Part 12
Al llegar á un villorrio de la Mancha ó de Castilla, sobre todo viniendo directamente de la corte, habrás observado, lector, que las mujeres parecen zafias desgarbadas y hasta ridículas. Pues yo te juro que á permanecer algún tiempo en aquel pueblo, llegarías á juzgarlas con menos severidad y aun presumo que no tardarías en poner los ojos dulces á alguna, teniéndola por tan airosa y gallarda como la dama más elegante que pasea sus gemelos de nácar por el ámbito del Teatro Real. Mas supongamos que te haces carlista y vienes á Madrid con un buen empleo, y al cabo de algún tiempo te encuentras de manos á boca en la Carrera de San Jerónimo con tu manchega deidad. ¡Qué horror! Te pones colorado al pensar solamente que el amigo que va contigo llegue á saber que has compuesto unas octavas reales á aquel talle.
Perdona que me suceda algo parecido tratándose de novelistas. Después de leer á Víctor Hugo, Dickens, Tourguenef, Balzac y Manzoni, soy lo más impertinente y quisquilloso que jamás se ha visto; pero lo mismo es andar algunos días entre Fernández y González, Pérez Escrich y Tárrago, que ya se me ensanchan las tragaderas de un modo inverosímil.
Ó no sé lo que me digo, ó acabo de prevenirles á ustedes contra los elogios que voy á tributar al señor Castro y Serrano.
Lo siento de todas veras, y si no llevase escritas ya cerca de dos cuartillas, es casi seguro que empezaría de nuevo esta semblanza.
No hay cosa que más repugnancia y desazón me cause que esa desdichada y nunca bien entendida división de las obras de arte en _realistas_ é _idealistas_. No obstante, por espíritu de humildad evangélica y sin otro pensamiento que el de mortificar la carne, diré que el Sr. Castro y Serrano es un escritor realista.
Hay gente--á quien la palabra realismo le huele á hospital, á carbón y á taberna--que de aquí para adelante no ha de mirar más de buen ojo á nuestro novelista sólo por esto. Así como los naturalistas dividen el mundo que habitamos en reino orgánico y reino inorgánico, ellos lo dividen en verso y prosa. Á la jurisdicción del verso pertenecen las noches despejadas de luna, el primer beso que se da á la novia, el canto del ruiseñor, los murmullos del río, las mariposas, el aire cuando no es muy fuerte, que toma entonces el nombre de céfiro, etc., etc. Entra en el recinto de la prosa toda la maquinaria industrial, el comercio por mayor y por menor, los presidios, los hospitales, las grandes ciudades, las estaciones de ferrocarriles, etc., etc.
Ahora bien, yo no creo en esta división. Á mí se me figura que el verso y la prosa andan confundidos en este mundo lo mismo que en el _Almanaque de la Ilustración Española y Americana_. El distinguirlos entre sí, no es tan fácil como á primera vista parece. Hay ocasiones en que dentro de un espacio tan reducido como el de este Almanaque, cuesta trabajo ímprobo el diferenciarlos, ¡qué no acontecerá tratándose del orbe entero! Para eso están los poetas; para eso y para hacer disparates cuando son ministros.
Quisiera ponerme serio, muy serio, y después de ponerme tan serio como en España se necesita para ser algo de provecho, diría á esos señores detractores del realismo como sigue.
La vida tiene toda ella un aspecto poético. Este aspecto poético, total ó parcialmente velado y desconocido para el común de los hombres, es sólo visible en la mayoría de los casos para las almas privilegiadas. El que no sabe libar de las bajezas y miserias de este mundo la rica miel de la poesía, no se tenga por poeta, por más que le encanten y deleiten hasta conmoverle la amenidad de los campos, la serenidad del cielo, los trinos de los pájaros, y haya escrito en su juventud algún artículo titulado «Impresiones».
Introducid á Dante en los talleres de una fábrica, y allí, donde nadie sospecha que existe elemento alguno poético, es bien seguro que él lo encontrará. Véase si no cómo nuestro Campoamor lo ha encontrado en un _tren expreso_, Núñez de Arce en los áridos y monótonos campos de Castilla _(Idilio)_, Pérez Galdós en la explotación de unas minas de calamina _(Marianela)_.
