Part 22
También este recurso llegó a faltar. Entonces la gula pensó en los heridos y enfermos. Supuesto que no podían curarse, era preferible librarlos de sus torturas; no bien alguno se tambaleaba, estaba perdido y era pasto de los demás. Para apresurar su muerte, se valían de astucias; les robaban las migajas de su inmunda ración y como por descuido se les atropellaba; los agonizantes, con el objeto de hacer creer que estaban con fuerzas, intentaban mover los brazos, levantarse, reír. Había desmayados que volvían en sí al contacto de la cuchilla que les cortaba un miembro; se mataba sin necesidad, por ferocidad y para saciar el furor.
Una niebla tibia y pesada, propia de estas regiones a fines de invierno, envolvió al ejército bárbaro, al día decimocuarto. Este cambio de temperatura originó muchas muertes, y la corrupción cundió con rapidez en la cálida humedad, retenida por las montañas. La llovizna que caía sobre los cadáveres, reblandeciéndolos, convirtió en pudridero la llanura. Se cernían vapores blanquecinos que penetraban la piel, cegaban los ojos y picaban en las narices, y en los que los bárbaros creían ver el aliento o las almas de sus camaradas. Una tristeza inmensa les abrumó; nada les apetecía ahora: querían morir.
Dos días después, el tiempo se serenó y volvieron a pasar hambre. Les parecía que les arrancaban el estómago con tenazas; se revolcaban convulsos, se metían en la boca puñados de tierra, se mordían los brazos y estallaban en risas frenéticas. Aún más les atormentaba la sed, porque no tenían ni una sola gota de agua, pues a partir del noveno día se habían agotado los odres. Para engañar la necesidad, lamían las chapas metálicas de sus cinturones, los pomos de marfil y las hojas de las espadas. Los antiguos conductores de caravanas se apretaban el vientre con cuerdas. Otros chupaban un guijarro. Bebían los orines enfriados en los cascos de cobre.
Y a todo esto, esperando siempre el socorro de Túnez. Según sus conjeturas, el tiempo que tardaba en acudir, certificaba su próxima llegada. Además, Matho, que era un valiente, no les abandonaría. «Mañana será», se decían, y este mañana no llegaba nunca.
Al principio hicieron plegarias, votos y toda suerte de invocaciones; ahora solo sentían odio por sus divinidades, y en venganza se volvían incrédulos.
Los hombres de carácter violento fueron los primeros en morir; los africanos resistieron mejor que los galos. Zarxas estaba tendido a lo largo, inerte; Espendio encontró una planta de anchas hojas de un jugo abundante, y declarándola venenosa, a fin de apartar a todos, se alimentaba con ella.
Ni fuerzas tenían para matar cuervos a pedradas. Algunas veces, cuando un buitre desgarraba un cadáver, alguien se arrastraba hacia él con una jabalina entre los dientes, y apoyándose en una mano, después de apuntar bien, lanzaba el hierro. El buitre turbado por el ruido, miraba en torno, como el cuervo marino sobre un escollo, y volvía a hundir su asqueroso pico. El hombre, desesperado, quedaba mirándole echado en el polvo. Otros más afortunados conseguían descubrir camaleones o serpientes; pero lo que les hacía vivir más que todo, era el amor a la vida; se aferraban a esta idea, tenazmente, por un esfuerzo de la voluntad.
Los más estoicos se mantenían unidos, sentados en rueda, en medio de la llanura, entre los muertos; envueltos en sus mantos se abandonaban silenciosamente a su tristeza.
Los que habían nacido en ciudades, se acordaban de sus calles más concurridas, con tabernas, baños, teatros y tiendas de barberos, donde se cuentan sucesos. Otros suspiraban por sus campiñas cuando se pone el sol, cuando ondulan los trigos amarillos y los grandes bueyes suben las colinas con el yugo de las carretas en la cerviz. Los nómadas soñaban con cisternas; los cazadores, con los bosques; los veteranos, con batallas, y en la somnolencia que les embargaba, todo ello se les representaba con la lucidez y los éxtasis de un ensueño. Alucinados, buscaban en la montaña una puerta por donde huir, y querían pasarla al través; otros, creyendo navegar en medio de una tempestad, mandaban una maniobra marinera; o bien retrocedían espantados, viendo en las nubes batallones púnicos. Los había que cantaban, figurándose estar en un festín.
