Semblanzas literarias

Part 9

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Mas á esta arpa vibrante y sonorosa, henchida de profundas notas, le falta, como á la de Quevedo, una cuerda más dulce y armoniosa que ninguna, la cual acompaña el cántico de sus hermanas con triste y melancólica voz: la cuerda del sentimiento. Valera carece de sentimiento, carece de emoción. Detrás de su risa, quizá se esconda un pensamiento noble, un juicio recto y sereno, nunca se encontrarán lágrimas.

No se vislumbra un rayo de fe, de esa fe que engendra el heroísmo, el amor eterno y el desapego de la vida. Sólo se ve una concepción clara y positiva de la existencia, un buen sentido inalterable, una realidad perfecta.

No hallaréis en las obras de Valera expresada la idea de la trascendencia y de lo absoluto. Todo es relativo, todo es fenomenal, todo es mundano en sus concepciones. Con cierto menosprecio aristocrático detesta la vida humilde y popular, la virtud media, las alegrías y las tristezas de las gentes sencillas. Le cautivan en cambio los trabajos vivos y apasionados que se realizan en los espíritus más altos, le preocupan sus vacilaciones, sus luchas y sus desgracias.

Aquí ya encuentro un poco exclusivo al Sr. Valera. No le aconsejaré que como Zola vaya de taberna en taberna recogiendo malas palabras y peores acciones; que no son dignos en verdad esos lugares de que un tan cumplido caballero los visite. Pero sí me atreveré á indicarle que Goethe, padre natural y legítimo del género que con tan buena fortuna ha introducido en nuestra patria, ha derramado siempre los tesoros de su fantasía en las moradas más humildes y en los corazones más sencillos. No se olvide el ilustre novelista de ponernos en contacto con seres semejantes á nosotros. Cuanto más semejantes, más nos inflamarán sus alegrías, más nos enternecerán sus desdichas. Alambicando los caracteres, como alguna vez lo hace, y separándolos demasiado del común de las gentes, empezamos á mirarlos con recelo, sospechamos que no piensan tales cosas como el autor dice, y llegamos á creer que quieren darse tono. Esa incesante meditación fatiga y seca el alma. Yo creo que hay algo en este mundo que se debe derramar de cuando en cuando. Sr. Valera, ¿por qué no nos hace usted derramar alguna lágrima? ¿Por qué alumbrará usted tanto y calentará tan poco?

Mire usted, Sr. Valera, yo he tenido una novia, aunque me esté mal el decirlo, y me pidió una novela, y yo le di una de las que usted escribió, y á los pocos días me la volvió diciéndome que no le había gustado, lo cual me causó mucho disgusto, porque me di á pensar que el dueño de mi corazón era tonto. Después reflexioné más, y me convencí de que el tonto era yo, es decir, usted, que no había sabido darle gusto. Porque á usted, á quien todo se le alcanza, no debió escapársele que mi novia iba á leer sus novelas. Y entonces, ¿por qué no las ha escrito de suerte que le gustasen, vamos á ver, por qué?

No todos me comprenderán, pero usted, que tiene tantísimo talento, sabrá perfectamente que hay un problema estético detrás de esa pregunta.

Mas si no logra dar solución á este pavoroso problema (como diría un orador del Ateneo), si no triunfa de las mujeres, en cambio, á todos los que ceñimos nuestras sienes con el laurel de un título académico, bien sea el de abogado, farmacéutico, perito agrimensor, etc., etc., nos tiene materialmente hechizados. Todos, todos convenimos en que Valera es un novelista profundo, intencionado, ameno y sabroso cual ningún otro en nuestra patria. Un ingeniero agrónomo que ha viajado mucho, asegura que no lo hay tampoco mejor en Europa y en América. Cuando hablamos de su lenguaje, los abogados, ingenieros y farmacéuticos, no encontramos calificativos bastante lisonjeros. El lenguaje no es, como se dice, patrimonio del hombre: es patrimonio de Valera. Yo tornaría á describir nuevamente este lenguaje clásico y romántico á la vez, si tuviera seguridad de encontrar quien me oyese. Porque lo que es en este momento, francamente, no se me ocurre más sobre el Sr. Valera.

II

La religión, cosa muy santa y muy digna de que los hombres la tomen por lo grave, puede ser trasformada, merced á ilusiones fantásticas y quiméricas imaginaciones propias de la edad juvenil, en un verdadero libro de caballerías. Así como en la edad madura el hombre se aplica á convertir en sustancia cuanto se halla dentro del radio de su horizonte moral y sensible, solidificando, por decirlo así, el ambiente que le rodea, del mismo modo el joven cifra su empeño en convertir en flúido imponderable, en humo, en nada, cuanta sustancia miran sus ojos y tocan sus manos.

