Part 3
Seguía el camino por una especie de corredor bordeado por dos cadenas de rojizos montículos. De repente un olor nauseabundo hirió el olfato de los soldados, que creyeron advertir algo extraordinario en lo alto de un algarrobo: por encima de las hojas se erguía una cabeza de león.
Corrieron a verlo. Era un león sujeto a una cruz por los cuatro miembros, como un criminal. El enorme hocico le caía sobre el pecho, y sus dos patas anteriores, que medio desaparecían tapadas por las melenas, estaban tan separadas como alas abiertas de un pájaro. Apuntábanse sus costillas, una a una, por debajo de la piel distendida; sus patas traseras, clavadas una encima de otra, aparecían encorvadas; la negra sangre, que manaba entre los pelos, formaba estalactitas bajo la cola que colgaba recta a lo largo de la cruz. Los soldados rieron el encuentro: llamaron al león cónsul y ciudadano de Roma y le tiraron guijarros a los ojos para quitarle los mosquitos.
Cien pasos más adelante vieron otros dos y en seguida una larga fila de cruces con leones clavados. Algunos llevaban muertos tanto tiempo, que solo quedaban en los maderos los restos de los esqueletos; otros, medio roídos, torcían las fauces con una horrible mueca; los había enormes, que se balanceaban en vilo, en el árbol de la cruz, en tanto que sobre sus cabezas revoloteaban bandas de cuervos, sin pararse nunca. Así procedían los campesinos cartagineses cuando apresaban una fiera, creyendo atemorizar a las demás con este ejemplo. Los soldados, dejando de reír, quedaron asombrados. «Qué pueblo es este», pensaban, «que se entretiene crucificando leones.»
Por lo demás, estaban los hombres, los del Norte, sobre todo, vagamente inquietos, enfermos ya; se laceraban las manos con las puntas de los áloes; nubes de mosquitos zumbaban en sus oídos y la disentería empezaba a hacer estragos. Se aburrían de no llegar a Sicca. Temían perderse y entrar en el desierto, la región de las arenas y de los espantos. No querían seguir adelante y muchos tornaron al camino de Cartago.
Al fin, en el séptimo día, después de haber seguido largo rato la base de una montaña, esta torció bruscamente a la derecha y apareció una línea de murallas sobre blancas rocas, confundiéndose con ellas. No tardó en verse toda la ciudad; unos rasos blancos, azules y amarillos se agitaban sobre las murallas en la rojiza tarde: eran las sacerdotisas de Tanit que acudían a recibir a los hombres. Estaban alineadas a lo largo del baluarte, tocando tamboriles, pulsando liras, agitando crótalos; y los rayos del sol poniente, por las montañas de Numidia, pasaban por entre las cuerdas de las arpas que recorrían los brazos desnudos de las vírgenes. A intervalos, cesaba la música y estallaba un grito estridente, precipitado, furioso, continuado; especie de ladrido que las mujeres hacían azotando con la lengua los dos ángulos de la boca. Otras se quedaban acodadas, con la barbilla en la mano, más inmóviles que esfinges, asaetando con sus negros ojos al ejército que iba subiendo.
Por más que Sicca era una ciudad sagrada, no podía contener tanta multitud; solo el templo con sus dependencias ocupaba la mitad. Los bárbaros se establecieron en la llanada; unos disciplinados como tropas regulares, otros por naciones o según su capricho.
Los griegos plantaron en líneas paralelas sus tiendas de pieles; los iberos dispusieron en círculo sus pabellones de tela; los galos construyeron barracas de tablas; los libios cabañas con piedras; los negros cavaron en la arena, con las uñas, fosos para dormir. Muchos, no sabiendo dónde meterse, ambulaban entre los bagajes, y llegada la noche se acostaban en tierra envueltos en sus mantos.
