Socialismo y ciencia positiva (Darwin-Spencer-Marx)

Part 6

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»Lo que el libro de Darwin sobre el _Origen de las especies_ es para el génesis y la evolución de la naturaleza inconsciente llegando hasta el hombre, lo es la obra de Marx para el génesis y la evolución de la comunidad de los individuos humanos, de las naciones y de las formas sociales de la humanidad».

Y he ahí por qué la Alemania contemporánea, que ha sido el campo más fecundo para el desarrollo de las teorías darwinianas, lo es también {81} para la propaganda consciente, disciplinada, inconmovible, de las ideas socialistas.

Y he ahí por qué, justamente, en Berlín, en las vidrieras de las librerías de propaganda socialista, las obras de Carlos Darwin tienen su puesto de honor junto a las de Carlos Marx.

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SEGUNDA PARTE. EVOLUCIÓN Y SOCIALISMO.

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INTRODUCCIÓN

Aun ante la teoría de la evolución universal que --fuera de este o aquel detalle más o menos discutible-- representa verdaderamente la orientación vital del pensamiento científico moderno, se ha creído razonable afirmar que contradice substancialmente las teorías y los ideales prácticos del socialismo.

Pero aquí hay error evidente.

Si por socialismo se entiende esa complicación fluctuante de aspiraciones sentimentales que muchas veces se ha cristalizado en las utópicas creaciones artificiales de un nuevo mundo humano, que por un golpe de varita mágica debía sustituir de un día para otro al viejo mundo en que vivimos, entonces es perfectamente cierto que la teoría científica de la evolución condena los prejuicios y las ilusiones del artificialismo político, reaccionario o revolucionario, pero romántico siempre.

{86} Pero la desgracia de nuestros adversarios está en que el socialismo actual es muy diferente del que precedió a la obra de Marx: y fuera del sentimiento animador de protestas contra las iniquidades presentes y de la aspiración de un porvenir mejor, nada tiene de común con aquel en su estructura lógica y en sus mismas inducciones, sino la visión clara, matemáticamente exacta, (en fuerza justamente de las teorías de la evolución) de la final organización social, basada en la propiedad colectiva de la tierra y de los medios de producción.

Esto se hará evidente en el examen de las tres pretendidas contradicciones principales que, según se afirma, existen entre el socialismo y el evolucionismo científico.

Entretanto es imposible no ver, desde ahora, la filiación directa del socialismo marxista, también, del evolucionismo científico, cuando se piensa que aquél no es, justamente, más que la aplicación lógica y consecuente de la teoría evolucionista en el campo económico.

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VIII. LA TESIS ORTODOXA Y LA TESIS SOCIALISTA ANTE LA TEORÍA DE LA EVOLUCIÓN.

En resumen ¿qué dice el socialismo? Que el mundo económico presente no puede ser inmutable y eterno, sino que por el contrario representa una fase transitoria de la evolución social, a la que debe suceder una fase ulterior y un mundo diferentemente organizado.

Que esta diversa organización venidera deba realizarse en sentido colectivista o socialista --o también individualista-- es lo que resulta como conclusión última y positiva del estudio ya hecho sobre las relaciones entre darwinismo y socialismo.

Entretanto es necesario establecer aquí, que esa afirmación fundamental del socialismo --fuera de los detalles de la futura organización social de que hablaré más adelante-- es coherente con la teoría experimental del evolucionismo.

¿Cuál es, pues, la contradicción substancial entre la economía política ortodoxa y el socialismo? Esto: que la economía política ha sostenido y sostiene que las leyes económicas por ella analizadas e ilustradas acerca de la producción y la {88} distribución de la riqueza son _leyes naturales_ . . . no, sin embargo, en el sentido de que sean leyes determinadas naturalmente por las condiciones del organismo social (lo que sería exacto) sino en el sentido de que son _leyes absolutas_, es decir propias de toda la humanidad en todo tiempo y lugar, y por consiguiente inmutables en sus puntos principales aunque susceptibles de modificaciones parciales y accesorias en sus expresiones de detalle.

El socialismo científico sostiene, por el contrario, que las leyes establecidas por la economía política clásica, desde Adam Smith en adelante, son leyes propias del actual momento histórico de la humanidad civil, y que por lo tanto son leyes esencialmente _relativas_ al instante en que fueron analizadas, y como ya no responden a la realidad de las cosas si se quieren hacer extensivas, por ejemplo, a la remota antigüedad histórica y más aún a los tiempos prehistóricos, no pueden representar una inmutable petrificación del porvenir social.

