Semblanzas literarias

Part 13

Chapter 133,932 wordsPublic domain

Posteriormente me han dicho que los dueños de aquel bosque se negaron á darles posada y las arrojaron á tiros, viéndose precisadas á buscar albergue un poco más lejos, y que al cruzar por encima de aquellos robles gritan con más tristeza aún: «¡memento! ¡memento!»

Así graznaban las chovas de mi ciudad. Así graznaba este servidor de ustedes, huyendo á paso de lobo de aquel escaparate.

II

Ya está leído _El dedo de Dios_. Y en verdad que me ha tocado en el corazón. Me arrepiento sinceramente de haber graznado de aquel modo tan impolítico. No había motivo para ello. Le pido, pues, mil perdones al Sr. Selgas, y en desagravio me apercibo á regalarle por unos instantes el oído con gorjeos y trinos de filomena.

En esta novela, última de la serie intitulada _La Manzana de oro_, no se resuelve ningún problema. _Dignum et justum est_. Todo aquel que en el día no resuelva ningún problema, merece una estatua. Es decir, todo aquel de quien se tengan sospechas vehementes de que lo resolverá mal. Declaro, por tanto, que después de haber hecho un escrupuloso reconocimiento en la novela del Sr. Selgas, que lleva por título _El dedo de Dios_, no encuentro motivo de temor ni de alarma para el público, el cual puede transitar por ella libremente al abrigo de toda filosofía. Con esto ha dado pruebas el Sr. Selgas de ser un gran filósofo.

La trascendencia en las obras de arte no es... (en éste momento quisiera que mi voz fuese derecha al oído del Sr. Alarcón) una nueva cualidad que se añade ó se resta á placer de los artistas, sino el fondo ó la esencia misma del pensamiento creador. Cuando la trascendencia no acompaña al germen de la obra artística, todo lo que se haga por procurársela será inútil, y aún más que inútil, ridículo. Pero ¡Dios mío! yo creo que hay en el mundo muchas cosas hermosas sin pizca de filosofía. Ustedes los que pasean por esas calles del Municipio, ¿no tropiezan á cada paso con ellas? ¿No es verdad que gastan en este momento rusos de color gris y guantes amarillos con vivos negros? ¿No asoman su cabecita por los palcos del teatro de la Comedia, moviéndola vivamente en todas direcciones como los pájaros posados sobre las ramas? ¿No ríen con una cascada de notas aflautadas y alegres, enseñando filas de dientes inverosímiles, al estallar en la escena algún chiste traducido del francés? Penetrad en uno de esos palcos, y penetrad todo lo henchido que queráis de la _Crítica de la razón pura_. Saldréis con la cabeza dada á pájaros, trastornados, á cien leguas de Kant y de sus categorías, pero con el semblante risueño y un poco de almíbar en el corazón.

Habréis oído hablar mucho de Pepito Esteller, el chico más _animado_ que come pan, del abono de los conciertos, del faetón de Luis, de la última becerrada de los Campos, del matrimonio de la de Vargas... Ni una palabra del imperativo categórico. Os lamentáis amargamente de la frivolidad de los tiempos y de la carencia de ideales para la vida. Mas alguna vez en el apogeo de vuestras vigilias metafísicas cuando Kant os ha hecho sudar durante toda la noche y los carruajes que conducen las gentes del teatro hacen vibrar los cristales de vuestro cuarto, os he visto echados hacia atrás en la silla, poner los ojos en el vacío y sonreir dulcemente. ¿De qué os acordabais? Pongo cualquier cosa á que no es del criterio de la moralidad. Lo cierto es que cerráis el libro sin dejar señal que os indique dónde habéis quedado, y os acostáis de mal humor, gruñendo una porción de cosas extrañas. Y aun se dice que, cuando el sueño os abrocha los párpados, empezáis á figuraros que os halláis en la sala de un teatro inundado de luz y de alegría. El ruido de los abanicos de las señoras es muy insinuante, y el vals que toca la orquesta, lánguido como una noche de Agosto. Y luego hay allí una atmósfera que oprime dulcemente el corazón y produce desmayos de felicidad. La variedad de colores deslumbra al principio los ojos y después los conforta. Las miradas de las bellas van y vienen en todas direcciones, se cruzan y entrecruzan, haciendo salir mil reflejos que traen inquietos á los hombres como si estuviesen bajo la influencia de una próxima tempestad. Sentisteis una conmoción eléctrica. La chispa había pasado cerca, pero sin tocaros. Mas aún no os habíais repuesto cuando otra os dió en mitad del corazón. Aquellos ojos que os miraron desde un palco son más negros que las zarzamoras, y tan dulces. ¿Por qué no vais allá? Á mí se me figura que os están llamando. También debió pareceros lo mismo, porque ganasteis precipitadamente la puerta de la sala y subisteis á grandes trancos la escalera que conduce á los palcos. Pero he aquí que al cruzar el estrecho pasillo donde se hallan con sus puertas numeradas, os sale al encuentro un hombre de luenga y blanca barba, enjuto, huesudo y pálido, con los brazos desmesuradamente largos, con los cabellos caídos sobre los ojos que brillan como carbones encendidos dentro de una hornilla. Al veros se contraen sus labios con una sonrisa feroz.

«¡Ah! ¿eres tú, villano?... ¿eres tú el que busca el amor en este palco? No contabas conmigo, imbécil, ¿no es verdad? Pues aquí me tienes, yo soy Kant... ¿no me reconoces? ¿Dónde has dejado la _Razón pura_, tunante? Aquí me tienes para cerrarte el paso, tunante. ¡Yo soy Kant, Kant, Kant!»

El fantasma os tiene cogidos por la solapa del frac y os sacude con tal fuerza que estáis á punto de perder el sentido. Entonces despertáis. Y aquella noche las pesadillas se suceden unas á otras cada vez más tristes y monstruosas.

Para no exponerse á sufrirlas todas las noches, creedme, lo mejor es entregarse de vez en cuando á la frivolidad. Que charléis con niñas mimosas y encantadoras ó que leáis novelas de Selgas, es igual en mi concepto. No hay nada menos serio que la frivolidad, pero no hay nada más necesario en ocasiones. Cuando el encéfalo se turba y el corazón sangra, el bálsamo más seguro para curarse es la frivolidad. Al menos por lo que á mi respecta, os puedo decir (¿pero os lo debo decir?) que cuando me siento inquieto y atormentado por esa opresión particular que comunica al espíritu la meditación de los grandes asuntos, prefiero mil veces la conversación petulante, voluble, pueril y graciosa de mi vecina, sobre la cual reposa el alma con deleite y abandono, al Tratado de la tribulación del P. Rivadeneira, que nunca me ha divertido gran cosa. Mas si á vosotros os sucediese lo contrario, estad seguros de que no os diré una palabra.

Mi vecina y las novelas del Sr. Selgas están hechas del mismo barro. Cualquiera sabe más que mi vecina, pero nadie mueve los ojos para arriba y para abajo y aun para los lados como ella. Todas las novelas son mejores que las del Sr. Selgas, pero hay pocas que diviertan tanto. Si las novelas tuviesen una edad como las personas, las de Selgas estarían en los doce abriles. Por eso son tan frescas, tan bonitas, tan triviales, tan caprichosas. Unas veces le estremecen á uno de placer con algún rasgo de ingenio ó alguna chistosa zalamería, otras no hay quien pueda soportarlas. Al lado de escenas dignas de Valera hay otras que envidiaría Pérez Escrich. No encierran caracteres sostenidos y correctos, ni fábula original, ni brillantes descripciones, pero tienen agudezas y muecas encantadoras. Frecuentemente brota de sus páginas una escena interesante, atrevida, luminosa y azulada como una bomba de jabón, y extasiados, llenos de alegría seguís sus giros errantes hasta que, sin saber por qué, tal vez por pura fantasía, estalla y se deshace en el aire.

¿Qué será esto? ¿Será que el Sr. Selgas escribe después de comer? Mucho me lo temo. Es verdaderamente desastroso el escribir sin tener hecha la digestión.