Acercad mucho los ojos al cuadro de las _Meninas_, de Velázquez, y no percibiréis otra cosa que manchones ó plastas de color. Si queréis admirar aquellos prodigiosos efectos de luz, es fuerza que os coloquéis á una distancia conveniente. Así el poeta busca en todos los momentos y situaciones de la vida la distancia para ver los objetos bajo la apariencia bella.
La llamada escuela realista ha padecido lamentable error traduciendo al arte, sin buscar previamente su punto de vista, muchos momentos de la vida indiferentes ó indignos. ¡Pero cuánto bien ha merecido por haber traspuesto la barrera en que los románticos lo tenían encerrado! Innumerables acciones y sentimientos humanos desdeñados por el romanticismo vinieron á reclamar el puesto á que tenían derecho, y aun aquellos otros, perseguidos sin tregua por los románticos, presentáronse desnudos de todo aparato absurdo y convencional. Derrumbáronse los blancos albornoces de los hombros de los caballeros y empezaron á sentir los afectos más tiernos debajo del forrado paletó. Las damas, que hasta ahora no habían comido ni bebido, sacaron la tripa de mal año en las novelas ó poemas realistas. Era ya tiempo. Las pastoras y zagales que tanto tiempo perdieron cogiendo florecitas, sonando el caramillo y mirándose en los arroyos, empuñaron el arado y la rueca que nunca debieron haber soltado. Después de tanta holganza, todos vinieron perezosamente á sus tareas, y tuvimos la satisfacción de verlos en poemas y novelas como si estuviesen en su casa.
¿Manchó sus alas el poeta por acercarse á la tierra? ¡Oh, no! Yo he visto á _Eugenia Grándet_ guardando terrones de azúcar á hurtadillas de su padre para endulzar el café de su amante, y no me pareció por eso menos bella. Yo he visto á _Pepita Jiménez_ con su vestido corto de merino y su pañolito de seda á la cabeza, y no me pareció menos amable é interesante. He visto sobre todo á _Margarita_, á la inocente niña de los cabellos rubios, delante del torno de hilar, moviéndolo con el pie al son melancólico de su canto, y jamás sacudió mi alma la poesía de los hombres con tal violencia. Antes de verla, grandes poetas que la humanidad justamente reverencia, me habían puesto delante de las más espléndidas bellezas, ideales y magníficas señoras ante cuya hermosura paséme absorto muchas horas. Mas siempre me infundieron tanto respeto, que aunque vivamente herido de la gloriosa luz que en torno suyo esparcían, en el fondo del corazón no las amaba. No se ama lo que está muy bajo ni lo que está muy alto. Cuando cayó en mis manos el libro de Goethe y conocí á Margarita, no me postré de hinojos confesando mi bajeza como había hecho con las otras, sino que me adelanté á saludarla con efusión como si fuese su amigo. ¡Qué temor puede inspirar la timidez! Entonces caí en la cuenta de que también en la vida de los que oímos á Perier en el Ateneo y tomamos chocolate á última hora en el establecimiento de doña Mariquita, puede existir mucha poesía. Margarita no vive entre las nubes, no es una visión, es nuestra hermana que canta cerca de nosotros mientras pone en orden los muebles de la habitación; es la mujer que amamos, cuya aguja cruje sobre el bastidor como si riera del rubor que la causan nuestras palabras. Margarita es poesía, pero es verdad.
Lo acabo de decir. El arte no es otra cosa en resumen que verdad y poesía. De un puñado de tierra se hace un brillante. Con un puñado de sentimientos se forma un poema. Todo se reduce á saber tallarlos. El poeta puede mover la cabeza sobre las flotantes nubes y bañarse en la radiante luz del sol, cuando para los demás mortales no aparece, pero es á condición de que pise con un pie á lo menos esta pobre tierra, que con tanta paciencia nos soporta.
