Part 24
Ya únicamente quedaban cincuenta, que se redujeron a veinte, luego a tres, y por fin a dos: un samnita armado con un hacha, y Matho, que aún tenía su espada.
El samnita manejaba su hacha, a diestro y siniestro, advirtiendo a Matho los golpes que le amagaban:
--¡Amo! ¡Por aquí! ¡Por allá! ¡Bájate!
Matho había perdido sus espaldares, su casco, su coraza; estaba completamente desnudo, más lívido que un muerto, con los cabellos erizados y los labios espumeantes; su espada giraba con tanta rapidez, que formaba una aureola en torno suyo. Una pedrada la rompió la empuñadura; el samnita había muerto y la ola de cartagineses se estrechaban y se le venía encima. Entonces levantó al cielo las manos vacías, cerró los ojos y, abriendo los brazos como un hombre que se lanza al mar desde lo alto de un promontorio, se lanzó a las picas.
Estas se apartaron al verle venir. Cuantas veces se daba a los enemigos, otras tantas estos retrocedían y separaban sus armas. Tropezó con una espada, y quiso cogerla; pero entonces se sintió atado de pies y manos, y cayó.
Era Narr-Habas, que le estaba siguiendo hacía algún tiempo, paso a paso, con una de las redes de cazar animales salvajes, y que aprovechó el momento en que Matho se bajaba para envolverle.
Lo pusieron sobre el elefante, con los cuatro miembros en cruz; todos los que no estaban heridos fueron escoltándole ruidosamente hasta Cartago.
La noticia de la victoria había llegado a la ciudad antes de la tercera hora de la noche; la clepsidra de Kamón había vertido la quinta cuando llegaron a Malqua. Matho abrió los ojos. Había tantas luces en las casas, que la ciudad parecía arder en llamas.
Llegaba vagamente a sus oídos un inmenso clamor, y echado de espaldas, miraba las estrellas.
Luego se cerró una puerta tras él y quedó en tinieblas.
Al otro día, a la misma hora, moría el último de los hombres que quedaban en el desfiladero del Hacha. El día que partieron sus compañeros, los zuazos habían desmoronado las rocas y se alimentaron por algún tiempo. Los bárbaros no perdían la esperanza de volver a ver a Matho y no querían abandonar la montaña, sea por desaliento, por tibieza o por obstinación de enfermos que se resisten a cambiar de sitio; pero agotadas las provisiones, los zuazos se retiraron.
Se sabía que apenas quedaban trescientos, por lo que no valía la pena de enviar soldados.
Las bestias feroces, los leones, sobre todo, se habían multiplicado desde que empezó la guerra. Narr-Habas había hecho una gran batida, y poniendo cabras atadas, de distancia en distancia, los había empujado hacia el desfiladero del Hacha, y aún vivían los trescientos cuando llegó el hombre enviado por los Ancianos a averiguar cuántos quedaban de ellos.
En toda la extensión de la llanura, los leones y los cadáveres estaban tendidos, y los muertos se confundían con los vestidos y las armaduras. A casi lodos les faltaba la cara o bien un brazo; algunos parecían intactos; otros completamente disecados, y los cráneos hechos polvo llenaban los cascos; los pies, descarnados, salían de las grebas; los esqueletos conservaban sus mantos; las osamentas, limpias por el sol, formaban manchas brillantes en medio de la arena.
Los leones descansaban con el pecho en el suelo y las dos patas alargadas, parpadeando a la luz del sol, aumentada por la reverberación de las rocas blancas. Otros, sentados sobre la grupa, miraban fijamente delante de ellos; o bien medio envueltos en sus largas crines, dormían arrollados como una bola, en actitud cansina y aburrida. Estaban inmóviles, como la montaña y como los muertos. Venía la noche, y anchas fajas rojas rayaban el cielo en el Occidente.
En uno de estos montones que ondulaban irregularmente el llano, algo menos vago que un espectro se levantó. Uno de los leones se despejó y anduvo, recortando con su forma monstruosa una sombra negra en el fondo del cielo color de púrpura, y cuando estuvo junto al hombre, lo derribó de un solo zarpazo, y, puesto encima de él, sentado sobre el vientre, le fue desgarrando las entrañas.
Abrió después sus enormes fauces, y durante algunos minutos lanzó un largo rugido que repitieron los ecos de la montaña y fue a perderse en la soledad.
De pronto rodaron desde lo alto fragmentos de rocas. Oyóse un rumor de pasos rápidos, y del lado del rastrillo, del lado de la garganta, asomaron cinco orejas puntiagudas y unas pupilas salvajes. Eran los chacales que acudían a devorar los restos.
El cartaginés, que veía todo esto desde lo alto del precipicio, se volvió.
XV
MATHO
Gozosa estaba Cartago, con gozo profundo, universal, desmesurado, frenético. Habían reparado las ruinas y pintado las estatuas de los dioses; los ramos de mirto cubrían las calles, humeaba el incienso en las encrucijadas y la multitud en las azoteas parecía, con sus abigarrados vestidos, como cestas de flores que se abren al sol.
El continuo chillido de las voces era dominado por el grito de los aguadores que regaban el pavimento; los esclavos de Amílcar ofrecían en nombre de este cebada tostada y pedazos de carne cruda; salían unos al encuentro de otros, se abrazaban llorando; las ciudades tirias estaban conquistadas, los nómadas dispersos, exterminados los bárbaros. Desaparecía la Acrópolis bajo los toldos de colores; los espolones de las trirremes, alineados fuera del muelle, resplandecían como un dique de diamantes; dondequiera se advertía el orden restablecido, el principio de una nueva vida, la explosión de una inmensa alegría; era el día del matrimonio de Salambó con el rey de los númidas.
En la terraza del templo de Kamón estaban dispuestas tres grandes mesas cargadas de orfebrerías para el servicio de los sacerdotes, de los Ancianos y de los Ricos; y en otra cuarta, y a mayor altura, la destinada a Amílcar, a Narr-Habas y su esposa; porque habiendo salvado Salambó a su patria con la restitución del velo, el pueblo convertía esta boda en regocijo universal y estaba esperando la aparición de la desposada.
Otro deseo más áspero impacientaba a la muchedumbre; la muerte de Matho, prometida para la ceremonia.
Habíanse propuesto al principio desollarlo vivo, meterle plomo derretido en las entrañas, hacerle morir de hambre; o bien atarle a un árbol y que un mono le golpeara por detrás en la cabeza; había ofendido a Tanit, y los cinocéfalos de la diosa habían de vengarla. Otros eran de parecer que se le paseara en un dromedario, después de haberle atado al cuerpo distintas bandas de lino impregnadas de aceite; les recreaba la idea del cuadrúpedo corriendo las calles con un hombre que se retorcía quemándose, como candelabro agitado por el viento.
¿Pero qué idear para que todos contribuyeran al suplicio? Lo que se deseaba era un género de muerte que lo presenciara toda la ciudad; que todas las manos, todas las armas, todo lo que era cartaginés, desde las losas de las calles a las olas del golfo, pudieran desgarrar y aplastar al reo de lesa divinidad. En su consecuencia, los Ancianos decretaron que iría de la prisión a la plaza de Kamón sin escolta, con los brazos atados por la espalda; que no pudiera herírsele en el corazón, a fin de que viviera más tiempo y que se le arrancaran los ojos para que la tortura fuera más intensa. No podía tirársele nada, ni tocársele más que con tres dedos.
Por más que Matho no debía presentarse hasta la caída de la tarde, se creyó verle alguna que otra vez, y la multitud se precipitaba hacia la Acrópolis, dejando desiertas las calles, para volver desengañada y formulando protestas. Casi todos estaban en pie, desde la víspera, en la plaza donde había de verificarse la ejecución, y de lejos se interpelaban enseñándose las uñas, que habían dejado crecer para hundirlas mejor en la carne del reo. Otros se paseaban agitados y pálidos, cual si se tratara de su propio suplicio.
De pronto, por detrás de los Mapales, se levantaron por encima de las cabezas unos grandes abanicos de plumas. Era Salambó que salía de su palacio. De todos los pechos brotó un suspiro de satisfacción.
El cortejo tardó en llegar, porque iba con suma lentitud.
Primero desfilaron los sacerdotes de los Pateques; luego los de Eschmún, los de Melkart y los demás colegios, con las mismas insignias y en el mismo orden que cuando el sacrificio. Los pontífices de Moloch pasaban con la frente baja, y la multitud, por una especie de remordimiento, se apartaban de ellos. En cambio los sacerdotes de la Rabbetna avanzaban erguidos y con la lira en las manos, seguidos de las sacerdotisas con túnicas transparentes de color amarillo o negro, que lanzaban gritos de pájaro y se retorcían como víboras; o bien, al son de las flautas, giraban imitando la danza de las estrellas, esparciendo a su paso las voluptuosas esencias de sus vestiduras. De estas mujeres, las más aplaudidas eran las kedeschim, de párpados pintados, que simbolizaban el hermafrodismo de la divinidad, perfumadas y vestidas como las otras, y muy parecidas a ellas a pesar de sus pechos aplanados y de sus caderas más estrechas. En este día dominaba en todo el principio hembra, y lúbrico misticismo flotaba en el aire. Las antorchas ardían ya en los bosques sagrados, porque por la noche debía haber una pública prostitución, con el contingente de las cortesanas traídas de Sicilia en tres naves, y también del desierto.
