Part 23
A veces, en las crestas de las colinas se plegaban las negras tiendas como derribadas por el viento, y anchos discos de brillantes llantas, que eran las ruedas de los carros, rechinando con plañidero son, se hundían en los valles. Las tribus que habían abandonado el sitio de Cartago iban errantes por las provincias, esperando una ocasión o la victoria de los mercenarios para volver; pero, sea por terror o por hambre, tomaron todas el camino de sus hogares, y desaparecieron.
Amílcar no tuvo celos de este éxito de Hannón; pero como le convenía concluir de una vez, le ordenó se juntara con él delante de Túnez. Hannón, que amaba a su patria, se presentó en el día fijado ante las murallas de aquella ciudad.
Túnez tenía para defenderse su población autóctona, doce mil mercenarios, todos los «Comedores de cosas inmundas», y con ellos estaba Matho, contemplando desde allí, a lo lejos, el horizonte de Cartago. Con este conjunto de odios reunidos, pronto se organizó la resistencia. Con odres se hicieron cascos, se cortaron todas las palmeras de los jardines para hacer lanzas, se cavaron cisternas; y, en cuanto a víveres, se pescaban a orillas del lago grandes peces blancos que se alimentaban de cadáveres y de inmundicias. Las fortificaciones, en estado ruinoso por los celos de Cartago, no podían resistir el empuje de los hombres. Matho tapó los agujeros con piedras de los edificios. Era la lucha postrera; nada esperaba, como no fuese que la fortuna diera una vuelta a la rueda.
Al acercarse los cartagineses, vieron en la muralla un hombre que de cintura arriba rebasaba la altura de las almenas, y que veía volar las flechas a su alrededor con la impasibilidad de quien ve cruzar una bandada de golondrinas. Ninguna de ellas hirió a Matho.
Amílcar estableció su campo en el lado meridional; Narr-Habas, a su derecha, ocupaba el llano de Radés; Hannón, el borde del lago; los tres generales debían guardar sus posiciones respectivas para atacar todos a un tiempo al enemigo.
Pero Amílcar quiso primero demostrar a los mercenarios que los castigaría como esclavos. Hizo crucificar a los diez embajadores, y los puso juntos sobre un montículo, de cara a la ciudad.
A su vista, los sitiados abandonaron las murallas.
Matho tenía pensado que si podía pasar entre los muros y las tiendas de Narr-Habas, con la rapidez necesaria para que los númidas no tuvieran tiempo de salir, caería sobre la retaguardia de la infantería cartaginesa, que así se vería copada entre él y la gente de la ciudad. En consecuencia, se lanzó afuera con sus veteranos.
Lo vio Narr-Habas, y, llegándose a la playa del lago, avisó a Hannón que enviara tropas en auxilio de Amílcar. ¿Era porque creía a Barca débil para resistir a los mercenarios, o bien fue una perfidia o una necedad? Nunca se pudo averiguar. Lo cierto es que Hannón, en su afán de humillar a su rival, no titubeó: mandó tocar los clarines, y con todo su ejército se precipitó sobre los bárbaros. Estos hicieron un cambio de frente, y corrieron hacia los cartagineses; repeliéndolos y aplastándoles, hasta que llegaron a la tienda de Hannón, que estaba en ella con treinta de los Ancianos más ilustres.
Asombrado de tanta audacia, llamó a sus capitanes. Avanzaban todos puñal en mano, vociferando injurias. Se empujaba la turba, y aquellos que le tenían cogido de la mano, a duras penas podían impedirle la huida. Hannón les decía al oído: «Te daré lo que quieras. Soy rico. ¡Sálvame!» Los otros le empujaban, y aunque era muy pesado, sus pies no tocaban al suelo. A los Ancianos se les había ya sacado afuera. Aumentó el terror de Hannón: «¡Me habéis vencido! ¡Soy vuestro cautivo! ¡Pagaré mi rescate!» Y repetía, viéndose llevado a hombros de los mercenarios: «¿Qué vais a hacer? ¿Qué queréis? ¡Ya veis que no hago resistencia! ¡Siempre he sido bueno!»
