Semblanzas literarias

Part 15

Chapter 151,165 wordsPublic domain

El Sr. Echegaray no es tan insignificante poeta como pudiera deducir cualquier adversario suyo de las premisas que he sentado. Yo escribo para las personas ilustradas é imparciales, para aquellas que saben conceder á las frases su verdadero sentido y ver al través de las travesuras del estilo el corazón del escritor. Esas personas que tienen los ojos puestos sobre el mío saben cuán lastimado está y cuán triste por las frases que un destino cruel me ha obligado á estampar. Yo admiro al Sr. Echegaray, le admiro como admiran los gusanos á las estrellas, si es que las admiran. En materia de admiración, muy pocos serán los que puedan ponerme el pie delante. Pero yo bien sé por qué admiro al Sr. Echegaray: las personas que penetran mi corazón, bien lo saben, el señor Echegaray también lo sabe. Hay muchas cosas inefables para la humana lengua, y una de ellas es ésta. Asisto á la representación de una obra de Sánchez de Castro, y quien dice Sánchez de Castro dice Retes. La obra sale mala, como puede suceder, que esto no me lo negarán ustedes. Pues bien, este pobre joven que ha sacrificado veinte reales para verla, se emboza con la mayor dignidad en su capa y sale del teatro murmurando entre dientes Dios sabe qué cosas. Se estrena un drama de Echegaray, y el tal drama no satisface ni con mucho mis exigencias. Pues en vez de salir irritado y feroz á saciar mi cólera en un chocolate, salgo con la sonrisa más plácida del mundo, una sonrisa que envidiaría el mismo Perier, enojando á los amigos con mi descarada alegría, y cantando salmos en honor del Sr. Echegaray.

«Porque tienes garras como el león y dientes como el chacal, señor, desgarras y trituras el arte dramático.

Te glorificaré por tus dramas malos lo mismo que por los buenos y cantaré tus alabanzas.

Tú has abierto mi boca, señor, y mi boca cantará tus alabanzas.

Cuando tú llegaste, los dañinos gorriones, entre los cuales figuraban Pérez Escrich y Larra, y también Eguílaz, divertían sus ocios en picotear la escena.

La picoteaban sin compasión; en su pico no se hallaba palabra de verdad, ni verso sin ripio, y en su alma de gorrión se albergaban la frivolidad y la impotencia.

Llegaste y los desmenuzaste como polvo que el viento esparce, y los barriste como lodo de las plazas.

Á tí, ¡oh señor! tributaré gracias con todo mi corazón, y narraré todas tus maravillas.»

Las maravillas del Sr. Echegaray son algunas escenas tan bellas como hacía muchos años no habían resplandecido en el teatro español y un enjambre de pensamientos graves y luminosos que surcan altaneros el piélago de sus obras, dejando brillante estela de fuego.

Las buenas acciones siempre las tengo presentes y no olvidaré mientras viva de qué modo se ha portado el Sr. Echegaray en una célebre noche. Tres veces consecutivas había subido el telón, y tres veces consecutivas había vuelto á bajar. Cuando subía, me quitaba el sombrero y lo colocaba con delicadeza, que semejaba unción, en la butaca de enfrente hasta que llegaba un caballero de corbata encarnada que me obligaba á levantarlo rápidamente y á plancharlo dos ó tres veces con la manga de la levita. Estas maniobras me hacían perder algunas docenas de versos. Cuando bajaba, me ponía el sombrero y trataba de lanzarme á los pasillos. Indudablemente en la vida del hombre hay momentos críticos. Uno de ellos es salir de una fila de butacas del teatro Español en noche de estreno. ¿Se debe salir dando el rostro ó la espalda á las señoras que ocupan la fila? Militan razones poderosas en pro de ambos sistemas. No obstante, mi opinión, y la apunto con las debidas reservas, es que se debe salir mirando á las señoras. Se deben apretar las piernas hasta donde alcancen las fuerzas contra la fila contigua, con el fin de hacer patente que vuestras extremidades son tan inofensivas como hidalgas. Conviene que al demandar perdón por la molestia, formuléis brevemente una enérgica protesta contra la empresa del teatro, que sacrifica el pudor al sórdido interés. No dejéis tampoco de decir, si os ocurre, alguna frase ingeniosa y moral, sobre todo moral. Si no os ocurre, lo más sensato es doblar el espinazo, sonreir con modestia y abreviar cuanto se pueda. Recorría automáticamente los pasillos, el salón de descanso; escuchaba distraído profundas disquisiciones sobre la verdad de los caracteres y la verosimilitud de la fábula, y pienso que cuando me aposenté de nuevo en la butaca y vi sepultarse á los músicos, cual gnomos misteriosos, en sus tétricos agujeros, ¡Dios me perdone! pero algo semejante á un bostezo vagó por mis labios. Alzóse la cortina pausadamente, con cierto chirrido profético, anunciando que en el caso poco probable de que la obra saliera de la noche limpia de todo silbido, tos ó estornudo, no reportaría pingües ganancias á la empresa. ¡Lo que es el sino! ¡Partiendo de la garita del apuntador hacia dentro, hasta el telón tiene derecho á carecer de sentido común!

Así que vi el escenario, me dió en la nariz un tufillo de belleza que reanimó mi espíritu soñoliento. ¿Tufillo lo he llamado? Pues no es verdad; aroma, aroma era, aroma embriagador que llegaba al corazón. Un hombre que agoniza vertiendo profundos pensamientos en flúido y enérgico romance. Esto no se ve todos los días. ¡Cuántos se mueren en las tablas con el ripio entre los labios! Después, una escena verdadera, con vida terrenal, que en el cerebro delirante del moribundo engendra otra más grande y fantástica. Sombras que toman carne para ofrecer perdón al crimen. Seres vivos que la noche y el remordimiento convierte en sombras. Relámpagos siniestros que alumbran una conciencia cenagosa. El amor tomando posesión de un corazón dolorido. Un poco de verdad y otro poco de poesía. Por allí debía de andar el arte.

Aplaudí como se aplaude cuando no se representa nada de Blasco, y sin acordarme poco ni mucho de que era un crítico, lloré como un simple mortal. No hay más remedio que confesarlo: los críticos, salvo honrosas excepciones, tenemos también corazón como los demás.

¡Qué noche aquélla! Fué _La última noche_ del señor Echegaray. Después le aplaudí más de una vez, pero mis palmadas, casi siempre débiles é indecisas, sonaban á hueco, como las cabezas de algunos sabios. No crea, sin embargo, el Sr. Echegaray que estoy cansado de aplaudirle ni de escuchar sus alabanzas, como aquel paisano de Atenas, que se hastiaba de oir las de Arístides. Aún me restan fuerzas bastantes para sonar las palmas, y si llega el caso sabré gritar: «¡Bravo, bravo, el autor!» tan bien como cualquier radical. La Providencia me ha concedido un tesoro de aplausos; mas yo no tengo facultad para malgastarlo en cuatro días. Redundaría en menosprecio de las buenas obras dramáticas futuras y pretéritas, en perjuicio del Sr. Echegaray, que tiene derecho á no ser empujado por oscuros y peligrosos senderos, y en menoscabo y daño de mi conciencia, que si no regatea jamás los aplausos al mérito, me exige estrecha cuenta de los que tributo á la torpeza.

D. JOSÉ ZORRILLA