Part 7
Hacia el Mediodía el sol es más grande y más dorado, el espacio más diáfano y azul. Sembrados por doquiera, en medio de viñedos y jardines de naranjos, blanquean centenares de pueblos, nadando en un vapor trasparente, luminoso, embriagados por los perfumes de una vegetación vívida y ardiente. En el aire vuelan las mariposas irisadas; en la tierra hormiguea un pueblo nervioso, exaltado, feliz, que se enamora al pie de la reja, que inventa caricias y bravatas, que injuria á los santos y les besa los pies, que llora y ríe sin motivo, que suspira cuando canta, que tiene los ojos negros, un pueblo hospitalario, franco, orgulloso, que ha hecho las proezas por millares y las relata por millones, que ama á Dios y á las mujeres sobre todas las cosas, y se come la mitad del idioma castellano.
Por la parte del Norte se descubre un cielo triste, pero de tintas dulces y delicadas. Hay un toldo de nubes que embaraza y aprisiona los rayos del sol, y cuida de que lleguen á la tierra lánguidos y mimosos. Los valles y las colinas y todo lo que abraza la vista es verde. En las colinas crecen los árboles que detienen las nieblas, en los valles crecen las yerbas y serpean los arroyos. Las gotas de agua están suspendidas constantemente en la atmósfera, en los árboles, en las yerbas, en los techos de las viviendas. La mar es áspera y espumosa, el cielo caprichoso y melancólico, la tierra dulce y agradecida. Allí vive un pueblo que trabaja como las acémilas y medita como los filósofos, un pueblo espiritual y sensible que come pan de maíz, que ve fantasmas y duendes por las noches, que muere en el campo de batalla por una idea, que tiembla en presencia del escribano; un pueblo sensato, paciente, melancólico, que sería muy poeta si estuviese mejor alimentado, que posee cual ningún otro la virtud de no decir «esta boca es mía».
Cada uno de estos pueblos guarda en su vida preciosas novelas que no ha querido mostrar á los viajeros frívolos. Mas, cuando Galdós y Valera llegaron á demandárselas, todos hemos visto con qué singular cortesía se ha portado.
La hora es por demás oportuna y decisiva. El fruto amarillea en el árbol, y no espera más que una leve sacudida para caer en nuestras manos. Las antiguas y originalísimas costumbres de nuestra patria van desapareciendo y ofrecen al morir el interés punzante y melancólico de todo lo que ha sido y dejará pronto de ser. Si no aprovechamos estos momentos, la moderna cultura ceñirá á nuestros miembros su estrecho uniforme que oculta lo singular, lo original, lo característico, y ya no será tan fácil percibirlo.
Preparaos, pues, aquellos que sentís latir en vuestra alma la inspiración artística, poneos la pluma tras la oreja, arreglad vuestras cuartillas, tomad el tren expreso, diseminaos por la Península. No tardaréis mucho en volver, yo lo presiento, con salud en las mejillas y la novela española bajo el brazo.
FERNÁN-CABALLERO
D. PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN