Helen Redeemed and Other Poems
Chapter 3
-Yo soy acróbata, y mi mujer y mi hija también. Trabajamos en el circo de esta ciudad, donde estamos contratados para toda la temporada. Pero hace años que sueño con un ejercicio precioso, las estrellas volantes, para el que necesito dos muchachos como vosotros; es cuestión de fuerza para el mayor, agilidad para el pequeño y una precisión matemática para los dos. No podéis empezar por eso, pero antes os enseñaré otros trabajos más fáciles a fin de que pronto me ayudéis a ganar vuestro sustento. En España se persigue ahora bastante al hombre que se lleva a un niño, y no quiero indisponerme con la justicia. Pero puesto que vosotros estáis solos en el mundo y nadie os ha de reclamar, podéis venir conmigo.
-¿Qué te parece, Rosalinda? -pregunté a la niña, olvidándome de su disfraz.
-¡Cómo! -exclamó el extranjero-. ¿Este chico es chica?
Me quedé algo confuso, pensando que quizá fuera eso causa de que no tuviéramos colocación.
-No importa -continuó él, comprendiendo lo que por mí pasaba-. Casi será el ejercicio más bonito así.
Viendo que aún vacilaba, me dijo:
-No temas nada, en mi casa no se os tratará mal y viviréis mejor que dedicados a cualquier otro trabajo.
-Vamos, Santiago -me dijo Rosalinda-; te ayudaré a ganar la vida, y en cualquier otro lado que te coloques no me dejarán estar contigo.
Seguimos al extranjero, que nos llevó a su casa. Tenía dos habitaciones amuebladas, una sala grande con una alcoba todavía mayor.
-Por esta noche tu hermana dormirá con mi hija y tú conmigo -me dijo.
Rosalinda se puso su traje de niña y guardé el que había usado durante unos días.
Nuestro protector se llamaba Roberto Asthon, su mujer Juana y su hija Virginia. Eran personas vulgares, pero no malas, que nos acogieron bien. Por la noche nos llevaron al circo, donde los tres trabajaban, él en el trapecio, la mujer como equilibrista ejecutando juegos malabares, y la hija, que contaría unos diez y seis años, sobre un caballo, al que parecía querer más que a sus padres.
La función nos impresionó vivamente a Rosalinda y a mí. Tanta luz, tanta gente, aquellos hombres y aquellas mujeres haciendo arriesgados ejercicios eran para nosotros seres sobrenaturales y estábamos encantados al pensar que algún día podríamos hacer lo que ellos. A mi juicio, y acaso al de ella, no era fácil hallar en el mundo cosa mejor.
Así es que Asthon nos encontró propicios para aprender y desde el primer día pusimos cuanto fue posible de nuestra parte para dar gusto a nuestro maestro.
Antes de presentarnos en el circo cómo gimnastas salimos en una pantomima infantil para la que nos ataviaron lujosamente. La belleza de Rosalinda llamó vivamente la atención del público, que nos aplaudió, regalándonos dulces y dinero.
Acabó la contrata allí y fuimos a otro lado. Roberto continuaba enseñándonos y nos anunció que pronto podríamos ejecutar algún ejercicio. No nos pegaba ni se impacientaba con nosotros cuando tardábamos en aprender, y hubiéramos estado con él perfectamente si toda la familia no se hubiera entregado por la noche a la bebida después, y a veces antes, de la función, volviendo a la fonda donde parábamos en completo estado de embriaguez.
A medida que íbamos creciendo, aquellas escenas se nos hacían más repulsivas, sobre todo a Rosalinda, alma delicada que rechazaba todo lo malo y todo lo innoble por instinto.
Aquellas gentes hablaban, cantaban y reían, y la pobre niña cubría su cabeza con las ropas de la cama, procurando no verlos ni oírlos.
Lo único que había de bueno para nosotros es que nos olvidaban totalmente; a aquellas horas no existíamos para ellos ninguno de los dos.
Yo trabajé al principio a caballo y Rosalinda en la percha con Roberto.
