Sonata de estío: memorias del marqués de Bradomín
Part 6
YA EL TROPEL de centauros nadaba por el centro del Tixul, cuando un cocodrilo que en la otra orilla parecía sumido en éxtasis, entró lentamente en el agua y desapareció... No quise hacer más larga espera en la playa, y halagando el cuello de mi caballo, le fuí metiendo en la laguna paso á paso. Cuando tuvo el agua á la cincha comenzó á nadar, y casi al mismo tiempo me reconocí cercado por un copo fantástico de ojos redondos, amarillentos, nebulosos, que aparecían solos á flor de agua... ¡Aquellos ojos me miraban, estaban fijos en mí!... Confieso que en tal momento sentí el frío y el estremecimiento del miedo. El sol hallábase en el ocaso, y como yo lo llevaba de frente, me hería y casi me cegaba, de suerte que para esquivarle érame forzoso contemplar las mudas ondas del Tixul, aun cuando me daba vértigo aquel poder de los caimanes para no dejar fuera del agua más que los ojos de monstruos, ojos sin párpados, que unas veces giran en todos sentidos y otras se fijan con una mirada estacionaria... Hasta que el caballo volvió á cobrar tierra bajo el casco, lanzándose seguro hacia la orilla, no respiré sin zozobra. Mi gente esperaba tendida á lo largo, corriendo y caracoleando. Nos reunimos y continuamos la ruta á través de los negros arenales.
Se puso el sol entre presagios de tormenta. El terral soplaba con furia, removiendo y aventando las arenas, como si quisiese tomar posesión de aquel páramo inmenso todo el día letargado por el calor. Espoleamos los caballos y corrimos contra el viento y el polvo. Ante nosotros se extendían las dunas en la indecisión del crepúsculo desolado y triste, agitado por las ráfagas apocalípticas de un ciclón. Casi rasando la tierra pasaban bandadas de buitres con revoloteo tardo, fatigado é incierto. Cerró la noche y á lo lejos vimos llamear muchas hogueras. De tiempo en tiempo un relámpago rasgaba el horizonte y las dunas aparecían solitarias y lívidas. Empezaron á caer gruesas gotas de agua. Los caballos sacudían las orejas y temblaban como calenturientos. Las hogueras, atormentadas por el huracán, se agitaban de improviso ó menguaban hasta desaparecer. Los relámpagos, cada vez más frecuentes, dejaban en los ojos la visión temblorosa y fugaz del paraje inhospito. Nuestros caballos con las crines al viento, lanzaban relinchos de espanto y procuraban orientarse, buscándose en la oscuridad de la noche bajo el aguacero. La luz caótica de los relámpagos, daba á la yerma vastedad el aspecto de esos parajes quiméricos de las leyendas penitentes: Desiertos de cenizas y arenales sin fin que rodean el Infierno.
Guiándonos por las hogueras, llegamos á un gran raso de yerba donde cabeceaban, sacudidos por el viento, algunos cocoteros desgreñados, enanos y salvajes. El aguacero había cesado repentinamente y la tormenta parecía ya muy lejana. Dos ó tres perros salieron ladrando á nuestro encuentro, y en la lejanía otros ladridos respondieron á los suyos. Vimos en torno de la lumbre agitarse y vagar figuras de mal agüero: Rostros negros y dientes blancos que las llamas iluminaban. Nos hallábamos en un campo de jarochos, mitad bandoleros y mitad pastores, que conducían numerosos rebaños á las ferias de Grijalba.
Al vernos llegar galopando en tropel, de todas partes acudían hombres negros y canes famélicos: Los hombres tenían la esbeltez que da el desierto y actitudes de reyes bárbaros magníficas, sanguinarias... En el cielo la luna, enlutada como viuda ideal, dejaba caer la tenue sonrisa de su luz sobre la ruda y aulladora tribu. Á veces entre el vigilante ladrido de los canes y el áspero vocear del pastoreo errante, percibíase el estremecimiento de las ovejas, y llegaban hasta nosotros ráfagas de establo, campesinas y robustas como un aliento de vida primitiva. Sonaban las esquilas con ingrávido campanilleo, ardían en las fogatas haces de olorosos rastrojos, y el humo subía blanco, feliz y cargado de aromas, como el humo de los rústicos y patriarcales sacrificios.