Ante la puerta se había levantado una cruz gigantesca. Aullaban los bárbaros: «¡Aquí! ¡Aquí!» Hannón levantó más la voz, y en nombre de los dioses les invitó a que llamaran al Schalischim, porque tenía que confiarle un secreto del que dependía su salvación.
Los bárbaros se detuvieron; pareciéndole que era prudente consultar a Matho, fueron a avisarle.
Hannón cayó sobre la hierba; alrededor suyo veía otras cruces, como si el suplicio que le aguardaba se multiplicara de antemano; hacía esfuerzos para convencerse de que se engañaba; que no veía más que una, tal vez ninguna. Lo levantaron.
--¡Habla! --dijo Matho.
Le ofreció entregar a Amílcar; que entrarían juntos en Cartago, y serían reyes los dos.
Matho se apartó, haciendo señal a los demás para que se dieran prisa; porque ya se imaginaba que todo era una astucia para ganar tiempo.
Pero se engañaba Matho; Hannón sufría una de esas crisis en que no se atiende a nada; y execraba de tal modo a Amílcar, que a cambio de una leve esperanza de salvarse, lo hubiera sacrificado con todos sus soldados.
Al pie de las treinta cruces yacían los Ancianos tendidos en tierra, con las cuerdas bajo los sobacos. Comprendiendo entonces el anciano Sufeta que iba a morir, lloró.
Le arrancaron lo que le quedaba del vestido, y entonces mostró al desnudo toda la asquerosidad de su persona. Las úlceras cubrían enteramente su cuerpo; la grasa de las piernas tapaban las uñas de los pies; colgaban de sus dedos como andrajos verdosos; las lágrimas que resbalaban entre los tubérculos de sus mejillas daban a su rostro algo horriblemente triste, nunca visto en otro rostro humano. La diadema real, medio desceñida, se arrastraba por el polvo con sus cabellos blancos.
No encontraban cuerdas bastante fuertes para izarlo hasta lo alto de la cruz; y le clavaron los pies, antes de levantar el madero, a la usanza púnica. Su orgullo, entonces, se sobrepuso a su dolor: vomitó injurias. Espumeaba por la boca; se retorcía como monstruo marino que degüellan en la ribera, y les predecía que morirían todos de una manera más cruel, y que sería vengado.
Ya lo estaba. Al otro lado de la ciudad, de donde se escapaban ahora llamaradas entre columnas de humo, agonizaban los embajadores de los mercenarios.
Algunos de estos, desmayados al principio, se habían reanimado con la frescura del viento; pero seguían con la barba sobre el pecho y colgaban sus cuerpos, a pesar de los clavos que les sujetaban los brazos más arriba de la cabeza; de sus talones y manos, caía la sangre a goterones, lentamente, como las frutas maduras de un árbol; y Cartago, el golfo, las montañas y las llanuras, todo les parecía que daba vueltas, como una inmensa rueda. Alguna nube de polvo que subía del suelo les envolvía en su torbellino, y sentían correr sobre ellos un sudor glacial juntamente con el alma que se les escapaba.
Veían, sin embargo, a mucha profundidad los movimientos de los soldados en las calles y fulgores de espadas; oían vagamente el tumulto de la batalla, así como oyen el ruido del mar los náufragos que mueren en las gavias de un buque. Los italiotas, que eran los más robustos, aún gritaban; los audemonios estaban callados, con los ojos entornados; Zarxas, tan vigoroso, estaba doblado como una caña rota; el etíope, a su lado, tenía la cabeza caída hacia atrás, por encima del brazo de la cruz; Autharita, inmóvil, giraba los ojos; su gran cabellera, sujeta en una hendidura de la madera, se mantenía recta sobre la frente, y el ronquido que exhalaba del pecho parecía más bien un rugido de cólera. En cuanto a Espendio, revestido de un valor extraño, despreciaba ahora la vida, por la certidumbre que tenía de una manumisión inmediata y eterna, y esperaba impasible la muerte.
En medio de su desfallecimiento, temblaban todos ante un roce de plumas que les pasaban por la boca, acompañado de sombras y graznidos, en el aire. Como la cruz de Espendio era la más alta, en ella se posó el primer buitre. El antiguo esclavo volvió la cara a Autharita, y le dijo lentamente, con sonrisa indefinible:
--¿Te acuerdas de los leones, en el camino de Sicca?
--¡Eran nuestros hermanos! --contestó el galo; y expiró.
Durante este tiempo, Amílcar había abierto brecha y llegado a la ciudadela. Una ráfaga de viento disipó de pronto el humo en las lejanías de las murallas de Cartago; el Sufeta creyó ver gente asomada en la plataforma de Eschmún; y a poca distancia, hacia la izquierda, a orillas del lago, treinta cruces desmesuradas.
En efecto: para hacerlas más espantosas, las habían construido con los mástiles de las tiendas; y los treinta cadáveres de los Ancianos aparecían en alto, destacándose en el azul del cielo. Sobre sus pechos tenían algo así como mariposas blancas; eran las barbas de las flechas que les habían tirado desde abajo.
En la cima de la mayor de todas fulgía una ancha cinta de oro, flotando hacia atrás; el brazo faltaba por este lado, y a Amílcar le costó trabajo reconocer a Hannón. Los huesos esponjosos de este, no pudiendo aguantar el peso de los clavos, se iban descoyuntando, juntamente con los miembros, y solo quedaban en la cruz restos informes, semejantes a fragmentos de animales colgados a la puerta de un puesto de monteros.
El Sufeta no pudo advertir nada; la ciudad, delante de él, le ocultaba todo el otro lado, y los capitanes enviados sucesivamente a los otros dos generales no habían vuelto. Pero fueron llegando fugitivos, los cuales contaron la derrota; y el ejército púnico hizo alto. Esta catástrofe, en medio de la victoria, les impresionó. Ya no hacían caso de las órdenes de Amílcar.
Matho se aprovechó de ello para continuar sus estragos entre los númidas.
Destruido el campo de Hannón, Matho cayó sobre ellos. Salieron los elefantes, pero los mercenarios, con teas encendidas se precipitaron sobre ellos y las bestias, asustadas, huyeron desbocadas al golfo, donde se ahogaron bajo el peso de sus armaduras. Narr-Habas había enviado su caballería; todos se echaron de cara al suelo, y cuando los caballos estuvieron a tres pasos de los bárbaros, estos saltaron, abriéndoles el vientre a puñaladas. La mitad de los númidas había muerto cuando se presentó Amílcar.
Extenuados los mercenarios, no podían hacer frente a estas tropas de refresco. Retrocedieron en buen orden hasta la montaña de las Aguas Calientes. El Sufeta tuvo la prudencia de no perseguirlos, y se dirigió a la desembocadura del Macar.
Túnez era suyo, pero estaba reducido a un montón de escombros humeantes. Las ruinas caían por las brechas de los muros, hasta la mitad del llano; en el fondo, entre las orillas del golfo, los cadáveres de los elefantes, empujados por la brisa, chocaban entre sí como un archipiélago de negras rocas que flotaran en el mar.
Narr-Habas, para sostener esta guerra, había echado mano de todos los elefantes de sus bosques, jóvenes y viejos, machos y hembras, y así agotó la fuerza militar de su reino. El pueblo, que los vio morir a lo lejos, quedó desolado; los hombres se lamentaban en las calles, llamándolos por sus nombres, como a amigos difuntos: «¡Ah, el _Invencible_! ¡La _Victoria_! ¡El _Terrible_! ¡La _Golondrina_!» En el primer día no se habló más que de los ciudadanos muertos; pero al siguiente, se vieron las tiendas de los mercenarios en la montaña de las Aguas Calientes, y la desesperación fue tan grande, que mucha gente, las mujeres sobre todo, se precipitaron de cabeza de lo alto de la Acrópolis.
* * * * *
Se ignoraban los proyectos de Amílcar. Este vivía solo en su tienda, sin más compañía que la de un joven, y nadie comía con ellos, sin exceptuar al mismo Narr-Habas, al que demostraba, sin embargo, miramientos extraordinarios desde la derrota de Hannón; pero el rey de los númidas tenía demasiado interés en ser su yerno y empezaba a desconfiar.
