Sonata de otoño; Sonata de invierno: memorias del Marqués de Bradomín
Part 3
[imagen: A]l anochecer, Concha sintió un gran frío y tuvo que acostarse. Alarmado al verla temblar, pálida como la muerte, quise mandar por un médico a Viana del Prior, pero ella se opuso, y al cabo de una hora ya me miraba sonriendo con amorosa languidez. Descansando inmóvil sobre la blanca almohada, murmuró:
--¿Creerás que ahora me parece una felicidad estar enferma?
--¿Por qué?
--Porque tú me cuidas.
Yo me sonreí sin decir nada, y ella, con una gran dulzura, insistió:
--¡Es que tú no sabes cómo yo te quiero!
En la penumbra de la alcoba la voz apagada de Concha tenía un profundo encanto sentimental. Mi alma se contagió:
--¡Yo te quiero más, princesa!
--No, no. En otro tiempo te he gustado mucho. Por muy inocente que sea una mujer, eso lo conoce siempre, y tú sabes lo inocente que yo era.
Me incliné para besar sus ojos, que tenían un velo de lágrimas, y le dije por consolarla:
--¿Creerás que no me acuerdo, Concha?
Ella exclamó riéndose.
--¡Qué cínico eres!
--Di qué desmemoriado. ¡Hace ya tanto tiempo!
--¿Y cuánto tiempo hace, vamos a ver?
--No me entristezcas haciendo que recuerde los años.
--Pues confiesa que yo era muy inocente.
--¡Todo lo inocente que puede ser una mujer casada!
--Más, mucho más. ¡Ay! Tú fuiste mi maestro en todo.
Exhaló las últimas palabras como si fuesen suspiros, y apoyó una de sus manos sobre los ojos. Yo la contemplé, sintiendo cómo se despertaba la voluptuosa memoria de los sentidos. Concha tenía para mí todos los encantos de otro tiempo, purificados por una divina palidez de enferma. Era verdad que yo había sido su maestro en todo. Aquella niña casada con un viejo, tenía la cándida torpeza de las vírgenes. Hay tálamos fríos como los sepulcros, y maridos que duermen como las estatuas yacentes de granito. ¡Pobre Concha! Sobre sus labios perfumados por los rezos, mis labios cantaron los primeros el triunfo del amor y su gloriosa exaltación. Yo tuve que enseñarle toda la lira: Verso por verso, los treinta y dos sonetos de Pietro Aretino. Aquel capullo blanco de niña desposada, apenas sabía murmurar el primero. Hay maridos y hay amantes que ni siquiera pueden servirnos de precursores, y bien sabe Dios que la perversidad, esa rosa sangrienta, es una flor que nunca se abrió en mis amores. Yo he preferido siempre ser el Marqués de Bradomín, a ser ese divino Marqués de Sade. Tal vez esa haya sido la única razón de pasar por soberbio entre algunas mujeres. Pero la pobre Concha nunca fué de éstas. Como habíamos quedado en silencio, me dijo:
--¿En qué piensas?
--En el pasado, Concha.
--Tengo celos de él.
--¡No seas niña! Es el pasado de nuestros amores.
Ella se sonrió, cerrando los ojos, como si también evocase un recuerdo. Después murmuró con cierta resignación amable, perfumada de amor y de melancolía:
--Sólo una cosa le he pedido a la Virgen de la Concepción, y creo que va a concedérmela... Tenerte a mi lado en la hora de la muerte.
Volvimos a quedar en triste silencio. Al cabo de algún tiempo, Concha se incorporó en las almohadas. Tenía los ojos llenos de lágrimas. En voz muy baja me dijo:
--Xavier, dame aquel cofre de mis joyas, que está sobre el tocador. Ábrelo. Ahí guardo también tus cartas... Vamos a quemarlas juntos... No quiero que me sobrevivan.
Era un cofre de plata, labrado con la suntuosidad decadente del siglo XVIII. Exhalaba un suave perfume de violetas, y lo aspiré cerrando los ojos:
--¿No tienes más cartas que las mías?
--Nada más.
--¡Ah! Tu nuevo amor no sabe escribir.
--¿Mi nuevo amor? ¿Qué nuevo amor? ¡Seguramente has pensado alguna atrocidad!
--Creo que sí.
--¿Cuál?
--No te la digo.
--¿Y si adivinase?
--No puedes adivinar.
--¿Qué enormidad habrás pensado?
Yo exclamé riéndome:
--Florisel.
Por los ojos de Concha pasó una sombra de enojo:
--¡Y serás capaz de haberlo pensado!
Hundió las manos entre mis cabellos, arremolinándolos:
--¿Qué hago yo contigo? ¿Te mato?
Viéndome reir, ella reía también, y sobre su boca pálida, la risa era fresca, sensual, alegre:
--¡No es posible que hayas pensado eso!
--Di que parece imposible.
--¿Pero lo has pensado?
--Sí.
--¡No te creo! ¿Cómo has podido siquiera imaginarlo?
--Recordé mi primera conquista. Tenía yo once años y una dama se enamoró de mí. ¡Era también muy bella!
Concha murmuró en voz baja:
--Mi tía Augusta.
--Sí.
--Ya me lo has contado... ¿Pero tú no eras más bello que Florisel?
Dudé un momento y creí que mis labios iban a mancharse con una mentira. Al fin, tuve el valor de confesar la verdad:
--¡Ay, Concha! Yo era menos bello.
Mirándome burlona, cerró el cofre de sus joyas.
--Otro día quemaremos tus cartas. Hoy no. Tus celos me han puesto de buen humor.
[imagen]Y echándose sobre la almohada volvió a reir como antes, con frescas y alegres carcajadas. El día de quemar aquellas cartas no llegó para nosotros: Yo me he resistido siempre a quemar las cartas de amores. Las he amado como aman los poetas sus versos. Cuando murió Concha, en el cofre de plata, con las joyas de familia las heredaron sus hijas.
[imagen]
[imagen: _Sonata de Otoño_]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: L]AS ALMAS enamoradas y enfermas son tal vez las que tejen los más hermosos sueños de la ilusión. Yo nunca había visto a Concha ni tan alegre ni tan feliz. Aquel renacimiento de nuestros amores fué como una tarde otoñal de celajes dorados, amable y melancólica. ¡Tarde y celajes que yo pude contemplar desde los miradores del Palacio, cuando Concha con romántica fatiga se apoyaba en mi hombro! Por el campo verde y húmedo, bajo el sol que moría ondulaba el camino. Era luminoso y solitario. Concha suspiró con la mirada perdida:
--¡Por ese camino hemos de irnos los dos!
Y levantaba su mano pálida, señalando a lo lejos los cipreses del cementerio. La pobre Concha hablaba de morir sin creer en ello. Yo me burlaba:
--Concha, no me hagas suspirar. Ya sabes que soy un príncipe a quien tienes encantado en tu Palacio. Si quieres que no se rompa el encanto, has de hacer de mi vida un cuento alegre.
Concha, olvidando sus tristezas del crepúsculo, sonreía:
--Ese camino es también por donde tú has venido...
La pobre Concha procuraba mostrarse alegre. Sabía que todas las lágrimas son amargas y que el aire de los suspiros, aun cuando perfumado y gentil, sólo debe durar lo que una ráfaga. ¡Pobre Concha! Era tan pálida y tan blanca como esos ramos de azucenas que embalsaman las capillas con más delicado perfume al marchitarse. De nuevo levantó su mano, diáfana como mano de hada:
--¿Ves, allá lejos, un jinete?
--No veo nada.
--Ahora pasa la Fontela.
--Sí, ya le veo.
--Es el tío Don Juan Manuel.
--¡El magnífico hidalgo del Pazo de Lantañón!
Concha hizo un gesto de lástima.
--¡Pobre señor! Estoy segura que viene a verte.
Don Juan Manuel se había detenido en medio del camino, y levantándose sobre los estribos y quitándose el chambergo, nos saludaba. Después, con voz poderosa, que fué repetida por un eco lejano, gritó:
--¡Sobrina! ¡Sobrina! ¡Manda abrir la cancela del jardín!
Concha levantó los brazos indicándole que ya mandaba, luego volviéndose a mí, exclamó riéndose:
--Dile tú que ya van.
Yo rugí, haciendo bocina con las manos:
--¡Ya van!
Pero Don Juan Manuel aparentó no oirme. El privilegio de hacerse entender a tal distancia, era suyo no más. Concha se tapó los oídos:
--Calla, porque jamás confesará que te oye.
Yo seguí rugiendo:
--¡Ya van! ¡Ya van!
Inútilmente. Don Juan Manuel se inclinó acariciando el cuello del caballo. Había decidido no oirme. Después volvió a levantarse sobre los estribos:
--¡Sobrina! ¡Sobrina!
Concha se apoyaba en la ventana riendo como una niña feliz:
--¡Es magnífico!
