Si yo fuera rico! Novela original
Part 2
Formando contraste con estos melancólicos personajes vivía también en la fábrica, en calidad de dependiente, pero con el verdadero empleo de criado de todos y para todo, un hombre de treinta y seis años, de no mala figura, de desenvueltos modales y de rostro no desprovisto de gracia. Llamábase Rispall, había nacido en Villanueva y Geltrú, y gracias á sus _buenas referencias_ no tuvo inconveniente el principal en admitirle á su servicio. Lo malo fué que á pesar de asegurar el hombre con inaudito aplomo que sabía de todo, lo mismo para el escritorio que para el servicio doméstico, se vió muy pronto que no sabía nada, ni para nada servía.
Cuando se le enviaba á la calle con un recado urgente, empleaba dos ó tres horas en cumplir su cometido, y cuando pillaba por su cuenta _El Porvenir_, órgano de Ruiz Zorrilla y su periódico favorito, hasta que no leía el último anuncio no se daba por satisfecho, ni había forma de hacerle dejar la lectura por más necesarios que fueran sus servicios. Pero era tan agradable su conversación, tan cómicas sus lamentaciones filosófico-sociales y tan originales sus protestas para disculpar la pereza y la afición á la holganza que le caracterizaban, que se había hecho simpático á todos sus jefes; y es de advertir que sus jefes eran todos los empleados de la fábrica, y las familias de los mismos, y cuantos más ó menos directamente tenían algo que ver con el principal. Á bien que á Rispall le importaba muy poco el excesivo número de sus amos; no obedecía á ninguno, con pretexto de obedecer á todos, y hacía en todo y por todo lo que se llama vulgarmente su santa voluntad.
El innato espíritu de rebeldía que domina en el hombre y que á duras penas logra vencerse con la educación y las costumbres sociales, parece que adquiere mayor desarrollo en los grandes centros fabriles y dondequiera que una masa de individuos creen tener iguales derechos y contribuir por igual con su trabajo al desarrollo y prosperidad de una industria. Cada uno de los que se creen con iguales méritos que los otros pretende tener un mérito especial para ser distinguido de sus mismos iguales, y de aquí el afán constante en cada uno de creerse más necesario, de oponer mayor resistencia á las órdenes generales y de suponerse exceptuado por derecho propio de respetar ciegamente las leyes que regulan el orden y la disciplina del establecimiento. _Todos bien, pero yo_... es la frase que, si no se atreve á salir de los labios, se cuece en todos los cerebros desde el primer dependiente hasta el último obrero, y que perturba sin cesar la armonía exterior, aquel conjunto de voluntades sujetas á la voluntad única y superior del principal. Mientras la resistencia es pasiva y permanece en el estado latente de una enfermedad endémica, nadie se da cuenta de ella y el orden impera en los diversos órganos de que consta aquel cuerpo social; pero hay ocasiones en que el mal toma carácter epidémico, la fiebre se apodera de todos, la invasión estalla, y nacen las huelgas, los motines, las asonadas, las colisiones entre obreros y patronos, los incendios y las ruinas. Por fortuna nosotros no tenemos que describir ninguna de esas escenas terribles, en el día tan comunes, no sólo en nuestra nación, sino hasta en las más ilustradas de Europa y América.
Nuestros cuadros serán más tranquilos, más sosegados, y la lucha, si lucha hay, entre los elementos que constituyen el medio ambiente de nuestro relato será una lucha íntima, sorda, malévola siempre, pero encerrada también en los límites de la mutua conveniencia y del orden establecido.