El mundo gaseoso que todos hemos habitado por mayor ó menor lapso de tiempo, está impregnado de una pasión omnipotente, pero oscura y arcana aun para el mismo que padece sus efectos. La naturaleza, la religión, el arte no nos hablan más que un lenguaje indefinible y dulce. El alma no toca á la alegría y la tristeza, sino que alternativamente se anega y se revuelve en ellas con extraña violencia. Un vapor sutil é interno sube del corazón al rostro movido por una palabra, por un soplo, y lo enrojece. El sacrificio nos causa dulzuras inexplicables, la soledad nos arrastra con poder irresistible, la meditación es sueño, el sueño es alucinación.

Todo es furtivo y vago en esta edad, pero ardoroso y excéntrico. Los sentimientos dentro de nuestro ser se dilatan y amenazan romper su molde. El fuego de nuestra alma va haciendo presa en ellos y devorándolos todos hasta que llega á uno ante el cual se detiene. ¿Qué sentimiento es éste cuyo poder reconoce nuestro espíritu al cabo, y al cual ofrece en holocausto todos sus pretéritos sueños y fantasías?

Esperad un poco; Valera nos lo va á decir.

Era D. Luis de Vargas un joven de veintidós años de edad, «muy salado, con mucho ángel y con unos ojos muy pícaros», aunque seminarista. Confieso que éste _aunque_ que acabo de estampar tiene cierto sabor herético. Estoy admirado de lo fácilmente que se cae en la herejía cuando no está uno prevenido.

A los veintidós años, como ya tuve el honor de indicar, se tiene siempre algún romanticismo en la cabeza. Este _siempre_ me parece ahora algo benévolo, pero lo dejo porque no me gusta andar en distinciones. El romanticismo de D. Luis era el _amor divino_, con su cortejo de trasportes místicos, escrúpulos, desprecio de los bienes terrenales, conversión de infieles, etc., etc.

Era un niño muy teólogo que rezaba y pensaba mucho y que lloraba en el silencio de la noche al oir los acordes de la guitarra rasgueada por un campesino enamorado.

D. Luis, que había ido por algunos días á su pueblo antes de recibir las órdenes mayores, á las cuales se avecinaba, escribía luengas cartas á su tío el deán de la catedral de..... En tales cartas desahogaba el tonsurado mancebo con gran discreción los profundos y sutiles afectos que bullían en su alma. Levanta suavemente á vista del lector la cortina á un mundo de pensamientos vagos y aéreos, á una serie de cavilaciones laberínticas y exageradas que muestran bien en claro el estado de confusión de su espíritu. Sin embargo, una frase tenue, casi imperceptible se añade pronto á esta sinfonía ascética que D. Luis hace sonar en sus epístolas; el nombre de una mujer. Esta frase se oye más clara y más distinta en cada nueva carta; va _crescendo, crescendo_, hasta que se convierte en tema principal. ¡Qué arte tan admirable despliega aquí Valera! No es posible mayor delicadeza ni un conocimiento más perfecto del corazón humano.

El deán advierte la nueva fase que presenta la mística de su sobrino, y le aconseja que se aparte del peligro si no quiere caer en él, ó lo que es igual, que pierda de vista cuanto más antes á Pepita Jiménez. Son de leer entonces los intrincados razonamientos y agudezas del mancebo para convencer á su tío y convencerse á sí propio de que la corriente de sus ideas marcha siempre por el cauce del amor divino. Aunque no fuese más que para aguzar el ingenio, convendría que todos estudiásemos un poco de teología. Mas ¡ay! que la teología, _fuerte contra Dios_, como Israel, es débil contra una viuda de veinte años. Toda la teología de D. Luis de Vargas viene al suelo reducida á cenizas, como una momia que se sacude, al estrechar la mano de Pepita Jiménez. El sobrino de su tío siente discurrir por sus venas una idea dulce y heterodoxa. Todavía habla de áspides y serpientes que es preciso aplastar; todavía cita textos de la Escritura y se compara á Holofernes y al corzo sediento, y exhala quejas como el Salmista, pero utiliza la Biblia también para llamar á su amante fuente sellada, huerto cerrado, flor del valle, lirio de los campos, paloma mía y hermana.

Cuando el atribulado joven pide á Dios con acento lastimero que separe de sus labios el cáliz de la amargura (Pepita Jiménez), los del lector no pueden menos de contraerse con una sonrisa de asombro, de tristeza y de burla.