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YO VEIA DANZAR entre las lenguas de la llama una sombra femenil indecisa y desnuda: La veía, aun cerrando los ojos, con la fuerza quimérica y angustiosa que tienen los sueños de la fiebre. ¡Cuitado de mí! Era una de esas visiones místicas y carnales con que el diablo tentaba en otro tiempo á los santos ermitaños: Yo creía haber roto para siempre las redes amorosas del pecado, y el Cielo castigaba tanta arrogancia dejándome en abandono. Aquella mujer desnuda, velada por las llamas, era la Niña Chole. Tenía su sonrisa y su mirar. Mi alma empezaba á cubrirse de tristeza y á suspirar románticamente. La carne flaca se estremecía de celos y de cólera. Todo en mí clamaba por la Niña Chole. Estaba arrepentido de no haber dado muerte al incestuoso raptor, y el pensamiento de buscarle á través de la tierra mexicana se hacía doloroso: Era una culebra enroscada al corazón, que me mordía y me envenenaba. Para libertarme de aquel suplicio, llamé al indio que llevaba de guía. Acudió tiritando:
--¿Qué mandaba, señor?
--Vamos á ponernos en camino.
--Mala es la sazón, señor. Corren ahora muchas torrenteras.
Yo tuve un momento de duda:
--¿Qué distancia hay á la Hacienda de Tixul?
--Dos horas de camino, señor.
Me incorporé violentamente:
--Que ensillen.
Y esperé calentándome ante el fuego, mientras el guía llevaba la orden y se ponía la gente en traza de partir. Mi sombra bailaba con la llama de las hogueras, y alargábase fantástica sobre la tierra negra. Yo sentía dentro de mí la sensación de un misterio pavoroso y siniestro. Quizá iba á mudar de propósito cuando un tropel de indios acudió con mi caballo. Á la luz de la hoguera ajustaron las cinchas y repararon las bridas. El guía, silencioso y humilde, vino á tomar el diestro. Monté y partimos.
Caminamos largo tiempo por un terreno onduloso, entre cactus gigantescos que sacudidos por el viento, imitaban rumor de torrentes. De tiempo en tiempo la luna rasgaba los trágicos nubarrones, é iluminaba nuestra marcha derramando tibia claridad. Delante de mi caballo volaba, con silencioso vuelo, un pájaro nocturno: Se posaba á corta distancia, y al acercarme agitaba las negras alas é iba á posarse más lejos, lanzando un graznido plañidero, que era su canto. Mi guía, supersticioso como todos los indios, creía entender en aquel grito la palabra judío, y cuando oía esta ofensa que el pájaro le lanzaba siempre al abrir las sombrías alas, replicaba gravemente:
--¡Cristiano, y muy cristiano!
Yo le interrogué:
--¿Qué pájaro es ese?...
--El tapa-caminos, señor.
De esta suerte llegamos á mis dominios. La casa, mandada edificar por un virrey, tenía el aspecto señorial y campesino que tienen en España las casas de los hidalgos. Un tropel de jinetes estaba delante de la puerta. Á juzgar por su atavío, eran plateados. Formaban rueda, y las calabazas llenas de café, corrían de mano en mano. Los chambergos bordados brillaban á la luz de la luna. En mitad del camino estaba apostado un jinete: Era viejo y avellanado: Tenía los ojos fieros y una mano cercenada. Al acercarnos nos gritó:
--¡Ténganse allá!
Yo respondí de mal talante, enderezándome en la silla:
--Soy el Marqués de Bradomín.
El viejo partió al galope y reunióse con los que apuraban las calabazas de café ante la puerta. Yo distinguí claramente á la luz de la luna, cómo se volvían los unos á los otros, y cómo se hablaban tomando consejo, y cómo después recobraban las riendas y se partían. Cuando yo llegué, la puerta estaba franca y aún se oía el galope de sus caballos. El mayordomo que esperaba en el umbral, adelantóse á recibirme, y tomando el caballo del rendaje tornóse hacia la casa, gritando:
--¡Sacad acá un candil!... ¡Alumbrad la escalera!...
En lo alto de la ventana asomó la forma negra de una vieja con un velón encendido:
--¡Alabado sea Dios que le trujo con bien por medio de tantos peligros!
Y para alumbrarnos mejor, encorvábase fuera de la ventana y alargaba su brazo negro, que temblaba con el velón. Entramos en el zaguán, y casi al mismo tiempo reaparecía la vieja en lo alto de la escalera:
--¡Alabado sea Dios, y cómo se le conoce la mucha nobleza y generosidad de su sangre!
La vieja nos guió hasta una sala enjalbegada, que tenía todas las ventanas abiertas. Dejó el velón sobre una mesa de torneados pies, y se alejó:
--¡Alabado sea Dios, y qué juventud más galana!
Me senté, y el mayordomo quedóse á distancia contemplándome. Era un antiguo soldado de Don Carlos, emigrado después de la traición de Vergara. Sus ojos negros y hundidos tenían un brillo de lágrimas. Yo le tendí la mano con familiar afecto:
--Siéntate, Brión... ¿Qué tropa era esa?
--Plateados, señor.
--¿Son amigos tuyos?
--¡Y buenos amigos!... Aquí hay que vivir como vivía en sus cortijos de Andalucía mi señora la Condesa de Barbazón, abuela de vuecencia. José María la respetaba como á una reina, porque tenía en mi señora su mejor madrina...
--¿Y estos cuatreros mexicanos tienen el garbo de los andaluces?
Brión bajó la voz para responder:
--Saben robar... No les impone el matar... Tienen discurso... Y con todo no llegan á los ladrones de la Andalucía. Les falta la gracia, que es al modo de la sal en la vianda. ¡Y no son los de la Andalucía más guapos en el arreo! ¡No es el arreo!...
En aquel momento entró la vieja á decir que estaba dispuesta la colación. Yo me puse de pie, y ella tomó la luz de encima de la mesa para alumbrarme el camino.
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ME ACOSTÉ rendido, pero el recuerdo de la Niña Chole túvome desvelado hasta cerca del amanecer. Eran vanos todos mis esfuerzos por ahuyentarle: Revoloteaba en mi memoria, surgía entre la niebla de mis pensamientos, ingrávido, funambulesco, torturador. Muchas veces, en el vago tránsito de la vigilia al sueño, me desperté con sobresalto. Al cabo, vencido por la fatiga, caí en un sopor febril, poblado de pesadillas. De pronto abrí los ojos en la oscuridad. Con gran sorpresa mía hallábame completamente despierto. Quise conciliar otra vez el sueño, pero no pude conseguirlo. Un perro comenzó á ladrar debajo de mi ventana, y entonces recordé vagamente haber escuchado sus ladridos momentos antes, mientras dormía. Agitado por el desvelo me incorporé en las almohadas. La luz de la luna esclarecía el fondo de la estancia, porque yo había dejado abiertas las ventanas á causa del calor. Me pareció oir voces apagadas de gente que vagaba por el huerto. El perro había enmudecido, las voces se desvanecían. De nuevo quedó todo en silencio, y en medio del silencio oí el galope de un caballo que se alejaba. Me levanté para cerrar la ventana. La cancela del huerto estaba abierta, y sentí nacer una sospecha, aun cuando el camino rojo, iluminado por la luna, veíase desierto entre los susurrantes maizales. Permanecí algún tiempo en atalaya. Aquellos campos parecían muertos bajo la luz blanca de la luna: Sólo reinaba sobre ellos el viento murmurador. Sintiendo que el sueño me volvía, cerré la ventana. Sacudido por largo estremecimiento me acosté. Apenas había cerrado los ojos cuando el eco apagado de algunos escopetazos me sobresaltó: Lejanos silbidos eran contestados por otros: Volvía á oirse el galope de un caballo. Iba á levantarme cuando quedó todo en silencio. Después al cabo de mucho tiempo, resonaron en el huerto sordos golpes de azada, como si estuviesen cavando una cueva. Debía ser cerca del amanecer, y me dormí. Cuando el mayordomo entró á despertarme, dudaba si había soñado: Sin embargo le interrogué:
--¿Qué batalla habéis dado esta noche?
El mayordomo inclinó la cabeza tristemente:
--¡Esta noche han matado al valedor más valedor de México!
--¿Quién le mató?
--Una bala, señor.
--¿Una bala, de quién?
--Pues de algún hijo de mala madre.
--¿Ha salido mal el golpe de los plateados?
--Mal, señor.
--¿Tú llevabas parte?
El mayordomo levantó hasta mí los ojos ardientes:
--Yo, jamás, señor.
La fiera arrogancia con que llevó su mano al corazón, me hizo sonreir, porque el viejo soldado de Don Carlos, con su atezada estampa y el chambergo arremangado sobre la frente, y los ojos sombríos, y el machete al costado, lo mismo parecía un hidalgo que un bandolero. Quedó un momento caviloso, y luego, manoseando la barba, me dijo:
--Sépalo vuecencia: Si tengo amistad con los plateados, es porque espero valerme de ellos... Son gente brava y me ayudarán... Desde que llegué á esta tierra tengo un pensamiento. Sépalo vuecencia: Quiero hacer emperador á Don Carlos V.
El viejo soldado se enjugó una lágrima. Yo quedé mirándole fijamente:
--¿Y cómo le daremos un Imperio, Brión?
Las pupilas del mayordomo brillaron enfoscadas bajo las cejas grises:
--Se lo daremos, señor... Y después la corona de España.
Volví á preguntarle con una punta de burla:
--¿Pero ese Imperio cómo se lo daremos?
--Volviéndole estas Indias. Más difícil cosa fué ganarlas en los tiempos antiguos de Hernán Cortés. Yo tengo el libro de esa Historia. ¿Ya lo habrá leído vuecencia?
Los ojos del mayordomo estaban llenos de lágrimas. Un rudo temblor que no podía dominar agitaba su barba berberisca. Se asomó á la ventana, y mirando hacia el camino guardó silencio. Después suspiró:
--¡Esta noche hemos perdido al hombre que más podía ayudarnos! Á la sombra de aquel cedro está enterrado.
--¿Quién era?
--El capitán de los plateados, que halló aquí vuecencia.
--¿Y sus hombres han muerto también?
--Se dispersaron. Entró en ellos el pánico. Habían secuestrado á una linda criolla, que tiene harta plata, y la dejaron desmayada en medio del camino. Yo, compadecido, la traje hasta aquí. ¡Si quiere verla vuecencia!
--¿Es linda de veras?
--Como una santa.
Me levanté, y precedido de Brión, salí. La criolla estaba en el huerto tendida en una hamaca colgada de dos árboles. Algunos pequeñuelos indios, casi desnudos, se disputaban mecerla. La criolla tenía el pañuelo sobre los ojos y suspiraba. Al sentir nuestros pasos volvió lánguidamente la cabeza y lanzó un grito:
--¡Mi rey!... ¡Mi rey querido!...
Sin desplegar los labios le tendí los brazos. Yo he creído siempre que en achaques de amor todo se cifra en aquella máxima divina que nos manda olvidar las injurias.
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FELIZ y caprichosa me mordía las manos mandándome estar quieto. No quería que yo la tocase. Ella sola, lenta, muy lentamente, desabrochó los botones de su corpiño y destrenzó el cabello ante el espejo, donde se contempló sonriendo. Parecía olvidada de mí. Cuando se halló desnuda tornó á sonreir y á contemplarse. Semejante á una princesa oriental, ungióse con esencias. Después envuelta en seda y encajes, tendióse en la hamaca y esperó: Los párpados entornados y palpitantes, la boca siempre sonriente, con aquella sonrisa que un poeta de hoy hubiera llamado estrofa alada de nieve y rosas. Yo, aun cuando parezca extraño, no me acerqué. Gustaba la divina voluptuosidad de verla, y con la ciencia profunda, exquisita y sádica de un decadente, quería retardar todas las otras, gozarlas una á una, en la quietud sagrada de aquella noche. Por el balcón abierto se alcanzaba á ver el cielo de un azul profundo, apenas argentado por la luna. El céfiro nocturno traía del jardín aromas y susurros: El mensaje romántico que le daban las rosas al deshojarse. El recogimiento era amoroso y tentador. Oscilaba la luz de las bujías, y las sombras danzaban sobre los muros. Allá en el fondo tenebroso del corredor, el reloj de cuco, que acordaba el tiempo de los virreyes, dió las doce. Poco después cantó un gallo. Era la hora nupcial y augusta de la media noche. La Niña Chole murmuró á mi oído:
--¡Dime si hay nada tan dulce como esta reconciliación nuestra!
No contesté y puse mi boca en la suya queriendo así sellarla, porque el silencio es arca santa del placer. Pero la Niña Chole tenía la costumbre de hablar en los trances supremos, y después de un momento suspiró:
--Tienes que perdonarme. Si hubiésemos estado siempre juntos, ahora no gozaríamos así. Tienes que perdonarme.
¡Aun cuando el pobre corazón sangraba un poco, yo la perdoné! Mis labios buscaron nuevamente aquellos labios crueles. Fuerza, sin embargo, es confesar que no he sido un héroe, como pudiera creerse. Aquellas palabras tenían el encanto apasionado y perverso que tienen esas bocas rampantes de voluptuosidad, que cuando besan muerden. Sofocada entre mis brazos, murmuró con desmayo:
--¡Nunca nos hemos querido así! ¡Nunca! ¡Nunca!...
La gran llama de la pasión, envolviéndonos toda temblorosa en su lengua dorada, nos hacía invulnerables al cansancio, y nos daba la noble resistencia que los dioses tienen para el placer. Al contacto de la carne, florecían los besos en un mayo de amores. ¡Rosas de Alejandría, yo las deshojaba sobre sus labios! ¡Nardos de Judea, yo los deshojaba sobre sus senos! Y la Niña Chole se estremecía en delicioso éxtasis, y sus manos adquirían la divina torpeza de las manos de una virgen. Pobre Niña Chole, después de haber pecado tanto, aún no sabía que el supremo deleite sólo se encuentra tras los abandonos crueles, en las reconciliaciones cobardes. Á mí me estaba reservada la gloria de enseñárselo. Yo, que en el fondo de aquellos ojos creía ver siempre el enigma oscuro de su traición, no podía ignorar cuánto cuesta acercarse á los altares de Venus Turbulenta. Desde entonces compadezco á los desgraciados que engañados por una mujer, se consumen sin volver á besarla. Para ellos será eternamente un misterio la exaltación gloriosa de la carne.
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ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO EN LA IMPRENTA HELÉNICA DE MADRID Á XXX DÍAS DEL MES DE JUNIO DE MCMXIII AÑOS
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JOSEPH MOJA
ORNAVIT
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Errores corregidos por el transcriptor del texto electrónico:
gloriosas de aquela=> gloriosas de aquella {pg 44}
los aventuros españoles=> los aventureros españoles {pg 51}
la Niña tie=> la Niña tiene {pg 189}
si mirase facisnada=> si mirase fascinada {pg 51}
End of Project Gutenberg's Sonata de estío, by Ramón del Valle-Inclán