Semblanzas literarias

Part 21

Chapter 214,024 wordsPublic domain

La prosa no es bonita, debo confesarlo, pero no me nieguen ustedes que es muy expresiva. Tiene las facciones abultadas é incorrectas, le falta majestad y dulzura en los movimientos, es áspera, indómita y arisca, todo lo que ustedes quieran; pero no me nieguen ustedes que es muy expresiva. ¡Oh, sí, es muy expresiva! El alma se ve muy pronto por sus ojos grandes y oscuros. En sus posturas descuidadas y caprichosas, en sus movimientos desordenados y bruscos, en sus arrebatos y en sus desmayos, hay á veces mucha gracia. Y luego, ¡tiene unas salidas! Nunca puede estar tranquila ni caminar con paso mesurado y sereno. Á cada instante se siente acometida por la necesidad de alargarlo ó acortarlo. Viene un período amplio, terso y sonoro, de esos que piden á todas horas los pseudo-clásicos, sin saber lo que piden; en pos de él, otro breve y palpitante como el corazón que lo dicta. Aparece uno suave y almibarado, como el requiebro de un adolescente, y á toda prisa surge detrás otro seco y áspero que le deja cortado. La prosa, en fin, odia de muerte la monotonía, y procura demostrárselo en cuantas ocasiones se presentan. Quizás por eso se eleva rara vez al cielo. El cielo es hermoso, pero es monótono.

Mas si no consigue volar por el cielo sereno y límpido, en cambio discurre admirablemente por la tierra. Alguna vez se mancha con sus lodos y se pincha con sus abrojos, pero sabe lavarse inmediatamente en sus claras fuentes, y curarse con el bálsamo de sus flores. No se desdeña de andar á pie por los parajes más escabrosos, ni penetrar en los lugares más humildes. A menudo se la ve pararse ante un objeto ínfimo y despreciable, iluminándolo y describiéndolo con amor. Á veces también, á semejanza del mar, sabe reflejar el azul del cielo.

No se me oculta, sin embargo, que se la mira generalmente con desprecio. No se me oculta que al ver á la prosa entrarse por un hospital, por una fábrica ó por una taberna con la mayor frescura, y ponerse á referir cuanto allí ocurre, por insignificante y hasta despreciable que sea, hay muchos que dicen pestes de ella, y se creen humillados al leer lo que juzgan indigno de toda atención. Sé de sobra que hay mucha gente para quien no existe ni puede existir arte alguno en la descripción del catre en que duerme un niño desamparado y pobre, ó en la de la faena de un rudo labrador, ó en la del tocado breve y sencillo de una costurera. ¡Ah! Tal vez se figura esa gente que no se encuentra á Dios más que en la sublimidad de la bóveda celeste poblada de astros luminosos, á cuyo lado el que habitamos no es más que un leve grano de arena. Si tal se figura, es que no ha mirado jamás en una gota de agua por el lente de un microscopio. Habiendo mirado, no dejaría de comprender al instante que es tan fácil llegar á Dios por lo infinitamente pequeño como por lo infinitamente grande.

Tampoco la prosa carece de ritmo en absoluto. Su ritmo es mucho más hondo y arcano que el del lenguaje métrico, mas no por eso deja de existir. Un oído delicado lo percibe como blanda y recóndita música dentro de una selva oscura. ¿Quién osará negar el ritmo, el número y la armonía á la prosa de Cervantes, Fenelón ó Manzoni? No seré yo quien cargue con semejante responsabilidad. Lo que hay es que el ritmo de la prosa no es uniforme y continuo como el de la versificación. Los vientos del pensamiento lo agitan á su capricho y le hacen variar á cada instante de rumbo, sin darle jamás punto de reposo. La prosa, mejor que el verso, obedece á las insinuaciones del espíritu, dejándose llevar cual dócil pluma, unas veces por regiones serenas y tranquilas, otras por parajes revueltos y oscuros...

Pero basta ya de panegírico; que tal suma de perfecciones voy acumulando sobre la prosa, y tan devoto de ella me presento, que temo murmuren las malas lenguas.

Llegó el instante, por mí bastante temido, de dar explicaciones sobre las causas que engendraron este inoportuno panegírico. Y ála verdad, si ustedes pudieran pasarse sin ellas, me alegraría en el alma, porque no tengo deseo alguno de manifestarlas. Mas ustedes no pueden pasar sin explicaciones, por más que la galantería les mueva á decir otra cosa, y aunque me pese, creo hallarme en la obligación de remediar su justa curiosidad.

¿Y por qué siento dar explicaciones? Dirélo de una vez: porque temo que estas explicaciones no agraden al Sr. Núñez de Arce. Tal temor, si bien se nota, es más lisonjero que ofensivo para el Sr. Núñez de Arce, puesto que si yo no le respetase y admirase muy de veras, á buen seguro que no me turbaría más ni menos. Mas, por desgracia, sé lo peligroso que es decir á una mujer hermosa que no es la más hermosa del mundo, ó á un poeta inspirado que no es el más inspirado de todos los poetas. Desde Homero hasta Revilla, no ha habido jamás poeta alguno que escuchase con calma una afirmación parecida. Compadézcanse ustedes de mi situación, y por Dios me den algunos alientos, que harto los necesito. Comienzo.

Reconozco, como tendré ocasión de mostrar en el presente artículo, muchas y notables dotes de poeta en el Sr. Núñez de Arce, mas he dado en imaginar que las tiene aún más notables y sobresalientes de prosista. En las cortas páginas que lleva escritas en prosa, he pensado reconocer casi todas las cualidades que distinguen á los grandes prosadores; flexibilidad, número, concisión, elegancia, naturalidad, energía. Si se me apurase, tal vez llegara á decir que en el género histórico es donde pudiera alcanzar mayores lauros. Tengo la creencia de que si el señor Núñez de Arce hubiese dedicado su pluma á la historia, dejaría oscurecidas, por lo que toca al aspecto literario, las glorias de todos nuestros historiadores, excepto Mariana. Y aquí me salta al encuentro cierta semejanza que hace tiempo he observado entre nuestro poeta y otro de la nación portuguesa: Alejandro Herculano. A entrambos los caracteriza la austeridad del pensamiento, la virilidad y firmeza del tono y la sobriedad de la dicción. Pero Alejandro Herculano, que no pasa de notable poeta, fué un eminentísimo prosista, el más eminente quizá de cuantos ha producido la Península Ibérica, en este siglo, dejando, como es sabido, en la historia y en la novela monumentos perdurables del arte literario. ¿Sentirá ahora el Sr. Núñez de Arce que le compare á Herculano?--Lo sentirá, estoy seguro de ello; y lo sentirá, porque la comparación, como dicen los filósofos, sólo es exacta _en potencia_, dado que el Sr. Núñez de Arce no ha querido hasta el presente mantener relaciones duraderas con la prosa. Respetando, como me cumple, su acuerdo en este punto, permítaseme deplorarlo, en gracia siquiera de la desgraciada defensa que de aquélla acabo de hacer. Y ya no necesito decir más para explicar el raro modo de dar comienzo á este artículo.

Mas ya que me veo forzado á juzgar en el Sr. Núñez de Arce al poeta y no al prosista (como fuera mi gusto), debo empezar declarando que ciertas cualidades que el Sr. Núñez de Arce posee en alto grado, esenciales para el prosador, no lo son tanto en mi concepto para el poeta, á saber: la concisión y la energía. Nada más frecuente, cuando se quiere ensalzar la musa del Sr. Núñez de Arce, que apellidarla viril, como si con este adjetivo quedase hecha su apología por completo y no hubiese más que decir. Es más: hasta he leído juicios críticos en que se considera esta cualidad como la más alta y suprema que el poeta puede recibir del cielo. No lo entiendo yo así. ¡Medrados estaríamos si no hubiese más que virilidad y fuerza en la poesía, si el poeta hubiese de cantar por necesidad á todas horas asuntos ó temas viriles! Tanto valdría afirmar que en el terreno metafísico, la belleza y la forma se confunden. Por fortuna no es esto cierto en ningún terreno. El elemento femenino ha jugado, juega y jugará un papel principalísimo dentro del arte. En la humanidad, la belleza no está representada por el hombre, sino por la mujer. Y la naturaleza, si es sublime en sus aspectos ó momentos terribles, bella no lo es más que en los de calma y sosiego, y en los lugares apacibles y amenos.

Tampoco hay que confundir la energía de la expresión, que es ingénita á todo el que se halla bien penetrado de un sentimiento, sea éste tierno ó viril, con la índole de los afectos que animan al poeta. Espronceda es más enérgico para mí en su _Canto á Teresa_ que Quintana cantando el combate de Trafalgar. Y es porque, á mi entender, le tenían con más cuidado á Espronceda las liviandades de su querida, que á Quintana la derrota de la escuadra hispano-francesa.

Por lo dicho, y por algo más que me callo, no soy tan gran admirador como otros de los poetas viriles (cuando la virilidad reside en la naturaleza del asunto ó en el tono, y no en la mayor ó menor energía del sentimiento). Así que no doy la estimación que aquéllos á la virilidad del Sr. Núñez de Arce. Pudiera muy bien ser más viril que Adán, padre del género humano, y no tener pizca de poeta. Si lo es, y excelente, no lo debe á los temas viriles que elige para sus composiciones, ni al tono elevado que adopta para cantarlos, sino á su ingenio y fantasía.

En cuanto á la concisión, cierto que es una dote que puede cuadrar bien á un poeta; pero no le es tan indispensable como al prosista. Conviene distinguir además la concisión ó sobriedad de la frase de la precisión y fijeza de los conceptos. La primera puede enaltecer las producciones de un poeta: la segunda no hace más que confundirle con el prosador. El verso es semejante á la música, y como ésta, sirve para expresar lo más vago, lo más delicado, lo más inefable de los sentimientos humanos. Cuando se le obliga á decir cosas que la prosa puede expresar tan bien ó mejor que él, á mi juicio, se le desnaturaliza. Esto hace en ocasiones el Sr. Núñez de Arce. Algunas de las composiciones insertas en los _Gritos del combate_ parecen escritas en prosa sonora y rimada, y semejan manifiestos políticos en verso, más que verdadera y limpia poesía.

¿Llevará, por ventura, la musa política el feo vicio del prosaísmo? No lo sé; mas cuando echo la vista á los frutos que ha dado en este siglo dentro y fuera de España, me siento inclinado á pensarlo. Aunque fijemos nuestra atención en lo más selecto, por ejemplo, en Quintana y Beránger, yo encuentro el prosaísmo (el prosaísmo del concepto y del sentimiento, que es mil veces peor que el de la frase) cebándose sañudamente en un gran número de sus composiciones, por más que el primero aspire á disfrazarlo con la pompa del estilo, y el segundo con su donaire. Me parece que en esto no hago más que seguir la opinión general, porque la fama de ambos poetas ha desmedrado notablemente con el tiempo. No quiero decir, sin embargo, que la política no pueda inspirar en ocasiones á los poetas grandes, bellos y atrevidos pensamientos, aunque sí imagino que la política antigua, entregada al acaso ó á los golpes de la fortuna y á la espontaneidad de las fuerzas individuales, servía mejor para el caso que la moderna, sometida casi por completo á una serie de reglas complicadísimas que la convierten en una maquinaria inflexible y monótona. Padilla luchando á campo abierto en Villalar con el emperador Carlos V, es una figura poética; pero un general que se pronunciara hoy con unos cuantos batallones en favor de la _descentralización_, no lo sería gran cosa. Y es porque en el instante en que las ideas dejan de formar parte de nuestra vida, de nuestra carne, si pudiera hablar así, como en el caso de Padilla, para convertirse en abstracciones, se deshace su encanto. El poeta no quiere abstracciones, sino figuras vivas, imágenes, algo visible y palpable que infunda calor en su corazón y en su fantasía. El Sr. Núñez de Arce ha caído en el mismo vicio que su maestro Quintana, y como él ha procurado velar lo descarnado y prosaico del pensamiento con la magnificencia del estilo. Esto no obstante, debo hacer una declaración que va á estremecer profundamente muchas orejas clásicas. Para mí, el discípulo posee más cualidades de poeta que el maestro. Está muy lejos de superarle, ciertamente, en la profundidad del pensamiento, ni en el vigor y armonía de la elocución poética, pero le lleva ventaja en el calor y riqueza de la fantasía, que, por más que á ello se opongan los pseudo-clásicos, es lo que eternamente caracterizará al poeta. No manejará la lengua con tanto imperio y maestría, ni escribirá unos versos tan audaces como los de Quintana, pero éste tampoco escribiría ni el _Idilio_ ni el _Raimundo Lulio_ de nuestro poeta.

