Sonata de otoño; Sonata de invierno: memorias del Marqués de Bradomín
Part 2
Candelaria, que con las manos cruzadas sobre su delantal almidonado y blanco, se situaba en aquel momento a espaldas del sillón, apresuróse a servirla. Las palabras de Concha, que parecían perfumadas de alegría, se desvanecieron en una queja. Vi que cerraba los ojos con angustiado gesto, y que su boca, una rosa descolorida y enferma, palidecía más. Me levanté asustado:
--¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?
No pudo hablar. Su cabeza lívida desfallecía sobre el respaldo del sillón. Candelaria fué corriendo al tocador y trajo un pomo de sales. Concha exhaló un suspiro y abrió los ojos llenos de vaguedad y de extravío, como si despertase de un sueño poblado de quimeras. Fijando en mí la mirada, murmuró débilmente:
--No ha sido nada. Siento únicamente el susto tuyo.
[imagen]Después, pasando la mano por la frente, respiró con ansia. La obligué a que bebiese unos sorbos de caldo. Reanimóse, y su palidez se iluminó con tenue sonrisa. Me hizo sentar, y continuó tomando el caldo por sí misma. Al terminar, sus dedos delicados alzaron la copa del vino y me la ofrecieron trémulos y gentiles: Por complacerla humedecí los labios: Concha apuró después la copa y no volvió a beber en toda la noche.
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[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: E]stábamos sentados en el sofá y hacía mucho tiempo que hablábamos. La pobre Concha me contaba su vida durante aquellos dos años que estuvimos sin vernos. Una de esas vidas silenciosas y resignadas que miran pasar los días con una sonrisa triste, y lloran de noche en la oscuridad. Yo no tuve que contarle mi vida. Sus ojos parecían haberla seguido desde lejos, y la sabían toda. ¡Pobre Concha! Al verla demacrada por la enfermedad, y tan distinta y tan otra de lo que había sido, experimenté un cruel remordimiento por haber escuchado su ruego aquella noche en que llorando y de rodillas, me suplicó que la olvidase y que me fuese. ¡Su madre, una santa enlutada y triste, había venido a separarnos! Ninguno de nosotros quiso recordar el pasado y permanecimos silenciosos. Ella resignada. Yo con aquel gesto trágico y sombrío que ahora me hace sonreir. Un hermoso gesto que ya tengo un poco olvidado, porque las mujeres no se enamoran de los viejos, y sólo está bien en un Don Juan juvenil. ¡Ay, si todavía con los cabellos blancos, y las mejillas tristes, y la barba senatorial y augusta, puede quererme una niña, una hija espiritual llena de gracia y de candor, con ella me parece criminal otra actitud que la de un viejo prelado, confesor de princesas y teólogo de amor! Pero a la pobre Concha el gesto de Satán arrepentido la hacía temblar y enloquecer: Era muy buena, y fué por eso muy desgraciada. La pobre, dejando asomar a sus labios aquella sonrisa doliente que parecía el alma de una flor enferma, murmuró:
--¡Qué distinta pudo haber sido nuestra vida!
--¡Es verdad!... Ahora no comprendo cómo obedecí tu ruego. Fué sin duda porque te vi llorar.
--No seas engañador. Yo creí que volverías... ¡Y mi madre tuvo siempre ese miedo!
--No volví porque esperaba que tú me llamases. ¡Ah, el Demonio del orgullo!
--No, no fué el orgullo... Fué otra mujer... Hacía mucho tiempo que me traicionabas con ella. Cuando lo supe, creí morir. ¡Tan desesperada estuve, que consentí en reunirme con mi marido!
Cruzó las manos mirándome intensamente, y con la voz velada, y temblando su boca pálida, sollozó:
--¡Qué dolor cuando adiviné por qué no habías venido! ¡Pero no he tenido para tí un solo día de rencor!
No me atreví a engañarla en aquel momento, y callé sentimental. Concha pasó sus manos por mis cabellos, y enlazando los dedos sobre mi frente, suspiró:
--¡Qué vida tan agitada has llevado durante estos dos años!... ¡Tienes casi todo el pelo blanco!...
Yo también suspiré doliente:
--¡Ay! Concha, son las penas.
--No, no son las penas. Otras cosas son... Tus penas no pueden igualarse a las mías, y yo no tengo el pelo blanco...
