Semblanzas literarias

Part 8

Chapter 82,174 wordsPublic domain

Fué en un viaje cuando trabé conocimiento con el Sr. Alarcón. Iba desde Palencia á Valladolid. Por cierto que en este trayecto el paisaje y la tarifa de ferrocarriles son á cual más despiadados. No concibo cómo nuestros Alfonsos y Fernandos hicieron verter tanta sangre por adquirir algunos palmos de esta tierra, mejor dicho de este polvo.

Así, que huyendo aquella vista aflictiva cerré los ojos y me dispuse á dormir. En el espacio de media hora tres veces cogí el sueño y tres veces me lo arrebató de entre las cejas la presencia de un empleado, que sacudiéndome con delicadeza, eso sí, me demandó el billete para hacerle unos agujeros cabalísticos. ¿Se quiere usted quedar con él? dije yo al fin esperando salvar mi cuarto sueño. No, señor. Pues entonces déme usted cualquier libro, ó haga por que descarrile el tren á ver si logro no aburrirme tanto. El empleado de la empresa sonrió con benevolencia y sacó de la faltriquera dos ó tres librillos muy sobados que decían sobre el forro: «Biblioteca de viaje». Le di las gracias. Contenían varias novelas de Alarcón, _¿Por qué era rubia? Coro de Ángeles, El final de Norma_ y algunas otras.

Las devoré como pan bendito, y el autor que las confeccionara se introdujo por derecho propio en mi estimación. Son animadas, picarescas, llenas de color y donaire. En verdad que al recordarlas deploro amargamente la austeridad que sombrea su última producción romancesca. Se conoce que el Padre Manrique le tiene aterrado con sus lucubraciones de ultratumba.

Me agradaron y contribuyeron en casi todo á hacerme soportable el mundo gris que se percibía por las ventanillas del carruaje. En efecto, son frescas, risueñas, campechanas. Bien se echa de ver que no han pasado todavía por la sacristía. Son pequeñitas, vivarachas, bien torneadas como las niñas de Guadix, y sobre todo ¡tan poco mojigatas! ¡Oh, Dios! ¡cómo me gustan á mí las niñas de Guadix! Pero no confundamos lo abstracto con lo concreto. Debo afirmar que sus formas son inmejorables (las de las novelas, no las de las niñas), que están escritas con lenguaje castizo y flúido y salpimentadas feliz y largamente.

Paso por alto un tomo de poesías, que bien mereciera pasarse por bajo, y hago merced también del _Diario de un testigo de la guerra de África_, de las _Cosas que fueron_ y de alguna otra producción literaria del autor, para convertir mi atención y mi crítica al _Sombrero de tres picos_.

Si yo le dijese al Sr. Alarcón que el _Sombrero de tres picos_ es lo mejor que ha hecho en su vida, tal vez mostrase mal talante y se doliese de que tomara por obra maestra lo que sólo aparece como fruto del esparcimiento y no de la meditación. Sin embargo, cuando los ocios del ingenio dan por resultado obras como la ya mencionada y la actividad exquisita del espíritu engendra producciones como _El escándalo_, yo, á despecho del Padre Astete, me declaro campeón de la pereza y lucho en campo abierto contra la diligencia.

Y es que en las obras de arte juega la espontaneidad un gran papel, y entiendo que es más cordura en un autor consultar primero al poder que á los deseos. El que ejecuta aquello para lo que sirve ó se siente llamado, es mil veces superior al mayor ingenio si éste, desconociendo su vocación, se empeña en tareas imposibles y absurdas. Mas no anticipemos los comentarios.

La historia verdadera ó fingida que se narra en el _Sombrero de tres picos_ era conocida de todos los españoles. Yo había recibido la patriótica tradición de los labios autorizados de un sujeto que en otro tiempo había tenido la debilidad de dar de puñaladas á su legítima esposa. El hado adverso, en figura de Código penal, quiso que fuera á pasar una temporada á Ceuta ó al Peñón de la Gomera, no estoy bien seguro dónde, y de allí nos trajo la historieta cuya relación solía acompañar con juegos malabares, algunos saltos y no pocas muecas.

Líbreme Dios de hacer ningún cargo al Sr. Alarcón por haber tomado como fundamento de su novela el antiguo cuento andaluz. Los asuntos son del que mejor los trata, y es necesario convenir en que este asunto lo ha tratado mucho mejor Alarcón que Palicio (así se llamaba el sujeto).

