
Y la voz grave y eclesiástica, respondía:
--¡No lo echo en olvido!... ¡No lo echo en olvido!...
Y como un canto gregoriano, se elevaba desde el fondo del jardín entre el cascabeleo de los perros. Después las dos damas se despedían de nuevo. Y la voz grave y eclesiástica repetía:
--¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán!... Díganle al Señor Marqués de Bradomín que hace días, cazando con el Sumiller, descubrimos un bando de perdices. Díganle que a ver cuándo le caemos encima. Resérvenlo al Sumiller, si viene por el Palacio. Me ha encargado el secreto...
Concha e Isabel pasaron ante las tres puertas. Sus voces eran un murmullo fresco y suave. La terraza volvió a quedar en silencio, y en aquel silencio me desperté completamente. No pude volver a conciliar el sueño, e hice sonar la campanilla de plata, que en la penumbra de la alcoba resplandecía con resplandor noble y eclesiástico, sobre una mesa antigua, cubierta con un paño de velludo carmesí. Florisel acudió para servirme, en tanto me vestía. Pasó tiempo, y de nuevo oí las voces de las dos pequeñas que volvían del palomar con Candelaria. Traían una pareja de pichones. Hablaban alborozadas, y la vieja criada les decía, como si refiriese un cuento de hadas, que cortándoles las alas, podrían dejarlos sueltos en el Palacio:
--¡Cuando la madrecita era como vosotras mucho la divertía este divertimiento!
Florisel abrió las tres puertas que daban sobre la terraza, y me asomé para llamar a las niñas, que corrieron a besarme cada una con su paloma blanca. Al verlas recordé aquellos dones celestes concedidos a las princesas infantiles que perfuman la leyenda dorada como lirios de azul heráldico. Las niñas me dijeron:
--¿No sabes que el tío de Lantañón se fué al amanecer, en tu caballo?
--¿Quién os lo ha dicho?
--Hemos ido a verle, y hallamos todo abierto, puertas y ventanas, y la cama deshecha. Candelaria dice que ella le vió salir, y Florisel también.
Yo no pude menos de reirme:
--¿Y vuestra madre lo sabe?
--Sí.
--¿Y qué dice?
Las niñas se miraron vacilantes. Hubo entre ellas un cambio de sonrisas. Después exclamaron a un tiempo:
--Mamá dice que está loco.
Candelaria las llamó, y se alejaron corriendo para cortar las alas a los pichones y soltarlos en las estancias del Palacio. Aquel juego que amaba tanto de niña, la pobre Concha.
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[imagen: Sonata de Otoño]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_\]
[imagen: E]n la Luminosa pereza de la tarde, con todos los cristales del mirador dorados por el sol y las palomas volando sobre nuestras cabezas, Isabel y las niñas hablaban de ir conmigo a Lantañón para saber cómo había llegado el tío Don Juan Manuel. Isabel me preguntó:
--¿Qué distancia hay, Xavier?
--No más de una legua.
--Entonces podemos ir a pie.
--¿Y no se cansarán las pequeñas?
--Son muy andarinas.
Y las niñas apresuradas, radiantes, exclamaron a un tiempo:
--¡No! ¡No!... El año pasado hemos subido al Pico Sagro sin cansarnos.
Isabel miró hacia el jardín:
--Creo que tendremos buena tarde...
--¡Quién sabe! Aquellas nubes traen agua.
--Pero esas se van por otro lado.
Isabel confiaba en la galantería de las nubes. Nosotros dos hablábamos reunidos en el hueco de una ventana contemplando el cielo y el campo, mientras las niñas palmoteaban dando gritos, para que asustadas volasen las palomas. Al volverme vi a Concha: Estaba en la puerta, muy pálida, con los labios trémulos. Me miró, y sus ojos me parecieron otros ojos: Había en ellos afán, enojo y súplica. Llevándose las dos manos a la frente murmuró:
--Florisel me dijo que estabais en el jardín.
--Hemos estado.
--¡Parece que os ocultáis de mí!
Isabel repuso sonriendo:
--Sí, para conspirar.
Cogió a las niñas de la mano, y salió llevándoselas consigo. Quedéme a solas con la pobre Concha, que anduvo lánguidamente hasta sentarse en un sillón. Después suspiró como otras veces, diciendo que se moría. Yo me acerqué festivo, y ella se indignó:
--¡Ríete!... Haces bien, déjame sola, vete con Isabel...
Alcé una de sus manos y cerré los ojos, besándole los dedos reunidos en un haz oloroso, rosado y pálido.
--¡Concha, no me hagas sufrir!
Ella agitó los párpados llenos de lágrimas, y murmuró en voz baja y arrepentida:
--¿Por qué quieres dejarme sola?... Ya comprendo que tú no tienes la culpa... ¡Es ella, que sigue loca y que te busca!...
Sequé sus lágrimas y le dije:
--No hay más locura que la tuya, mi pobre Concha... Pero como es tan bella, no quisiera verla nunca curada...
--Yo no estoy loca.
--Sí que estás loca... Loca por mí.
Ella repitió con gentil enojo:
--¡No! ¡No! ¡No!...
--Sí.
--Vanidoso.
--¿Pues entonces, para qué quieres tenerme a tu lado?
Concha me echó los brazos al cuello y exclamó riendo, después de besarme:
--¡La verdad es que si tanto te envaneces de mi cariño será porque vale mucho!
--¡Muchísimo!
Concha pasó sus manos por mis cabellos, con una caricia lenta:
--Déjalas ir, Xavier... Ya ves que te prefiero a mis hijas...
Yo, como un niño abandonado y sumiso, apoyé la frente sobre su pecho y entorné los párpados, respirando con anhelo delicioso y triste aquel perfume de flor que se deshojaba:
--Haré cuanto tú quieras. ¿No lo sabes?
Concha murmuró, mirándome en los ojos y bajando la voz:
--¿Entonces no irás a Lantañón?
--No.
--¿Te contraría?
--No... Lo siento por las niñas, que estaban consentidas.
--Pueden ir ellas con Isabel... Las acompaña el mayordomo.
En aquel momento un aguacero repentino azotó los cristales y los follajes del jardín. Las nubes oscurecieron el sol. Quedó la tarde en esa luz otoñal y triste que parece llena de alma. María Fernanda entró muy afligida:
--¿Has visto qué mala suerte tenemos, Xavier? ¡Ya está lloviendo!
Después entró María Isabel:
--¿Si escampa nos dejas ir, mamá?
Concha respondió:
--Escampando, sí.
Y las dos niñas fueron a enterrarse en el fondo de una ventana: Con la cara pegada a los cristales miraban llover. Las nubes pesadas y plomizas iban a congregarse sobre la Sierra de Céltigos, en un horizonte de agua. Los pastores, dando voces a sus rebaños, bajaban presurosos por los caminos, encapuchados en sus capas de juncos. El arco iris cubría el jardín, y los cipreses oscuros y los mirtos verdes y húmedos parecían temblar en un rayo de anaranjada luz. Candelaria con la falda recogida y chocleando las madreñas, andaba encorvada bajo un gran paraguas azul cogiendo rosas para el altar de la capilla.