Y el viejo seguía gritando desde el camino:
--¡Sobrina! ¡Sobrina!
Es verdad que era magnífico aquel Don Juan Manuel Montenegro. Sin duda le pareció que no acudían a franquearle la entrada con toda la presteza requerida, porque hincando las espuelas al caballo, se alejó al galope. Desde lejos, se volvió gritando:
--No puedo detenerme. Voy a Viana del Prior. Tengo que apalear a un escribano.
Florisel, que bajaba corriendo para abrir la cancela, se detuvo a mirar cuán gallardamente se partía. Después volvió a subir la vieja escalinata revestida de yedra. Al pasar por nuestro lado, sin levantar los ojos, pronunció solemne y doctoral:
--¡Gran señor, muy gran señor, es Don Juan Manuel!
Creo que era una censura, porque nos reíamos del viejo hidalgo. Yo le llamé:
--Oye, Florisel.
Se detuvo temblando.
--¿Qué me mandaba?
--¿Tan gran señor te parece Don Juan Manuel?
--Mejorando las nobles barbas que me oyen.
[imagen]Y sus ojos infantiles, fijos en Concha, demandaban perdón. Concha hizo un gesto de reina indulgente. Pero lo echó a perder, riendo como una loca. El paje se alejó en silencio. Nosotros nos besamos alegremente, y antes de desunir las bocas, oímos el canto lejano de los mirlos, guiados por la flauta de caña que tañía Florisel.
[imagen]
[imagen: _Sonata de Otoño_]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: E]RA NOCHE de luna, y en el fondo del laberinto cantaba la fuente como un pájaro escondido. Nosotros estábamos silenciosos, con las manos enlazadas. En medio de aquel recogimiento sonaron en el corredor pasos lentos y cansados. Entró Candelaria con una lámpara encendida, y Concha exclamó como si despertase de un sueño:
--¡Ay!... Llévate esa luz.
--¿Pero van a estar a oscuras? Miren que es malo tomar la luna.
Concha preguntó sonriendo:
--¿Por qué es malo, Candelaria?
La vieja repuso, bajando la voz:
--Bien lo sabe, señorita... ¡Por las brujas!
Candelaria se alejó con la lámpara haciendo muchas veces la señal de la cruz, y nosotros volvimos a escuchar el canto de la fuente que le contaba a la luna su prisión en el laberinto. Un reloj de cuco, que acordaba el tiempo del fundador, dió las siete. Concha murmuró:
--¡Qué temprano anochece! ¡Las siete todavía!
--Es el Invierno que llega.
--¿Tú, cuándo tienes que irte?
--¿Yo? Cuando tú me dejes.
Concha suspiró:
--¡Ay! ¡Cuando yo te deje! ¡No te dejaría nunca!
Y estrechó mi mano en silencio. Estábamos sentados en el fondo del mirador. Desde allí veíamos el jardín iluminado por la luna, los cipreses mustios destacándose en el azul nocturno coronados de estrellas, y una fuente negra con aguas de plata. Concha me dijo:
--Ayer he recibido una carta. Tengo que enseñártela.
--¿Una carta, de quién?
--De tu prima Isabel. Viene con las niñas.
--¿Isabel Bendaña?
--Sí.
--¿Pero tiene hijas Isabel?
Concha murmuró tímidamente:
--No, son mis hijas.
Yo sentí pasar como una brisa abrileña sobre el jardín de los recuerdos. Aquellas dos niñas, las hijas de Concha, en otro tiempo me querían mucho, y también yo las quería. Levanté los ojos para mirar a su madre. No recuerdo una sonrisa tan triste en los labios de Concha:
--¿Qué tienes?... ¿Qué te sucede?...
--Nada.
--¿Las pequeñas están con su padre?
--No. Las tengo educándose en el Convento de la Enseñanza.
--Ya serán unas mujeres.
--Sí. Están muy altas.
--Antes eran preciosas. No sé ahora.
--Como su madre.
--No, como su madre nunca.
Concha volvió a sonreir con aquella sonrisa dolorosa, y quedó pensativa contemplando sus manos:
--He de pedirte un favor.
--¿Qué es?
--Si viene Isabel con mis hijas, tenemos que hacer una pequeña comedia. Yo les diré que estás en Lantañón cazando con mi tío. Tú vienes una tarde, y sea porque hay tormenta o porque tenemos miedo a los ladrones, te quedas en el Palacio, como nuestro caballero.
--¿Y cuántos días debe durar mi destierro en Lantañón?
Concha exclamó vivamente:
--Ninguno. La misma tarde que ellas vengan. ¿No te ofendes, verdad?
--No, mi vida.
--Qué alegría me das. Desde ayer estoy dudando, sin atreverme a decírtelo.
--¿Y tú crees que engañaremos a Isabel?
--No lo hago por Isabel, lo hago por mis pequeñas, que son unas mujercitas.
--¿Y Don Juan Manuel?
--Yo le hablaré. Ese no tiene escrúpulos. Es otro descendiente de los Borgias. ¿Tío tuyo, verdad?
--No sé. Tal vez será por ti el parentesco.
Ella contestó riéndose.
--Creo que no. Tengo una idea que tu madre le llamaba primo.
--¡Oh! Mi madre conoce la historia de todos los linajes. Ahora tendremos que consultar a Florisel.
Concha replicó:
--Será nuestro Rey de Armas.
Y al mismo tiempo, en la rosa pálida de su boca temblaba una sonrisa. Luego quedó cavilosa con las manos cruzadas contemplando al jardín. En su jaula de cañas colgada sobre la puerta del mirador, silbaban una vieja riveirana los mirlos que cuidaba Florisel. En el silencio de la noche, aquel ritmo alegre y campesino evocaba el recuerdo de las felices danzas célticas a la sombra de los robles. Concha empezó también a cantar. Su voz era dulce como una caricia. Se levantó y anduvo vagando por el mirador. Allá, en el fondo, toda blanca en el reflejo de la luna, comenzó a bailar uno de esos pasos de égloga alegres y pastoriles. Pronto se detuvo suspirando:
--¡Ay! ¡Cómo me canso! ¿Has visto que he aprendido la riveirana?
Yo repuse riéndome:
--¿Eres también discípula de Florisel?
--También.
Acudí a sostenerla. Cruzó las manos sobre mi hombro y reclinando la mejilla, me miró con sus bellos ojos de enferma. La besé, y ella mordió mis labios con sus labios marchitos.
[imagen]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: P]OBRE CONCHA!... Tan demacrada y tan pálida, tenía la noble resistencia de una diosa para el placer. Aquella noche la llama de la pasión nos envolvió mucho tiempo, ya moribunda, ya frenética, en su lengua dorada. Oyendo el canto de los pájaros en el jardín, quedéme dormido en brazos de Concha. Cuando me desperté, ella estaba incorporada en las almohadas, con tal expresión de dolor y sufrimiento, que sentí frío. ¡Pobre Concha! Al verme abrir los ojos, todavía sonrió. Acariciándole las manos, le pregunté:
--¿Qué tienes?
--No sé. Creo que estoy muy mal.
--¿Pero qué tienes?
--No sé... ¡Qué vergüenza si me hallasen muerta aquí!
Al oirla sentí el deseo de retenerla a mi lado:
--¡Estás temblando, pobre amor!
Y la estreché entre mis brazos. Ella entornó los ojos: ¡Era el dulce desmayo de sus párpados cuando quería que yo se los besase! Como temblaba tanto, quise dar calor a todo su cuerpo con mis labios, y mi boca recorrió celosa sus brazos hasta el hombro, y puse un collar de rosas en su cuello. Después alcé los ojos para mirarla. Ella cruzó sus manos pálidas y las contempló melancólica. ¡Pobres manos delicadas, exangües, casi frágiles! Yo le dije:
--Tienes manos de Dolorosa.
Se sonrió:
--Tengo manos de muerta.
--Para mí eres más bella cuanto más pálida.
Pasó por sus ojos una claridad feliz:
--Sí, sí. Todavía te gusto mucho y te hago sentir.
Rodeó mi cuello, y con una mano levantó los senos, rosas de nieve que consumía la fiebre. Yo entonces la enlacé con fuerza, y en medio del deseo, sentí como una mordedura el terror de verla morir. Al oirla suspirar, creí que agonizaba. La besé temblando como si fuese a comulgar su vida. Con voluptuosidad dolorosa y no gustada hasta entonces, mi alma se embriagó en aquel perfume de flor enferma que mis dedos deshojaban consagrados e impíos. Sus ojos se abrieron amorosos bajo mis ojos. ¡Ay! Sin embargo, yo adiviné en ellos un gran sufrimiento. Al día siguiente Concha no pudo levantarse.
[imagen]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: L]A TARDE caía en medio de un aguacero. Yo estaba refugiado en la biblioteca, leyendo el "Florilegio de Nuestra Señora", un libro de sermones compuesto por el Obispo de Corinto, Don Pedro de Bendaña, fundador del Palacio. A veces me distraía oyendo el bramido del viento en el jardín, y el susurro de las hojas secas que corrían arremolinándose por las carreras de mirtos seculares. Las ramas desnudas de los árboles rozaban los vidrios emplomados de las ventanas. Reinaba en la biblioteca una paz de monasterio, un sueño canónico y doctoral. Sentíase en el ambiente el hálito de los infolios antiguos encuadernados en pergamino, los libros de humanidades y de teología donde estudiaba el Obispo. De pronto sentí una voz poderosa que llamaba desde el fondo del corredor:
--¡Marqués!... ¡Marqués de Bradomín!...
Entorné el "Florilegio" sobre la mesa, para guardar la página, y me puse de pie. La puerta se abría en aquel momento y Don Juan Manuel apareció en el umbral, sacudiendo el agua que goteaba de su montecristo:
--¡Mala tarde, sobrino!
--¡Mala, tío!
Y quedó sellado nuestro parentesco.
--¿Tú, leyendo aquí encerrado?... ¡Sobrino, es lo peor para quedarse ciego!
Acercóse a la lumbre y extendió las manos sobre la llama.
--¡Es nieve lo que cae!
Después volvióse de espaldas al fuego, e irguiéndose ante mí exclamó con su engolada voz de gran señor:
--Sobrino, has heredado la manía de tu abuelo, que también se pasaba los días leyendo. ¡Así se volvió loco!... ¿Y qué librote ese ese?
Sus ojos, hundidos y verdosos, dirigían al "Florilegio de Nuestra Señora" una mirada llena de desdén. Apartóse de la lumbre y dió algunos pasos por la biblioteca, haciendo sonar las espuelas. Se detuvo de pronto:
--¡Marqués de Bradomín, se acabó la sangre de Cristo en el Palacio de Brandeso!
Comprendiendo lo que deseaba me levanté. Don Juan Manuel extendió un brazo, deteniéndome con soberano gesto:
--¡No te muevas! ¿Habrá algún criado en el Palacio?
Y desde el fondo de la biblioteca empezó a llamar con grandes voces:
--¡Arnelas!... ¡Brión!... Uno cualquiera, que suba presto...
Ya empezaba a impacientarse, cuando Florisel apareció en la puerta:
--¿Qué mandaba, señor padrino?
Y llegóse a besar la mano del hidalgo, que le acarició la cabeza:
--Súbeme del tinto que se coge en la Fontela.
Y Don Juan Manuel volvió a pasear la biblioteca. De tiempo en tiempo se detenía frente al fuego, extendiendo las manos, que eran pálidas, nobles y descarnadas como las manos de un rey asceta. A pesar de los años, que habían blanqueado por completo sus cabellos, conservábase arrogante y erguido como en sus buenos tiempos, cuando servía en la Guardia Noble de la Real Persona. Llevaba ya muchos años retirado en su Pazo de Lantañón, haciendo la vida de todos los mayorazgos campesinos, chalaneando en las ferias, jugando en las villas y sentándose a la mesa de los abades en todas las fiestas. Desde que Concha vivía retirada en el Palacio de Brandeso, era también frecuente verle aparecer por allí. Ataba su caballo en la puerta del jardín, y entrábase dando voces. Se hacía servir vino, y bebía hasta dormirse en el sillón. Cuando despertaba, fuese de día o de noche, pedía su caballo, y dando cabeceos sobre la silla, tornaba a su Pazo. Don Juan Manuel tenía gran predilección por el tinto de la Fontela, guardado en una vieja cuba que acordaba el tiempo de los franceses. Impacientándose porque tardaban en subir de la bodega, se detuvo en medio de la biblioteca:
--¡Ese vino!... ¿O acaso están haciendo la vendimia?
Todo trémulo apareció Florisel con un jarro, que colocó sobre la mesa. Don Juan Manuel despojóse de su montecristo, y tomó asiento en un sillón:
--Marqués de Bradomín, te aseguro que este vino de la Fontela es el mejor vino de la comarca. ¿Tú conoces el del Condado? Este es mejor. Y si lo hiciesen eligiendo la uva, sería el mejor del mundo.
Decía esto mientras llenaba el vaso, que era de cristal tallado, con asa y la cruz de Calatrava en el fondo. Uno de esos vasos pesados y antiguos, que recuerdan los refectorios de los conventos. Don Juan Manuel bebió con largura y sosiego, apurando el vino de un solo trago, y volvió a llenar el vaso:
--Muchos así debía beberse mi sobrina. ¡No estaría entonces como está!
En aquel momento Concha asomó en la puerta de la biblioteca, arrastrando la cola de su ropón monacal y sonriendo:
--El tío Don Juan Manuel quiere que le acompañes. ¿Te lo ha dicho? Mañana es la fiesta del Pazo: San Rosendo de Lantañón. Dice el tío que te recibirán con palio.
Don Juan Manuel asintió con un ademán soberano.
--Ya sabes que desde hace tres siglos es privilegio de los Marqueses de Bradomín ser recibidos con palio en las feligresías de San Rosendo de Lantañó, Santa Baya de Cristamilde y San Miguel de Deiro. ¡Los tres curatos son presentación de tu casa! ¿Me equivoco, sobrino?
--No se equivoca usted, tío.
Concha interrumpió, riéndose:
--No le pregunte usted. ¡Es un dolor, pero el último Marqués de Bradomín no sabe una palabra de esas cosas!
Don Juan Manuel movió la cabeza gravemente:
--¡Eso lo sabe! ¡Debe saberlo!
Concha se dejó caer en el sillón que yo ocupaba poco antes, y abrió el "Florilegio de Nuestra Señora" con aire doctoral:
--¡Estoy segura que ni siquiera conoce el origen de la casa de Bradomín!
Don Juan Manuel se volvió hacia mí, noble y conciliador:
--¡No hagas caso. Tu prima quiere indignarte!
Concha insistió:
--¡Supiera al menos cómo se compone el blasón de la noble casa de Montenegro!
Don Juan Manuel frunció el áspero y canoso entrecejo:
--¡Eso lo saben los niños más pequeños!
Concha murmuró con una sonrisa de dulce y delicada ironía:
--¡Como que es el más ilustre de los linajes españoles!
--Españoles y tudescos, sobrina. Los Montenegros de Galicia descendemos de una emperatriz alemana. Es el único blasón español que lleva metal sobre metal: Espuelas de oro en campo de plata. El linaje de Bradomín también es muy antiguo. Pero entre todos los títulos de tu casa: Marquesado de Bradomín, Marquesado de San Miguel, Condado de Barbanzón y Señorío de Padín, el más antiguo y el más esclarecido es el Señorío. Se remonta hasta Don Roldán, uno de los Doce Pares. Don Roldán ya sabéis que no murió en Roncesvalles, como dicen las Historias.
Yo no sabía nada, pero Concha asintió con la cabeza. Ella sin duda conocía aquel secreto de familia. Don Juan Manuel, después de apurar otro vaso, continuó:
--¡Como yo también desciendo de Don Roldán, por eso conozco bien estas cosas! Don Roldán pudo salvarse, y en una barca llegó hasta la isla de Sálvora, y atraído por una sirena naufragó en aquella playa, y tuvo de la sirena un hijo, que por serlo de Don Roldán se llamó Padín, y viene a ser lo mismo que Paladín. Ahí tienes por qué una sirena abraza y sostiene tu escudo en la iglesia de Lantañó.
Se levantó, y acercándose a una ventana, miró a través de los vidrios emplomados si abonanzaba el tiempo. El sol aparecía apenas entre densos nubarrones. Un instante permaneció Don Juan Manuel contemplando el aspecto del cielo. Después volvióse hacia nosotros:
--Llego hasta mis molinos que están ahí cerca y vuelvo a buscarte... Puesto que tienes la manía de leer, en el Pazo te daré un libro antiguo, pero de letra grande y clara, donde todas estas historias están contadas muy por largo. Don Juan Manuel acabó de vaciar el vaso, y salió de la biblioteca haciendo sonar las espuelas. Cuando se perdió en el largo corredor el eco de sus pasos, Concha se levantó apoyándose en el sillón y vino hacia mí: Era toda blanca como un fantasma.
[imagen]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: E]N EL FONDO del laberinto cantaba la fuente como un pájaro escondido, y el sol poniente doraba los cristales del mirador donde nosotros esperábamos. Era tibio y fragante: Gentiles arcos cerrados por vidrieras de colores le flanqueaban con ese artificio del siglo galante que imaginó las pavanas y las gavotas. En cada arco, las vidrieras formaban tríptico y podía verse el jardín en medio de una tormenta, en medio de una nevada y en medio de un aguacero. Aquella tarde el sol de Otoño penetraba hasta el centro como la fatigada lanza de un héroe antiguo.