Salambó

Part 4

Chapter 43,988 wordsPublic domain

Espendio no podía reprimir su alegría mientras explicaba a griegos y libios las cosas horribles que contaba Zarxas, y que venían tan a propósito. Palidecían los baleares oyendo cómo habían perecido sus compatriotas.

Era una tropa de trescientos honderos, desembarcados en la víspera, y que habiéndose dormido, cuando llegaron a la plaza de Kamón, como los bárbaros habían partido ya, se encontraron indefensos por haber puesto en los camellos sus balas de arcilla, con el resto de los bagajes. Se les dejó entrar en la calle de Sateb, hasta la puerta de encina forrada con placas de cobre, y el pueblo, impetuoso, se volvió contra ellos.

Los soldados recordaron ahora haber oído un gran grito, grito que Espendio no oyó porque iba en la vanguardia.

Los cadáveres fueron puestos en los brazos de los dioses Pateque, que rodeaban el templo de Kamón. Se les reprochó todos los crímenes de los mercenarios: su glotonería, sus robos, sus impiedades, sus desdenes y la matanza de los peces en el jardín de Salambó. Mutilaron horriblemente sus cuerpos; los sacerdotes quemaron sus cabellos, a fin de atormentar su alma; se les colgó en pedazos en las carnicerías; a algunos les arrancaron los dientes y, para concluir, de noche se encendieron hogueras en las esquinas.

Estas eran las llamas que brillaban de lejos sobre el lago. Habiéndose incendiado algunas casas, se tiró por encima de las murallas el resto de los cadáveres y agonizantes. Zarxas se había quedado oculto en los cañaverales del lago; salió luego al campo, siguiendo el rastro del ejército por las huellas del polvo. Por las mañanas se ocultaba en las cavernas; de noche se ponía en marcha, con sus llagas sangrientas, hambriento, enfermo, alimentándose de uvas o de lo que encontraba; hasta que un día vio unas lanzas en el horizonte y las siguió instintivamente, porque ya tenía turbado el juicio con tantos terrores y miserias.

La indignación de los soldados, contenida mientras él habló, estalló ahora como una tempestad; querían matar a los guardias y al Sufeta. Algunos se interpusieron, diciendo que había que oírles y saber si serían pagados. Entonces gritaron todos: «¡Nuestro dinero!» Hannón les contestó que lo traía consigo.

Corrieron a las avanzadas y, empujados por los bárbaros, llegaron los bagajes del Sufeta en medio de las tiendas. Sin esperar a los esclavos, desataron los cestos y encontraron ropas de jacinto, esponjas, raspadores, cepillos, perfumes y punzones de antimonio para pintar los ojos; todo esto de propiedad de los guardias, hombres ricos acostumbrados a estas delicadezas. En seguida se descubrió en un camello una gran cuba de bronce, perteneciente al Sufeta, para bañarse en el camino, porque había tomado toda suerte de precauciones, incluso la de llevar en jaulas comadrejas de Hecatompila, a las que se quemaba vivas para hacer la tisana. Como su enfermedad le aumentaba el apetito, traía además gran cantidad de comestibles y de víveres, de salmuera, de carnes y pescados con miel, en tiestecitos de Comagen y grasa de oca fundida, cubierta de nieve y de paja picada. La provisión era considerable. A medida que se iban destapando las cestas, aparecían más víveres, y las risas aumentaban como olas que se entrechocan.

El sueldo de los mercenarios llenaba unos dos serones de esparto. En uno de ellos se veían esos rodetes de cuero de que la República se servía para ahorrar numerario; y como los bárbaros se extrañaran, Hannón les declaró que las cuentas estaban tan enrevesadas que los Ancianos no habían tenido tiempo de examinarlas. Entretanto, se les enviaba esto.

Entonces lo volcaron todo; mulas, criados, litera, provisiones y bagajes. Los soldados cogieron las monedas de los sacos para apedrear a Hannón. A duras penas pudo este montar en un asno; huyó cogiéndose de las crines, llorando, gimoteando y llamando sobre el ejército la maldición de los dioses. Su largo collar de pedrería le saltaba hasta las orejas. Sostenía con los dientes el manto demasiado largo que llevaba, y de lejos, gritábanle los bárbaros: «¡Vete, cobarde, cerdo, cloaca de Moloch; suda tu oro y tu peste! ¡Más aprisa, más aprisa!» La escolta, en desorden, galopaba a sus lados.

