Sonata de estío: memorias del marqués de Bradomín
Part 3
MONTAMOS, y en tropel atravesamos la ciudad. Ya fuera de sus puertas hicimos un alto para contarnos. Después dió comienzo la jornada fatigosa y larga. Aquí y allá, en el fondo de las dunas y en la falda de arenosas colinas, se alzaban algunos jacales que entre vallados de enormes cactus asomaban sus agudas techumbres de cáñamo gris medio podrido. Mujeres de tez cobriza y mirar dulce salían á los umbrales, é indiferentes y silenciosas nos veían pasar. La actitud de aquellas figuras broncíneas revelaba esa tristeza transmitida, vetusta, de las razas vencidas. Su rostro era humilde, con dientes muy blancos y grandes ojos negros, selváticos, indolentes y velados. Parecían nacidas para vivir eternamente en los aduares y descansar al pie de las palmeras y de los ahuehuetles.
Ya puesto el sol divisamos una aldea india. Estaba todavía muy lejana y se aparecía envuelta en luz azulada y en silencio de paz. Rebaños polvorientos y dispersos adelantaban por un camino de tierra roja abierto entre maizales gigantes. El campanario de la iglesia, con su enorme nido de zopilotes, descollaba sobre las techumbres de palma. Aquella aldea silenciosa y humilde, dormida en el fondo de un valle, me hizo recordar las remotas aldeas abandonadas al acercarse los aventureros españoles. Ya estaban cerradas todas las puertas y subía de los hogares un humo tenue y blanco que se disipaba en la claridad del crepúsculo como salutación patriarcal.
Nos detuvimos á la entrada y pedimos hospedaje en un antiguo priorato de Comendadoras Santiaguistas. Á los golpes que un espolique descargó en la puerta, una cabeza con tocas asomó en la reja y hubo largo coloquio. Nosotros, aún bastante lejos, íbamos al paso de nuestros caballos, abandonadas las riendas y distraídos en plática galante. Cuando llegamos la monja se retiraba de la reja: Poco después las pesadas puertas de cedro se abrían lentamente, y una monja donada toda blanca en su hábito, apareció en el umbral:
--Pasen, hermanos, si quieren reposar en esta santa casa.
Nunca las Comendadoras Santiaguistas negaban hospitalidad. Á todo caminante que la demandase debía serle concedida. Así estaba dispuesto por los estatutos de la fundadora Doña Beatriz de Zayas, favorita y dama de un virrey. El escudo nobiliario de la fundadora todavía campeaba sobre el arco de la puerta. La hermana donada nos guió á través de un claustro sombreado por oscuros naranjos. Allí era el cementerio de las Comendadoras. Sobre los sepulcros, donde quedaban borrosos epitafios, nuestros pasos resonaron. Una fuente lloraba monótona y triste. Empezaba la noche, y las moscas de luz danzaban entre el negro follaje de los naranjos. Cruzamos el claustro y nos detuvimos ante una puerta forrada de cuero y claveteada de bronce. La hermana abrió. El manojo de llaves que colgaba de su cintura produjo un largo son y quedó meciéndose. La donada cruzó las manos sobre el escapulario, y pegándose al muro nos dejó paso al mismo tiempo que murmuraba gangosa:
--Esta es la hospedería, hermanos.
Era la hospedería una estancia fresca, con ventanas de mohosa y labrada reja, que caían sobre el jardín. En uno de los testeros campeaba el retrato de la fundadora, que ostentaba larga leyenda al pie, y en el otro un altar con paños de cándido lino. La mortecina claridad apenas dejaba entrever los cuadros de un Vía-Crucis que se desenvolvía en torno del muro. La hermana donada llegó sigilosa á demandarme qué camino hacía y cuál era mi nombre. Yo, en voz queda y devota, como ella me había interrogado, respondí:
--Soy el Marqués de Bradomín, hermana, y mi ruta acaba en esta santa casa.
La donada murmuró con tímida curiosidad:
--Si desea ver á la Madre Abadesa, le llevaré recado. Siempre tendrá que tener un poco de paciencia, pues ahora la Madre Abadesa se halla platicando con el señor Obispo de Colima, que llegó antier.
--Tendré paciencia, hermana. Veré á la Madre Abadesa cuando sea ocasión.
--¿El Señor la conoce ya?