Pero de todas suertes, Selgas es un novelista que se lee. ¡Ay! ¡cuántos he visto morir en la flor de la sexta página! No puede darse nada más conmovedor que esos libros inmaculados y silenciosos, que le miran á uno desde el fondo de un escaparate. El día en que ven la luz, el librero diligente los coloca en primera fila, casi tocando con el vidrio. Poco á poco se observa que van perdiendo terreno, defendiéndose mal de los ataques que les infieren las obras más recientes, hasta que por fin vuelven grupa y se les ve del revés allá en lo más hondo, medio sofocados bajo el peso de un diccionario. ¡Qué ojos tan tiernos ponen los desdichados! Parece que están diciendo á los transeuntes: «Caballero, escuche usted».

Una vez me paré á contemplar á uno de estos huérfanos de la prensa. Se hallaba en una posición insostenible. Un libro de Eusebio Blasco le oprimía la cabeza y otro de López Bago le sujetaba las piernas. No tenía libre más que el vientre. Sentí compasión, y ya me disponía á comprarlo, cuando advertí que el autor de aquel libro era yo; el mismo que tenía los dedos en el bolsillo para sacar su precio. Sin variar de postura levanté los ojos al cielo y exclamé: «¡Oh dioses inmortales, qué amarguras hacéis sufrir á los humanos!»

Mas ahora caigo en que, después de tanta charla, aún no he clasificado al Sr. Selgas. Si me descuido un poco se me escapa sin clasificar. ¡Qué haría por el mundo el Sr. Selgas sin estar clasificado!

Con la mano puesta sobre el corazón, declaro que el Sr. Selgas no es un escritor realista. Sin separar la mano del mismo sitio, declaro que tampoco es idealista. Pues entonces, ¿qué es el Sr. Selgas?

El Sr. Selgas no es más que lo que se ve. No hay en él trastienda ni doble fondo de ninguna clase. Si alguna vez aparece superficial é ignorante, consiste en que lo es. Nada de ficción y disimulo. Me gustan á mí estos novelistas que tienen el valor de su ignorancia.

Producir páginas exuberantes de gracia y colorido cuando ocurren; escribir candorosas necedades cuando buenamente acuden á la pluma. He aquí la misión que la Providencia asigna á los hombres como Selgas. Y en mi pobre juicio nadie debe apartarse del camino que la naturaleza misma le señala. Si el Sr. Selgas siente impulsos de escribir una tontería, ¿por qué no ha de escribirla? La retención de tonterías es muy perjudicial, pues á menudo se mezclan á la sangre y producen trastornos en el organismo. Siga, pues, el Sr. Selgas cuidándose, que la salud es siempre lo primero.

De esto se deduce--al menos debiera deducirse--que en las novelas de nuestro autor se encuentra, en ocasiones, una percepción fiel y clara de la vida, destellos ó relámpagos de realidad que, por desgracia, se apagan presto. Pero ¿qué es lo que no se apaga en este mundo? Todo se apaga, hasta ese sol hermoso y lascivo que arranca por la mañana su blanca túnica á las montañas, se apagará algún día. La misma luz con que escribo se está apagando por falta de petróleo.

En tanto que este cataclismo acontece, apresurémonos á decir sobre el Sr. Selgas unas cuantas tonterías más.

Hay tonterías y hay tonterías; quiero decir, hay tonterías de distintas clases. Hay tonterías solemnes ó aristocráticas. Éstas pertenecen, por derecho propio, á los ministros, embajadores, grandes de España, jefes superiores de administración, académicos, diputados de la mayoría, directores de periódicos, etc., etc. Éstas son tonterías de la sangre. Hay también tonterías del dinero, tonterías centrales y provinciales, rústicas y urbanas, civiles y militares, eclesiásticas y seglares, clásicas y románticas, etc. Pues bien, las del Sr. Selgas pertenecen á la última categoría. No siguen órbita conocida y sobrevienen, como los cometas, cuando menos se piensa, si bien con alguna más frecuencia. Son alegres, campechanas, modestas, de buena pasta. Nadie las quiere mal. Mas téngase presente que debe usarse con cierta prudencia del género tonto, porque es de suyo muy resbaladizo, y aunque Pérez Escrich y algún otro hayan conseguido en él muchos lauros, no aconsejo á los jóvenes escritores que sigan sus huellas.

El Sr. Selgas es un verdadero poeta. No dudo por un momento que esto le ocasionará graves disgustos, así en la vida privada, como en la pública. Al poeta, en este siglo material y positivo, no le caben otras dichas que la cartera de Ultramar, ó que algún pobre diablo, como el que emborrona estos renglones, diga á sus lectores: «El Sr. D. Fulano es un poeta, mucho cuidado con él». Mas el ser poeta no perjudica casi nada para escribir novelas. Se han dado muchos casos de personas que, sin ser poetas, han escrito muy malas novelas. Por lo mismo me guardaré bien de considerar esta cualidad como motivo de censura. Otra cosa sería, no obstante, si el señor Selgas hubiese escrito algún artículo filosófico. ¡Y quién sabe si lo habrá escrito! Torres más altas he visto desplomarse, y la vida nos está ofreciendo á cada paso terribles experiencias... Pero yo no tengo derecho á sondear la conciencia de un hombre. Y, sobre todo, me ha quedado bastante dulce la boca con la última novela que he leído del Sr. Selgas, para que vaya á amargarla sin fundamento con sospechas y presunciones de mal agüero. No obstante, si el Sr. Selgas ha cometido alguna vez uno de estos actos reprobados por todas las leyes divinas y humanas, entiéndase que retiro cuanta insinuación favorable á su persona se hallase en este artículo, y ruego al Dios de los poetas líricos que le obligue á rimar un millón de veces hijos con prolijos.

Su estilo es fino, delicado, trasparente, nervioso. Pero á todos los estilos nerviosos les falta casi siempre la salud. En ciertos momentos de exaltación, llegan á donde no pueden llegar los más robustos y fornidos, tocan con su mano febril los cielos más lejanos y recónditos de la poesía; mas al día siguiente, desmayados y ojerosos, se arrastran lánguidamente por la tierra ó rendidos al sueño y la fatiga se dejan caer en el rincón más infecto de la prosa. Hay un medio de endurecer tales estilos. Que se acerquen á la naturaleza; que escuchen con atención y recogimiento su lenguaje augusto; que salgan sin temor á recibir los rayos del sol del Mediodía, las brisas acres de la mar, las húmedas y glaciales de la montaña, los punzantes olores de los pinos; que salgan á contemplar los furores del cielo, los arrebatos de la mar, las peripecias infinitas de la lucha solemne entre la luz y la sombra; que salgan á embriagarse con todos los aromas de la creación; que hagan gimnasia; y al cabo de algún tiempo adquirirán color y fuerza, color y fuerza que no conseguirán jamás tantos estilos crasos y linfáticos como hoy vegetan en nuestra literatura.

NUEVO VIAJE AL PARNASO

PROEMIO

I

Yo no creo en la crítica. Tengo la inmensa desgracia de no creer en la crítica. ¡Quién me hubiera dicho que tan presto había de llegar á un tan fatal escepticismo! Porque ¡ay! ustedes no saben cuánto amarga la existencia la convicción de que todos esos críticos, tan doctos, tan serios, tan diestros en averiguar á qué género, especie y familia pertenece una obra, tan hábiles para caer con la velocidad de un rayo sobre cualquier inverosimilitud, no sirven para nada.

Pero lo que más me amarga (con paz sea dicho de mis compañeros) es el considerar que mis afanes críticos no han de tener recompensa en esta ó en la otra vida. ¡Es triste, muy triste! Estoy por maldecir la hora en que por primera vez tomé la pluma para decir en un periódico de provincia que la señorita C*** «se había excedido á sí misma la noche del lunes».

Mi horroroso escepticismo se formó con dos proposiciones, una negativa y otra positiva.

Primera proposición.--Nunca hizo falta la crítica para que apareciesen grandes artistas.

Segunda proposición.--La crítica ha empequeñecido el arte.