Ahora, de estas dos tesis fundamentales, la tesis ortodoxa y la tesis socialista ¿cuál es la más acorde con la teoría científica de la evolución universal?

La respuesta no es dudosa.

{89} La teoría de la evolución --cuyo genial creador ha sido verdaderamente Heriberto Spencer-- desenvolviendo y fecundando en el terreno sociológico la dirección relativista ya señalada de la escuela histórica tanto del derecho como de la economía política (que era parcialmente heterodoxa), ha dado al pensamiento humano esta imprescindible brújula: que todo cambia, que el presente --tanto en el orden astronómico como en el biológico, como en el sociológico-- no es más que la resultante de las transformaciones precedentes, naturales, necesarias e incesantes, mil veces milenarias, y que, en consecuencia, así como el presente es distinto del pasado, así también el porvenir será sin duda alguna distinto al presente.

Así, el spencerismo no ha hecho más que dar una provisión verdaderamente maravillosa de pruebas científicas en todos los ramos del saber humano, a los dos pensamientos abstractos de Leibnitz y de Hegel, de que «el presente es hijo del pasado, pero padre del porvenir» y de que «Nada es, pero todo llega»; lo que, desde Lyell la geología había, sobre todo, demostrado maravillosamente, sustituyendo al concepto tradicional de los cataclismos imprevistos, el concepto científico de la gradual y diaria transformación de la tierra.

{90} Verdad es que el enciclopédico saber de Heriberto Spencer es deficiente en economía política, o por lo menos no ha dado en ese terreno pruebas tan completas como en las ciencias naturales; pero eso no impide que el socialismo, después de todo, no sea otra cosa, en su concepto animador, que la aplicación lógica de la teoría científica de la evolución natural, al orden de los fenómenos económicos.

Justamente por esto es que Carlos Marx, primero (en 1859) con la _Crítica de la economía política_ (y también con el famoso _Manifiesto_ de 1847, escrito por él y Engels, casi diez años antes de los _Primeros principios_ de Spencer, y maravilloso por su potencia y por su lucidez de síntesis) y después con el _Capital_ (1867) ha venido a completar en el campo social la revolución científica provocada por Darwin y Spencer.

Mientras el viejo pensamiento metafísico concebía la moral, el derecho, la economía, como la combinación de leyes absolutas y eternas según el modo platónico de pensar, y limitando su observación al mundo histórico, sin usar otro instrumento de indagación que la lógica fantasía del filósofo, inoculaba en el cerebro de tantas generaciones ese concepto del absolutismo de las leyes naturales, debatiéndose en el dualismo {91} de la materia y del espíritu; la ciencia positiva, por el contrario, llegando a la síntesis grandiosa del _monismo_, es decir, de la única realidad fenoménica --materia y fuerza inseparables e indestructibles-- desarrollándose de una manera continua, de forma en forma según normas relativas al tiempo y al lugar, ha cambiado radicalmente la orientación del pensamiento moderno justamente en el sentido de la evolución universal.

Moral, derecho, política, no son más que superestructuras más que reparaciones de la estructura económica, y varían con ésta de un paralelo a otro, de un siglo a otro siglo.

Esta es la grande, la genial intuición de Carlos Marx en la _Crítica de la economía política_ de la que más adelante examinaré la parte que se refiere a la fuente única de las condiciones económicas, pero de la que importa ahora señalar lo referente a su continua e irrefrenable versatilidad, desde el mundo prehistórico al mundo histórico y en las varias épocas de éste.

Normas de la moral, creencias religiosas, sanciones jurídicas de leyes civiles o penales, organización política, todo cambia y todo está en relación con el ambiente histórico y telúrico en que se observa.

Asesinar a sus padres es el mayor de los {92} delitos en Europa y en América; matarlos es, por el contrario, una acción obligatoria y santificada por la religión en la isla de Sumatra, así como el canibalismo es lícito en el centro del Africa y lo fue en la Europa y en la América prehistóricas.

La familia que apenas se forma transitoriamente (como entre los animales) en el comunismo sexual primitivo, se organiza en la poliandria y el _matriarcado_ allí donde los escasos alimentos exigen un escaso aumento de población, pero pasa a la poligamia y al patriarcado cuando está donde esa razón económica fundamental no domina tiránicamente, para asumir por último en el mundo histórico la forma monogámica que es, sin duda, la mejor y la más adelantada, aun cuando necesite ser libertada del convencionalismo absolutista del vínculo indisoluble y de la prostitución disfrazada y legalizada (por razones económicas) que la manchan en el mundo actual.

