Helen Redeemed and Other Poems
Chapter 1
A las señoritas Julia de Asensi y Paca de Alvarado dedica, en prueba de singular afecto, esta tirada de cien copias, que no se venden.
El editor. Marzo de 1894
Mis recuerdos alcanzan a cuando yo tenía unos cuatro años. Por esa época acababa de perder a mi madre y vivía solo con mi padre, pescador rudo que me amaba tiernamente.
Era yo entonces un muchacho fuerte y robusto que, apenas vestido, me pasaba el día en la playa jugando con otros chicos de mi edad. Curtido por el sol y el aire del mar, mi rostro hacía singular contraste con mis cabellos rubios y mis ojos claros. Iba sucio, harapiento, descalzo siempre y no recordaba haberme puesto sombrero jamás.
Cuando mi padre volvía de pescar, me encerraba en la pobre casa con él y me hacía acostar en su mismo lecho, después que cenábamos frugalmente.
Había detrás de aquellas paredes un huertecillo dividido por una valla en dos; la mitad nos pertenecía y la otra mitad era de la casa de al lado. En ésta vivía una mujer a la que nunca conocí más que por la Roja; no sé cuál sería su nombre. Era también viuda y había perdido un niño de dos años. En su lugar estaba criando, desde hacía próximamente uno, a una niña que le habían traído de la ciudad vecina y por la que le pagaban una pensión.
La Roja cosía y planchaba en las casas, dejando casi todo el día sola en el huerto a la criatura a la que a horas fijas iba a dar el pecho o alguna sopa fría y sin sustancia.
Como yo no estaba en casa más que por las noches o cuando iba a comer, no es de extrañar que apenas conociese a mis vecinas. Pero a los dos años de muerta mi madre, y cuando contaba ya seis, observé que aquella mujer, en la que antes ni me había fijado, se acercaba a mí con frecuencia, me acariciaba y me daba alguna golosina. Mi carácter salvaje me había hecho huir al principio de ella, pero aquellos bollos con que me obsequiaba, y que yo no había comido nunca, le granjearon al fin mis simpatías. Por la noche le contaba a mi padre lo que la Roja me había dado por la mañana o por la tarde.
Un día que me había quedado solo, como de costumbre, en vez de irme a la playa, se me ocurrió bajar al huerto en persecución de un gato que había visto entrar. En el jardinillo de al lado estaba la niña, que contaba unos tres años, llorando con el mayor desconsuelo. Como su llanto me molestase, la mandé callar y, no viéndome obedecido, cogí un pedazo de ladrillo que había en el suelo y lo tiré a la cabeza de mi vecinita. Sus gritos fueron entonces más lastimeros y, llevándose una mano a la frente, la retiró teñida de sangre.
No sé lo que pasó por mí; tuve vergüenza de haber maltratado a aquel ser débil e indefenso que me miraba con temor con sus negros ojos bañados de lágrimas, y saltando la valla, lo que no ofreció la menor dificultad para mí, me encontré al lado de la niña. Hasta aquel momento no la había mirado siquiera. Era encantadora; con sus cabellos castaños formando caprichosos bucles, su tez de una blancura deslumbradora que el cierzo no había podido curtir, su boca pequeña adornada de diminutos dientes y sus ojos de pura y bellísima expresión. Llevaba una camisa de tela muy gruesa, que dejaba al descubierto hombros y brazos, y una falda de percal bastante estropeada. Sus pies descalzos tenían algunos rasguños, lo mismo que sus piernas.
-Mira -me dijo enseñándome la mano manchada de sangre-, límpiame esto.
La cogí en mis brazos sin que opusiera la menor resistencia y, acercándome a un barreño casi lleno de agua, lavé la herida de su frente primero y la mano después, secándola con un pañuelo. Al contacto del agua lloró más, pero luego se serenó pronto, como ocurre a los seres que no tienen costumbre de ser consolados. Me miraba con ojos asustados y sin atreverse a huir.
-¿Cómo te llamas? -le pregunté.
-Rosa -me contestó.
-Eres una rosa muy linda.
-Rosa linda -repitió.
Y éste fue el nombre con que se quedó para siempre. Registré mis bolsillos, y habiendo encontrado una rosquilla de las que me diera la Roja y que guardaba para la merienda, la puse en su mano.
-¿Es para mí? -preguntó con timidez.
-Sí -le dije-, mañana te traeré otra, y pasado, y al otro y siempre.
-¿Como ésta?
- O mejor.
-¿Mejor?
-Sí. ¿No las comes en tu casa? ¡Pues si me las da la Roja!
Hizo con la cabeza una señal negativa y después, sentándose en el suelo, partió la rosquilla, me dio un pedazo muy pequeño, que no me atreví a rehusar, y se comió el resto, cuidando mucho de no mancharse.
Desde aquel día no pasó uno sin que viese a Rosalinda y la hablase. Perdido el temor que le causé al pronto, fue poco a poco tomándome cariño, y aquella pobre desheredada se consideró dichosa al verse amada y protegida por un amigo. Por mi parte sufrí un cambio total; lo que había en mí de brusco y de salvaje se dulcificaba al lado de aquella infeliz niña que vivía en la soledad y el abandono. Rosalinda tenía instintos elegantes y no tardó en hacer que me avergonzara de los harapos que me cubrían y de mi suciedad. Todas las mañanas me daba un baño en el mar, y antes de ir a ver a la niña, sacaba mi traje de los días de fiesta, que ya me estaba muy corto de pantalón y de mangas, para presentarme delante de ella. De esto resultó que cuando llegó el día del patrón del pueblo mi padre vio mi ropa tan deteriorada que no se atrevió a llevarme con él a la procesión.
La Roja solía volver a su morada a las dos, para dar el resto de comida de las casas donde cosía o planchaba a la pobre niña; ésta lo tomaba todo frío y junto en una cazuela, como se acostumbra a hacer con los gatos. Por la noche cenaba poco más o menos lo mismo; lo único agradable para ella era el desayuno, que se componía de una taza de leche y un pedazo de pan muy moreno. No trataba la Roja ni bien ni mal a la criatura, a la que veía poco; le bastaba con que viviese y poder atestiguarlo para cobrar la pensión que mensualmente le entregaba un hombre vestido de negro. Rosalinda había aprendido a andar y a hablar gracias a una vecina que iba todas las noches a visitar a la Roja, y que se había compadecido de la niña enseñándole ambas cosas. Completé sus lecciones, y pronto mi amiga pudo seguir una conversación conmigo.
Pasaba yo a su huerto después que su nodriza se marchaba y permanecía allí tres o cuatro horas. Le llevaba conchas y caracoles, con los que jugaba, porque tampoco tenía otra cosa con que hacerlo. A nadie hablaba de mi conocimiento con la niña, y seguramente no se hubiera averiguado si Rosalinda, a la que contaba cuanto hacia en la playa, no hubiese manifestado deseos de ir una mañana conmigo. Fácil me fue, cogiéndola en mis brazos, hacerla pasar al otro lado de la valla y salir al campo una vez que se encontró en mi huerto. Iba ella con el temor natural del que nunca se ha visto ante tanto espacio y entre gente, pero yo la llevaba de la mano y me figuraba que con mi protección tenía bastante defensa.
La vista del mar le causó un profundo asombro mezclado al pronto de terror.
La marea, que estaba muy baja, dejaba al descubierto unas peñas en las que nos sentamos. Mojaba con delicia sus pies en los charcos de agua salada y cogía las conchas que nos arrojaban las olas al estrellarse cerca de nosotros. Varios muchachos se bañaban, pero yo no me atrevía a hacerlo por no dejar a Rosalinda sola.
-¿Quieres tú bañarte? -le pregunté.
-Contigo sí, con esos chicos no -me contestó.
Y es que los niños, que no la conocían, la miraban con ese descaro propio de la infancia que no tiene para qué ocultar sus sensaciones cuando hay algo que excita su atención.
-¿Quieres que yo me bañe? -proseguí.
-No, porque te irás lejos y me quedaré sola.
Renuncié por ella a echarme al agua, y comprendiendo que se hacía tarde, traté varias veces de llevarla a su casa.
-No, déjame un poquito más -me decía.
Entretenidos en jugar, no habíamos observado que la marea iba subiendo.
Una ola llegó hasta nosotros, y hubiese arrastrado a la niña si no hubiera tenido tiempo de separarla tomándola en mis brazos, pero no pude evitar que la mojase; su ropa y la mía estaban completamente caladas.
-Vamos a casa -le dije.
Y llevándola de la mano echamos a correr.
Cuando llegamos la hice acostar en el lecho de mi padre y mío, y puse la ropa en el huertecillo para que se secara. La mía se secó con el calor de mi cuerpo, pero no era esta la primera vez que me ocurría. Habíamos perdido la noción del tiempo, y cuando llegó la Roja no encontró a Rosalinda en su jardín. La vi buscar por todas partes, y cogiendo las pobres prendas que solían cubrir a la criatura, se las llevé a la alcoba para que se vistiera. Estaba dormida y me costó trabajo despertarla. Entre tanto oía la voz de mi vecina que gritaba:
-¡Santiago! ¡Santiaguito!
Indudablemente no sospechaba de mí. Tardé en acudir para dar lugar a que la niña se vistiera, y al fin salí al huerto.
-¿Has visto tú a la chiquilla por algún lado? -me preguntó visiblemente alterada.
Tuve que decir parte de la verdad; esto es, que se hallaba en mi casa, que la había hecho pasar para que jugase conmigo. Pero ella con maña siguió interrogándome y no tardó en averiguar todo lo ocurrido.
-Tráemela -me dijo cuando dejé de hablar.
Fui en busca de Rosalinda, que se resistía a seguirme, y la acerqué a la valla alzándola para que la Roja la cogiese.
-¿No te había dicho que no salieras nunca de casa? -le preguntó-. ¿No sabes que soy responsable de lo que, pueda sucederte? ¡Estás helada y vas a coger un mal! Pero yo te haré entrar en calor.
Y dicho esto, empezó a golpearla con tal furia que la pobre niña, tan paciente de costumbre, lanzaba desgarradores gritos.
No sé lo que pasó por mí; me cegué y tiré a la Roja cuanto hallé a mi alcance; luego salté la valla y la pegué con toda mi fuerza con pies y manos.
La Roja soltó a Rosalinda, que fue a refugiarse en un rincón del huerto, y mirándome con una expresión de cólera que no olvidaré jamás, exclamó:
-Tú me las pagarás, y más pronto de lo que supones.
Aquella tarde no volvió a salir de su casa y esperó sentada a su puerta que mi padre regresara. Poco me importaba que le dijera lo ocurrido; mi padre era bueno y alabaría que hubiese tomado la defensa del débil. En esto me esperaba un cruel desengaño. Apenas llegó y se enteró de lo que había pasado, me castigó haciéndome sentir por vez primera la fuerza de sus manos.
-Es menester que le mandes a la escuela -dijo la Roja- hasta que pueda ayudarte a trabajar.
-Mañana mismo le pondré -contestó mi padre.
-Es que, si no, hazte cuenta de que no existo y todo acabó entre nosotros.
Vagamente comprendí el sentido de estas palabras, porque ignoraba lo que todo el pueblo sabía: que la Roja había logrado hacerse amar de aquel pescador rudo desde la época en que trató de atraerme dándome golosinas. Su imperio era tan grande sobre él, que no necesitaba ya fingir cariño al hijo para dominar al padre.
Desde el siguiente día fui a la escuela; tenía por aquella época unos ocho años y aún no sabía nada. Allí aprendí en poco tiempo a leer de corrido, a escribir mal y a contar bien.
Los domingos solía ver un rato a Rosalinda, porque también iba la niña los otros días al convento, donde las monjas habían empezado su educación. Cuando ni ella ni yo teníamos clase nos hablábamos por el huerto, pero sin saltar la valla por temor a que llegaran la Roja o mi padre y nos viesen juntos. Yo le enseñaba mis premios, que consistían en estampas, y ella los suyos, que eran medallitas doradas que llevaba con un cordón al cuello. Iba mejor arreglada que antes, con un vestido de percal, una especie de blusa a cuadros negros y blancos, y llevaba medias y zapatos. Yo también había mejorado de traje y usaba calzado, porque en la escuela no me hubieran admitido de otro modo. Rosalinda estaba más bonita cada día, pero yo veía cómo aumentaba su tristeza y adivinaba que la pobre niña necesitaba, como los pájaros, aire y libertad. Al preguntarle si me quería en diversas ocasiones, me respondía siempre:
-Más que a nada ni a nadie, porque no quiero en el mundo sino a ti.
¡Pues y yo! Hubiese dado mi vida por ella y mis pensamientos volaban hacia aquella angelical criatura a todas horas, sin que su imagen se borrara de mi mente jamás.
Entraba en la escuela a las nueve, salía a las doce, comía con mi padre en cualquier figón, en el que estábamos citados, y volvía al colegio desde la una hasta las cinco. Al regresar un día encontré en la plaza un entierro. En un féretro descubierto llevaban a una niña de siete a ocho años, vestida de blanco y coronada de flores. Su rostro del color de la cera, sus ojos cerrados, su boca que dejaba ver los blancos dientes, el cabello rizado, ignoro si naturalmente o por la mano de las que la habían amortajado, adornándola para ir a la tumba, me hicieron pensar en mi pobre Rosalinda y las lágrimas acudieron a mis ojos.
-¡Dios te bendiga, rapaz! -me dijo una mujer-. Buen corazón tienes cuando lloras los dolores ajenos.
Iba acompañando a la muerta y siguió su camino. Yo miré el cortejo fúnebre, compuesto de algunos hombres con capa, algunas jóvenes con mantilla a la cabeza y varias niñas de la edad de la muerta, que llevaban las cintas que pendían de la caja. La indiferencia con que estas criaturas miraban a su compañera me hizo daño. Si Rosalinda hubiera muerto, ¿podría acaso sobrevivirla yo?
Fui aquella tarde a esperarla a la salida del colegio, para lo que dejé de ir a la escuela, porque tenía que abandonar la clase después que ella. A las cuatro y media la vi entre algunas niñas, y ya me iba a acercar, cuando una voz hirió mi oído exclamando:
-Yo le diré a tu padre que haces novillos.
Era la Roja, que cosía en un piso bajo cerca de la ventana.
Mi padre, en efecto, me castigó, y no volví a faltar a la escuela.
Allí estuve hasta que cumplí los once años. Por esa época, el hombre que hasta entonces había pagado puntualmente la pensión de Rosalinda no volvió a parecer, y la nodriza decidió que, si en el plazo de seis meses no le daban dinero ninguno, metería a la criatura en un asilo, porque ella no la podía mantener. Es verdad que la Roja trabajaba sin descanso para ahorrar algunas monedas que la ayudaran a pasar el día de mañana su vejez, que no tenía nada sobrante, aunque era arreglada y económica; pero esto no me hacía comprender cómo podría separarse sin pena de aquella niña angelical que tenía al lado suyo desde hacía ocho años.
Había visto muchos domingos a las huérfanas del asilo que salían a pasearse al campo en compañía de algunas religiosas. Me parecía que todas tenían el mismo rostro pálido y ojeroso; recordaba a muchas con los ojos malos, las veía feas, con sus trajes antiartísticos que les llegaban hasta los pies, aunque fuesen muy pequeñas, unos pañolitos negros a la cabeza, como negro era asimismo el vestido, cual si llevasen el luto de ajenas culpas. Caminaban de dos en dos, sin poder separarse para correr junto a las otras, y se me oprimía el corazón al pensar que mi Rosalinda fuese entre ellas y como ellas.
Como había dejado de asistir a la escuela, iba a pescar con mi padre, y esta vida era mucho más de mi gusto que la que llevara hasta entonces. Era mala, en verdad, penosa y corríamos algunas veces grandes peligros; pero aquello me importaba poco, quería el trabajo rudo para mí y el bienestar y el descanso para Rosalinda.
Hallábase a punto de cumplirse el plazo que la Roja había fijado para separarse de la niña, y el hombre que pagaba antes las pensiones no había vuelto. Rosalinda me hablaba de esto las raras veces que tenía ocasión de verla, y lloraba sin cesar porque iba a separarse de mí y ya no podría más que mirarme de lejos. El temor que su nodriza le inspiraba era mayor cada vez, y no se atrevía a decirle que no la abandonase por Dios.
Una tarde que estaba el mar más alborotado que de costumbre, cuando íbamos a embarcarnos, me dijo mi padre:
-Santiago, no quiero que hoy vengas conmigo; hay un peligro que correr y prefiero no llevarte.
-¿Eso que importa? -le repliqué-. Si usted me faltase, ¿qué sería de mí? Más vale que nos ahoguemos juntos.
-En eso te sobra la razón, muchacho -murmuró-; pero insisto en que no vengas.
No tuve más remedio que obedecer.
Dos o tres horas después estalló una terrible tormenta. Las mujeres de los pescadores acudían a la iglesia para implorar la misericordia divina. Nada más angustioso que el llanto de las unas, los suspiros de las otras y la muda desesperación de las más. Luego corrieron a la playa, llevando varias a sus pequeñuelos, cuando la tempestad se calmó un tanto. Yo iba con ellas, y como ellas miraba hacia el mar para ver si volvía la lancha de mi padre. Era ésta bastante vieja y se llamaba Candelaria. No sé cuánto tiempo pasamos así. A la tormenta había sucedido una calma completa, y los pescadores podían regresar de un momento a otro, sin correr ya el menor peligro. Entonces vi a la Roja que acudía a la playa.
-¿Y tu padre? -me preguntó con ansiedad.
-En la mar -le contesté.
-¿Solo?
-Con Benito; no quiso llevarme.
¿Amaría aquella mujer realmente al pobre pescador al que había procurado atraerse, cuando él no había fijado la atención en ella? Parecía tan conmovida como yo, y no se apartaba de mi lado.
Poco después divisamos a lo lejos varias barcas; todos nos acercamos a la orilla y no tardamos en oír decir:
-Esa es la Carmen, ésa la Joven Amalia, ésa la Bilbaína.
En cambio la Candelaria y la Carlota no parecían; en esta última había salido un marinero con su hijo y su yerno.
El segundo triste y abatido, venía la Joven Amalia, cuyos marineros habían logrado salvarle de una muerte segura.
-¿Y tu padre y tu cuñado? -le preguntaron.
-Muertos, sin duda, y perdida la barca -contestó como si sintiera por igual aquellas desdichas.
-¿Y Vicente Arabal?
-Muerto también. Benito se ha salvado en la Perla, que vendrá después, porque le llevábamos alguna delantera. La Candelaria ha quedado inservible, pero era vieja.
Al oír la noticia del fin desastroso de mi padre no pude contener un grito desgarrador, al que siguieron los sollozos de la Roja. Me abrazó, y yo, olvidando mis resentimientos con aquella mujer, mezclé mis lágrimas con las suyas.
Mi desgracia era cierta, pues se encontró el cadáver de mi padre, que fue enterrado al día siguiente. Le acompañé al cementerio, causándome una cruel impresión cuando vi que le echaban en la fosa, que cubrieron de tierra después. Cogí un puñado de flores silvestres que crecían en la triste mansión y lo esparcí sobre aquella tumba, que antes era ya de otros muchos.
Al volver a mi casa no pude contener el llanto; me fui al huertecillo y me senté pensando en mi soledad y mi desgracia. Sentí entonces que unos brazos rodeaban mi cuello y que unos frescos labios acariciaban mi cabello y mi rostro. Era Rosalinda, que había saltado la valla que nos separaba y que me prestaba sus dulces consuelos.
-No llores, Santiago -me dijo la niña-; tu padre te falta, pero te quedo yo, que te quiero tanto como él.
Su voz hizo que mis lágrimas se secaran.
-Puesto que la Roja va a meterte en un asilo, ¿por qué no te quedas aquí conmigo? -le pregunté.
Ella tenía mucha más inteligencia que yo, y las cosas que no sabía las adivinaba.
-No me dejarían a tu lado -contestó-; lo que harían sería llevarte a ti a un asilo y a mí a otro. Los niños que no son hermanos no viven juntos.
-¿Te separarás, pues, de mí?
-Sí, pero me moriré de pena.
Al día siguiente había tomado una resolución y me presenté en casa de la Roja cuando la vi volver de su trabajo. Con lágrimas en los ojos y con el acento de la mayor convicción le supliqué que me permitiera vivir con ella, que yo trabajaría, dándole cuanto ganase, pero con la condición de que dejara a Rosalinda a mi lado.
-Siéntate, Santiago -me contestó ella-, y fíjate en lo que te voy a decir. No tienes aún doce años y no conoces las necesidades de la vida, que en breves palabras te voy a explicar. Desde mi infancia estoy trabajando; entonces no ganaba nada; luego, poco a poco, he llegado a lo que tengo hoy: dos reales diarios cuando coso y cuatro cuando plancho. No creas que esto no es nada para un pueblo pequeño como éste; raros son los jornales así que se cobran. Con ese dinero no puedo mantener a Rosa y a ti, vestiros, calzaros, pagar la contribución y vestirme y calzarme yo; no trato de mis alimentos, porque me los dan en las casas donde trabajo. De ese jornal aparto una cuarta parte desde hace años para que no me falte un pedazo de pan en mi vejez, que nada hay más triste y desamparado que la vejez del pobre. Mientras he cobrado la pensión de la niña he podido ahorrar más, pero faltándome ésta, mi modesto jornal no bastaría.
-Trabajando yo...
-No me interrumpas, te lo ruego. Tu padre era un hombre fuerte al que no arredraban las más duras faenas, y a pesar de eso no ganaba para que vivierais los dos. Hacía algún tiempo que había tomado dinero a préstamo sobre su casa, tanto, pobre niño, que ni eso te quedará, porque la propiedad vale poco y el tío Feliciano ha dado ya por ella bastante. Ha dicho que pronto, o pagarás el alquiler, o tendrás que marcharte a otro lado; no sé si te dejará ni el novenario tranquilo. Yo te ofrezco, si lo aceptas, un rincón en mi casa para que duermas, pero no me pidas más. No soy mala, he querido a tu padre desde que éramos niños, como tú quieres a Rosa; él se casó con otra, yo con otro después, y cuando quedamos viudos los dos esperé que me diera su nombre, a lo que se negó. «Soy muy pobre para contraer más obligaciones», me decía. Para mí la causa de no casarse conmigo era el temor de que te tratase mal, porque no ocultaré que tengo el carácter algo violento. No es fácil estar de buen humor en casa cuando se ha estado trabajando todo el día. Algunas veces te he odiado pensando que por ti no se casaba conmigo Vicente; hoy te quiero porque es lo único que me queda de él. Esperar que tú, que eres aún pequeño, ganes tu sustento y el de la niña, sería una verdadera locura. Si pides a un pescador que te lleve en su barca, porque no tienes la tuya, que el mar te deshizo, te dará la comida por tu ayuda y no le podrás exigir más. Y eso si encuentras quien te admita, que la mayor parte de esos desgraciados, cargados de hijos, no tienen puesto vacante para el hijo ajeno. Respecto a la niña, mejor que a tu lado y al mío estará con esas buenas religiosas, que la harán ser una mujer trabajadora y honrada. Hay en el asilo de Desamparadas una vacante y me la han prometido para Rosa, que dentro de ocho días entrará allí.
No me dejó protestar, y continuó