Helen Redeemed and Other Poems
Chapter 4
Rosalinda y yo nos abrazamos llorando, prometiendo que no nos olvidaríamos jamás, y luego la separaron de mí a viva fuerza, creo que entre su padre, su hermano y la Roja. Cuando logré desasirme de los brazos de ésta que me sujetaban, salí a la calle y aun me pareció oír la dulce voz de la niña que me decía:
-¡Adiós, Santiago!
Vi un coche que se alejaba y corrí tras de él sin perderlo de vista, oyendo siempre aquel «¡adiós, Santiago!» que fue su postrera despedida. Divisé a alguna distancia las altas tapias de un jardín con una puerta de hierro, por la que entró el carruaje, cerrándose al momento. Cuando llegué, en vano llamé, en balde grité, nadie me franqueó la entrada. Sabía dónde vivía, pero no me era posible verla ni hablarla.
Volví a la posada, donde dije al dueño de ella que no partía ya. Me encontré a la Roja, que me estaba esperando, por la que supe que los padres de Rosalinda estaban establecidos en la ciudad. Era ésta la primera donde habíamos estado la niña y yo después de nuestra fuga, en la que conocimos a la familia Asthon, que había vuelto contratada al mismo circo algunos años después. Sin sospecharlo, porque luego habíamos viajado bastante y no sabíamos, ni Rosalinda ni yo, dónde parábamos, nos hallábamos a pocas leguas de mi pueblo. La Roja me dijo que me volviera a él, pues nadie me inquietaría por aquel suceso, pero yo no quise alejarme de mi adorada niña.
Poco a poco fui agotando el dinero que había reunido para gastarlo entre los dos. Todos los días iba a llamar a la puerta de casa de Rosalinda; pero ni me contestaban ni lograba verla jamás; era indudable que no salía a la calle, paseando por el extenso jardín. Mi único deseo era ya hablarla una sola vez; pero ¿cómo conseguirlo si era su morada lo mismo que una prisión?
Un día me encontré sin ninguna moneda y salí al campo para comer algunas frutas. Llegué a un sitio solitario y me senté junto a un arroyo, donde hice mi frugal almuerzo. Los altos árboles cubiertos de ramaje me ofrecían su bienhechora sombra, y en sus copas cantaban dulcemente centenares de pajarillos que vivían allí sin ser inquietados por el hombre. Las flores silvestres alzaban sus esbeltos tallos para recibir el beso de algún rayo de sol que penetraba a través del follaje. A lo lejos veía un pastor echado cerca de su rebaño y llegaba hasta mí el sonido de una guitarra que tocaba un hombre en un ventorrillo, al que a aquella hora no solía acudir casi nadie.
Con verdadera ansia me hallaba comiendo higos y moras cuando oí una voz que me decía:
-Parece que hay apetito, ¿eh?
Alcé la cabeza, y vi a un joven decentemente vestido que me miraba con atención.
-Sí, señor -le respondí-, es lo primero que como hoy.
-¿Y tienes con qué comer luego?
-No; estoy sin trabajo.
El desconocido me contempló con profunda lástima, y sacando una cartera del bolsillo, de la que quitó dos cartas con sobre cerrado, me la alargó, diciendo:
-Toma esto para ti, yo no lo necesito.
-Gracias, señor -murmuré.
Se alejó rápidamente, y entonces vi que la cartera, que estaba marcada con dos iniciales, contenía, además de algunos apuntes que no significaban nada para mí, un billete de 50 pesetas. Este suceso me parecía un sueño, y temiendo estaba despertar y hallarme otra vez en la miseria cuando oí una detonación. Los pájaros salieron a bandadas huyendo y hasta un rato después no volvieron a posarse en las verdes ramas.
Guardé la cartera y me dirigí al sitio donde había sonado la detonación. El ventero acudía por otra senda al poco tiempo.
Vimos tendido sobre la hierba a un joven en el que reconocí al que me acababa de hablar. Tenía en la mano un revólver, con el que se había disparado un tiro en la frente, y a su lado las cartas que sacó de la cartera, la una dirigida al juez y a una mujer la otra. El ventero corrió a dar parte de que cerca de su casa había un cadáver, en tanto que yo me alejaba hacia la ciudad con el corazón oprimido por indecible angustia. Pensaba en que el día que perdiese toda esperanza de ver a Rosalinda no me quedaría más recurso que hacer lo que aquel desgraciado.
-¡Verla! ¡hablarla! esto continuaba siendo mi pesadilla. ¿Por qué no había de saltar la tapia una noche y esperar oculto una ocasión propicia para acercarme a ella en el jardín?
Ya no viví tranquilo hasta que puse en práctica el proyecto. Siendo gimnasta, fácil me fue vencer el obstáculo material que me separaba de la niña; aquel salto, que hubiera sido casi imposible para otro, resultó sencillo para mí. Una vez dentro, vi a lo lejos la casa, en la que aún ardían algunas luces, y pensé que quizás una fuera la de su cuarto. ¿Dónde me ocultaría? Vagué al azar, y ya me creía seguro bajo un cobertizo en el que había objetos de jardinería, cuando turbaron el silencio de la noche los ladridos de un perro. Advertía cómo iba acortando la distancia que le separaba del sitio en que me hallaba, y al fin le vi enfrente y pronto a lanzarse sobre mí. Me defendí como pude, pero aquella lucha hacía ruido y acudió un guarda.
No pude explicar mi presencia en el jardín, y me llevaron preso. Para agravar mi situación, encontraron en mi bolsillo la cartera del suicida, y aunque juré una y mil veces que me la había dado, el juez creyó que había despojado de ella al cadáver, y la pena que me impuso fue más fuerte.
La cárcel estaba enfrente del jardín de Rosalinda. Había sido convento, y todas las ventanas tenían aún celosías; así es que si yo podía ver lo que pasaba fuera, no era fácil en cambio que los del exterior me viesen.
Todas las tardes divisaba, pero muy lejos, a mi amada sentada en un gran sillón junto a una señora que solícita la cuidaba y que debía de ser su madre. También solían estar a su lado, pero menos, su padre, sus dos hermanos y una niña menor que ella, nacida sin duda en el país lejano de América u Oceanía donde habían residido desde que la dejaron en mi aldea. Al parecer Rosalinda se hallaba muy enferma, y yo no podía ni cuidarla ni prestarle mis consuelos.
Vivía entre malhechores de la peor especie, y sólo había hecho conocimiento con un preso político que debía extinguir su condena al propio tiempo que yo. Me trataba con cariño, y en los ratos en que estábamos reunidos me daba lecciones de escritura que procuraba aprovechar.
-Oye, Santiago -me decía-, cuando, nos dejen libres nos vamos a hacer un viaje largo por todas las partes del mundo; me servirás de secretario, y cuando nos establezcamos en algún punto fundaremos un periódico, porque noto en ti dotes de literato. Escribirás tu historia, cuya relación me ha conmovido e interesado, y haremos por publicarla. Verás de qué manera vamos a hacernos célebres los dos.
-Pero mi historia no tiene desenlace -repliqué.
-Tal vez lo tenga antes de que salgamos de la cárcel.
Y así fue, en efecto.
Un día me anunciaron que un caballero preguntaba por mí, y no tardé en hallarme ante un joven cuyo parecido con Rosalinda era notable. No necesitó nombrarse para que adivinara que era el segundo de sus hermanos. Iba vestido de negro, y con voz conmovida me preguntó:
-¿Es usted Santiago Arabal?
Le contesté afirmativamente, y él prosiguió:
-Vengo de parte de mi hermana, sin que lo sepa mi familia, porque así se lo he prometido. Rosa está muy enferma. Las consecuencias de su funesta caída, la tristeza, tal vez algo de herencia, pues nuestra madre está también muy delicada de salud, le han producido un mal que no tiene cura. Me ha encargado que le entregue a usted este paquete, que ella misma ha lacrado, y que le abrace en su nombre.
-¿Y está grave? -le pregunté.
Me miró con tal expresión de pena que adiviné la verdad.
-¿Ha muerto? -murmuré
-Sí, hace dos días, pero no he querido decírselo de pronto. En estos meses que ha estado con nosotros la habíamos tomado cariño; ella siempre se acordaba de usted, nada más que de usted. Cumplo, pues, su postrer encargo entregándole este paquete y dándole este abrazo.
Me estrechó con fuerza contra su pecho y salió no menos conmovido que quedaba yo.
Mucho tardé en ver lo que Rosalinda me mandaba; loco, desesperado, no tenía ánimo para nada, pareciéndome que todo en el mundo se había acabado para mí.
Al fin rompí el papel lacrado y vi un retrato suyo con esta sola dedicatoria «A Santiago, Rosalinda», puesta en gruesos caracteres, como por una mano inexperta; un rizo de sus cabellos y las medallitas doradas que le dieron de premio en el colegio de mi pueblo y que siempre había ella guardado cuidadosamente. Besé aquellos objetos queridos, jurando que no me separaría de ellos jamás.
Así acabaron aquellos amores de mi infancia. Salí de la cárcel ya hombre, partiendo para lejanas tierras con mi protector, que es mi mejor amigo.
Los sucesos por demás extraños que nos ocurrieron nada tienen ya que ver con esta historia, y en libro aparte acaso los narraré algún día.
Básteme por hoy decir que ningún amor verdadero ha venido a borrar de mi corazón la imagen de aquel ángel, a quien solo yo nombré Rosalinda.
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