Chapter 14
--Lo que tú debe hacé, Juan, es orviarte de esa señora. Mia que la paz de la familia vale más que too para los que vamos por er mundo, expuestos a gorver a casa inútiles pa siempre. Mia que Carmen sabe más de lo que tú crees. Ya está enterá de too. A mí mismo me ha sortao indiretas sobre lo tuyo con la sobrina del marqué... ¡La pobresita! ¡Es pecao que la hagas sufrir!... Ella tiene su genio, y si se suerta os dará un disgusto.
Pero Gallardo, lejos de la familia, con el pensamiento dominado por el recuerdo de doña Sol, parecía no comprender los peligros de que le hablaba el _Nacional_, y levantaba los hombros ante sus escrúpulos sentimentales. Necesitaba exteriorizar sus recuerdos, hacer partícipe al amigo de su pasada felicidad, con un impudor de amante satisfecho que desea ser admirado en su dicha.
--¡Es que tú no sabes lo que es esa mujer! Tú, Sebastián, eres un infeliz que no conoses lo que es güeno. ¿Ves juntas toas las mujeres de Seviya? Pues na. ¿Ves las de toos los pueblos donde hemos estao? Na tampoco. No hay mas que doña Zol. Cuando se conose una señora como esa, no quean ganas pa más... ¡Si la conosieses como yo, gachó! Las mujeres de nuestro brazo huelen a carne limpia, a ropa blanca. Pero ésta, Sebastián, ¡ésta!... Figúrate juntas toas las rosas de los jardines del Alcázar... No, es argo mejor: es jazmín, madreserva, perfume de enreaeras como las que habría en el huerto del Paraíso; y estos güenos olores vienen de aentro, como si no se los pusiera, como si fuesen de su propia sangre. Y aemás, no es una panoli de las que vistas una vez ya está visto too. Con ella siempre quea argo que desear, argo que se espera y no yega... En fin, Sebastián, no pueo explicarme bien... Pero tú no sabes lo que es una señora; así es que no me prediques y sierra el pico.
Gallardo ya no recibía cartas de Sevilla. Doña Sol estaba en el extranjero. La vio una vez, al torear en San Sebastián. La hermosa dama estaba en Biarritz, y vino en compañía de unas señoras francesas que deseaban conocer al torero. La vio una tarde. Se fue, y sólo supo de ella vagas noticias durante el verano, por las pocas cartas que recibió y por las nuevas que le comunicaba su apoderado luego de oír al marqués de Moraima.
Estaba en playas elegantes, cuyos nombres oía por primera vez el torero, siendo para él de imposible pronunciación; luego se enteró de que viajaba por Inglaterra; después, que había pasado a Alemania para oír unas óperas cantadas en un teatro maravilloso que sólo abría sus puertas unas cuantas semanas en el año. Gallardo desconfiaba de verla. Era un ave de paso, aventurera e inquieta, y no había que esperar que buscase otra vez su nido en Sevilla al volver el invierno.
Esta posibilidad de no encontrarla más entristecía al torero, revelando el imperio que aquella mujer había tomado sobre su carne y su voluntad. ¡No verla más! ¿Para qué, entonces, exponer la vida y ser célebre? ¿De qué servían los aplausos de las muchedumbres?...
El apoderado le tranquilizaba. Volvería: estaba seguro. Volvería, aunque sólo fuese por un año. Doña Sol, con todos sus caprichos de loca, era una mujer «práctica», que sabía cuidar de lo suyo. Necesitaba la ayuda del marqués para desenredar los enmarañados asuntos de su propia fortuna y la que su marido le había dejado, quebrantadas ambas por una larga y fastuosa permanencia lejos del país.
El espada volvió a Sevilla al finalizar el verano. Aún le quedaban un buen número de corridas que torear en el otoño, pero quiso aprovechar un descanso de cerca de un mes. La familia del espada estaba en la playa de Sanlúcar por la salud de dos de los sobrinillos, cuyas escrófulas necesitaban la cura del mar.
Gallardo se estremeció de emoción al anunciarle un día su apoderado que doña Sol acababa de llegar sin que nadie la esperase.
El espada fue a verla inmediatamente, y a las pocas palabras sintiose intimidado por su fría amabilidad y la expresión de sus ojos.
