Part 9
El Anunciador de las Lunas, que velaba todas las noches desde lo alto del templo de Eschmún para señalar con la trompeta las agitaciones del astro, vio una mañana, del lado de Occidente, algo semejante a un pájaro rozando con sus largas alas la superficie del mar.
Era un navío con tres bancos de remos, y llevaba en la proa un caballo esculpido. Se elevaba el sol; el Anunciador de las Lunas se puso la mano delante de los ojos, y empuñando el clarín dio un gran trompetazo sobre Cartago.
Salió gente de todas las casas; no creyendo en las palabras, disputaban, y el muelle se llenaba de pueblo. Al fin fue reconocida la trirreme de Amílcar.
Avanzaba orgullosa y feroz: enhiesta la antena, abombada la vela en toda la longitud del mástil, hendiendo la espuma alrededor de ella; sus gigantescos remos batían el agua con cadencia; a intervalos aparecía la extremidad de la quilla, hecha como reja de arado, y bajo el espolón en que terminaba la proa, el caballo de cabeza de marfil, enderezándose sobre sus dos pies, parecía correr sobre las llanuras del mar.
Junto al promontorio cesó el viento, cayó la vela y se vio al lado del piloto un hombre de pie, con la cabeza descubierta: era él, ¡el Sufeta Amílcar! Llevaba alrededor de los muslos láminas de hierro relucientes; rojo manto pendía de sus hombros, dejando ver los brazos; dos perlas muy largas colgaban de sus orejas, y una barba negra y muy poblada le llegaba hasta el pecho.
La galera iba sorteando los escollos, costeaba el muelle, y la multitud la seguía a lo largo de la escollera, gritando:
--¡Salud! ¡Bendición! ¡Ojo de Kamón! ¡Ah! Sálvanos. La culpa es de los ricos. ¡Quieren hacerte morir! ¡Guárdate, Barca!
Este no contestaba, como si el clamor de los mares y de las batallas le hubieran dejado completamente sordo; pero así que estuvo bajo la escalinata que bajaba de la Acrópolis, alzó la cabeza, y con los brazos cruzados miró el templo de Eschmún. Levantó más la mirada al cielo puro; con áspera voz dio una orden a sus marineros; brincó la trirreme, arañó el ídolo puesto en el ángulo del muelle para contener las tempestades, y en el puerto comercial, lleno de inmundicias, de astillas de madera y de cortezas de frutas, echaba atrás, embistiéndolos, a los navíos amarrados a estacas y rematados por mandíbulas de cocodrilo. Corría el pueblo y muchos se echaron a nado. La galera había llegado ya ante la puerta erizada de clavos. Se levantó esta y la trirreme desapareció bajo la profunda bóveda.
El puerto militar estaba completamente separado de la ciudad. Cuando venían embajadores tenían que pasar entre dos murallas, por un corredor que desembocaba a la izquierda, ante el templo de Kamón. Esta gran plaza de agua, redonda como una copa, tenía un cerco de muelles en los que había dársenas para abrigar los bajeles. Delante de cada una de estas subían dos columnas, con cuernos de Ammón en sus capiteles, lo que constituía una sucesión de pórticos alrededor del puerto. En medio, en una isla, se levantaba la casa del Sufeta del mar.
El agua era tan limpia que se veía el fondo, pavimentado con guijarros blancos. El ruido de las calles no llegaba hasta allí; a su paso veía Amílcar las trirremes que antes había mandado.
Ya no quedaban arriba de una veintena de estas, varadas o con la quilla al aire, con las popas muy altas y las proas abombadas, cubiertas de dorados y de símbolos místicos. Las quimeras habían perdido sus alas; los dioses Pateques, sus brazos; los toros, sus cuernos de plata, y todas medio despintadas, inertes, podridas, pero llenas de historia y exhalando aún el olor de los viajes, como soldados mutilados que volvían a ver a su jefe y parecían decirle: ¡Somos nosotras, somos nosotras!; ¡y tú también eres un vencido!
Ninguno, excepto el Sufeta del mar, podía entrar en la casa-almirante. En tanto no se tenía la prueba de su muerte, se le consideraba siempre como vivo. Los Ancianos evitaban por este medio un jefe más; con respecto a Amílcar, no habían faltado a la costumbre.
El Sufeta entró en las desiertas habitaciones. A cada paso encontraba armaduras, muebles, objetos conocidos y que, sin embargo, le extrañaban; en el vestíbulo se conservaba todavía, en una cazoleta, la ceniza de los perfumes quemados en la partida para conjurar a Melkart. ¡No esperaba Amílcar volver de este modo! Recordó cuanto hiciera y cuanto vio: asaltos, incendios, legiones, tempestades, Drepanum, Siracusa, Lilibea, el monte Etna, la planicie de Erix, cinco años de batallas hasta el funesto día en que, deponiendo las armas, se perdió Sicilia. Después volvía a ver los bosques de limoneros, los pastores con cabras en las montañas grises, y su corazón brincaba al pensar en otra Cartago fundada en otra orilla. Sus proyectos, sus recuerdos zumbaban en su cabeza, aún aturdida por el vaivén del bajel; le abrumaba la angustia, y débil, de pronto, sintió la necesidad de acercarse a los dioses.
Para esto subió al último piso de la casa, y sacando de una concha de oro, suspendida de su brazo, una espátula guarnecida con clavos, abrió una pequeña habitación oval, alumbrada tibiamente por delgadas rodajas negras, empotradas en la muralla y transparentes como vidrio.
Entre las filas de aquellos discos iguales, había agujeros parecidos a los de las urnas de un columbario. Cada uno contenía una piedra redonda, obscura, y que parecía muy pesada. Las personas de espíritu superior eran las únicas que adoraban estas _abadires_ caídas de la luna. Por su caída, significaban los astros, el cielo, el fuego; por su color, la noche tenebrosa, y por su densidad, la cohesión de las cosas terrestres. Una pesada atmósfera llenaba el místico recinto. Arena marina que el viento había empujado sin duda a través de la puerta, blanqueaba en cierto modo las piedras redondas metidas en los nichos. Amílcar, con la punta del dedo, las contó una a una; luego se tapó la cara con un velo de color de azafrán y, cayendo de rodillas, se echó en el suelo con los brazos extendidos.
La luz del día penetraba por los vidrios negros; arborescencias, montículos, torbellinos, contornos de vagos animales se dibujaban en la espesura diáfana; y la luz llegaba terrible y pacífica sin embargo, como debe existir por detrás del sol, en los obscuros espacios de las creaciones futuras. Barca se esforzaba en alejar de su pensamiento todas las formas, todos los símbolos y los nombres de los dioses, a fin de recoger el espíritu inmutable que las apariencias ocultan. Algo de las vitalidades planetarias se infiltraba en él, en tanto sentía hacia la muerte y hacia todos los azares un desdén más sabio y más intrépido. Al levantarse, estaba lleno de un valor sereno, invulnerable a la misericordia y al temor, y como sentía oprimido el pecho, subió a la torre que dominaba a Cartago.
La ciudad se extendía ahondándose en una larga curva, con sus cúpulas, sus templos, sus techos de oro, sus casas, sus palmares, sus bolas de vidrio, que resplandecían como fuego, y sus fortificaciones, que constituían como la gigantesca orla de este cuerno de abundancia que se abría hacia él. Amílcar distinguió abajo los puertos, las plazas, el interior de los patios, el trazado de las calles y los hombres parecían muy pequeños a ras del pavimento. ¡Ah! ¡Si Hannón no hubiera llegado demasiado tarde a las islas Egates! Su mirada se abismó en el límite del horizonte y extendió hacia Roma sus brazos temblorosos.
La multitud ocupaba las gradas de la Acrópolis. En la plaza de Kamón se empujaban por ver salir al Sufeta, y las azoteas se iban poblando de gente; algunos le vieron, le saludaron, y él se retiró, a fin de excitar más la impaciencia del pueblo.
Amílcar encontró en la sala a los hombres más importantes de su partido: Istatten, Subeldia, Hictamon, Jeubas y otros, los cuales le contaron todo lo que había pasado desde la firma de la paz: la avaricia de los Ancianos, la partida de los soldados y su vuelta, sus exigencias, la captura de Giscón y el robo del zaimph; Útica socorrida y luego abandonada; pero ninguno se atrevió a hablarle de los sucesos que le concernían. Y se separaron para volver a verse a la noche en la Asamblea de los Ancianos, en el templo de Moloch.
Acababan de salir, cuando un tumulto estalló junto a la puerta. A pesar de los servidores, alguien quería entrar, y como el ruido aumentase, Amílcar mandó que introdujeran a quien fuese.
Y compareció una negra vieja, encorvada, arrugada, temblorosa, de aire estúpido y envuelta hasta los talones en largos velos azules. Se adelantó hacia el Sufeta, y los dos se miraron. De Pronto, Amílcar se estremeció, y a una orden suya, se retiraron los esclavos. Entonces, haciéndole una señal para que anduviera con precaución, él la llevó por el brazo a una habitación apartada.
La negra se tiró al suelo para besarle los pies; él la levantó brutalmente.
--Iddibal, ¿dónde le dejaste?
--¡Allá abajo, amo!
Y quitándose los velos, se frotó la cara con la manga, y el color negro, el temblor senil, el talle encorvado desaparecieron. Era un robusto anciano, cuya piel parecía curtida por la arena, el viento y el mar. Una borla de cabellos blancos se levantaba sobre su cráneo, como el moño de un pájaro, y con mirada irónica mostraba el disfraz caído en el suelo.
--Hiciste bien, Iddibal; muy bien... ¿Hay alguno que sospeche?
El viejo le juró por los Kabiros que el secreto estaba oculto. No abandonaban su cabaña, a tres días de Hadrumeto, orilla poblada de tortugas, con palmeras en la duna.
--Y conforme a tu mandato, Amo, yo le enseño a lanzar la azagaya y guiar equipos.
--¿Es fuerte?
--Sí, amo, y también intrépido. No tiene miedo ni de las serpientes, ni del trueno, ni de los fantasmas. Corre con los pies desnudos, como un pastor, al borde de los precipicios.
--¡Habla! ¡Habla!
--Inventa trampas para las bestias feroces. La otra luna sorprendió a un águila; la sangre del ave y la del niño caía en el aire en anchas gotas, como rosas volanderas. Furiosa el águila, envolvía al niño con su batir de alas; él la apretaba contra su pecho, y a medida que el ave agonizaba, redoblaban sus risas, sonoras y soberbias como choques de espadas.
Amílcar bajaba la cabeza, deslumbrado por estos presagios de grandeza.
--Pero desde hace algún tiempo se muestra inquieto. Contempla a lo lejos las velas que pasan por el mar; está triste; rehúsa el pan, se informa de los dioses y quiere conocer Cartago.
--¡No, no; todavía no! --contestó el Sufeta.
El viejo esclavo pareció conocer el peligro que asustaba a Amílcar, y añadió:
--¿Cómo contenerle? Necesito prometerle algo, y he venido a Cartago para comprarle un puñal con mango de plata incrustado de perlas.
En seguida contó que habiendo visto al Sufeta en la terraza, se hizo pasar por una de las mujeres de Salambó, para que los guardas del puerto le franqueasen la entrada.
Amílcar quedó un rato pensativo.
--Mañana --dijo al esclavo-- te presentarás en Megara, al ponerse el sol, detrás de las fábricas de púrpura, e imitarás tres veces el grito del chacal. Si no me vieras, vendrás a Cartago el primer día de cada luna. ¡No olvides nada! ¡Cuídale! Ya puedes hablarle de Amílcar.
El esclavo volvió a ponerse su disfraz, y los dos salieron juntos de la casa y del puerto.
Amílcar siguió solo y a pie, sin escolta, porque las reuniones de los Ancianos eran siempre secretas en circunstancias extraordinarias, y a ellas se iba misteriosamente.
Primeramente atravesó la parte oriental de la Acrópolis; pasó en seguida por el mercado de hierbas, las galerías de Kinvido y el arrabal de los perfumistas. Las escasas luces se extinguían, las calles más anchas se quedaban silenciosas, y después todo eran sombras que resbalaban en las tinieblas. Aparecían unas, y otras las seguían, y todas se dirigían del lado de los Mapales.
El templo de Moloch estaba edificado al pie de una garganta escarpada, en un lugar siniestro. Desde abajo no se veían más que altas murallas que subían indefinidamente, así como paredes de una monstruosa tumba. La noche era sombría y una bruma gris parecía pesar sobre el mar, que azotaba el acantilado con un ruido de gemidos y de estertores; las sombras desaparecieron poco a poco, como si hubieran pasado a través de los muros.
Pero así que se atravesaba la puerta, se entraba en un vasto patio cuadrangular, con soportales. En medio se levantaba una masa arquitectónica, de ocho pisos iguales, coronada de cúpulas que se apretaban alrededor de un segundo piso, el cual soportaba una especie de rotonda, de la que emergía un cono de curva reentrante, rematado por una bola.
Ardían fuegos en los cilindros de filigrana, adheridos a varales llevados por hombres. Estas luces oscilaban con las borrascas del viento, enrojeciendo los peines de oro que fijaban en la nuca sus cabellos trenzados. Corrían y se llamaban unos a otros, para recibir a los Ancianos.
Sobre las losas, estaban agazapados como esfinges enormes leones, símbolos vivientes del sol devorador. Movían los párpados medio cerrados; pero despiertos por las pisadas y las voces, se levantaban lentamente, yendo hacia los Ancianos, a los que conocían por su traje; se frotaban contra sus muslos, erizando el lomo, con sonoros bostezos, y el vapor de su aliento velaba la luz de las antorchas. Redobló la agitación, se cerraron las puertas, huyeron todos los sacerdotes y desaparecieron los Ancianos bajo las columnas que formaban un hondo vestíbulo alrededor del templo.
Estas estaban dispuestas de modo que reprodujeran por sus rangos circulares, comprendidas las unas en las otras, el período saturniano con los años, los años con los meses, los meses con los días, tocándose al fin con la muralla del santuario.
Aquí era donde los Ancianos dejaban sus bastones de cuernos de narval, porque una ley, siempre observada, castigaba con la muerte al que entrara en la sesión con un arma cualquiera. Muchos llevaban al borde del manto una rasgadura terminada por un galón de púrpura, para demostrar así que al llorar la muerte de sus parientes, no se habían cuidado de sus vestidos; y esta prueba de aflicción impedía que el rasgón se hiciera más grande. Otros guardaban su barba cerrada en un saquito de piel violeta, colgado de las orejas por dos cordones. Todos se juntaron, abrazándose, pecho con pecho. Rodeaban a Amílcar y le felicitaban; hubiérase dicho que eran hermanos que volvían a ver a otro hermano.
Estos hombres eran casi todos ventrudos, de nariz encorvada como la de los colosos asirios; si bien algunos, por sus pómulos más salientes, su estatura más alta y sus pies más estrechos, revelaban un origen africano, de ascendientes nómadas. Aquellos que vivían continuamente en el fondo de sus oficinas, tenían la cara pálida; otros llevaban pintada en ellas algo de la severidad del desierto; joyas extrañas brillaban en los dedos de sus manos, tostadas por soles desconocidos. Conocíanse los navegantes en el balanceo de su andar, en tanto que los hombres agrícolas olían a lagar, a hierbas secas y a sudor de mulo. Estos viejos piratas hacían labrar los campos; estos acaparadores de dinero equipaban navíos; estos propietarios agrícolas sostenían esclavos que desempeñaban otros oficios útiles. Todos eran sabios en disciplina religiosa, expertos en estratagemas, implacables y ricos. Tenían aspecto de estar fatigados por hondas cuitas. Sus ojos, llenos de llamas, miraban con desconfianza, y la costumbre de viajar y de mentir, del tráfico y del mando, daban a todos ellos un aspecto de astucia y de violencia y de cierta brutalidad discreta y convulsiva. La influencia del Dios les ponía sombríos.
Primero pasaron por un salón abovedado, que tenía la forma de huevo. Siete puertas, correspondientes a los siete planetas, describían en la muralla otros tantos cuadrados de color diferente. Pasando otra gran cámara entraron en otra sala parecida.
Un candelabro, enteramente cubierto de flores cinceladas, brillaba en el fondo, y cada uno de sus ocho brazos de oro llevaba en un cáliz de diamantes una mecha de viso. Estaba puesto encima de la última de las gradas de un gran altar, de ángulos terminados por cuernos de cobre. Dos escaleras laterales conducían a su cima aplanada; no se veían las piedras; era como una montaña de cenizas, y algo indeciso humeaba lentamente encima. Más alto que el candelabro y mucho más arriba que el altar, se erguía Moloch, forrado en hierro, con pecho humano horadado de aberturas. Sus alas abiertas se desplegaban en la pared, sus manos alargadas llegaban hasta el suelo; tres piedras negras, incrustadas en un círculo amarillo, representaban tres pupilas en su frente, y con terrible esfuerzo levantaba su cabeza de toro, como para mugir.
En torno de la estancia había asientos de ébano, y detrás de cada uno de estos, un trípode de bronce, formado por tres garras, sostenía una antorcha. Todas estas luminarias se reflejaban en las losas de nácar que pavimentaban la sala, la cual era tan alta que el rojo color de sus paredes, subiendo hasta la bóveda, se hacía negro, apareciendo los tres ojos del ídolo en lo alto, como estrellas medio perdidas en la noche.
Sentáronse los Ancianos en los escabeles de ébano, poniendo encima de su cabeza la cola de su túnica. Estaban inmóviles, con las manos cruzadas en sus anchas mangas, y el enlosado de nácar parecía un río luminoso que, viniendo del altar hacia la puerta, corría bajo sus pies desnudos.
Los cuatro pontífices estaban en medio, dándose la espalda, formando cruz, en cuatro asientos de marfil; el gran sacerdote de Eschmún, con túnica color jacinto; el de Tanit, de lino blanco; el de Kamón, de lana obscura, y el de Moloch, de púrpura.
Amílcar avanzó hacia el candelabro. Dio una vuelta, miró las mechas que ardían, y luego echó sobre ellas un polvo perfumado que hizo aparecer llamas violáceas en el extremo de los brazos.
Se oyó una voz aguda, a la que respondió otra; y los cien Ancianos, los cuatro pontífices y Amílcar, puestos en pie, entonaron un himno, repitiendo siempre las mismas sílabas, y reforzando el sonido subían sus voces, severas y terribles, hasta que de una sola vez se callaron.
Se esperó algún tiempo, hasta que Amílcar, sacando del pecho una estatuita con tres cabezas y azul como el zafiro, la puso delante de él. Era la imagen de la Verdad, el genio de su palabra. Luego la volvió a meter en su pecho, y todos, como poseídos de súbita ira, gritaron:
--¡Los bárbaros son tus amigos! ¡Traidor, infame! ¿Vuelves para vernos morir, no es verdad? ¡Dejadle hablar! ¡No, no!
Así se vengaban de la limitación a que poco antes les había obligado el ceremonial político; si bien habían deseado el regreso de Amílcar, ahora se indignaban de que él no hubiera previsto sus desastres, o más bien, de que no los hubiera sufrido con ellos.
Cuando se apaciguó el tumulto, el pontífice de Moloch se levantó.
--Nosotros te preguntamos por qué no volviste a Cartago.
--¿Qué os importa? --contestó desdeñosamente el Sufeta.
Redobló la gritería.
--¿De qué me acusáis? ¿Acaso llevé mal la guerra? Vosotros habéis visto el plan de mis batallas, vosotros, que decíais que mis bárbaros...
--¡Basta, basta!
Siguió Amílcar en voz baja, para que le escucharan con más atención.
--¡Oh! ¡Esto es verdad! ¡Me he engañado, luces de los Baales, hay valientes entre vosotros! ¡Giscón, levántate!
Y paseando la grada del altar, con los párpados medio cerrados, como si buscara a alguno, repitió:
--¡Levántate, Giscón, tú puedes acusarme; estos te defenderán! ¿Pero dónde estás?... ¡Ah, en su casa, sin duda, rodeado de sus hijos, mandando a sus esclavos, feliz, y contando los collares de honor que la patria le ha dado!
Los Ancianos se encogían de hombros, como flagelados por azotes.
--¡Vosotros no sabéis siquiera si está vivo o muerto!
Y sin cuidarse de los clamores, dijo que al abandonar al Sufeta habían abandonado a la República. La misma paz romana, por ventajosa que les pareciera, era más funesta que veinte batallas perdidas. Aplaudieron algunos, los menos ricos del Consejo, sospechosos de inclinarse hacia el pueblo o hacia la tiranía. Sus adversarios, jefes de los Sisitas y administradores, triunfaban por el número; los más significados de la reunión estaban del lado de Hannón, quien se hallaba sentado al otro extremo de la sala, delante de la alta puerta, cerrada por un tapiz de color jacinto.
Se había pintado con afeites las úlceras de la cara; pero el polvo de oro de sus cabellos le había caído sobre la espalda, formando placas brillantes, que parecían blanquizcas, finas y crespas como vellones. Lienzos embebidos de un craso perfume que goteaba sobre el pavimento, envolvían sus manos, y, sin duda, su enfermedad se había agravado, porque sus ojos desaparecían bajo el pliegue de los párpados. Si quería ver, tenía que doblar hacia atrás la cabeza. Al fin, con voz ronca y odiosa, dijo:
--¡Menos arrogancia, Barca! Todos nosotros hemos sido vencidos. Cada cual soporta su desgracia. ¡Resígnate!
--Dinos más bien --contestó sonriendo Amílcar-- de qué modo gobernaste tus galeras contra la flota romana.
--Me empujaba el viento --respondió Hannón.
--¡Haces como el rinoceronte, que patea en su estiércol: te obstinas en tu necedad! ¡Cállate!
Y empezaron a recriminarse por la batalla de las islas Egates. Hannón le acusaba de no haber venido a su encuentro.
--Esto hubiera sido desguarnecer a Eryx. Había que tomar el lago. ¿Quién te lo impedía? ¡Ah, me olvidaba! Los elefantes tienen miedo al mar.
Los adictos a Amílcar celebraron la ocurrencia con grandes risotadas, que hacían resonar la bóveda como si sonaran tímpanos.
Hannón denunció la indignidad de tal ultraje; su enfermedad le sobrevino a consecuencia de un enfriamiento en el sitio de Hecatompila; y el llanto corría por su faz como lluvia de invierno sobre una muralla en ruinas.
Amílcar replicó:
--Si me hubierais querido tanto como a este, ahora reinaría la alegría en Cartago. ¡Cuántas veces no os llamé en mi ayuda! ¡Y siempre me rehusasteis el dinero!
--¡Nos hacía falta! --dijeron los jefes de los Sisitas.
--¡Y cuando mis asuntos iban de mal en peor, bebíamos orines de mulas y comíamos las correas de nuestras sandalias; cuando yo quería que cada brizna de hierba fuera un soldado y formar batallones con la podredumbre de los muertos, me quitasteis el resto de mis bajeles!
--¡No podíamos arriesgarlo todo! --respondió Baat-Baal, dueño de minas de oro en la Getulia Daritiana.
--¿Qué hacíais aquí, en Cartago, en vuestras casas, al amparo de las murallas? Había galos en el Eridano, que convenía empujar; cananeos en Cirene, que hubieran venido, y mientras los romanos enviaban embajadores a Tolomeo...
--¡Ahora le da por alabar a los romanos!... ¿Cuánto te han dado para que los defiendas?
--¡Preguntádselo a las llanuras del Brucio, a las ruinas de Locres, de Metaponto y de Heraclea! Yo he incendiado todos sus árboles, he saqueado sus templos y matado hasta a los nietos de sus nietos...
--¡Eh! ¡Tú declamas como un retórico! --dijo Kapuras (comerciante muy ilustrado)--. ¿Qué es lo que quieres?
--Digo que hay que ser más ingenioso o más terrible. Si el África entera rechaza vuestro yugo, es que sois unos amos débiles que no sabéis uncirlo a su cerviz. Agatocles, Régulo, Cepio, todos los hombres atrevidos, no tienen más que desembarcar para tomarla; y cuando los libios que están en el Oriente se entiendan con los númidas que están en el Occidente, y los nómadas vengan del Sur y los romanos del Norte...
Un grito de horror se alzó.
--¡Oh, entonces os golpearéis el pecho, os revolcaréis en el polvo y rasgaréis vuestros mantos! ¡No importa! Habrá que ir a dar vuelta a la muela en la Suburra y vendimiar en las colinas del Lacio.
Los contrarios se daban palmadas en el muslo derecho para significar su escándalo, y las mangas de sus túnicas se levantaban como grandes alas de pájaros asustados. Amílcar, llevado por su cólera, continuaba de pie en la grada más alta del altar, tembloroso, terrible; levantaba los brazos, y los rayos del candelabro que alumbraba tras él le pasaban entre los dedos como dardos de oro.