Concluyen las cartas de D. Luis y con ellas la primera parte de la novela.

En la segunda, titulada _Paralipómenos_, se narra con cierto intencionado ensañamiento la tremenda caída de D. Luis desde la cumbre de su imaginario ascetismo. Pepita se prenda frenéticamente del seminarista y le da á entender su amor por todos los medios conocidos hasta lo presente. D. Luis vacila como un santo llevado sobre andas en día de procesión. El amor divino y el amor humano riñen encarnizada batalla dentro de su alma. Toman parte por el amor divino ciertas consideraciones sociales, á saber: la reputación de santo ganada por D. Luis, y de la cual, como de todas las reputaciones, cuesta mucho trabajo desprenderse; la sorpresa dolorosa del deán al saber su repentina caída, ídem la del obispo que había recomendado con mucho encarecimiento la solicitud de dispensa, ídem la del Sumo Pontífice, que la había concedido en gracia de las relevantes cualidades del candidato. Favorecen al amor humano, su padre D. Pedro, que se hallaba enterado de todo por su hermano el deán; Antoñona, servidora leal y habilidosa de Pepita, y la desesperación de ésta, que no comía, ni dormía, ni sosegaba por culpa del arisco teólogo. Las fuerzas de entrambos contendientes, como se ve, están equilibradas.

¡Pero qué desalmado y maquiavélico es el Sr. Valera!

Sin más ni más se pone de parte del amor humano, y prepara al infortunado D. Luis una emboscada tan cargada de lazos y peligros que no hay santo en el Calendario que supiera escapar á ella. Antoñona, pintando y aun exagerando á D. Luis el estado de tristeza de Pepita, le arranca la promesa de ir á verla antes de su partida, decretada por él mismo para el día siguiente.

Y el Sr. Valera, digo Antoñona, señala para la cita la hora más comprometida del mundo; las diez de la noche. Era una noche serena y perfumada de Andalucía. Brillaban en lo alto las estrellas; sonaban en lo bajo, formando un concierto dulcísimo, las castañuelas, las guitarras, los ruiseñores y los grillos. Celebrábase en el lugar de D. Luis la verbena de San Juan. La luna, el aire, los arroyos, las yerbas y las flores todo lo arregla el Sr. Valera á su gusto, para perder al mísero D. Luis. Pero lo arregla tan admirablemente, que repito lo que antes dije: quisiera ver allí á muchos santos del Calendario.

D. Luis penetra en la casa de Pepita, donde previamente el Sr. Valera, como Mefistófeles, había evocado á los demonios de la voluptuosidad, encargándoles mucho celo y discreción.

La visita comienza _grave y ceremoniosa_ hasta que entran en materia. Una vez entrados, voy á dirigir al autor una sentida queja. ¿Por qué ha dado usted tan poco movimiento al diálogo, y hace que Pepita y D. Luis, en vez de hablar como Dios manda en tales casos, pronuncien esos discursos tan metafísicos y tan indigestos?

Afortunadamente D. Luis, con todo aquello de la luna, el aire diáfano, los ruiseñores, los grillos y las estrellas, venía de buen temple. La pasión triunfa de la metafísica, y sucede lo que ustedes pueden ver leyendo á _Pepita Jiménez_.

Esta escena y todo lo demás que acontece hasta la conclusión de la novela (que ya no es mucho) lo premiaría yo con la inmortalidad si en mi mano la tuviera. Al ver la resignación con que D. Luis se acomoda á beber el cáliz de la amargura por los ojos de Pepita Jiménez y la filosofía positiva terrenal y tangible que de pronto le acomete, expresada por un sin fin de reflexiones y silogismos á cual más graciosos, no hay labios que no sonrían, no hay ojos que no brillen.

Dicen que el fondo de _Pepita Jiménez_ es _satánico_, pero ya pueden ustedes suponer quiénes lo dicen. Es más difícil que estos críticos lleguen á entender ciertas cosas que el que un camello pase por el ojo de una aguja.

El fondo de la novela del Sr. Valera es _humano_, y porque es humano nos interesa. Cierto que algo tiene de Satán D. Luis de Vargas. Se desploma como él por virtud de fuerza mayor; pero Satán cae trágicamente de los cielos herido por el rayo y don Luis sólo cae de su asno. Las ansias y los arrebatos de su ardiente corazón, enderezados merced á circunstancias de su vida hacia el ideal religioso, eran indicios seguros de que aquel corazón esperaba, como la noche al día, la visión de un misterio inefable, la revelación de una mujer. Sus sueños y sus ilusiones no se disipan, porque son privilegio dichoso de la juventud; sólo cambian de rumbo y van á libar de la vida real el dulce néctar de la voluptuosidad. ¡Oh si la realidad nos arrancara siempre de la región de los sueños con mano tan delicada como á D. Luis de Vargas!