Pero el furor de los bárbaros no se aplacó con esto. Se acordaron de que muchos de ellos que fueron a Cartago, no habían vuelto; sin duda, se les había asesinado. Tanta injusticia, les exasperó; arrancaron las estacas de las tiendas, arrollaron sus mantos, embridaron los caballos: cada cual tomó su casco y su espada, y en un instante estuvo todo dispuesto. Los que no tenían armas, corrieron al bosque a cortar ramas.

Iba haciéndose de día, los moradores de Sicca se lanzaban a las calles. «Van a Cartago», decían, y este rumor se extendió pronto por la comarca.

Surgían hombres de cada camino, de cada barranco. Hasta los pastores bajaban corriendo de las montañas.

Cuando se marcharon los bárbaros, Espendio dio la vuelta a la llanada, montado en un semental púnico y seguido de un esclavo que llevaba un tercer caballo.

Quedaba en pie una sola tienda, Espendio entró en ella.

--¡Levántate, amo, levántate! ¡Nos vamos!

--¿Dónde? --preguntó Matho.

--A Cartago.

Matho saltó en el caballo que el esclavo tenía a la puerta.

III

SALAMBÓ

La luna se levantaba a ras de las olas, y brillaban en la ciudad, cubierta de tinieblas, blancuras, puntos luminosos, como la lanza de un carro en un patio, algún pingajo de tela colgado, la esquina de una pared o el collar de oro en el pecho de un dios.

Las bolas de vidrio de los techos de los templos irradiaban aquí y allá, como gruesos diamantes. Pero las informes ruinas, los montones de tierra negra y las huertas formaban manchas más sombrías aún en la obscuridad; abajo, en Malqua, se extendían las redes de los pescadores de una casa a otra, como gigantescos murciélagos que desplegaran las alas. Ya no se oía el rechinar de las ruedas hidráulicas que elevaban el agua al último piso de los palacios; en medio de las terrazas descansaban tranquilamente los camellos, acostados sobre el vientre, al modo de los avestruces.

Los ostarios o porteros dormían en las calles, en el dintel de las casas; la sombra de los colosos se alargaba en las desiertas plazas; a lo lejos, la llama de algún sacrificio seguía ardiendo, y la humareda se escapaba por las tejas de bronce; la pesada brisa traía, con los perfumes de los aromas, los olores de la marina y el vaho de las murallas calentadas por el sol.

Alrededor de Cartago resplandecían las ondas inmóviles, porque la luna desparramaba su luz a un tiempo sobre el golfo ceñido de montañas y sobre el lago de Túnez, donde los flamencos formaban largas líneas rosadas en los bancos de arena; en tanto que más allá, bajo las catacumbas, la gran laguna salada espejeaba como una lámina de plata. La bóveda del cielo azul se hundía en el horizonte, por un lado, en la polvareda de los llanos; por otro, en las brumas del mar; y sobre la cima de la Acrópolis, los cipreses piramidales cercaban el templo de Eschmún, balanceándose y murmurando como las olas que batían lentamente, acompasadamente, a lo largo del muelle, por debajo de las fortificaciones.

Salambó, sostenida por una esclava que llevaba en un plato de hierro carbones encendidos, subió a la terraza de su palacio.

En medio de este recinto había un pequeño lecho de marfil, cubierto de pieles de lince, con cojines de pluma de loro, animal fatídico consagrado a los dioses; y en las cuatro esquinas se levantaban altos pebeteros llenos de nardo, incienso, cinamomo y mirra. La esclava encendió los perfumes. Salambó miró la estrella polar; saludó lentamente los cuatro puntos cardinales, y se arrodilló en el suelo, entre el polvo de azul sembrado de estrellas, a imitación del firmamento. Pegados los brazos al cuerpo, con los antebrazos extendidos y las manos abiertas, mirando a la luna, dijo:

--¡Oh, Rabbetna!... ¡Baalet!... ¡Tanit! --y su voz era quejumbrosa como si llamara a alguien--. ¡Anaitís! ¡Astarté! ¡Derceto! ¡Astoreth! ¡Mylitha! ¡Athara! ¡Elissa! ¡Tiratha! Por los símbolos ocultos, por los sistros resonantes, por los surcos de la tierra, por el eterno silencio y por la eterna fecundidad, dominadora del mar tenebroso y de las cerúleas playas. ¡Oh, Reina de las cosas húmedas! ¡Salud!

