Sonata de estío: memorias del marqués de Bradomín

Part 4

Chapter 43,891 wordsPublic domain

Al terminarse los responsos, cuando Fray Lope Castellar se volvía para bendecir á los fieles, alzáronse en tropel algunos mercenarios de mi escolta, apostados en la puerta durante la misa, y como gerifaltes cayeron sobre el prebisterio, aprisionando á un mancebo arrodillado, que se revolvió bravamente al sentir sobre sus hombros tantas manos, y luchó encorvado y rugiente, hasta que, vencido por el número, cayó sobre las gradas. Las monjas, dando alaridos, huyeron del coro. Fray Lope Castellar adelantóse estrechando el cáliz sobre el pecho:

--¿Qué hacéis, mal nacidos?

Y el mancebo, que jadeaba derribado en tierra, gritó:

--¡Fray Lope!... ¡No se vende así al amigo!

--¡Ni tal sospeches, Guzmán!

Y entonces aquel hombre hizo como el jabalí herido y acosado que se sacude los alanos: De pronto le vi erguido en pie, revolverse entre el tropel que le sujetaba, libertar los brazos y atravesar la iglesia corriendo. Llegó á la puerta, y encontrándola cerrada, se revolvió con denuedo. De un golpe arrancó la cadena que servía para tocar las campanas, y armado con ella hizo defensa. Yo, admirando como se merecía tanto valor y tanto brío, saqué las pistolas y me puse de su lado:

--¡Alto ahí!...

Los hombres de la escolta quedaron indecisos, y en aquel momento, Fray Lope, que permanecía en el presbiterio, abrió la puerta de la sacristía, que rechinó largamente. El mancebo, haciendo con la cadena un terrible molinete, pasó sobre el féretro de la monja, rompió la hilera de cirios y ganó aquella salida. Los otros le persiguieron dando gritos, pero la puerta se cerró de golpe ante ellos, y volviéronse contra mí, alzando los brazos con amenazador despecho. Yo, apoyado en la reja del coro, dejé que se acercasen, y disparé mis dos pistolas. Abrióse el grupo repentinamente silencioso, y cayeron dos hombres. La Niña Chole se levantó trágica y bella:

--¡Quietos!... ¡Quietos!...

Aquellos mercenarios no la oyeron. Con encarnizado vocerío viniéronse para mí, amenazándome con sus pistolas. Una lluvia de balas se aplastó en la reja del coro. Yo, milagrosamente ileso, puse mano al machete:

--¡Atrás!... ¡Atrás, canalla!

La Niña Chole se interpuso, gritando con angustia:

--¡Si respetáis su vida, he de daros harta plata!

Un viejo que á guisa de capitán estaba delante, volvió hacia ella los ojos fieros y encendidos. Sus barbas chivas temblaban de cólera:

--Niña, la cabeza de Juan Guzmán está pregonada.

--Ya lo sé.

--Si le hubiésemos entregado vivo, tendríamos cien onzas.

--Las tendréis.

Hubo otra ráfaga de voces violentas y apasionadas. El viejo mercenario alzó los brazos imponiendo silencio:

--¡Dejad á la gente que platique!

Y con la barba siempre temblona, volvióse á nosotros:

--¿Los compañeros ahí tendidos como perros, no valen ninguna cosa?

--La Niña Chole murmuró con afán:

--¡Sí!... ¿Qué quieres?

--Eso ha de tratarse con despacio.

--Bueno...

--Es menester otra prenda que la palabra.

La Niña Chole arrancóse los anillos, que parecían dar un aspecto sagrado á sus manos de princesa, y llena de altivez se los arrojó:

--Repartid eso y dejadnos.

Entre aquellos hombres hubo un murmullo de indecisión, y lentamente se alejaron por la nave de la iglesia. En el presbiterio detuviéronse á deliberar. La Niña Chole apoyó sus manos sobre mis hombros y me miró en el fondo de los ojos:

--¡Oh!... ¡Qué español tan loco! ¡Un león en pie!...

Respondí con una vaga sonrisa. Yo experimentaba la más violenta angustia en presencia de aquellos dos hombres caídos en medio de la iglesia, el uno sobre el otro. Lentamente se iba formando en torno de ellos un gran charco de sangre que corría por las junturas de las losas. Sentíase el borboteo de las heridas, y el estertor del que estaba caído debajo. De tiempo en tiempo se agitaba y movía una mano lívida, con estremecimientos nerviosos.