La inercia del Sufeta disimulaba hábiles maniobras. Con toda suerte de artificios, iba seduciendo a los jefes de pueblos; y los mercenarios se vieron arrojados, rechazados, acosados como bestias feroces. No bien entraban en un bosque, ardían todos los árboles a su alrededor; si bebían en una fuente, estaba envenenada; tapiaban las cavernas donde se guarecían para dormir. Las poblaciones que hasta entonces habían sido sus aliadas o sus cómplices, los perseguían ahora; en todas estas bandas, veían los bárbaros armaduras cartaginesas.
Muchos tenían costras y herpes en la cara, provenientes, según ellos, de haber tocado a Hannón. Pensaban otros que era por haber comido los peces de Salambó; pero lejos de arrepentirse, soñaban con sacrilegios peores, a fin de que fuese mayor el ultraje a los dioses púnicos. Hubieran querido exterminarlos.
Así fueron ambulando durante tres meses, a lo largo de la costa oriental, y después, por detrás de la montaña de Selún, hasta los primeros arenales del desierto, buscando no sabían qué refugio. Útica e Hippo-Zarita no les habían traicionado; pero Amílcar tenía cercadas las dos ciudades. Subieron más al Norte, al azar, sin conocer los caminos. Con tanta miseria, tenían turbadas las cabezas; solo les quedaba el sentimiento de una exasperación que iba en aumento; hasta que un día se encontraron en las gargantas del Cobo, ¡frente a Cartago otra vez!
La fortuna se mantenía igual; pero unos y otros estaban tan excitados, que deseaban, en lugar de estas escaramuzas, una gran batalla, con tal de que fuera la última.
Matho tenía deseos de comunicar personalmente al Sufeta esta propuesta, pero uno de sus libios se ofreció a hacerlo. Todos, al verle partir, tuvieron el convencimiento de que no volvería; pero volvió la misma noche.
Amílcar aceptaba el reto. Se encontrarían con él al amanecer, en el llano de Radés.
Quisieron saber los mercenarios si había dicho algo más, y el libio contó:
--Cuando yo estuve en su presencia, me preguntó qué quería. Yo respondí: «Que me maten.» Entonces él dijo: «¡No, vete, ya morirás mañana con tus compañeros!»
Esta generosidad extrañó a los bárbaros; algunos quedaron aterrados, por lo que Matho lamentó que no hubieran matado al parlamentario en el campo cartaginés.
* * * * *
Le quedaban todavía tres mil africanos, mil doscientos griegos, mil quinientos campanios, doscientos iberos y cuatrocientos etruscos, quinientos samnitas, cuarenta galos y una banda de Nafur, bandidos nómadas encontrados en la región de los dátiles; en total, siete mil doscientos diez y nueve soldados, pero ninguna sintagma completa. Habían tapado los agujeros de las corazas con omoplatos de cuadrúpedo; y reemplazó los coturnos de cobre con sandalias rotas. Las placas de cobre o de hierro hacían más pesados sus vestidos; las cotas de malla colgaban en andrajos, mostrando en las carnes las cuchilladas como hilos de púrpura entre los pelos de los brazos y de las caras.
La rabia por los compañeros muertos les volvía al alma multiplicando su vigor; sentían confusamente que eran los servidores de un dios de los oprimidos, como los pontífices de la venganza universal. Además, les encolerizaba una injusticia irritante; sobre todo ante la vista de Cartago en el horizonte. Juraron combatir todos hasta la muerte.
Mataron las bestias de carga y se las comieron para cobrar fuerzas; luego se entregaron al descanso. Algunos rezaron, de cara a distintas constelaciones.
Llegaron los cartagineses al llano, frente a ellos. Frotaron el borde de los escudos con aceite, para facilitar el resbalo de las flechas; los infantes que llevaban largas cabelleras se las cortaron en la frente, por prudencia; y Amílcar, a la quinta hora, hizo volcar todas las gamellas, sabiendo que era desventajoso pelear con el estómago lleno. Su ejército ascendía a catorce mil hombres, casi el doble del ejército bárbaro; pero nunca había experimentado la inquietud que ahora; si sucumbía era la destrucción de Cartago y moriría crucificado; si triunfaba, por los Pirineos, las Galias y los Alpes, caería sobre Italia y el imperio de los Barca sería eterno. Veinte veces se levantó en esta noche para vigilarlo todo, en los más mínimos detalles. Los cartagineses estaban exasperados por tanto recelo.
Narr-Habas dudaba de la fidelidad de los númidas, aparte de que los bárbaros podían vencerlos. Poseído de una extraña debilidad, bebía a cada instante vasos de agua.
De repente, un hombre desconocido abrió su tienda y puso en el suelo una corona de sal gema, adornada con dibujos hieráticos hechos con azufre y rombos de nácar. Era la corona de desposado que enviaba la novia; una prueba de amor; una especie de invitación.
Sin embargo, Salambó no amaba a Narr-Habas. El recuerdo de Matho la obsesionaba de una manera intolerable, pareciéndole que la muerte de este hombre despejaría su imaginación, bien así como para curarse de la picadura de una víbora, se la aplasta sobre la misma herida. El rey de los númidas esperaba con impaciencia la boda, y como esta debía seguir inmediatamente a la victoria, Salambó le hacía este presente para excitar su valor. Todas las angustias de Narr-Habas desaparecieron; ya no pensó más que en la dicha de poseer una mujer tan hermosa.
La misma visión preocupaba a Matho; pero la rechazó en seguida, y concentró su amor en sus compañeros de armas. Los acariciaba como porciones de su propia persona, de su odio; y se sentía con el espíritu más elevado, los brazos más fuertes; todo lo que debía ejecutar le parecía claro. Si algún suspiro se le escapaba, era por el recuerdo de Espendio.
Alineó los bárbaros en seis filas iguales. En medio puso a los etruscos, unidos por una cadena de bronce; los flecheros estaban atrás, y en las dos alas distribuyó los Nafur, montados en caballos de pelo raso, cubiertos de plumas de avestruz.
El Sufeta dispuso los cartagineses en orden parecido. A distancia de la infantería, junto a los vélites, colocó los clinabaros; más allá, a los númidas. Cuando fue de día, ambos ejércitos estaban alineados, dándose las caras, mirándose con ojos feroces. Hubo al pronto una vacilación; pero al fin, los dos ejércitos se movieron.
Avanzaban los bárbaros lentamente, para no sofocarse, batiendo la tierra con los pies. El centro del ejército púnico formaba una curva convexa. Sobrevino un choque terrible, parecido al encontronazo de dos flotas que se abordan. La primera hilera de bárbaros se entreabrió en seguida, y los flecheros que estaban detrás, lanzaron sus flechas y azagayas. La curva de los cartagineses iba aplanándose, hízose recta y luego se dobló; entonces, las dos secciones de vélites se acercaron paulatinamente, como hojas de un compás que se cierra. Los bárbaros, encarnizados contra la falange, entraron en este hueco; estaban perdidos. Matho los detuvo; y mientras las alas cartaginesas seguían avanzando, hizo salir afuera las tres filas interiores de su línea, las cuales desbordaron pronto sus flancos, apareciendo todo el ejército en triple longitud.
Pero los bárbaros, puestos en los dos extremos, aparecían los más débiles, los de la izquierda sobre todo, por haber agotado sus carcajes, y los vélites los apretaban en columna cerrada.
Matho los hizo correr a retaguardia. Su ala derecha se componía de campesinos armados de hachas; los empujó sobre la izquierda cartaginesa; al centro atacaba al enemigo, y los del otro extremo, fuera de peligro, contenían a los vélites. Entonces, Amílcar dividió su caballería por escuadrones, puso entre ellos a los hoplitas y los lanzó contra los mercenarios.
Estas masas en forma de cono presentaban un frente de caballos y paredes demasiado anchas, se erizaban llenas de flechas. Era imposible que resistieran los bárbaros; únicamente los infantes griegos tenían armaduras de cobre; los demás iban armados con cuchillos en la punta de una percha, hoces tomadas en las granjas y espadas hechas con la llanta de una rueda; sus hojas, blandas en demasía, se doblaban al herir, y en el tiempo que empleaban en enderezarlas con los talones, los cartagineses los acuchillaban cómodamente, a derecha e izquierda.