La crítica, en calidad de alto y poderoso cuerpo que juzga, decide, corta, raja, truena y relampaguea, es de muy reciente invención, y habiendo existido desde los tiempos más remotos grandes artistas, no hay para qué demostrar la verdad de mi primera proposición.

En cuanto á la segunda, exigiría uno ó más volúmenes para quedar bien dilucidada; pero sólo dedicaré á ella una ó más cuartillas, porque no tengo tiempo ni paciencia para otra cosa.

Así que surgió la crítica como cuerpo jurídico-literario, nació el sistema. Los unos, extasiándose en la contemplación de las obras del clasicismo, unas veces con verdad, otras hipócritamente, pensaron que el arte había tocado á su límite en aquella dichosa edad greco-romana, y que el destino de los artistas futuros era pasar la vida copiando los admirables modelos que de ella nos quedaron, como aprendices en una escuela de dibujo. Advertiré, de paso, que para estos críticos la cualidad predominante del arte clásico no es el reposo ó la gracia que en él resplandecen siempre, sino el orden ó la simetría. Porque, dicho sea de paso también, los críticos suelen fijarse con harta frecuencia en lo menos importante. ¿Qué hay, pues, aquí? Un atentado contra la libertad del artista.

Los otros, porque realmente lo sintieran así, ó por el gusto de llevar la contraria á los clásicos, no quisieron ver la belleza sino en lo extraordinario, en lo desordenado, en el absurdo ó en el delirio. Nuevo atentado contra la libertad del artista.

Otros más modernos, apartándose de ambas escuelas, condenan todo arte que no sea un reflejo, mejor dicho, una repetición fiel y minuciosa de la vida, llevando su teoría hasta los más groseros excesos. ¡Siempre cadenas para el artista!

Además de estos tres grandes grupos de críticos, hay otros muchos esparcidos por el haz de la tierra trabajando con el mayor desinterés por el triunfo de sus teorías. Citaré únicamente los metafísicos y los trascendentales, de los cuales no quiero hablar, porque no me gustaría pasar por desvergonzado.

Para desvanecer las malévolas sospechas que al llegar aquí pudiera concebir el lector respecto á mi acrisolada modestia, le diré que no he citado tanto crítico con el fin de desacreditarlo, sino, muy al contrario, para darles á todos la razón. Tratándose de arte, soy lo que llaman vulgarmente un pastelero. Cuando llega á mis manos un clásico como Esquilo, me deshago en elogios del clasicismo; si es un romántico como Calderón, no hay un romántico más furioso que yo; y si por ventura acabo de leer una novela de Balzac, no puedo menos de exclamar: «¡Admirable, admirable, monsieur Balzac!» Si alguien me moteja por esto, diré con cierta habanera que oí cantar á una niña muy graciosa:

«Si yo soy así, ¿qué he de hacerle yo? Todos para mí son á cual mejor.»

Esta cita, eminentemente clásica, me excusa de alegar nuevas razones.

II

Como otros muchos hombres que andan por el mundo, estoy condenado á trabajar sobre un objeto que no es de mi gusto. Este libro es un libro de crítica, mejor dicho, es un cordero que sacrifico en aras de una deidad en quien no creo. Se halla bastante esparcida la creencia de que quien toma el oficio de crítico manifiesta por el hecho mismo cierta arrogancia, presunción ó amor exagerado de sí mismo. No lo creo. De mí sé decir que cuando voy á juzgar á un artista _verdadero_, lo que me asalta no es un sentimiento de superioridad respecto á él, sino de espantosa y amarga inferioridad. Si yo me juzgase superior ó semejante al artista, me pondría á crear, no á criticar. Por eso los juicios más ó menos acertados que estampo en este libro, no me enorgullecen. Si de algo estoy orgulloso, es de haber sabido comprender y gozar las bellezas creadas por los poetas que en él se estudian. Porque, cuando otra cosa parezca, créanme ustedes, es mucho más difícil admirar que censurar. He visto amenudo personas de vulgar inteligencia discurrir con bastante acierto, y aun señalar con claridad los defectos de una obra de arte; ¡pero á cuán pocos he visto conmovidos al hablar de Víctor Hugo ó de Byron! ¡Á cuán pocos he visto cautivos por esa idolatría que el genio inspira á los espíritus sensibles y lúcidos! Voltaire, con ser Voltaire, nunca pudo admirar á Shakespeare; el mismo Lope de Vega no admiró jamás á Cervantes. No es maravilla, pues, que yo que no soy Voltaire, ni Lope de Vega, no consiga admirar á Grilo, á Blasco, á Retes y á otros insignes poetas de esta era.