Para ser verídicos debemos hacer constar que el estado de la fábrica, en cuanto se refiere á su atmósfera moral, no era, en la época que da principio á nuestra historia, tan limpia y sana como en los tiempos de Bernaregui. La enérgica voluntad de su antiguo dueño, causa primera sin duda de su situación brillante, había desaparecido con él, pues el carácter de Puig, reservado y triste, se doblegaba con más facilidad, por su deseo de paz y concordia, á las exigencias de unos y otros y á las aspiraciones no siempre justas y nunca desinteresadas de los más bulliciosos. Y sucedió lo que lógicamente debía suceder. Cuando Bernaregui mandaba, todos sabían que sus órdenes eran irrevocables y que justas ó injustas no había medio de protestar contra ellas, y de aquí nacía la tranquilidad de la obediencia. Puig, por el contrario, admitía observaciones, oía consejos y muy á menudo revocaba alguna de sus órdenes; gran disgusto y profundas quejas cuando no las revocaba todas. Lo que en el uno había sido natural entereza y unidad de miras, se tuvo en el otro por exigencias desmedidas y tiránico despotismo. Los mismos que callaban por todo ante Bernaregui, chillaban por nada ante Puig, y efervescente espíritu de rebelión cundía injustamente de taller en taller y de oficina en oficina en aquella siempre bien dirigida casa de comercio y fábrica de tejidos.
Si en otro tiempo obreros y empleados hubieran podido con algo de razón llamar autócrata á Bernaregui, hoy carecían de ella en absoluto al apostrofar con el dictado de tirano al tolerante y reconcentrado Puig. No se traducían aún en hechos estos temerarios juicios que de él se hacían en conversaciones más ó menos públicas; pero, á la primera ocasión que se presentaba, les faltaba tiempo á todos para quejarse de las exageradas autocracias del antiguo _cajero_ de la casa.
Y ésta era la verdadera piedra de toque de aquellos juicios inmerecidos y de aquellas quejas inmotivadas. Si á Bernaregui hubiera sucedido en la dirección de la fábrica un hijo, un hermano, quizá un lejano pariente, nadie se hubiera dado cuenta del cambio de amo, por más que su carácter, sus costumbres y hasta su inteligencia fueran peores que las de su antecesor. Pero heredar la fábrica _uno de ellos_, por más que fuese el mejor y el más inteligente de todos, un _obrero_ como los demás, un individuo ajeno á Bernaregui, eso era el colmo de la injusticia, un golpe de la loca fortuna, un capricho de la suerte, que lo mismo y con la misma razón hubiera podido favorecer á otro. Todas las buenas cualidades, todo el mérito, toda la inteligencia que se reconocían con gusto en Puig cuando _criado_, aunque de la primera categoría, se desconocieron en él cuando _amo_; y es porque todos sin excepción se creían con el mismo mérito, con las mismas circunstancias que el agraciado.
Como siempre, se exageraba la cuantía en la herencia, haciendo subir á cuatro, seis y más millones de pesetas el capital de la casa, que, según el balance de 1880 á que nos hemos referido anteriormente, sólo arrojaba dos millones, no muy bien contados; y cuanto mayor era la fortuna, mayor era el descontento de los que la veían en manos que no eran las suyas.
Estas indicaciones acerca del estado de los ánimos de cuantos dependían de la fábrica de Bernaregui, que así continuaba llamándose y así había de llamarse siempre, por expresa voluntad del difunto, explican perfectamente los acontecimientos que han de desarrollarse en ella.
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CAPÍTULO II
QUEJAS DE UNA ADEPTA DE NOCEDAL Y REFLEXIONES DE UN CORRELIGIONARIO DE RUIZ ZORRILLA
Las ideas políticas se han apoderado de todos los cerebros y han invadido todas las conciencias. En otros tiempos, no sé si más venturosos ó menos desdichados que los presentes, sólo los actores que tomaban parte en la representación de la comedia política se interesaban verdaderamente por ella, ó mejor dicho, por ellos mismos; pero el público que presenciaba el espectáculo apenas le prestaba atención pasajera; y lo que es la multitud que llenaba el mundo, ni sabía la existencia del teatro, ni conocía á los actores, ni acertaba á deletrear el título de la comedia.
Como la piedra lanzada á un lago lleva hasta el último límite de su superficie los círculos de sus ondas; como el sonido atraviesa las capas atmosféricas repercutiéndose en las ondas sonoras hasta el infinito inapreciable á muchos oídos, llegaban al pueblo los acontecimientos políticos. Sentía el movimiento, percibía el sonido, pero ignoraba por completo la piedra que causaba el primero ó el ¡ay! que producía el segundo.