En esta novela el autor nos hace la señalada merced de no meterse en filosofías. Dos cosas son las que no he podido digerir en mi vida: los langostinos y la filosofía de Alarcón. Sí, es preciso hacer constar que las arenas de la filosofía no han enturbiado todavía su inmaculada ignorancia. En esta obra todo es propiedad del Sr. Alarcón. No así en otra más reciente hecha en colaboración en _El Siglo Futuro_. Créame el Sr. Alarcón; más vale beber el agua en el hueco de la propia mano que por un vaso sucio. _El sombrero de tres picos_ está escrito con una pluma retozona. Yo le perdono de buen grado su travesura. ¿Pues para qué nos ha dado Dios la pluma? En primer lugar, para decir pestes del Gobierno, después para manifestar lo que exista dentro de nuestro espíritu. Soy bien pensado y no creo que en la mente del Sr. Alarcón haya ningún _escándalo_ y sí muchos _sombreros de tres picos_.

Acerquémonos á los personajes de esta novela. A ninguno de mis lectores le pesará de que le acerque á la señá Frasquita la molinera. Es todo una buena moza, según nos asevera el autor. Pero cuidado con ella, que es arisca cuanto hermosa. Me río yo del ascetismo de la pluma que la trazó. El tío Lucas, de profesión molinero y por ende consorte de la escultural molinera, es un hombre, aparte de la joroba, muy recto, muy firme y muy honrado. La señá Frasquita y él se llevan á las mil maravillas. Mas hete aquí que estos esposos felices tenían costumbre de recibir por las tardes en su molino á una porción de conservadores. Uno de ellos, el corregidor de la ciudad, se enamora de la señá Frasquita; ¡vaya una gracia! Lo que sí tiene gracia y mucha es la escena en que el corregidor declara su amor á la molinera, mientras el tío Lucas, cómplice de su mujer en esta broma, la presencia encaramado en una parra. El jiboso y baboso corregidor prepara, con la ayuda de su alguacil _Garduña_, una emboscada á la virtud selvática de la señá Frasquita. Aleja al tío Lucas del molino cierta noche, prevaliéndose de su autoridad. Esto es muy feo, como ustedes comprenderán. Pero aún más feo es el papel que el lúbrico gobernador se vió precisado á representar ante la inexpugnable molinera. Chorreando y tiritando de frío por haberse caído en la acequia al emprender el asalto del molino, se presenta el valetudinario galán á la señá Frasquita, que lo recibe con un trabuco á la cara. El bizarro corregidor se desmaya, no sabemos si de frío, ó de susto, ó de rabia. La señá Frasquita lo abandona y corre en busca de su esposo, que debe hallarse aprisionado en el lugar inmediato. Mas el tío Lucas, que le había dado mucho en que pensar la extraña detención que sufría, consiguió fugarse y vuelve presuroso á su molino con la duda y la ansiedad en el corazón. En el camino se cruzan los dos esposos montados en sendas burras, pero no se reconocen. El tío Lucas entra en su casa y ve sobre unas sillas las ropas del corregidor tendidas á secar. Empuña el trabuco que pocos momentos antes había servido para defender su honra, y sube la escalera que conduce á su cuarto. Por el agujero de la llave contempla el infeliz esposo la grotesca figura del corregidor sobre su lecho conyugal. No ve más, pero da por cierto que su esposa también se encuentra allí y se apercibe á la venganza. La muerte de los culpables, sin embargo, le parece poco. Mejor es el sarcasmo, la befa, para castigar tal ofensa. El demonio de la venganza le sugiere una muy original. El tío Lucas tiene un parecido notable con el corregidor. Se viste aceleradamente con las ropas de éste, y balanceándose como él se encamina hacia la ciudad murmurando con expresión satánica:

¡También la corregidora es guapa!

Este capítulo está admirablemente escrito. Lo digo á boca llena.

En tanto que el tío Lucas se dirige á la ciudad en alas de su venganza, la señá Frasquita, después de poner en pie á la autoridad municipal del pueblo donde su esposo debía encontrarse prisionero, y visto que se había fugado, vuelve con el alcalde á toda prisa hacia el molino sospechando que el tío Lucas estaría ya en él haciendo lo que su corazón resentido le dictara. Se encuentran al corregidor disfrazado por necesidad de molinero, lo cual da lugar á una escena cómica de buen efecto, y una vez enterados todos de la resolución, puesta ya en vías de hecho, del tío Lucas, marchan á la ciudad á fin de resolver aquel conflicto.