* * * * *
La llanura se extendía alrededor de ellos, bordeada de montañas. Aquí y allá, una palmera se cimbreaba sobre una colina de arena; abetos y encinas manchaban los flancos de los precipicios; la lluvia caía, como una larga banda que la tempestad colgaba, del cielo, en tanto que en el resto de la campiña el cielo seguía azul y sereno; después, un viento tibio lanzaba torbellinos de polvo y un arroyo bajaba en cascadas de las alturas de Sicca, en las que se levantaba, con su tejado de oro sobre columnas de cobre, el templo de Venus cartaginesa, dominadora de la comarca, a la que parecía infundir su alma. Por estas convulsiones de la tierra, por estas alternativas de la temperatura y por esos juegos de luz, la diosa manifestaba la extravagancia de la fuerza junto con la belleza de su eterna sonrisa. Las cimas de las montañas tenían unas la forma de una luna creciente; otras parecían pechos de mujer mostrando sus senos hinchados. Los bárbaros sentían pasar sobre sus fatigas un abatimiento lleno de delicias.
Espendio, con el dinero de su dromedario se había comprado un esclavo. La mayor parte del día lo pasaba durmiendo tendido ante la tienda de Matho. A menudo se despertaba creyendo, en su sueño, oír silbar las correas; entonces, sonriéndose, se pasaba las manos por las cicatrices de sus piernas en el sitio que habían lacerado los grilletes y luego se dormía.
Matho aceptaba su compañía. Siempre que salía, Espendio le escoltaba como un lictor, armado con un espadón; o bien Matho se apoyaba en su espalda, porque Espendio era de baja estatura.
Una tarde que atravesaban juntos las calles del campamento, vieron unos hombres cubiertos con mantos blancos, y entre ellos a Narr-Habas, el príncipe de los númidas. Matho se estremeció.
--¡Dame tu espada! --exclamó--; ¡Quiero matarle!
--Todavía no --contestó Espendio, conteniéndole, porque ya Narr-Habas venía a su encuentro.
Besó el númida sus dos pulgares en señal de alianza, acallando la cólera que tuvo en la embriaguez del festín; luego habló extensamente contra Cartago, pero sin decir lo que le había traído entre los bárbaros.
¿Era para traicionarlos, o en bien de la República?, se preguntaba Espendio; y como esperaba aprovecharse de todos los desórdenes, suponía también a Narr-Habas capaz de todas las perfidias.
El jefe de los númidas se quedó con los mercenarios. Parecía querer intimar con Matho. Enviaba a este cabras gordas, polvo de oro y plumas de avestruz. El libio, desconcertado con estos halagos, no sabía si corresponder a ellas o exasperarse. Espendio le apaciguaba y Matho se dejaba gobernar por el esclavo, pues era un irresoluto, lleno de invencible sopor, como aquel que ha bebido un brebaje que le ha de ocasionar la muerte.
Una mañana que salieron los tres a caza de un león, Narr-Habas ocultó un puñal en su manto. Espendio iba siempre detrás de él y volvieron sin que el númida sacara el arma.
Otra vez Narr-Habas los llevó muy lejos, hasta los confines de su reino. Llegaron a un desfiladero, y allí, sonriendo, declaró que había perdido el rumbo; Espendio lo halló.
Lo más frecuente era que Matho, melancólico como un augur, saliera, no bien aparecía el sol, a vagabundear por la campiña. Se echaba en la arena y permanecía inmóvil hasta la noche.
Consultó, uno tras otro, a todos los adivinos del ejército; a los que observan la marcha de las serpientes, a los que leen en las estrellas, a los que soplan en la ceniza de los muertos. Tragó gálbano, seselí y veneno de víbora que hiela el corazón; mujeres negras cantando, a la luz de la luna, bárbaras canciones, le picaron la frente con estiletes de oro; se cargaba de collares y de amuletos; invocaba, ora a Baal-Kamón, ora a Moloch o a los siete Kabiros, a Tanit y a la Venus de los griegos. Grabó un nombre en una placa de cobre y la hundió en la arena, en el dintel de su tienda. Espendio le oía gemir y hablar solo.
Una noche entró.
Matho, desnudo como un cadáver, estaba acostado boca abajo sobre una piel de león, con la cara entre las manos. Una lámpara suspendida alumbraba sus armas, colgadas sobre su cabeza en el mástil de la tienda.
--¿Sufres? --le preguntó el esclavo--. ¿Qué necesitas? Dímelo.
Y le tocaba en la espalda, llamándole muchas veces:
--¡Amo! ¡Amo!
Al fin, Matho le miró con ojos turbados.
--¡Escucha! --dijo en voz baja, con un dedo en los labios--. ¡Es una maldición de los dioses! ¡Me persigue la hija de Amílcar! Tengo miedo, Espendio --y se apretaba contra su pecho como niño asustado por un fantasma--. Háblame. ¡Quiero curarme! Lo he probado todo. ¿Sabes tú de algún dios más fuerte o de alguna otra invocación irresistible?
--¿Para qué? --preguntó Espendio.
Respondió Matho, golpeándose la cabeza con ambos puños:
--¡Para librarme del hechizo!
Luego decía, hablándose a sí mismo y a largos intervalos:
--Soy, sin duda, la víctima de algún holocausto que ella habrá prometido a los dioses... ¡Me tiene atado a una cadena invisible! Si ando, ella delante; si me detengo, ella también. Sus ojos me queman; oigo su voz. Ella me rodea, me penetra; creo que ha llegado a ser mi alma.
»Y, sin embargo, hay entre nosotros dos como las olas invisibles de un océano sin límites. Ella está lejana y es inaccesible. El esplendor de su hermosura forma a su alrededor un nimbo de luz; a veces creo que no la he visto jamás, que no existe... y que todo es un sueño...
Así lloraba Matho en las tinieblas. Los bárbaros dormían. Espendio, mirando a Matho, se acordaba de los jóvenes que con vasos de oro en las manos, le suplicaban antiguamente, cuando paseaba por las ciudades su tropa de cortesanas. Le tuvo compasión y le dijo:
--¡Sé fuerte, amo! ¡Recurre a tu voluntad y no implores más a los dioses, porque estos no se preocupan de los gritos de los hombres! ¡Lloras como un cobarde! ¿No te humilla que una mujer te haga sufrir tanto?
--¿Acaso soy un niño? --contestó Matho--. ¿Crees que me enternezco por la cara y por las canciones de las mujeres? Las he tenido en Drepanum, y para barrer mis cuadras; las he poseído en medio de los asaltos y cuando vibraba la catapulta... Pero esta, Espendio, esta...
El esclavo le interrumpió:
--Si no fuera la hija de Amílcar...
--No --repuso Matho--. Ella no se parece a las otras hijas de los hombres. ¿Has visto tú sus grandes ojos bajo sus grandes cejas, como soles bajo arcos de triunfo? Acuérdate; cuando apareció palidecieron todas las antorchas. Entre los diamantes de su collar, resplandecía su pecho desnudo; se sentía tras ella como el olor de un templo, y algo se escapaba de todo su ser que era más suave que el vino y más terrible que la muerte.
Quedó embebecido, baja la cabeza y con las pupilas fijas.
--¡Pero yo la quiero, la necesito! Me muero. Pensando que la estrecho en mis brazos, me arrebata una alegría furiosa y, sin embargo, la odio. Espendio, ¡quisiera maltratarla! ¿Qué hacer? Tengo deseos de venderme para ser su esclavo. ¡Tú lo fuiste! ¡Tú podías verla! ¡Háblame de ella! Todas las noches sube a la azotea de su palacio, ¿verdad? ¡Ah, las piedras deben estremecerse bajo sus sandalias, y las estrellas asomarse para verla!
Volvió a enfurecerse, bramando como un toro herido.
Luego, Matho cantó: «Él persiguió en el bosque el monstruo hembra, de cola que ondulaba sobre las hojas muertas como un arroyo de plata.» Y arrastrando la voz, imitaba el estilo de Salambó, y sus manos hacían como que pulsaban las cuerdas de una lira.
A todos los consuelos de Espendio contestaba con los mismos discursos: pasaba las noches entre gemidos y exhortaciones.
Quiso aturdirse con el vino, pero la embriaguez aumentaba su tristeza. Probó distraerse jugando a la taba, y perdió una a una las placas de oro de su collar. Se dejó llevar junto a las servidoras de la Diosa; pero bajó la colina sollozando como quien vuelve de un funeral.
Espendio, por el contrario, se volvía más atrevido y alegre. Veíasele en las cantinas de las enramadas, en medio de los soldados. Componía las corazas viejas, jugaba con puñales e iba a coger hierbas del campo para los enfermos. Era chistoso, sutil, lleno de inventiva y de verbo; los bárbaros se iban acostumbrando a sus servicios, y él se hacía querer de todos.
Se esperaba a un embajador de Cartago que había de traerles en mulas canastillos llenos de oro, y haciendo cálculos, todos dibujaban con los dedos números en la arena. Cada uno se trazaba por adelantado un nuevo plan de vida: unos querían concubinas, esclavos, tierras; otros, esconder su tesoro o arriesgarlo en empresas marítimas. Con esto, los caracteres se agriaban; había continuas disputas entre jinetes e infantes, bárbaros y griegos, y aturdía el oído la voz áspera de las mujeres.
Todos los días llegaban tropeles de hombres casi desnudos, con hierbas en la cabeza para resguardarse del sol; eran los deudores de los cartagineses ricos, obligados a trabajar sus tierras y que se declaraban en fuga. Afluían libios, campesinos arruinados por los impuestos, desterrados y malhechores. Luego venían mercaderes, vendedores de vino y de aceite, furiosos porque no se les pagaba y vociferando contra la República. Espendio les hacía coro. Muy pronto disminuyeron los víveres. Se hablaba de ir en masa sobre Cartago y de llamar a los romanos.
* * * * *
Una noche, a la hora de cenar, se oyeron sonidos lentos y sordos que se iban acercando, y a lo lejos se vio una cosa roja que aparecía y desaparecía en las ondulaciones del terreno.
Era una gran litera de púrpura, con penachos de plumas de avestruz en las cuatro esquinas. Encima de su toldo cerrado oscilaban sartas de cristal con guirnaldas de perlas. Seguían en pos camellos que hacían sonar unos cencerros colgados del pecho, y en torno suyo, jinetes con armadura de escamas de oro que les cubrían desde los hombros hasta los talones.
Detuviéronse a trescientos pasos del campamento, para sacar de la valija que llevaban a la grupa su escudo redondo, su ancha espada y su casco a la beocia. Unos quedaron con los camellos; otros siguieron adelante. Pronto se advirtieron las enseñas de la República: unos bastones de madera azul, terminados en cabezas de caballo o piñas de pino. Todos los bárbaros se levantaron y aplaudieron. Las mujeres se precipitaron a los guardias de la Legión, besándoles los pies.
Avanzaba la litera a hombros de doce negros, que andaban acompasados, a paso corto, pero rápido. Iban de derecha a izquierda, al acaso, embarazados con las cuerdas de las tiendas, por los animales sueltos y por las trébedes donde se cocían los condumios. De vez en cuando, una mano cargada de anillos entreabría la litera, y una voz ronca soltaba palabras injuriosas; entonces, los porteadores se paraban, y luego tomaban otro camino a través del campo.
Al fin se levantaron las cortinas de la litera y apareció sobre un ancho almohadón una cabeza humana, impasible y abotargada. Las cejas formaban como dos arcos de ébano que se unían por las puntas; lentejuelas de oro brillaban en los crespos cabellos, y la cara era tan descolorida, que parecía untada con raspadura de mármol. El resto del cuerpo desaparecía bajo los vellones que llevaban la litera.
Los soldados reconocieron en este hombre así acostado, al Sufeta Hannón, el mismo que había contribuido, con su lentitud, a hacer perder la batalla de las islas Egates. En cuanto a su victoria de Hecatompila sobre los libios, si se condujo con clemencia, fue por codicia --pensaban los bárbaros--, porque vendió por su cuenta todos los cautivos, declarando a la República que habían muerto.
Luego que encontró un sitio cómodo para arengar a los soldados, hizo una señal; se paró la litera, y Hannón, sostenido por dos esclavos, puso los pies en tierra, tambaleándose.