Muchos, por una extraña manía, repetían la misma palabra o hacían continuamente el mismo gesto; acabando por levantar la cabeza, mirarse unos a otros, y gemir al ver el horrible estrago de sus rostros. Los más sufridos, para matar las horas, se contaban los peligros de que se habían salvado. A todos se les representaba la muerte cierta, inminente. ¡Cuántas veces habían intentado abrirse un paso! Para implorar una capitulación del vencedor, no sabían de qué medio valerse, porque ignoraban dónde estaba Amílcar.
Soplaba el viento del lado de la quebrada, haciendo volcar la arena en cascadas, por encima del rastrillo; los mantos y las cabelleras de los bárbaros se cubrían de ella, como si la tierra quisiera enterrarlos vivos. Nada se movía; la eterna montaña les parecía cada día más alta.
En ocasiones cruzaban los aires bandadas de pájaros, que se ponían a tiro; pero ellos cerraban los ojos para no verlos.
Sentían zumbidos en los oídos, se les ennegrecían las uñas, el frío les traspasaba el pecho; se acostaban de un lado y morían sin exhalar un grito.
Al cumplirse el día decimonono, habían muerto dos mil asiáticos, mil quinientos del Archipiélago, ocho mil libios, tribus completas, los más jóvenes de los mercenarios; en total, veinte mil soldados: la mitad del ejército.
Autharita, con los cincuenta galos que le quedaban, iba a dejarse matar, para concluir de una vez, cuando vio en la cumbre de la montaña un hombre frente a él.
Este hombre, a causa de la altura, parecía un enano; pero Autharita divisó el escudo en forma de trébol que llevaba en el brazo izquierdo y gritó: «¡Un cartaginés!» Todos se levantaron; en la llanura, ante el rastrillo y bajo las peñas. El soldado púnico se paseaba al borde del precipicio, y desde abajo, los bárbaros le contemplaban.
Espendio cogió una cabeza de buey; con dos cinturones compuso una diadema, y poniéndola sobre los cuernos, en la punta de una percha, la levantó en alto, en señal de intenciones pacíficas. El cartaginés desapareció. Quedaron todos a la espera.
Era de noche cuando, como una piedra de lo alto del tajo, vieron caer un talabarte de cuero rojo, bordado con tres estrellas de diamante, con el sello del Gran Consejo: en el centro, un caballo debajo de una palmera. Era la respuesta de Amílcar; el salvoconducto que les enviaba.
Por malo que fuera deseaban un cambio que trajera el fin de sus dolores. Transportados de júbilo, se abrazaban y lloraban. Espendio, Autharita y Zarxas, cuatro italiotas, un negro y dos espartanos se ofrecieron como parlamentarios, y en el acto fueron aceptados. Pero no sabían qué camino tomar.
En esto, sonó un crujido del lado de las rocas, y la más alta de estas, girando sobre sí misma, cayó abajo. Si en la parte que estaban los bárbaros, eran las rocas inconmovibles, porque se precisaba moverlas en un plano oblicuo, de arriba, por el contrario, bastaba empujarlas con fuerza para que se despeñaran. Los cartagineses las empujaron, y con la luz del día, los bárbaros vieron una serie de peñascos dispuestos como una escalinata en ruinas. Los bárbaros no podían todavía subirlas. Se les tendió escalas y todos se precipitaron a ellas. Los rechazó la descarga de una catapulta, y únicamente fueron aceptados los diez embajadores.
Fueron entre los clinabaros, apoyándose con las manos en las grupas de los caballos, para sostenerse. Ahora que había pasado su primer transporte de alegría, empezaban a concebir inquietudes. Las exigencias de Amílcar serían crueles; pero Espendio les tranquilizó.
--Yo seré quien hable.
Y se jactaba de lo que diría, como más conveniente para la salvación del ejército.
Detrás de los matorrales encontraban centinelas emboscados, que se arrodillaban ante el talabarte que Espendio llevaba cruzado. Así que los parlamentarios llegaron al cuartel general, la soldadesca se apiñó alrededor de ellos, riendo y cuchicheando. Se abrió la puerta de una tienda de campaña.
En el fondo estaba sentado Amílcar, en un escabel, junto a una mesa alta en la que brillaba una espada desnuda. Los capitanes le rodeaban, puestos en pie.
Al ver el Sufeta a aquellos hombres, hizo un gesto de repugnancia; tenían las pupilas extraordinariamente dilatadas, con un gran cerco negro en torno de los ojos, que se prolongaba por debajo de las orejas; sus narices amoratadas apuntaban entre las mejillas hundidas, surcadas por profundas arrugas; la piel del cuerpo, demasiado ancha para los músculos, desaparecía bajo un polvo de color pizarra; sus labios se pegaban a unos dientes amarillos; despedían un olor infecto, como de tumba entreabierta o de sepulcro agusanado.
En el centro de la tienda había, sobre una estera en que los capitanes iban a sentarse, una gamella de calabazas humeantes, que miraban los bárbaros con un ansia terrible. Amílcar se volvió para dar una orden, y entonces los diez famélicos se precipitaron sobre la vianda, hundiendo las caras en la grasa y acompañando el ruido de la deglución con hipos de alegría. Más por extrañeza que por misericordia, les dejaron arrebañar la gamella, y cuando hubieron terminado, Amílcar mandó con una señal que hablara aquel que llevaba puesto el talabarte. Espendio tenía miedo, balbuceaba.
Amílcar, mientras le escuchaba, daba vueltas en un dedo a un grueso anillo de oro, el mismo con el que había impreso en el tahalí el sello de Cartago. Lo dejó caer en el suelo, y Espendio lo recogió, como si fuera un esclavo. Sus compañeros se indignaron ante esta bajeza.
El griego levantó la voz, y trayendo a cuento los crímenes de Hannón, porque sabía que este era el enemigo de Amílcar, trató de aplacar a este con el relato de sus miserias y el recuerdo de sus antiguos servicios. Habló mucho rato, de un modo rápido, insidioso, casi violento; hasta que divagó, arrebatado por el calor de su facundia.
Replicó Amílcar que aceptaba sus excusas y que se haría la paz, que por esta vez sería definitiva. Solo exigía que se le entregaran diez mercenarios de los que él eligiera, sin armas y sin túnicas.
Los enviados no esperaban tanta clemencia. Espendio exclamó:
--¡Te entregaremos veinte, si lo prefieres, amo!
--No; me bastan diez --contestó Amílcar.
Les hicieron salir de la tienda para que deliberaran. Cuando estuvieron solos, Autharita reclamó por sus compañeros sacrificados, y Zarxas dijo a Espendio:
--¿Por qué no le has matado? ¡Allí estaba su espada, junto a él!
--¡Matar a Amílcar! ¡A Amílcar! --repuso Espendio--. ¡A Amílcar!
Y lo repitió muchas veces, como si fuera una cosa imposible, como si Amílcar fuera un ser inmortal.
Tal era su postración, que se echaron de espaldas en tierra, sin saber qué resolver. Espendio les animó a que cedieran. Consintieron y volvieron a entrar en la tienda.
Amílcar puso por turno una mano en las de los diez bárbaros, apretando los pulgares, y en seguida la frotó en sus vestiduras, porque solo el tocar aquellas pieles viscosas causaba una picazón que horripilaba. Luego añadió:
--¿Sois vosotros los jefes de los bárbaros y prometéis por ellos?
--Sí --respondieron todos.
--¿Sin reservas, del fondo del alma, con intención de cumplir vuestras promesas?
Contestaron que volverían junto a sus compañeros para hacerles cumplir lo pactado.
--Pues bien --replicó el Sufeta--; según la convención pactada entre yo, Barca, y los embajadores de los mercenarios, os escojo a vosotros diez; os guardo en rehenes.
Espendio cayó desmayado sobre la estera. Los otros nueve se apretaron guardando tacto de codos, sin proferir una palabra ni una queja.