[imagen no disponible]

FRAY LOPE CASTELLAR nos esperaba en la sacristía leyendo el breviario. Sobre labrado arcón estaban las vestiduras plegadas con piadoso esmero. La sacristía era triste, con una ventana alta y enrejada oscurecida por las ramas de un cedro. Fray Lope, al vernos llegar, alzóse del escaño:

--¡Muertos les he creído! ¡Ha sido un milagro!... Siéntense: Es menester que esta dama cobre ánimos. Van á probar el vino con que celebra la misa Su Ilustrísima, cuando se digna visitarnos. Un vino de España. ¡Famoso, famoso!... Ya lo dice el adagio indiano: Vino, mujer y bretaña, de España.

Hablando de esta suerte, acercóse á una grande y lustrosa alacena, y la abrió de par en par. Sacó de lo más hondo un pegajoso cangilón, y le olió con regalo:

--Ahora verán qué néctar. Este humilde fraile celebra su misa con un licor menos delicado. Sin embargo, todo es sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

Llenó con mano temblona un vaso de plata, y presentóselo á la Niña Chole, que lo recibió en silencio, y, en silencio también, me lo pasó á mí. Fray Lope, en aquel momento, colmaba otro vaso igual:

--¡Qué hace mi señora! Si el noble Marqués tiene aquí...

La Niña Chole sonrió con languidez:

--¡Le acompaña usted, Fray Lope!

Fray Lope rió sonoramente: Sentóse sobre el arcón, y dejó el vaso á su lado:

--El noble Marqués me permitirá una pregunta: ¿De qué conoce á Juan de Guzmán?

--¡No le conozco!...

--¿Y cómo le defendió tan bravamente?

--Una fantasía que me vino en aquel momento.

Fray Lope movió la tonsurada cabeza, y apuró un sorbo del vaso que tenía á su diestra:

--¡Una fantasía! ¡Una fantasía!... Juan de Guzmán es mi amigo, y, sin embargo, yo jamás hubiera osado tanto.

La Niña Chole murmuró con altivo desdén:

--No todos los hombres son iguales...

Yo, agradecido al buen vino que Fray Lope me escanciaba, intervine cortesano:

--¡Más valor hace falta para cantar misa!

Fray Lope me miró con ojos burlones:

--Eso no se llama valor: Es la Gracia...

Hablando así, alzamos los vasos y á un tiempo les dimos fin. Fray Lope tornó á llenarlos:

--¿Y el noble Marqués hasta ignorará quién es Juan de Guzmán?

--Ayer, cuando juntaba mi escolta en Veracruz, oí por primera vez su nombre... Creo que es un famoso capitán de bandidos.

--¡Famoso! Tiene la cabeza pregonada.

--¿Conseguirá ponerse en salvo?

Fray Lope juntó las manos y entornó los párpados gravemente:

--¡Y quién sabe, mi señor!...

--¿Cómo se arriesgó á entrar en la iglesia?

--Es muy piadoso... Además tiene por madrina á la Madre Abadesa.

En aquel momento alzóse la tapa del arcón, y un hombre que allí estaba oculto asomó la cabeza. Era Juan de Guzmán. Fray Lope corrió á la puerta y echó los cerrojos. Juan de Guzmán saltó en medio de la sacristía, y con los ojos húmedos y brillantes quiso besarme las manos. Yo le tendí los brazos. Fray Lope volvió á nuestro lado, y con la voz temblorosa y colérica murmuró:

--¡Quien ama el peligro perece en él!

Juan de Guzmán sonrió desdeñosamente:

--¡Todos hemos de morir, Fray Lope!...

--Bajen siquiera la voz.

Avizorado miraba alternativamente á la puerta y á la gran reja de la sacristía. Seguimos su prudente consejo, y mientras nosotros platicábamos retirados en un extremo de la sacristía, en el otro rezaba medrosamente la Niña Chole.