Me incorporé para mirarla. Quité el alfilerón de oro que sujetaba el nudo de los cabellos, y la onda sedosa y negra rodó sobre sus hombros:
--Ahora tu frente brilla como un astro bajo la crencha de ébano. Eres blanca y pálida como la luna. ¿Te acuerdas cuando quería que me disciplinases con la madeja de tu pelo?... Concha, cúbreme ahora con él.
Amorosa y complaciente, echó sobre mí el velo oloroso de su cabellera. Yo respiré con la faz sumergida como en una fuente santa, y mi alma se llenó de delicia y de recuerdos florecidos. El corazón de Concha latía con violencia, y mis manos trémulas desabrocharon su túnica, y mis labios besaron sobre la carne, ungidos de amor como de un bálsamo:
--¡Mi vida!
--¡Mi vida!
Concha cerró un momento los ojos, y poniéndose en pie, comenzó a recogerse la madeja de sus cabellos:
--¡Vete!... ¡Vete por Dios!...
Yo sonreí mirándola:
--¿Adonde quieres que me vaya?
--¡Vete!... Las emociones me matan, y necesito descansar. Te escribí que vinieses, porque ya entre nosotros no puede haber más que un cariño ideal... Tú comprenderás que enferma como estoy, no es posible otra cosa. Morir en pecado mortal... ¡Que horror!
Y más pálida que nunca cruzó los brazos, apoyando las manos sobre los hombros en una actitud resignada y noble que le era habitual. Yo me dirigí a la puerta:
--¡Adios, Concha!
Ella suspiró:
--¡Adios!
--¿Quieres llamar a Candelaria para que me guíe por esos corredores?
--¡Ah!... ¡Es verdad que aún no sabes!...
Fué al tocador y golpeó en el "tan-tan". Esperamos silenciosos sin que nadie acudiese. Concha me miró indecisa:
--Es problable que Candelaria ya esté acostada...
--En ese caso...
Me vió sonreir, y movió la cabeza seria y triste.
--En ese caso, yo te guiaré.
--Tú no debes exponerte al frío.
--Sí, sí...
Tomó uno de los candelabros del tocador, y salió presurosa, arrastrando la luenga cola de su ropón monacal. Desde la puerta volvió la cabeza llamándome con los ojos, y toda blanca como un fantasma, desapareció en la oscuridad del corredor. Salí tras ella, y la alcancé:
--¡Qué loca estás!
Rióse en silencio y tomó mi brazo para apoyarse. En la cruz de dos corredores abríase una antesala redonda, grande y desmantelada, con cuadros de santos y arcones antiguos. En un testero arrojaba cerco mortecino de luz, la mariposa de aceite que alumbraba los pies lívidos y atarazados de Jesús Nazareno. Nos detuvimos al ver la sombra de una mujer arrebujada en el hueco del balcón. Tenía las manos cruzadas en el regazo, y la cabeza dormida sobre el pecho. Era Candelaria que al ruido de nuestros pasos despertó sobresaltada:
--¡Ah!... Yo esperaba aquí, para enseñarle su habitación al Señor Marqués.
Concha le dijo:
--Creí que te habías acostado, mujer.
Seguimos en silencio hasta la puerta entornada de una sala donde había luz. Concha soltó mi brazo y se detuvo temblando y muy pálida: Al fin entró. Aquella era mi habitación. Sobre una consola antigua ardían las bujías de dos candelabros de plata. En el fondo, veíase la cama entre antiguas colgaduras de damasco. Los ojos de Concha lo examinaron todo con maternal cuidado. Se detuvo para oler las rosas frescas que había en un vaso, y después se despidió:
--¡Adios, hasta mañana!
Yo la levanté en brazos como a una niña:
--No te dejo ir.
--¡Sí, por Dios!
--No, no.
Y mis ojos reían sobre sus ojos, y mi boca reía sobre su boca. Las babuchas turcas cayeron de sus pies, sin dejarla posar en el suelo, la llevé hasta la cama, donde la deposité amorosamente. Ella entonces ya se sometía feliz. Sus ojos brillaban, y sobre la piel blanca de las mejillas se pintaban dos hojas de rosa. Apartó mis manos dulcemente, y un poco confusa empezó a desabrocharse la túnica blanca y monacal, que se deslizó a lo largo del cuerpo pálido y estremecido. Abrí las sábanas y refugióse entre ellas. Entonces comenzó a sollozar, y me senté a la cabecera consolándola. Aparentó dormirse, y me acosté.
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[imagen: _Sonata de Otoño_]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: Y]o sentí toda la noche a mi lado aquel pobre cuerpo donde la fiebre ardía, como una luz sepulcral en vaso de porcelana tenue y blanco. La cabeza descansaba sobre la almohada, envuelta en una ola de cabellos negros que aumentaba la mate lividez del rostro, y su boca sin color, sus mejillas dolientes, sus sienes maceradas, sus párpados de cera velando los ojos en las cuencas descarnadas y violáceas, le daban la apariencia espiritual de una santa muy bella consumida por la penitencia y el ayuno. El cuello florecía de los hombros como un lirio enfermo, los senos eran dos rosas blancas aromando un altar, y los brazos de una esbeltez delicada y frágil, parecían las asas del ánfora rodeando su cabeza. Apoyado en las almohadas, la miraba dormir rendida y sudorosa. Ya había cantado el gallo dos veces, y la claridad blanquecina del alba penetraba por los balcones cerrados. En el techo las sombras seguían el parpadeo de las bujías, que habiendo ardido toda la noche se apagaban consumidas en los candelabros de plata. Cerca de la cama, sobre un sillón, estaba mi capote de cazador, húmedo por la lluvia, y esparcidas encima aquellas yerbas de virtud oculta, solamente conocida por la pobre loca del molino. Me levanté en silencio y fuí por ellas. Con un extraño sentimiento, mezcla de superstición y de ironía, escondí el místico manojo entre las almohadas de Concha, sin despertarla. Me acosté, puse los labios sobre su olorosa cabellera e insensiblemente me quedé dormido. Durante mucho tiempo flotó en mis sueños la visión nebulosa de aquel día, con un vago sabor de lágrimas y de sonrisas. Creo que una vez abrí los ojos dormido y que ví a Concha incorporada a mi lado, creo que me besó en la frente, sonriendo con vaga sonrisa de fantasma, y que se llevó un dedo a los labios. Cerré los ojos sin voluntad y volví a quedar sumido en las nieblas del sueño. Cuando me desperté, una escala luminosa de polvo llegaba desde el balcón al fondo de la cámara. Concha ya no estaba, pero a poco la puerta se abrió con sigilo y Concha entró andando en la punta de los pies. Yo aparenté dormir. Ella se acercó sin hacer ruido, me miró suspirando y puso en agua el ramo de rosas frescas que traía. Fué al balcón, soltó los cortinajes para amenguar la luz, y se alejó como había entrado, sin hacer ruido. Yo la llamé riéndome:
--¡Concha! ¡Concha!
Ella se volvió:
--¡Ah! ¿Conque estabas despierto?
--Estaba soñando contigo.
--¡Pues ya me tienes aquí!
--¿Y cómo estás?
--¡Ya estoy buena!
--¡Gran médico es amor!
--¡Ay! No abusemos de la medicina.
[imagen]Reíamos con alegre risa el uno en brazos del otro, juntas las bocas y echadas las cabezas sobre la misma almohada. Concha tenía la palidez delicada y enferma de una Dolorosa, y era tan bella, así demacrada y consumida, que mis ojos, mis labios y mis manos hallaban todo su deleite en aquello mismo que me entristecía. Yo confieso que no recordaba haberla amado nunca en lo pasado, tan locamente como aquella noche.
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[imagen: _Sonata de Otoño_]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: N]o habia llevado conmigo ningún criado, y Concha, que tenía esas burlas de las princesas en las historias picarescas, puso un paje a mi servicio para honrarme mejor, como decía riéndose. Era un niño recogido en el Palacio. Aún le veo asomar en la puerta y quitarse la montera, preguntando respetuoso y humilde:
--¿Dá su licencia?
--Adelante.
Entró con la frente baja y la monterilla de paño blanco colgada de las dos manos:
--Dice la señorita, mi ama, que me mande en cuanto se le ofrezca.
--¿En dónde queda?
--En el jardín.
Y permaneció en medio de la cámara, sin atreverse a dar un paso. Creo que era el primogénito de los caseros que Concha tenía en sus tierras de Lantaño y uno de los cien ahijados de su tío Don Juan Manuel Montenegro, aquel hidalgo visionario y pródigo que vivía en el Pazo de Lantañón. Es un recuerdo que todavía me hace sonreir. El favorito de Concha no era rubio ni melancólico como los pajes de las baladas, pero con los ojos negros y con los carrillos picarescos melados por el sol, también podía enamorar princesas. Le mandé que abriese los balcones y obedeció corriendo. El aura perfumada y fresca del jardín penetró en la cámara, y las cortinas flamearon alegremente. El paje había dejado la montera sobre una silla, y volvió a recogerla. Yo le interrogué:
--¿Tú sirves en el Palacio?
--Sí, señor.
--¿Hace mucho?
--Va para dos años.
--¿Y qué haces?
--Pues hago todo lo que me mandan.
--¿No tienes padres?
--Tengo, sí, señor.
--¿Qué hacen tus padres?
--Pues no hacen nada. Cavan la tierra.
Tenía las respuestas estoicas de un paria. Con su vestido de estameña, sus ojos tímidos, su fabla visigótica y sus guedejas trasquiladas sobre la frente, con tonsura casi monacal, perecía el hijo de un antiguo siervo de la gleba:
--¿Y fué la señorita quien te ha mandado venir?
--Sí, señor. Hallábame yo en el patín deprendiéndole la riveirana al mirlo nuevo, que los viejos ya la tienen deprendida, cuando la señorita bajó al jardín y me mandó venir.
--¿Tú eres aquí el maestro de los mirlos?
--Sí, señor.
--¿Y ahora, además, eres mi paje?
--Sí, señor.
--¡Altos cargos!
--Sí, señor.
--¿Y cuántos años tienes?
--Paréceme... Paréceme...
El paje fijó los ojos en la monterilla, pasándola lentamente de una mano a otra, sumido en hondas cavilaciones:
--Paréceme que han de ser doce, pero no estoy cierto.
--¿Antes de venir al Palacio, dónde estabas?
--Servía en la casa de Don Juan Manuel.
--¿Y qué hacías allí?
--Allí enseñaba al hurón.
--¡Otro cargo palatino!
--Sí, señor.
--¿Y cuántos mirlos tiene la señorita?
El paje hizo un gesto desdeñoso:
--¡Tan siquiera uno!
--¿Pues de quién son?
--Son míos... Cuando los tengo bien adeprendidos, se los vendo.
--¿A quién se los vendes?
--Pues a la señorita, que me los merca todos. ¿No sabe que los quiere para echarlos a volar? La señorita desearía que silbasen la riveirana sueltos en el jardín, pero ellos se van lejos. Un domingo, por el mes de San Juan, venía yo acompañando a la señorita: Pasados los prados de Lantañón, vimos un mirlo que, muy puesto en la rama de un cerezo, estaba cantando la riveirana. Acuerdóme que entonces dijo la señorita: ¡Míralo adónde se ha venido el caballero!
Aquel relato ingenuo me hizo reir, y el paje al verlo rióse también. Sin ser rubio ni melancólico, era digno de ser paje de una princesa y cronista de un reinado. Yo le pregunté:
--¿Qué es más honroso, enseñar hurones o mirlos?
El paje respondió después de meditarlo un instante:
--¡Todo es igual!
--¿Y cómo has dejado el servicio de Don Juan Manuel?
--Porque tiene muchos criados... ¡Qué gran caballero es Don Juan Manuel!... Dígole que en el Pazo todos los criados le tenían miedo. Don Juan Manuel es mi padrino, y fué quien me trujo al Palacio para que sirviese a la señorita.
--¿Y dónde te iba mejor?
El paje fijó en mí sus ojos negros e infantiles, y con la monterilla entre las manos, formuló gravemente:
--Al que sabe ser humilde, en todas partes le va bien.
Era una réplica calderoniana. ¡Aquel paje también sabía decir sentencias! Ya no podía dudarse de su destino. Había nacido para vivir en un palacio, educar los mirlos, amaestrar los hurones, ser ayo de un príncipe y formar el corazón de un gran rey.
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[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: C]oncha me llamaba desde el jardín, con alegres voces. Salí a la solana, tibia y dorada al sol mañanero. El campo tenía una emoción latina de yuntas, de vendimias y de labranzas. Concha estaba al pie de la solana:
--¿Tienes ahí a Florisel?
--¿Florisel es el paje?
--Sí.
--Parece bautizado por las hadas.
--Yo soy su madrina. Mándamelo.
