Socialismo y ciencia positiva (Darwin-Spencer-Marx)
Part 2
Darwinista y spenceriano convencido, me propongo probar como el socialismo marxista --el único que tenga método y valor científicamente positivo, y por lo mismo el único que ahora inspira y dirige con unidad a los socialistas demócratas de todo el mundo civil-- no es sino el complemento práctico y fecundo en la vida social de esa moderna revolución científica, preparada en los siglos pasados por la renovación italiana del método experimental en todos los ramos del saber humano, y ejecutada y disciplinada en nuestros días por las obras de Darwin y de Spencer.
Verdad es que Darwin, y sobre todo Spencer, se han quedado a la mitad del camino de las últimas {XXII} conclusiones de orden religioso- político-social, que derivan de sus indestructibles premisas de hecho.
Pero ese episodio personal que no puede detener el inevitable progreso de la ciencia regenerada y de sus consecuencias prácticas --en formidable acuerdo con las más dolorosas necesidades de la vida contemporánea--, no hace, por otra parte, sino evidenciar más la justicia histórica que debe recaer sobre la obra científica y política de Carlos Marx, en quien se completa la gran trinidad renovadora del pensamiento científico moderno.
* * *
El sentimiento y la idea son las dos inseparables fuerzas propulsoras de la vida individual y colectiva.
El socialismo, que hasta hace pocos años estaba a merced de las fluctuaciones vivaces pero indisciplinadas, y por lo tanto no concluyentes, del sentimiento humanitario, ha encontrado en la obra genial de Marx y de los que la han desarrollado y completado, su brújula científica y política. Esta la razón de sus conquistas cuotidianas en todas sus manifestaciones de la vida sentimental e intelectual.
La civilización, al mismo tiempo que representa el desenvolvimiento complicado, fecundo y bello de las energías humanas, es también un _virus_ de terrible poder infeccioso. Al lado de los esplendores del trabajo artístico, científico, industrial, acumula los productos gangrenados del ocio, de la miseria, de la locura, del delito, del suicidio físico, y de ese suicidio moral que se llama el servilismo.
{XXIII} El pesimismo --síntoma doloroso de la vida sin ideales, y en gran manera efecto de agotamiento o de degeneración del sistema nervioso-- preconiza el aniquilamiento final como cesación del dolor.
Nosotros, por el contrario, tenemos fe en la eterna «virtud medicinal de la naturaleza»; y el socialismo representa justamente ese íntimo hálito de vida nueva y mejor que libertará a la humanidad --aunque sea con un proceso febril-- de los productos virulentos de la fase presente de la civilización, para conservar y rejuvenecer en una fase ulterior, las energías sanas y fecundas en bien para todos los humanos.
Roma, Junio de 1894.
Enrique Ferri.
{1} PRIMERA PARTE. DARWINISMO Y SOCIALISMO.
{3}
I. VIRCHOW Y HAECKEL EN EL CONGRESO DE MUNICH.
El 18 de Septiembre de 1877, en el congreso de naturalistas de Munich, Ernesto Haeckel, el famoso embriólogo de Jena, pronunció un elocuente discurso en defensa y como propaganda del darwinismo, que atravesaba entonces por su época más aguda y tempestuosa de polémica y de lucha.
Pocos días después, Virchow, el gran patólogo --que aunque milite ya en el partido parlamentario «progresista» es bastante _misoneísta_, tanto en la política como en la ciencia-- combatía enérgicamente la teoría darwiniana de la evolución orgánica, contra la cual, con agudísima previsión, lanzaba el grito de alarma y el anatema político, diciendo que «el darwinismo conduce directamente al socialismo».
Protestaron de seguida los darwinistas capitaneados por Oscar Schmidt y por Haeckel; y para {4} que a tanta oposición de índole religiosa, filosófica y biológica levantada entonces contra el darwinismo, no se agregara también esta grave preocupación política, sostuvieron que, por el contrario, la teoría darwiniana estaba en abierta y absoluta contradicción con el socialismo.
«Si los socialistas fuesen pillos (escribía el profesor Oscar Schmidt en el _Ausland_ de 27 de Noviembre de 1877), harían todo lo posible por sofocar en el silencio la teoría de la sucesión, porque esa doctrina proclama altamente que las ideas socialistas son inaplicables».
«En efecto, agregaba Hseckel, no hay doctrina científica que declare más abiertamente que la teoría darwiniana, que la igualdad de los individuos a que tiende el socialismo es un imposible, y que esa quimérica igualdad está en contradicción absoluta con la necesaria desigualdad de hecho que en todas partes existe entre los individuos.
