Sin un cuarto

Part 2

Chapter 21,767 wordsPublic domain (Wikisource)

Rafael no reparó en tal cosa y prosiguió:

-«Vámonos cuando gustes -le respondí a Julia.

»La conduje, pues, hasta el guardarropa; saqué su abrigo; se lo puse, y, alargándole la mano, le dije:

-»Señora, aquí no estamos ya en el baile de máscaras, y me veo privado de la dicha de tutear a V. -¡Que usted descanse y hasta que tenga el gusto de volver a verla, que espero ser a muy pronto; pues, abusando de su amabilidad, tendré el honor de pasar mañana a hacerle una visita!

»Aquella circunspección con que empecé a tratarla tan luego como salimos del templo de Momo, le agradó mucho... Dígolo porque se puso encendida como una amapola.

»Luego murmuro dulcemente:

-»¡El caso es que está lloviendo y necesito un coche! -Si tuviera usted la bondad de buscar uno...

»¡Inmediatamente!¡Inmediatamente! -exclamé.

»Y salí a la calle; alquilé una berlina; volví por Julia; la conduje hasta el carruaje; le di la mano para que subiera a él, y, en seguida, quitándome el sombrero, cerré la portezuela, y le dije:

-»Señora: a los pies de...

-»¡Bonitos tengo yo los pies, sólo de haber cruzado la acera! (me interrumpió la hermosa). ¡Y bonito se va V. a poner con el agua y la nieve que están cayendo! -¡Vaya! ¡Vaya! ¡No sea V. niño, y entre en el coche!... -¿Para qué quiere V. buscar otro? -Demasiado dinero ha gastado V. ya por mi causa!

»Y así diciendo, abrió ella misma la portezuela y me miró con infinita ternura.

»Yo accedí, creyendo no excederme en ello. Cualquiera en mi caso hubiera hecho lo mismo.

»Además, su marido estaba en la California, y no era fácil que aquella determinación comprometiera a mi adorada.

-»Preciados, 29 -le dijo al cochero.

«La berlina era estrecha, y Julia es de muy buenas carnes... (cosa que noté al empaquetarme con ella en aquel vehículo): por consiguiente, íbamos muy cerquita el uno del otro...

»Mi sangre ardía... ¡Aquella mujer empezaba a trastornarme el juicio!

-»¡Mira qué manos tengo, Rafael! ¡Completamente heladas! (exclamó, poniéndolas sobre las mías). -¡Hombre!... ¡Y qué calentitas las tienes tú!... -Pero ¡calla! ¡Pues no, estoy tuteándote, cual si nos halláramos todavía en el baile!

-»Eso se explica... -No se apure V... (le respondí). -¡Como ha estado V. tuteándome toda la noche, nada tiene de particular que se equivoque ahora!

»Julia retiró sus manos de las mías, ruborizada y trémula como nunca.

»Lo que más me encantaba en aquella mujer eran estas repentinas llamaradas de rubor.

»Llegamos a la puerta de su casa; bajé del coche; llamé al portón (tres y repique); abrieron; ayudé a bajar a Julia, y, quitándome el sombrero otra vez, le dije:

-»Julita... (repararéis que ya no la llamé señora), Julita... hasta mañana...

-»Pero ¡hombre de Dios! (exclamó Julia con admirable franqueza y riéndose a carcajadas). ¿A dónde va V. a estas horas?- Su casa de V. estará cerrada... -¡Suba V.!... La criada me aguardará con la chimenea encendida, como se lo previne. Haremos té, si usted quiere... Y, en fin, esperaremos a que amanezca... -o a que anochezca, que para mí todo es lo mismo.

-»¡Cuánta bondad! (tartamudeé, ofreciéndole el brazo para subir la escalera). -Ya ve usted que la obedezco -¡Es V. un ángel!

»¡Gracias a Dios! -exclamó Julia, dando muestras de una alegría verdaderamente infantil.

»Y sacudió sobre mi cara el pañuelo de la mano con la más hechicera familiaridad.

»Ya veis que hacía progresos en su corazón.

-»Pocos hombres he conocido tan desconfiados como tú... -añadió luego aquella incomparable criatura.

-»Ha vuelto V. a equivocarse y a tutearme -exclamé indulgentemente.

»Julia se sofocó de nuevo, y no respondió palabra.

-»¿Por qué me dice V. desconfiado? -pregunté al cabo de un momento.

-»¡Por nada! (contestó fríamente). -Sin embargo, ¡bien pudiera V. ser un tunante de siete suelas!...

-»Perdone V. -A estas horas, después del jaleo del baile, no sabe una ya lo que se dice...

»Todo esto ocurrió en la escalera, en presencia de la criada, que alumbraba con una capuchina.

»Porque todavía no había amanecido9 del todo.

- IX –

Tal para cual

»Llegamos a su cuarto, adornado por cierto con modesta coquetería y muy buen gusto; hízome sentar a la chimenea, que en efecto se hallaba encendida, y le dijo a la sirvienta:

-»Trae aquí todo lo necesario para hacer té, y acuéstate descuidada. -Hoy no almuerzo.

»Mientras la doméstica llevaba los chismes del té, Julia se retiró unos minutos, al cabo de los cuales volvió completamente transformada, o sea vestida de pies a cabeza de diferente modo que había estado en el baile. Una bata suelta, de lana, caía a todo lo largo de su hermoso cuerpo; la más graciosa gorra blanca recogía su despeinada y mal liada cabellera, y elegantes chapines de terciopelo encerraban sus menudos pies.

»Estaba encantadora.

-»Me parece mentira... (dijo, atizando la lumbre) que me he quitado toda aquella vestimenta. ¡Oh, tengo las piernas heladas!

»Y, hablando así, se levantó; apoyó una mano sobre mi hombro, y metió alternativamente sus pies casi dentro de la chimenea.

»La chimenea era de cok.

»Reinó un minuto de silencio.

-»¡Vaya! ¡Hagamos el té! -añadió en seguida, dando un suspiro.

»Y mientras lo hacía, tarareaba.

»Yo pensaba entretanto en la envidiable felicidad a que había renunciado un esposo perjuro y desertor, y jurábame, a mí mismo no omitir medio alguno de llegar a ocupar su puesto, aunque fuera Ilegal y transitoriamente. -¡Necesitaba conquistar a Julia a todo trance! ¡Por un beso suyo habría dado en aquel momento la mitad de mi mayorazgo!

»Quiero confesarme con V. de un pecadillo... (díjome de pronto, interrumpiendo su tarea). Yo no soy casada: soy soltera... Pero, como no tengo familia en Madrid, por el buen parecer, suelo decir que mi marido está en la California...

-»¡Pobre señorita! (exclamé, verdaderamente conmovido). ¡Conque vive V. sola en esta capital!

-«Sí, señor D. Rafael... -contestó ella, presentándome la taza y el azucarero, y haciéndome un mohín delicioso.

-»¡Soltera! ¡virgen! ¡incólume! (exclamé dentro de mí). ¡Oh qué felicidad! -Ella me ha dicho en el baile que le parezco bien... Por consiguiente, me ser a fácil conquistar su corazón y poseer su intacta y peregrina hermosura, aunque para ello tenga que darle la mano de esposo.

-»¿En qué piensa V.? -me preguntó dulcísimamente, mientras me llenaba de té la taza.

»Yo no le contesté al pronto. Pero estaba decidido, resuelto, pronto a cometer todo género de disparates.

-»¡Ser a mía (me dije), o pereceré en la demanda!

»Tomé, pues, el té a toda prisa; me levanté, cogí el sombrero, y le hablé de la siguiente manera:

-»Julia, ¡no puedo más!... Me voy. -Sin embargo, antes de veinticuatro horas estaré aquí, y le diré a V. todo lo que siente mi corazón...

-»¡Pero, hombre, dígamelo V. ahora mismo! -exclamó ella con un candor indescriptible.

-»No es ocasión esta de largas explicaciones... (repliqué); V. estará cansada...

»¡Ca! ¡no! ¡de manera alguna! -Yo acostumbro a dormir más de día que de noche. Si es menester, me acostaré con mucho gusto... Pero no tengo pizca de sueño.

-»También estoy yo fatigado... -continué.

-»¡Pues quédese V. aquí! (interrumpió ella). ¿A dónde va V. a estas horas?

-»Pero, ¿cómo quedarme aquí?

-»¡Quedándose! -¿No se lo digo yo a V.?

-»¡Muchísimas gracias! Es usted muy buena...

-»¡No hay bondad que valga!

-»¡Sin embargo..., yo no puedo aceptar!

-»¿Por qué?

»Porque sería abusar de la amabilidad de V... -Me iré al Suizo. -Estas noches de máscaras no cierran allí a ninguna hora...

-»Pero mire V. que para mí no habría incomodidad ninguna! -insistió Julia con un sans façon lleno de gracia.

»¡Oh! ¡Sería una imprudencia de mi parte! (repuse con igual franqueza) ¿Cómo quiere usted que yo permita que a estas horas se meta usted en el jaleo de ponerme una cama?... -¡Yo sé lo que son casas!

»Este último rasgo mío, que denotaba toda la prudencia de mi carácter y todas las previsiones de mi amor, le hizo a Julia extraordinario efecto.

-»¡Vaya V. con Dios, hombre! ¡Vaya usted con Dios!... (exclamó de una manera indescriptible). -¡Tiene V. razón que le sobra!

»Yo me permití besarle la mano que me tendió, y salí de su casa loco de amor y de deseos.

»En dos saltos he atravesado la Puerta del Sol y la calle de Alcalá, y aquí me tenéis, ¡oh amigos!, resuelto firmemente a conquistar a Julia, aunque para ello necesite hacerla mi esposa. -¡Mañana mismo pasaré a visitarla, y, si veo que se resiste a mí amor, le ofreceré mi mano, y en paz! -¿Qué os parece mi aventura?».

Los seis poetas se miraron en silencio no bien dejó de hablar Rafael; y, como si con aquella mirada se hubieran comunicado sus respectivas ideas y llegado a un acuerdo, levantáronse sin hablar palabra; quitáronse el sombrero hasta los pies; saludaron reverentemente al mayorazgo, y abandonaron el café con la gravedad más cómica del mundo.

Rafael se quedó atónito, con la boca abierta y la baba caída, viéndolos marchar, sin comprender ni remotamente aquella muda pantomina de los seis hijos de las Musas.

Así permaneció una hora, durante la cual fue una lástima que no lo hubiesen retratado.

-¡Envidiosos! -exclamó al cabo de aquel tiempo.

Y se dirigió a una librería, donde compró un diccionario italiano-español.

-«BURRO (decía aquel libro): s. m. Manteca de vacas».

Rafael respiró, como si se quitara un gran peso de encima.

- X –

Epílogo

Quince días después se verificó el enlace de Rafael y Julia.

Durante aquellos quince días, los poetas no vieron ni una sola vez al mayorazgo, que (dicho sea entre paréntesis) no volvió jamás al café Suizo.

Pero cuenta la fama que, cuando los nobles hijos de Apolo recibieron la noticia de aquel casamiento, se alegraron de no deberle ningún favor a Rafael, y sintieron muchísimo deberle algunillos a Julia.

-¡Tal para cual! -dijo uno de los vates.

-¡Nos libramos de él para siempre!-añadió otro.

-Convengamos (observó Segismundo) en que, sin embargo de nuestra carencia de metales preciosos, no estamos en el caso de envidiar al opulento Rafael.

-Pues mira... (dijo Borcivogo): ¡con el tiempo lo envidiarán muchas gentes!

-¿Por qué?

-¡Porque será ministro!

Pretislao, Ladislao, Premislao y Sobieslao asintieron con la cabeza.

-Es que si llega ese caso (replicó Segismundo), también lo envidiaré yo; pero no precisamente por la cartera, sino por otra cosa...

-¿Por qué?

-Porque es tonto de capirote, y un ministro tonto debe de ser el hombre más feliz de la tierra.

-¡Ya lo creo! (repuso Borcivogo). Pero nunca tan feliz como un poeta sin un cuarto.

1874.

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