--¿Qué le quieres?
--Decirle que te suba estas rosas.
Y Concha me enseñó su falda donde se deshojaban las rosas, todavía cubiertas de rocío, desbordando alegremente como el fruto ideal de unos amores que sólo floreciesen en los besos:
--Todas son para ti. Estoy desnudando el jardín.
Yo recordaba nebulosamente aquel antiguo jardín donde los mirtos seculares dibujaban los cuatro escudos del fundador, en torno de una fuente abandonada. El jardín y el Palacio tenían esa vejez señorial y melancólica de los lugares por donde en otro tiempo pasó la vida amable de la galantería y del amor. Bajo la fronda de aquel laberinto, sobre las terrazas y en los salones, habían florecido las risas y los madrigales, cuando las manos blancas que en los viejos retratos sostienen apenas los pañolitos de encaje, iban deshojando las margaritas que guardan el cándido secreto de los corazones. ¡Hermosos y lejanos recuerdos! Yo también los evoqué un día lejano, cuando la mañana otoñal y dorada envolvía el jardín húmedo y reverdecido por la constante lluvia de la noche. Bajo el cielo límpido, de un azul heráldico, los cipreses venerables parecían tener el ensueño de la vida monástica. La caricia de la luz temblaba sobre las flores como un pájaro de oro, y la brisa trazaba en el terciopelo de la yerba, huellas ideales y quiméricas como si danzasen invisibles hadas. Concha estaba al pie de la escalinata, entretenida en hacer un gran ramo con las rosas. Algunas se habían deshojado en su falda, y me las mostró sonriendo:
--¡Míralas qué lástima!
Y hundió en aquella frescura aterciopelada sus mejillas pálidas:
--¡Ah, qué fragancia!
Yo le dije sonriendo:
--¡Tu divina fragancia!
Alzó la cabeza y respiró con delicia, cerrando los ojos y sonriendo, cubierto el rostro de rocío, como otra rosa, una rosa blanca. Sobre aquel fondo de verdura grácil y umbroso, envuelta en la luz como en diáfana veste de oro, parecía una Madona soñada por un monje seráfico. Yo bajé a reunirme con ella. Cuando descendía la escalinata, me saludó arrojando como una lluvia las rosas deshojadas en su falda. Recorrimos juntos el jardín. Las carreras estaban cubiertas de hojas secas y amarillentas, que el viento arrastraba delante de nosotros con un largo susurro: Los caracoles, inmóviles como viejos paralíticos, tomaban el sol sobre los bancos de piedra: Las flores empezaban a marchitarse en las versallescas canastillas recamadas de mirto, y exhalaban ese aroma indeciso que tiene la melancolía de los recuerdos. En el fondo del laberinto murmuraba la fuente rodeada de cipreses, y el arrullo del agua, parecía difundir por el jardín un sueño pacífico de vejez, de recogimiento y de abandono. Concha me dijo:
--Descansemos aquí.
Nos sentamos a la sombra de las acacias, en un banco de piedra cubierto de hojas. Enfrente se abría la puerta del laberinto misterioso y verde. Sobre la clave del arco se alzaban dos quimeras manchadas de musgo, y un sendero umbrío, un solo sendero, ondulaba entre los mirtos como el camino de una vida solitaria, silenciosa e ignorada. Florisel pasó a lo lejos entre los árboles, llevando la jaula de sus mirlos en la mano. Concha me lo mostró:
--¡Allá va!
--¿Quién?
--Florisel.
--¿Por qué le llamas Florisel?
Ella dijo, con una alegre risa.
--Florisel es el paje de quien se enamora cierta princesa inconsolable en un cuento.
--¿Un cuento de quién?
--Los cuentos nunca son de nadie.
[imagen]Sus ojos misteriosos y cambiantes miraban a lo lejos, y me sonó tan extraña su risa, que sentí frío. ¡El frío de comprender todas las perversidades! Me pareció que Concha también se estremecía. La verdad es que nos hallábamos a comienzos de Otoño y que el sol empezaba a nublarse. Volvimos al Palacio.