Cuando él juzgó que ya éramos bastante hábiles nos enseñó varios ejercicios en el trapecio, llegando al fin a realizar lo que él llamaba su bello ideal, las estrellas volantes. Hacía entonces tres años que nos hallábamos con la familia Asthon. Consistía el citado ejercicio en pasarse de un trapecio a otro, después de varias planchas y volteos; al final yo debía enviar a Rosalinda, con una precisión grandísima, desde donde me hallaba a bastante distancia para que fuese recogida por Roberto.
Nos habían hecho a los tres trajes completamente iguales, todo encarnado, incluso las mallas.
Rosalinda estaba encantadora hasta el punto de disgustarme verla tan bella, pensando que el público pudiera ser de mi misma opinión.
Desde hacía algún tiempo notaba que el sentimiento que me inspiraba la niña se había trocado en otro más tierno, al paso que el de ella por mí no había cambiado absolutamente nada.
Era siempre la criatura cándida y sencilla que me había otorgado todo su cariño casi desde que me conoció. Estaba más bien baja para su edad; era esbelta y elegante; sus cabellos castaños no eran largos, como sucede a las que los tienen rizados; caían sobre sus hombros formando bucles, y servían de marco al rostro más perfecto que se haya visto jamás. Cuando después de ejecutar sus ejercicios la hacían salir a la pista y saludando echaba besos con sus manitas al público, cuando algún espectador más o menos joven le decía cualquier requiebro al que ella jamás contestaba, cuando veía los gemelos fijos en su airosa figura, sentía yo indecible malestar que me hacía entregarme a raptos de verdadera cólera.
Luego me calmaba, cuando, a solas en aquella pequeña habitación destinada para vestirnos, la veía agitada por el cansancio sentarse a mi lado en el estrecho diván y apoyar su frente cubierta de sudor en mi hombro. Yo lo enjugaba con mi pañuelo y no le dirigía la palabra hasta que su fatiga había cesado.
No; aquella vida no era tolerable para Rosalinda, que no había nacido para ella, y aunque nunca se lamentara, comprendía que con gusto la hubiera trocado por cualquiera otra.
Mis celos ¿por qué no darles su verdadero nombre? aumentaban a medida que la niña crecía y me causaban verdadera tortura.
La familia Asthon nos había tomado cariño y siempre hablaba de que no nos separaríamos nunca; yo la dejaba en esa creencia, pero en los ratos que tenía libres procuraba buscarme una colocación, por humilde que fuese. En todas partes hallaba dificultades, pues si consentían en admitirme en algunas era siempre solo, y yo no podía separarme de Rosalinda. Mi amor por ésta era tan grande como respetuoso; más bien que un ser humano parecía aquella criatura un ángel.
Con mucha anticipación se anunció en los carteles y periódicos el ejercicio Las estrellas volantes, ejecutado por la familia Asthon. Llegó el día fijado. El circo estaba lleno. Nosotros no trabajábamos hasta la mediación de la segunda parte del programa.
No sé por qué al acercarse la hora me hallaba preocupado, lo que no me había ocurrido una sola vez desde que éramos gimnastas. Tenía miedo de que el ejercicio no saliera bien y temblaba sobre todo por Rosalinda. Felizmente mis temores no se confirmaron, y nunca fuimos más aplaudidos ni salimos más veces a saludar al público. Gracias a esto el director nos concedió un beneficio que debía verificarse a la semana siguiente. Sería la función de despedida, pues estábamos contratados en otra parte, aunque el circo de aquella ciudad seguiría abierto más tiempo.
El mismo día de aquel beneficio ensayamos por la mañana como de costumbre, y antes de ir a almorzar a la fonda en que nos hospedábamos salimos Rosalinda y yo a dar un paseo por los alrededores. Al volver me encontré a Roberto muy preocupado, y antes de que le preguntásemos la causa nos dijo:
-Virginia se ha marchado con Tony.
Tony era un acróbata de la compañía.
Para ahogar sus penas Asthon bebió más que de costumbre y luego no le vimos hasta la hora de la función. Trabajé en la primera parte sobre el caballo y en la última en Las estrellas volantes. Al principio todo fue bien; los cambios de trapecio a trapecio entre Rosalinda y yo se hicieron con la precisión de siempre y nos preparamos a terminar el trabajo como las otras noches.