Le contemplaba como si fuese otro. Adivinábase en su mirada cierta extrañeza por el rudo exterior del torero, por la diferencia entre ella y aquel mocetón matador de bestias.
El también adivinaba este vacío que parecía abrirse entre los dos. La veía como si fuese distinta mujer: una gran dama de otro país y otra raza.
Hablaron tranquilamente. Ella parecía haber olvidado el pasado, y Gallardo no se atrevía a recordarlo ni osaba el menor avance, temiendo una de sus explosiones de cólera.
--¡Sevilla!--decía doña Sol--. Muy bonita... muy agradable. ¡Pero en el mundo hay más! Le advierto a usted, Gallardo, que el mejor día levanto el vuelo para siempre. Adivino que voy a aburrirme mucho. Me parece que me han cambiado mi Sevilla.
Ya no le tuteaba. Transcurrieron varios días sin que el torero se atreviese en sus visitas a recordar el pasado. Limitábase a contemplarla en silencio con sus ojos africanos, adorantes y lacrimosos.
--Me aburro... Voy a marcharme cualquier día--exclamaba la dama en todas las entrevistas.
Volvió otra vez el criado de gesto imponente a recibir al torero en la cancela, para decirle que la señora había salido, cuando él sabía ciertamente que estaba en casa.
Gallardo la habló una tarde de una breve excursión que debía hacer a su cortijo de _La Rinconada_. Necesitaba ver unos olivares que su apoderado había comprado durante su ausencia, uniéndolos a la finca. Debía también enterarse de la marcha de los trabajos.
La idea de acompañar al espada en esta excursión hizo sonreír a doña Sol por lo absurda y atrevida. ¡Ir a aquel cortijo donde pasaba la familia de Gallardo una parte del año! ¡Entrar, con el estruendo escandaloso de la irregularidad y del pecado, en aquel ambiente tranquilo de casero corral, donde vivía con los suyos el pobre mozo!...
Lo absurdo del deseo la decidió. Ella iría también: le interesaba ver _La Rinconada_.
Gallardo sintió miedo. Pensó en las gentes del cortijo, en los habladores, que podrían comunicar a la familia este viaje. Pero la mirada de doña Sol abatió todos sus escrúpulos. ¡Quién sabe!... Tal vez este viaje le devolviera a su antigua situación.
Quiso, sin embargo, oponer un último obstáculo a este deseo.
--¿Y el _Plumitas_?... Mie usté que ahora, según paece, anda por cerca de _La Rinconá_.
¡Ah, el _Plumitas_! El rostro de doña Sol, obscurecido por el aburrimiento, pareció aclararse con una llamarada interior.
--¡Muy curioso! Me alegraría de que usted pudiera presentármelo.
Gallardo arregló el viaje. Pensaba ir solo, pero la compañía de doña Sol le obligó a buscar un refuerzo, temiendo un mal encuentro en el camino.
Buscó a _Potaje_, el picador. Era muy bruto y no temía en el mundo mas que a la gitana de su mujer, que cuando se cansaba de recibir palizas intentaba morderle. A éste no había que darle explicaciones, sino vino en abundancia. El alcohol y las atroces caídas en el redondel le mantenían en perpetuo aturdimiento, como si la cabeza le zumbase, no permitiéndole mas que lentas palabras y una visión turbia de las cosas.
Ordenó también al _Nacional_ que fuese con ellos: uno más, y de discreción a toda prueba.
El banderillero obedeció por subordinación, pero rezongando al saber que iba con ellos doña Sol.
--¡Por vía e la paloma azul!... ¡Y que un pare de familia se vea metío en estas cosas feas!... ¿Qué dirán de mí Carmen y la seña Angustias si yegan a enterarse?...
Cuando se vio en pleno campo, sentado al lado de _Potaje_ en la banqueta de un automóvil, frente al espada y la gran señora, fue desvaneciéndose poco a poco su enfado.
No la veía bien, envuelta como iba en un gran velo azul que descendía de su gorra de viaje, anudándose sobre el gabán de seda amarilla; pero era muy hermosa... ¡Y qué conversación! ¡Y qué saber de cosas!...
Antes de la mitad del viaje, el _Nacional_, con sus veinticinco años de fidelidad casera, excusaba las debilidades del matador, explicándose sus entusiasmos. ¡El que se viera en el propio caso, y haría lo mismo!...
¡La instrucción!... Una gran cosa, capaz de infundir respetabilidad hasta a los mayores pecados.
V
--Que te iga quién es, o que se lo yeven los demonios. ¡Mardita sea la suerte!... ¿Es que no podrá uno dormir?...
El _Nacional_ escuchó esta contestación al través de la puerta del cuarto de su maestro, y la transmitió a un peón del cortijo que aguardaba en la escalera.
--Que te iga quién es. Sin eso, el amo no se levanta.
Eran las ocho. El banderillero se asomó a una ventana, siguiendo con la vista al peón, que corría por un camino frente al cortijo, hasta llegar al lejano término del alambrado que circuía la finca. Junto a la entrada de esta valla vio un jinete empequeñecido por la distancia: un hombre y un caballo que parecían salidos de una caja de juguetes.
Al poco rato volvió el jornalero, luego de hablar con el jinete.
El _Nacional_, interesado por estas idas y venidas, le recibió al pie de la escalera.
--Ice que nesesita ve al amo--masculló atropelladamente el gañán--. Paece hombre de malas purgas. Ha icho que quié que baje en seguía, pues tié una rasón que darle.
Volvió el banderillero a aporrear la puerta del espada, sin hacer caso de las protestas de éste. Debía levantarse; para el campo era una hora avanzada, y aquel hombre podía traer un recado interesante.
--¡Ya voy!--contestó Gallardo con mal humor, sin moverse de la cama.
Volvió a asomarse el _Nacional_, y vio que el jinete avanzaba por el camino hacia el cortijo.
El peón salió a su encuentro con la respuesta. El pobre hombre parecía intranquilo, y en sus dos diálogos con el banderillero balbuceaba con una expresión de espasmo y de duda, no atreviéndose a manifestar su pensamiento.
Al unirse con el jinete, le escuchó breves momentos y volvió a desandar su camino, corriendo hacia el cortijo, pero esta vez con más precipitación.
El _Nacional_ le oyó subir la escalera con no menos velocidad, presentándose ante él tembloroso y pálido.
--¡Es er _Plumitas_, señó Sebastián! Ice que es er _Plumitas_, y que nesesita hablá con el amo... Me lo dio er corasón denque le vi.
¡El _Plumitas_!... La voz del peón, a pesar de ser balbuciente y sofocada por la fatiga, pareció esparcirse por todas las habitaciones al pronunciar este nombre. El banderillero quedó mudo por la sorpresa. En el cuarto del espada sonaron unos cuantos juramentos acompañados de roce de ropas y el golpe de un cuerpo que rudamente se echaba fuera del lecho. En el que ocupaba doña Sol notose también cierto movimiento que parecía responder a la estupenda noticia.
--Pero ¡mardita sea! ¿Qué me quié ese hombre? ¿Por qué se mete en _La Rinconá_? ¡Y justamente ahora!...
Era Gallardo, que salía con precipitación de su cuarto, sin más que unos pantalones y un chaquetón, puestos a toda prisa sobre sus ropas interiores. Pasó corriendo ante el banderillero, con la ciega vehemencia de su carácter impulsivo, y se echó escalera abajo, más bien que descendió, seguido del _Nacional_.
En la entrada del cortijo desmontábase el jinete. Un gañán sostenía las riendas de la jaca y los demás trabajadores formaban un grupo a corta distancia, contemplando al recién venido con curiosidad y respeto.
Era un hombre de mediana estatura, más bien bajo que alto, carilleno, rubio y de miembros cortos y fuertes. Vestía una blusa gris adornada de trencillas negras, calzones obscuros y raídos, con grueso refuerzo de paño en la entrepierna, y unas polainas de cuero resquebrajado por el sol, la lluvia y el lodo. Bajo la blusa, el vientre parecía hinchado por los aditamentos de una gruesa faja y una canana de cartuchos, a la que se añadían los volúmenes de un revólver y un cuchillo atravesados en el cinto. En la diestra llevaba una carabina de repetición. Cubría su cabeza un sombrero que había sido blanco, con los bordes desmayados y roídos por las inclemencias del aire libre. Un pañuelo rojo anudado al cuello era el adorno más vistoso de su persona.