--No, hermana. Llego á esta santa casa para cumplir un voto.
En aquel momento se acercaba la Niña Chole, y la monja, mirándola complacida, murmuró:
--¿La Señora mi Marquesa también?
La Niña Chole cambió conmigo una mirada burlona que me pareció de alegres desposorios. Los dos respondimos á un tiempo:
--También, hermana, también.
--Pues ahora mismo prevengo á la Madre Abadesa. Tendrá mucho contento cuando sepa que han llegado personas de tanto linaje: Ella también es muy española.
Y la hermana donada, haciendo una profunda reverencia, se alejó moviendo leve rumor de hábitos y de sandalias. Tras ella salieron los criados, y la Niña Chole quedó sola conmigo. Yo besé su mano, y ella, con una sonrisa de extraña crueldad, murmuró:
--¡Téngase por muerto si llega á saber algo de esta burla el general Diego Bermúdez!
La Niña Chole llegó ante el altar, y cubriéndose la cabeza con el rebocillo se arrodilló. Sus siervos, agrupados en la puerta de la hospedería, la imitaron, santiguándose en medio de un piadoso murmullo. La Niña Chole alzó la voz, rezando en acción de gracias por nuestra venturosa jornada. Los siervos respondían á coro. Yo, como caballero santiaguista, recé mis oraciones dispensado de arrodillarme por el fuero que tenemos de canónigos agustinos.
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ENTRARON primero dos legas, que traían una gran bandeja de plata cargada de refrescos y confituras, y luego entró la Madre Abadesa, flotante el blanco hábito, que ostentaba la roja cruz de Santiago. Detúvose en la puerta, y con leve sonrisa, al par amable y soberana, saludó en latín:
--¡Deo gratias!
Nosotros respondimos en romance:
--¡Á Dios sean dadas!
La Madre Abadesa tenía hermoso aspecto de infanzona: Era blanca y rubia, de buen donaire y de gran cortesanía. Sus palabras de bienvenida fueron éstas:
--Yo también soy española, nacida en Viana del Prior. Cuando niña, he conocido á un caballero muy anciano que llevaba el título de Marqués de Bradomín. ¡Era un santo!
Yo repuse sin orgullo:
--Además de un santo, era mi abuelo.
La Madre Abadesa sonrió benévola, y después suspiró:
--¿Habrá muerto hace muchos años?
--¡Muchos!
--Dios le tenga en Gloria. Le recuerdo muy bien. Tenía corrido mucho mundo, y hasta creo que había estado aquí, en México.
--Aquí hizo la guerra cuando la sublevación del cura Hidalgo.
--¡Es verdad!... ¡Es verdad! Aunque muy niña, me acuerdo de haberle oído contar... Era gran amigo de mi casa. Yo pertenezco á los Andrade de Cela.
--¡Los Andrades de Cela! ¡Un antiguo mayorazgo!
--Desapareció á la muerte de mi padre. ¡Qué destino el de las nobles casas, y qué tiempos tan ingratos los nuestros! En todas partes gobiernan los enemigos de la religión y de las tradiciones, aquí lo mismo que en España.
La Madre Abadesa suspiró levantando los ojos y cruzando las manos: Así terminó su plática conmigo. Después acercóse á la Niña Chole con la sonrisa amable y soberana de una hija de reyes retirada á la vida contemplativa:
--¿Sin duda la Marquesa es mexicana?
La Niña Chole inclinó los ojos poniéndose encendida:
--Sí, Madre Abadesa.
--¿Pero de origen español?
--Sí, Madre Abadesa.
Como la Niña Chole vacilaba al responder, y sus mejillas se teñían de rosa, yo intervine ayudándola galante. En honor suyo inventé toda una leyenda de amor, caballeresca y romántica, como aquellas que entonces se escribían. La Madre Abadesa conmovióse tanto, que durante mi relato vi temblar en sus pestañas dos lágrimas grandes y cristalinas. Yo, de tiempo en tiempo, miraba á la Niña Chole y esperaba cambiar con ella una sonrisa, pero mis ojos nunca hallaban los suyos. Escuchaba inmóvil, con rara ansiedad. Yo mismo me maravillaba al ver cómo fluía de mis labios aquel enredo de comedia antigua. Estuve tan inspirado, que de pronto la Niña Chole sepultó el rostro entre las manos, sollozando con amargo duelo. La Madre Abadesa, muy conmovida, le oreó la frente dándole aire con el santo escapulario de su hábito, mientras yo, á viva fuerza le tenía sujetas las manos. Poco á poco tranquilizóse, y la Madre Abadesa nos llevó al jardín, para que respirando la brisa nocturna, acabase de serenarse la Marquesa. Allí nos dejó solos, porque tenía que asistir al coro para rezar los maitines.