La Revolución francesa al declarar los derechos del hombre, haciendo á éste partícipe consciente de la vida de la humanidad, como el Nuevo Testamento le había antes dado equitativa participación en la vida eterna, hizo á todos los humanos actores del drama político, de la comedia social, del sainete de costumbres y aun de la tragedia religiosa: _Uno para todos y todos para uno_ es el lema moderno; socialismo práctico más infalible, más inevitable y más eterno que todos los sistemas teóricos de Prudhones y Smithes presentes y futuros.
La nueva ley social necesitaba un Nuevo Testamento, y ese Nuevo Testamento de la nueva ley social fué la _prensa periódica_. Por ella es hoy el hombre _ente social_, y _factor político_, y _miembro científico_ y parte integrante del todo humano.
El periódico, que ahorra el libro, por ser la síntesis pública é impresa de todos los libros; que da diariamente impresa la opinión ya concreta y condensada sobre todos los hechos, todas las ideas y todos los sistemas políticos, científicos, artísticos, literarios, morales, filosóficos y sociales; que ahorra el estudio, el tiempo, el trabajo intelectual previo para entender de todo, hablar de todo y juzgar de todo, es hoy, no ya la palanca de la idea, sino la idea misma, asequible por igual á todos los criterios y á todas las inteligencias.
Si la invención de la moneda ha hecho fácil y práctico para la gran masa humana el _pan nuestro_ de cada día indispensable para el cuerpo, así la invención de la prensa periódica ha dado al mundo el _pan nuestro_ de cada día para satisfacer las necesidades del espíritu.
Y como la eterna ley del progreso más se refiere al espíritu que á la materia; como la humanidad, al irse modificando á través de la historia y de las vicisitudes del planeta terrestre, ha modificado su esencia moral, sin alterar en nada su estructura física, puesto que el hombre y la mujer tienen hoy los mismos órganos, las mismas funciones fisiológicas y las mismas formas externas que Adán y Eva, sus primeros padres, claro es que la necesidad del _pan_ es igual para todos los estómagos humanos, como lo ha sido desde el pecado original, variando sólo según los progresos del espíritu las necesidades de éste.
Por eso durante muchos siglos el hombre resumió sus aspiraciones gritando en todos los tonos: _Pan y palo_.
Por eso los españoles gritaban en los albores del gran siglo XIX, como resumen de todos sus goces: _Pan y toros_.
Por eso, sin gritarlo, pero sintiéndolo en todos sus actos, en todos sus juicios y en todos sus deseos, el hombre moderno pide para vivir, como únicos factores de su existencia: _Pan y periódico_.
Siento corrérseme por los puntos de la pluma el deseo de hacer un estudio monográfico del periodismo, pero como otros ingenios más peritos que el mío en la materia lo han de hacer de seguro alguna vez, y como, después de todo, para mi novela sólo hacen falta algunas reflexiones que indiquen la importancia del periódico en la vida social moderna, me contentaré con aquellas que, por ser pocas y venir á cuento, no han de parecer extravagantes ni inoportunas en mi relato.
El hombre es eminente y fatalmente holgazán. Como se le dió hecho el mundo, lo tomó á beneficio de inventario, y así toma siempre todo lo que le dan hecho: la religión, las leyes, las costumbres y hasta las modas. Como rezan todos, así reza; como le mandan todos, así obedece; como lo quieren todos, así se viste. Si no fuera por las excepciones de esta regla general, por los cuatro ó seis hombres que en el transcurso de cada siglo dan un empujón, ó una sacudida, al mundo moral donde vegetan mil millones de seres humanos, él viviría hoy, como al principio del mundo, en paños menores, tumbado á la bartola debajo de las encinas y alimentándose de las bellotas que por su propio peso y buscando el centro de gravedad le cayeran en la boca, con cáscara y todo.
