Si yo fuera rico! Novela original
Part 14
--No sería hombre, y no estaría sujeto como tal á las debilidades de la especie humana, si no me alegrase. Sí, me alegro de que todos cuantos me juzgaban mal caigan en mis mismos errores, si por tal deben tenerse, y sufran las mismas injusticias y los mismos malos ratos que me hicieron sufrir con sus malos juicios y peores pensamientos. Á nadie excluyo: todos en general y cada uno en particular me ofendieron, me criticaron y me desconocieron. Tu padre, más que todos y que era el más obligado á conocerme más y á tratarme mejor, tu aborrecible tía doña Bernarda, tu D. Ramirito..., tú misma...
--No, padrino, no; en cuanto á mí no tiene usted razón ninguna para no juzgarme bien y para querer vengarse de mí. Yo no acusé á usted nunca de tirano, ni para mí ni para con los míos...
--Eso lo sé, y sentiste además la pérdida de mi fortuna; lo recuerdo perfectamente y me complazco en hacerte esa justicia.
--Yo siempre le juzgué á usted bueno y generoso, cuando los demás le tenían por avaro y exigente: cuando todos maldecían el despótico rigor con que usted, según ellos, trataba á todo el mundo, yo protesté siempre de la injusticia con que le trataban, y con terquedad impropia de mis años y con profunda convicción ajena á mi carácter superficial de chiquilla á la moda, sostuve contra todos, y en particular contra los míos, que era usted el mejor hombre del mundo: comedido y tolerante como jefe; leal y considerado como amigo, y digno por todos conceptos de la obediencia y del cariño de cuantos estaban á sus órdenes. Si todos ellos, por envidia ó poco talento ó perversidad humana, le juzgaron mal, y yo fuí la única que le dí la razón en todo, ¿por qué he de pagar hoy culpas que no he cometido nunca? ¿Por qué usted, que siempre ha sido bueno y generoso con todos, quiere hoy ser injusto y cruel conmigo, y se alegra, como si yo lo mereciese, de todo el mal que pueda sobrevenirme?
--Tienes razón, niña mía: perdóname y no temas que pueda sucederte nada malo. Yo velo por ti; yo no dejaré que nadie te moleste ni te mortifique, y yo te juro, sin que pueda decirte hoy más, porque me lo vedan causas que tú no puedes comprender, que puedes siempre contar conmigo, que te quiero como si fueras mi propia hija y que nada tienes que temer de nada ni de nadie mientras yo esté en el mundo.
--¡Ahora le entiendo á usted menos!
--Quieran ó no, yo les haré entrar en razón, y tú no perderás nada.
En esto se oyó fuera de la oficina un estrépito desusado: voces, gritos, algún que otro juramento, y repentinamente aparecieron, encarnado como un tomate y pálido como un muerto, Rispall primero y Benito después.
--Silencio, niña: es tu padre; observa y calla; ¡ten prudencia y aprende!
Así dijo D. Juan á Lucía. El primero se sentó, afectando la mayor indiferencia, en su sillón de vaqueta, y la segunda se retiró al quicio de uno de los balcones.
Rispall, empujado por un vigoroso empellón de Benito, llegó hasta el centro del escritorio con la escoba en la mano.
--¡Pero, señor, esto es inaudito!...
--¡Silencio! ¡Á callar y á barrer! Ya lo he dicho hoy tres veces: ¡Aquí no hay ya más holganza ni más sopa boba!--dijo fuera de sí el Sr. de Bonet.
--¿Pero es que quiere usted que forme la escoba un tercer brazo de mi individuo? ¿Y la dignidad humana? ¿Y el decoro?
--¡Pues barre con dignidad y con decoro hasta que se rompa la escoba!
--¡Esto es una arbitrariedad ridícula!
--¿Qué dice este bruto?
--¡Que yo no quiero ser un esclavo sin vergüenza; que no soy ningún negro; que no soy barrendero crónico; que tengo mis opiniones políticas; que soy un hombre libre; que por el sufragio universal soy tan ciudadano como el primero, y que si me viera en situación tan humillante, renegaría de mi abyección todo el partido republicano! ¡Eso es lo que tenía que decir, y eso es lo que quiero que conste!
--Y en eso tienes razón que te sobra; y constará--dijo Puig conteniendo su risa y con la mayor sangre fría.
--¡Cómo! ¿También tú?--dijo Benito, encarándose con Puig y no comprendiendo el tono burlón con que había hablado á Rispall.
--¡Hombre..., le tratas de un modo tan humillante! ¡Abusas de tal manera de tu poder con un elector influyente y con un hombre político!...
--¿Pero es que te has propuesto meterte en todo? ¿Es que vas á erigirte en fiscal intempestivo de todas mis acciones?
--¡Es que me parece justo defender á este pobre muchacho!
--¡Pues tú bien le llamabas antes haragán y ridículo y estúpido!
--¡Y tú le defendías siempre que yo me enojaba con él por sus torpezas ó sus barbaridades ó sus insolencias!
--Pues si tú lo tolerabas, yo no quiero tolerarlo. ¡Clarito! Esa es la diferencia de ayer á hoy. Aquí nunca ha habido un amo; desde hoy le hay, y duro y enérgico é inflexible...
--Con todo, yo... debo decirte...
--¡Tú á tu caja, y no me vengas con consejos que nadie te pide!
--¡Pero, papá, por Dios!...--dijo Lucía acercándose á su padre, sin ver el estado de exaltación creciente en que iba estando Benito, ni notar las señas imperceptibles que la hacía Puig, para que no temiese, ni se mezclara en aquella escena.
--¡Benito, poco á poco!... Mira lo que dices.
--Ya está dicho: aquí todo el mundo ha de callar, trabajar y obedecerme. Los dos somos viejos, y ya sabe cada uno lo que debe hacer, sin necesidad de cirineo. Así pues, limítate á tu ocupación y no me vengas con músicas.
--Repara primero...
--Nada tengo que reparar. Aquí el que no trabaja, me roba... Conque así...
--Puedes buscar cajero desde este instante.
Profundo silencio siguió á estas palabras. Se levantó Puig de su asiento; cerró el libro mayor que estaba abierto en el atril; bajó la tapa del pupitre, le cerró, y cogiendo el llavero donde estaban las llaves de la caja, que aún no se había abierto aquel día, se las entregó á Benito, que le miraba estupefacto, pero cada vez más pálido y desencajado.
--¡Ea! Aquí tienes las llaves. Haz el balance y el recuento con quien quieras, y no me vuelvas á ver en toda tu vida.
--Tú te vas por tu gusto y tu capricho. De aquí nadie te ha echado, y por lo tanto yo no soy responsable de lo que suceda.
--Aquí no sucede nada, sino que no me acomoda sufrirte más y no te sufro. Que en cualquier parte puedo ganar el sueldo que me das, y que no habrá nadie que se crea con derecho para tratarme de manera tan humillante.
--¡Falso, falso! Yo no te he tratado mal; tú eres el que me ha faltado, y yo no te he despedido.
--Adiós, Sr. de Bonet. Sea usted dichoso y tome usted las llaves...
--Y aquí tiene usted la escoba--dijo Rispall con la melodramática entonación de un rey que abdicara su corona y entregara su cetro al mismísimo Senado, dejándola caer al pie de la mesa grande.--Yo me voy con usted, Sr. D. Juan, una vez que aquí se desconocen mis servicios y se me insulta y escarnece. Me llevaré el plumero, porque ese al menos no es un mueble tan deshonroso como la escoba.
--Gracias, Rispall, gracias; pero no te necesito y puedes ahorrarte la molestia de acompañarme. Cuando yo te llamaba holgazán y te hacía limpiar, tú solías responderme que si D. Benito fuera el amo no te trataría tan mal como yo. Él es el amo; ahí le tienes, quédate con él y barre hasta que se te caiga la mano.
--¿Y va usted á abandonarme en esta situación?--dijo Lucía á Puig, saliéndole al encuentro antes de que transpasara los umbrales de la puerta y de modo que su padre no pudiera oirla.
--Ya te he dicho que nada temas--la respondió éste abrazándola y en voz apenas perceptible.--Calla, confía y espera.
--¡Todos rebeldes, todos ingratos!--decía Benito, rugiendo de coraje y mordiéndose los puños.--¡Mejor..., que se vayan! Yo quedaré solo en mi puesto cumpliendo con mi deber y no dejándome insultar de nadie.
