Part 7
En el fondo de la habitación ardía, suspendida, una lámpara en forma de galera; tres rayos de luz de su carena de plata temblaban en los altos artesonados pintados de rojo con franjas negras. El techo era un conjunto de pequeñas vigas doradas que tenían en medio amatistas, y topacios en los nudos de la madera. A los dos lados del ancho aposento aparecía un lecho bajo, hecho de correas blancas; y arcos de bóveda aconchados, que se abrían por la parte de afuera, dejaban ver algún vestido que colgaba hasta el suelo.
Una grada de ónice daba la vuelta a un estanque ovalado, en cuya orilla había unas finas sandalias de piel de serpiente y un jarro de alabastro. Más allá se advertía la huella húmeda de unas pisadas. Se aspiraban aromáticos olores.
Matho andaba sobre losas incrustadas de oro, de nácar y de vidrio; y no obstante el pulimento del suelo, le parecía que se hundían sus pies como si caminara por arena.
Detrás de la lámpara de plata había divisado un gran cuadrado de azur, suspendido en el aire por cuatro cuerdas, y a él se acercó Matho, medio agachado y con la boca abierta.
De cuernos de antílope colgaban anillos y brazaletes; vasos de arcilla refrescaban al aire sobre un tendal de cañas, en la hendidura de la pared. Muchas veces tropezaban sus pies, porque el suelo tenía desniveles tan pronunciados que hacían de la habitación como una serie de aposentos. En el fondo, una baranda de plata rodeaba un tapiz sembrado de flores pintadas. Por fin llegó al lecho colgante, junto al escabel de ébano que servía para subir a él.
Pero la luz cesaba allí, y la sombra, como una gran cortina, no dejaba ver más que el extremo de un colchón rojo en el que asomaba la punta de un piececito desnudo. Matho cogió la lámpara para ver mejor.
Dormía Salambó con la mejilla apoyada en una mano y tendido el otro brazo. Los bucles de su cabellera la cubrían de tal modo, que parecía acostada sobre plumas negras, y su larga túnica blanca se desplegaba blandamente hasta sus pies, siguiendo los contornos del talle. Algo se veía de sus ojos, entre los párpados medio cerrados. Las cortinas, perpendicularmente corridas, la rodeaban de una atmósfera azulada; y el movimiento de su respiración, comunicándose a las cuerdas, parecía columpiarla. Zumbaba un mosquito.
Matho, inmóvil, tenía en la mano la galera de plata; en el mosquitero prendió la llama, y Salambó despertó.
La llamarada se apagó en un abrir y cerrar de ojos. La lámpara de Matho proyectaba en el artesonado grandes ondas luminosas.
--¿Qué es esto? --dijo Salambó.
--Es el velo de la diosa --contestó Matho.
--¡El velo de la diosa! --repitió ella.
Y apoyándose en los dos codos, se asomó trémula. Matho prosiguió:
--¡Yo he ido a buscarlo para ti en las profundidades del santuario! ¡Mira!
El zaimph deslumbraba con su juego de luces.
--¿Te acuerdas? --dijo Matho--. Una noche te apareciste en mis sueños, pero yo no entendía la orden muda de tus ojos. Si la hubiera comprendido, habría acudido, abandonando el ejército: no habría salido de Cartago. Para obedecerte, bajaré por la caverna de Hadrumeto al reino de las Sombras...
Salambó pisaba ya el escabel de ébano.
--¡Perdóname! --añadió Matho--. Eran montañas que pesaban sobre mí y, sin embargo, algo me arrastraba. Traté de venir a tu lado. ¡Sin los dioses, nunca me hubiera atrevido!... ¡Partamos! ¡Has de seguirme, o si no, me quedaré! ¿Qué me importa? ¡Anega mi alma en el soplo de tu aliento! ¡Aplástense mis labios besando tus manos!
--¡Déjame ver! --decía ella--. ¡Más cerca! ¡Más cerca!
Apuntaba el alba y un color vinoso teñía las hojas de talco de las paredes. Salambó se apoyaba desfallecida en los cojines del lecho.
--¡Te amo! --gritaba Matho.
Ella balbuceó:
--¡Dámelo!
Y se acercaron.
Salambó avanzaba vestida de blanco, con los ojos arrobados puestos en el velo. Matho la contemplaba, deslumbrado por los esplendores de su cabeza, y tendiendo hacia ella el zaimph, iba a envolverla en un abrazo. Separó ella los brazos; de pronto, se detuvo, y los dos se quedaron mirándose absortos.
Sin comprender lo que él solicitaba, la sobrecogió un terror súbito y empezó a temblar; hasta que golpeando en una de las pateras de cobre que colgaban en las puntas del colchón rojo, gritó:
--¡Socorro! ¡Socorro! ¡Atrás, sacrílego! ¡Infame! ¡Maldito! ¡A mí, Taanach, Kroúm, Ewa, Micipsa, Schavul!
Entre los vasos de arcilla, asomó en la muralla la cara asustada de Espendio, el cual dijo estas palabras:
--¡Huye! Vienen aquí.
Se oyó un gran tumulto en la escalera, y una oleada de gente, entre mujeres, esclavos y criados, se lanzó dentro de la habitación con estacas, rompecabezas, puñales y machetes. Todos quedaron como paralizados de indignación al ver un hombre; las criadas daban alaridos como en un entierro, y los eunucos palidecían bajo su negra piel.
Matho se mantenía detrás de la barandilla, envuelto en el zaimph, como un dios sideral rodeado del firmamento. Los esclavos iban a arrojarse sobre él. Salambó los contuvo.
--¡No le toquéis! ¡Es el velo de la diosa!
Y dando un paso hacia él, alargando su brazo desnudo, prorrumpió:
--¡Maldito seas, ladrón de Tanit! ¡Odio, venganza y dolor! ¡Que Gurcil, dios de las batallas, te destroce! ¡Que Matisman, dios de los muertos, te ahogue! ¡Y que el Otro --el que no se puede nombrar-- te queme!
Matho dio un grito, como si le hiriera una espada. Salambó repitió muchas veces:
--¡Vete! ¡Vete!
Se apartó la turba de criados, y Matho, baja la cabeza, pasó lentamente en medio de ellos; al llegar a la puerta se detuvo porque la franja del zaimph se había enganchado en una de las estrellas de oro que esmaltaban el suelo. Dio un brusco tirón y bajó la escalera.
Espendio, saltando de terraza en terraza y por encima de setos y de acequias, escapó por los jardines. Llegó al pie del faro. En este sitio cesaba la muralla, por lo escarpado del cantil. Aquí se tumbó de espalda y con los pies hacia delante se deslizó abajo; ganó a nado el cabo de las Tumbas, dio un largo rodeo por la Laguna Salada y ganó el campamento de los bárbaros.
Había salido el sol, y como un león que se retira, Matho se alejó mirando el camino con ojos terribles.
Hirió sus oídos un indeciso rumor que saliendo del palacio, seguía a lo lejos, del lado de la Acrópolis. Unos decían que habían robado el tesoro de la República en el templo de Moloch; hablaban otros de un sacerdote asesinado. Corría el rumor de que los bárbaros habían entrado en la ciudad.
No sabiendo Matho cómo franquear los recintos, seguía en línea recta. Le vieron y se alzó un clamoreo. Comprendieron todo lo que había pasado: fue una consternación general; luego, una inmensa cólera.
Del fondo de los Mapales, de las alturas de la Acrópolis, de las catacumbas y de las orillas del lago venía un tropel de gente. Salían los patricios de sus palacios; los vendedores, de sus tiendas; las mujeres abandonaban a sus hijos; se echaba mano a las espadas, hachas y bastones; pero les detuvo el mismo obstáculo que a Salambó: ¿de qué modo recobrar el velo? Solo el mirarlo era un crimen; era como los mismos dioses, y su contacto ocasionaba la muerte.
En el peristilo de los templos, los sacerdotes, desesperados, se retorcían los brazos. Los guardias de la Legión galopaban al acaso; había gente en las azoteas, en el torso de las estatuas y en las gavias de los buques. Pero Matho seguía andando, y a cada paso que daba aumentaba la ira, pero también el terror. Vaciábanse las calles al aproximarse él; y ese torrente de hombres que huían, llegaba por los dos lados hasta encima de las murallas. No se veían más que ojos muy abiertos, como para matarlo con la vista; dientes que rechinaban, puños que amenazaban; se oían las imprecaciones de Salambó, que se multiplicaban.
De improviso, silbó una larga flecha, luego otra y una lluvia de piedras; pero los tiros, mal dirigidos por miedo de tocar al zaimph, pasaban por encima de la cabeza de Matho. Convirtiendo el velo en escudo, lo embrazaba hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia adelante y hacia atrás; y a nadie se le ocurría un nuevo sistema de ataque. Andaba cada vez más aprisa, metiéndose por las calles. Al encontrarlas interceptadas con cuerdas, carros o trampas, se volvía atrás. Llegó, finalmente, a la plaza de Kamón, donde murieron los baleares; aquí se detuvo Matho, pálido como un sentenciado a muerte. Estaba perdido; la multitud batía palmas.
Corrió hasta la gran puerta cerrada. Era muy alta, de robusta encina, con clavos de hierro y forrada de cobre. Matho la empujó. El pueblo, gozoso, observaba su impotente furor; entonces, él se quitó una sandalia, escupió encima y golpeó los trofeos inmóviles. Toda la ciudad aulló. Olvidando el velo, iban a aplastarle. Matho miraba en rededor, febril, como poseído del sopor de un hombre embriagado. De pronto, reparó en la larga cadena de la que se tiraba para hacer maniobrar la báscula de la puerta. De un salto se agarró a ella de pies y manos, y, forcejeando, logró abrir las hojas de la puerta.
Así que salió afuera, se quitó del cuello el gran zaimph y lo puso sobre su cabeza, lo más alto posible. El manto, sostenido por el viento del mar, resplandecía al sol con sus colores, su pedrería y la figura de los dioses. Llevándolo así, Matho atravesó toda la llanada hasta las tiendas de sus soldados, mientras el pueblo, encima de las murallas, veía desaparecer la fortuna de Cartago.
VI
HANNÓN
--¡Debí habérmela traído! --decía por la noche Matho a Espendio--. Debí haberla arrancado de su casa. Nada me lo hubiera impedido.
Espendio no le escuchaba. Echado de espalda, descansaba a sus anchas, al lado de un gran jarro lleno de agua con miel, en la que metía a menudo la cabeza para beber más abundantemente.
--¿Qué hacer? --preguntaba Matho--. ¿Cómo volver a entrar en Cartago?
--No lo sé --contestaba Espendio.
Su impasibilidad exasperaba a Matho.
--¡Tú tienes la culpa! --añadió este--; tú me llevaste y me abandonaste como un cobarde. ¿Por qué te he de obedecer? ¿Crees ser tú mi amo? ¡Ah, prostituidor, esclavo, hijo de esclavo!
Rechinaba los dientes y amenazaba a Espendio con su ancha mano.
El griego no contestaba. Ardía una lámpara de arcilla colgada del palo de la tienda, en la que el zaimph resplandecía colgado de una panoplia.
De pronto, Matho se calzó los coturnos, se puso el peto de hojas de cobre y el casco.
--¿Adónde vas? --preguntó Espendio.
--Volveré. Déjame. ¡La traeré! Si me hacen frente, los aplastaré como víboras. ¡La haré morir, Espendio!... Sí, la mataré; ya lo verás: la mataré.
Espendio arrancó bruscamente el zaimph y lo colocó en un rincón, poniendo encima pieles de oveja. Se oyeron voces, brillaron antorchas y entró Narr-Habas seguido de unos veinte hombres.
Llevaban mantos de lana blanca, largos puñales, collares de cuero, pendientes de madera en las orejas y calzado de piel de hiena; parados en el umbral, se apoyaban en sus lanzas, como pastores que descansan. Narr-Habas era el más hermoso de todos; ceñían sus delgados brazos correas guarnecidas de perlas; una diadema de oro, al par que sostenía por detrás de su cabeza un amplio manto, ostentaba una pluma de avestruz que le colgaba por la espalda. Una continua risa le hacía enseñar los dientes; sus ojos parecían agudos como saetas, y toda su persona tenía un sello de distinción.
Declaró que venía a juntarse con los mercenarios, porque la República amenazaba desde hacía tiempo su reino. Le interesaba ayudar a los bárbaros y les podía ser útil.
--Os proveeré de elefantes, de que están llenas mis florestas, de vino, aceite, cebada, dátiles, resinas y azufre para los sitios; de veinte mil infantes y diez mil caballos. Si me dirijo a ti, Matho, es porque la posesión del zaimph te ha hecho el primero del ejército. Por lo demás, somos antiguos amigos.
Matho miraba a Espendio, que sentado sobre las pieles de carnero, hacía señales de asentimiento. Narr-Habas hablaba poniendo por testigos a los dioses y maldiciendo a Cartago. En sus imprecaciones rompió una azagaya. Su gente dio un gran alarido y Matho, transportado por estas demostraciones, dijo que aceptaba la alianza.
Trajeron un toro blanco y una oveja negra, símbolos del día y de la noche, y los degollaron al borde de una fosa. Cuando esta se llenó de sangre, metieron los hombres sus brazos en ella. Narr-Habas puso su mano en el pecho de Matho, y lo mismo hizo este con Narr-Habas. Repitieron estas señales en la tela de sus tiendas. Pasaron la noche comiendo, y se quemó el resto de la comida, juntamente con la piel, los huesos, los cuernos y las uñas de las reses sacrificadas.
Una inmensa aclamación había saludado a Matho cuando apareció con el velo de la diosa; aun aquellos que no creían en la religión cananea, estaban poseídos de un vago entusiasmo, como si les animara un genio. Nadie se preocupó de cómo fue tomado el zaimph; la forma misteriosa con que fue adquirido fue lo bastante para que los bárbaros legitimaran su posesión. Así pensaban los soldados de raza africana. Los otros, cuyo odio era menos antiguo, no sabían qué resolver. De haber habido barcos, se hubieran marchado en seguida.
Espendio, Narr-Habas y Matho enviaron hombres a todas las tribus del territorio púnico.
Cartago tenía extenuados a todos estos pueblos, con impuestos exorbitantes; las cadenas, el hacha y la cruz castigaban los retrasos y hasta las reclamaciones. Se debía cultivar todo lo que convenía a la República; dar todo lo que pedía. Nadie tenía derecho a poseer un arma; cuando se sublevaba una ciudad, sus habitantes eran vendidos. Los gobernadores eran estimados como lagares, según la cantidad que producían. Más allá de las regiones sometidas a Cartago, estaban los aliados, que solo pagaban un módico tributo; detrás de los aliados vagaban los nómadas, que podían concitarse contra ellos. Por este sistema, las cosechas eran siempre abundantes, las plantaciones soberbias y magnífica la remonta caballar. El viejo Catón, maestro en esto de cultivos y de esclavos, se asombró de ello, noventa y dos años más tarde, y el grito de muerte que repetía en Roma no era sino la exclamación de un celo codicioso.
Durante la última guerra, habían redoblado las exacciones, por lo que las poblaciones de la Libia, casi todas, se habían entregado a Régulo. Para castigarlas, se exigió de ellas mil talentos, veinte mil bueyes, trescientos vasos de polvo de oro, anticipos de granos; los jefes de tribus fueron crucificados o echados a los leones.
Túnez, especialmente, detestaba a Cartago. Más antigua que la metrópoli, no la perdonaba su engrandecimiento. Permanecía frente a sus murallas, acurrucada en el fango, al borde del agua, como un animal venenoso. Las deportaciones, las matanzas, las epidemias, no la debilitaban. Había sostenido a Arcagate, hijo de Agatocles, y provisto de armas a los «Comedores de cosas inmundas».