Por su forma es _Pepita Jiménez_ la obra más perfecta de Valera y una de las más esmeradas y primorosas de la literatura española. La acción, que no puede ser más sencilla, está presentada con mucho orden y originalidad. Los caracteres trazados con más delicadeza que brío, pero vivos y correctos. Las descripciones de un colorido inimitable y exornadas por las galas de ese estilo mágico que sólo posee Valera. El diálogo un tanto oscuro y alambicado.

¡Lástima de metafísica!

III

Al ocuparme en la crítica de _Las ilusiones del doctor Faustino_, vuelvo á exclamar: ¡Lástima de metafísica!

No comparto, sin embargo, la especie de que esta producción constituya un gran yerro del autor, como muchas veces he oído afirmar.

_Las ilusiones del doctor Faustino_, aunque en orden á sus proporciones, desarrollo y aliño de la forma se encuentra muy por bajo de _Pepita Jiménez_, está á la misma altura, y aun por encima, considerando la trascendencia y magnitud del asunto, la verdad de los caracteres y la profunda ironía que envuelve toda la obra.

En España, donde solemos morirnos algunas veces de seriedad, no da gran resultado un estilo como el del Sr. Valera. Se supone que para que salgan bien las cosas es necesario hacerlas con la mayor gravedad posible, casi sin pestañear. Y mucho menos se comprende que el escritor descienda de esa prosa campanuda é impasible, sin olor, color ni sabor ni otros accidentes de pan y vino, á una más familiar y corriente, sin moldes forjados de antemano, donde se ríe cuando se tiene gana y se llora si hay algo que lo merece.

El que tal prosa emplee en sus escritos, créame usted, Sr. Valera, si se llama Juan no pasará de Juanito.

Acaso, y sin acaso por ser _Las ilusiones del doctor Faustino_ una de las novelas más picantes, más sustanciosas y mejor intencionadas que se hayan producido en España y fuera de ella no ha conseguido á su salida por el mundo más que desaires y vejámenes.

Yo voy á estar más fino, aunque no tanto que me pase. Doy por leída la obra, para evitarme la molestia de narrar el argumento, y paso con la mayor frescura á decir mi opinión.

Vuelven á ser las ilusiones y los sueños de un joven el tema en que se emplea la perspicua inteligencia de Valera. Mas las ilusiones del héroe de esta novela no toman el rumbo generoso que las de D. Luis de Vargas, no salen á espaciarse por las luminosas esferas de la religión ni por los campos inmarcesibles del sacrificio, son ilusiones más caseras y no trascienden del _yo_ bastante enrevesado del doctor Faustino.

Cualquiera ha sido joven en este mundo. Este cualquiera que escribe semblanzas literarias, lo es todavía. No es difícil tampoco tener ilusiones. Yo las tengo muy grandes de que ustedes no me suelten de la mano. Pues bien, cuando las ilusiones distan mucho de la realidad, como en este caso, surge el ridículo, que hábilmente presentado por una pluma discreta y afilada como la del Sr. Valera, sirve de provechosa lección y enseñanza saludable.

La ilusión es el mismo deseo revistiendo forma, tomando vida y apariencia de verdad en la fantasía. Por eso los hombres de imaginación son los más propensos á concebir ilusiones y á naufragar en sus pérfidas aguas. Mas como quiera que la imaginación es la facultad más amable del alma y la que imprime carácter al hombre, el doctor Faustino, con todas sus ilusiones, sueños y fantasías, si logra hacerse ridículo, no excita antipatías ni rencores. Antes me figuro que todos le miran con marcada benevolencia y hasta presumo que el autor llega á prendarse de él por la nobleza y originalidad de su espíritu. Siempre los amores traen inconvenientes, y los del Sr. Valera en esta ocasión han traído para su novela un desenlace desproporcionado y no muy bello. Con el fin de preparar el trágico remate de la obra se ve el autor en la necesidad de vulgarizar al héroe. En efecto, pierde el doctor Faustino su primera originalidad y se trasforma en un carácter endeble y pasivo cuya muerte más sorprende que conmueve. El autor deshace con harta precipitación y torpeza la delicada urdimbre del carácter del héroe. Más que desenlace parece un corte de cuentas.