Yo veía desde mi puesto a Asthon cogido por las corvas, con el rostro congestionado, los ojos saltones, los cabellos pegados a las sienes por el sudor copioso, y me parecía que el inglés no se hallaba en su estado normal. Cuando dijo ¡ya! con su voz de trueno, di impulso al trapecio mientras él hacía lo mismo con el suyo, y al llegar a la distancia convenida solté a Rosalinda, que debía ser recogida por Roberto.
Un grito de espanto resonó en todo el circo. La niña había caído desde una inmensa altura a la red y, despidiéndola ésta, a la pista, donde quedó sin movimiento. Iba a seguirla tirándome a mi vez cuando oí que desde abajo me gritaban: «Por la cuerda, por la cuerda» que uno de mis compañeros de circo me había acercado al trapecio para que descendiese por ella. Maquinalmente la cogí y con rapidez extraordinaria me dejé deslizar hasta el suelo.
Muchos espectadores, gimnastas y empleados del circo rodeaban a Rosalinda, habiendo entre los primeros un médico. Éste la tomó en brazos y abandonó la pista mientras el público horrorizado salía sin querer ver la terminación del programa.
-Se ha matado -oí que decían algunos.
Y teniendo la evidencia de tal desdicha, no me atrevía a seguir a los que se llevaban a mi adorada Rosalinda.
Al fin procuré salir de mi estado de postración, pero ya los corredores estaban desiertos, por lo que me dirigí a nuestro cuarto pensando que habrían llevado allí a la niña. Me detuve junto a la puerta, que estaba cerrada y en la que se veía trazado con carbón en letras grandes. «Familia Asthon». Reinaba un silencio profundo que me pareció de muerte; al fin abrí y vi que la habitación, alumbrada por un mechero de gas, estaba vacía.
Un empleado, a quien interrogué, me dijo que habían llevado a la niña al cuarto del director. El médico había hecho salir de allí a los curiosos y sólo estaban con él Juana, Roberto y cuatro o seis personas, gimnastas en su mayor parte. Como me creían hermano de Rosalinda, me dejaron que entrase sin dificultad.
La pobre criatura estaba echada en una cama, con los ojos cerrados y el rostro pálido como si fuera un cadáver. De vez en cuando movimientos convulsivos agitaban su cuerpo.
Tenía una mano manchada de sangre, y recordé el primer día que la vi, cuando me decía con su dulce voz, el rostro inundado de lágrimas:
-Límpiame esto.
La cara del doctor estaba bastante sombría mientras hacía la primera cura. Después que terminó dijo, volviéndose hacia Juana:
-Creo que es usted su madre, ¿verdad?
Ella hizo con la cabeza una señal afirmativa.
-Siento decirle -prosiguió el médico- que el estado de la niña es grave, que exige continuos cuidados y que es casi seguro que no pueda nunca volver a trabajar en ningún circo. Voy a mandar que traigan una camilla para llevarla a su casa.
-Es que -dijo Roberto, cuya embriaguez se había disipado por completo- nosotros estamos en una fonda y mañana tenemos que marcharnos. ¿Cómo se va a quedar allí? No lo permitirán.
-En ese caso, la haré conducir al hospital, donde podré continuar asistiéndola.
-Como usted guste.
Mientras ellos hablaban me había acercado yo a Rosalinda y cubría su rostro de besos y de lágrimas. Estaba helada y había perdido toda sensibilidad.
-Lo que hace este chico -dijo el doctor a uno de los que estaban allí- esperaba que lo hubiese hecho el resto de la familia; me parece que son tan padres de la muchacha como yo.
Llevaron la camilla, y el médico, con mi ayuda, colocó en ella a Rosalinda envuelta en una manta. Después la sacaron de la habitación, y la seguí hasta el hospital.
No me dejaron entrar detrás de ella.
-Los jueves y los domingos hay visita de dos a tres -me dijeron.
Me fui a la fonda, donde manifesté a Asthon mi resolución de quedarme en la ciudad hasta que se curase Rosalinda. Se encolerizó, profirió juramentos y amenazas, pero tuvo al cabo que ceder, y quedamos en que nos reuniríamos de nuevo cuando él terminase su contrata, para lo que volvería a buscarnos.