Su rostro, ancho y mofletudo, tenía una placidez de luna llena. Sobre las mejillas, que delataban su blancura al través de la pátina del soleamiento, avanzaban las púas de una barba rubia no afeitada en algunos días, tomando a la luz una transparencia de oro viejo. Los ojos eran lo único inquietante en aquella cara bondadosa de sacristán de aldea: unos ojos pequeños y triangulares sumidos entre bullones de grasa; unos ojillos estirados, que recordaban los de los cerdos, con una pupila maligna de azul sombrío.
Al aparecer Gallardo en la puerta del cortijo lo reconoció inmediatamente y levantó su sombrero sobre la redonda cabeza.
--Güenos días nos dé Dió, señó Juan--dijo con la grave cortesía del campesino andaluz.
--Güenos días.
--¿La familia güena, señó Juan?
--Güena, grasias. ¿Y la de usté?--preguntó el espada, con el automatismo de la costumbre.
--Creo que güena también. Hase tiempo que no la veo.
Los dos hombres se habían aproximado, examinándose de cerca con la mayor naturalidad, como si fuesen dos caminantes que se encontraban en pleno campo. El torero estaba pálido y apretaba los labios para ocultar sus impresiones. ¡Si creía el bandolero que iba a intimidarle!... En otra ocasión tal vez le habría dado miedo esta visita; pero ahora, teniendo arriba lo que tenía, sentíase capaz de pelear con él, como si fuese un toro, tan pronto como anunciase malos propósitos.
Transcurrieron algunos instantes de silencio. Todos los hombres del cortijo que no habían salido a los trabajos de campo--más de una docena--contemplaban con un asombro que tenía algo de infantil a aquel personaje terrible, obsesionados por la tétrica fama de su nombre.
--¿Pueen yevar la jaca a la cuadra pa que descanse un poco?--preguntó el bandido.
Gallardo hizo una seña, y un mozo tiró de las riendas del animal, llevándoselo.
--Cuíala bien--dijo el _Plumitas_--. Mia que es lo mejor que tengo en er mundo, y la quiero más que a la mujer y a los chiquiyos.
Un nuevo personaje se unió al grupo que formaban el espada y el bandido en medio de la gente absorta.
Era _Potaje_, el picador, que salía despechugado, desperezándose con toda la brutal grandeza de su cuerpo atlético. Se frotó los ojos, siempre sanguinolentos e inflamados por el abuso de la bebida, y aproximándose al bandido, dejó caer una manaza sobre uno de sus hombros con estudiada familiaridad, como gozándose en hacerle estremecer bajo su garra y expresándole al mismo tiempo su bárbara simpatía.
--¿Cómo estás, _Plumitas_?
Le veía por primera vez. El bandido se encogió como si fuese a saltar bajo esta caricia ruda e irreverente y su diestra levantó el rifle. Pero los azules ojillos, fijándose en el picador, parecieron reconocerle.
--Tú eres _Potaje_, si no me engaño. Te he visto picá en Seviya en la otra feria. ¡Camará, qué caías! ¡Qué bruto eres!... ¡Ni que fueras de jierro durse!
Y como para devolverle el saludo, agarró con su mano callosa un brazo del picador, apretándole el bíceps con sonrisa de admiración. Quedaron los dos contemplándose con ojos afectuosos. El picador reía sonoramente.
--¡Jo! ¡jo! Yo te creía más grande, _Plumitas_... Pero no le hase; así y too, eres un güen mozo.
El bandido se dirigió al espada:
--¿Pueo almorzar aquí?
Gallardo tuvo un gesto de gran señor.
--Nadie que viene a _La Rinconá_ se va sin almorzar.
Entraron todos en la cocina del cortijo, vasta pieza con chimenea de campana, que era el sitio habitual de reunión.
El espada se sentó en una silla de brazos, y una muchacha, hija del aperador, se ocupó en calzarle, pues en la precipitación de la sorpresa había bajado con sólo unas babuchas.
El _Nacional_, queriendo dar señales de existencia, tranquilizado ya por el aspecto cortés de esta visita, apareció con una botella de vino de la tierra y vasos.
--A ti también te conosco--dijo el bandido, tratándole con igual llaneza que al picador--. Te he visto clavar banderiyas. Cuando quieres lo hases bien; pero hay que arrimarse más...
_Potaje_ y el maestro rieron de este consejo. Al ir a tomar el vaso, _Plumitas_ se vio embarazado por la carabina, que conservaba entre las rodillas.