Los etruscos, atados a la cadena, no se movían; los que habían muerto no podían caer, y sus cadáveres eran un obstáculo; esta gruesa línea de bronce tan pronto se abría y se cerraba, dúctil como una serpiente e inquebrantable como un muro. Los bárbaros venían a rehacerse tras ella, descansando un minuto, y luego volvían a la lucha, con los pedazos de armas que les quedaban.
A muchos les faltaban ya y saltaban sobre los cartagineses, mordiéndoles en las caras, como perros. Los galos, por orgullo, se despojaron de sus sayos, mostrando de lejos sus corpachones blancos, y para asustar al enemigo ensanchaban sus heridas. En las sintagmas púnicas no se oía más que la voz del agitador que anunciaba las órdenes; los estandartes repetían sus señales y cada cual iba llevado por la oscilación de la gran masa que le rodeaba.
Amílcar mandó avanzar a los númidas, y los Nafur se precipitaron a su encuentro.
Vestidos con anchas túnicas negras, con una borla de cabello en la punta del cráneo y una rodela de cuero de rinoceronte, manejaban un hierro sin mango, sostenido por una cuerda; sus camellos, erizados de plumas, lanzaban sonoros ronquidos. Las hojas daban en los sitios precisos, y cuando se apartaban se llevaban un miembro con ellas. Furiosos los animales galopaban a través de las sintagmas. Algunos de los camellos que tenían las piernas rotas, andaban a saltos como los avestruces heridos.
La infantería púnica cayó en masa sobre los bárbaros y los cortó. Sus manípulos evolucionaban, espaciados unos de otros. Las armas brillantes de los cartagineses cercaban a los bárbaros como coronas de oro; un hormiguero bullía en medio, y el sol ponía en las puntas de las espadas chispas y vislumbres. Las filas de los clinabaros estaban tendidas en el llano; los mercenarios les arrancaban las armaduras, se las ponían y volvían al combate. Muchas veces, engañados los cartagineses, se metieron en medio de ellos. Les inmovilizaba cierto embotamiento, o bien refluían y daban triunfantes clamores que, llevados por el aire, parecía empujarles como el aliento de una tempestad. Amílcar se desesperaba; todo iba a sucumbir ante el genio de Matho y el invencible valor de los mercenarios.
En esto se oyó en el horizonte un repetido batir de tamboriles. Era una turba de viejos, de enfermos, de niños de quince años y de mujeres, que no pudiendo resistir a su zozobra, salieron de Cartago, y para ponerse bajo la protección de algo formidable, habían tomado, en casa de Amílcar, el único elefante que poseía ahora la República: el de la trompa cortada.
Entonces les pareció a los cartagineses que la patria, abandonando sus murallas, venía a mandarles morir por ella. Sintieron redoblado su valor, y los númidas arrastraron a todos.
Los bárbaros, en medio del llano, se habían replegado junto a un montículo. No tenían ninguna probabilidad de vencer, ni aun de sobrevivir; pero eran los mejores, los más intrépidos y los más fuertes.
La gente de Cartago lanzaba, por encima de los númidas, asadores, cazos y martillos; aquellos que pusieron espanto en los cónsules, morían a los golpes de las mujeres; el populacho púnico exterminaba a los mercenarios.
Estos se habían refugiado en lo alto de la colina. A cada nueva brecha, su círculo se estrechaba; dos veces bajó, y una sacudida les empujó arriba; los cartagineses, en montón, alargaban los brazos; introdujeron las picas entre las piernas de los compañeros y pinchaban al acaso. Resbalaban en la sangre; la pendiente era tan rápida, que rodaban por ella los cadáveres. El elefante que trataba de subir la cuesta los tenía hasta el vientre, no pareciendo sino que los pisaba con delicia; su trompa cortada, pero ancha en su reborde, se movía de vez en cuando como una enorme sanguijuela.
Después, se pararon todos. Los cartagineses, enseñando los dientes, miraban a lo alto de la colina donde los bárbaros estaban en pie, hasta que acometiendo bruscamente, volvió a empezar la contienda. Los mercenarios dejaban acercarse a los enemigos, gritando que se querían entregar; pero, con súbita burla, se mataban de un golpe, y a medida que caían los muertos, los otros se ponían encima para defenderse. Era como una pirámide que poco a poco se agrandaba.