* * * * *
Al ver los compañeros de abajo que no volvían sus parlamentarios, se creyeron traicionados y que estos se habían entregado al Sufeta. Esperaron dos días más, y en la mañana del tercero tomaron la resolución de hacer unas escalas con cuerdas, jirones de ropa, picos y flechas, hasta conseguir escalar las rocas, y dejando atrás a los más débiles, que eran unos tres mil, pusiéronse en marcha para reunirse con el ejército de Túnez.
En lo alto del desfiladero se abría una pradera sembrada de arbustos; los bárbaros devoraron las yemas y retoños. Luego dieron con un campo de habas, y lo talaron como una nube de langostas. Tres horas después llegaron a una segunda planicie, circundada de colinas verdegueantes.
Entre las ondulaciones de estos montículos brillaban haces de color de plata, separadas unas de otras; los bárbaros, deslumbrados por el sol, veían confusamente, debajo de ellas, grandes masas negras que las soportaban. Eran las lanzas de las torres de los elefantes, horriblemente armados.
Además del espolón del pecho, de los puñales de sus colmillos y de las rodilleras y de las chapas de cobre que cubrían sus flancos, llevaban al extremo de las trompas un brazalete de cuero al que iba atado el mango de un ancho cuchillo. Acometiendo todos a un tiempo, se adelantaban paralelamente por cada lado.
Los bárbaros quedaron helados de espanto. Ni siquiera intentaron huir; se encontraban ya cercados. Entraron los elefantes en esta masa de hombres; los espolones de sus pechos la dividían, las lanzas de sus colmillos la revolvían como rejas de arado; cortaban, tajaban, partían con las guadañas de sus trompas; las torres, llenas de faláricas, parecían volcanes movibles; no se veía más que un ancho montón en que las carnes humanas formaban manchas blancas; los pedazos de cobre, manchas grises, y la sangre, copos rojos. Los horribles animales, atropellando por todo, ahondaban surcos negros. El más furioso iba conducido por un númida que llevaba una diadema de plumas y lanzaba jabalinas con horrible celeridad, acompañándose de un agudo silbido. Los demás paquidermos, dóciles como perros, durante la carnicería miraban siempre hacia él.
Poco a poco se iba estrechando el círculo; los bárbaros no podían resistir, y en breve los elefantes llegaron al centro de la llanura. Les faltaba espacio; se amontonaban alborotados, chocándose con los colmillos. Pero Narr-Habas los aplacó, y volviendo grupas, regresaron al trote a las colinas.
Dos sintagmas de bárbaros se habían refugiado a la derecha, en un repliegue del terreno; tiraron sus armas, y de rodillas fueron a las tiendas púnicas, implorando gracia. Se les ató de pies y manos; y cuando los tuvieron tendidos en tierra y todos juntos, se trajeron los elefantes. Estallaban los pechos como cofres al romperse; cada pisotón de elefante aplastaba dos hombres; sus pezuñas se hundían en el cuerpo con un movimiento de ancas que parecía hacerles cojear. Así hicieron todo el recorrido.
El nivel de la planicie quedó en calma. Vino la noche. Amílcar se recreaba en el espectáculo de su venganza; pero, de pronto, se estremeció.
Seguía viendo más bárbaros todavía, a seiscientos pasos de allí, a la izquierda, en la cumbre de un cerro. Eran cuatrocientos de los más robustos: etruscos, libios y espartanos que en un principio ganaron las alturas, y que después de la matanza de sus compañeros resolvieron cargar contra los cartagineses. Ya bajaban en columnas cerradas, de un modo magnífico y formidable.
El Sufeta les envió inmediatamente un heraldo. Necesitaba soldados, y los recibía sin condiciones, en homenaje a su bravura. Podían acercarse a cierto lugar, que se les designó, donde encontrarían víveres.
Corrieron allí los bárbaros y pasaron la noche comiendo. Pero los cartagineses criticaron esta parcialidad de Amílcar con los mercenarios.
¿Cedía este a las expansiones de un odio insaciable, o era esto un refinamiento de perfidia? Al otro día fue él mismo, sin espada, desnuda la cabeza, con una escolta de clinabaros, y les declaró que siendo mucha la gente que había que mantener, no podía contratarlos; pero como le hacían falta hombres, y no sabía de qué modo escoger los mejores, que se pelearan unos con otros y que admitiría los vencedores para su guardia particular.
Muerte por muerte, valía más esta; y apartando a sus soldados, porque los estandartes púnicos ocultaban a los mercenarios el horizonte, les mostró los ciento noventa y dos elefantes de Narr-Habas formando una línea recta, con las trompas erectas como el hierro, cual brazos de gigantes que llevaran hachas en las cabezas.
Los bárbaros se miraron en silencio unos a otros. No era la muerte lo que les infundía pavor, sino la horrible alternativa a que se les obligaba.
La vida en común había establecido entre estos hombres una profunda amistad. Para la mayoría, el campamento substituía a la patria; viviendo sin familia, volvían toda su ternura hacia un compañero; dormían cada uno al lado de otro, bajo el mismo manto, a la claridad de las estrellas. Además, en este perpetuo vagamundeo a través de tantos países, de tantas muertes y aventuras, se habían creado extraños amores; uniones obscenas tan formales como matrimonios; en las que el más fuerte defendía al más joven en una batalla, le ayudaba a franquear precipicios, limpiaba su frente del sudor de las fiebres, robaba comida para él; y el protegido, niño recogido al borde de un camino, convertido en mercenario, pagaba este afecto con mil cuidados y complacencias de esposa.
Cambiaron sus collares y pendientes de las orejas, regalos felices, en horas de embriaguez o de gran peligro. Querían morir todos, pero ninguno daba el primer golpe. Un joven decía a otro de barba gris: «¡No; tú eres el más robusto! ¡Tú nos vengarás; mátame!» Y el otro respondía: «Me quedan menos años de vida que a ti. ¡Dame en el corazón y no te preocupes!» Los hermanos se miraban con las manos enlazadas; el amante daba a su amado la despedida eterna derramando lágrimas, abrazándose.
Al quitarse las corazas para que las puntas de las espadas entraran mejor, enseñaron las cicatrices de las heridas recibidas por defender a Cartago, semejantes a inscripciones en columnas.
Se colocaron en cuatro filas iguales, al modo de los gladiadores, y empezaron con tibias acometidas. Algunos se habían vendado los ojos, y con las espadas hendían el aire, como un ciego agita el palo. Burlábanse de ellos los cartagineses, diciéndoles que eran unos cobardes. Los bárbaros se animaron, y muy pronto se generalizó la lucha de un modo furibundo y precipitado.
A veces, dos hombres se detenían ensangrentados, cayendo uno en brazos del otro, y morían dándose besos. Ninguno retrocedía. Daban el pecho a las espadas. Su delirio era tan furioso, que los cartagineses, de lejos, tenían miedo.
Al fin cesaron de pelear. Los pechos roncaban y sus pupilas fulguraban al través de sus largas cabelleras, que colgaban como teñidas en un baño de púrpura. Muchos giraban sobre sí mismos, vertiginosamente, como panteras heridas en la frente; otros estaban inmóviles, contemplando un cadáver a sus pies; luego, de pronto, se arañaban la cara con las uñas, tomaban la espada con ambas manos, y se la hundían en el vientre.
Quedaban unos sesenta. Pidieron de beber. Les gritaron que tiraran las espadas; y cuando lo hicieron, se les trajo agua. Mientras estaban bebiendo, con la cara hundida en las vasijas, otros tantos cartagineses los mataron por la espalda con estiletes.
Amílcar había dispuesto todo esto para satisfacer los instintos de su ejército, y por esta traición atraerlo a su persona.
Así, pues, la guerra había terminado; al menos, así se creía. Matho no resistiría más. Impaciente el Sufeta, ordenó en seguida la partida.
Sus exploradores vinieron a decirle que se veía un convoy por la Montaña de Plomo. Amílcar no dio importancia a la noticia. Una vez destruidos los mercenarios, los nómadas no le estorbarían más. Lo importante era tomar a Túnez, a la que se dirigió a marchas forzadas.
Había enviado a Narr-Habas a Cartago a llevar la noticia de la victoria: y el rey númida, orgulloso de su éxito, se presentó en el palacio de Salambó.
