Semblanzas literarias

Part 5

Chapter 5676 wordsPublic domain

El Sr. Canalejas pasa por orador de muchas tildes. Con efecto, de tal modo peina y asea su palabra, que las frases que brotan de sus labios, por lo afeitadas y relamidas, semejan damas del tiempo de Luis XV. Salen con el cabello empolvado, las mejillas pintarrajadas y hasta lunares postizos. El señor Canalejas aspira, por lo visto, á hablar lo mismo que escribe. Supongamos que lo consigue: tendremos un elegante y castizo escritor que redacta su prosa con la punta de la lengua, pero no un orador. La oratoria necesita más de calor y oportunidad que de tildes.

Pero si no es un verdadero orador el Sr. Canalejas, bien puede considerársele en cambio (un cambio que nadie vacilaría en aceptar) como el prosista más elegante, más castizo y más flúido que hoy posee el idioma castellano. Es la prosa del Sr. Canalejas como una de esas bebidas azucaradas y refrescantes que se toman con delicia en una tarde calurosa del estío. Si la comparamos con las inmundas pócimas que diariamente nos hacen gustar las prensas españolas, parece ambrosía de los dioses. He aquí por qué leo sus discursos con más placer que los escucho. El Sr. Canalejas no pronuncia discursos, los dicta, ó lo que es igual, los pronuncia para el día siguiente. Pero al día siguiente son una obra tan lúcida y primorosa, que merecen llevar á su cabeza el humeante pebetero de la Academia con la metafórica inscripción: _Limpia, fija y da esplendor_.

La palabra de este orador sería flúida y expedita si no cuidara tanto de su aliño. Pero el público tiene que esperar á que cada una haga su _toilette_ ó tocado, como decimos en romance, y éste se prolonga alguna vez en demasía. No sé decir si á esta frialdad que advierto en la oratoria del ilustre presidente contribuyen aquellos supradichos espejuelos azules. Creo que sí. Los ojos son un poderoso auxiliar para la lengua, y los del Sr. Canalejas son unos ojos mudos; mudos al menos para el auditorio, aunque agoten los giros más expresivos detrás de unas paredes cristalinas. Los ojos ríen, los ojos lloran, los ojos interrogan, los ojos amenazan. Nada de esto llega á nosotros cuando habla el orador que nos ocupa. El Sr. Canalejas habla como hablaban con su boca de sílice los antiguos oráculos egipcios. Se percibe el movimiento de los labios, se escucha el ruido de la voz, y nada más. Los ojos no varían el curso de la palabra, pero lo iluminan. Cicerón no hubiera confundido á Catilina si gastara anteojos azules.

En cambio, estos anteojos prestan á su pensamiento un optimismo que escandaliza al Sr. Revilla. La tierra para él es un segundo cielo. Los campos y las ciudades son azules para nuestro orador. Hasta al Sr. Revilla lo ve de color de cielo.

Se dice que es discípulo de Krause[2]. Distingamos. Si por krausista se entiende un personaje extravagante y soberbio que, colándose de sopetón en la morada de la ciencia, pretende dar con la puerta en las narices á cualquier otra doctrina que no sea la suya; es decir, si el krausista ha de ser un ultramontano vuelto al revés, el Sr. Canalejas está muy lejos de recibir con justicia tal denominación. Mas si ésta significa por ventura la creencia razonada en todas ó en parte de las doctrinas de aquel filósofo sin constituirse en sectario suyo, bien puede asegurarse sin temor de calumniarle que es krausista. ¡Que no fueran todos los krausistas como el Sr. Canalejas, tolerantes, flexibles, y sobre todo más estéticos en su obrar y decir!

Merced á su talento y á una base metafísica bien asimilada, nuestro orador habla con lucidez y discreción sobre todo lo que es asunto de la ciencia y del arte. Prefiero, no obstante, escucharle cuando diserta sobre el último punto. Entonces adquiere su frase el más alto grado de perfección y domina en las palabras como en los pensamientos una armonía que denota la irresistible vocación de su espíritu. No hay duda que el Sr. Canalejas está formado para amar la verdad por conducto de la belleza.

D. FRANCISCO JAVIER GALVETE

D. EMILIO CASTELAR

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