Conforme iban pasando los Colegios sacerdotales, se iban colocando en fila en los patios del templo, en las galerías exteriores y a lo largo de las grandes escalinatas adosadas a los muros y que se juntaban en lo alto. Entre las columnatas se destacaban las túnicas blancas, como una arquitectura de estatuas humanas, inmóviles como las de piedra.
Aparecieron después los intendentes, los gobernadores de provincias y todos los Ricos. En el pueblo se produjo un tumulto, arremolinándose en las calles afluentes; los hieródulos contenían la turba a latigazos. En medio de los Ancianos, coronados de tiaras, y en una litera con dosel de púrpura iba Salambó.
Al verla, se alzó un gran clamor; los címbalos y crótalos sonaron más fuerte, redoblaron los tamboriles y el gran palio de púrpura atravesó el pórtico para subir al primer piso.
Andaba Salambó muy despacio, y atravesó la terraza para ir a sentarse en el fondo, en un trono hecho de concha de tortuga. Pusieron a sus pies un escabel de marfil, con tres gradas: en la primera se arrodillaron dos niños negros, en cuyas cabezas posaba Salambó algunas veces sus dos brazos, cargados de ajorcas y brazaletes.
De los tobillos a las caderas iba envuelta en una red de estrechas mallas que imitaban las escamas de un pez y que brillaban como nácar; un ceñidor azul apretaba su talle, dejando ver los dos senos por un escote en forma de media luna, con carbunclos colgantes en sus puntas. Peinaba un tocado hecho de plumas de avestruz consteladas con piedras preciosas; un amplio manto, blanco como la nieve, caía flotante sobre sus hombros, y con los codos pegados al cuerpo, juntas las rodillas y con pulseras de diamantes en las muñecas, se mantenía firme, en actitud hierática.
Los dos sitios más bajos a su lado eran los de su padre y su esposo. Narr-Habas, vestido con un sayo azul, ceñía la corona de sal gema, de la que se desbordaban dos trenzas de cabello, torcidas como los cuernos de Ammón; Amílcar, con túnica violeta, con broches de pámpanos de oro, llevaba al costado su espada de guerra.
En el espacio cerrado por las mesas, la pitón del templo de Eschmún, entre manchones de aceite, describía en el suelo un gran círculo negro, mordiéndose la cola. En medio de este círculo se alzaba una columna de cobre con un huevo de cristal encima, que herido por el sol irradiaba resplandores por todos lados.
Detrás de Salambó estaban desplegados los sacerdotes de Tanit, con túnicas de lino; a la derecha, los Ancianos, con sus tiaras, formaban una gran línea de oro; y al otro lado, los Ricos, con cetros de esmeralda, otra línea verde; en tanto que allá en el fondo se alineaban los sacerdotes de Moloch fingiendo con sus mantos una muralla de púrpura. Los demás Colegios ocupaban las terrazas inferiores. La multitud llenaba las calles, las azoteas de las casas, o bien subía por la Acrópolis. De este modo, teniendo el pueblo a sus pies, el firmamento sobre las cabezas y alrededor suyo la inmensidad del mar, el golfo, las montañas y las perspectivas de las provincias, la resplandeciente Salambó se confundía con Tanit, y parecía el genio mismo de Cartago, su alma, en forma corpórea.
El festín debía durar toda la noche; lampadarios de muchos brazos estaban plantados como árboles sobre los tapices de lana pintada que cubrían las mesas bajas. Grandes jarras de electro, ánforas de vidrio azul, cucharas de concha y pequeños panes redondos, se apretujaban entre la doble hilera de platos orlados de perlas; racimos de uvas con sus pámpanos estaban enroscados como tirsos a copas de marfil; bloques de nieve fundíanse en platos de ébano, y limones, granadas, calabazas y sandías formaban montículos bajo las altas vajillas. Los jabalíes, con la boca abierta, se hundían en el polvo de las especias; las liebres conservaban sus pieles y parecían saltar entre las flores; las carnes aderezadas llenaban las conchas; los dulces revestían formas simbólicas, y cuando se levantaba la tapa de las fuentes volaban palomas.
