Sonata de otoño; Sonata de invierno: memorias del Marqués de Bradomín
Part 12
--¡Temes que no sepa respetar su sacrificio! Eres injusta conmigo, bien que en eso no haces más que seguir las tradiciones de la familia. ¡Cómo me apena esa idea que todos tenéis de mí! ¡Dios que lee en los corazones!...
Mi tía y señora recobró el tono autoritario:
--¡Calla!... Eres el más admirable de los Don Juanes: Feo, católico y sentimental.
Era tan vieja la buena señora, que había olvidado las veleidades del corazón femenino, y que cuando se tiene un brazo de menos y la cabeza llena de canas, es preciso renunciar al donjuanismo. ¡Ay, yo sabía que los ojos aterciopelados y tristes que se habían abierto para mí como dos florecillas franciscanas en una luz de amanecer, serían los últimos que me mirasen con amor! Ya sólo me estaba bien enfrente de las mujeres la actitud de un ídolo roto, indiferente y frío. Presintiéndolo por primera vez, con una sonrisa triste le mostré a la anciana señora la manga vacía de mi uniforme: De pronto, emocionado por el recuerdo de la niña recluída en el viejo caserón aldeano, tuve que mentir un poco, hablando de María Antonieta:
--María Antonieta es la única mujer que todavía me quiere: Solamente su amor me queda en el mundo: Resignado a no verla y lleno de desengaños, estaba pensando en hacerme fraile, cuando supe que deseaba decirme adios por última vez...
--¿Y si yo te suplicase ahora que te fueses?
--¿Tú?
--En nombre de María Antonieta.
--¡Creía merecer que ella me lo dijese!
--¿Y ella, pobre mujer, no merece que le evites ese nuevo dolor?
--Si hoy atendiese su ruego, acaso mañana me llamase. ¿Crees que esa piedad cristiana que ahora la arrastra hacia su marido, durará siempre?
Antes que la anciana señora pudiese responder, una voz que las lágrimas enronquecían y velaban, gimió a mi espalda:
--¡Siempre, Xavier!
Me volví y halléme enfrente de María Antonieta: Inmóvil y encendidos los ojos me miraba. Yo le mostré mi brazo cercenado, y ella con un gesto de horror cerró los párpados. Había en su persona tal mudanza que aparentaba haber envejecido muchos años. María Antonieta era muy alta, llena de altiva majestad en la figura, y con el pelo siempre fosco, ya mezclado de grandes mechones blancos. Tenía la boca de estatua y las mejillas como flores marchitas, mejillas penitentes, descarnadas y altivas, que parecían vivir huérfanas de besos y de caricias. Los ojos eran negros y calenturientos, la voz grave, de un metal ardiente. Había en ella algo extraño de mujer que percibe el aleteo de las almas que se van, y comunica con ellas a la media noche. Después de un silencio doloroso y largo, volvió a repetir:
--¡Siempre, Xavier!
Yo la miré intensamente:
--¿Más que mi amor?
--Tanto como tu amor.
La Marquesa de Tor, que tendía por la sala su mirada cegata, nos advirtió en voz queda y aconsejadora:
--Si habéis de hablar, al menos que no sea aquí.
María Antonieta asintió con los ojos, y severa y muda se alejó cuando algunas damas ya comenzaban a mirarnos curiosas. Casi al mismo tiempo hacían irrupción en la sala los dos perros del Rey. Don Carlos entró momentos después: Al verme adelantóse y sin pronunciar una sola palabra me abrazó largamente: Luego comenzó a hablarme en el tono que solía, de amable broma, como si nada hubiese cambiado en mí. Confieso que ninguna muestra de su aprecio pudiera conmoverme tanto como me conmovió aquella generosa delicadeza de su ánimo real.
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[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: M]i señora tía la Marquesa de Tor me hace seña de que la siga, y me conduce a su cámara, donde llorosa y sola espera María Antonieta: Al verme entrar se ha puesto en pie clavándome los ojos enrojecidos y brillantes: Respira ansiosa, y con la voz violenta y ronca me habla:
--Xavier, es preciso que nos digamos adios. ¡Tú no sabes cuánto he sufrido desde aquella noche en que nos separamos!
Yo interrumpo con una vaga sonrisa sentimental:
--¿Recuerdas que fué con la promesa de querernos siempre?
Ella a su vez me interrumpe:
--¡Tú vienes a exigirme que abandone a un pobre ser enfermo, y eso jamás, jamás, jamás! Sería en mí una infamia.
--Son las infamias que impone el amor, pero desgraciadamente ya soy viejo para que ninguna mujer las cometa por mí.
--Xavier, es preciso que me sacrifique.
--Hay sacrificios tardíos, María Antonieta.
--¡Eres cruel!
--¡Cruel!
--Tú quieres decirme que el sacrificio debió ser para no faltar a mis deberes.
--Acaso hubiera sido mejor, pero al culparte a ti me culpo a mí también. Ninguno de los dos supo sacrificarse, porque esa ciencia sólo se aprende con los años, cuando se hiela el corazón.
--¡Xavier, es la última vez que nos vemos, y qué recuerdo tan amargo me dejarán tus palabras!
--¿Tú crees que es la última vez? Yo creo que no. Si accediese a tu ruego volverías a llamarme, mi pobre María Antonieta.
--¡Por qué me lo dices! Y si yo fuese tan cobarde que volviera a llamarte, tú no vendrías. Este amor nuestro es imposible ya.
--Yo vendría siempre.
María Antonieta levanta al cielo sus ojos, que las lágrimas hacen más bellos, y murmura como si rezase:
--¡Dios mío, y acaso llegará un día en que mi voluntad desfallezca, en que mi cruz me canse!
Yo me acerco hasta beber su aliento, y le cojo las manos:
--Ya llegó.
--¡Nunca! ¡Nunca!...
Intenta libertar sus manos pero no lo consigue. Yo murmuré casi a su oído:
--¿Qué dudas? Ya llegó.
--¡Vete, Xavier! ¡Déjame!
--¡Cuánto me haces sufrir con tus escrúpulos, mi pobre María Antonieta!
--¡Vete! ¡Vete!... No me digas nada... No quiero oirte.
Yo le beso las manos:
--¡Divinos escrúpulos de santa!
--¡Calla!
Con los ojos espantados se aleja de mí. Hay un largo silencio. María Antonieta se pasa las manos por la frente y respira con ansia. Poco a poco se tranquiliza: En sus ojos hay una resolución desesperada cuando me dice:
--Xavier, voy a causarte una gran pena. Yo ambicioné que tú me quisieras como a esas novias de los quince años. ¡Pobre loca! Y te oculté mi vida.
--Sigue ocultándomela.
--¡He tenido amantes!
--¡La vida es así!
--¡No me desprecias!
--No puedo.
--¡Pero te sonríes!...
Yo le respondo cuerdamente:
--¡Mi pobre María Antonieta, me sonrío porque no hallo motivo para ser severo! Hay quien prefiere ser el primer amor: Yo he preferido siempre ser el último. ¿Pero acaso lo seré?
--¡Qué crueles son tus palabras!
--¡Qué cruel es la vida cuando no caminamos por ella como niños ciegos!
--¡Cuánto me desprecias!... Es mi penitencia.
--Despreciarte, no. Tú fuiste como todas las mujeres, ni mejor ni peor. Ahora acabas en santa. ¡Adios, mi pobre María Antonieta!
María Antonieta solloza, y desgarra con los dientes el pañolito de encajes: Se ha dejado caer en el sofá: Yo, en pie, permanezco ante ella. Hay un silencio lleno de suspiros. María Antonieta se enjuga los ojos, me mira y sonríe tristemente:
--Xavier, si todas las mujeres son como tú me juzgas, yo tal vez no haya sido como ellas ¡Compadéceme, no me guardes rencor!
--No es rencor lo que siento, es la melancolía del desengaño: Una melancolía como si la nieve del invierno cayese sobre mi alma, y mi alma, semejante a un campo yermo, se amortajase con ella.
--Tú tendrás el amor de otras mujeres.
--Temo que reparen demasiado en mis cabellos blancos y en mi brazo cercenado.
--¡Qué importa tu brazo de menos! ¡Qué importan tus cabellos blancos!... Yo los buscaría para quererlos más. ¡Xavier, adios por toda la vida!...
--¿Quién sabe lo que guarda la vida? ¡Adios, mi pobre María Antonieta!
Estas palabras fueron las últimas. Después ella me alarga su mano en silencio, yo se la beso y nos separamos. Al trasponer la puerta sentí la tentación de volver la cabeza y la vencí. Si la guerra no me había dado ocasión para mostrarme heroico, me la daba el amor al despedirse de mí, acaso para siempre.
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ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO EN LA IMPRENTA CERVANTINA DE MADRID A XI DÍAS DEL MES DE ENERO DE MCMXXIV AÑOS
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