Sordo murmullo estalló en el patio central de la fábrica. Puig, que ya transpasaba el umbral de la puerta grande del escritorio, volvió adentro; y Lucía, separándose repentinamente de los brazos de su padrino, se dirigió al balcón y le abrió de par en par. Entonces la gritería aumentó de un modo terrible, al mismo tiempo que doña Bernarda, no muy embellecida todavía por el tocado matutino, se presentaba temblando de indignación y roja de cólera.
--Pero, hermano, ¿qué es esto? ¿Qué es lo que has ordenado en tus arrebatos furiosos?
--¿Tú también vienes á insultarme y á volverme loco?
--¡Temo un atropello..., un horror!
--Pero ¿qué sucede?--dijo Puig, con acento enérgico y como disponiéndose á intervenir en el conflicto que preveía.
--¡Acaba de hablar con mil de á caballo!
--Que hay un motín en la fábrica. Que dicen que has aumentado las horas de trabajo, sin aumentar los jornales...
--¡Cierto, eso he hecho porque me parece justo!
--¡Y todos se van! ¡Y se declaran en huelga!
--¡Bien hecho, ciudadanos! ¡Mueran los burgueses!--gritó Rispall desde la puerta.
--¡Todos fuera!, ¡que se vayan todos!, ¡yo no necesito á nadie!--gritaba Benito como un energúmeno.
--Pero, hermano, repara lo que dices, reflexiona lo que haces.
--¿Pero no has comprendido, infeliz hermana, que esto no es un hecho aislado y sin importancia? ¿Ignoras que esto es una rebelión completa, amasada sin duda por algún infame, atentatoria no sólo á mi fortuna, sino quizá también á mi vida? Tú misma ayer la primera, luego el inepto Ramirito, mi constante amigo y compañero Puig, mi hija, ese mismo imbécil de Rispall que da mueras á mi persona desde mi misma casa; todos, todos contra mi opinión, contra mis justas órdenes de economía, de orden y de trabajo, convierten la fábrica en un infierno.
--¡Pero si es que tu fisonomía es otra! ¡Si es que tus ojos son de fiera, y tus palabras de demente furioso!
--¡Ni el czar de Rusia está más espantoso!--añadió Rispall.
--¡Papá, por Dios, serénate! Asómate al balcón; habla á esos hombres que vociferan contra ti, que gritan como furiosos...
--¡Todo el que no esté conforme con lo que yo dispongo, que se vaya, y que me deje y no vuelva nunca! ¡Afuera, afuera todo el mundo!
--Esto es inútil... ¡Vámonos todos! ¡Muchachos, á su casa cada cual!--dijo Puig asomándose al balcón y arengando á la multitud amenazadora.--Mañana por la mañana temprano enviad una comisión y hablaremos. Ahora, orden, silencio y todo se arreglará.
Los amotinados cesaron en sus voces como por encanto, y fueron desfilando poco á poco, que era sin duda lo que quería Puig. Ganar tiempo y apaciguar si era posible antes del nuevo día á su furioso amigo. ¡Ilusión engañosa! Benito seguía echando espuma por la boca y con los ojos casi fuera de sus órbitas.
--¡No hay nadie que resista á mi voluntad! ¡Yo soy el amo!
--¡Pero atiende á la razón, hermano!
--¡Y las mujeres no tienen nada que hacer aquí! ¡Á obedecer y á callar!
--¡Cómo! ¿De esa manera nos tratas?
--¡Y Dios os libre de que me resistáis!
--¡Pues, hermano mío, lo siento mucho! Para servir de criada á un loco, y para que me maltrate hoy de palabra y mañana de obra un amo tan bravío y tan salvaje, en cualquiera parte encontraré donde ganar el sustento con mi trabajo. ¡Desde este momento puedes buscar quien te sirva, que yo no sirvo para esclava!
--¡Bravo, doña Bernarda, eso es portarse dignamente!--dijo Rispall con entusiasmo.
--¡Me alegro, así te perderé de vista cuanto antes!
--¡Papá, por Dios!...
--¡Y tú, vete también con ella, fuera de mi casa!
--Cuando atropella á su hija, ¿qué no hará con todos nosotros?
