Salta

Part 4

Chapter 44,176 wordsPublic domain

No consultará, acaso, como pastor las necesidades materiales de su causa, ni dará a su misión el esplendor de un principado, influyente y mundano; pero será, como hombre, un alto exponente de la dignidad humana, toda vez que el Ideal marque una meta de perfección a la conducta.

II

LOS CAMPOS

EL ERQUE

El erque es una flauta travesera de caña, larga hasta de tres metros, que remata en una bocina arqueada de cola de vaca unas veces y otra en un gran cuerno.

Desde la embocadura hasta el punto en que se apoya la mano, la flauta va forrada de unos listones de suncho amarrados con hilo de lana. Así se asegura la rigidez del instrumento y se le aisla un poco del contacto para que vibre mejor. Es de industria indígena y la fabrica a su gusto el mismo que la toca.

Usan el "erque" los naturales de las quebradas y altiplanicies andinas, pastores y leñadores que salen de madrugada para los cerros, caminan el día entero por abras y breñas y a la tardecita vuelven tocando el "erque" con la majada delante y el haz de leña a la espalda.

La naturaleza sin el hombre que la puebla es cosa muerta. La poesía de la montaña no sólo radica en la grandiosidad agreste del paisaje, en la blandura lejana de las nieves, el salvaje rodar de los torrentes, o el florecimiento encantador del amancay y la berbena.

Sobre todo eso que es tan hermoso, hay algo más hermoso todavía, porque nos ayuda a interpretar y a sentir; y es el hombre: el indio, hijo de la tierra, su hechura y su trasunto y su emoción.

Podrán las gentes de sangre europea vivir cien años más en estos montes, y aun amar la tierra que conquistaron los abuelos españoles; pero el secreto vínculo del suelo con su raza, nos estará vedado hasta quien sabe cuándo: acaso para siempre.

No estamos hechos de la misma sustancia que nutre el amancay y la berbena; no conocemos el semblante de cada rincón de cielo en cada valle; las humildes hierbas de los campos no alivian nuestros males; los cóndores no vienen a saltear nuestros rebaños en las cumbres; no sabemos cómo se corta una quirusilla en un despeñadero sin que se enoje el cerro; jamás podríamos cazar una vicuña con la mano o con un simple hilo; nada nos dice de antiguo y legendario el eterno zumbar del viento en los cardones; somos intrusos en esta tierra sagrada de razas milenarias que se extinguen; la naturaleza nos es casi hostil; el indio, su primogénito, desconfía siempre del blanco metalizado y codicioso.

Una noche de luna yo comprendí todo eso. Fué en el campo.

Un indio bajó de una quebrada con su perro. Venía a vender su leñita en el caserío. Bajaba tocando el erque.

El, al toparme en su camino, se calló, pero yo le rogué que continuase.

Y a la vera de un arroyo, en la honda quebrada, mientras rielaba la luna por el azul infinito, el erque largó a los vientos su música salvaje.

Pero aquello no es precisamente una música. Es el origen de la música. Es la congoja humana ensayando en un rústico tubo el ritmo de su primer estremecimiento. Es el gemido transformándose en acorde.

Escuchándole de cerca se percibe el ¡hen!... penoso del llanto: En la embocadura de la flauta se siente sollozar al indio; en la bocina se siente la vibración profunda del sollozo. En la embocadura es aun la emoción, el alma individual del indio; en la bocina es ya el alma de una estirpe que muere.

No puede darse una música más orgánica, más expresiva, más conmovedora en su crudeza.

El indio toca de pie, con la mano izquierda sostiene la caña por la embocadura, con la derecha la mantiene de través, estirando el brazo.

Según la nota, la flauta sube o baja, o va de un lado al otro. Es una esgrima particular. Si la nota es grave, la tosca bocina se abate rasando el suelo, abarcando con mayor o menor lentitud el aire, según lo requiera la intensidad del tono. Si la nota se aguza, si va subiendo, la caña va levantándose en amplio círculo, hasta apuntar al cielo; y la nota se refuerza en sonoridad cuando se opone al curso del viento.

De esta suerte, la tierra madre y el aire fiel participan, ayudan, alientan, dan cuerpo al grito del corazón; acogen el íntimo dolor del hombre, se lo apropian y lo difunden en alas del eco por las concavidades de la montaña.

Y mientras el hombre toca, el perro se aduerme a sus pies, como arrobado en la misma tristeza del amigo.

El indio es un viejo de puro tipo incásico. Está vestido con el burdo cordillate de los telares montañeses, calzado con la ojota ligera del pastor, cubierto con el amplio sombrero blanco de ovejón del lugareño. Nada en esto es exótico. En cada detalle hay el sello de una tradición y de una raza.

Y al conjuro de esta música tan genuinamente amarga, parecen despertar en los senos desiertos de la montaña los genios tutelares de un pasado remoto y desconocido, el espectro inconsolable de los guerreros-pastores, vencidos y conquistados, que vagan por las abras al blanco y melancólico fulgor de la luna.

EL FANTASMA DEL REMATE

El Serapio Guantay era puestero de cabras en el cerro del Remate, en el fondo de la quebrada del Río Blanco. En lo alto de una meseta de aluvión cortada a pique por las crecientes, estaba el rancho, humilde y rústico, semejante a una pequeña mancha parduzca, perdida en la verdura agreste del paisaje. En aquel sitio la quebrada se encajona entre desfiladeros bordeados de queñoas y de alisos, el declive se pronuncia, y el torrente salta sobre un cauce de pedrones desiguales, pulidos por el eterno trabajo del agua.

Dos cuadras más abajo, al borde casi del talud, alzábase el ranchito de la Leona Abracaita, la vaquera, la ahijada de la adivina, vieja harpía que curaba por secreto, hacía quesos y sembraba papas en un bolsón del cerro.

Para la Candelaria, para San Juan y la Pascua, y aun si había velorios y casamientos, la bruja y su ahijada bajaban a los caseríos y negociaban sus productos. Hospedábanse en casa de alguna comadre, junto al camino por donde van las remesas de Chile. Juntábanse allí las mujeres y los barraganes y al monótono toque de la caja, se entregaban por días al holgorio del baile y de la chicha.

El Serapio Guantay era zamarro como el venado arisco que nace en las abras. Dos o tres veces al año se presentaba en la "sala", para frangollar su abasto de maíz en el molino y rendirle al patrón la cuenta de las pariciones, que se las repartían por mitad, conforme al uso de las fincas.

Huraño y taciturno, poco se daba el Serapio con sus vecinas únicas. Y para su vida frugal de pastor era bastante el avío de harina tostada, la chuspa de coca y el locro chirle que se cocinaba él mismo, avivando el rescoldo, al caer por las tardes a su rancho.

Encerraba sus cabras en el corralito de pircas, tumbábase al calor del hogar en el suelo limpio, y se dormía como tronco, hasta que lo despertaba el fulgor del amanecer.

Ninguna extraña inquietud venía a turbar su montaraz adolescencia, y no conoció más fiestas que el retozo bellaco de las cabras, el brillo del padre sol y la matinal algarabía de los pájaros.

Pero una tarde la Leona y el Serapio se toparon, como al acaso, en una mesada. La vaquera apacentaba su ganado; andaba el pastor cuidando el suyo. La vaquera iba hilando un vellón, girando en el aire la rueca. El pastor llevaba el avío a la espalda y la honda en la diestra.

El azar los puso cerca; el instinto los juntó. Y en el filo de una loma, sobre el pastizal oliente a berbena y anís, la india, más aviesa, lo inició al indio, más ingénuo, en el raro misterio que cumplen las cabras y las vacas, que trajina el polen en las patas diminutas de las abejas, que puebla el soto de inquietas y esmaltadas mariposas, y que hace cada primavera florecer el amancay blanco y la begonia escarlata entre las breñas.

Desde aquella tarde los dos indios volvieron a encontrarse siempre, y juntos divagaron por los cerros, descubriendo el encanto de los callados sitios, oyendo al eco repetir sus gritos en las altas barrancas, mirando rodar por los precipicios las gruesas galgas que aflojaban al borde, triscando a la par de los chivos en las paradas laderas, o escondiéndose a veces de algún viajero que cruzaba, allá abajo, en su mula, el áspero pedregal del torrente.

Y cuando vino el carnaval con sus jineteadas y sus zambras y su chicha de oro; cuando vino el carnaval con el boato de sus cintas multicolores y el monótono retumbo de sus cajas y la música doliente de sus largos erques, el Serapio tras la Leona bajó para el caserío.

Pero la Leona, inconstante como buena hembra nómade, se mezcló en las borracheras con otros mozos más _churos_ y más ricos; y el miércoles de ceniza, muy al alba, lo hallaron al Serapio los peones de la finca, tendido boca abajo, borracho, a la orilla del camino.

El indio se marchó esa mañana al puerto del Remate. Se fué cantando, embrutecido, con el acerbo amargor del primer desengaño en el pecho, sonándole en las orejas todavía el compás de la caja y una copla:

_Tengo mi chacrita, tengo mi sandial, tengo una morocha para carnaval..._

La vieja adivina maquinó sin duda, con sus malas artes, contra el pobre pastor en la parranda; y en adelante la Leona tuvo compaña y hubo en el rancho quien pudiese labrar con más vigor que la vieja los sembradíos del cerro.

Pero el Serapio Guantay era zamarro como el venado arisco, obstinado como el toro, astuto como el puma. Tenía en los ojos mansos la pasividad, y en el corazón y en el músculo dormida la fiereza ancestral de la raza...

Y como se alza la bestia herida, se alzó él a los cerros, para errar cantando por las cumbres la estrofa alegre, mirando siempre en el fondo el ranchito de la Leona:

_Tengo mi chacrita, tengo mi sandial, tengo una morocha para carnaval..._

La quebrada, casi seca en invierno, despliega en verano todo el lujo de su flora tropical. En días despejados el sol ardiente, blanco, violento, pone en las herbosas laderas ricos matices de fiesta.

Pero en horas de tormenta la quebrada se vuelve sombría y amenazante bajo las nubes plomizas que el huracán empuja y hace encallar en las cimas. El rayo parte las peñas metálicas como a golpes de hacha; las laderas empapadas se desbarrancan con estruendo en los cañadones; el viento retuerce y quiebra los frágiles alisos y las fornidas tipas; el oscuro cielo se desfonda en lluvia, y el agua rápida, enloquecida, elástica, socava las peñas y arrea cauce abajo piedras enormes que son para el torrente ligeras como la arena para el embate de la ola.

Y en una de esas noches espantosas en que el fragor de la tormenta sacudía las montañas, el Serapio Guantay, frente a su puesto del Remate, se puso a forcejear con un monolito que vacilaba en su quicio, carcomido por el agua.

El indio volcó la piedra. La corriente, desbordada, cambió de madre. El aluvión tapó más abajo el rancho de la bruja. Y el sol ardiente y blanco del siguiente día iluminó con resplandores de fiesta el lujo tropical del paisaje solitario y desierto.

* * * * *

Han transcurrido muchos años. En el lugar donde se alzaba el rancho de la bruja hay una cruz. El puesto del Remate es una ruina. Y a veces, andando en noche tormentosa por el lugar, a la cárdena luz de un relámpago, el viajero ve un hombre que, de pie sobre una peña, alza los brazos como en una pavorosa imprecación de duelo.

Dicen algunos que no es más que un árbol seco, una rugosa queñoa: para muchos, es aún el genio trágico de una venganza, el fantasma inconsolable del pastor.

EL GAUCHO SALTEÑO

Quince leguas adentro del Rosario de la Frontera, en viaje a las Mercedes, hicimos alto para almorzar en un puesto que estaba en una falda, en pleno monte, al otro lado de un arroyo, que costeaba el camino. El dueño, un gaucho de tipo morisco, nos acogió con toda clase de atenciones. Además, como la subida a la casa presenta ciertas dificultades para unos compañeros míos que venían en araña, el gaucho le gritó a su hijo, luego de hacernos pasar a la cocina:

--¡A ver, muchacho! Mostráles el camino a esos señores. ¡Y te has de sacar el sombrero!

Y mientras de pie, en el patio completamente barrido, comíamos un asado a la caucana, gozábamos del sabroso y chispeante decir de nuestro huésped. Burlábase él de la porfía de las gallinas que picoteaban las migas de pan en medio de nuestras piernas; reíase de los perros flacos y _garrapatientos_, que lamían ávidamente el sebo de los guardamontes recién sobados, y amenazaban quitarnos la comida de las manos.

--¡A ver, muchacho!--gritó el gaucho.--¡Agarrá pues esa lonja, pegáles una _variada_ a los perros!

Enarboló el muchacho la lonja, volaron cacareando las gallinas al algarrobo y al techo del rancho, apartáronse rehacios los perros hasta el guardapatio, y el gaucho reanudó su pintoresca charla, sentándose en una robusta silla de _tientos_ (tiras de cuero crudo), bajo el aro donde charlaba sin cesar el loro, excitado por el repentino bullicio de la casa.

Por el patio se arrastraba un chico inválido, tullido.

--¿Qué tiene este muchacho?--pregunté.

--Si así no más ha _quedao_, con media res _cáida_, desde un empacho.

Bajo la ramada que cubría la única puerta del rancho, envuelta en un negro rebozo, acurrucada en su catre de tientos, la abuela padecía una jaqueca implacable. Nosotros le dimos unos sellos de aspirina y al rato mejoró.

Al tiempo de irnos hubimos de discutir para que el gaucho nos aceptase paga por el caldo y el breve hospedaje. Se mostró agradecido por algunas pequeñas provisiones que le dejamos. Dijo que él no podía correspondernos de otro modo que no cobrando.

Esta generosidad del fronterizo contrasta con la tacañería de los indios de la quebrada del Toro y de los valles calchaquíes, acaso porque las exigencias de la vida agrícola y precaria de las montañas aguzan en el incásico un sentido de la economía, que el gaucho, exclusivamente pastor, mejor favorecido por el clima, no posee.

LA SELVA DE ANTA[3]

Una mañana salimos en busca de una anta que _paraba_, según decían, como a seis leguas de la casa. El animal había sido notado hacía poco, en los dominios del puestero ño Ventura. Este debía guiarnos monte adentro, al capataz y a mí, hasta dar con el anta, lo que no resultó tan sencillo. Me facilitaron una cabalgadura gaucha, incluso guardamontes, cuchillo y coleto; tres cosas sin las cuales no hay tampoco gaucho[3]. El guardamonte protege las piernas, el coleto el cuerpo, el cuchillo la cara del jinete, contra la maraña, espesísima y brava a veces. Además el gaucho, para correr en el monte, se cala guantes de cuero fabricados por él mismo, y un sombrero retobado de cuero por toda la copa. Para ver mejor es preciso abotonar sobre la frente el ala en la copa del sombrero; esto es chotearse el ala. Así armado, sin olvidar el barbijo, el gaucho arremete a todo galope por la selva, seguido por los perros, si tiene que repuntar hacienda o pillar un toro enmoscado.

A ño Ventura le ofrecimos un winchester de los que nosotros llevábamos; pero dijo que él no necesitaba de _garabinas_, y que para armas, su cuchillo y su lazo eran bastantes.

Entramos en la quebrada de los Noques por una senda que había que desbrozar en parte a cuchillo, pues sólo la frecuentaba el ganado. La senda, bajo un palio de enramadas, costeaba el arroyo, cruzándolo de trecho en trecho. El bosque permanece verde todo el año, vivificado por abundantes manantiales que sueltan desde los cerros su agua clara y rica. A medida que nos internamos en la quebrada, se presentan con mayor frecuencia grandes extensiones sombrías cubiertas de enormes helechos, tan altos como nosotros a caballo. Se percibe el olor particular del humos. Las plantas parásitas cubren todos los troncos y todas las ramas; todo lo invaden los helechos, los musgos, las enredaderas. Una quina gigante se abre paso hacia arriba, hasta dominar con su copa la sombría espesura. Un cedro ancho y rugoso oprime como un abuelo, entre sus recias rodillas, el tronco blanco y fino de un chalchal. El arrayán, generoso, difunde su grato olor. Las tipas, sociables, siempre en grupos, son las centenarias matronas del bosque. A veces, sobresalen del suelo blando, que suena a hueco, ásperos filos de roca, lobanillos geológicos, dura osamenta de la selva. Cien metros en torno, sólo se mira un entrevero de tallos verdes y de hojas, por donde se filtra intensa la luz del sol. Andábamos escuchando. Ningún rumor, ningún sonido lejano hacía suponer en el monte la presencia de animal alguno.

Si hacíamos un alto, los perros, conscientes de nuestro sigilo, habituados al acecho, husmeaban cautelosos y paraban las orejas, conteniendo el aliento.

Habíamos andado así media mañana, quebrada arriba, por las ensenadas de bosque de una y otra margen, cuando sentimos _achar_ los perros, una cuadra delante, en un grupo de tipas. Preparé el rifle, apuré el caballo, me metí en el monte, perdí el sombrero; me picó una ortiga brava en un dedo, y al fin llegué donde ladraban los perros. ¡Era una pandilla de monos!

Me descolgué temblando del caballo, rodé por una ladera hasta una zanja enlodada, y empecé a escupir balas.

Hice más de treinta tiros sin matar nada. Entre tiro y tiro los monitos me espiaban agazapados, abrazados a los gapos, y emitían su gritillo particular de aflicción. Los vi dar saltos prodigiosos y desaparecer entre las lianas, mientras los perros se hacían pedazos en las espinas, al tratar de alcanzarlos. Era una familia de _cebús fatuellus_, o mono de los organistas, especie muy abundante en Anta y en todo el Chaco salteño.

Estos monitos se alimentan en invierno de una planta epífita de los grandes árboles, llamada _carda_ por los gauchos. Contienen estas plantas agua en la base de las hojas. Hallando pues, comida y bebida en las copas de los árboles, los monos jamás bajan al suelo por su gusto. Y así, de rama en rama caminan leguas, monte adentro, sirviéndoles de puentes las intrincadas lianas que ligan las copas de los árboles.

A propósito de los monos, ño Ventura me contó lo siguiente: mientras unos peones de la estancia desmontaban un rastrojo destinado a maizal, en pleno bosque virgen, los perros descubrieron a cuatro monitos en un grupo de árboles que los hachadores dejaran aislados del monte. Ante la furia de los perros sitiadores del reducto, los pobres monitos dieron tales pruebas de espanto, que los peones se compadecieron. Venían presurosos hasta las ramas bajas desde donde, comprobada la gravedad del caso, se encaramaban chillando a las altas ramas. Los hombres, enternecidos por aquellos patéticos gestos, renunciaron a pillarlos, y pusieron en libertad a los monos, ahuyentando antes a los perros.

Después del inútil tiroteo hemos seguido el camino, rastreando el anta. Yo miraba a donde lo veía mirar a ño Ventura, y esperaba descubrir de improviso los ojos negros de una corzuela asustada, brillando con salvaje curiosidad entre las hojas; o creía ver en las cortezas recién lastimadas el rastro de algún león, y lo buscaba entre los yuyarales, donde lo sospechaba agazapado. Y observaba en ño Ventura que iba delante, la completa identificación, la compenetración, puedo decir, del gaucho y la selva. El la auscultaba cauteloso, hasta muy lejos; y cuando se paraba a escuchar, ño Ventura tenía actitudes de gato. Sus sentidos descubrían en el suelo, en las hojas, en las ramas, huellas invisibles para mí. Parado en los estribos, estirado el cuello, apoyadas las manos al borde del guardamonte, parecía balconear la espesura. Al paso del caballo, y aun a media rienda, ha adquirido el hábito del cuerpeo entre el ramaje; su cintura flexible se quiebra, su cuerpo repta, deslizándose entre las zarzas con facilidad de serpiente, sin que las piernas, naturalmente apretadas a los flancos, se muevan siquiera, porque va en el caballo encajado más que montado.

Y no hay para qué concluir este relato, si algo gráfico he contado de la selva y del gaucho. Ño Ventura, en una de esas, se apeó y se largó cerro arriba, lazo en mano, cuchillo al cinturón: pero nos fué imposible seguirle a pie. Había encontrado en un cañaveral rastros frescos del anta. Como se estuviese por entrar el sol, me volví con el capataz a la casa. Aquel día habíamos caminado diez leguas en los cerros. Ño Ventura, se presentó, a la siguiente tarde, con el cuero del anta cazada. La encontró--dijo--bañándose en un pozo del arroyo, le echó los perros, dos de los cuales murieron, ahogados. Después la enlazó y la apuñaleó. El cuero es el más fuerte que se conoce, para riendas y demás prendas de apero.

FOOTNOTE:

[3] Anta es un departamento de la provincia de Salta. También se llama así al _tapir_.

CRUZ GUIEZ

_Estancia del Rey, en Anta; Mayo de 1912._

Yo deseaba conocer a ño Cruz Guíez, puestero del Campo Azul. Ayer tarde hemos ido a visitarlo a su rancho. En el patio hemos hallado al hombre, montado en un trozo de árbol, cosiéndole las mangas a su coleto. Muy cortésmente nos ha recibido; nos ha invitado a echar a pie tierra. Después ha soportado con cachaza las bromas de un amigo mío, empeñado en estimular el ingenio del gaucho.

--¿Dicen que usted ha cazado tigres por estos lugares?

--Velay, en ese algarrobo están colgadas las cabezas,--contestó Cruz, mostrándonos un montón de calaveras en que lucían magníficos colmillos.

--No creo que haya tigres por acá,--observó mi amigo.--Estas cabezas deben ser del gato de monte. Los fronterizos tienen fama de contar buenos cuentos...

Pero el gaucho respetuoso e impasible a la vez, con el absoluto dominio de sí propio y la confianza en el propio valer que infunde la vida libre, sonreía dulcemente al percatarse de la intención de las bromas, y no respondía más que a las preguntas en que podría instruir a los amigos del patrón,--hombres puebleros,--sobre las cosas del campo. Nos ha mostrado la piel del último tigre, oreada, recién sacada de las estacas. Medía más de metro y medio del hocico a la base de la cola. Después nos ha explicado ciertos detalles de una cacería.

Un día que salió a campear al cerro, había encontrado los restos de un ternero, mal tapados con tierra y palos por el tigre, que acostumbra esconder la presa. Y algunos días después, Cruz había caído en la huella del _bicho_, junto con dos puesteros vecinos suyos. Llevaban entre los tres como cuarenta perros, _livianitos_ y _con la guata floja_. Aquí no se concibe un puestero sin perros. Cualquiera posee diez o doce, brutos la mayor parte, flacos, hambrientos, feos, pero insuperables en los trabajos del pastoreo.

Y a fuerza de rastrearlo al tigre por montes y breñales, al fin lo hallaron los perros, y cuando estuvo empacado de espaldas a un cedro enorme, ño Cruz Guíez le metió en la cabeza una bala de su _garabina_; una bala, de las dos que consigo llevara; y como el bicho no muriese todavía, hubo de ensartarle el otro plomo en el corazón.

--Esta es la calavera de ese;--decía ño Cruz, mostrándonos el cráneo fresco aún.--Yo le apunté al codillo, pero le pegué en la quijada, aquí. Entonces le tuve que hacer el otro tiro. Pegó un bramido fiero y se tumbó _antarca_, despaletándome un perrito de un manotazo. Varios perros quedaron, por confianzudos, con las tripas al aire; y otros andan por _áhi_, lastimados, con la gusanera. A ocasiones el tigre desloma un caschi de un zarpazo. Por esto se deja ver que es animal de mucha potencia. Cuando uno le apunta lo mira frente a frente y a la vez de errarle el tiro, no sé pues lo que le espera al cazador. Cuando brama enfurecido, en la pelotera, acosado por los perros más baqueanos, los cuzcos chicos se sueltan llorando con el rabo entre las piernas y los caballos tiritan, como si estuviesen con la tembladera.

Pero el gaucho no hace alarde de su arrojo. Narra, simplemente, su caso y os invita para que le acompañéis en la próxima batida. No sabe lo que es el miedo. Sus músculos, fuertes como el guayacán, nunca tiemblan ante el _bicho_, señor de la selva, salteador del ganado; y con la misma tranquilidad con que sonriendo recoge a brazadas el lazo, dispara la única bala de su carabina sobre la temible fiera.