»El socialismo pide para todos los ciudadanos derechos iguales, iguales deberes, bienes iguales e iguales goces; la teoría de la herencia establece, por el contrario, que la realización de estas aspiraciones es pura y simplemente imposible; que, en las sociedades humanas como en las animales, ni los derechos, ni los deberes, ni la propiedad, {5} ni los goces de todos los individuos asociados, son ni podrán nunca ser iguales.
»La gran ley diferencial enseña que, tanto en la teoría general de la evolución, cuanto en su parte biológica o teoría de la herencia, la variedad de los fenómenos surge de una unidad originaria, la diferencia de las funciones de una identidad primitiva, la complejidad del organismo de una sencillez primordial. Las condiciones de existencia son, desde el ingreso a la vida, desiguales para todos los individuos. Agréganse las cualidades hereditarias, las disposiciones innatas más o menos desemejantes, ¿cómo, pues, podrían ser iguales en todas partes, nuestras tareas en la vida y sus resultados consiguientes?
»Cuanto más desarrollada está la vida social, más importancia adquiere el gran principio de la división del trabajo, y la existencia duradera del estado exige más que sus miembros se dividan los deberes tan varios de la vida; y puesto que el trabajo que debe ser realizado por los individuos, así como el consumo de fuerza, de ingenio, de medios, etc., que demanda, difieren en el más alto grado, es natural, también, que la recompensa de ese trabajo sea proporcionalmente desigual.
»Estos son hechos tan sencillos y evidentes, {6} que todo hombre político, inteligente y culto, debería, según me parece, preconizar la teoría de la herencia y la doctrina general de la evolución, como el mejor contraveneno para las absurdas utopías igualitarias de los socialistas.
»¡Y es el darwinismo o teoría de la selección, lo que en su denuncia ha tomado Virchow como blanco, más que el transformismo o teoría de la herencia, siempre confundida con aquélla! El darwinismo es todo menos socialista.
»Si se quiere atribuir tendencias políticas a esta doctrina inglesa --lo que es lícito-- esas tendencias no podrían ser sino aristocráticas, nunca democráticas, y menos socialistas.
»La teoría de la selección enseña que en la vida de la humanidad, como en la de las plantas y de los animales, siempre y en todas partes sólo una débil minoría arriba a vivir y a desarrollarse; la inmensa mayoría, por el contrario, sufre y sucumbe más o menos prematuramente. Innumerables son los gérmenes de todas las especies vegetales o animales, y los individuos jóvenes que no florecen; pero el número de los que tienen la suerte de desarrollarse hasta su completa madurez, y alcanzan al final de su existencia, es hasta cierto punto insignificante.
»La cruel y despiadada «lucha por la vida», {7} feroz en toda la naturaleza animada, y que tiene naturalmente que serlo, esa eterna e inexorable competencia de todo cuanto vive, es un hecho innegable. Sólo el número escaso de los electos, de los más fuertes y de los más aptos, está en condiciones de sostener victoriosamente esa competencia; la gran mayoría de los competidores desgraciados debe perecer necesariamente.
»Que se deplore esa fatalidad trágica, está bien; pero no se puede ni negarla ni variarla. ¡Todos son los llamados; pocos son los elegidos!
»La selección, la _elección_ de estos elegidos está necesariamente ligada a la derrota o a la pérdida del gran número de seres que son sobrevividos. Por eso, otro hombre de ciencia inglés ha llamado al principio fundamental del darwinismo "la supervivencia de los más aptos, la victoria de los mejores".
»En todo caso, pues, el principio de la selección no es, en manera alguna, democrático; es más bien fundamentalmente aristocrático. Si entonces el darwinismo llevado a sus últimas consecuencias tiene, --según Virchow--, "un lado extremadamente peligroso" para el hombre político, consiste esto, sin duda, en que favorece las aspiraciones aristocráticas.»
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{8} He copiado _in extenso_ esta argumentación de Haeckel, porque es precisamente --con diverso tono y con expresiones más o menos precisas y elocuentes-- la que repiten aquellos adversarios del socialismo que gustan de asumir actitudes científicas y se sirven --para comodidad en la polémica-- de las frases hechas que, hasta en la ciencia misma, tienen más curso de lo que parece.
Sin embargo, es fácil demostrar cómo, en este debate, la mirada de Virchow ha sido más segura y más límpida, desde que la historia de los últimos veinte años ha venido a darle plenamente la razón.
Ha sucedido, en efecto, que el darwinismo y el socialismo han progresado juntos con una maravillosa fuerza de expansión, conquistando el uno para su doctrina fundamental la unanimidad de los naturalistas, y continuando el otro en su difusión --tanto en sus aspiraciones generales como en su disciplina política-- por todos los poros de la conciencia social, como inundación torrencial de territorios enteros determinada por el aumento diario del malestar material y moral, o como infiltración lenta, capilar, irrevocable en los cerebros más despreocupados y menos serviles del interés personal de la ortodoxa ruindad.
{9} Ahora bien, así como las teorías políticas o científicas son fenómenos naturales como cualesquiera otros y no el adorno caprichoso y efímero del albedrío individual de quien las inicia y las propaga, así también es evidente que si ambas corrientes del pensamiento moderno han podido, juntas, vencer las primeras y más fuertes oposiciones del misoneísmo científico y político, y si juntas aumentan día a día la falange de sus conscientes partidarios, esto significa por sí solo --casi diré por una ley de _simbiosis_ intelectual-- que no son ni inconciliables ni contradictorias entre sí.
Pero, por otra parte, los tres argumentos principales a que, en substancia, se reduce el raciocinio antisocialista de Haeckel, no resisten ni a la crítica más elemental de las nociones científicas, ni a la observación más superficial de la vida ordinaria.
1º El socialismo tiende a una quimérica igualdad de todos y de todo, el darwinismo, por el contrario, no sólo comprueba, sino también explica las razones orgánicas de la natural desigualdad de los hombres en sus aptitudes, y por lo tanto, en sus necesidades.
2º En la vida de la humanidad, como en la de las plantas y de los animales, la inmensa mayoría {10} de los nacidos está destinada a sucumbir, porque sólo una pequeña minoría queda vencedora en la «lucha por la vida». El socialismo, por el contrario, pretende que todos deben vencer en esa lucha y nadie debe sucumbir en ella.
3º La lucha por la vida asegura «la supervivencia de los mejores y de los más aptos» y sigue más bien un procedimiento aristocrático de selección individualista, que la democrática nivelación colectivista del socialismo.
* * * * *
II. LA IGUALDAD ENTRE LOS HOMBRES.
La primera de estas objeciones opuestas al socialismo en nombre del darwinismo, carece en absoluto de base.
Si fuese cierto que el socialismo aspira a la _igualdad de todos los hombres_, nada sería más exacto: el darwinismo lo condenaría irrevocablemente.
Pero aun cuando, todavía hoy, muchos de buena fe, como oyentes que repiten las frases hechas, o de mala fe, por habilidad polemista, sostengan que socialismo es sinónimo de igualdad y de nivelación, la verdad es, por el contrario, que el {11} socialismo científico (es decir, aquel que se inspira en la teoría de Marx y que es el único que hoy merezca ser sostenido o atacado) no niega para nada la desigualdad de los hombres, ni la de los demás seres vivientes, desigualdad innata y adquirida, física y moral.
Sería como decir que el socialismo pretende, por ejemplo, que por decreto del rey o del pueblo se establezca que: «¡De hoy en adelante, todos los hombres tendrán un metro y setenta centímetros de estatura! . . . »
Pero el socialismo es algo más serio y menos fácil de combatir.
Y el socialismo dice: _Los hombres son desiguales, pero son hombres_.
Y así, aun cuando todo individuo humano nazca y se desarrolle de una manera más o menos distinta de los demás (porque así como en una selva no hay dos hojas idénticas, en todo el mundo no existen dos hombres perfectamente iguales), todo hombre, por el simple hecho de ser _un hombre_, debe tener asegurada una existencia de hombre y no de ilota o de bestia de carga.
Nosotros también sabemos que no todos los hombres pueden llevar a cabo el mismo trabajo, ahora que las desigualdades sociales aumentan las desigualdades naturales; ni lo podrán tampoco {12} bajo el régimen socialista, cuando la organización social tienda, al contrario, a atenuar las desigualdades congénitas.
Siempre habrá quien tenga un cerebro y una musculatura más aptos para la labor científica o artística y quien para un trabajo manual, o de precisión mecánica, o de esfuerzo agrícola, etc.
Pero lo que no debería haber y que no habrá, es hombres que no trabajen nada, y otros que trabajen mucho o muy mal recompensados.
No es esto sólo: el colmo de la injusticia y de lo absurdo es que, ahora, el que no trabaja tiene las recompensas mayores, que le asegura el monopolio individual de la riqueza, acumulable por transmisión hereditaria; riqueza que en el menor número de los casos se debe a los sacrificios de ahorro y de privaciones inhumanas del actual poseedor, o de algún antepasado laborioso; y que casi siempre es fruto secular de espoliaciones por conquista militar, por comercio poco decoroso o por favoritismo de los soberanos; siempre y de todos modos independiente de cualquier esfuerzo, de cualquier trabajo socialmente útil por parte del heredero, a menudo dilapidador veloz en las varias formas del ocio más o menos barnizado de una vida tan vacía cuanto brillante en apariencia.