-Creo -me dijo- que la niña tiene fracturado un brazo; pero si no le queda más que eso, Virginia le enseñará a bailar y aún podrá ganarse la vida. De la conmoción cerebral se curará.
-¿Virginia? -le pregunté asombrado.
-Sí; ha vuelto, dejando plantado a Tony; estoy contento.
Me despedí poco después de toda aquella gente, busqué una habitación más barata y rogué al director del circo que prorrogase mí contrata por algún tiempo, aunque me pagara poco. Accedió a mis deseos, y con lo que me dio logré vivir y ahorrar algún dinero.
Las primeras veces que fui al hospital no me dejaron pasar a ver a Rosalinda, que continuaba muy grave. Entonces resolví esperar al médico todos los días cuando saliera de hacer su visita para preguntarle cómo estaba mi querida enferma. Fiel a la promesa hecha a Roberto, dije que me llamaba Santiago Asthon, a pesar de la incredulidad del doctor, que encontraba que yo hablaba el español demasiado bien para ser hijo del acróbata extranjero.
Al fin, mucho después de la caída de la niña, me permitieron que entrase a verla un momento.
Rosalinda estaba aún en el lecho, completamente inmóvil a causa de la fractura del brazo, pálida y delgada. Una sonrisa celestial iluminó su rostro cuando me acerqué a su cama, y casi no me atreví a rozar su frente con mis labios por temor de lastimarla.
No le hables mucho -me dijo una hermana de la Caridad-; el doctor lo ha prohibido.
Apenas me dejaron estar a su lado diez minutos, durante los cuales me aseguró que se encontraba mejor y que su único deseo desde que recobró el conocimiento fue volver a verme. Me rogó que la sacara de allí pronto. Esto me lo expliqué perfectamente, porque las enfermas con quienes estaba causaron también en mí una triste impresión. Las había convalecientes, graves y moribundas; la charla de las unas formaba singular contraste con los gemidos o el estertor de las otras.
Desde entonces volví todos los jueves y los domingos.
La hermana que el primer día me había hablado me llamó una tarde aparte y me dijo:
-Es preciso que procures separar a esa niña de la vida a que la condenan vuestros padres. Diles que nos la dejen, y nosotras la haremos educar. Nos dijo, cuando sobre ello le preguntamos, que no se había confesado nunca, y en este tiempo ya lo ha hecho aquí dos o tres veces; antes de que salga de esta casa hará su primera comunión. ¿Y tú te has confesado?
-¿Yo? -murmuré, mirándola con asombro-, yo no.
-¿Sabes rezar al menos?
-Sí, aprendí en la escuela.
Me hizo varias preguntas de catecismo, a las que respondí lo mejor que pude, y la hermana me regaló un escapulario. Cuando iba a separarme de ella añadió:
-Deja esa senda de perdición por la que vas y aparta también a tu hermana, que no nació para esos horrores. Eres un muchacho fuerte y robusto que puedes dedicarte a las faenas del campo; sé bueno, hijo mío, y sobre todo procura que tu hermana lo sea.
Cuando Rosalinda se levantó la vi en el jardín del hospital, donde aspiraba con delicia el aire puro y el aroma de las flores. Había crecido mucho y estaba muy pálida, pero no menos bellas que antes.
-Pronto me darán de alta -me dijo un día-; mira, ya muevo el brazo, pero noto un gran cansancio a todas horas y apenas puedo tenerme en pie. El médico, que es muy bueno para mí, me ha mandado que vuelva a mi pueblo para pasar en él una larga temporada, que tome mucha leche y... esto es lo que me mortifica... que no trabaje nada. Al pueblo no podemos volver, porque estará allí la Roja, pero vámonos a otro que bañe el mismo mar; tu pescarás y yo venderé la pesca; te acompañaré siempre, y los peligros que corras, los correré contigo. No esperemos a Asthon; huyamos antes de que él vuelva a esta tierra. Ese hombre me da espanto, no porque haya sido la causa de mi enfermedad, sino por su estado de constante embriaguez que le priva de la razón, haciéndole capaz de cometer las mayores locuras. No quiero ver más a su hija, qué no me da sino malos consejos que mi alma rechaza, ni a su mujer, ni a nadie de esa familia. Santiago, llévame contigo donde no me conozcan, ni me hablen, ni me miren; no quiero vivir más que para ti.
¡Con qué placer oía yo estas palabras! Economizaba casi todo el dinero que me daban, no gastando ya más que en comer, porque dormía en el pórtico de una iglesia abandonada y ruinosa, para no pagar un mal cuarto en la posada.
Una mañana me dijo uno de los compañeros de gimnasia, muchacho de pocos más años que yo, que iba a ir a la fiesta de un pueblo vecino, preguntándome si quería acompañarle. No me atreví a rehusar, y como no era día de visitar a Rosalinda, partí con él bastante temprano, yendo en la diligencia con otros muchos viajeros.
Se celebraba una romería que estaba, al llegar nosotros, muy animada, y lo pasé menos mal de lo que creía, porque mi compañero era alegre y sabía sacar partido de todo.
Habían puesto en la plaza una cucaña y se disputaban el premio, veinticinco pesetas, varios mozos de la localidad.
-¿Quieres que subamos? -me preguntó el gimnasta.
-Como gustes -le contesté.
-Echemos a suertes quién va antes. Cara -dijo sacando una moneda y preparándose a arrojarla al aire.
-Cruz -exclamé en seguida.
Salió cruz y me dirigí resueltamente a la cucaña, por la que empecé a subir. Lo hice despacio, procurando no cansarme, y logré coger la bolsita que guardaba el dinero. Me aplaudieron y bajé triunfante, pensando que con aquellos cinco duros podría aumentar mi modesto capital.
-Quince pesetas al que suba el segundo -gritó un ricacho del pueblo.
Aquel premio lo ganó mi amigo. Hubo aplausos también para él.
-Diez pesetas al tercero -dijo otra voz.
Y mi compañero y yo, satisfechos por nuestro triunfo, nos quedamos a ver quién ganaba.
Había cerca de nosotros un grupo de jóvenes, y uno de éstos, al fijarse en mí, me llamó por mi nombre. Era un chico de mi pueblo, sobrino del alcalde, que había ido a la escuela conmigo. Mucho me disgustó el encuentro, pero no pude prescindir de él. Le pedí noticias de la gente del lugar y me dijo que todo continuaba allí tranquilo, sin más novedad que haber el tío Feliciano alquilado la casa que fue de mi padre y estar la Roja para casarse con un pescador. Había él ido a ver la fiesta como nosotros, aunque desde más lejos, y pensaba volver a nuestro pueblo a los pocos días. Aún estaba hablando conmigo cuando pasaron dos hombres por nuestro lado murmurando uno de ellos:
-Estos son los que han ganado los primeros premios de la cucaña, pero mira qué gracia, son Asthon y Bell, dos acróbatas del circo de la ciudad de ***, donde los he visto trabajar, y subir por un palo debe ser para ellos un juego de niños.
Cenamos en un restaurant el gimnasta y yo, y después, en el coche que salía a las nueve de la noche, regresamos para ejecutar nuestros ejercicios en la tercera parte de la función del circo. Éste se cerró dos días después, y como no quise partir con la compañía, me quedé sin contrata.
Al fin fue Rosalinda dada de alta. Las hermanas se despidieron de ella con el mayor cariño, dándole hasta el fin saludables consejos, que oyó también de los labios del médico. Dejé la dirección de la posada donde íbamos a vivir unos días por si algo querían de nosotros, y me llevé, por último, a la niña, que me entregaron sin dificultad, como a hermano suyo que me creían.
Noté desde el primer momento en Rosalinda un cambio grandísimo: ya no se mostraba tan expansiva conmigo como antes, al encontrarse nuestras miradas bajaba los ojos, y su timidez era visible cada vez que le dirigía la palabra. Me rogó que tomase en la posada dos cuartos, pero yo no pedí más que uno para ella, dispuesto a dormir en un banco delante de su puerta mientras permaneciésemos allí.
Mi enojo con las hermanas de la Caridad era inmenso, pensando que me habían arrebatado su cariño, pero al decírselo me convenció de lo contrario con estas palabras.
-Si fuera lo que supones no me hubiese vuelto contigo: bastaba para ello que supieran que no eres mi hermano.
-Entonces es que ya no me quieres...
-No -me interrumpió-, es... que te quiero más.
El amor, que yo había sentido antes que Rosalinda había brotado en su alma, y al fin se daba cuenta de él.
Mi dicha no tenía límites y nos pasábamos el día haciendo planes para lo porvenir. Con el dinero que ganase, y del que ahorraríamos una mitad, compraríamos una barca, yendo al cabo a mi aldea, de la que con el pensamiento arrojábamos a la Roja y demás seres importunos. Transcurridos dos o tres años nos casaríamos para que nadie en el mundo nos pudiera separar.
Rosalinda se había repuesto casi por completo y habíamos proyectado salir de la ciudad un lunes por la mañana en la diligencia de las ocho.
Nos hallábamos guardando la ropa en una maleta en el cuarto de la niña, cuando llamaron a la puerta. Creyendo que sería el posadero que venía a arreglar la cuenta abrí, y júzguese cuál sería mi asombro al encontrarme enfrente de la Roja. Entró en la alcoba y se sentó sin saludar.
-¿No me esperabais, eh? -preguntó después de un momento que estuvo gozando con nuestra confusión.
-No -le contesté-, y no sé lo que viene usted a hacer aquí.
-Pues yo te lo diré, chiquito. Antes voy a contarte lo ocurrido desde que os escapasteis del lugar. A los ocho días de vuestra marcha llegó a mi casa un caballero que me dijo: «Soy el padre de Rosita y vengo a buscarla y a pagar a usted lo que le debo. Mi administrador se ha vuelto loco, y por eso no ha cobrado usted los últimos meses. ¿Dónde está mi hija?» Ya comprenderéis la escena que siguió a esto. Cuando se enteró que la niña se había fugado, ni más ni menos que hubiese podido hacer una joven contrariada en sus amores, al pronto no lo quiso creer y luego sospechó que yo debía haber tratado indignamente a su hija para que huyese así de mi lado, o que el mal ejemplo habría influido en su funesta determinación. Le hablaron bien de mí el cura, el alcalde y todo el pueblo, pero el señor seguía furioso y se portó muy mal conmigo. Desde entonces no descansé para buscaros; necesitaba probarle que Rosa se había marchado por no separarse de ti entrando en un colegio que le tenía buscado. Bien habíais arreglado la fuga a pesar de vuestros pocos años; ni rastro había quedado por ninguna parte. Una casualidad debía servirme mejor que todas mis pesquisas. El sobrino del alcalde, que te vio en la feria de un pueblo cercano, me contó que habías ganado un premio subiendo a la cucaña y que allí había oído a unos hombres que eras gimnasta del circo de esta ciudad y que te llamabas algo así como Basto o Bastón. Me vine aquí en seguida; el circo se había cerrado, pero me aseguraron que tú no habías partido con la compañía por quedarte cuidando a tu hermanita, que había estado a punto de matarse una noche. Anduve de un lado a otro hasta que al fin supe que Rosa había sido llevada al hospital. Corrí allá, y sin hablar del objeto de mi visita, dije que había sido nodriza de la niña y que necesitaba saber su paradero. Me vine a la posada y aquí me tenéis. ¡Buena, voy a devolver al Sr. Latorre a su hija! ¡Enferma, acaso indigna de él!
-Eso no -repliqué vivamente.
-¡Bah, bah! No habrás impedido que vea y oiga lo que no debiera nunca haber visto ni oído. Bien me voy a fiar de tus palabras, hoy que eres un mozo, cuando me engañaste de pequeño.
Rosalinda no se atrevía a hablar y fijaba con angustia sus ojos en los míos. Con sus miradas me decía: «Nos van a separar».
La Roja se acercó a la ventana, y debió hacer una seña que nosotros no vimos, porque casi en seguida entró un caballero con un joven que parecía tener unos veinte, años.
-Tu padre y tu hermano -dijo a Rosalinda.
La niña se acercó maquinalmente a ellos y correspondió a sus caricias sin entusiasmo, como el que cumple con un deber.
Luego aquellos hombres me llenaron de improperios, que escuché sin replicar devorando la ira que me dominaba.
-Me han ofrecido ustedes no hacerle nada -exclamó la Roja-; llévense a la niña y no armen un escándalo aquí.
-Vamos, hija -murmuró Latorre.