¿Y sólo la constitución de la propiedad debe continuar eterna, inmutable, en esta corriente oceánica de instituciones sociales y de reglas morales, sujetas a continuas y profundas evoluciones y transformaciones?

¡Sólo la propiedad debe permanecer imperturbable e inalterable en su forma de {93} monopolio privado de la tierra y de los medios de producción! . . .

Esa es la absurda pretensión de la ortodoxia económica y jurídica, con la única concesión a las irresistibles comprobaciones de la teoría evolucionista (hecha por los progresistas o radicales tanto en la ciencia como en la política), de que puedan variarle los ornamentos accesorios, atemperarle los _abusos_, pero quedando siempre intangible el principio de que unos pocos individuos puedan apropiarse la tierra y los instrumentos de producción, necesarios a la vida de todo organismo social, que debería así permanecer eternamente bajo el dominio más o menos eterno de esos detentadores de la base física de la vida.

Basta exponer así, en su límpida precisión, las dos tesis fundamentales --la ortodoxa del derecho y de la economía práctica y la heterodoxa del socialismo económico y científico--, para decidir sin necesidad de más este primer punto de controversia: que en todos los casos la teoría de la evolución está de acuerdo perfecto e irrefutable con las inducciones del socialismo, mientras que, por el contrario, contradice las afirmaciones contrapuestas del _inmovilismo_ económico y jurídico.

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IX. LA LEY DE LA REGRESIÓN APARENTE Y LA PROPIEDAD COLECTIVA.

Pero --dicen los adversarios-- aun admitiendo que el socialismo, al invocar una transformación social, esté de acuerdo aparentemente con la teoría evolucionista, no se desprende de eso que sus conclusiones más precisas --entre las que figura la fundamental de la sustitución de la propiedad social o la propiedad individual-- sean apoyadas por la misma teoría. Nosotros, por el contrario --se dice-- sostenemos que justamente contra esa teoría científica chocan diametralmente esas conclusiones, y en consecuencia son, por lo menos, utópicas y absurdas.

Y la primera contradicción que se señala entre socialismo y evolucionismo, consistiría en que la vuelta a la propiedad colectiva de la tierra sería al mismo tiempo la vuelta a las edades primitivas y salvajes de la humanidad, y el socialismo, por lo tanto, sería en efecto una transformación, pero al revés; es decir, contra la corriente de la evolución social, que del primitivo colectivismo territorial ha llegado a la presente propiedad individual, índice de la adelantada civilización. El socialismo, por consiguiente, representaría en ese caso un regreso a la barbarie.

{95} También esta objeción tiene una parte de verdad que es innegable: la afirmación de que la propiedad colectiva (por lo menos, en las apariencias externas) será una vuelta hacia la primitiva organización social. Pero, la conclusión que de ahí se deriva, es absolutamente errónea y anticientífica, porque olvida una ley menos comúnmente observada pero no por eso menos verdadera y positiva que la evolución social.

Es una ley sociológica que un médico francés de mucho ingenio, muerto ya desgraciadamente, (Dramard) no ha hecho más que señalar a propósito de algunas afinidades entre transformismo y socialismo, y de la que me he ocupado reconociéndole toda su verdad e importancia, aun antes de inscribirme en el socialismo militante, en las páginas 420-424 de la tercera edición de mi _Sociología criminal_ (1892) y sobre la que he insistido nuevamente en mi polémica con Morselli, a propósito del divorcio.

Esa ley de regresión aparente demuestra que es un hecho constante la vuelta de las instituciones sociales a las formas y a los caracteres primitivos.

Antes de presentar algunos ejemplos evidentes, quiero demostrar que Cognetti De Martiis, desde 1881, demostraba conocer intuitivamente {96} y de un modo vago esa ley sociológica, porque su libro sobre las _Formas primitivas en la evolución económica_ (Turín 1881), tan notable por la abundancia, precisión y seguridad de sus datos positivos --aunque no llegara a conclusión alguna después de la riqueza de su análisis sociológico-- se cerraba en las últimas líneas con una vaga referencia a la posible reaparición, en la futura evolución económica, de las formas primitivas que señalan el punto de partida.

Y recuerdo también que cuando, en la universidad de Bolonia, asistía a las lecciones de Carducci, varias veces le he oído indicar que en las formas y en el fondo de la literatura, el progreso último no es muchas veces más que la reproducción del fondo y de las formas de la literatura primitiva, greco-oriental; así como, en resumen, la teoría moderna del monismo, que es el alma misma de la evolución universal y que representa la última y definitiva disciplina positiva del pensamiento humano frente a la realidad del mundo, después del brillante vagabundear de la metafísica, no hace más que volver a los conceptos de los filósofos griegos y de Lucrecio, el gran poeta naturalista.