--¡Papá..., mira lo que dices!
--¡Afuera, afuera todo el mundo!
--Ven, sobrina, ven; tu padre está loco y no debemos permanecer ni un solo momento á su lado. ¡Sería capaz de matarnos!
--¡Adiós, Benito! Dios te ilumine y te tranquilice--dijo Puig, dirigiéndose á la puerta.
--¡Muera el tirano!--gritó Rispall, queriendo asomarse otra vez al balcón.
Pero encontró en su camino á Puig, que dándole un puntapié le hizo salir á escape del escritorio apagando su entusiasmo revolucionario.
--¡Qué barbaridad! Usted se ha equivocado sin duda.
--Sí, han debido ser dos; pero descuida, que tiempo habrá de darte el otro, si vuelves á pronunciar otra palabra, ¡imbécil!
--¡Adiós para siempre, hermano! ¡Hasta nunca!
--¡Papá, papá!
--¡Afuera, afuera!--gritaba Benito en el colmo del furor.
Y todos, huyendo de la habitación, salieron sollozando, gritando ó jurando, mientras Bonet caía sin fuerzas sobre un sillón, quedándose absolutamente solo; y mientras, se oían á lo lejos los gritos de los obreros que repetían furiosos: «¡Mueran los burgueses, abajo los patronos!»
[Ilustración]
[Ilustración]
CAPÍTULO XIII
EL INCENDIO
Era la una de la noche. Un viento sudoeste, no muy violento, pero sí persistente, arrastraba las hojas de los árboles por la Rambla. Apenas un transeunte trasnochador cruzaba de tarde en tarde por alguna calle extraviada. La luz de los mecheros de gas oscilaba impulsada por el aire, y todo dormía en calma en la capital del Principado.
Al mirar herméticamente cerradas aquellas puertas, en alguna de las cuales se apoyaba algún sereno ó vigilante soñoliento, nadie hubiera adivinado que pertenecían á un café concurrido, á un comercio lujoso ó á una tienda de modas. De tarde en tarde se oían las palmadas de un vecino y el golpe del palo en el suelo con que le respondía el sereno. Era la hora del descanso de la ciudad, del sueño de sus habitantes.
Pero de pronto, rompiendo el monótono silencio nocturno, oyóse un silbido estridente; y como si sólo se hubiera esperado esa señal para un plan convenido, pronto repercutieron en el espacio otro igual y otros después y mil luego, que en diferentes direcciones y con desigual sonido llenaron la atmósfera con sus desentonados ruidos. Á poco comenzaron á correr algunos hombres por las calles principales, y luego otros que en confuso desorden corrían y se atropellaban, disputándose la gloria de dejar atrás á los que les precedían. Á lo lejos y por entre casas y tejados comenzaba á percibirse una columna de humo que tardó muy poco en ser reemplazada por un resplandor rojizo, seguido de chispas mil que iluminaban el espacio, semejando una lluvia de menudas estrellas ó las últimas vueltas de una gigantesca rueda pirotécnica.
Muchos curiosos abrieron las ventanas de las casas y se quedaron en ellas contemplando el movimiento de las calles: otros, más decididos ó más curiosos aún, vestidos de cualquier modo, se lanzaron á la corriente, siguiendo á los que parecían saber adónde se dirigían, y una multitud cada vez más compacta invadió el barrio donde estaba situada la fábrica de Bernaregui.
La señal general de alarma se había dado muy tarde. Necesariamente hacía lo menos dos horas que había estallado el incendio, á juzgar por el incremento que éste había tomado y por el número de los que ya habían acudido á sofocarle. Pertenecían á este número en primer lugar los dueños y habitantes de la casa, y después los vecinos de todas las inmediatas, y luego todos los operarios y obreros de la fábrica, que apenas se habían enterado de lo que ocurría, en mangas de camisa los más y mal vestidos los restantes, habían acudido decididos y valientes á sofocar un incendio que podía dejarlos por mucho tiempo sin trabajo, y de resultas sin medios de subsistencia. ¡Era su fábrica la que ardía!
Las más absurdas patrañas circulaban de boca en boca. Quién aseguraba que el fuego había sido motivado por un petardo; quién que hacía tres días que estaban ardiendo unos pies derechos sin que nadie lo hubiese advertido: unos atribuían la catástrofe á una mano criminal, otros al dueño del establecimiento, que por tenerle asegurado esperaba consolidar su fortuna comprometida en empresas arriesgadas, y cuál más cuál menos contribuía con la propagación de tales absurdos á la calumnia y á los despropósitos.
La verdad no era aún conocida sino de muy pocos, y por lo natural y sencilla hubiera sido rechazada por las imaginaciones impresionables, ávidas siempre de dar á los hechos más triviales proporciones desmedidas y melodramáticas.
Hecha, como todas las noches, la requisa acostumbrada, el gasómetro había quedado abierto, por uno de esos descuidos tan comunes como inexplicables: uno de los dos mozos que estaban de patrulla quiso penetrar en la habitación, hostigado por un presentimiento de que ni él mismo podía darse cuenta, y en vez de llevar, como estaba ordenado por el ingeniero, una lámpara de seguridad Davis, entró en ella con un farol de aceite. El cuarto estaba saturado de gas y enrarecida, por lo tanto, la atmósfera: la llama del farol inflamó el gas, y se produjo en el acto una terrible explosión, por lo que quedó muerto el pobre guarda, portero al mismo tiempo de la casa. Á la terrible detonación se habían desplomado dos tabiques, se había roto un sinnúmero de cristales y se había resentido toda el ala derecha del edificio. El espectáculo era terrible, pero hermoso. Los ingenieros no habían llegado aún: los operarios trabajaban con fe, con ahinco, con rabia, pero sin concierto, sin dirección. Un señor desconocido cogió una bocina y empezó á dar órdenes á su capricho. Sin duda comprendió que lo más esencial era localizar el fuego antes de proceder, como ya habían empezado á hacerlo los obreros, á desocupar los almacenes de la izquierda, pues en los de la derecha era donde el incendio estaba haciendo ya sus estragos. Desocupar éstos hubiera sido expuestísimo por amenazar hundirse pronto el pavimento. Si esto hubiera ocurrido en el acto era probable la extinción del incendio, pues tantos fardos como en él había y los escombros del piso hubieran sido bastantes á apagar las llamas que hasta entonces estaban circunscritas á las paredes del cuarto del contador del gas. Pero no era posible esperar aquel hundimiento, con tanta más razón, cuanto que el incendio había empezado á propagarse hacia la galería de la casa, cuya pared medianera lamían ya las llamas.
Un piquete de bomberos, las bombas del distrito y las de la sociedad de seguros donde estaba inscrita la fábrica, cincuenta soldados con un capitán, los dos ingenieros industriales de la casa, el arquitecto municipal, el teniente alcalde, el gobernador de la provincia y un piquete de guardias civiles, amén de varios municipales y guardias de seguridad pública, componían el total de las gentes que habían acudido á las repetidas llamadas de los pitos, sin contar con la multitud de curiosos más ó menos atrevidos y más ó menos filántropos que invadían los alrededores, estorbando el paso y perjudicando la libre circulación.
Obreros y operarios rivalizaban con los bomberos en valor y trabajo, si no en maestría. Á una voz que gritó: «Abajo la pared medianera,» siguieron otras que decían: «¡Fuera, fuera!,» y á los pocos momentos caía sobre la tierra lo que de la tierra había salido: piedras, barro, ladrillos, yeso: todo negro, todo humeante, todo candente, produciendo en su rápida caída un humo espeso, mezcla de polvo y llamas, que cegaba la vista y ensordecía los oídos.
Apenas derribado el paredón, se precipitó sobre la galería una densa y obscura nube de humo, que á los cinco segundos estaba convertida en imponentes y azules llamaradas. El calor se hacía insoportable en el patio central: los hombres trabajaban con más bríos, pero con menos fuerza: el hombre de la bocina gritaba: «¡Relevarse; los que están sacando al patio los fardos, que suban ahora al tejado!,» y los obreros obedecían como soldados; los soldados trabajaban como obreros, y los bomberos como héroes de la antigüedad, como gigantes, como Hércules.
El gobernador y el teniente alcalde, que estaban en el centro del patio, asentían á las órdenes del de la bocina; sólo el capitán de ingenieros dijo por dos veces que á él le parecía que allí no se hacía nada y que se dejaba un camino franco á las llamas para que se apoderaran de todo el edificio.