Balanceó el cuerpo dos o tres veces y luego hundió la frente en el polvo, alargando los brazos.

Su esclava la levantó despacio, porque era menester, según los ritos, que alguien viniera a alzar al suplicante de su actitud prosternada. Era como asegurarle que los dioses quedaban agradecidos. La nodriza de Salambó no olvidaba nunca este deber piadoso.

Unos mercaderes de la Getulia-Daritiana la trajeron de niña a Cartago, y después de su libertad no quiso en manera alguna abandonar a sus amos, como lo probaba su oreja derecha, perforada por ancho agujero. Una saya de rayas multicolores le ceñía la cintura, bajando hasta los tobillos, donde se entrechocaban dos círculos de estaño. La cara, algo aplastada, era tan amarilla como su túnica. Agujas de plata, muy largas, formaban como un sol alrededor de su cabeza. Llevaba en la nariz un botón de coral, y se mantenía erguida como un Hermes y con los ojos bajos cerca del lecho.

Salambó avanzó al borde de la terraza. Por un momento oteó el horizonte, luego miró a la ciudad dormida, y un suspiro levantó sus senos e hizo ondular de un lado a otro la larga toga blanca que colgaba en torno de ella, sin broche ni cinturón. Sus sandalias de puntas encorvadas desaparecían bajo un montón de esmeraldas, y sus cabellos en desorden henchían una redecilla de hilo de púrpura.

A poco alzó la cabeza para contemplar la luna, y mezclando con sus palabras fragmentos de himno, murmuró:

«¡Qué lentamente ruedas, sostenida por el éter impalpable! El aire se limpia en torno tuyo y el movimiento de tu rotación distribuye los vientos y los rocíos fecundos. Según tú crezcas o disminuyas, se alargan o se achican los ojos de los gatos y las manchas de las panteras. ¡Las esposas te invocan en los dolores del parto! ¡Tú hinchas los mariscos, haces hervir los vinos, pudres los cadáveres, formas las perlas en el fondo del mar!

»Y todos tus gérmenes, ¡oh, diosa!, fermentan en las obscuras profundidades de la humedad.

»Cuando apareces, la quietud invade la tierra; las flores se cierran, las olas se apaciguan, los hombres fatigados extienden el pecho hacia ti, y el mundo, con sus océanos y montañas, se mira en tu cara como en un espejo. ¡Eres blanca, suave, luminosa, inmaculada, auxiliadora, purificante, serena!»

La luna, en cuarto creciente, aparecía entonces sobre la montaña de las Aguas Calientes, en la hendidura de sus dos cimas, del otro lado del golfo. Tenía debajo una pequeña estrella, y alrededor, un círculo pálido. Salambó añadió:

«¡Qué terrible eres, señora!... Por ti nacen los monstruos, los horribles fantasmas, los mentirosos sueños; tus ojos devoran las piedras de los edificios y enferman los monos cada vez que tú te rejuveneces.

»¿Adónde vas? ¿A qué cambias perpetuamente tu forma? Tan pronto, pequeña y encarnada, surcas el espacio como una galera sin mástil; o bien, en medio de las estrellas, pareces un pastor que guarda su rebaño. Brillante y redonda, rozas la cumbre de los montes, como la rueda de un carro.

»¡Oh, Tanit! No me amas, ¿no es verdad? ¡Te he mirado tanto! Pero no; tú corres en el azul y yo permanezco en la tierra inmóvil.»

--¡Taanach, toma tu nebal y toca en tono bajo la cuerda de plata, porque mi corazón está triste!

La esclava levantó una especie de arpa de ébano, más alta que ella, y triangular como una delta, fijó la punta en un globo de cristal, y con los dos brazos la tañó.

Los sones se sucedían, sordos y precipitados como zumbido de abejas, y cada vez más sonoros volaban en la noche con la queja de las olas y el estremecimiento de los grandes árboles en la cima de la Acrópolis.

--¡Cállate! --exclamó Salambó.

--¿Qué te pasa, ama? La brisa que sopla, la nube que corre, todo te inquieta ahora y te agita.

--No lo sé.

--Te fatigas con plegarias demasiado largas.

--¡Oh, Taanach, yo quisiera disolverme como una flor en el vino!

--Quizás consista en el aroma de tus perfumes...

--No --dijo Salambó--: el espíritu de los dioses habita en los buenos olores.

Entonces la esclava la habló de su padre. Se le creía de viaje al país del ámbar, detrás de las columnas de Melkart.

--Pero no vuelve; te convendrá, sin embargo, escoger un esposo entre los hijos de los Ancianos, y entonces tu fastidio se extinguirá en los brazos de un hombre.

--¿Por qué? --preguntó Salambó.

Todos los que ella había visto le causaban horror con sus risas de animal salvaje y sus miembros groseros.

--Algunas veces, Taanach, se exhala del fondo de mi ser como cálidos alientos, más pesados que los vapores de un volcán; siento que me llaman unas voces; un globo de fuego rueda y sube en mi pecho, me ahoga, voy a morir; y luego, algo suave, que corre de mi frente a mis pies, pasa por mi carne... Es una caricia que me envuelve, y yo me siento aplastada como si un dios se extendiera sobre mí. ¡Oh, quisiera perderme en la bruma de las noches, en el chorro de las fuentes, en la savia de los árboles; salir de mi cuerpo, no ser más que un soplo, que un rayo, y subir hacia ti, oh, Madre!

Alzó los brazos lo más alto posible, cimbreando el talle, pálida y ligera como la luna, con su larga vestimenta. Luego volvió a echarse en su lecho de marfil, jadeando. Taanach la pasó en torno al cuello un collar de ámbar con dientes de delfín para ahuyentar los terrores, y Salambó dijo con voz casi apagada:

--Tráeme a Schahabarim.

Su padre no había querido que ella entrara en el colegio de las sacerdotisas, ni que la hicieran conocer nada de la Tanit popular. La reservaba para alguna alianza favorable a su política. Salambó vivía sola, porque su madre había muerto.

Había crecido en las abstinencias, los ayunos y las purificaciones, rodeada siempre de cosas exquisitas, saturado el cuerpo de perfumes, el alma llena de plegarias. Jamás había probado el vino, ni comido carne, ni tocado un animal inmundo, ni puesto los pies en la casa de un muerto.

Ignoraba los simulacros obscenos, porque, aunque cada dios se manifestaba en formas diferentes y cultos, a menudo contradictorios, atestiguaban a la vez el mismo principio, y Salambó adoraba a la diosa en su manifestación sideral. Había ejercido la luna una manifiesta influencia sobre la virgen; cuando el astro iba menguando, Salambó se debilitaba. Lánguida durante todo el día, se reanimaba por la noche. En un eclipse, estuvo a punto de morir.

Pero la Rabbet, celosa, se vengaba de esta virginidad sustraída a sus sacrificios y atormentaba a Salambó con obsesiones, tanto más fuertes cuanto que eran avivadas por una fe sincera.

Sin cesar, la hija de Amílcar se inquietaba por Tanit. Había aprendido sus aventuras, sus viajes y todos sus nombres, que repetía ella sin que les diera significado distinto. A fin de penetrar en las profundidades de su dogma, quería conocer en lo más secreto del templo el viejo ídolo con el magnífico manto del que dependían los destinos de Cartago; porque la idea de un dios no puede desprenderse de su representación; y conocer su simulacro era tomar una parte de su virtud y, en cierto modo, dominarle.

Salambó se volvió porque había oído las campanillas de oro que Schahabarim llevaba en la fimbria de su vestidura.

Subió este las escaleras y se detuvo en el dintel de la terraza, con los brazos cruzados.

Sus ojos hundidos brillaban como lámparas de un sepulcro; sobre su largo cuerpo delgado flotaba la túnica de lino, que hacían pesada los cascabeles que alternaban en sus talones con granos de esmeralda. Tenía los miembros débiles, el cráneo oblicuo, la barbilla puntiaguda; su piel estaba helada al tacto y su amarilla faz, surcada por profundas arrugas, parecía contraída por un deseo o por una eterna tristeza.