Mas ahora advierto que con la mayor frescura estoy cortando y rajando en asuntos estéticos, ni más ni menos que si fuese un orador del Ateneo. Bien se habrán reído ustedes de mí. Sin embargo, no estoy arrepentido. El día menos pensado les encajo una defensa del _idealismo_. Hace tiempo que me llamo discípulo fiel de aquella frase de Voltaire: «Todos los géneros son buenos menos el fastidioso».
Una vez afirmado que me despepito y alampo por el género realista, surge inmediatamente esta formidable pregunta: ¿Es el Sr. Castro y Serrano un realista como Dios manda?
Aquí me tienen ustedes rascándome la cabeza por detrás de la oreja, subiendo y bajando los hombros y ejecutando otra porción de muecas á cual más ridícula, como si no supiese qué responder ó allá adentro me tuvieran agarrada la respuesta con tenazas. En último resultado podría responder como el estudiante de marras: «por mí que lo sea». ¿Pero así se declina una responsabilidad contraída? ¿De esta manera indecorosa se zafa uno de un compromiso sagrado por el mezquino interés de quedar bien con todos?
No en mis días. Por algo dijo un crítico que la crítica era un sacerdocio. En este momento late dentro de mí el sacerdote con terrible pujanza, y si no me van á la mano voy á escribir una que sea sonada.
El Sr. Castro y Serrano pudiera ser mucho mejor novelista de lo que es. De esto no me cabe ninguna duda. Todavía más: creo que tampoco le cabe á él mismo. No sé por qué se me antoja que es el Sr. Castro y Serrano uno de esos hombres que saben que se debe escribir bien, y que si en su mano estuviera, aun á costa de cualquier sacrificio, escribiría admirablemente. Esto ya es algo. Todo hombre debe proponerse hacer bien aquello que tiene entre manos.
¡Y qué gusto me daría á mí el Sr. Castro y Serrano si consiguiese siempre su propósito! Apretar el entendimiento, privarse del paseo y otros recreos honestos, ganar pocos céntimos, gastar la tinta y la salud escribiendo cuartilla sobre cuartilla, y al fin de todo, contemplar que la obra no es un monumento literario! ¡Oh qué cosa tan triste es ésta para el escritor! Crean ustedes que estuve tentado muchas veces á tirar la pluma y entrar en algún negocio de ferrocarriles.
Pero volviendo al tema. ¿Qué mal me resultaría á mí de que el Sr. Castro y Serrano escribiese tan bien como el Sr. Valera? Si cuando llegué á Madrid y por primera vez pisé las calles de esta corte
..........al rico aduladoras como al pobre severas, desbocadas,
según reza Tirso, me hubiesen mostrado al Sr. Castro y Serrano diciéndome: «Ese caballero que va ahí es el Sr. Valera», téngase por seguro que á la hora presente el Sr. Castro y Serrano sería para mí un eminente escritor.
Y para que se vea lo que son las aprensiones humanas; si al pasar el Sr. Valera por mi lado me hubiesen dicho «ése es el Sr. Castro y Serrano», es más que probable que no me causara ni la mitad de impresión esa nobleza que la comunica el culto fervoroso y constante del arte, y esa firmeza que la experiencia de la vida ha prestado á la fisonomía del Sr. Valera.
Mas el Sr. Valera y el turrón de Jijona son dos cosas difíciles de contrahacer, y ni el mismo Sr. Castro y Serrano, que es hombre docto y de ingenio, sería capaz de ofrecernos un Valera sin descubrir al momento la hilaza de la falsificación. Porque si bien puede oponérsenos que la frialdad es una cualidad en que ambos ingenios parecen ajustarse, yo no puedo menos de revolverme contra tal especie. No negaré que en Valera reina de vez en cuando tanto fresco que le obliga á uno á levantar el cuello de gabán y apretar un poco el paso, pero apenas si llega nunca á cuajar en él la nieve, mientras que el señor Castro y Serrano es un escritor de nieves perpetuas. ¡Al diablo quien pare allí!
Este es el secreto de por qué el Sr. Valera y mucho menos el Sr. Castro y Serrano no llegarán jamás á ser escritores populares. Pero como es un secreto, estimaré que no lo comuniquen ustedes á nadie.