No es sólo la política la que inspira al Sr. Núñez de Arce, aunque sí le preocupa con exceso. Hay otro orden de pensamientos que le atraen, le alteran y le mortifican, como puede verse leyendo sus _Gritos del combate_; y son los del orden religioso. No me asombra. Las cosas de ultratumba nos traen revueltos á muchos que no tenemos nada de poetas. Hasta aquí, por consiguiente, el Sr. Núñez de Arce no es más que uno de tantos. Conviene ahora saber si esta preocupación constante de la mayor parte de los hombres en el día inflama su espíritu y le presenta nuevas y originales bellezas, pues es de lo que se trata.

Nuestro poeta se empeña en hacernos creer que su espíritu vive presa de la duda más cruel, que no puede deshacerse de ella, que en todos los parajes y ocasiones le acompaña y le persigue, etc., etc. Y á la verdad, lo que se vislumbra en las poesías del señor Núñez de Arce no es un alma atormentada por la duda, sino un hombre descreído que echa menos sus perdidas creencias. Esto, que hasta cierto punto es una falta de sinceridad, de la cual tal vez el mismo poeta no se dé cuenta perfecta, contribuye poderosamente á que tales poesías no hieran la fantasía ni conmuevan el corazón de quien las lee. Otra razón hay para que estas composiciones, bien entonadas, correctas y armoniosas, no nos hieran muy vivamente; y es que los pensamientos en ellas esparcidos tienen más de científicos que de poéticos. Son los pensamientos que se ocurren á un hombre de talento, y no á un poeta. El Sr. Núñez de Arce no ha sacado partido del estado de incertidumbre ó de incredulidad en que necesariamente han de vivir los poetas de esta época. Byron, Schiller, Heine, Musset, Leopardi y otros varios, han creído, han dudado, han descreído. Todo esto se trasluce con bastante claridad en sus obras, aunque ellos muy rara vez nos lo digan concretamente. Y la enfermedad que les devora presta á sus poesías diversas tintas ó colores, según los estados por que atraviesa; unas veces oscuros y lúgubres, otras vagos y desvaídos, otras dulces y melancólicos. Pero siempre, siempre buscando la belleza con admirable instinto. Así que, para mí, sus figuras son mucho más interesantes y amables que la del Sr. Núñez de Arce, el cual se revuelve airadamente contra su siglo y contra Voltaire, Darwin y todo el cortejo de filósofos modernos, á quienes achaca la culpa de que él no viva feliz y satisfecho. Es muy lamentable; mas para el arte es aún más lamentable que la duda ó el esceptismo no hayan logrado descubrir tesoros de más valía dentro de su espíritu.

Los defectos que dejo apuntados proceden, si no en todo, en gran parte al menos, de que el Sr. Núñez de Arce no está completamente en su cuerda en la poesía lírica. La índole de su ingenio y de su inspiración es mucho más épica que lírica. Y si fuera permitido á un hombre humilde y desautorizado, como yo, invocar el auxilio de dos palabras tan augustas, diría que es más objetiva que subjetiva. Lejos de mi la idea de entrarme de rondón, por esto, en el dominio de las divisiones literarias. Entre todos los españoles que saben leer y escribir, no habrá otro menos amigo de clasificaciones. Creo que las divisiones en el arte son como las que se hacen en el mar: tan pronto hechas como borradas. Pueden los retóricos á su antojo dividir el arte en géneros, á semejanza de los astrónomos que dividen el firmamento en zonas para mejor estudiar sus estrellas. Dios en el cielo y el poeta en el arte nunca tendrán en cuenta para nada tales divisiones. Mas una cosa es trazar clasificaciones y otra determinar el carácter y naturaleza de la inspiración de un poeta. Á esto únicamente me dirijo cuando digo que el Sr. Núñez de Arce es más épico que lírico.

Como poeta lírico, carece de aquella delicadeza y escrupulosidad con que los grandes modelos exploran todos los pliegues de su alma y sondean sus más profundos misterios; carece de aquella exquisita sensibilidad que les mueve de un modo irresistible á exhalar sus afectos. Pero en cambio su imaginación viva y osada, su briosa entonación y su maestría para describir y narrar, le están pregonando como un gran poeta épico. Así lo ha comprendido él mismo al cabo, decidiéndose á escribir algunos poemas que son los cimientos más seguros de su gloria. Entre ellos, dos, el titulado _Raimundo Lulio_ y el que por un extraño capricho titula _Idilio_, compiten con lo más hermoso y selecto que este siglo puede ofrecer en poesía á los futuros.

El _Idilio_ es una prueba más de que en la vida lo pequeño es muchas veces lo grande. Casi tantas como lo grande es lo pequeño.

¡Lo pequeño y lo grande! ¿Quién se atreverá á decidir sobre uno y otro? Cuando niños nos hacen llorar cosas que hacen reir á los hombres. ¿Me negaréis que aquellas lágrimas son tan sinceras y tan vivas como todas las demás que se vierten en el mundo? Cuando jóvenes nos desesperan ó nos arrebatan de alegría ciertas cosas que los viejos desprecian. En cambio los jóvenes suelen mirar con soberano desdén otras que preocupan á los viejos. Y si esto acontece en un mismo hombre, ¿qué no sucederá entre hombres diferentes? Preguntadle al comerciante de enfrente qué es lo que opina del ruido que hacen las hojas al caer ahora por otoño. Preguntadle á un poeta qué juzga de la subida de los algodones. Preguntadle á una madre que ve á su hijo partir á la guerra qué es lo que opina de la autonomía de los Estados. Preguntadle á un diplomático cuánto le preocupa el dolor de aquella madre. ¡Lo pequeño y lo grande! ¿Quién se atreverá á decidir sobre uno y otro?

El asunto ó tema del _Idilio_ del Sr. Núñez de Arce quizás será para otros muy pequeño; para mí es muy grande. La amistad cándida y pura de un niño y una niña que crecen bajo un mismo techo, transformada por virtud de la edad y de cierta separación en amor apasionado: el término fatal que la muerte viene á dar á este naciente amor. Así es el tema en resumen. He dicho que para algunos tal vez será pequeño, porque los hombres suelen á menudo burlarse de estos afectos ó pasiones de la adolescencia y llamarlos niñerías. Quizá tengan razón; mas antes que yo se la dé, precisa que me demuestren que los afectos ó apetitos que después cautivan su alma valen más que estas niñerías. Que estos hombres pongan la mano en su pecho y me digan ingenuamente si á los cincuenta años de edad se sienten más nobles, más desinteresados, más valerosos, más compasivos y más prontos al sacrificio que á los diez y ocho. Que me digan también si los sustanciosos devaneos de la edad viril les han proporcionado más goces y menos remordimientos que los amores tontos y platónicos de la adolescencia. Así que me lo digan (y yo los crea), renunciaré de buen grado á parar mientes en tales menudencias. Mientras tanto, no extrañen ustedes que adore estas niñerías, considerándolas como flores que exhalan su fragancia, no sólo por los años en que viven, sino aun por toda la existencia cuando se guardan como preciosas reliquias dentro del corazón. Sigamos ahora con la niñería del Sr. Núñez de Arce.