El jardín estaba amurallado como una ciudadela. Era vasto y sombrío, lleno de susurros y de aromas. Los árboles de las avenidas juntaban tan estrechamente sus ramas, que sólo con grandes espacios veíamos algunos follajes argentados por la luna. Caminamos en silencio. La Marquesa suspirante, yo pensativo, sin acertar á consolarla. Entre los árboles divisamos un paraje raso con oscuros arrayanes bordeados por blancas y tortuosas sendas: La luna derramaba sobre ellas su luz lejana é ideal como un milagro. La Marquesa se detuvo. Dos legas estaban sentadas al pie de una fuente rodeada de laureles enanos, que tienen la virtud de alejar el rayo. No se sabía si las dos legas rezaban ó se decían secretos del convento, porque el murmullo de sus voces se confundía con el murmullo del agua. Estaban llenando sus ánforas. Al acercarnos saludaron cristianamente:
--¡Ave María Purísima!
--¡Sin pecado concebida!
Yo quise beber de la fuente, y ellas me lo impidieron con grandes gritos:
--¡Señor! ¿Qué hace, señor?
Me detuve un poco inmutado:
--¿Es venenosa esta agua?
--Santígüese, señor. Es agua bendita, y solamente la Comunidad tiene bula para beberla. Bula del Santo Padre, venida de Roma. ¡Es agua santa del Niño Jesús!
Y las dos legas, hablando á coro, mostrábanme el angelote desnudo, que enredador y tronera vertía el agua en el tazón de alabastro por su menuda y cándida virilidad. Me dijeron que era el Niño Jesús. Oyendo esto, la Marquesa santiguóse devotamente. Yo aseguré á las legas que también tenía bula para beber las aguas del Niño Jesús. Ellas me miraron mostrando gran respeto, y disputáronse ofrecerme sus ánforas, pero yo preferí saciar mi sed aplicando los labios al santo surtidor de donde el agua manaba. Me acometió tal tentación de risa, que por poco me ahogo. La Niña Chole, que no podía creer la historia de mi bula, me recordó en voz baja que Dios castiga siempre el sacrilegio.
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DESPUÉS de los maitines vino á buscarnos una monja y nos condujo al refectorio donde estaba dispuesta la colación. Hablaba con las manos juntas: Era vieja y gangosa. Nosotros la seguimos, pero al pisar los umbrales del convento la Niña Chole se detuvo vacilante:
--Hermana, yo guardo el día ayunando, y no puedo entrar en el refectorio para hacer colación.
Al mismo tiempo sus ojos de reina india imploraban mi ayuda: Se la otorgué liberal. Comprendí que la Niña Chole temía ser conocida de algún caminante, pues todos los que llegaban al convento se reunían á son de campana para hacer colación. La monja edificada por aquel ayuno, interrogó solícita:
--¿Qué desea mi señora?
--Retirarme á descansar, hermana.
--Pues cuando le plazca, mi señora. ¿Sin duda traen muy larga jornada?
--Desde Veracruz.
--Cierto que sentirá grande fatiga la pobrecita.
Hablando de esta suerte nos hizo cruzar un largo corredor. Por las ventanas entraba la luz blanca de la luna. En aquella santa paz el acompasado son de mis espuelas despertaba un eco sacrílego y marcial, y como amedrentadas por él, la monja y la Marquesa caminaban ante mí con leve y devoto rumor. La monja abrió una puerta de antigua tracería, y apartándose á un lado murmuró:
--Pase mi señora: Yo nada me retardo. Guío al Señor Marqués al refectorio, y torno á servirla luego, luego.
La Marquesa entró sin mirarme. La monja cerró la puerta y alejóse como una sombra llamándome con vago ademán. Guióme hasta el refectorio, y saludando más gangosa que nunca, se alejó. Entré, y cuando mis ojos buscaban un sitial vacío en torno de la mesa, alzóse el capellán del convento, y vino á decirme con gran cortesanía que mi puesto estaba á la cabecera. El capellán era un fraile dominico, humanista y poeta, que había vivido muchos años desterrado de México por el Arzobispo, y privado de licencias para confesar y decir misa. Todo ello por una falsa delación. Esta historia me la contaba en tanto me servía. Al terminar, me habló así:
--Ya sabe el Señor Marqués de Bradomín la vida y milagros de Fray Lope Castellar. Si necesita un capellán para su casa, créame que con sumo gusto dejaré á estas santas señoras. Aun cuando sea para cruzar los mares, mi Señor Marqués.
--Ya tengo capellanes en España.
--Perdone entonces. Pues para servirle aquí, en este México de mis pecados, donde en un santiamén dejan sin vida á un cristiano. Créame, quien pueda pagarse un capellán, debe hacerlo, aun cuando sólo sea para tener á mano quien le absuelva en trance de muerte.
Había terminado la colación, y entre el sordo y largo rumor producido por los sitiales, todos nos pusimos en pie para rezar una oración de gracias compuesta por la piadosa fundadora Doña Beatriz de Zayas. Las legas comenzaron á levantar los manteles, y la Madre Abadesa entró sonriendo benévolamente:
--¿El Señor Marqués, prefiere que se disponga otra celda para su descanso?
El rubor que asomó en las mejillas de la Madre Abadesa me hizo comprender, y sin dominar una sonrisa respondí:
--Haré compañía á la Marquesa, que es muy medrosa, si lo consienten los estatutos de esta santa casa.
La Madre Abadesa me interrumpió:
--Los estatutos de esta santa casa no pueden ir en contra de la Religión.
Sentí un vago sobresalto. La Madre Abadesa inclinó los ojos, y permaneciendo con ellos bajos, dijo pausada y doctoral:
--Para Nuestro Señor Jesucristo merecen igual amor las criaturas que junta con santo lazo su voluntad, que aquellas apartadas de la vida mundana, también por su Gracia... Yo no soy como el fariseo que se creía mejor que los demás, Señor Marqués.
La Madre Abadesa, con su hábito blanco, estaba muy bella, y como me parecía una gran dama, capaz de comprender la vida y el amor, sentí la tentación de pedirle que me acogiese en su celda, pero fué sólo la tentación. Acercóse con una lámpara encendida aquella monja vieja y gangosa que me había acompañado al refectorio, y la Madre Abadesa, después de haberle encomendado que me guiase, se despidió. Confieso que sentí una vaga tristeza viéndola alejarse por el corredor, flotante el noble hábito que blanqueaba en las tinieblas. Volviéndome á la monja, que esperaba inmóvil con la lámpara, le pregunté:
--¿Debe besársele la mano á la Madre Abadesa?
La monja, echándose la toca sobre la frente, respondió:
--Aquí solamente se la besamos al Señor Obispo, cuando se digna visitarnos.
Y con leve rumor de sandalias comenzó á caminar delante de mí, alumbrándome hasta la puerta de la celda nupcial. Una celda espaciosa y perfumada de albahaca, con una reja abierta sobre el jardín, donde el argentado azul de la noche tropical destacaba negras y confusas las copas de los cedros. El canto igual y monótono de un grillo rompía el silencio. Yo cerré la puerta de la celda con llaves y cerrojos, y andando sin ruido, fuí á entreabrir el blanco mosquitero con que se velaba pudoroso y monjil, el único lecho que había en la estancia.
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LA NIÑA CHOLE reposaba con sueño cándido y feliz: En sus labios aún vagaba dormido un rezo. Yo me incliné para besarlos: Era mi primer beso de esposo. La Niña Chole se despertó sofocando un grito:
--¿Qué hace usted aquí, señor?
Yo repuse entre galante y paternal:
--Reina y señora, velar tu sueño.
La Niña Chole no acertaba á comprender cómo yo podía hallarme en su celda, y tuve que recordarle mis derechos conyugales, reconocidos por la Madre Abadesa. Ante aquel gentil recuerdo se mostró llena de enojo. Clavándome los ojos repetía:
--¡Oh!... ¡Qué terrible venganza tomará el general Diego Bermúdez!...