[imagen no disponible]

JUAN DE GUZMÁN tenía la cabeza pregonada, aquella magnífica cabeza de aventurero español. En el siglo XVI hubiera conquistado su Real Ejecutoria de Hidalguía peleando bajo las banderas de Hernán Cortés, y acaso entonces nos dejase una hermosa memoria aquel capitán de bandoleros con aliento caballeresco, porque había nacido para ilustrar su nombre en las Indias saqueando ciudades, violando princesas y esclavizando emperadores. Viejo y cansado, cubierto de cicatrices y de gloria, tornaríase á su tierra llevando en buenas doblas de oro el botín conquistado acaso en Otumba, acaso en Mangoré. ¡Las batallas gloriosas de alto y sonoro nombre! Levantaría una torre, fundaría un mayorazgo con licencia del Señor Rey, y al morir tendría noble enterramiento en la iglesia de algún monasterio. La piedra de armas y un largo epitafio, recordarían las hazañas del caballero, y muchos años después, su estatua de piedra, dormida bajo el arco sepulcral, aún serviría á las madres para asustar á sus hijos pequeños.

Yo confieso mi admiración por aquella noble abadesa que había sabido ser su madrina sin dejar de ser una santa. Á mí seguramente hubiérame tentado el diablo, porque el capitán de los plateados tenía el gesto dominador y galán, con que aparecen en los retratos antiguos los capitanes del Renacimiento: Era hermoso como un bastardo de César Borgia. Cuentan, que al igual de aquel príncipe, mató siempre sin saña, con frialdad, como matan los hombres que desprecian la vida, y que, sin duda por eso, no miran como un crimen dar la muerte. Sus sangrientas hazañas son las hazañas que en otro tiempo hicieron florecer las epopeyas. Hoy sólo de tarde en tarde alcanzan tan alta soberanía, porque las almas son cada vez menos ardientes, menos impetuosas, menos fuertes. ¡Es triste ver cómo los hermanos espirituales de aquellos aventureros de Indias no hallan ya otro destino en la vida que el bandolerismo caballeresco!

Aquel capitán de los plateados también tenía una leyenda de amores. Era tan famoso por su fiera bravura como por su galán arreo. Señoreaba en los caminos y en las ventas: Con valeroso alarde se mostraba solo, caracoleando el caballo y levantada sobre la frente el ala del chambergo entoquillado de oro. El zarape blanco envolvíale flotante como alquicel morisco. Era hermoso, con hermosura varonil y fiera. Tenía las niñas de los ojos pequeñas, tenaces y brillantes, el corvar de la nariz soberbio, las mejillas nobles y atezadas, los mostachos enhiestos, la barba de negra seda. En la llama de su mirar vibraba el alma de los grandes capitanes, gallarda y de través como los gavilanes de la espada. Desgraciadamente, ya quedan pocas almas así.

¡Qué hermoso destino el de ese Juan de Guzmán, si al final de sus días se hubiese arrepentido y retirado en la paz de un monasterio para hacer penitencia, como San Francisco de Sena!

[imagen no disponible]

SIN OTRA ESCOLTA que algunos fieles caballerangos, nos tornamos á Veracruz. «La Dalila» continuaba anclada bajo el Castillo de Ulua, y la divisamos desde larga distancia, cuando nuestros caballos fatigados, sedientos, subían la falda arenosa de una colina. Sin hacer alto atravesamos la ciudad y nos dirigimos á la playa para embarcar inmediatamente. Poco después la fragata hacíase á la vela por aprovechar el viento que corría á lo lejos, rizando un mar verde como mar de ensueño. Apenas flameó la lona, cuando la Niña Chole despeinada y pálida con la angustia del mareo, fué á reclinarse sobre la borda.

El capitán, con sombrero de palma y traje blanco, se paseaba en la toldilla: Algunos marineros dormitaban echados á la banda de estribor, que el aparejo dejaba en sombra, y dos jarochos que habían embarcado en San Juan de Tuxtlan jugaban al parar sentados bajo un toldo de lona levantado á popa. Eran padre é hijo. Los dos flacos y cetrinos: El viejo con grandes barbas de chivo, y el mozo todavía imberbe. Se querellaban á cada jugada, y el que perdía amenazaba de muerte al ganancioso. Contaba cada cual su dinero, y musitando airada y torvamente lo embolsaba. Por un instante los naipes quedaban esparcidos sobre el zarape puesto entre los jugadores. Después el viejo recogíalos lentamente y comenzaba á barajar de nuevo. El mozo, siempre de mal talante, sacaba de la cintura su bolsa de cuero recamada de oro, y la volcaba sobre el zarape. El juego proseguía como antes.