Convencidos de esa triste verdad
«los pocos sabios que en el mundo han sido,»
esto es, los pocos genios que han alumbrado con la llama imperecedera de su divina esencia los tristes derroteros de la humanidad, han dirigido siempre sus dichosas empresas y sus extraordinarias conquistas á dos objetos, á dos fines igualmente útiles y asombrosos:
1.º Ganar tiempo.
2.º Ahorrar trabajo.
Como la vida es corta, lo principal en todas las manifestaciones del espíritu, en todos los proyectos humanos, en todas las especulaciones de las ciencias, de las artes, de la industria, ha sido ganar años, ó mejor dicho, quitárselos á las labores largas, á los estudios prolongados, á los interminables preliminares.
Como el hombre es holgazán y de todas sus fuerzas la que mejor emplea es la de la _inercia_, la otra fase de los descubrimientos y del progreso á que han contribuído genios y sabios ha sido la de economizar el _sudor de la frente_ á los seres humanos condenados al trabajo eterno. Por eso sin duda la escala de Jacob no se sube por el hombre peldaño tras peldaño, sino á saltos, tragándose diez ó veinte de una vez, y quedándose quieto en el último recorrido, hasta que el empujón ajeno le hace subir, sin darse siquiera cuenta del impulso recibido, otros veinte ó treinta en la interminable escalera de su perfectibilidad.
Figurémonos, pues, lo que significa el empujón del periodismo en la escala del trabajo humano.
El periódico relata todo lo ocurrido, lo que ocurre y lo que puede ocurrir, sin que el lector se tome el trabajo de averiguarlo, de preguntarlo, ni casi de oirlo. El periódico formula la opinión, la ordena, la comenta y deduce las consecuencias del hecho, de la idea ó del fenómeno: le da por lo tanto al lector criterio, raciocinio y discurso: le facilita (ahorrándole tiempo y trabajo) el diagnóstico y el pronóstico de la enfermedad humana colectiva ó individual, al día, al minuto, al instante. Y más aún; el periódico es panacea de todos los males, solución de todos los problemas, realidad de todas las hipótesis, corolario de todos los axiomas; porque desde su punto de vista todo lo resuelve, todo lo practica y todo lo realiza, en participando de sus ideas, de sus doctrinas y de su lógica. El suscriptor ó lector de un periódico tiene bastante con leerle todos los días para saber lo que los más sabios, para pensar como los grandes pensadores, para pertenecer (sin esfuerzo ni trabajo propio) á la exigua falange de los que impulsan á la masa inconsciente de mil millones de seres completamente pasivos que pueblan el planeta terrestre.
Esta ilustración general omnisapiente á domicilio tiene sin embargo algunas contras; que algunas había de tener el universal beneficio que produce, y sin las cuales sería de seguro el periodismo, ó mejor dicho, la prensa periódica, la completa felicidad humana.
Entre esas contras de que hablamos, sólo una es pertinente á nuestro relato y sólo de ella hemos de dar cuenta á nuestros lectores. Como la opinión pública, de la que cada periódico se proclama y pregona exclusivo representante, tiene diariamente en cada población importante diez ó veinte ó cien órganos distintos que la representan, resulta que cada grupo de cinco, diez ó veinte mil almas... de cántaro se cree único eco oficial de esa opinión que á todos simboliza y á todos representa; y de esa divergencia diaria de _criterios_ individuales y agrupaciones sueltas nace un desconcierto de ideas capaz de hundir para siempre á la verdad, á la lógica y á la misma opinión pública, causa y efecto á un tiempo mismo de todas las aberraciones, absurdos é hipótesis constantes que constituyen el caos diario de nuestra moderna civilización.
_Tot cápita, tot sensus_, dice un proverbio latino, y si á él añadimos que hay muchas cabezas que no tienen ningún pensamiento propio, se comprenderá que es una gran ventaja para estos seres encontrarse por cinco céntimos diarios con una multitud de pensamientos formulados ya y todo, que pueden apropiarse y hacer pasar por suyos con toda la gravedad concisa de la soberbia humana. Á esta serie pertenecían dos de los principales personajes de nuestra historia, sin darse, por supuesto, cuenta de su inferioridad intelectual, y convencidos, por el contrario, de que todo cuanto leían en su periódico predilecto había sido pensado y hasta casi escrito por ellos y para ellos. Los dos seres de que hablamos eran de distinto sexo, y sus periódicos de distintos ideales políticos, aunque lo mismo los periódicos que ellos se distinguían por estar al unísono en una misma cuerda: la de la oposición furibunda á todo lo existente, la de incesante protesta á todo lo constituído.
Doña Bernarda, que no por verdadera fe religiosa, sino por despecho rutinario, se había refugiado en las iglesias á llorar su terrible desengaño, pertenecía á esa colección de seres humanos tan perfectamente descritos por la admirable Pardo Bazán en _Una Cristiana_, que toman á Dios, á la Virgen y á los Santos por instrumentos de sus pasiones y los creen naturalmente ocupados en arreglar sus asuntos particulares á medida de sus deseos. Á ellos se querellan de sus dolores físicos y morales, y de ellos esperan el castigo de cuantos los han ofendido, como si el mundo hubiera sido formado sólo por ellos y para ellos, y como si ellos solos fueran los verdaderos hijos de Dios, creados á su imagen y semejanza y herederos de su gloria.
Doña Bernarda leyó una vez por casualidad, esperando en una sacristía la llegada de su confesor, un número de _El Siglo Futuro_, y tan de acuerdo con su espíritu encontró al órgano intransigente de los _neocatólicos_, que al salir de la iglesia pasó por una librería y se suscribió al periódico que había de ser en adelante guía de todas sus acciones y órgano de todas sus creencias.
Ya no pensó ni habló sino como los redactores de _El Siglo_, y dió por seguro que sólo con el triunfo de aquellas ideas estaría el mundo bien arreglado; y sus asuntos, por consiguiente, entrarían de una vez y para siempre á formar parte de la armonía universal que el triunfo político de la Iglesia había de dar en muy próximos días á todos los seres humanos.
Rispall, el mozo de oficios, ó criado universal, ú ordenanza de la fábrica, tenía también su periódico predilecto: el que más halagaba su holgazanería independiente; el que, defendiendo todos los derechos del pueblo, solía olvidarse con frecuencia de recordarle sus deberes; el que prometía también á sus suscriptores un inmediato arreglo social que, echando abajo todo lo existente, haría de la tierra el paraíso de los pobres y el infierno de los ricos.
* * * * *
Eran las siete de la mañana de un día de octubre del año de gracia de 1883, triste y nublado como lo son generalmente los del principio del otoño en los pueblos de Levante. Desde la oficina oíase el rumor de los obreros al entrar en la fábrica, y la péndola del reloj de pared del escritorio era el único ruido monótono que interrumpía el silencio de las oficinas. Los libros de comercio descansaban cerrados sobre sus atriles; las sillas y taburetes altos estaban aún separados de sus sitios, y todo indicaba la interrumpida tarea de la limpieza cotidiana. En una butaca de anchos brazos, tendido más que recostado, descansaba el activo Rispall con un plumero grande sobre los muslos y _El Porvenir_ sostenido por sus dos manos elevándole cerca de sus ojos, para ser leído con toda comodidad.
Su abstracción era completa, cuando entró por la puerta que daba al pasillo interior de la casa nuestra amiga doña Bernarda con _El Siglo Futuro_ en su mano izquierda y la derecha metida en uno de los grandes bolsillos de su delantal rayado. Colgaba de su cintura un llavero con muchas llaves de distintos tamaños y surcaban su frente las arrugas hondas que publicaban su carácter atrabiliario, dominado continuamente por una hipócrita conformidad, que en alta voz y en toda ocasión pregonaba, á los altos decretos de la Providencia.
--Nadie por aquí todavía...--dijo al penetrar en el despacho, creyéndose sola;--aún estará durmiendo el _usurpador_.