--Eja eso, hombre--dijo el picador--. ¿Es que guardas er chisme hasta cuando vas de visita?
El bandido se puso serio. Bien estaba así: era su costumbre. El rifle le acompañaba siempre, hasta cuando dormía. Y esta alusión al arma, que era como un nuevo miembro siempre unido a su cuerpo, le devolvía su gravedad. Miraba a todos lados con cierto azoramiento. Notábase en su cara el recelo, la costumbre de vivir alerta, sin fiarse de nadie, sin otra confianza que la del propio esfuerzo, presintiendo a todas horas el peligro en torno de su persona.
Un gañán atravesó la cocina marchando hacia la puerta.
--¿Aónde va ese hombre?
Y al decir esto se incorporó en el asiento, atrayendo con las rodillas hacia su pecho el ladeado rifle.
Iba a un gran campo vecino, donde trabajaban los jornaleros del cortijo. El _Plumitas_ se tranquilizó.
--Oiga usté, señó Juan. Yo he venío por er gusto de verle y porque sé que es usté un cabayero, incapaz de enviar soplos... Aemás, usté habrá oído hablar der _Plumitas_. No es fácil cogerle, y er que se la hase se la paga.
El picador intervino antes de que hablase su maestro.
--_Plumitas_, no seas bruto. Aquí estás entre camarás, mientras te portes bien y haiga desensia.
Y súbitamente tranquilizado, el bandido habló de su jaca al picador, encareciendo sus méritos. Los dos hombres se enfrascaron en su entusiasmo de jinetes montaraces, que les hacía mirar al caballo con más amor que a las personas.
Gallardo, algo inquieto aún, andaba por la cocina, mientras las mujeres del cortijo, morenas y hombrunas, atizaban el fuego y preparaban el almuerzo, mirando de reojo al célebre _Plumitas_.
El espada, en una de sus evoluciones, se acercó al _Nacional_. Debía ir al cuarto de doña Sol y rogarla que no bajase. El bandido se marcharía seguramente después del almuerzo. ¿Para qué dejarse ver de este triste personaje?...
Desapareció el banderillero, y el _Plumitas_, viendo al maestro apartado de la conversación, se dirigió a él, preguntando con interés por las corridas que aún le quedaban en el año.
--Yo soy «gallardista», ¿sabe usté?... Yo le he aplaudió más veses que usté pué figurarse. Le he visto en Seviya, en Jaén, en Córdoba... en muchos sitios.
Gallardo se asombró de esto. Pero ¿cómo podía él, que llevaba a sus talones un verdadero ejército de perseguidores, asistir tranquilamente a las corridas de toros?... El _Plumitas_ sonrió con expresión de superioridad.
--¡Bah! Yo voy aonde quiero. Yo estoy en toas partes.
Después habló de las ocasiones en que había visto al espada camino del cortijo, unas veces acompañado, otras solo, pasando junto a él en la carretera sin reparar en su persona, como si fuese un misero gañán montado en su jaca para llevar un aviso a cualquier choza cercana.
--Cuando usté vino de Seviya a comprá los dos molinos que tié abajo, le encontré en er camino. Yevaba usté sinco mil duros. ¿No es así? Iga la verdá. Ya ve que estaba bien enterao... Otra ves le vi en un animal de esos que yaman otomóviles, con otro señó de Seviya que creo es su apoderao. Iba usté a firmar la escritura del Olivar del Cura, y yevaba una porrá de dinero aún más grande.
Gallardo recordaba poco a poco la exactitud de estos hechos, mirando con asombro a aquel hombre enterado de todo. Y el bandido, para demostrar su generosidad con el torero, habló del escaso respeto que le inspiraban los obstáculos.
--¿Ve usté eso de los otomóviles? ¡Pamplina! A esos bichos los paro yo na más que con esto--y mostraba su rifle--. En Córdoba tuve cuentas que arreglar con un señó rico que era mi enemigo. Planté mi jaca a un lao de la carretera, y cuando yegó er bicho levantando porvo y hediendo a petróleo, di el ¡alto! No quiso pararse, y le metí una bala al que iba en la rueda. Pa abreviá: que el otomóvil se etuvo un poco más ayá, y yo di una galopá pa reunirme con er señó y ajustar las cuentas. Un hombre que pué meter la bala aonde quiere, lo para too en er camino.
Gallardo escuchaba asombrado al _Plumitas_ hablar de sus hazañas de carretera con una naturalidad profesional.
--A usté no tenía por qué detenerle. Usté no es de los ricos. Usté es un probe como yo, pero con más suerte, con más aquel en su ofisio, y si ha hecho dinero, bien se lo yeva ganao. Yo le tengo mucha ley, señó Juan. Le quiero porque es un mataor de vergüensa, y yo tengo debiliá por los hombres valientes. Los dos somos casi camarás; los dos vivimos de exponer la vida. Por eso, aunque usté no me conosía, yo estaba allí, viéndole pasar, sin pedirle ni un pitiyo, pa que nadie le tocase ni una uña, pa cuidá de que algún sinvergüensa no se aprovechase saliéndole al camino y disiendo que él era el _Plumitas_, pues cosas más raras se han visto...
Una inesperada aparición cortó la palabra al bandido y movió el rostro del torero con un gesto de contrariedad. ¡Maldita sea! ¡Doña Sol! Pero ¿no le había dado su aviso el _Nacional_?... El banderillero venía detrás de la dama, y desde la puerta de la cocina hizo varios ademanes de desaliento para indicar al maestro que habían sido inútiles sus ruegos y consejos.
Venía doña Sol con su gabán de viaje, al aire la cabellera de oro, peinada y anudada a toda prisa. ¡El _Plumitas_ en el cortijo! ¡Qué felicidad! Una parte de la noche había pensado en él, con dulces estremecimientos de terror, proponiéndose a la mañana siguiente recorrer a caballo las soledades inmediatas a _La Rinconada_, esperando que su buena suerte le hiciera tropezarse con el interesante bandido. Y como si sus pensamientos ejerciesen influencia a larga distancia, atrayendo a las personas, el bandolero obedecía a sus deseos presentándose de buena mañana en el cortijo.
¡El _Plumitas_! Este nombre evocaba en su imaginación la figura completa del bandido. Casi no necesitaba conocerlo: apenas iba a experimentar sorpresa. Le veía alto, esbelto, de un moreno pálido, con el calañés sobre un pañuelo rojo, por debajo del cual se escapaban bucles de pelo color de azabache, el cuerpo ágil vestido de terciopelo negro, la cintura cimbreante ceñida por una faja de seda purpúrea, las piernas enfundadas en polainas de cuero color de dátil: un caballero andante de las estepas andaluzas, casi igual a los apuestos tenores que ella había visto en _Carmen_ abandonar el uniforme de soldado, víctimas del amor, para convertirse en contrabandistas.
Sus ojos, agrandados por la emoción, vagaron por la cocina, sin encontrar un sombrero calañés ni un trabuco. Vio un hombre desconocido que se ponía de pie: una especie de guarda de campo con carabina, igual a los que había encontrado muchas veces en las propiedades de su familia.
--Güenos días, señora marquesa... Y su señó tío el marqué, ¿sigue güeno?
Las miradas de todos convergiendo hacia aquel hombre le hicieron adivinar la verdad. ¡Ay! ¿Este era el _Plumitas_?...
Se había despojado de su sombrero con torpe cortesía, intimidado por la presencia de la señora, y continuaba de pie, con la carabina en una mano y el viejo fieltro en la otra.
Gallardo se asombró de las palabras del bandido. Aquel hombre conocía a todo el mundo. Sabía quién era doña Sol, y por un exceso de respeto hacía extensivos a ella los títulos de la familia.
La dama, repuesta de su sorpresa, le hizo seña para que se sentase y cubriese; pero él, aunque la obedeció en lo primero, dejó el fieltro en una silla inmediata.
Como si adivinase una pregunta en los ojos de doña Sol fijos en él, añadió:
--No extrañe la señora marquesa que la conosca; la he visto muchas veses con el marqué y otros señores cuando iban a las tientas de beserros. He visto también de lejos cómo la señora acosaba con la garrocha a los bichos. La señora es muy valiente y la más güena moza que se ha visto en esta tierra de Dió. Es gloria pura verla a cabayo, con su calañé, su corbata y su faja. Los hombres debían ir a puñalás por sus ojitos de sielo.
El bandido dejábase arrastrar por su entusiasmo meridional con la mayor naturalidad, buscando nuevas expresiones de elogio para la señora.