Con todo eso, en mi crítica, como ustedes podrán ver, no deja de haber algunos trozos admirativos. Repito que son de los que estoy más satisfecho. Hace mucho tiempo que vivo en la creencia de que la tarea del crítico (si es que alguna tiene) no consiste precisamente en escudriñar las manchas ó defectos que toda obra, por ser humana, ha de llevar forzosamente; tarea, sobre fácil, ingrata; sino, antes bien, aclarar, difundir, popularizar las bellezas de las obras artísticas, llamar la perezosa atención del público hacia ellas, colocarlas sobre las alas del entusiasmo para que lleguen á todos los espíritus, soplar el polvo que muchos hombres tienen en los ojos, para que puedan verlas y gozarlas. Esta tarea es noble, hermosa y fecunda, aunque no sea lo que hoy se entiende por crítica. Los párrafos donde aspiro á desempeñarla han salido del fondo de mi alma, y así como han salido los he estampado, sin tener en nada las prácticas de este género de escritos. De su verdad estoy más convencido que de la de aquellos otros en que acepto ó rechazo teorías estéticas, señalo defectos ó determino nuevas vías para el arte. Porque de mis impresiones vivo seguro siempre; de mis opiniones, jamás. Escribiendo estos párrafos he gozado momentos muy felices, aunque otra cosa crean los espíritus frívolos que no penetran jamás en lo profundo del pensamiento del escritor. Cuando censuro, cuando ataco, no puedo menos de pensar que me parezco al murmurador. Sólo me encuentro grande cuando tributo mi admiración á los grandes.

He admirado, pues, hasta donde he podido. Si no pude tanto como hubieran deseado algunos de los poetas que en este libro figuran, acháquese á inopia, y no á falta de buen deseo. Mejor que nadie sé que yo no moriré de un exceso de respeto, pero tengan ustedes presente siempre que tampoco me he puesto sobre el trípode para definir y juzgar, sino que les he hablado como si me tropezaran en la Puerta del Sol, y charlando de literatura, me preguntasen qué opinaba de Campoamor, Núñez de Arce, Grilo, etc., esto es, con la franqueza, con la osadía, con la incoherencia propias de la conversación. Aun con eso, es posible que haya dado por genios á algunos que no lo son. Porque bien mirado, no creo que en España existan tantos genios como se supone. Las contribuciones absorben más de la mitad del producto neto de las tierras y de la industria; las cosechas, de algunos años á esta parte, son muy malas. Y si á esto se agregan las frecuentes calamidades que padecemos, como guerras, terremotos, inundaciones, etc., etc., bien se puede asegurar, sin temor de equivocarse, que una nación á tal punto enflaquecida y miserable, no puede tener bien alimentados á seis docenas de genios. Nunca me arrepentiré, sin embargo, de haber echado unas cucharadas más de miel en el plato de algún poeta. Después de todo, es inevitable el exagerar un poco el aplauso tratándose de los contemporáneos con quienes uno se roza y se codea en el comercio de la vida. Es noble también corresponder, por lo menos con unos granitos de incienso, á los esfuerzos que nuestros vates hacen diariamente para proporcionarnos instantes agradables. Si el crítico no recompensa á su modo estos esfuerzos, ¿quién se encargará de recompensarlos? El pueblo español, que tiene aparejados siempre honra y dinero para el primer político gárrulo y corrompido que viene á demandárselos, los niega siempre, con una entereza y constancia dignas de mejor causa, á los poetas ilustres. Seamos, pues, agradecidos con los que de vez en cuando refrescan nuestro espíritu fatigado sumergiéndolo en las cristalinas aguas del ideal.