* * * * *
Salambó le recibió en sus jardines, al pie de un alto sicomoro, entre dos almohadones de cuero amarillo, acompañada de Taanach. Llevaba sobre el rostro un velo blanco que solo dejaba libres los ojos; pero sus labios brillaban en la transparencia de la gasa no menos que la pedrería de sus dedos; ya que Salambó, que tenía las manos envueltas mientras duró la entrevista, no hizo un solo gesto.
Narr-Habas la anunció la derrota de los bárbaros. Ella le dio las gracias por los servicios que había prestado a su padre, Barca. El númida le contó entonces toda la campaña.
En torno de los interlocutores, las palomas se arrullaban lánguidamente, y otros pájaros revoloteaban entre la hierba: codornices de Tarteso y pintadas púnicas. Trepaban las coloquíntidas por las ramas de las cañafístulas, las asclepias sembraban los campos de rosas; toda clase de plantas se entrelazaban formando canastillos y lazos; los rayos de sol, bajando oblicuamente, dibujaban la sombra de las hojas en el suelo. Los animales domésticos, convertidos en montaraces, huían al menor ruido. Los rumores de la ciudad se perdían en el murmullo del oleaje. El cielo estaba todo azul y ni una vela aparecía en el mar.
Narr-Habas no hablaba; Salambó contemplaba al rey númida. Vestía este una túnica de lino pintada de flores y con fimbria de oro; dos flechas de plata sostenían sus cabellos trenzados sobre sus orejas. Apoyaba la mano derecha en el mango de una pica adornada con círculos de electro y pellones de piel. Una infinidad de vagos pensamientos absorbían a Salambó. Este hombre, de voz suave y de complexión femenina, cautivaba por su gracia personal, y a ella le parecía como una hermana mayor enviada por los Baales para protegerla. El recuerdo de Matho le hizo preguntar por él al númida.
Respondió Narr-Habas que los cartagineses se dirigían a Túnez con el fin de hacerle prisionero. A medida que exponía sus probabilidades de éxito y los pocos recursos de Matho, ella parecía animarse, hasta ponerse nerviosa. Cuando, al fin, le prometió matarlo él mismo, Salambó dijo:
--¡Sí, mátalo; es necesario!
El númida contestó que deseaba ardientemente esta muerte, porque así, acabada la guerra, sería su esposo.
Salambó se estremeció y bajó la cabeza. Pero prosiguiendo Narr-Habas, comparó sus deseos a las flores que languidecen después de la lluvia; a los viajeros perdidos que esperan el día. Añadió que ella era más hermosa que la luna; más grata que el viento de la mañana y que el rostro del huésped; que haría venir para ella, del país de los negros, cosas nunca vistas en Cartago, y que las habitaciones de su palacio estarían enarenadas con polvo de oro.
Atardecía; se respiraba un aire perfumado. Por algún tiempo, se miraron en silencio. Los ojos de Salambó, entre los largos pliegues de su vestimenta, parecían dos estrellas en el rasgón de una nube. Antes que se pusiera el sol, terminó la entrevista.
Los Ancianos se sintieron inquietos cuando Narr-Habas salió de Cartago. El pueblo le había recibido con aclamaciones más entusiastas que la primera vez. Si Amílcar y el rey de los númidas triunfaban solos de los mercenarios, sería imposible resistirlos; por tanto, resolvieron, para debilitar la influencia de Barca, que el viejo Hannón actuara en esta última etapa de la salvación de la República.
Hannón se trasladó inmediatamente a las provincias occidentales, a fin de vengarse en los mismos lugares testigos de su vergonzosa derrota; pero los habitantes y los bárbaros habían muerto, huido o estaban ocultos. Este contratiempo hizo que el Sufeta desahogara su cólera en la campiña; quemó ruinas de ruinas, no dejó ni un árbol ni una brizna de hierba; a los niños y enfermos que encontraba los hacía morir entre tormentos; daba a sus soldados las mujeres antes de degollarlas, pero él se hacía llevar a una litera las más hermosas, porque su atroz enfermedad le tenía inflamado de impúdicos deseos.