Llegan á deshora á las puertas del corregimiento. Al corregidor vestido de tío Lucas le cuesta muchos sustos y algunos palos el penetrar en su casa. Una vez dentro, se presenta su esposa y después el tío Lucas y tiene lugar una escena en que todo se arregla, todo se conjura, no sin dar motivo antes á muchos y muy graciosos episodios y á algunas frases felicísimas del narrador.

En este incidente romancesco, fruto genuino de la tierra donde se escribió, resulta demostrado que Alarcón es un escritor nacional, ingenioso, castizo y picante.

¡Líbrenos Dios de que se le antoje ser profundo!

Veamos _El escándalo_. Antes de empezar su examen, signémonos en la frente, en la boca y en los pechos y digamos: _Yo pecador me confieso..._ El asunto es una confesión, no la _confession d'un enfant du siècle_, sino la _d'un enfant gatté_. Dura cuatrocientas treinta y tres páginas en cuarto. Padre Alarcón, yo pecador os confieso que me habéis levantado un gran dolor de cabeza y me habéis dejado los pies muy fríos. Tengo además la franqueza de anunciaros que no he comprendido gran cosa de vuestro pensamiento filosófico. Pésame, señor, de no haberos entendido y prometo enmendarme así que escribáis más claro.

Fabián Conde, joven, rico, disipado y no muy largo de alcances, tiene un grave caso de conciencia que solventar. Marcha á proponérselo á un jesuíta nombrado el Padre Manrique, que habita de paso en esta corte. Debo advertir, para mayor edificación de mis lectores, que el joven Fabián no va á confesarse como un penitente vulgar, sino guiando por sí mismo elegante _charrette_. Una vez en la celda del Padre Manrique, Fabián cuenta á su merced punto por punto toda su vida y milagros, la de su papá, la de su novia y la de todos sus amigos. Compadezco de todas veras á su paternidad; y para no verme en el caso de compadecer también á mis lectores, me abstendré de reproducirla. Es forzoso, no obstante, que sepan que Fabián, entregado desde su niñez á los placeres del mundo y á los desenfrenos del vicio, manteniendo relaciones adúlteras y enamorado de una niña inocente, era todo un filósofo, un filósofo escandaloso. Vase á confesar y principia por declarar á su confesor á boca de jarro que no cree en Dios. El confesor, es natural, no le hace caso, y en vez de convencerle de que sí lo hay, le endilga un manojo de preguntas de mucho efecto.

Pero no entremos en teologías. La trama de _El escándalo_ es una madeja enredada, inverosímil é interesante. Debemos reconocer á este libro el mérito de mantenerse firme en las manos del lector hasta que se termina.

Hoy que son tantos los que se doblan tristes y mustios buscando el santo suelo, mientras se alza de sus virginales párrafos espeso vapor que entorna la cabeza y cierra los ojos del que se aventura á leerlos, es grato encontrar uno tan erguido, tan vivo y tan nervioso.

Los caracteres... ¿pero dónde están los caracteres? Figuras toscamente talladas, arlequines cubiertos de oropel, adefesios literarios, eso son los personajes de _El escándalo_. Causa verdadero asombro el que Alarcón haya podido dar interés á su novela con semejante personal.

Fabián Conde es un mancebo de todo punto insignificante, dibujado con agua fresca para que no se le perciba. En cambio, Diego está pintado con el rojo más subido de la paleta. El Padre Manrique es un sabio, porque así lo dice el autor; cualquiera creería otra cosa. Lázaro es la encarnación más viva de la inopia de Alarcón, de su total ineptitud para trazar un carácter moral, verdadero y humano. Gabriela y Gregoria son las figuras más correctas, pero no escapan tampoco á la exageración que inunda toda la obra.

Queremos terminar estos apuntes, dirigiendo una súplica al Sr. Alarcón. Suplicámosle de todas veras, con la conciencia limpia de toda prevención malsana, y por su propio interés más que por otro alguno, que torne, y torne cuanto antes, á su _antigua manera_ de componer novelas frescas, animadas, risueñas, sin caracteres y sin filosofía.

Esa filosofía es una calumnia que el Sr. Alarcón se ha levantado á sí mismo. Yo debo protegerle contra su propia injusticia y pregonar muy alto, _urbi et orbi_, que en punto á filosofía el Sr. Alarcón se halla _tanquam tabula rasa_, y que si un día se ha atrevido á escribir una novela trascendental, fué que el diablo le tentó, y que se le perdone por esta vez, que no lo volverá á hacer.

D. JUAN VALERA

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