Lleguéme á ellos y estuve viéndoles. El viejo, que en aquel momento tenía la baraja, me invitó cortésmente y mandó levantar al mozo para que yo tuviese sitio á la sombra. No me hice rogar. Tomé asiento entre los dos jarochos, conté diez doblones fernandinos y los puse á la primera carta que salió. Gané, y aquello me hizo proseguir jugando, aunque desde el primer momento tuve al viejo por un redomado tahur. Su mano atezada y enjuta, que hacía recordar la garra del milano, tiraba los naipes lentamente. El mozo permanecía silencioso y sombrío, miraba al viejo de soslayo, y jugaba siempre las cartas que jugaba yo. Como el viejo perdía sin impacientarse, sospeché que abrigaba el propósito de robarme, y me previne. Sin embargo, continué ganando.

Ya puesto el sol asomaron sobre cubierta algunos pasajeros. El viejo jarocho comenzó á tener corro, y creció su ganancia. Entre los jugadores estaba aquel adolescente taciturno y bello que en otra ocasión me había disputado una sonrisa de la Niña Chole. Apenas nuestras miradas se cruzaron comencé á perder. Tal vez haya sido superstición, pero es lo cierto que yo tuve el presentimiento. El adolescente tampoco ganaba: Visto con espacio, parecióme misterioso y extraño: Era gigantesco, de ojos azules y rubio ceño, de mejillas bermejas y frente muy blanca: Peinábase como los antiguos nazarenos, y al mirar entornaba los párpados con arrobo casi místico. De pronto le vi alargar ambos brazos y detener al jarocho, que había vuelto la baraja y comenzaba á tirar. Meditó un instante, y luego, lento y tardío, murmuró:

--Me arriesgo con todo. ¡Copo!

El mozo, sin apartar los ojos del viejo, exclamó:

--¡Padre, copa!

--Lo he oído, pendejo. Ve contando ese dinero.

Volvió la baraja y comenzó á tirar. Todas las miradas quedaron inmóviles sobre la mano del jarocho. Tiraba lentamente. Era una mano sádica que hacía doloroso el placer y lo prolongaba. De pronto se levantó un murmullo:

--¡La sota! ¡La sota!

Aquella era la carta del bello adolescente. El jarocho se incorporó, soltando la baraja con despecho:

--Hijo, ve pagando...

Y echándose el zarape sobre los hombros, se alejó. El corro se deshizo entre murmullos y comentos:

--¡Ha ganado setecientos doblones!

--¡Más de mil!

Instintivamente volví la cabeza, y mis ojos descubrieron á la Niña Chole. Allí estaba, reclinada en la borda: Apartábase lánguidamente los rizos que, deshechos por el viento marino, se le metían en los ojos, y sonreía al bello y blondo adolescente. Experimenté tan vivo impulso de celos y de cólera, que me sentí palidecer. Si hubiera tenido en las pupilas el poder del basilisco, allí se quedan hechos polvo. ¡No lo tenía, y la Niña Chole pudo seguir profanando aquella sonrisa de reina antigua!...

[imagen no disponible]

CUANDO se encendieron las luces de á bordo, yo continuaba en el puente, y la Niña Chole vino á colgarse de mi brazo, rozándose como una gata zalamera y traidora. Sin mostrarme celoso, supe mostrarme altivo, y ella se detuvo, clavándome los ojos con tímido reproche. Después miró en torno, y alzándose en la punta de los pies me besó celerosa:

--¿Estás triste?

--No.

--Entonces, ¿estás enojado conmigo?

--No.

--Sí tal.

Nos hallábamos solos en el puente, y la Niña Chole se colgó de mis hombros suspirante y quejumbrosa:

--¡Ya no me quieres! ¡Ahora qué será de mí!... ¡Me moriré!... ¡Me mataré!...

Y sus hermosos ojos, llenos de lágrimas, se volvieron hacia el mar, donde rielaba la luna. Yo permanecí silencioso, aun cuando estaba profundamente conmovido. Ya cedía al deseo de consolarla, cuando apareció sobre cubierta el blondo y taciturno adolescente. La Niña Chole, un poco turbada, se enjugó las lágrimas. Creo que la expresión de mis ojos le dió espanto, porque sus manos temblaban. Al cabo de un momento, con voz apasionada y contrita, murmuró á mi oído:

--¡Perdóname!

Yo repuse vagamente:

--¿Que te perdone dices?

--Sí.

--No tengo nada que perdonarte.

Ella se sonrió, todavía con los ojos húmedos:

--¿Para qué me lo niegas? Estás enojado conmigo porque antes he mirado á ése... Como no le conoces, me explico tus celos.

Calló, y en su boca muda y sangrienta vi aparecer la sonrisa de un enigma perverso. El blondo adolescente conversaba en voz baja con un grumete mulato. Se apartaron lentamente y fueron á reclinarse en la borda. Yo pregunté, dominado por una cólera violenta:

--¿Quién es?

--Un príncipe ruso.

--¿Está enamorado de ti?

--No.

--Dos veces le sonreíste...

La Niña Chole exclamó con picaresca alegría:

--Y tres también, y cuatro... Pero seguramente tus sonrisas le conmueven más que las mías... ¡Mírale!

El hermoso, el blondo, el gigantesco adolescente, seguía hablando con el mulato, y reclinado en la borda estrechábale por la cintura. El otro reía alegremente: Era uno de esos grumetes que parecen aculatados en largas navegaciones trasatlánticas por regiones de sol. Estaba casi desnudo, y con aquella coloración caliente de terracota también era hermoso. La Niña Chole apartó los ojos con altivo desdén:

--¿Te convences de que no podía inspirarte celos?

Yo, libre de tan cruel incertidumbre, sonreí:

--Tú debías tenerlos...

La Niña Chole se miró en mis ojos, orgullosa y feliz:

--Yo tampoco. Tú eres un hombre.

--Niña, tú olvidas que puede sacrificarse á Hebe y á Ganimedes.

--No entiendo lo que quieres decirme.

--¡Mejor es así!...

Y repentinamente entristecido, incliné la cabeza sobre el pecho. No quise ver más, y medité, porque tengo amado á los clásicos casi tanto como á las mujeres. Es la educación recibida en el Seminario de Nobles. Leyendo á ese amable Petronio, he suspirado más de una vez lamentando que los siglos hayan hecho un pecado desconocido de las divinas fiestas voluptuosas. Hoy, solamente en el sagrado misterio vagan las sombras de algunos escogidos que hacen renacer el tiempo antiguo de griegos y romanos, cuando los efebos coronados de rosas sacrifican en los altares de Afrodita. ¡Felices y aborrecidas sombras: Me llaman y no puedo seguirlas!

Aquel bello pecado, regalo de los dioses y tentación de los poetas, es para mí un fruto hermético. El cielo, siempre enemigo, dispuso que sólo las rosas de Venus floreciesen en mi alma, y á medida que envejezco, eso me desconsuela más. Presiento que debe ser grato, cuando la vida declina, poder penetrar en el jardín de los amores perversos. Á mí, desgraciadamente, ni aun me queda la esperanza. Sobre mi alma ha pasado el aliento de Satanás encendiendo todos los pecados: Sobre mi alma ha pasado el suspiro del Arcángel encendiendo todas las virtudes. He padecido todos los dolores, he gustado todas las alegrías: He apagado mi sed en todas las fuentes, he reposado mi cabeza en el polvo de todos los caminos: Un tiempo fuí amado de las mujeres, sus voces me eran familiares: Sólo dos cosas han permanecido siempre arcanas para mí: El amor de los efebos y la música de ese teutón que llaman Wagner.

[imagen no disponible]

PERMANECIMOS toda la noche sobre cubierta. La fragata daba bordos en busca del viento, que parecía correr á lo lejos, allá donde el mar fosforecía. Por la banda de babor comenzó á esfumarse la costa, unas veces plana y otras ondulada en colinas. Así navegamos mucho tiempo. Las estrellas habían palidecido lentamente, y el azul del cielo iba tornándose casi blanco. Dos marineros subidos á la cofa de mesana, cantaban relingando el aparejo. Sonó el pito del contramaestre, orzó la fragata y el velamen flameó indeciso. En aquel momento hacíamos proa á la costa. Poco después las banderas tremolaron en los masteleros alegres y vistosas: La fragata daba vista á Grijalba, y rayaba el sol.

En aquella hora el calor era deleitante, fresca la ventolina, y con olor de brea y algas. Percibíase en el aire estremecimientos voluptuosos. Reía el horizonte bajo un hermoso sol. Ráfagas venidas de las selvas vírgenes, tibias y acariciadoras como aliento de mujeres ardientes, jugaban en las jarcias, y penetraba y enlanguidecía el alma el perfume que se alzaba del oleaje casi muerto. Dijérase que el dilatado Golfo Mexicano sentía en sus verdosas profundidades la pereza de aquel amanecer cargado de pólenes misteriosos y fecundos, como si fuese el serrallo del Universo. Á la sombra del foque, y con ayuda de un catalejo marino, contemplé la ciudad á mi talante. Grijalba, vista desde el mar, recuerda esos paisajes de caserío inverosímil, que dibujan los niños precoces: Es blanca, azul, encarnada, de todos los colores del iris. Una ciudad que sonríe, como criolla vestida con trapos de primavera que sumerge la punta de los piececillos lindos en la orilla del puerto. Algo extraña resulta, con sus azoteas enchapadas de brillantes azulejos y sus lejanías límpidas, donde la palmera recorta su gallarda silueta que parece hablar del desierto remoto, y de caravanas fatigadas que sestean á la sombra propicia.