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[imagen: _Sonata de Otoño_]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: E]l Palacio De Brandeso, aunque del siglo décimo octavo, es casi todo de estilo plateresco. Un Palacio a la italiana con miradores, fuentes y jardines, mandado edificar por el Obispo de Corinto Don Pedro de Bendaña, Caballero del Hábito de Santiago, Comisario de Cruzada y Confesor de la Reina Doña María Amelia de Parma. Creo que un abuelo de Concha y mi abuelo el Mariscal Bendaña, sostuvieron pleito por la herencia del Palacio. No estoy seguro, porque mi abuelo sostuvo pleitos hasta con la Corona. Por ellos heredé toda una fortuna en legajos. La historia de la noble Casa de Bendaña es la historia de la Cancillería de Valladolid.
Como la pobre Concha tenía el culto de los recuerdos, quiso que recorriésemos el Palacio evocando otro tiempo, cuando yo iba de visita con mi madre, y ella y sus hermanas eran unas niñas pálidas que venían a besarme, y me llevaban de la mano para que jugásemos, unas veces en la torre, otras en la terraza, otras en el mirador que daba al camino y al jardín... Aquella mañana, cuando nosotros subíamos la derruída escalinata, las palomas remontaron el vuelo y fueron a posarse sobre la piedra de armas. El sol dejaba un reflejo dorado en los cristales, los viejos alelíes florecían entre las grietas del muro, y un lagarto paseaba por el balaustral. Concha sonrió con lánguido desmayo:
--¿Te acuerdas?...
Y en aquella sonrisa tenue, yo sentí todo el pasado como un aroma entrañable de flores marchitas, que trae alegres y confusas memorias... Era allí donde una dama piadosa y triste, solía referirnos historias de Santos. Cuántas veces, sentada en el hueco de una ventana, me había enseñado las estampas del Año Cristiano abierto en su regazo. Aún recuerdo sus manos místicas y nobles que volvían las hojas lentamente. La dama tenía un hermoso nombre antiguo: Se llamaba Águeda: Era la madre de Fernandina, Isabel y Concha. Las tres niñas pálidas con quienes yo jugaba. ¡Después de tantos años volví a ver aquellos salones de respeto y aquellas salas familiares! Las salas entarimadas de nogal, frías y silenciosas, que conservan todo el año el aroma de las manzanas agrias y otoñales puestas a madurar sobre el alféizar de las ventanas. Los salones con antiguos cortinajes de damasco, espejos nebulosos y retratos familiares: Damas con basquiña, prelados de doctoral sonrisa, pálidas abadesas, torvos capitanes. En aquellas estancias nuestros pasos resonaban como en las iglesias desiertas, y al abrirse lentamente las puertas de floreados herrajes, exhalábase del fondo silencioso y oscuro, el perfume lejano de otras vidas. Solamente en un salón que tenía de corcho el estrado, nuestras pisadas no despertaron rumor alguno: Parecían pisadas de fantasmas, tácitas y sin eco. En el fondo de los espejos el salón se prolongaba hasta el ensueño como en un lago encantado, y los personajes de los retratos, aquellos obispos fundadores, aquellas tristes damiselas, aquellos avellanados mayorazgos parecían vivir olvidados en una paz secular. Concha se detuvo en la cruz de dos corredores, donde se abría una antesala redonda, grande y desmantelada, con arcones antiguos. En un testero arrojaba cerco mortecino de luz la mariposa de aceite que día y noche alumbraba ante un Cristo desmelenado y lívido. Concha murmuró en voz baja:
--¿Te acuerdas de esta antesala?
--Sí. ¿La antesala redonda?
--Sí... ¡Era donde jugábamos!
Una vieja hilaba en el hueco de una ventana. Concha me la mostró con un gesto:
--Es Micaela... La doncella de mi madre. ¡La pobre está ciega! No le digas nada...
Seguimos adelante. Algunas veces Concha se detenía en el umbral de las puertas, y señalando las estancias silenciosas, me decía con su sonrisa tenue, que también parecía desvanecerse en el pasado:
--¿Te acuerdas?
Ella recordaba las cosas más lejanas. Recordaba cuando éramos niños y saltábamos delante de las consolas para ver estremecerse los floreros cargados de rosas, y los fanales ornados con viejos ramajes áureos, y los candelabros de plata, y los daguerreotipos llenos de un misterio estelar. ¡Tiempos aquellos en que nuestras risas locas y felices habían turbado el noble recogimiento del Palacio, y se desvanecían por las claras y grandes antesalas, por los corredores oscuros, flanqueados con angostas ventanas de montante donde arrullaban las palomas!...
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[imagen: _Sonata de Otoño_]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]