Pero también en el orden de las instituciones sociales son demasiado evidentes y numerosos {97} los ejemplos de este regreso a las formas primitivas.

Ya hablé de la evolución religiosa según Hartmann, por la cual, en las épocas infantiles de la humanidad, la felicidad se creía accesible en la existencia individual, después en la vida de ultratumba, y ahora tiende a volver a colocarla en la misma humanidad, pero en la serie de las generaciones por venir.

Así Spencer (_Sociología_, III, capítulo V) señalaba en política que la voluntad de todos --elemento soberano de la humanidad primitiva-- cede paso a paso su lugar a la voluntad de uno solo y en seguida de pocos (por medio de diversas aristocracias: militares, de nacimiento, de profesión, de dinero) y tiende por último a volver a hacerse soberana con el procedimiento de la democracia (sufragio universal, referéndum, legislación directa popular, etc.)

El derecho de castigar, simple función de defensa en la humanidad primitiva, tiende a serlo de nuevo desprendiéndose de toda pretensión teológica de justicia retributiva, superpuesta por la ilusión del libre albedrío al fondo natural de la defensa, pero deshojado ahora por las observaciones típicas sobre el delito como fenómeno natural y social, que demuestran que es absurda {98} e imposible la omnisciente pretensión, del legislador o del juez, de pesar y medir «la culpa» del delincuente y equilibrar el castigo, en lugar de limitarse a segregar, temporal o perpetuamente del consorcio civil, a los individuos inaptos para él, como se hace con los locos o los atacados de enfermedades infecciosas.

Con el matrimonio pasó lo mismo: su fácil disolución en la humanidad primitiva cedió poco a poco a las imposiciones absolutas de la teología y del espiritualismo, que creen que el «libre albedrío» puede ligar eternamente el destino de una persona con un monosílabo pronunciado en momentos de tan inestable equilibrio psíquico como el período del noviazgo y de las bodas. Pero luego se impone la vuelta a la forma espontánea y primitiva del consentimiento, y la unión matrimonial, con el uso siempre creciente y cada vez más fácil del divorcio, retorna a sus orígenes, saneando la familia, que es la célula social.

Así es también con la organización de la sociedad, en la que el mismo Spencer ha tenido que reconocer la tendencia fatal de un regreso al primitivo colectivismo, después de la apropiación primero familiar y en seguida individual de la tierra --como lo ha demostrado él mismo-- ha llegado a sus últimos extremos, tanto que en {99} algunos países (ley _Torrens_) la tierra se ha convertido en una especie de propiedad mueble, transmisible como una acción cualquiera de cualquier sociedad anónima.

He aquí, en efecto, a título de documento, lo que escribe el _individualista_ Spencer:

«A primera vista parece poderse deducir que la propiedad de la tierra, a título absoluto, por parte de los particulares, deba ser el estado _definitivo_ que está llamado a realizar el industrialismo. Sin embargo, aunque el industrialismo haya tenido hasta ahora por efecto la individualización de toda esta propiedad, _puede discutirse que desde ahora se haya arribado al estado definitivo_.

»En un tiempo se reconocían derechos de propiedad sobre seres humanos, y ahora no se admiten ya. Hace algunos siglos se hubiera podido creer que el principio de la propiedad del hombre sobre el hombre, estaba en camino de establecerse de un modo _definitivo_. Sin embargo, en época más avanzada de su curso, la civilización, derribando aquel procedimiento, ha destruido la propiedad del hombre sobre el hombre. De una manera análoga, en época más avanzada aún, podrá suceder que _tenga que desaparecer la propiedad privada de la tierra_».

{100} Y, por otra parte, este proceso de socialización de la propiedad, aunque ahora parcial y accesorio, es, sin embargo, tan evidente y continuo que sería negar lo innegable, sostener que la dirección económica y por lo tanto jurídica de la organización de la propiedad, no vaya en el sentido de una preponderancia cada vez mayor de los intereses y de los derechos de la colectividad sobre los del individuo; preponderancia que evidentemente se convertirá por una fatal evolución, en una sustitución completa en cuanto a la propiedad de la tierra y de los medios de la producción.