Llevaba botas de fieltro negro, sembradas de lunas de plata. Envolvían sus piernas unas vendas, como de momia, viéndose la carne entre los lienzos cruzados. Desbordaba su vientre en el sayo escarlata que le cubría los muslos; los pliegues de su cuello le llegaban al pecho, como papada de buey; su túnica, pintada de flores, parecía estallar bajo los sobacos; llevaba banda, cinturón y amplio manto negro con dobles mangas enlazadas. La profusión de vestidos, el gran collar de piedras azules, los broches de oro y los pesados pendientes servían solo para hacer más horrible su deformidad. Se le hubiera tomado por un ídolo ventrudo tallado en un bloque de piedra; porque una lepra pálida, extendida por todo su cuerpo, le daba la apariencia de una cosa inerte. Con todo, su nariz, ganchuda como pico de buitre, se dilataba con violencia, respirando el aire; y sus ojuelos, de cejas pegadas, brillaban con brillo duro y metálico. Tenía en la mano una espátula de áloe, para rascarse los pies.
Dos heraldos sonaron sus cuernos de plata, se apaciguó el tumulto y Hannón empezó a hablar.
Empezó haciendo el elogio de los dioses y de la República; los bárbaros debían felicitarse de haberla servido. Pero había que mostrarse más razonables; los tiempos eran duros «y si un amo no tiene más que tres olivos, ¿no es justo que guarde dos para él?»
De este modo, el viejo Sufeta entreveraba su discurso con apólogos y proverbios, haciendo signos con la cabeza para solicitar aprobación.
Hablaba en púnico, y los que le rodeaban --los más alertas a tomar las armas-- eran los campanios, los griegos y los galos, y ninguno de ellos entendía nada. Comprendiéndolo así Hannón, dejó de hablar, y balanceándose pesadamente, sobre una y otra pierna, reflexionó.
Se le ocurrió la idea de convocar a los capitanes. Los heraldos gritaron esta orden en griego, lengua que desde Xantippo servía para el mando en los ejércitos cartagineses.
Los guardias apartaron a latigazos la turba de soldados, y pronto llegaron los capitanes de las falanges a la espartana y los jefes de las cohortes, con las insignias de su grado y la armadura de su nación. Se había hecho de noche y un gran rumor llenaba el campo; brillaban hogueras aquí y acullá; se iba de un lado a otro, y todos se preguntaban:
--¿Qué pasa? ¿Por qué el Sufeta no reparte el dinero?
Hannón exponía a los capitanes las infinitas cargas de la República. Su tesoro estaba vacío; el tributo de los romanos la abrumaba:
--¡No sabemos qué hacer!... ¡Es lamentable!...
A ratos se frotaba los miembros con la espátula de áloe, o bien se interrumpía para beber en una copa de plata que le alargaba un esclavo, una tisana hecha con ceniza de comadreja y espárragos hervidos en vinagre; luego se enjugaba los labios con una servilleta de escarlata, y continuaba diciendo:
--Lo que valía un siclo de plata, vale hoy tres sekels de oro, y los cultivos, abandonados durante la guerra, no producen nada. Nuestras pesquerías de púrpura están casi perdidas; las perlas mismas resultan exorbitantes; apenas si tenemos ungüentos bastantes para el servicio de los dioses. En cuanto a cosas de comer, no quiero hablar: es una calamidad. Faltos de galeras, carecemos de especias, y cuesta proveerse de silfio, a causa de las rebeliones en la frontera de Cirene. La Sicilia, de la que se sacaban tantos esclavos, nos está cerrada ahora. Todavía ayer, por un bañero y cuatro pinches de cocina, he dado más dinero que antes por dos elefantes.
Desarrolló un largo pedazo de papiro y leyó, sin pasarse un número, todos los gastos hechos por la República para reparaciones de templos, enlosado de calles, construcción de naves, para las pesquerías de coral, para el engrandecimiento de los Sisitas y para los ingenios de las minas en el país de los cántabros.
Pero los capitanes, así como los soldados, no entendían el púnico, aunque los mercenarios se saludaban en este idioma. Se acostumbraba poner en los ejércitos de los bárbaros algunos oficiales cartagineses que sirvieran de intérpretes; después de la guerra, estos se habían ocultado por miedo a las venganzas, y Hannón no pensó llevarlos consigo. Su voz, además, era demasiado sorda y se la llevaba el viento.
Los griegos, apretados con su cinturón de hierro, aguzaban el oído, esforzándose en adivinar sus palabras, en tanto que los montañeses, cubiertos de pieles como osos, le miraban con desconfianza o bostezaban, apoyados en sus mazas con clavos de cobre. Los galos, distraídos, sacudían bromeando su alta cabellera, y los hombres del desierto escuchaban inmóviles, encapuchados en sus vestimentas de lana gris. Llegaban otros por detrás: los guardias, empujados por la turba, vacilaban en sus monturas; los negros tenían en las manos teas de abeto ardiendo, y el gordo cartaginés continuaba su arenga, subido en un cerrillo de césped.
Ya los bárbaros se impacientaban; se oían murmullos y apóstrofes. Hannón gesticulaba con su espátula; los que querían imponer silencio gritaban más que los demás y aumentaban la confusión.
De pronto, un hombre de pobre apariencia saltó a los pies del Sufeta, arrancó la trompeta a un heraldo, sopló en ella, y Espendio --pues era él-- anunció que iba a decir algo importante. Ante esta declaración, rápidamente hecha en cinco lenguas distintas, griega, latina, gala, libia y balear, los capitanes, entre sorprendidos y regocijados, contestaron:
--¡Habla, habla!
Dudó Espendio; tembló; al fin, dirigiéndose a los libios, que eran los más, les dijo:
--¿Habéis oído las horribles amenazas de este hombre?
Hannón no rectificó, porque no entendía el libio, y continuando Espendio, repitió la misma frase en los otros idiomas de los bárbaros.
Estos se miraron asombrados; todos, en seguida, como por tácito acuerdo, creyendo quizás haber entendido, bajaron la cabeza en señal de asentimiento.
Entonces Espendio dijo con voz robusta:
--Ha empezado diciendo que los dioses de los otros pueblos no eran sino quimeras al lado de los dioses de Cartago; os ha llamado cobardes, ladrones, mentirosos, perros e hijos de perras. Sin vosotros, la República no se vería obligada a pagar el tributo a los romanos; por vuestros excesos la habéis privado de perfumes, de aromas, de esclavos y de silfio, porque vosotros os entendéis con los nómadas de la frontera de Cirene. Pero los culpables serán castigados. Ha leído la enumeración de sus suplicios: se les hará trabajar en el empedrado de las calles, en el armamento de los bajeles, en el ornato de los Sisitas; y a otros se les enviará a arañar la tierra en las minas del país de los cántabros.
Lo mismo dijo a los galos, a los griegos, a los campanios y a los baleares. Oyendo los mercenarios los mismos nombres que habían herido sus oídos, se convencieron de que esto era lo que había dicho el Sufeta. Algunos le gritaron: «¡Mientes!» Sus voces se perdieron en el tumulto de los demás. Espendio añadió:
--¿No habéis visto que ha dejado fuera del campamento una reserva de sus jinetes? A una señal acudirán a degollaros a todos.
Volviéronse los bárbaros hacia ese lado, y como entonces se separó la turba, apareció en medio de ellos, avanzando con lentitud de fantasma, un ser humano encorvado, flaco, enteramente desnudo y tapado hasta las caderas por largos cabellos erizados de hojas secas, de polvo y de espinas. Llevaba alrededor de los riñones y de las rodillas manojos de paja, harapos de tela; su piel, blanda y terrosa, colgaba de sus miembros descarnados como andrajos de las ramas secas; sus manos temblaban con un estremecimiento continuo, y andaba apoyado en un bastón de olivo.
Al llegar junto a los negros que llevaban las antorchas, una especie de risa idiota descubrió sus pálidas encías, mientras con ojos asustados contemplaba la multitud de bárbaros alrededor de él.
Pero lanzando un grito de horror, se echó detrás de ellos, escudándose en sus cuerpos y balbuceando; «¡Aquí están! ¡Aquí están!» Señalando a los guardias del Sufeta, inmóviles bajo sus lúcidas armaduras. Piafaban los caballos, deslumbrados por el resplandor de las antorchas que chispeaban en las tinieblas; el espectro humano se debatía ululando:
--¡Los han matado!
A estas palabras, dichas en balear, los baleares se acercaron y le reconocieron. Él repitió:
--¡Sí, muertos todos! ¡Aplastados como uvas! ¡Los hermosos jóvenes, los honderos, mis compañeros, los vuestros!
Se le hizo beber vino y él lloró. Luego se desahogó hablando.