Part 22
Calificaba más arriba el episodio que se narra en el _Raimundo Lulio_ de terrible y dramático. Así es, en efecto. El amor impuro y fogoso del protagonista recibe una lección tremenda, como venida de aquel cielo triste y severo de la Edad Media. El sacrílego jinete que penetra en el templo haciendo chasquear las herraduras de su caballo contra los mármoles sagrados; la airada muchedumbre que le recibe primero con sordo rumor y después le acosa por las calles; el lúbrico insomnio que le acomete más tarde; la misteriosa cita; la escena viva y exaltada en que la pasión del fogoso mancebo se desborda:
«Y estalló con sus cláusulas de fuego, con su expresión incoherente y rota por el halago y la pasión y el ruego:
con ese dulce cántico que brota al fecundo calor de una mirada, y lleva una ilusión en cada nota;
con esa breve frase entrecortada que, al morir en los labios, adivina el corazón de la mujer amada,
música de la almas, peregrina, que con suspiros trémulos empieza y con vibrantes ósculos termina»;
el horror de que se siente poseído al contemplar el seno de su amada _carcomido por repugnante llaga cancerosa_... todo es sombrío y patético; todo está pintado con tal brío, con toques tan seguros y enérgicos, que nos hiere y nos conmueve profundamente. Causa verdadera maravilla la sobriedad de dicción con que está escrito este poema. Apenas huelga una sola palabra. Y, sin embargo, por un poderoso y casi inconcebible esfuerzo, todo está dicho, y todo está bien dicho. La fantasía del poeta es en esta ocasión como una lente, que ata y hace pasar los mil rayos del sol por un punto. El tono es grave y solemne, como conviene al narrador. Sólo un gran poeta puede hacer hablar á un personaje como Raimundo Lulio, grande de por sí y engrandecido además por el tiempo y el misterio, sin empañar el brillo que adquirió en nuestra imaginación.
Después de leer este poema, ¿quién no se convencerá de que el Sr. Núñez de Arce no debe pulsar más cuerda que la épica? El rápido y majestuoso desenvolvimiento de la acción, la firmeza y dignidad de los caracteres, la verdad de las descripciones, aquel concebir osado y aquel decir grave y conciso, no dejan lugar á duda sobre este punto. Por esta vía debe marchar, y por ella confieso que ha marchado de algún tiempo á esta parte. Los últimos poemas que dió á luz son brillantes y hermosos. No obstante, el Sr. Núñez de Arce, estoy seguro de ello, tiene fuerzas para hacer mucho más todavía. Quisiera verle acometer una empresa grande y digna de su inspiración; una empresa que le inmortalizara, como al autor de _Fausto_ ó al de _Manfredo_. Los tiempos no se prestan á ello, bien lo conozco. Si tuviese la fortuna de escribir algo semejante, la crítica igualitaria que al presente se usa nunca le perdonaría el haber rebasado la línea de los Grilo, Blasco, Retes, Herranz, etc., etc. Las flores más bellas de su imaginación quizá serían roídas como avena ó paja. Y si, por ventura, resultaba que el poema era un sí es no es más subjetivo ú objetivo de lo que le correspondiese de derecho, ¡ya le caía obra al Sr. Núñez de Arce!
Con todo eso, no dejaré de aconsejarle que emprenda su poema. Demos que tenga muchos defectos y que éstos no sean imaginarios, sino verdaderos y efectivos; si las bellezas que haya en él son dignas de la inmortalidad, inmortal será el poema con todos sus defectos. ¡Los defectos! Moratín encontraba el _Hamlet_ atestado de ellos. Y, sin embargo, ¡cuánto más vale dormir alguna vez como Shakspeare que andar siempre tan vigilante y avispado como Moratín!
D. MANUEL DE LA REVILLA[10]