Era el gran sacerdote de Tanit, que había educado a Salambó.

--Habla --dijo--. ¿Qué quieres?

--Yo esperaba... Me habías casi prometido...

Salambó se turbaba, pero en seguida repuso:

--¿Por qué me menosprecias? ¿He olvidado algo de los ritos? Tú eres mi maestro; tú me has dicho que ninguna como yo conocía el culto de la diosa; pero hay algo que no quieres decirme. ¿No es así, padre?

Schahabarim se acordó de las órdenes de Amílcar y respondió:

--No; nada tengo que enseñarte.

--Un genio me empuja a este amor. He subido las gradas de Eschmún, dios de los planetas y de las inteligencias; he dormido bajo el olivo de oro de Melkart, patrón de las colonias tirias; he empujado las puertas de Baal-Kamón, iluminador y fertilizador; he sacrificado a los Kabiros subterráneos, a los dioses de los bosques, de los vientos, de los ríos y de las montañas; pero todos están muy lejos, muy altos y son insensibles, ¿comprendes? Mientras que a Ella la siento mezclada con mi vida; llena mi alma y me estremezco con angustias interiores como si ella saltara para escaparse. Paréceme que voy a oír su voz, a ver su rostro; me deslumbran sus rayos y luego caigo en las tinieblas.

Schahabarim callaba. Salambó le imploraba con la mirada. Por fin hizo una señal para que se fuera la esclava, que no era de raza cananea. Desapareció Taanach, y el gran sacerdote, alzando un brazo al aire, dijo:

--Antes que nacieran los dioses, estaban solas las tinieblas y flotaba un soplo, pesado e indistinto, como la conciencia de un hombre que sueña. Este soplo se contrajo, creando el Deseo y la Nube; y del Deseo y de la Nube salió la materia primitiva. Era un agua fangosa, negra, helada, profunda. Encerraba monstruos insensibles, partes incoherentes de formas que habían de nacer y que estaban pintadas en la pared de los santuarios.

»Después, la Materia se condensó: se convirtió en un huevo que se abrió. Una mitad formó la tierra, otra el firmamento. El sol, la luna, los vientos, las nubes, aparecieron y al estallido del rayo se despertaron los animales inteligentes. Entonces, Eschmún se extendió en la estrellada esfera; Kamón irradió en el sol; Melkart, con su brazo, le empujó detrás de Gades; los Kabirim bajaron a los volcanes, y Rabbet, como una nodriza, se dobló sobre el mundo, vertiendo su luz, como una leche, y su noche como un manto.

--¿Y después? --inquirió Salambó.

Le había contado el secreto de los orígenes para distraerla con más altas perspectivas; pero el deseo de la virgen se avivó con aquellas últimas palabras, y el gran sacerdote, cediendo a medias, añadió:

--Después inspiró y gobernó los amores de los hombres.

--¿Los amores de los hombres? --repitió Salambó, soñadora.

--Ella es el alma de Cartago; bien está en todas partes, habita aquí bajo el velo sagrado.

--¡Oh, padre! --exclamó Salambó--, yo le veré, ¿no es verdad? Tú me llevarás. Desde hace tiempo la curiosidad de verle me devora. ¡Piedad! ¡Socórreme! ¡Vamos!

Él la rechazó con gesto vehemente y lleno de orgullo.

--¡Jamás! ¿No sabes que produce la muerte? Los Baales hermafroditas no se descubren más que a nosotros solos, hombres por el espíritu, mujeres por la debilidad. Tu deseo es un sacrilegio; conténtate con la ciencia que posees.

Cayó ella de rodillas, poniendo dos dedos en sus orejas, en señal de arrepentimiento; gemía, anonadada por las palabras del sacerdote, llena a la vez de enojo contra él, de terror y de humillación. Él la miraba de arriba abajo, temblando a sus pies, más insensible que las piedras de la terraza, sintiendo una especie de alegría viéndola sufrir por su divinidad, que tampoco él podía conocer del todo. Ya los pájaros cantaban; soplaba el viento frío, y unas nubecillas corrían en el cielo pálido.

De pronto, el sacerdote vio en el horizonte, detrás de Túnez, como ligeras nieblas que se arrastraban y obscurecían el sol; luego se alzó una gran cortina de polvo gris, perpendicularmente extendida; y en los torbellinos de esta masa numerosa se advirtieron cabezas de dromedarios, lanzas y escudos. Era el ejército de los bárbaros que venía sobre Cartago.

IV

BAJO LAS MURALLAS DE CARTAGO

Huyendo del ejército iban llegando a la ciudad los aldeanos montados en asnos o corriendo a pie despavoridos y sin aliento. La soldadesca había hecho en tres días la jornada de Sicca a Cartago, con propósito de exterminarlo todo.

Se cerraron las puertas casi al tiempo que llegaban los bárbaros, quienes hicieron alto en medio del istmo, a orillas del lago.

Por de pronto, no se manifestaron hostiles. Muchos se acercaban con palmas en la mano; pero fueron rechazados a flechazos: ¡tal era el terror que inspiraban!

Por la mañana y a la caída de la tarde, los merodeadores vagaban algunas veces a lo largo de los muros. Sobresalía entre ellos un hombre pequeño, envuelto cuidadosamente en su manto y con la cara tapada por una visera muy baja. Pasaba horas enteras mirando el acueducto, con tal persistencia, que sin duda quería engañar a los cartagineses acerca de sus verdaderos designios. Le acompañaba otro hombre, especie de gigante, con la cabeza destocada.

Cartago estaba defendida en toda la longitud del istmo; en primer lugar, por un foso, luego por un glacis de césped, y en último término por una muralla, de treinta codos de alto, con piedras de sillería y doble piso. Tenía cuadras para trescientos elefantes, con almacenes para sus caparazones, maniotas y alimentos; más otras cuadras para cuatro mil caballos con las provisiones de cebada y los arneses; y cuarteles para veinte mil soldados con las armaduras y todo el material de guerra. Las torres se levantaban en el segundo piso, provistas de almenas, y a la parte de afuera había escudos de bronce, colgados de garitos.

Esta primera línea de murallas defendía en primer lugar a Malqua, barrio de la gente de la marina y de los tintoreros. Veíanse los mástiles en que se secaban las velas de púrpura; y sobre las últimas azoteas los hornos de arcilla para cocer la salmuera.

Hacia atrás, la ciudad desplegaba en anfiteatro sus altas casas de forma cúbica. Eran de piedra, o de tablas, de guijarros, de cañas, de conchas y de barro apisonado. Los bosques de los templos formaban como lagos de verdura en esta montaña de bloques diversamente coloreados. Las plazas públicas estaban niveladas a distancias desiguales; innumerables callejuelas se entrecruzaban, cortándolas en sentido longitudinal. Se veían los recintos de tres viejos barrios, ahora confundidos, destacándose como grandes escollos, en los que se alargaban enormes lienzos, medio cubiertos de flores, ennegrecidos, anchamente rayados por el arrojo de las inmundicias, pasando las calles por sus amplias aberturas, como ríos bajo puentes.

La colina de la Acrópolis, en el centro de Byrsa, desaparecía bajo un desorden de monumentos: templos de columnas en espiral, con capiteles de bronce y cadenas de metal, conos de piedra con franjas de azur, cúpulas de cobre, arquitrabes de mármol, contrafuertes babilónicos y obeliscos en punta, como antorchas invertidas. Los peristilos llegaban a los frontispicios; las volutas se desplegaban entre las columnatas; las murallas de granito soportaban tejados de ladrillo; todo esto, encima una cosa de otra, ocultándose a medias, de un modo maravilloso e incomprensible. Se sentía la sucesión de las edades y como el recuerdo de patrias olvidadas.

Detrás de la Acrópolis, en tierras rojizas, el camino de los Mapales, cercado de tumbas, se alargaba en línea recta, desde la ribera a las catacumbas; seguían luego anchas quintas entre jardines; y este tercer barrio, Megara, la ciudad nueva, llegaba hasta los cantiles de la costa, en la que se erguía un faro gigante que resplandecía todas las noches.

Así se desplegaba Cartago ante los soldados acampados en la llanura.