Helen Redeemed and Other Poems

Chapter 2

Chapter 24,172 wordsPublic domain

-¿Piensas que es una niña abandonada y sin familia? Si lo has creído te equivocas. Tiene padres, y hasta hace poco he sabido de ellos todos los meses y les he enviado noticias de su hija. Cerca de nueve años hará que un caballero vino a buscarme porque le habían dado buenos informes míos y sabía que criaba a mi hijo muy hermoso. Aquel señor me dijo que le habían destinado a Ultramar, que su esposa quería seguirle con los dos niños mayores, pero que la pequeña era muy delicada, que su madre no había podido criarla y que preferían no llevársela por no exponerla a sufrir las con secuencias de un viaje largo y penoso. Me encargó que la cuidase mucho, y que si él no volvía antes de que cumpliera los cinco años, la pusiera en un colegio; añadió que me pagaría bien y que si a su regreso no le había ocurrido a su hija nada desagradable me daría en recompensa una buena suma. Como por mi trabajo no podía llevarme a la niña conmigo, me pareció más prudente y más seguro dejarla encerrada en el huerto, donde estaba al aire libre y al sol, que consentir que hiciese conocimiento en la calle con los pilluelos del lugar, de los que no eras tú de lo mejor. ¿Cómo me había de figurar que abandonarías tus costumbres de pasar el día en la playa para buscar la amistad de una niña menor que tú y que apenas sabía hablar? Ahora comprenderás el furor que se apoderó de mí cuando me enteré de que la habías sacado de casa y que podía haberse ahogado; es la única vez que he tratado mal a Rosa; ella te lo puede decir, y eso porque no supe contenerme. A la edad fijada por su familia la mandé a la escuela, la vestí mejor; y así ha continuado hasta ahora. En la actualidad no la perjudico si la llevo al asilo; si viniera su padre a buscarla, la sacaría de él fácilmente; si no viniera, las monjas la tendrían hasta que cumpliese los diez y ocho años, y entonces, o se pondría a servir, o se casaría con un hombre honrado que con su trabajó pudiese mantenerla. Ese hombre serás tú u otro cualquiera; no sería yo quien impidiese vuestro matrimonio; pero si vuelve su familia no pienses en ello siquiera, porque la unión sería tan desigual que tú mismo te avergonzarías de ella.

Cesó de hablar la Roja, y no supe qué contestarle. Rosalinda, que escuchaba también en silencio, no se atrevía ni a moverse y permanecía sentada en un rincón y con los ojos bajos. Al fin su nodriza tomó otra vez la palabra para decirme:

-Ya sabes lo que te he ofrecido, y me alegraré que lo aceptes; ahora vete a descansar, que bien lo necesitas, y yo también, que tengo que madrugar mucho mañana.

Me despedí de ella y de la niña y salí por el huertecillo para entrar en mi casa. Pero aquella noche no dormí. En mi mente empezaba a agitarse un plan que me pareció al pronto descabellado, y poco a poco se me fue presentando como más realizable. Puesto que mi padre había muerto, se había hecho pedazos mi barca y me iban a arrojar de la casa donde nací, ¿para qué necesitaba yo permanecer en mi pueblo? ¿No podía huir a otro, yendo lejos, muy lejos, y llevarme a Rosalinda? ¿Querría ésta seguirme? Eso era lo que necesitaba averiguar. Tenía por delante seis o siete días, puesto que antes no sería llevada al asilo, y esperaba que en alguno de ellos conseguiría hablarla.

El cura me hizo llamar, y por él supe lo que ya me había dicho la Roja, que Feliciano se quedaba con mi casa y que ningún poder humano lograría impedirlo, puesto que no había dinero para rescatarla. Se había iniciado una suscrición para mí, y con ella se había pagado mi luto, sobrando algunas monedas, que guardaba el sacerdote para emplearlas en lo que más me conviniese. Dos medios únicamente se presentaban para ofrecerme un albergue: que me fuera con Benito el pescador para prestarle mi ayuda, o que me llevaran a un asilo, añadiendo que, como huérfano de padre y madre, no presentaría dificultades mi admisión. ¡Siempre el asilo! Esto es, la pérdida de mi libertad, la sujeción, la vida entre extraños.

Di las gracias al cura y le prometí volver.

Ya en mi casa, busqué mi ropa, para hacer con ella un lío que pudiera llevar fácilmente, y al mirar entre la de mi padre me encontré en uno de sus bolsillos 12 pesetas. Puesto que era yo el heredero de su barca, si no se hubiese roto, y de la casa, si no hubieran dado algunos duros por ella, aquel dinero debía ser mío, y sin escrúpulo me lo guardé. Hecho esto, esperé a que Rosalinda volviese del colegio, que era tres o cuatro horas antes del regreso de la Roja, para hablarla en el huerto.

Llegó la niña a su casa, y al verme una sonrisa angelical iluminó su rostro. Salté la valla, y me hallé junto a ella. La abracé, y la pobre criatura, apoyando su cabeza en mi pecho, lloró con el mayor desconsuelo.

-Santiago, no quiero separarme de ti -me dijo.

Le hice sentar a mi lado, sequé sus lágrimas y empecé de este modo:

-Rosalinda, he decidido irme de este pueblo para buscar trabajo en otra parte; creo que lo encontraré en una fábrica, como pescador o, en último caso, en el campo; hay segadores menores que yo. Si deseas no separarte de mí, ven te conmigo, y aunque tenga que pedir limosna no te faltará que comer. Si te decides, mañana cuando salgas de la escuela nos iremos, y al volver la Roja ya llevaremos mucho camino andado. ¿Quieres?

-Sí -me contestó-; pero si me busca y me encuentra...

-No será fácil.

-Si da mis señas...

-¿Y cómo evitar eso?

Me quedé un rato pensativo, y al fin una idea luminosa surgió en mi mente.

-Tengo -le dije- alguna ropa de cuando era menor y puedes ponértela; te tomarán por un niño, y así las señas no coincidirán con las que ella dé. Voy a hacer otro lío para tenerlo todo preparado.

Me pareció oír ruido en casa de la Roja y salté precipitadamente la valla, sin despedirme de Rosalinda. ¿Nos habría escuchado? ¿Cómo volvía más temprano que de costumbre?

Fue esto debido a una casualidad, pero me alarmó, porque pudiera repetirse. Oculto detrás de unos arbustos de mi huerto, vi a la Roja, que miraba con recelo a todas partes, como si hubiera adivinado mi presencia, y habiéndose quedado allí más de una hora no pude salir de mi escondite.

Por la noche tomé la ropa que me pareció más a propósito para la niña y esperé con impaciencia la llegada del siguiente día. La Roja estaba algo indispuesta, y no fue a planchar. La enfermedad resultó, sin embargo, pasajera, y a la otra tarde logramos poner en ejecución nuestro plan. Pronto trocó Rosalinda su traje por otro de niño, llevándome su ropa por si la necesitaba algún día. No había llegado allí la moda que deja crecer los cabellos de las niñas desde sus primeros años, así es que mi amiga, como las demás del pueblo, tenía el pelo bastante corto; era, sí, muy rizado. En un momento se peinó ella como un muchacho, y poniéndose una boina se dispuso a seguirme. Hacía algunos años que no llevaba pendientes; de los que trajo de casa de sus padres, unos aros de oro, el uno se le había roto y perdido el otro, sin que la Roja, poco aficionada a lo superfluo, hubiese cuidado de reemplazar aquel adorno en las orejas de la criatura. Ella cogió el hatillo que contenía menos ropa y el más grande yo.

Al extremo de mi huerto había una puertecilla que daba al campo. Hacía dos días que había buscado la llave, no queriendo dejar nada para el último instante. Por allí salimos, y dando la mano a Rosalinda, echamos a correr para alejarnos lo más pronto posible del lugar. No tardamos en perderle de vista. Insensiblemente habíamos aflojado el paso, y a las dos horas de abandonar nuestras casas íbamos casi despacio.

El camino era encantador, y más de una vez nos detuvimos para coger moras y comerlas. En un ventorrillo compramos un poco de pan, y ésta fue aquella noche nuestra cena; pero no era menos frugal otras veces.

Descansamos al pie de un árbol donde crecía menuda hierba. Rosalinda, rendida por la fatiga, se durmió, y velé su sueño, combatiendo el mío por temor de que si me entregaba a él me quitaran a la niña. Mi hatillo le sirvió de almohada.

Antes de amanecer ya estábamos en pie los dos. Lavamos rostros y manos en un arroyo y continuamos alegres nuestro camino. Compramos pan en otra venta y un cuartillo de leche a un pastor que llevaba sus cabras por el campo, y aquello acabó de reanimar nuestras fuerzas.

Rosalinda, que andaba generalmente muy poco, fue la primera que se cansó. Por fortuna, encontramos a dos chicos que iban guiando un carro con paja y que consintieron en dejarnos subir a él. Aquello nos hizo alejarnos considerablemente del pueblo y sin fatiga, porque ellos iban a un lugar algo distante.

No se me ocultaba que con el dinero que teníamos no podía hacerse casi nada; así es que, habiendo visto a lo lejos unas ruinas, pregunté a Rosalinda si no tendría inconveniente en que pasáramos allí la noche para no gastar en la posada ni dormir a la intemperie. Su respuesta fue afirmativa, y llevando a la niña de la mano, nos dirigimos con lentitud al sitio que debía darnos albergue por unas cuantas horas.

Estaba más distante de lo que había creído, y mi compañera llegó con la mayor dificultad allí. Sus pies, hinchados, no la dejaban casi andar, pero, a pesar de eso, no consintió que la tomara en mis brazos. Cuando nos detuvimos ante las ruinas, Rosalinda se dejó caer en el suelo, y cubriendo su rostro con las manos, lloró con la mayor amargura.

Traté de animarla, y entonces me dijo:

-No creas que me arrepiento de haberme venido contigo. Estoy triste porque veo que soy débil, que soy pequeña y que no te voy a servir más que de estorbo. Tú ya estarías muy lejos sin mí.

-¿Y qué haría yo sin ti? -le repliqué-. Voy a buscar nuestra habitación y vuelvo para llevarte conmigo.

-No me dejes sola -murmuró-; tengo miedo.

¿Miedo de qué? me preguntaba yo. Pero miré el sitio donde nos hallábamos y lo comprendí perfectamente.

El ruinoso edificio, que era un convento antiquísimo, no conservaba más que negros y derruidos muros, por los que trepaba conservaba hiedra, y todo era en él triste y siniestro. El cielo, antes sereno, empezaba a cubrirse de pardas nubes, y sucias y cenagosas eran las aguas de un arroyo que no lejos corría. Algunos árboles raquíticos crecían a sus orillas, y no se oía más ruido que el lúgubre aullido de un perro encerrado en una casa distante.

Tomé a Rosalinda en mis brazos y me dispuse a entrar en el convento. No era esto difícil, porque no había puerta, quedando en su lugar un gran hueco.

-¡No entres ahí! -exclamó la niña, presa de indecible terror.

-¿Por qué?

-¿No oyes?

Presté atención. Dentro se oía, en efecto, un canto extraño, una voz de mujer o de niño, triste, acompasada, que entonaba algo así como un salmo de los que había oído en la iglesia. Y un momento después apareció a nuestra vista una criatura pequeña, fea, deforme, mal vestida con una falda rota y una chambra hecha jirones, que llevaba en la mano un puñado de reluciente plata, que también se veía brillar entre los agujeros de su delantal, que tenía recogido y apretaba contra su pecho.

Me aparté a un lado para dejarle el paso libre, y ella ni siquiera nos vio. Se acercó a un árbol, separó una piedra y depositó debajo el dinero en un hoyo profundo. Luego se alejó cantando.

El convento debió quedar solo, y me decidí a llevar a él a Rosalinda, porque en aquel momento empezó a llover. Ella se resistía, pero la fatiga me rendía también, y comprendí que no llegaría más lejos.

Sólo los claustros y dos pequeñas celdas tenían el techo casi intacto. Entré en una de ellas y me senté en el suelo, teniendo a Rosalinda sobre mis rodillas. A pesar de su terror, la pobre criatura acabó por quedarse profundamente dormida.

Seguía lloviendo, y el agua penetraba libremente por todo el edificio. Un viento fresco y húmedo azotaba mi rostro. Me quité la chaqueta para cubrir mejor a mi compañera, logrando que entrase en calor su cuerpo, sacudido por frecuentes estremecimientos.

Llegó la noche, y una angustia indecible se apoderó de mí. Hasta entonces había conseguido dominar el miedo; pero allí, aislados, en un país desconocido, entre ruinas, rodeados de tinieblas, sentí al pronto un vago temor, que fue aumentando gradualmente y llegó a su colmo al advertir que alguien te acercaba a los claustros. ¿Serían caminantes sorprendidos por la lluvia que iban a buscar un refugio como nosotros? ¿Serían malhechores, que no respetarían nuestros cortos años para cometer un crimen si éramos importunos testigos de sus conversaciones?

Estaban ya en los claustros lanzando blasfemias e imprecaciones no sabía contra quién. No dudaba que eran varios, porque oía diferentes voces. Comprendí que encendían una hoguera para secar sus ropas y que se disponían a cenar. Debieron hacerlo frugalmente, porque terminaron muy pronto. Luego dijeron que iban a trabajar, y llegó hasta mí un ruido acompasado, que trajo a mi memoria el de la fragua de mi pueblo.

De repente, uno de los hombres exclamó:

-Faltan todas las monedas que hemos dejado ayer escondidas aquí.

-Alguien ha entrado entonces en las ruinas -murmuró otro-. ¡Ay del que sea!

-Registrémoslas para cerciorarnos de que el que nos ha robado ha salido de ellas -dijo un tercero.

Rosalinda y yo estábamos perdidos, pues era seguro que nos acusarían de haber cometido el delito. La pobre niña no se había despertado; la dejé suavemente en el suelo y busqué el medio de huir con ella antes de que fuéramos descubiertos. Quise explorar despacio el terreno, y al dirigirme a la otra celda me hallé frente a un hombre que me cogió brutalmente de un brazo y me llevó a viva fuerza a los claustros donde trabajaban sus compañeros. Eran éstos seis, entre ellos dos mujeres. Se dedicaban a fabricar moneda falsa, según comprendí más tarde, pues entonces aquellos troqueles y aquellos artefactos no significaban nada para mí.

-Éste será el ladrón -dijo el que me llevaba.

No creyeron en mi inocencia a pesar de mis protestas y que nada hallaron que probase que su sospecha era fundada. En aquel momento me acordé de la mujer que había visto salir de las ruinas y les conté, para salvarme, cuanto había presenciado.

-Es la loca de San Cosme -dijo uno de los hombres-; tiene la monomanía de las riquezas. Habrá visto nuestros trabajos y habrá entrado a robarnos después.

-¿Sabes tú dónde ha puesto el dinero? -me preguntó otro.

-Creo que reconocería fácilmente el sitio -murmuré.

-Pues ven con nosotros para indicárnoslo; si es verdad lo que has dicho, te perdonaremos; si has mentido, cuenta que llegó tu última hora.

Los seguí temblando, y después de vacilar un poco designé la piedra que ocultaba las monadas. Allí estaban, nuevas, brillantes. Las sacaron con grandes demostraciones de júbilo, y en recompensa me dieron dos pesetas. Ya no llovía; pero como me hallaba sin chaqueta, la humedad me penetraba hasta los huesos y sentía indecible malestar. Me acordé que había dejado a Rosalinda en el convento, y volví precipitadamente a él mientras los monederos emprendían de nuevo su trabajo.

Entré en la celda, busqué a tientas por todos los rincones, llamé a la niña, pero nada hallé ni nadie me contestó. Rosalinda había desaparecido.

Loco, desesperado, volví junto a aquellos hombres, que no se explicaban mis lamentos ni compadecían mi pena. Estaban alegres por haber recobrado sus monedas y no se cuidaban para nada de mí.

-Oye, chiquito -me dijo el que parecía jefe-, ya te estás callando o te marchas más que de prisa; nos conviene no llamar la atención, y tus gritos pueden atraer gente. Lo más prudente es que te alejes de estas ruinas y que no vuelvas a acordarte de lo que en ellas has visto. Si comprendemos que algo cuentas lo pasarás mal, aunque nada lograrías con delatarnos, porque vamos a buscar un sitio más seguro para nuestros trabajos.

-Sí -replicó otro-; pero lo más prudente es que el muchacho quede prisionero hasta que nos marchemos al ser de día.

Así lo acordaron, y tuve que permanecer allí, devorando mi pena y mi inquietud, bien custodiado por aquellos hombres.

No recuerdo haber pasado en mi vida una noche mas cruel. ¿Qué había sido de Rosalinda? Nos habrían seguido desde mi pueblo y se la habría llevado otra vez la Roja? ¿La habrían robado aquellos infames y me retenían allí para alejar a la niña y ganar tiempo?

Después de algunas horas, que me parecieron siglos, los monederos recogieron sus utensilios de trabajo, sus antorchas y sus monedas y salieron de las ruinas, excepto uno que aún se quedó un buen rato conmigo mientras sus compañeros se alejaban.

Yo me sentía enfermo, rendido, sin ánimo para moverme. Me quedé solo, y en vez de salir en busca de Rosalinda, permanecí echado en el suelo, yerto, casi insensible, sin ver lo que me rodeaba, ni oír el canto de los pájaros que saludaban a la aurora. No sé cuánto tiempo pasé así. Debí de perder el conocimiento o quedarme dormido.

Volví en mí cuando ya los rayos del sol penetraban por las anchas ventanas de los claustros. Un grato calor había reemplazado al frío que entumecía mis miembros y vi que estaba abrigado con mi chaqueta. La cabeza no descansaba sobre el duro suelo, sino sobre algo más blando y más flexible, y un aliento suave acariciaba mi frente. Rosalinda había hecho conmigo lo que yo antes con ella, y su cuerpo me servía de almohada. Al ver a la niña lancé un grito de júbilo y quise ponerme en pie para abrazarla.

-Estate quieto -me dijo-; debes de estar enfermo y conviene que no te levantes por ahora. Sin que me preguntes yo te contaré lo que ha pasado. Al despertarme me hallé sola. Te llamé y no me oíste. Me acerqué despacio al claustro y vi a dos mujeres de mal aspecto; entonces tuve miedo, cogí nuestro equipaje y tu chaqueta y salí. Ya no llovía, pero el piso estaba muy húmedo y apenas se podía andar a causa de la obscuridad de la noche. No me atrevía a alejarme por si volvías, porque estaba segura de que te hallabas cerca y no me habías abandonado. Me senté en una piedra al pie de un árbol y pasé el resto de la noche llorando y pensando en ti. No sé cómo no te vi cuando volviste al convento. Al amanecer salieron primero tres hombres y dos mujeres profiriendo amenazas contra una loca a la que decían iban a tirar al río, y otro hombre después. Entonces entré despacito y te encontré echado en el suelo, helado y dormido al parecer. Te abrigué, puse tu cabeza sobre mí con cuidado y poco a poco fuiste entrando en calor y recobrando la vida. Hubo un instante en que pensé que estabas muerto. ¡Qué pena tan grande tuve! Me parecía que yo también me iba a morir. Estás enfermo y desde ayer no hemos comido. No lejos de aquí hay una venta; ¿quieres que traiga pan?

-¿Pan? -dije-. Y algo mejor; me han dado dos pesetas, Rosalinda.

-¿Y por qué te las han dado?

-Por haber descubierto el robo.

-¿Qué robo?

-El que hizo la loca.

Y le conté lo que había pasado; pero Rosalinda no participaba de mi entusiasmo y noté que se había disgustado conmigo.

-¿De modo que tú has descubierto a esa mujer? -me dijo preocupada.

-Como que a no ser por eso nos hubieran culpado a nosotros de haber cogido las monedas -repliqué.

-Pero... ¿y si la arrojan al agua y se ahoga?

-Por qué ha robado.

-Si está loca no sabrá lo que ha hecho -murmuró la niña-, pero sí se sentirá morir poco a poco.

Quedó luego ensimismada, como si la imagen de la infeliz mujer no pudiera apartarse de su mente. Y a mi vez sentí un cruel remordimiento por haberla denunciado, pareciéndome que su muerte pesaba sobre mi conciencia.

Los niños olvidan pronto, y los estómagos vacíos nos hicieron volver a nuestra triste situación.

Di a Rosalinda las dos pesetas, encargándole que trajese algo bueno para comer y que volviera pronto.

Mi compañera se alejó y me quedé echado en el suelo pensando en el agradable banquete que se nos preparaba. Es cierto que con aquellas dos pesetas hubiéramos tenido para comer dos días; pero como habían venido cuando menos se las esperaba, podíamos darnos el grato placer de comer una tortilla, pan blanco y algo de fruta, con todo lo de más que entregaran a la niña por aquel dinero, que me parecía en tal instante una cantidad enorme.

Rosalinda tardaba y mi impaciencia iba en aumento, porque me sentía desfallecer al principio y luego por el temor a que la apartasen de mí, que era mi pesadilla desde que habíamos salido del pueblo. ¿La habría hallado la Roja, a la que siempre suponía siguiendo nuestros pasos, y se la habría llevado para encerrarla en el asilo?

Salí de las ruinas, y mientras decidía qué dirección debía tomar, vi aparecer a Rosalinda, que venía corriendo, con el rostro revelando profundo disgusto, llorosos los ojos y encendido el semblante.

Se detuvo sin aliento junto a mí y durante un rato no pude saber lo que le había ocurrido. Al fin me refirió que al llegar a la venta había pedido dos almuerzos de a peseta, que le habían preparado una tortilla (la que yo deseaba comer), algo de carne, pan y queso, y que al ir a pagar la posadera púsose furiosa porque las monedas eran falsas. Que ya aquel día le habían dado otras iguales, engañándola, unos hombres al pasar por allí. Quiso pegar a Rosalinda, tal vez la pegó aunque ella no me lo dijo, pero al verla tan triste y avergonzada acabó por perdonarla, quitándole las monedas y obligándola a marcharse precipitadamente. Como todos los que la veían, la creyó un muchacho y la había amenazado con dar parte a la justicia si volvía a aparecer por aquellos lugares.

La consolé como pude y, a pesar de que estaba enfermo, salí del antiguo convento con la niña, ya que tan mal nos había ido en él, en busca de alimento y de otro albergue, contentándome con un vaso de leche en vez del espléndido almuerzo con que soñara.

Paso por alto las demás peripecias del viaje, que duró algunos días, en los cuales sólo dos noches conseguimos dormir en cama en posadas de poco precio. Pero aun así, nuestro dinero disminuía de manera alarmante, y era preciso tomar una determinación.

Ya habíamos preguntado si podrían darnos trabajo en varias partes, contestando en todas negativamente. Por fin llegamos a una ciudad que nos pareció magnífica, aunque era de tercero o cuarto orden. En ella acabó de gastarse lo poco que llevábamos y nos encontramos un día sin albergue y sin pan. La gente nos miraba más que en las aldeas, infundiéndome algún recelo. Era, en efecto, raro ver a dos criaturas vagar por calles y plazas a todas horas.

Una tarde en que no habíamos comido nada, nos hallábamos Rosalinda y yo sentados en un banco del paseo, dispuestos a implorar la caridad pública. Nuestros trajes, sobre todo el de ella, que era ya más viejo, habían sufrido mucho en el viaje y no tardarían en ser unos andrajos, y los zapatos estaban completamente rotos; el atavío era a propósito para mendigar.

Un caballero alto, grueso, muy encarnado, que nos pareció vestido como un personaje, vino a sentarse por casualidad junto a nosotros.

Venciendo mi repugnancia alargué la mano, y él me dio una moneda de cobre.

-¿Tenéis padres? -nos preguntó con acento extranjero muy marcado.

-No señor -le contesté.

-¿Ni parientes?

-Ninguno.

-¿Qué sabes hacer?

-He sido pescador.

-¿Y en qué piensas ocuparte ahora?

-No lo sé, señor; en lo que encuentre.

Quedó breves instantes pensativo y luego prosiguió:

-Si consentís en veniros conmigo, os haré artistas y llegaréis a ser notables con el tiempo. Pero habéis de pasar por hijos míos, y decir que lo sois a cuantos os interroguen.

-¿Y qué hay que hacer para ser artista, señor?