Los esclavos, con la túnica arremangada, andaban de puntillas; a intervalos las liras tocaban un himno o bien se oía un coro de voces. El rumor del pueblo, como el ruido del mar, flotaba vagamente en torno del festín, como si lo meciera en más grande armonía; algunos se acordaban del banquete de los mercenarios; se entregaban a sueños de felicidad; el sol empezaba a declinar, y la luna, en cuarto creciente, se levantaba ya en la otra parte del cielo.
Salambó, como si alguno la llamara, volvió la cabeza, y el pueblo, que la estaba mirando, siguió la dirección de sus ojos.
En la cima de la Acrópolis acababa de abrirse la puerta del calabozo abierto en la roca, al pie del templo, y en el umbral de este negro agujero se vio un hombre en pie. Salió encorvado, con el aspecto asustadizo de los animales salvajes cuando de repente se les da libertad. Le cegaba la luz, y permaneció parado un momento. Todos le habían conocido y contenían la respiración.
El cuerpo de esta víctima era para ellos una cosa propia, revestida de un esplendor casi religioso. Se empinaban para verle, especialmente las mujeres, que deliraban por contemplar al que había hecho morir a sus hijos y maridos; a pesar suyo, del fondo de sus almas surgía una infame curiosidad: el deseo de conocerle del todo; afán mezclado de remordimientos, que aumentaba la execración.
Al fin, el hombre avanzó, y el aturdimiento de la sorpresa se desvaneció. Se levantaron muchos brazos y no se le volvió a ver.
La escalinata de la Acrópolis tenía sesenta peldaños. El hombre las bajó como si rodara por una quebrada de lo alto de una montaña; por tres veces se le vio saltando hacia abajo, cayendo sobre los dos talones.
Sangraban sus espaldas, alentaba su pecho con grandes sacudidas; hacía tales esfuerzos por romper las cuerdas que se le hinchaban los brazos, cruzados sobre los riñones, como espirales de serpiente.
Del sitio en que estaba, partían muchas calles, y en cada una de estas, una triple hilera de cadenas de bronce, atadas al ombligo de los dioses Pateques, se extendía paralelamente de un extremo a otro. La turba se amontonaba en las aceras, y en medio estaban los criados de los Ancianos empuñando látigos.
Uno de ellos empujó con violencia a Matho, y este se puso en marcha.
Todos alargaban los brazos por encima de las cadenas, quejándose de que se hubiera dejado al reo un camino demasiado ancho; Matho andaba pinchado, maltratado por mil dedos. Salía de una calle y entraba en otra; muchas veces se lanzó a un lado para morder a la gente, que se daba prisa a apartarse. Las cadenas le contenían y la plebe estallaba en carcajadas.
Un niño le desgarró una oreja; una joven, sacando de la manga la punta de un huso, le cortó la cara: le arrancaban puñados de cabello y tiras de piel; otros, con bastones en los que llevaban esponjas empapadas de inmundicias, le ensuciaban el rostro. Del lado derecho de su garganta brotó un reguero de sangre, y en seguida empezó el delirio. El último sobreviviente de los bárbaros se les aparecía como el representante de todos los mercenarios, como la encarnación de su ejército; y todos se vengaban en él de los desastres, de los terrores y de los oprobios sufridos. La rabia del pueblo aumentaba a medida que se iba saciando; las cadenas, demasiado tensas, iban a romperse; no hacían caso de los golpes de los esclavos que los contenían; se colgaban en los salientes de las casas; se asomaban en los agujeros de los muros, y ya que no le podían herir, vociferaban contra él.
Eran injurias atroces, inmundas, con frases irónicas e imprecaciones; no les bastaba el tormento que le infligían: le anunciaban otros más terribles en la eternidad.
Este inmenso alarido llenaba Cartago con estúpida continuidad. Una sola sílaba, una entonación bronca, profunda, frenética, era repetida a veces seguidamente por todo el pueblo. Las paredes de las casas vibraban desde el portal hasta el tejado, pareciéndole a Matho que se le venían encima para levantarle del suelo, como dos brazos inmensos que le ahogaban en el aire.
Recordaba ahora haber experimentado en otra ocasión algo parecido. Era la misma multitud en las azoteas, las mismas miradas, la misma ira; pero entonces andaba libre, todos le abrían paso, le cubría un dios; y tal recuerdo le infundía una tristeza aplastante. Pasaban sombras ante sus ojos, la sangre manaba por una herida de su muslo, se sentía morir; plegó las rodillas y se dejó caer despacio sobre el pavimento.
Del peristilo del templo de Melkart trajeron entonces la barra de un trípode enrojecida al vivo, y por encima de la primera cadena se la aplicaron a la herida. La carne chirrió, se la vio humear, y las voces del pueblo ahogaron el quejido de Matho. Este se levantó.