En la fábula no brilla el Sr. Valera como ya tuve el descaro de manifestar, mas á mí se me advierte que es mejor que no brille. De intrigas tenebrosas, espantables y absurdas nos tienen hasta el cuello los novelistas franceses y la más enferma parte de los españoles. Y sin embargo, ¡quién diría que el Sr. Valera, tan sencillo, tan razonable y tan sobrio en sus fábulas, ha introducido en la de esta novela un elemento maravilloso que resulta melodramático! Yo bien sé por qué lo ha introducido el Sr. Valera. Es que ha oido decir á los críticos que no tiene imaginación y que no consigue dar un interés palpitante á sus novelas. Porque los críticos son de esta guisa. Se presenta un hombre blanco y le llaman pálido; se presenta un moreno y le apellidan negro. Sale á luz un novelista de mucha intriga y enredo: truena la crítica contra la intriga y califica al novelista de intrigante y mala persona. Aparece otro sensato y discreto: entonces la crítica hecha de menos la intriga y se queja amargamente de que no le interese.

Valera ha dicho: ¿queréis aventuras estupendas? Pues allá van; y nos propinó las de _la inmortal amiga_. Yo me permito creer, Sr. Valera, que no debe usted abandonar jamás por ninguna clase de murmuración, es decir, de crítica, el género realista del cual tan brillante muestra nos ha dado en _Pepita Jiménez_, porque opino como su correligionario Voltaire, que todos los géneros son buenos menos el fastidioso.

No hay en el género de usted, es verdad, motivo para soltar muchos cabos con el exclusivo objeto de amarrarlos después como Dios dé á entender, que á veces lo da á entender pésimamente, y otras ni bien ni mal, pero en cambio puede comunicarse á la novela un interés más espiritual y de mejor ley, desarrollando plásticamente un pensamiento luminoso y fecundo, interpolando descripciones como la de la Nava en el capítulo titulado _El Paraíso terrenal_, tan fresca, tan viva, tan primorosa y tan mágica, que puede figurar dignamente al lado de algunas del _Quijote_, y dibujando en fin con felicidad caracteres y tipos humanos cuyo estudio se me antoja más digno de un ingenio privilegiado como el de Valera, que la exposición desatinada de aventuras increíbles, propias para despertar miedo en los niños.

_Las ilusiones del doctor Faustino_ es una novela de caracteres, y sobre los principales, ustedes me dispensarán si digo algunas palabras.

Yo, que al igual de todos los cándidos, cuando quiero tener malicia me paso de malicioso y suspicaz, he pensado descubrir que el doctor Faustino es el mismo Sr. Valera que viste y calza, y que todos los días vemos por ahí, gozando una tranquilidad de espíritu un tanto positivista y epicúrea, aficionado á las especulaciones y sistemas metafísicos que le interesan como pura poesía, amando y respetando la realidad, hecho, en fin, un D. Juan Fresco. El hombre da mucha vuelta con los años, y creo que para llegar á la situación de ánimo de D. Juan Fresco, es necesario haber pasado por la del doctor Faustino ó algo que se le parezca.

Este pensar mío es el que ha dado margen al cariño que profeso á la obra que voy examinando. Eso de conocer el corazón humano cuando es el corazón humano de otro, no me parece lo más fácil del mundo; mas tratándose del propio, la tarea se simplifica extraordinariamente. El Sr. Valera, que tiene su alma en su armario, la saca, la limpia el polvo, y la ofrece á nuestra vista.

Por eso me embelesan los tipos del doctor Faustino y D. Juan Fresco, porque resultan bellos y al mismo tiempo humanos.

El carácter de D. Juan Fresco, nada más que apuntado ó bosquejado en esta novela, aparece plenamente desenvuelto en el _Comendador Mendoza_, última producción romancesca del autor que venimos estudiando. Son innegables y patentes las afinidades que guardan entre sí el antiguo y el coetáneo retirado de Villabermeja, y de ambos caracteres tan nobles como despreocupados, repito que conceptúo propietario al Sr. Valera.

La obra no tiene, ni con mucho, la trascendencia y significación que _Las ilusiones del doctor Faustino_ ni la originalidad de _Pepita Jiménez_. En cambio uno de sus tipos, el de D.ª Blanca, está trazado con más brío del que Valera acostumbra, y su acción, aunque excesivamente sencilla, es rápida é interesante.

Señor Presidente, me siento fatigado y ya no tengo más que decir sobre el Sr. Valera.

Se levanta la sesión.

D. MANUEL FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ.