Chapter 28
De algunos tendidos comenzó a salir un coro de voces que repetían las mismas palabras con monótona entonación:
--¡Fuego!... ¡fueeego!
El presidente parecía dudar. Corría el toro, perseguido por los lidiadores, que iban tras él con la capa al brazo. Cuando alguno de éstos conseguía ponerse delante para detenerle, olfateaba la tela con el bufido de siempre y se alejaba en distinta dirección dando saltos y coces.
Aumentaba la ruidosa protesta con estas fugas. «¡Señor presidente! ¿Era que estaba ciego su señoría?...» Comenzaban a caer en el redondel botellas, naranjas y cojines de asiento en torno de la bestia fugitiva. El público la odiaba por cobarde. Una botella dio en uno de sus cuernos, y la gente aplaudió al certero tirador sin saber quién era. Parte del público tendía el cuerpo hacia adelante como si fuera a arrojarse al redondel, queriendo destrozar con sus manos a la mala bestia. ¡Qué escándalo! ¡Ver en la plaza de Madrid bueyes que sólo servían para dar carne! «¡Fuego!... ¡fueeego!»
El presidente agitó al fin un pañuelo rojo, y una salva de aplausos saludó este gesto.
Las banderillas de fuego eran un espectáculo extraordinario, algo inesperado que aumentaba el interés de la corrida. Muchos que protestaban hasta enronquecer estaban satisfechos en su interior de este incidente. Iban a ver al toro asado en vida, corriendo loco de terror por los rayos que le colgarían del cuello.
Avanzó el _Nacional_ llevando pendientes de sus manos, con las puntas hacia abajo, dos gruesas banderillas que parecían enfundadas en papel negro. Fuese hacia el toro sin grandes precauciones, como si su cobardía no mereciese arte alguno, y le clavó los palos infernales entre los aplausos vengativos de la muchedumbre.
Sonó un chasquido como si se rompiese algo, y dos chorros de humo blanco comenzaron a surgir sobre el cuello del animal. Con la luz del sol no se veía el fuego, pero los pelos desaparecían chamuscados y una mancha negra extendíase sobre el pescuezo.
Corrió el toro, sorprendido del ataque, acelerando su fuga, como si con ésta pudiera librarse del tormento, hasta que de pronto comenzaron a estallar en su cuello secas detonaciones semejantes a tiros de fusil, volando en torno de sus ojos las encendidas pavesas de papel. Saltaba la bestia con la agilidad del terror, las cuatro patas en el aire al mismo tiempo, torciendo en vano la cornuda cabeza para arrancarse con la boca aquellos demonios agarrados a su pescuezo. La gente reía y aplaudía, encontrando graciosos estos saltos y contorsiones. Parecía que ejecutaba una danza de animal amaestrado con la torpe pesadez de su volumen.
--¡Cómo le pican!--exclamaba el público con risa feroz.
Cesaron de rugir y estallar las banderillas. Hervía el carbonizado pescuezo con burbujas de grasa. El toro, al no sentir la quemazón del fuego, quedó inmóvil, jadeante, con la cabeza humillada, sacando una lengua seca, de rojo obscuro.
Otro banderillero se aproximó a él, clavando un segundo par. Volvieron a surgir los chorros de humo sobre la carne chamuscada, sonaron los tiros, y el toro corrió otra vez, pugnando por aproximar la boca al pescuezo enroscando su cuerpo macizo; pero ahora los movimientos eran de menos violencia, como si su vigorosa animalidad comenzara a habituarse al martirio.
Aún le clavaron un tercer par, y su cuello quedó carbonizado, esparciendo en el redondel un hedor nauseabundo de grasa derretida, cuero quemado y pelos consumidos por el fuego.
El público siguió aplaudiendo con vengativo frenesí, como si el manso animal fuese un adversario de sus creencias e hicieran obra santa con este abrasamiento. Reían al verle trémulo sobre sus patas, agitando los flancos como los costados de un fuelle, mugiendo con chillón alarido de dolor, los ojos enrojecidos, y arrastrando su lengua por la arena, ávido de una sensación de frescura.
Gallardo aguardaba apoyado en la barrera, cerca de la presidencia, la señal para matar. _Garabato_ tenía sobre el borde de la valla el estoque y la muleta preparados.
«¡Mardita sea!...» ¡Tan bien como se presentaba la corrida, y reservarle la mala suerte este toro, que él mismo había escogido por su buena estampa, y que al pisar la arena resultaba mansurrón!...
Excusábase por adelantado de lo defectuoso de su trabajo, hablando con los inteligentes que ocupaban las delanteras de barrera.
--Se hará lo que se puea, y na más--decía levantando los hombros.
Luego miraba a los palcos, fijándose en el de doña Sol. Le había aplaudido antes, cuando realizó su estupenda hazaña de acostarse ante el toro. Sus manos enguantadas chocaron con entusiasmo cuando volvía él hacia la barrera saludando al público. Al darse cuenta doña Sol de que el torero la miraba, lo saludó con un ademán afectuoso, y hasta su acompañante, aquel tío antipático, se había unido a este saludo con ruda inclinación del cuerpo, como si fuese a partirse por la cintura. Luego había sorprendido varias veces los gemelos de ella fijos con insistencia en su persona, buscándolo en su retiro entre barreras. ¡Aquella _gachí_!... Tal vez se sentía atraída de nuevo por los mozos de corazón. Gallardo pensaba visitarla al día siguiente, por si había cambiado el viento.
Sonó la señal para matar, y el espada, luego de un corto brindis, marchó hacia el toro.
Los entusiastas dábanle consejos a gritos.
--¡Despáchalo pronto! Es un buey que no merece nada.
El torero tendió su muleta ante la bestia, y ésta arremetió, pero con paso tardo, escarmentada por el tormento, con una intención manifiesta de aplastar, de herir, como si el martirio hubiese despertado su fiereza. Aquel hombre era el primero que se colocaba ante sus cuernos después del suplicio.
La muchedumbre sintió que se desvanecía su vengativa animadversión contra el toro. No se revolvía mal; atacaba. ¡Olé! Y todos saludaron con entusiasmo los pases de muleta, envolviendo en la misma aprobación al lidiador y a la fiera.
Quedó el toro inmóvil, humillando la cerviz y con la lengua pendiente. Se hizo el silencio precursor de la estocada mortal: un silencio más grande que el de la soledad absoluta, producto de muchos miles de respiraciones contenidas. Fue tan grande este silencio, que llegaron hasta los últimos bancos los menores ruidos del redondel. Todos oyeron un leve crujido de maderas chocando unas con otras. Era que Gallardo, con la punta del estoque, echaba atrás, sobre el cuello del toro, los palos chamuscados de las banderillas que asomaban entre los cuernos. Luego de este arreglo para facilitar el golpe, la muchedumbre avanzó aún más sus cabezas, adivinando la misteriosa correspondencia que acababa de establecerse entre su voluntad y la del matador. «¡Ahora!», decían todos interiormente. Iba a derribar al toro de una estocada maestra. Todos adivinaban la resolución del espada.
Se lanzó Gallardo sobre el toro, y todo el público respiró a un tiempo ruidosamente, luego de la emocionante espera. Del encontronazo entre el hombre y el animal salió éste corriendo con mugidora furia, mientras el graderío prorrumpía en silbidos y protestas. Lo de siempre. Gallardo había vuelto la cara y encogido el brazo en el momento de matar. El animal llevaba en el cuello el estoque cimbreante y suelto, y a los pocos pasos la hoja de acero saltó de la carne, rodando por la arena.
Una parte del público increpó a Gallardo. Estaba roto el encanto que lo había unido al espada al principio de la fiesta. Reaparecía la desconfianza; ensañábase la animadversión en el torero. Todos parecían haber olvidado el entusiasmo de poco antes.
Gallardo recogió la espada, y con la cabeza baja, sin ánimos para protestar del desagrado de una muchedumbre tolerante para otros e inflexible con él, marchó otra vez hacia el toro.
En su confusión, creyó ver que un torero se ponía a su lado. Debía ser el _Nacional_.
--¡Carma, Juan! No embarullarse.
«¡Mardita sea!...» ¿Y siempre le iba a ocurrir lo mismo? ¿Era que ya no podría meter el brazo entre los cuernos, como en otros tiempos, clavando el estoque hasta la cruz? ¿Iba a pasarse el resto de su vida haciendo reír a los públicos?... ¡Un buey, al que habían tenido que dar fuego!...
Se colocó frente al animal, que parecía aguardarle con las patas inmóviles, como si desease acabar cuanto antes su largo martirio. No quiso pasarle otra vez de muleta. Se perfiló con el trapo rojo junto al suelo y la espada horizontal a la altura de sus ojos... ¡A meter el brazo!
El público púsose de pie con rápido impulso. Durante unos segundos, hombre y fiera no formaron mas que una sola masa, y así se movieron algunos pasos. Los más inteligentes agitaban ya sus manos, ansiosos de aplaudir. Se había arrojado a matar como en sus mejores tiempos. ¡Una estocada de verdad!
Pero de pronto, el hombre salió de entre los cuernos despedido como un proyectil por un cabezazo demoledor, y rodó por la arena. El toro bajó la cabeza y sus cuernos engancharon el cuerpo inerte, elevándolo un instante del suelo y dejándolo caer, para proseguir su carrera, llevando en el cuello la empuñadura de la espada, hundida hasta la cruz.
Gallardo se levantó torpemente, y la plaza entera estalló en un aplauso ensordecedor, ansiosa de reparar su injusticia. ¡Olé los hombres! ¡Bien por el niño de Sevilla! Había estao _güeno_.
Pero el torero no contestaba a estas exclamaciones de entusiasmo. Se llevó las manos al vientre, agachándose en una curvatura dolorosa, y comenzó a andar con paso vacilante y la cabeza baja. Por dos veces la levantó, mirando a la puerta de salida como si temiese no encontrarla, perdido en temblorosos zigzags, cual si estuviese ebrio.
De pronto cayó en la arena, encogido como un gusano enorme de seda y oro. Cuatro mozos de la plaza tiraron torpemente de él hasta izarlo sobre sus hombros. El _Nacional_ se unió al grupo, sosteniendo la cabeza del espada, pálida, amarillenta, con los ojos vidriosos al través de las pestañas cruzadas.
El público tuvo un movimiento de sorpresa, cesando en sus aplausos. Todos volvían la vista en torno, indecisos sobre la gravedad del suceso... Pero pronto circularon noticias optimistas, que nadie sabía de dónde venían; esa opinión anónima que todos admiten, y en ciertos instantes enardece o inmoviliza a las muchedumbres... No era nada. Un varetazo en el vientre que le privaba de sentido. Nadie había visto sangre.
La muchedumbre, súbitamente tranquilizada, fue sentándose, pasando su atención del torero herido a la fiera, que aún se mantenía en pie, resistiendo a las angustias de la muerte.
El _Nacional_ ayudó a colocar a su maestro en una cama de la enfermería. Cayó en ella como un talego, inánime, con los brazos pendientes fuera del lecho.
Sebastián, que tantas veces había contemplado a su espada ensangrentado y herido, sin perder por esto la serenidad, sentía ahora la angustia del miedo viéndolo inerte, con una blancura verdosa, como si estuviese muerto.
--¡Por vía e la paloma azul!--gimoteaba--. ¿Es que no hay médicos? ¿Es que no hay nadie?
El personal de la enfermería, luego de despachar al picador magullado, había corrido a su palco en la plaza.
El banderillero desesperábase, creyendo que los segundos eran horas, gritando a _Garabato_ y a _Potaje_, que habían acudido tras él, sin saber ciertamente lo que les decía.
Llegaron dos médicos, y luego de cerrar la puerta para que nadie les estorbase, quedaron indecisos ante el cuerpo inánime del espada. Había que desnudarlo.
A la luz que entraba por una claraboya del techo, _Garabato_ comenzó a desabrochar, descoser y rasgar las ropas del torero.
El _Nacional_ apenas podía ver el cuerpo. Los médicos estaban en torno del herido, consultándose con la mirada. Debía ser un colapso que le había privado de vida aparentemente. No se veía sangre. Los rasgones de su ropa eran efecto, sin duda, del revolcón que le había dado el toro.
Entró apresuradamente el doctor Ruiz, y sus colegas le dejaron pasar a primer término, acatando su maestría. Juraba en su nerviosa precipitación, mientras iba ayudando a _Garabato_ a abrir las ropas del torero.
Hubo un movimiento de asombro, de dolorosa sorpresa, en torno de la cama. El banderillero no se atrevía a preguntar. Miró por entre las cabezas de los médicos, y vio el cuerpo de Gallardo con la camisa subida sobre el pecho y los calzones caídos, dejando visibles las negruras de la virilidad. El vientre, completamente al descubierto, estaba rasgado por una abertura tortuosa de labios ensangrentados, al través de la cual asomaban unas piltrafas de fresco azul.
El doctor Ruiz movió la cabeza tristemente. A más de la herida atroz e incurable, el torero había recibido una conmoción tremenda con el cabezazo del toro. No respiraba.
--¡Dotor... dotor!--gimió el banderillero, suplicando por saber la verdad.
Y el doctor Ruiz, tras largo silencio, volvió a mover la cabeza.
--¡Se acabó, Sebastián!... Puedes buscarte otro matador.
El _Nacional_ levantó sus ojos a lo alto. ¡Y así acababa un hombre como aquel, sin poder estrechar la mano de los amigos, sin decir una palabra, repentinamente, como un mísero conejo a quien golpean en la nuca!...
La desesperación le hizo salir de la enfermería. ¡Ay, él no podía ver aquello! El no era como _Potaje_, que permanecía inmóvil y ceñudo a los pies de la cama, contemplando el cadáver como si no lo viese, mientras hacía girar el castoreño entre sus dedos.
Iba a llorar como un niño. Su pecho jadeaba de angustia, mientras los ojos se le hinchaban a impulsos de las lágrimas.
En el patio tuvo que apartarse para dejar paso a los picadores que volvían al redondel.
La terrible nueva comenzaba a circular por la plaza. ¡Gallardo había muerto!... Unos dudaban de la veracidad de la noticia, otros dábanla por cierta; pero ninguno se movía del asiento. Iban a soltar el tercer toro. Aún estaba la corrida en su primera mitad, y no era cosa de renunciar a ella.
Por la puerta del redondel llegaba el rumor de la muchedumbre y el sonido de la música.
El banderillero sintió nacer en su pensamiento un odio feroz por todo lo que le rodeaba, una aversión a su oficio y al público que lo mantenía. Danzaban en su memoria las sonoras palabras con que hacía reír a las gentes, encontrando ahora en ellas una nueva expresión de justicia.
Pensó en el toro, al que arrastraban por la arena en aquel momento con el cuello carbonizado y sanguinolento, rígidas las patas y unos ojos vidriosos que miraban al espacio azul como miran los muertos.
Luego vio con la imaginación al amigo que estaba a pocos pasos de él, al otro lado de una pared de ladrillo, también inmóvil, con las extremidades rígidas, la camisa sobre el pecho, el vientre abierto y un resplandor mate y misterioso entre las pestañas cruzadas.
¡Pobre toro! ¡Pobre espada!... De pronto, el circo rumoroso lanzó un alarido saludando la continuación del espectáculo. El _Nacional_ cerró los ojos y apretó los puños.
Rugía la fiera: la verdadera, la única.
FIN
Madrid.--Enero-Marzo 1908.
OBRAS DEL AUTOR
CON EL NUMERO DE EJEMPLARES IMPRESOS EN ESPAÑA[*] DE CADA UNA DE ELLAS, HASTA OCTUBRE DE 1924
CUENTOS VALENCIANOS 60.000 ejemplares. LA CONDENADA (cuentos) 64.000 íd. EN EL PAÍS DEL ARTE (viajes) 64.000 íd. ARROZ Y TARTANA (novela) 68.000 íd. FLOR DE MAYO (novela) 80.000 íd. LA BARRACA (novela) 104.000 íd. SÓNNICA LA CORTESANA (novela) 56.000 íd. ENTRE NARANJOS (novela) 88.000 íd. CAÑAS Y BARRO (novela) 64.000 íd. LA CATEDRAL (novela) 72.000 íd. EL INTRUSO (novela) 56.000 íd. LA BODEGA (novela) 60.000 íd. LA HORDA (novela) 44.000 íd. LA MAJA DESNUDA (novela) 49.000 íd. ORIENTE (viajes) 52.000 íd. SANGRE Y ARENA (novela) 136.000 íd. LOS MUERTOS MANDAN (novela) 56.000 íd. LUNA BENAMOR (novelas) 48.000 íd. LOS ARGONAUTAS (novela).--Dos tomos 48.000 íd. LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS 148.000 íd. MARE NOSTRUM (novela) 104.000 íd. LOS ENEMIGOS DE LA MUJER (novela) 88.000 íd. EL MILITARISMO MEJICANO (artículos) 40.000 íd. EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA (novelas) 44.000 íd. EL PARAÍSO DE LAS MUJERES (novela) 36.000 íd. LA TIERRA DE TODOS (novela) 66.000 íd. LA REINA CALAFIA (novela) 60.000 íd. NOVELAS DE LA COSTA AZUL 20.000 íd. LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA 40.000 íd.
NOVELAS DE PRÓXIMA PUBLICACIÓN
EL PAPA DEL MAR. A LOS PIES DE VENUS. LAS RIQUEZAS DEL GRAN KAN. EL ORO Y LA MUERTE.
[*] En muchas repúblicas de la América de habla española se han publicado numerosas ediciones de estas obras sin permiso del autor.