* * *

Así, pues, lo repetimos, la tesis fundamental del socialismo marcha de perfecto acuerdo con esa ley sociológica de regresión aparente cuyas razones naturales señalaba muy bien Loria, diciendo que la humanidad primitiva extrae de las primeras impresiones de la naturaleza circunstante, las líneas fundamentales y más sencillas de su pensamiento y de su vida; después, con el progreso de la inteligencia y la complicación creciente por ley de evolución, se tiene un desarrollo analítico de los principales elementos contenidos en los primeros gérmenes de cualquier institución; y una vez realizado este desarrollo analítico y a menudo antagónico, de un exceso al otro, de {101} los elementos particulares, la humanidad misma, llegada a un alto grado de evolución, recompone en una síntesis final esos varios elementos, y vuelve al primitivo punto de partida.

A esto, sin embargo, agrego yo que ese regreso a la forma primitiva no es una repetición pura y simple. Y he ahí por qué se dice ley de regresión _aparente_, y he ahí por qué la objeción de un «retroceso a la _barbarie_ primitiva» es infundada. No es una repetición pura y simple sino la terminación de un ciclo, de un gran ritmo --como decía también recientemente Asturaro--, que no puede dejar de llevar consigo los efectos y las conquistas, irrevocables en lo que tienen de vital y de fecundo, de la larga evolución anterior; y es, por lo tanto, muy superior en la realidad objetiva y en la conciencia humana a aquel primitivo embrión.

El curso de la evolución social no está representado por el círculo cerrado que, como la serpiente mordiéndose la cola del símbolo antiguo, cierre los términos de un porvenir mejor, sino que, por el contrarío, y según la imagen de Goethe, se figura con una espiral que parece volver sobre sí misma y que, por el contrario, avanza y se eleva sin cesar.

* * * * *

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X. LA EVOLUCIÓN SOCIAL Y LA LIBERTAD INDIVIDUAL.

Esta última observación sirve aquí para examinar también la segunda contradicción que, se afirma, existe entre el socialismo y la teoría de la evolución, diciendo y repitiendo en todos los tonos, que el socialismo será una nueva forma de tiranía y que suprimirá todos los beneficios de la libertad fatigosamente conquistada por nuestro siglo a costa de tantos martirios y sacrificios.

He dicho ya, hablando de las desigualdades antropológicas, como, por el contrario, el socialismo asegurará a todo hombre las condiciones de existencia humana y la base más libre y completa de su propia personalidad.

Aquí me basta recordar otra ley, establecida por la teoría científica de la evolución para demostrar en general (porque no es tarea de esta monografía entrar en pequeños detalles) cómo esa pretendida supresión de la parte viva y fecunda de la libertad personal y política, se toma sin razón como consecuencia del advenimiento del socialismo.

La siguiente es una ley de la evolución natural ilustrada por Ardigó mejor que por cualquier otro:

{103} Toda fase subsiguiente de la evolución natural y social no destruye, no borra las manifestaciones vitales y fecundas de las fases precedentes, sino que las continúa en lo que tienen de vital mientras elimina, sin embargo, sus manifestaciones aberrantes o patológicas.

En la evolución biológica, las manifestaciones de la vida vegetal no borran los primeros albores de la vida que se encuentran en la cristalización de los minerales, como las manifestaciones de la vida animal no borran las de la vida mineral y vegetal; y la forma humana de la vida no borra las formas y los eslabones anteriores de la gran serie de los vivientes, sino que las formas últimas viven, por el contrario, en cuanto son el resultado de las formas primitivas, y coexisten con éstas.

Así sucede en la evolución social: y esta es, justamente, la interpretación que el evolucionismo científico da a las Edades Medias, que no borran las conquistas de las anteriores civilizaciones, sino que por el contrario las conservan en su parte vital, y las fecundan en un periodo de sosiego para el renacimiento de nuevas civilizaciones.

Y esta ley que domina por entero el grandioso desarrollo de la vida social, rige igualmente {104} el destino y la parábola de cada institución social.

La sucesión de una a otra fase de evolución social elimina, es cierto, las partes no vitales, los productos patológicos de las instituciones anteriores; pero conserva, vigoriza y desarrolla las partes sanas y fecundas, elevando cada vez más el nivel físico y moral de la humanidad.

Así, por ese procedimiento natural, el gran río de la humanidad salido de las selvas vírgenes de la vida salvaje, se ha extendido majestuoso en los períodos de la barbarie y en la presente civilización, que es, sin duda, superior por muchos conceptos, a las fases precedentes de la vida social, pero que por otros está emponzoñada con los productos virulentos de su propia degeneración, como lo he recordado a propósito de la selección social al revés.