¡Oh cómo ayuda á escribir este musculito hueco que brinca á todas horas en nuestro pecho! Entiende poco de sintaxis y menos de ortografía, pero, créame el Sr. Castro y Serrano, es el medio mejor que se ha inventado hasta el día para entenderse con el pueblo soberano.
Todas las novelas del autor que nos sirve de tema padecen de lo mismo. Hay en ellas observación fina, mucho acierto en la exposición y aliño en el estilo; les falta calor y poesía. Por eso juzgué siempre que el Sr. Castro y Serrano no debía tomar otro papel que el de escritor de costumbres, el cual no hace más que describirlas sin darlas vida en la acción más ó menos complicada de una fábula. No hay que olvidarse de que el novelista es ante todo un poeta. Copiar fielmente la vida ordinaria de los humanos podrá ser en ocasiones obra meritoria, pero no una obra romancesca. Es verdad que deseamos conocer con empeño á veces los actos más insignificantes ó indiferentes de la vida de un hombre, pero es sólo cuando este hombre ha cumplido, está cumpliendo ó va á cumplir algo extraordinario é interesante. ¿Querrá decirme el Sr. Castro y Serrano qué tiene que partir con el arte la vida del tendero que habita debajo de su casa desde que abre el establecimiento y limpia el polvo del escaparate por la mañana, hasta que apaga el gas por la noche? Nada en mi pobre juicio, mientras no se aparte del vulgo de los tenderos, mientras no ponga de relieve de un modo genial y característico algún sentimiento humano ó tome parte activa ó pasiva en el curso de una acción dramática. No me cabe duda; el realismo del Sr. Castro y Serrano no es el verdadero realismo. Podrá ser el realismo de la vida, pero no es el realismo del arte. Aquí vendría muy bien poner una llamada y citar una docenita de autores alemanes para que al señor Castro y Serrano no le quedase ninguna duda sobre este punto. ¡No es vergonzoso que no tenga ni uno disponible!
He leído con placer en otro tiempo una novelita publicada por nuestro autor en la _Ilustración Española y Americana_ que llevaba por título _Juan de Sidonia_. Aunque excesivamente sencilla en su trama, tiene mucho colorido y gran verdad y delicadeza en los sentimientos. Por _Juan de Sidonia_ adelante se puede llegar á ser un gran novelista.
Mas el Sr. Castro y Serrano muestra afición tan decidida á reposar frecuentemente, que sospecho no ha de llegar jamás al término del viaje. Esta tendencia al reposo que se observa en el Sr. Castro y Serrano no acusa una constitución muy sana; es señal de apoplejía. Adviértese con frecuencia que se detiene ante cualquier objeto, aun el más insignificante y despreciable, y se queda dormido describiéndolo. ¿Por qué para este novelista serán iguales un paraguas ó unos guantes á una mujer hermosa y ha de gastar la misma tinta en describirlos? ¿No comprende que el tenernos quietos tanto tiempo ante cualquier cachivache nos ocasiona gran molestia? Yo creo que el Sr. Castro y Serrano lo hará con la mejor intención del mundo, pero no parece más que lo hace adrede para aburrirnos. Si á esto se agrega--que se agrega casi siempre--un laberinto de reflexiones paradójicas brumosas y ensortijadas con que el autor se cree en el caso de sazonar todas sus descripciones, hay que convenir en que la brevedad es la primera de las virtudes teologales.
El Sr. Castro y Serrano es un gran observador. Pero también lo es el Sr. Valera, y nunca se le ocurrió abusar de este don del cielo, gastando, ó por mejor decir, malbaratándolo en todos los sitios y en todos los momentos.
El Sr. Castro y Serrano es ingenioso. Pero también el Sr. Valera lo es, y no se obstina en estrujar y retorcer conceptos y vocablos para extraerles la gracia.
El Sr. Castro y Serrano es docto. Pero también lo es el Sr. Valera y no siente comezón por mostrarlo.
Según la retórica, acabo de cometer nada menos que tres _carientismos_. ¡Dios me los perdone!
Por todo se podría pasar, no obstante, si el señor Castro y Serrano no fuese filósofo. Con esto declaro que no puedo transigir. ¿No es bastante que el señor Alarcón lo sea? Aquí en España la filosofía ya va picando en historia, y se cuenta demasiado con la paciencia de los naturales. Por lo demás, justo es decir que el Sr. Castro y Serrano no es de los filósofos más cerriles, y si con fe se lo propusiera, creo que pronto conseguiría dejar de serlo.
He dado á entender hace un instante, por medio de una figura retórica, que el Sr. Castro y Serrano solía introducir en sus novelas observaciones triviales, oscuras y desnudas de interés, y que asimismo no pocas veces alambicaba y retorcía los conceptos y las frases estéril é inoportunamente. Si no añadiese otra cosa á esta censura, cuando me fuese á la cama no me dejarían dormir los remordimientos. Apresúrome, por tanto, á manifestar que siendo muy exacto lo anterior, no lo es menos que este novelista sabe formular su pensamiento en consideraciones profundas, discretas é ingeniosas, como lo tiene probado en muchas páginas de sus libros; y que esparcidas por ellos se encuentran también frases sumamente felices y agudas. _Suum cuique tribuere_.
El Sr. Castro y Serrano tiene un estilo completamente propio. Ha salvado, pues, la barrera que separa al escritor del que no lo es. Sin embargo, con el estilo acontece lo que con todas las haciendas. Quién la tiene situada en un valle fértil y ameno, en las márgenes de un río bullidor y cristalino, regalada por los céfiros, el azahar y los pájaros; quién se ve precisado á poseerla en Navalcarnero, entre el cielo y el trigo que se abrazan allá á lo lejos, lo menos á catorce leguas. Pues bien, si no me engaño, la finca del Sr. Castro y Serrano debe hallarse hacia Creta, muy cerca del famoso laberinto. Tiene bello y elegante aspecto como la morada de un opulento, pero no pocas veces remedando á Teseo he tenido que dejar el ovillo á la puerta y llevar bien cogido el hilo al internarme en sus crujías á fin de encontrar salida cuando la hubiese menester.
Este escritor trata á su estilo como á barra de plomo. Machaca en él hasta que lo convierte en lámina. No bastándole esto, sigue batiendo hasta que lo transforma en papel. Y no satisfecho todavía continúa empuñando el mazo hasta que resulta un gas veintisiete veces más ligero que el aire. Por donde no pase el estilo del Sr. Castro y Serrano, crean ustedes que no pasa la punta de una aguja.
Que estire su estilo hasta romperlo por lo más delgado dentro del radio de la ciudad, como puede observarse en sus _Cuadros contemporáneos_, no es pecado tan feo, pues al fin en la corte, desde los novelistas hasta los garbanzos, todo anda estirado. ¡Pero ponerse á sutilizar, como lo hace en _La novela del Egipto_, frente á la naturaleza, frente al mar, lo mismo que si estuviera delante de la sala de lo civil en pleito de mayor cuantía! Vamos, que esto me parece... Permítaseme que sobre ello haga pronóstico reservado.
En el estilo, nuestro novelista se atiene también demasiado á la simetría, no permitiendo que ningún símil ó parecido marche sin su correspondiente desemejanza, esforzándose con empeño en rebuscar unos y otros de suerte que formen siempre una serie. De tal esfuerzo resulta en el estilo un cierto paralelismo artificioso que nada tiene que ver con el de la Biblia.
En fin, creo que por mucho que en ello me fatigase, nunca recomendaría bastante al Sr. Castro y Serrano la naturalidad.
Y aquí daría remate á esta semblanza si no fuese que aún me resta por decir unas palabras. Hélas aquí:
Aunque el Sr. Castro y Serrano observe en ocasiones más de lo necesario, aunque reflexione y considere también más de lo justo, aunque sea muchas veces nebuloso y afectado en el estilo, aunque se dé aires de filósofo y se entregue sin piedad á las descripciones; por mucho que se esfuerze en ocultarlas, el Sr. Castro y Serrano tiene bastantes cualidades para ser novelista estimable y un excelente escritor de costumbres.
D. JOSÉ SELGAS
I