Aunque no tenga á la vista su precioso _Idilio_, y lo haya leído hace ya bastante tiempo, recuerdo muy bien todos sus detalles; prueba incontestable de que me ha impresionado fuertemente. Recuerdo aquella partida del estudiante novel á la ciudad, aquel caballo overo que aguarda á la puerta, aquella tierna despedida de la madre, la reprimida aunque no menos tierna del padre, y la triste y candorosa de la huérfana que ha sido su compañera; recuerdo su gozosa vuelta, sus inocentes recreos, aquel carro del vecino en que tornaba á su casa por la tarde; recuerdo aquella esquivez incomprensible para él de su compañera de la infancia; recuerdo aquella tarde en que á solas con sus pensamientos trepa al castillo derruído, y la magnífica descripción que el autor hace entonces de los campos de Castilla, la tempestad que le sorprende en aquel sitio y su fatal caída; recuerdo aquel rostro angelical que el estudiante ve siempre cerca de su lecho, y que apenas se pone bueno desaparece; recuerdo aquella delicada y naturalísima declaración de amor, las nobles promesas de la madre, la nueva partida, la nueva vuelta... En fin, lo recuerdo todo, y todo me encanta hasta un grado indecible. Yo sé dónde está el secreto del hechizo que para todo el mundo tiene este poema. Sí, yo lo sé. No hay en él otro secreto que la verdad del sentimiento. Créanme ustedes, cuando un autor siente una cosa, tiene mucho adelantado para hacer sentir con ella á los demás.

De muy distinto modo, pero no con menos fuerza, me ha impresionado la lectura de _Raimundo Lulio_. Trátase de un personaje tan insigne, y al mismo tiempo tan misterioso, que cuanto á él se refiera no puede menos de tener mucho interés y excitar la imaginación. Raimundo Lulio es el faro que desde una isla del Mediterráneo esclarece las tinieblas de la Edad Media.

Lo que sirve de argumento al poema es un episodio de su vida terrible hasta lo sumo, y tan dramático... Pero antes de pasar más adelante, necesito escribir una carta al Sr. Núñez de Arce. Suplico á ustedes el favor de entregársela en propia mano y no leerla por el camino.

Sr. D. Gaspar Núñez de Arce.

Muy señor mío y de mi mayor aprecio: Si algo puede con usted la sincera admiración, y aun el cariño que le profeso, acoja con indulgencia la respetuosa súplica, con honores de consejo, que voy á hacerle.

Por su propio interés y por el de la poesía española, que tiene en usted un tan ilustre representante, le ruego que cuando llegue el día de dar á la estampa una nueva edición de su RAIMUNDO LULIO, vea de modificar, enmendar, ó para mejor hacer, suprimir la introducción que le pone, dedicada «á un amigo de la infancia». Las razones que para desear tal supresión tengo son las siguientes:

1.ª La introducción me parece, á más de inoportuna, prosaica, y que no corresponde al tono inspirado y majestuoso del poema.

2.ª Las pestes que usted dice en ella de la ciencia me parecen indignas de quien se llama á renglón seguido «hijo de su siglo».

3.ª El supuesto de que Raimundo Lulio, desengañado de la ciencia, cuyo símbolo es Blanca de Castelo, dijo adiós al mundo me parece falso. Lo que se saca de la vida de este varón, siendo también lo más lógico, es que, desengañado del mundo, buscó abrigo en la religión y en la ciencia.

4.ª Aun concediendo que todo fuese cierto, nunca debió usted declarar que Blanca de Castelo es un símbolo. Estas declaraciones se dejan para los críticos, retóricos y demás gente menuda. El poeta debe amar los hijos de su fantasía como si fuesen de carne y hueso; por lo que son, y no por lo que pueden representar.

Perdóneme el atrevimiento, en gracia del afán que siento por no ver deslucida una joya de tanto precio. Y considere que convertir una figura hermosa y divina, como la de Blanca de Castelo, en una abstracción, es un sacrilegio casi tan grande como el de su amante al penetrar en el templo á caballo.

Suyo, devoto y afectísimo,

A. PALACIO VALDÉS.