Seis pasos más allá volvió a caer, y luego otra y otra vez; pero siempre un nuevo suplicio le hacía levantarse; se le rociaba con gotas de aceite hirviente, se le ponían cascos de vidrio, y él seguía andando. En la esquina de la calle de Sateb se apoyó en el escaparate de una tienda, dando la espalda a la muralla, y de allí no se movió.
Los esclavos del Consejo le flagelaron con sus grandes látigos de cuero de hipopótamo, con tal furia y por tan largo tiempo, que sus túnicas estaban empapadas de sudor. Matho parecía insensible; pero de pronto echó a correr al acaso, castañeteándole los dientes. Enfiló la calle de Boudés, la de Sepo, atravesó el Mercado de las Hierbas y llegó a la plaza de Kamón.
Su persona pertenecía ahora a los sacerdotes; los esclavos habían apartado las turbas: había más espacio. Matho echó una mirada a su alrededor y vio a Salambó.
A su entrada en la plaza, Salambó se había puesto en pie, y a medida que Matho iba acercándose, ella se adelantaba al borde de la terraza, y como si todo se borrara ante sus ojos, únicamente veía a Matho. En su alma se había hecho el silencio; era como uno de esos abismos en que el mundo entero desaparece bajo la presión de un pensamiento único, de un recuerdo, de una mirada. Este hombre que corría hacia ella la atraía.
A excepción de los ojos, Matho no conservaba ninguna apariencia humana: era una masa completamente ensangrentada. Rotas las ataduras, colgaban sobre sus muslos, pero en nada se diferenciaban de los tendones de sus puños; tenía la boca desmesuradamente abierta; las órbitas lanzaban llamaradas que parecían subir hasta los cabellos; ¡y el desdichado seguía avanzando!
Llegó precisamente al pie de la terraza. Salambó estaba asomada a la balaustrada. Las espantosas pupilas de Matho la miraban; sintió que le remordía en la conciencia todo cuanto este hombre había sufrido por ella. Recordó al verle agonizar cuando en su tienda de campaña la ceñía el talle con sus brazos diciéndola palabras de amor; sentía ansias de volverlas a oír; no quería que este hombre muriera. En este momento, Matho sufrió un gran estremecimiento: Salambó iba a gritar. Matho cayó de espaldas y ya no se movió.
Salambó, casi desvanecida, fue llevada a su trono por los sacerdotes que la rodeaban; la felicitaron, porque aquella muerte era obra de ella. Aplaudían todos y golpeaban el suelo repitiendo a voces su nombre.
Un hombre se lanzó sobre el cadáver. Vestía el manto de los sacerdotes de Moloch y llevaba al cinto el cuchillo que servía para cortar las carnes sagradas, con el mango terminado en una espátula de oro. De un solo golpe hendió el pecho de Matho, le arrancó el corazón y lo clavó en la espátula. Schahabarim, que tal era, levantó el brazo y ofreció este holocausto al sol.
El astro-rey se hundía en el mar; sus rayos herían como largas flechas al corazón ensangrentado. A medida que el sol iba desapareciendo, las palpitaciones de la entraña disminuían, y con el último latido el globo de fuego se extinguió.
En este momento, desde el golfo hasta la laguna y desde el istmo al faro, en todas las calles, casas y templos, resonó un grito unánime; grito que a veces se interrumpía para redoblar en seguida; los edificios temblaban; Cartago estaba como convulsionada en el espasmo de una alegría titánica y de una esperanza sin límites.
Narr-Habas, ebrio de orgullo, ciñó con su brazo izquierdo el talle de Salambó, en señal de posesión, y con el derecho, tomando una patera de oro, bebió por el genio de Cartago.
Salambó se levantó, como su esposo, con otra copa para beber también. Pero cayó, con la cabeza hacia atrás, por encima del dosel del trono, descolorida, rígida, abiertos los labios y los cabellos desatados colgando hasta el suelo.
Así murió la hija de Amílcar, por haber tocado el velo de Tanit.
FIN DE SALAMBÓ
ÍNDICE
Páginas.
I.--El festín 5
II.--En Sicca 43
III.--Salambó 87
IV.--Bajo las murallas de Cartago 103
V.--Tanit 139
VI.--Hannón 169
VII.--Amílcar Barca 209
VIII.--La batalla del Macar 283
IX.--En campaña 321
X.--La serpiente 351
XI.--En la tienda de campaña 377
XII.--El acueducto 413
XIII.--Moloch 451
XIV.--El desfiladero del Hacha 521
XV.--Matho 593