Aún no habían partido los correos de los bárbaros y ya en las provincias estalló un regocijo universal. Sin esperar a más, se estranguló en los baños a los intendentes de las casas y a los funcionarios de la República; se sacaron de las cavernas las armas que estaban escondidas; con el hierro de los arados se forjaron espadas; los niños aguzaban en las puertas las azagayas; las mujeres daban sus collares, sortijas y pendientes y todo cuanto podía servir para la destrucción de Cartago. Todos querían contribuir a ella de algún modo. Los paquetes de lanzas se amontonaron en los poblados, como garbas de maíz. Se expidieron animales y dinero. Matho pagó pronto a los mercenarios los atrasos de su soldada, y por esta idea de Espendio fue nombrado general en jefe o _schalischim_ de los bárbaros.
Al mismo tiempo, afluían los socorros en hombres: primero, la gente de raza autóctona; después, los esclavos. Fueron secuestradas las caravanas de negros, a los que se armó, y hasta los mercaderes que iban a Cartago se juntaron a los bárbaros creyendo sacar más provecho. Llegaban sin cesar bandas numerosas. Desde lo alto de la Acrópolis veíase cómo aumentaba el ejército.
Los guardias de la Legión hacían centinela en la plataforma del acueducto; y cerca de ellos, de distancia en distancia, se levantaban cubas de cobre en las que hervían torrentes de asfalto. Abajo, en el llano, se agitaba tumultuariamente la multitud de los bárbaros, con la incertidumbre y el vago temor que les inspiraban siempre las murallas.
Útica e Hippo-Zarita rehusaron su alianza. Colonias fenicias, como Cartago, se gobernaban por sí mismas y en sus tratados con la República hacían incluir cláusulas que les favorecieran. Sin embargo, respetaban a su hermana mayor y más fuerte, que las protegía; y no creían que un montón de bárbaros fuera capaz de vencerla; antes bien, que estos serían exterminados. Deseaban mantenerse neutrales y vivir tranquilas.
Pero su posición las hacía indispensables. Útica, en el fondo de un golfo, era el conducto por donde llegaba a Cartago el socorro de fuera. Tomada Útica, Hippo-Zarita, a seis leguas de la costa, haría sus veces, y así avituallada la metrópoli, sería inexpugnable.
Quería Espendio que se emprendiera inmediatamente el sitio; Narr-Habas se opuso, porque deseaba ir primero a la frontera. Tal era la opinión de los veteranos, la de Matho mismo; por lo que se resolvió que Espendio iría a atacar Útica, y Matho a Hippo-Zarita; el tercer cuerpo del ejército, apoyándose en Túnez, ocuparía el llano de Cartago, encargándose de esto Autharita. En cuanto a Narr-Habas, iría a su reino para traer elefantes, y con su caballería limpiar los caminos.
Las mujeres clamaron contra esta decisión, porque codiciaban las joyas de las damas púnicas. También protestaron los libios, porque se les llamó contra Cartago y los llevaban a otra parte. Únicamente partieron los soldados. Matho mandaba a sus compañeros, juntamente con los iberos, los lusitanos, los hombres de Occidente y de las islas; todos los que hablaban griego eligieron por jefe a Espendio, a causa del ingenio que veían en él.
Grande fue el estupor cuando en Cartago vieron moverse el ejército, el cual fue alejándose bajo la montaña de la Ariana, por el camino de Útica, del lado del mar. Una parte quedó delante de Túnez; el resto desapareció y volvió a aparecer al otro lado del golfo, en la linde del bosque, en donde se internó.
Eran quizás ochenta mil hombres. Las dos ciudades tirias no resistirían, después tocaría el turno a Cartago. Un ejército considerable la amenazaba ocupando el extremo por la base, y pronto perecería por hambre la ciudad, porque no podía vivir sin el auxilio de las provincias, ya que los ciudadanos, al contrario que en Roma, no pagaban contribuciones. A Cartago le faltaba genio político. Su eterno afán de ganancia le privaba de la prudencia que da más altas ambiciones. Galera anclada en la arena líbica, se sostenía a fuerza de trabajo. Las naciones, como las olas, mugían en torno de ella; la menor tempestad quebrantaba esa formidable máquina.
El tesoro estaba agotado por la guerra romana y por todo lo que se había gastado y disipado en el trato con los bárbaros; pero se necesitaban soldados, y ningún Gobierno se fiaba de la República. Tolomeo le había negado dos mil talentos. Además, el robo del velo les descorazonaba, como lo había previsto Espendio.
Pero este pueblo, que se sentía odiado, apretaba contra su pecho el oro y los dioses; y su patriotismo era alimentado por la misma constitución de su Gobierno.
En primer lugar, el poder dependía de todos, sin que nadie fuera lo bastante fuerte para acapararlo. Las deudas particulares eran consideradas como deudas públicas; los hombres de raza cananea tenían el monopolio del comercio; multiplicando los beneficios de la piratería con los de la usura, explotando rudamente las tierras, los esclavos y los pobres, se labraban algunas veces una fortuna. Todos podían optar a las magistraturas; y si bien el poder y el dinero se perpetuaban en las mismas familias, se toleraba la oligarquía, porque se abrigaba la esperanza de alcanzarla.
Las sociedades de comerciantes, en las que se elaboraban las leyes, escogían los inspectores de hacienda, quienes al abandonar el cargo, nombraban los cien miembros del Consejo de los Ancianos, dependientes a su vez de la Gran Asamblea o reunión general de todos los ricos. Los dos Sufetas eran un vestigio de reyes, menos que cónsules, y se elegían el mismo día de dos familias distintas. Se les dividía por toda clase de odios, para que se debilitaran recíprocamente. No podían deliberar sobre la guerra, y en caso de vencimiento, eran crucificados por el Gran Consejo.
De suerte que la fuerza de Cartago emanaba de los Sisitas, es decir, de una gran corte en el centro de Malqua, en el sitio donde según la tradición había abordado la primera barca fenicia, habiéndose retirado el mar desde entonces un gran trecho. Era un conjunto de pequeños aposentos de arquitectura arcaica de troncos de palmera con esquinas de piedra y separadas unas de otras para recibir aisladamente las diferentes compañías. Los ricos se amontonaban allí todo el día para debatir acerca de sus intereses y los del Gobierno, desde la busca de la pimienta hasta el exterminio de Roma. Tres veces en cada luna hacían subir sus lechos a la alta azotea que bordeaba el muro del patio, y desde abajo podía vérseles banqueteando en el aire, sin coturnos y sin mantos, con los diamantes de sus dedos, que manoseaban las viandas, y con sus grandes anillos en las orejas, que colgaban entre los jarros; fuertes todos y gordos, medio desnudos, felices, riendo y devorando en pleno azur, como enormes tiburones que se agitan en el mar.
Pero al presente no podían disimular su inquietud y estaban harto pálidos; la turba que les esperaba en las puertas los escoltaba hasta sus palacios para saber alguna noticia. Como en tiempo de peste, todas las casas estaban cerradas; llenábanse las calles y se vaciaban en seguida; subían a la Acrópolis, corrían al puerto; el Gran Consejo deliberaba todas las noches. Por fin, el pueblo fue convocado en la plaza de Kamón y se resolvió llamar a Hannón, el vencedor de Hecatompila.
Era un hombre devoto, astuto, implacable para la gente de África; un verdadero cartaginés. Sus rentas igualaban a las de Barca. Nadie tenía como él experiencia tan probada en cosas de administración.
Decretó el enrolamiento de todos los ciudadanos útiles, puso catapultas en las torres, exigió provisiones exorbitantes de armas y ordenó la construcción de catorce galeras que no se necesitaban. Se hacía llevar al arsenal, al faro, el tesoro de los templos; se veía siempre su gran litera, balanceándose de grada en grada, subiendo la escalinata de la Acrópolis. De noche, en su palacio, como no podía dormir, para prepararse para la batalla, ordenaba, con voz terrible, maniobras de guerra.
Todo el mundo, por exceso de terror, se volvía belicoso. Los ricos, al canto del gallo, se alineaban a lo largo de los Mapales, y remangándose las túnicas se ejercitaban en el manejo de la pica. Pero faltos de instructor, disputaban constantemente. Se sentaban sin aliento sobre las tumbas, y vuelta a empezar. Muchos de ellos se impusieron un régimen; unos, imaginándose que convenía comer mucho para tomar fuerza, se ponían ahítos; otros, molestos por su corpulencia, se extenuaban con ayunos para adelgazar.
Útica había reclamado ya muchas veces el socorro de Cartago.