Así llamaba casi siempre la dulce católica al pobre Puig, como si la fortuna de que disfrutaba hubiera sido usurpada por él y no heredada legítimamente.
--¡Ojalá!--la respondió Rispall, levantándose con rapidez de la butaca en que se escondía y estrujando en la mano su periódico como si su lectura le hubiera excitado los nervios.--Si él se levantara más tarde, descansaríamos los demás ese tiempo. Pero desde que amanece no está uno tranquilo en ninguna parte. En cuanto el día despunta, ya da principio su tiranía. Recorre los talleres; investiga si han venido los obreros, regaña con los criados, amonesta á los dependientes, y hasta la toma conmigo, que soy el modelo de la actividad y el burro de carga de la fábrica. ¿Qué más Nerón, qué más Narváez que el principal?
--¿Y qué quiere usted, amigo Rispall? Hay que perdonar al prójimo sus flaquezas, según la doctrina cristiana--respondió Bernarda con un mohín más sarcástico que religioso.
--Estamos conformes, señora. Sus flaquezas, sus desgracias, sus errores, sus defectos, hasta sus vicios, si usted me apura, deben perdonarse al prójimo; pero lo que es sus millones, ¡nunca!
--No por rico deja de ser nuestro prójimo.
--¿Prójimo nuestro ese hombre? Buen prójimo te dé Dios. Los ricos no tienen prójimos nunca, señora. Todos los hombres son para ellos esclavos ó enemigos.
--¡Qué ideas tan demoledoras las del buen Rispall!--dijo sonriéndose amargamente el ama de llaves.
--Las de mi credo político; las únicas que han de salvar nuestra sociedad desgraciada y devolvernos nuestros derechos conculcados--que eso mismo decía el artículo de fondo del periódico que estrujaba en su mano izquierda, mientras con la derecha blandía el plumero á guisa de machete.--Soy republicano federal--continuó, alzando la voz--y fuí alcalde de barrio el año setenta y tres, cuando los míos mandaban. Si hubiese continuado aquella época feliz, ¡quizá sería hoy ministro!
--¡Ave María Purísima!--objetó entre dientes doña Bernarda.
--¡Toma! ¿Pues no fué mi compañero Alejandro Martín capitán de artillería á los dos años de haber caído soldado?
--Pero aquello acabó para no volver nunca. Fueron horrores del liberalismo llevados á su más alta y espantosa expresión. Del liberalismo, plaga más terrible que las de Faraón, azote de la humanidad y castigo de la Providencia por haber robado el poder temporal al Soberano Pontífice--que así decía aquella mañana el periódico que doña Bernarda oprimía contra su seno.
--¡El poder temporal, farsa! ¡El Pontífice, otro farsante, otro autócrata, otro rey absoluto más absoluto que Fernando VII! ¡Todos los monarcas son idiotas, todos los reyes infames, todos los amos tiranos! Por eso no puedo ver á estos patronos, á estos principales, que porque tienen en sus arcas todo el oro que nos roban, exigen que trabajemos sólo porque pagan nuestros servicios. ¡Vaya una exigencia!
--¡En cuanto á eso hay mucho que hablar!
--El hombre no ha nacido para trabajar. ¡Es libre, independiente!
--Pero la Biblia...
--La Biblia es otra farsa. La Biblia no habla nada del oro, del vil metal... ¡Maldito sea el oro... cuando le tienen los demás!... ¡Maldito sea el trabajo... cuando le tengo yo! Esos son mis principios políticos y religiosos. ¡Abajo los tiranos, sean los que sean y vengan de donde vengan!
--Si le escuchara á usted mi hermano, ya le respondería lo que hace al caso. Benito no tolera tales exageraciones.
--Porque D. Benito es un ángel, doña Bernarda. Porque su hermano de usted está de _non_ en el mundo. Ese es el amo que debíamos tener, ese el principal de la fábrica, y no el que tenemos por chiripa. D. Benito es afable, es indulgente, es tolerante. Si él fuese el jefe..., todos seríamos dichosos, todos, desde el primero hasta el último.
--Los juicios de Dios son incomprensibles.