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[imagen: Sonata de Otoño]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: L]a capilla era húmeda, tenebrosa, resonante. Sobre el retablo campeaba un escudo de diez y seis cuarteles, esmaltados de gules y de azur, de sable y de sinople, de oro y de plata. Era el escudo concedido por ejecutorias de los Reyes Católicos al Capitán Alonso Bendaña, fundador del Mayorazgo de Brandeso: ¡Aquel Capitán que en los Nobiliarios de Galicia tiene una leyenda bárbara! Cuentan que habiendo hecho prisionero en una cacería a su enemigo el Abad de Mos, le vistió con pieles de lobo y le soltó en el monte, donde el Abad murió atarazado por los perros. Candelaria, la niñera de Concha, que como todos los criados antiguos, sabía historias y genealogías de la casa de sus señores, solía en otro tiempo referirnos la leyenda del Capitán Alonso Bendaña, como la refieren los viejos Nobiliarios que ya nadie lee. Además, Candelaria sabía que dos enanos negros se habían llevado al infierno el cuerpo del Capitán. ¡Era tradicional que en el linaje de Brandeso los hombres fuesen crueles y las mujeres piadosas!
Yo aún recuerdo aquel tiempo cuando había capellán en el Palacio y mi tía Águeda, siguiendo añeja e hidalga costumbre, oía misa acompañada por todas sus hijas, desde la tribuna señorial que estaba al lado del Evangelio. En la tribuna tenían un escaño de velludo carmesí con alto respaldar que coronaban dos escudos nobiliarios, pero solamente mi tía Águeda, por su edad y por sus achaques, gozaba el privilegio de sentarse. A la derecha del altar estaba enterrado el Capitán Alonso Bendaña con otros caballeros de su linaje: El sepulcro tenía la estatua orante de un guerrero. A la izquierda estaba enterrada Doña Beatriz de Montenegro, con otras damas de distinto abolengo: el sepulcro tenía la estatua orante de una religiosa en hábito blanco como las Comendadoras de Santiago. La lámpara del presbiterio alumbraba día y noche ante el retablo labrado como joyel de reyes: Los áureos racimos de la vid evangélica parecían ofrecerse cargados de fruto. El santo tutelar era aquel piadoso Rey Mago que ofreció mirra al Niño Dios: Su túnica de seda bordada de oro brillaba con el resplandor devoto de un milagro oriental. La luz de la lámpara, entre las cadenas de plata, tenía tímido aleteo de pájaro prisionero, como si se afanase por volar hacia el Santo.
Concha quiso que fuesen sus manos las que dejasen aquella tarde a los pies del Rey Mago los floreros cargados de rosas, como ofrenda de su alma devota. Después, acompañada de las niñas, se arrodilló ante el altar. Yo desde la tribuna solamente oía el murmullo de su voz, que guiaba moribunda las ave-marías, pero cuando a las niñas les tocaba responder, oía todas las palabras rituales de la oración. Concha se levantó besando el rosario, cruzó el presbiterio santiguándose y llamó a sus hijas para rezar ante el sepulcro del guerrero, donde también estaba enterrado Don Miguel Bendaña. Aquel señor de Brandeso era el abuelo de Concha. Hallábase moribundo cuando mi madre me llevó por primera vez al Palacio. Don Miguel Bendaña había sido un caballero déspota y hospitalario, fiel a la tradición hidalga y campesina de todo su linaje. Enhiesto como un lanzón, pasó por el mundo sin sentarse en el festín de los plebeyos. ¡Hermosa y noble locura! A los ochenta años, cuando murió, aún tenía el alma soberbia, gallarda y bien templada, como los gavilanes de una espada antigua. Estuvo cinco días agonizando, sin querer confesarse. Mi madre aseguraba que no había visto nada semejante. Aquel hidalgo era hereje. Una noche, poco después de su muerte, oí contar en voz baja que Don Miguel Bendaña había matado a un criado suyo. ¡Bien hacía Concha rezándole por el alma!
La tarde agonizaba y las oraciones resonaban en la silenciosa oscuridad de la capilla, hondas, tristes y augustas, como un eco de la Pasión. Yo me adormecía en la tribuna. Las niñas fueron a sentarse en las gradas del altar: Sus vestidos eran albos como el lino de los paños litúrgicos. Yo sólo distinguí una sombra que rezaba bajo la lámpara del presbiterio: Era Concha. Sostenía entre sus manos un libro abierto y leía con la cabeza inclinada. De tarde en tarde el viento mecía la cortina de un alto ventanal: Yo entonces veía en el cielo ya oscuro, la faz de la luna, pálida y sobrenatural, como una diosa que tiene su altar en los bosques y en los lagos...
Concha cerró el libro dando un suspiro, y de nuevo llamó a las niñas. Vi pasar sus sombras blancas a través del presbiterio y columbré que se arrodillaban a los lados de su madre. La luz de la lámpara temblaba con un débil resplandor sobre las manos de Concha, que volvían a sostener abierto el libro. En el silencio su voz leía piadosa y lenta. Las niñas escuchaban, y adiviné sus cabelleras sueltas sobre la albura del ropaje. Concha leía.
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[imagen: _Sonata de Otoño_]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: E]ra media noche. Yo estaba escribiendo cuando Concha, envuelta en su ropón monacal, y sin ruido, entró en el salón que me servía de alcoba.
--¿A quién escribes?
--Al secretario de Doña Margarita.
--¿Y qué le dices?
--Le doy cuenta de la ofrenda que hice al Apóstol en nombre de la Reina.
Hubo un momento de silencio. Concha, que permanecía en pie, apoyadas las manos en mis hombros, se inclinó, rozándome la frente con sus cabellos:
--¿Escribes al secretario, o escribes a la Reina?
Me volví con fría lentitud:
--Escribo al secretario. ¿También tienes celos de la Señora?
Protestó vivamente:
--¡No! ¡No!
La senté en mis rodillas, y le dije, acariciándola:
--Doña Margarita no es como la otra...
--A la otra también la calumnian mucho. Mi madre, que fué dama de honor, lo decía siempre.
Viéndome sonreir, la pobre Concha inclinó los ojos con adorable rubor:
--Los hombres creéis todo lo malo que se dice de las mujeres... ¡Además, una reina tiene tantos enemigos!
Y como la sonrisa aún no había desaparecido de mis labios, exclamó retorciéndome los negros mostachos con sus dedos pálidos:
--¡Boca perversa!
Se puso en pie con ánimo de irse. Yo la retuve por una mano:
--Quédate, Concha.
--¡Ya sabes que no puede ser, Xavier! Yo repetí.
--Quédate.
--¡No! ¡No!... Mañana quiero confesarme... ¡Temo tanto ofender a Dios!
Entonces, levantándome con helada y desdeñosa cortesía, le dije:
--¿De manera que ya tengo un rival?
Concha me miró con ojos suplicantes:
--¡No me hagas sufrir, Xavier!
--No te haré sufrir... Mañana mismo saldré del Palacio.
Ella exclamó llorosa y colérica:
--¡No saldrás!
Y casi se arrancó la túnica blanca y monacal con que solía visitarme en tales horas. Quedó desnuda. Temblaba, y le tendí los brazos:
--¡Pobre amor mío!
A través de las lágrimas, me miró demudada y pálida:
--¡Qué cruel eres!... Ya no podré confesarme mañana.
La besé, y le dije por consolarla:
--Nos confesaremos los dos el día que yo me vaya.
Vi pasar una sonrisa por sus ojos:
--Si esperas conquistar tu libertad con esa promesa, no lo consigues.
--¿Por qué?
--Porque eres mi prisionero para toda la vida.
Y se reía, rodeándome el cuello con los brazos. El nudo de sus cabellos se deshizo, y levantando entre las manos albas la onda negra, perfumada y sombría, me azotó con ella. Suspiré parpadeando:
--¡Es el azote de Dios!
--¡Calla, hereje!
--¿Te acuerdas cómo en otro tiempo me quedaba exánime?
--Me acuerdo de todas tus locuras.
--¡Azótame, Concha! ¡Azótame como a un divino Nazareno!... ¡Azótame hasta morir!...
--¡Calla!... ¡Calla!...
Y con los ojos extraviados y temblándole las manos, empezó a recogerse la negra y olorosa trenza:
--Me das miedo cuando dices esas impiedades... Sí, miedo, porque no eres tú quien habla: Es Satanás... Hasta tu voz parece otra... ¡Es Satanás!...
Cerró los ojos estremecida y mis brazos la abrigaron amantes. Me pareció que en sus labios vagaba un rezo y murmuré riéndome, al mismo tiempo que sellaba en ellos con los míos:
--¡Amén!... ¡Amén!... ¡Amén!...
Quedamos en silencio. Después su boca gimió bajo mi boca.
--¡Yo muero!
Su cuerpo aprisionado en mis brazos tembló como sacudido por mortal aleteo. Su cabeza lívida rodó sobre la almohada con desmayo. Sus párpados se entreabrieron tardos, y bajo mis ojos vi aparecer sus ojos angustiados y sin luz:
--¡Concha!... ¡Concha!...
Como si huyese el beso de mi boca, su boca pálida y fría se torció con una mueca cruel:
--¡Concha!... ¡Concha!...
Me incorporé sobre la almohada, y helado y prudente solté sus manos aún enlazadas en torno de mi cuello. Parecían de cera. Permanecí indeciso, sin osar moverme:
--¡Concha!... ¡Concha!...
A lo lejos aullaban canes. Sin ruido me deslicé hasta el suelo. Cogí la luz y contemplé aquel rostro ya deshecho y mi mano trémula tocó aquella frente. El frío y el reposo de la muerte me aterraron. No, ya no podía responderme. Pensé huir, y cauteloso abrí una ventana. Miré en la oscuridad con el cabello erizado, mientras en el fondo de la alcoba flameaban los cortinajes de mi lecho y oscilaba la llama de las bujías en el candelabro de plata. Los perros seguían aullando muy distantes, y el viento se quejaba en el laberinto como un alma en pena, y las nubes pasaban sobre la luna, y las estrellas se encendían y se apagaban como nuestras vidas.
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[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomín_]
[imagen: D]ejé abierta la ventana, y andando sin ruido, como si temiese que mis pisadas despertasen pálidos espectros, me acerqué a la puerta que momentos antes habían cerrado trémulas de pasión aquellas manos ahora yertas. Receloso tendí la vista por el negro corredor y me aventuré en las tinieblas. Todo parecía dormido en el Palacio. Anduve a tientas palpando el muro con las manos. Era tan leve el rumor de mis pisadas que casi no se oía, pero mi mente fingía medrosas resonancias. Allá lejos, en el fondo de la antesala, temblaba con agonizante resplandor la lámpara que día y noche alumbraba ante la imagen de Jesús Nazareno, y la santa faz, desmelenada y lívida, me infundió miedo, más miedo que la faz mortal de Concha. Llegué temblando hasta el umbral de su alcoba y me detuve allí, mirando en el testero del corredor una raya de luz, que marcaba sobre la negra oscuridad del suelo la puerta de la alcoba donde dormía mi prima Isabel. Temí verla aparecer despavorida, sobresaltada por el rumor de mis pasos, y temí que sus gritos pusiesen en alarma todo el Palacio. Entonces resolví entrar adonde ella estaba y contárselo todo. Llegué sin ruido, y desde el umbral, apagando la voz, llamé:
--¡Isabel!... ¡Isabel!...
Me había detenido y esperé. Nada turbó el silencio. Di algunos pasos y llamé nuevamente:
--¡Isabel!... ¡Isabel!...
Tampoco respondió. Mi voz desvanecíase por la vasta estancia como amedrentada de sonar. Isabel dormía. Al escaso reflejo de la luz que parpadeaba en un vaso de cristal, mis ojos distinguieron hacia el fondo nebuloso de la estancia un lecho de madera. En medio del silencio, levantábase y decrecía con ritmo acompasado y lento la respiración de mi prima Isabel. Bajo la colcha de damasco, aparecía el cuerpo en una indecisión suave, y su cabellera deshecha era sobre las almohadas blancas un velo de sombra. Volví a llamar:
--¡Isabel!... ¡Isabel!...
Había llegado hasta su cabecera y mis manos se posaron al azar sobre los hombros tibios y desnudos de mi prima. Sentí un estremecimiento. Con la voz embargada grité:
--¡Isabel!... ¡Isabel!...
Isabel se incorporó con sobresalto:
--¡No grites, que puede oir Concha!...
Mis ojos se llenaron de lágrimas, y murmuré inclinándome:
--¡La pobre Concha ya no puede oirnos!
Un rizo de mi prima Isabel me rozaba los labios, suave y tentador. Creo que lo besé. Yo soy un santo que ama siempre que está triste. La pobre Concha me lo habrá perdonado allá en el Cielo. Ella, aquí en la tierra, ya sabía mi flaqueza. Isabel murmuró sofocada:
--¡Si sospecho esto echo el cerrojo!
--¿Adónde?
--¡A la puerta, bandolero! ¡A la puerta!
No quise contrariar las sospechas de mi prima Isabel. ¡Hubiera sido tan doloroso y tan poco galante desmentirla! Era Isabel muy piadosa, y el saber que me había calumniado la hubiera hecho sufrir inmensamente. ¡Ay!... Todos los Santos Patriarcas, todos los Santos Padres, todos los Santos Monjes pudieron triunfar del pecado más fácilmente que yo! Aquellas hermosas mujeres que iban a tentarles no eran sus primas. ¡El destino tiene burlas crueles! Cuando a mí me sonríe, lo hace siempre como entonces, con la mueca macabra de esos enanos patizambos que a la luz de la luna hacen cabriolas sobre las chimeneas de los viejos castillos... Isabel murmuró, sofocada por los besos:
--¡Temo que se aparezca Concha!
Al nombre de la pobre muerta, un estremecimiento de espanto recorrió mi cuerpo, pero Isabel debió pensar que era de amor. ¡Ella no supo jamás por qué yo había ido allí!
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[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: C]uando volví a ver con mis ojos mortales la faz amarilla y desencajada de Concha, cuando volví a tocar con mis manos febriles sus manos yertas, el terror que sentí fué tanto, que comencé a rezar, y de nuevo me acudió la tentación de huir por aquella ventana abierta sobre el jardín misterioso y oscuro. El aire silencioso de la noche hacía flamear los cortinajes y estremecía mis cabellos. En el cielo lívido empezaban a palidecer las estrellas, y en el candelabro de plata el viento había ido apagando las luces, y quedaba una sola. Los viejos cipreses que se erguían al pie de la ventana, inclinaban lentamente sus cimas mustias, y la luna pasaba entre ellos fugitiva y blanca como alma en pena. El canto lejano de un gallo se levantó en medio del silencio anunciando el amanecer. Yo me estremecí, y miré con horror el cuerpo inanimado de Concha tendido en mi lecho. Después, súbitamente recobrado, encendí todas las luces del candelabro y le coloqué en la puerta para que me alumbrase el corredor. Volví, y mis brazos estrecharon con pavura el pálido fantasma que había dormido en ellos tantas veces. Salí con aquella fúnebre carga. En la puerta, una mano, que colgaba inerte, se abrasó en las luces, y derribó el candelabro. Caídas en el suelo las bujías siguieron alumbrando con llama agonizante y triste. Un instante permanecí inmóvil, con el oído atento. Sólo se oía el ulular del agua en la fuente del laberinto. Seguí adelante. Allá, en el fondo de la antesala, brillaba la lámpara del Nazareno, y tuve miedo de cruzar ante la imagen desmelenada y lívida. ¡Tuve miedo de aquella mirada muerta! Volví atrás.