¡Agua y más agua, brazos y más brazos! Ya se había desplomado el piso del almacén con todos sus efectos, que ardían á más y mejor. Tres tabiques habían sido echados abajo por los bomberos y dos por las llamas, y éstas no cedían: habían penetrado ya en la sala de las máquinas. Por fortuna los telares estaban en el fondo del segundo patio, y el gran depósito de balas de algodón, donde acababan de instalarse hacía escasamente una semana más de quince toneladas para sufrir la primera carda, parecía estar completamente á cubierto del voraz elemento.
De repente de entre un grupo de cíclopes apareció un fantasma envuelto en llamas y gesticulando, roja la cara, rojo el traje, roja la barba, como el Mefistófeles de la ópera, como el Boccacio de la zarzuela.
Todos los ojos se fijaron en él, absortos y aterrados, como si de aquel hombre dependiera la vida de todos; como si tuviera en sus manos por misterioso decreto de la Providencia la dirección de la catástrofe: un silencio sepulcral sucedió, repentino y solemne, á los gritos, á las vociferaciones, á los ruidos de piqueta y azadones. ¿Quién era aquel hombre? ¿Qué decía?
Aquel hombre era el maquinista, que llegándose al de la bocina y arrebatándosela de las manos, gritó jadeante con toda la fuerza de sus pulmones:
--¡La máquina grande está cargada; el agua hierve; va á estallar!
Paralizáronse todos los brazos; inmutáronse todos los semblantes, como si las fuerzas de todos se hubiesen agotado en un segundo, como si de un solo golpe y por modo sobrenatural y prodigioso se hubiesen concluído en aquella masa heterogénea, á un mismo tiempo y de un solo golpe, la serenidad, la fuerza y el valor.
Á pesar del color rojizo de la atmósfera, todos los semblantes se tornaron lívidos, amarillos. El estupor de aquella multitud no impedía á su razón comprender que era preciso, inminente, tomar una resolución rápida y salvadora. Nadie, sin embargo, se atrevía á llegar á la máquina, nadie á lanzarse á la válvula salvadora. El bronce estaba ya candente; el riesgo aumentaba á cada segundo, y todos se hacían, sin atreverse á formularle en voz alta, el siguiente dilema: Ó huir abandonando la fábrica á su total ruina, ó morir allí diezmados, quintados los más valientes, sin posibilidad de éxito, ni salvación humana; porque es indudable, los que no hubieran perecido mortalmente heridos por los mil proyectiles que lanzaría al espacio la máquina al estallar, hubieran muerto entre los escombros, porque no resistiendo los muros cuarteados el tremendo estallido, unos antes y otros después se hubieran ido desplomando sobre todos.
Algunos retrocedieron de los puestos donde estaban, otros quisieron apelar á la fuga, pero se encontraron con una muralla viviente que los cerraba el paso, y unos y otros se miraban consternados como pidiéndose mutuamente una idea salvadora que los tranquilizara de repente, como de repente se habían visto aterrados por el peligro. En aquella vacilación, en aquella duda, en aquel pánico, nadie se atrevía á dictar una orden, á tomar una medida, á realizar un acto más ó menos desesperado, pero que estuviera á la altura de las circunstancias, de aquellas circunstancias que duraban ya quince ó veinte segundos, la nada en el tiempo, y que parecían haber durado veinte siglos.
Un ruido análogo al de cien locomotoras partiendo simultáneamente de una estación, pero inmenso, imponente, aterrador; ruido semejante al que produce la lava de un volcán al salir del fondo de su hirviente cráter; ruido parecido al de las aguas al despeñarse por las montañas con la fuerza de la catarata del Niágara, pero no seco, no estridente, no ensordecedor, sino prolongado, viviente, humano, hizo adivinar á aquella multitud aterrada que la válvula había sido abierta, y que por lo tanto el peligro quedaba reducido á que la máquina se fundiese como plomo.
¿Qué había sucedido? Nadie pudo explicárselo entonces; pero el hecho inexplicable pronto corrió de boca en boca, como habían corrido una hora antes los absurdos acerca del origen del incendio, y pronto tomó el acontecimiento la sublimidad de un poema.