{13} Y si no se trata de riqueza heredada, se trata de riqueza defraudada. Aparte del mecanismo económico de que hablaré después, revelado por Carlos Marx, y por el cual, aun fuera del fraude, el capitalista o propietario puede acumular normalmente, sin trabajar, una renta o una ganancia; aparte de esto, digo, es un hecho que los patrimonios más rápidamente acumulados o engrosados ante nuestros ojos, no son ni pueden ser fruto del trabajo honrado.
El trabajador realmente honrado, y por lo tanto infatigable y económico, que llega a elevarse de la condición de asalariado a la de jefe de fábrica o empresario, podrá acumular en una larga existencia de privaciones, cuando más algunos miles de liras. Por el contrario, aquellos que sin descubrimientos industriales debidos a su genio, reúnen millones en pocos años, no pueden ser más que negociantes poco escrupulosos, aparte algún caso excepcional de un honrado golpe de fortuna. Y esos son los que --parásitos de los Bancos y los negocios públicos-- viven como señores, cubiertos de condecoraciones carnavalescas y de honores oficiales . . . premio a sus buenas acciones.
Y viceversa, los que trabajan, que son la inmensa mayoría, no tienen más recompensa que {14} un alimento y una habitación que bastan apenas para no dejarlos morir de hambre cruel, y cuyos fondines, cuyos desvanes, cuyas callejuelas infectas en las grandes ciudades, o cuyas casuchas en la campaña, no se admitirían ni para caballerizas ni para establos! . . .
Y esto sin agregar los desesperados espasmos de la desocupación forzada, que es uno de los tres síntomas más dolorosos y más crecientes de esa _igualdad en la miseria_ que se propaga por el mundo económico en Italia y, más o menos, en todas partes.
Hablo del inmenso ejército de los _desocupados_ entre los operarios agrícolas e industriales, de los _abandonados_ entre la pequeña burguesía, de los _expropiados_ por impuestos, deudas o usura entre la pequeña propiedad.
No es verdad, pues, que el socialismo pida para todos los ciudadanos una igualdad material y positiva de trabajo y de placeres.
La igualdad puede, solamente, asumir la forma de la obligación de todo hombre a trabajar para vivir, asegurándose a todo individuo las condiciones de existencia _humana_, en cambio de la labor dada a la sociedad.
La _igualdad entre los hombres_ según el socialismo --como decía Malon-- debe entenderse por lo tanto en un doble sentido relativo.
{15} 1º Que todos los hombres, como tales, tengan aseguradas las condiciones de existencia humana.
2º Que, por consiguiente, los hombres sean iguales en el _punto de partida_ de la lucha por la existencia, para que cada uno desarrolle libremente su personalidad, en igualdad de condiciones sociales.
* * *
Ahora, el niño que nace sano y robusto, pero pobre, tiene que sucumbir en la competencia con el niño nacido débil, pero rico.
Esta es precisamente la radical e inmensa transformación que no sólo pide el socialismo, sino que indica y prevé como evolución ya comenzada en la humanidad presente --y necesaria, fatal, en la humanidad próxima futura--.
Transformación que consiste en la conversión de la propiedad privada o individual de los medios de producción, es decir, de la base física de la vida humana (tierra, minas, casas, fábricas, máquinas, instrumentos de trabajo, medios de transporte) en propiedad colectiva o social, según los métodos y procedimientos de que debo ocuparme más adelante.
Entretanto, queda demostrado que la primera objeción del raciocinio antisocialista no tiene consistencia alguna, sencillamente porque parte {16} de una premisa que no existe: es decir, supone que el socialismo moderno afirma y quiere una quimérica igualdad física y moral de todos los hombres, en que el socialismo científico y positivo no sueña siquiera.
Por el contrario, el socialismo afirma que esta desigualdad entre los hombres (que en una organización social mejor deberá atenuarse inmensamente, suprimiendo todos los defectos orgánicos y físicos que la miseria viene acumulando de generación en generación) no podrá desaparecer todavía, precisamente por las razones que el darwinismo ha descubierto en el misterioso mecanismo de la vida y en la sucesión sin fin de los individuos y de las especies.
En cualquiera organización social, como quiera que se imagine, siempre habrá hombres altos y bajos, débiles y fuertes, sanguíneos y nerviosos, más o menos inteligentes, en quienes prevalezca la musculatura o el cerebro; es bien que así sea, y además es inevitable.
Y es bien que así sea porque de la variedad y desigualdad de las aptitudes individuales, nace espontáneamente esa división del trabajo que el darwinismo señala como una ley, tanto de la fisiología individual como de la economía social.
{17} Todos los hombres deben vivir trabajando: pero cada uno debe hacer el trabajo que responda mejor a sus aptitudes, para evitar desperdicios perjudiciales de fuerza y también para que el trabajo no repugne, y hasta llegue a ser placentero y necesario como condición de salud física y moral.
Los hombres que han dado a la sociedad el trabajo que responde mejor a sus aptitudes innatas y adquiridas, son igualmente meritorios porque concurren por igual a esa solidaridad de labor por la que se determina justamente la vida del conglomerado social y, solidariamente, la de cada individuo.
El campesino que labra la tierra hace un trabajo más modesto en apariencia pero no menos necesario, útil y meritorio que el del obrero que construye una locomotora o del ingeniero que la perfecciona o del hombre de ciencia que lucha contra lo desconocido en un gabinete de estudio o en un laboratorio.
Lo esencial es que todos trabajen en la sociedad, así como en el organismo individual todas las células realizan sus diversas funciones, más o menos modestas en apariencia --por ejemplo entre las células nerviosas y las musculares y óseas-- pero funciones y trabajos biológicos {18} igualmente necesarios y útiles para la vida del organismo entero.
Y como en el organismo biológico ninguna célula viva está sin trabajo, sino que toma su nutrición de la recompensa material en cuanto trabaja, así en el organismo social ningún individuo debe vivir sin trabajo, en cualquier trabajo que sea.
Y he aquí, ahora, cómo se desvanecen muchas de las dificultades artificiales que al socialismo oponen sus adversarios.
--¿Quién lustrará los botines bajo el régimen socialista? pregunta Richter en aquel libro suyo tan linfático que llega a la grotesca suposición de que, en nombre de la igualdad social, «el Gran Canciller» de la sociedad socialista, se vea obligado, antes de ocuparse de la cosa pública, a lustrarse los zapatos y a remendarse la ropa! De veras que si los adversarios del socialismo no tuviesen mejores argumentos, sería perfectamente inútil la discusión.
--Pero todos querrán hacer los trabajos menos fatigosos y más agradables --se dice con mayor apariencia de seriedad.
Y bien, volvemos a contestar que lo misma sería referirse desde ahora a un decreto que dijese:
{19} _Desde hoy en adelante todos los hombres nacerán pintores o cirujanos._
Pero, justamente las variedades antropológicas de temperamento y de carácter son las que distribuirán, sin necesidad de regularización monacal (otra infundada objeción contra el socialismo), las diversas tareas intelectuales y manuales.
Decidle a un campesino de constitución mediana que vaya a estudiar la anatomía o el código penal; por el contrario, decid a quien tenga más desarrollado el cerebro que los músculos, que vaya a arar en vez de observar con el microscopio: uno y otro preferirán el trabajo para el cual estén mejor dispuestos.
Tampoco será tan grande el desorden de las profesiones como muchos lo indican fantásticamente, cuando la sociedad está ordenada según el régimen colectivista. Suprimidas las industrias de mero lujo _personal_ --que tantas veces representa un indecoroso sarcasmo a la miseria de los más-- la suma y la variedad de los trabajos se adaptará gradualmente, es decir, naturalmente, a la fase de la civilización socialista, como corresponde ahora a la fase de la civilización burguesa.
En el régimen socialista, cada cual tendrá {20} mayor libertad de consolidar y aplicar sus aptitudes propias, y no sucederá como ahora, que por falta de medios pecuniarios muchos campesinos y ciudadanos y pequeños burgueses, dotados de natural inteligencia, permanecen atrofiados, y se ven obligados a ser labradores, obreros o empleados, cuando podrían dar a la sociedad un trabajo diferente y más fecundo, como más adaptado a sus cualidades particulares.
Lo esencial está únicamente en que tanto el labrador como el profesional que dan su trabajo a la sociedad, tengan por ella aseguradas las condiciones de una existencia digna de seres humanos. Así será también suprimido el indigno espectáculo de que, por ejemplo, una bailarina sólo con sus piruetas, en una noche, gane lo que un hombre de ciencia o un profesional recibe en todo un año de trabajo, cuando no encarna a la miseria de levita.
Las bellas artes vivirán bajo el régimen socialista, porque el socialismo quiere que la vida sea dulce para todos --y no, como ahora, para algunos privilegiados-- y dará por lo tanto, grande, maravilloso impulso a todas las artes, aboliendo el lujo privado, pero favoreciendo el esplendor de los edificios y de las reuniones públicas.