Y ciega de cólera porque al oirla sonreía, me puso en la faz sus manos de princesa india, manos cubiertas de anillos, enanas y morenas, que yo hice prisioneras. Sin dejar de mirarla, se las oprimí hasta que lanzó un grito, y después dominando mi despecho, se las besé. Ella, sollozante, dejóse caer sobre las almohadas: Yo, sin intentar consolarla me alejé. Sentía un fiero desdeño lleno de injurias altaneras, y para disimular el temblor de mis labios que debían estar lívidos, sonreía. Largo tiempo permanecí apoyado en la reja, contemplando el jardín susurrante y oscuro. El grillo cantaba, y era su canto un ritmo remoto y primitivo. De tarde en tarde llegaba hasta mí algún sollozo de la Niña Chole, tan apagado y tenue, que el corazón siempre dispuesto á perdonar, se conmovía. De pronto, en el silencio de la noche, una campana del convento comenzó á doblar. La Niña Chole me llamó temblorosa:
--¿Señor, no conoce la señal de agonía?
Y al mismo tiempo se santiguó devotamente. Sin desplegar los labios me acerqué á su lecho, y quedé mirándola grave y triste. Ella, con la voz asustada, murmuró:
--¡Una monja se halla moribunda!
Yo entonces tomando sus manos entre las mías, le dije amorosamente:
--¿Y esto te causa miedo?
--¡Oh!... ¿Quién será? Ahora entrega su alma á Dios Nuestro Señor. ¿Será alguna novicia?
Sonriendo diabólicamente, le dije:
--¡Acaso sea yo!...
--¿Cómo, señor?
--Estará á las puertas del convento el general Diego Bermúdez.
--¡No!... ¡No!...
Y oprimiéndome las manos, comenzó á llorar. Yo quise enjugar sus lágrimas con mis labios, y ella echando la cabeza sobre las almohadas, suplicó:
--¡Por favor!... ¡Por favor!...
Velada y queda desfallecía su voz. Quedó mirándome, temblorosos los párpados y entreabierta la rosa de su boca. La campana seguía sonando lenta y triste. En el jardín susurraban los follajes, y la brisa que hacía flamear el blanco y rizado mosquitero, nos traía aromas. Cesó el toque de agonía, y juzgando propicio el instante, besé á la Niña Chole. Ella parecía consentir, cuando de pronto en medio del silencio, la campana dobló á muerto. La Niña Chole dió un grito y se estrechó á mi pecho: Palpitante de miedo, se refugiaba en mis brazos. Mis manos, distraídas y paternales, comenzaron á desflorar sus senos. Ella, suspirando, entornó los ojos, y celebramos nuestras bodas con siete copiosos sacrificios que ofrecimos á los dioses como el triunfo de la vida.
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COMENZABAN los pájaros á cantar en los árboles del jardín, saludando al sol, cuando nosotros, ya dispuestos para la jornada de aquel día, nos asomamos á la reja. Las albahacas, húmedas de rocío, daban una fragancia intensa, casi desusada, que tenía como una evocación de serrallo morisco y de verbenas. La Niña Chole reclinó sobre mi hombro la cabeza, suspiró débilmente, y sus ojos, sus hermosos ojos de mirar hipnótico y sagrado, me acariciaron románticos. Yo entonces le dije:
--¿Niña, estás triste?
--Estoy triste porque debemos separarnos. La más leve sospecha nos podría costar la vida.
Pasé amorosamente mis dedos entre la seda de sus cabellos, y respondí con arrogancia:
--No temas: Yo sabré imponer silencio á tus criados.
--Son indios, señor... Aquí prometerían de rodillas, y allá, apenas su amo les mirase con los ojos fieros, todo se lo dirían... ¡Debemos darnos un adiós!
Yo besé sus manos apasionado y rendido:
--¡Niña, no digas eso!... Volveremos á Veracruz. «La Dalila» quizá permanezca en el puerto: Nos embarcaremos para Grijalba: Iremos á escondernos en mi Hacienda de Tixul.
La Niña Chole me acarició con una mirada larga, indefinible. Aquellos ojos de reina india eran lánguidos y brillantes: Me pareció que á la vez reprochaban y consentían. Cruzó el rebocillo sobre el pecho y murmuró poniéndose encendida:
--¡Mi historia es muy triste!
Y para que no pudiese quedarme duda, asomaron dos lágrimas en sus ojos. Yo creí adivinar, y le dije con generosa galantería:
--No intentes contármela: Las historias tristes me recuerdan la mía.
Ella sollozó:
--Hay en mi vida algo imperdonable.
--Los hombres como yo todo lo perdonan.
Al oirme escondió el rostro entre las manos:
--He cometido el más abominable de los pecados: Un pecado del que sólo puede absolverme Nuestro Santo Padre.
Viéndola tan afligida, acaricié su cabeza reclinándola sobre mi pecho, y le dije:
--Niña, cuenta con mi valimiento en el Vaticano. Yo he sido capitán en la Guardia Noble. Si quieres, iremos á Roma en peregrinación, y nos echaremos á los pies de Gregorio XVI.
--Iré yo sola... Mi pecado es mío nada más.
--Por amor y por galantería, yo debo cometer uno igual... ¡Acaso ya lo habré cometido!
La Niña Chole levantó hacia mí los ojos llenos de lágrimas, y suplicó:
--No digas eso... ¡Es imposible!
Sonreí incrédulamente, y ella, arrancándose de mis brazos, huyó al fondo de la celda. Desde allí, clavándome una mirada fiera y llorosa, gritó:
--Si fuese verdad, te aborrecería... Yo era una pobre criatura inocente cuando fuí víctima de aquel amor maldito.
Volvió á cubrirse el rostro con las manos, y en el mismo instante yo adiviné su pecado. Era el magnífico pecado de las tragedias antiguas. La Niña Chole estaba maldita como Mirra y como Salomé. Acerquéme lleno de indulgencia, le descubrí la cara húmeda de llanto, y puse en sus labios un beso de noble perdón. Después en voz baja y dulce, le dije:
--Todo lo sé. El general Diego Bermúdez es tu padre.
Ella gimió con rabia:
--¡Ojalá no lo fuese! Cuando vino de la emigración, yo tenía doce años y apenas le recordaba...
--No le recuerdes ahora tampoco.
La Niña Chole, conmovida de gratitud y de amor, ocultó la cabeza en mi hombro:
--¡Eres muy generoso!
Mis labios temblaron ardientes sobre su oreja fresca, nacarada y suave como concha de perlas:
--Niña, volveremos á Veracruz.
--No...
--¿Acaso temes mi abandono? ¿No comprendes que soy tu esclavo para toda la vida?
--¡Toda la vida!... Sería tan corta la de los dos...
--¿Por qué?
--Porque nos mataría... ¡Lo ha jurado!...
--Todo será que no cumpla el juramento.
--Lo cumpliría.
Y ahogada por los sollozos se enlazó á mi cuello. Sus ojos llenos de lágrimas, quedaron fijos en los míos como queriendo leer en ellos. Yo fingiéndome deslumbrado por aquella mirada, los cerré. Ella suspiró:
--¿Quieres llevarme contigo sin saber toda mi historia?
--Ya la sé.
--No.
--Tú me contarás lo que falta cuando dejemos de querernos, si llega ese día.
--Todo, todo debes saberlo ahora, aun cuando estoy segura de tu desprecio... Eres el único hombre á quien he querido, te lo juro, el único... Y, sin embargo, por huir de mi padre, he tenido un amante que murió asesinado.
Calló sollozante. Yo, tembloroso de pasión, la besé en los ojos, y la besé en los labios. ¡Aquellos labios sangrientos, aquellos ojos sombríos tan bellos como su historia!...
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LAS CAMPANAS del convento tocaron á misa, y la Niña Chole quiso oirla antes de comenzar la jornada. Fué una larga misa de difuntos. Ofició Fray Lope Castellar, y en descargo de mis pecados, yo serví de acólito. Las Comendadoras cantaban en el coro los Salmos Penitenciales, y sus figuras blancas y señoriles, arrastrando los luengos hábitos, iban y venían en torno del facistol que sostenía abierto el misal de rojas letras. En el fondo de la iglesia, sobre negro paño rodeado de cirios, estaba el féretro de una monja. Tenía las manos en cruz, y envuelto á los dedos amoratados el rosario. Un pañuelo blanco le sujetaba la barbeta y mantenía cerrada la boca, que se sumía como una boca sin dientes: Los párpados permanecían entreabiertos, rígidos, azulencos: Las sienes parecían prolongarse inmensamente bajo la toca. Estaba amortajada en su hábito, y la fimbra se doblaba sobre los pies descalzos, amarillos como la cera...