Espesos bosques de gigantescos árboles rodean la ensenada, y entre la masa incierta del follaje sobresalen los penachos de las palmeras reales. Un río silencioso y dormido, de aguas blanquecinas como la leche, abre profunda herida en el bosque, y se derrama en holganza por la playa que llena de islas. Aquellas aguas nubladas de blanco, donde no se espeja el cielo, arrastraban un árbol desarraigado, y en las ramas medio sumergidas revoloteaban algunos pájaros de quimérico y legendario plumaje. Detrás, descendía la canoa de un indio que remaba sentado en la proa. Volaban los celajes al soplo de las brisas, y bajo los rayos del sol naciente, aquella ensenada de color verde esmeralda rielaba llena de gracia, como un mar divino y antiguo habitado por sirenas y tritones.

¡Cuán bellos se me aparecen todavía esos lejanos países tropicales! Quien una vez los ha visto, no los olvidará jamás. Aquella calma azul del mar y del cielo, aquel sol que ciega y quema, aquella brisa cargada con todos los aromas de Tierra Caliente, como ciertas queridas muy amadas, dejan en la carne, en los sentidos, en el alma, reminiscencias tan voluptuosas, que el deseo de hacerlas revivir sólo se apaga en la vejez. Mi pensamiento rejuvenece hoy recordando la inmensa extensión plateada de ese Golfo Mexicano, que no he vuelto á cruzar. Por mi memoria desfilan las torres de Veracruz, los bosques de Campeche, las arenas de Yucatán, los palacios de Palenque, las palmeras de Tuxtlan y Laguna... ¡Y siempre, siempre unido al recuerdo de aquel hermoso país lejano, el recuerdo de la Niña Chole, tal como la vi por vez primera entre el cortejo de sus servidores, descansando á la sombra de una pirámide, suelto el cabello y vestido el blanco hipil de las antiguas sacerdotisas mayas!...

[imagen no disponible]

APENAS DESEMBARCAMOS, una turba negruzca y lastimera nos cercó pidiendo limosna. Casi acosados, llegamos al parador, que era conventual y vetusto, con gran soportal de piedra, donde unas viejas caducas se peinaban. En aquel parador volví á encontrarme con los jugadores jarochos que venían á bordo de la fragata. Descubríles retirados hacia el fondo del patio, cercanos á una puerta ancha y baja por donde á cada momento entraban y salían caballerangos, charros y mozos de espuela. También allí los dos jarochos jugaban al parar, y se movían querella. Me reconocieron desde lejos, y se alzaron saludándome con muestras de gran cortesía. Luego el viejo entregó los naipes al mozo, y vínose para mí, haciendo profundas zalemas:

--Aquí estamos para servirle, señor. Si le place saber á dónde llega una buena voluntad, mande no más, señor.

Y después de abrazarme con tal brío que me alzó del suelo, usanza mexicana que muestra amor y majeza, el viejo jarocho continuó:

--Si quiere tentar la suerte, ya sabe su merced dónde toparnos. Aquí demoramos. ¿Cuándo se camina, mi Señor Marqués?

--Mañana al amanecer, si esta misma noche no puedo hacerlo.

El viejo acaricióse las barbas, y sonrió picaresco y ladino:

--Siempre nos veremos antes. Hemos de saber hasta dónde hay verdad en aquello que dicen: Albur de viajero, pronto y certero.

Yo contesté riéndome:

--Lo sabremos. Esas profundas sentencias no deben permanecer dudosas.

El jarocho hizo un grave ademán en muestra de asentimiento:

--Ya veo que mi Señor Marqués tiene por devoción cumplimentarlas. Hace bien. Solamente por eso merecía ser Arzobispo de México.

De nuevo sonrió picaresco. Sin decir palabra esperó á que pasasen dos indios caballerangos, y cuando ya no podían oirle, prosiguió en voz baja y misteriosa: